Capítulo III – Kaminari [雷]


Nunca supo Yuuri por cuánto tiempo corrió. La dirección que tomaban sus piernas no era lo importante. Quería estar solo, nada más. Yuuri se sentí herido y triste y no era para menos, él había confiado en Minami, ambos estaban juntos en esto; sin embargo, él había omitido la parte más importante acerca de Mari.

Al final, Yuuri no tuvo conciencia de su paradero hasta que llegó a su destino. El lago que Mari hubo marcado hace tiempo recibía al chico de forma serena, reflejando el Sol que observaba a lo lejos sin inmutarse por problemas mundanos.

—¿Te quedarás a vivir aquí? —un pequeño Yuuri cargaba un par de cubetas vacías, sus grandes ojos de tonalidad marrón observaban fascinados las maravillas que otorgaba el bosque—. ¿No te da miedo?

—A mi me parece un lugar muy tranquilo —respondió Mari, igual que su hermano menor, ella cargaba un par de cubetas, al dar la vuelta a un gran árbol, los hermanos observaron el lago en medio de toda la vegetación—. ¿Vendrás a visitarme?

Yuuri ayudó a su hermana a llenar las cubetas con agua, seguía callado, solo observando el lugar. Era un sitio tranquilo. Nada más allá que los ruidos característicos del bosque, al regresar y ver las figuras que conformaban la luz que se colaba entre las hojas de los árboles, Yuuri sonrió, gestó que no pasó desapercibido para su hermana.

—Es curioso, —Mari interrumpió el silencio—, es casi como si un universo completamente diferente al nuestro existiera justo frente a nosotros.

Yuuri aspiró con gusto el fresco aire del lugar, dejó que sus pulmones se llenaran por completo y soltó poco a poco el aire cautivo. Luego se dirigió a su hermana y le prometió que, al menos una vez al año, la visitaría.

Sentado, a la orilla del lago, Yuuri lo contemplaba pensando en todos los recuerdos vividos con su hermana y el cómo no había roto esta promesa, aún después de su desaparición.

—¿Yuuri-kun?

Yuuri levantó la mirada lentamente. Minami había llegado a su lado. Llevaba consigo el libro que el moreno hubo dejado olvidado antes de salir corriendo de la cabaña. Minami aspiró un poco de aire y, cual niño castigado y arrepentido por comerse las galletas de la alacena, se disculpó:

—Sé que hice mal en ocultarte lo de Mari. Lo siento mucho, en verdad.

Al ver que Yuuri no contestaba, Minami le tendió el libro y continuó:

—Todo cambió después de un día de tormenta. Yo había salido a comprar comida, sin embargo, la lluvia me impidió regresar esa noche. Fue extraño, no es normal que llueva de esa forma en esta zona. Nunca supe lo que pasó o qué fue lo que realmente cambió con Mari; no obstante, ese día fue cuando su investigación inició. —Minami abrió el libro, la letra de Mari y los dibujitos que ella diseñara hicieron su aparición—. No entiendo mucho, pero según sus apuntes, estos pequeños guardianes protegen el bosque y ayudan a armonizar el ecosistema mismo. Yo creía que era una especie de cuento, aún así le pregunté alguna vez cómo era que, si estos hombrecitos existían, nunca los habíamos visto, entonces ella sonrió y me contestó con una simple palabra: frecuencias.

“—Es curioso, —Mari interrumpió el silencio—, es casi como si un universo completamente diferente al nuestro existiera justo frente a nosotros.”

La reminiscencia que en ese momento regresó, hizo clic en la cabeza de Yuuri, quien parpadeó un par de veces y, aún en silencio, pidió con un ademán el libro que Minami sostenía.

Minami no tardó y le entregó a Yuuri el libro. De inmediato, Yuuri lo ojeó un poco, escaneaba cada palabra con la esperanza de encontrar pronto una pista a lo que Minami acababa de acotar.

Después de un par de minutos, Yuuri señaló emocionado una hoja de dichoso cuaderno y exclamó:

—¡Aquí está: frecuencias! —Al ver la carita confundida de Minami, el chico continuó—. Mari me dijo una vez que podríamos tener un universo completamente diferente al nuestro justo frente a nuestros ojos—. Yuuri se acomodó los lentes de montura azul sobre el tabique de la nariz y aún con emoción contenida, continuó—:  Aunque compartimos lugar, ¿será posible que exista un mundo completamente diferente dentro de otra frecuencia?

—Es decir…

—¡Moscas! —Yuuri sonreía mientras hablaba, retomó el libro y leyó con rapidez un fragmento escrito por su hermana, luego señaló con su índice un párrafo para continuar con su monólogo—: Aquí Mari explica que es complicado atrapar una mosca porque simplemente ella se mueve dentro de otra frecuencia. ¡Mientras que para nosotros ella es muy rápida, para ellas, nosotros somos demasiado lentos!

—Este lago debe tener hongos alucinógenos —comentó Minami más para sí. Ante la cara interrogante de Yuuri al respecto de su comentario, el chico agregó—: El último día que vi a Mari, ella se dirigía hacía acá. Solía decir que lago la inspiraba.

Desde la desaparición de su hermana, Yuuri pensaba que había un detalle importante que se había pasado por alto. Para empezar, por ejemplo, no había registros de que Mari dejara en ningún momento el bosque; tampoco había evidencia de que alguna criatura terminara con su vida. Era como si simplemente la mayor de los hermanos Katsuki se hubiera desvanecido sin dejar rastro o huellas que seguir. 

Aun cuando las piezas encajaran, la explicación sonaba demasiado inverosímil. La lógica le indicaba a Yuuri que estaba enloqueciendo, sin embargo, su corazón le decía que estaba en lo correcto.

—Me quedaré un rato aquí. —indicó Yuuri—. Creo que necesito estar a solas.

Minami asintió con la cabeza, se levantó de su improvisado lugar a las orillas del lago y agregó:

—Iré preparando nuestras cosas. Tómate tu tiempo.

Minami comenzaba a caminar en dirección a la cabaña, cuando escuchó la voz de Yuuri, llamando su nombre.

—¿Sí? —preguntó.

—Siento mucho lo de hace rato.

—No te preocupes —contestó el más joven—. También discúlpame a mi.

Dicho eso, Minami dejó a Yuuri leyendo los apuntes que Mari escribió. Parecía una locura, pero mientras más lo pensaba, más sentido tenía. 

¿Y si era posible encontrar a Mari?

—¡Alto! —la voz del General Lee se hizo escuchar. La pequeña comitiva que custodiaba al rey Chulanont se detuvo ante la orden de su general. Después de un par de horas de camino, al fin habían arribado a su destino. El enorme lago se extendía hasta donde alcanzaba la vista. A la fecha, no se sabía de nadie que lo hubiera atravesado y viviera para contarlo. 

A las orillas del lago, cerca de un cúmulo de hojas acuáticas, sería el lugar donde la ceremonia comenzaría. Cada 100 años, el rey o la reina en turno elegía un capullo que generaría la energía para mantener el bosque con vida. Dicho capullo, debía ser llevado a Claro de Luna en donde al germinar, proclamaría el inicio de un nuevo ciclo de prosperidad para el bosque mismo y sus habitantes.

Guang Ho Ji, era el encargado de cuidar los capullos de los lotos blancos que esperaban con muda ansiedad el ser elegidos. La delicadeza y sensibilidad del muchacho de cabello castaño y su carácter amigable y juguetón, le concedían las cualidades requeridas para el puesto. Con un atuendo de pétalos de la misma flor que procuraba, el delgado muchacho aguardaba al lado de Leo de la Iglesia, uno de los capitanes del ejército de los hombres hojas, y ahora, protector de esta zona del lago.

—¿Tardarán mucho en llegar? —preguntó Guang, inspeccionando por última vez que todos los capullos se encontraran en su puesto.

—Tranquilo —la voz de Leo solía transmitir tranquilidad y despreocupación. En esta ocasión no era la excepción. Con el característico traje verde que solían usar los hombres hoja, el castaño cabello del chico de piel morena, se encontraba atado a una coleta, traviesos mechones caían de forma desordenada en su frente; de esa forma, el aura tranquilizadora de Leo era una constante a donde quiera que fuera. Cualidad que le servía para estas circunstancias—. El General Lee indicó que llegarían cerca del medio día, pronto estarán aquí.

Y, efectivamente, así fue. La carita llena de pecas de Guang reflejaba emoción y felicidad al ver la comitiva que acompañaba al Rey Chunanlont. La esperanza de un nuevo comienzo se hacía más palpable con este encuentro.

—¡Phichit! —Guang corrió e ignorando la contrariedad en el rostro del general Seung al saltarse los protocolos, abrazó a su amigo con la familiaridad acostumbrada—. ¡Me alegra tanto verte!

—¡Yo también estoy feliz! —Phichit devolvió el abrazo, aún siendo Rey, el moreno prefería ser tratado como alguien normal. Después de todo, hace poco tiempo que no era más que eso, un chico normal. 

El General Lee se aclaró la garganta dando a entender que no era el momento para efusividades. Phichit y Guang se separaron uno del otro, lo que permitió a Leo saludar al Rey.

—Es un honor recibir su visita, majestad. —El chico se inclinó vehemente ante la risa de Guang y el gesto de puchero de Phichit.

—Leo, ¿qué te he dicho de las formalidades? —replicó su Alteza.

—A mi no me veas —argumentó sonriendo Leo. Ya de pie, el moreno levantó los brazos indicando, de esta forma, que no había otro remedio—. No quiero recibir un castigo de mi general.

Antes que Phichit pudiera replicar, Seung se adelantó y pidió por un poco de silencio. Leo captó el mensaje de su superior y, junto a él, organizaron a la pequeña tropa que los acompañaba ese día. Lo que vieron a continuación era de temerse: murciélagos planeando por más de un centenar de Boggans que se dirigían a ellos dispuestos a atacarlos.

—¡Hombres hoja, en guardia! —la voz del General Lee era potente y contenía un tono seguro, ideal para liderar cualquier misión—. Capitán de la Iglesia, llévese a Guang, manténgalo seguro. Los demás protejan este lugar y a su rey como si se tratara de su vida. 

—¿Y usted, mi general? —Leo había llamado de un silbido a su fiel colibrí, Guang se preparaba para montarlo junto al Comandante de la Iglesia. 

—Yo seré la distracción. Una vez que se alejen, podrán comenzar la ceremonia. —Seung llamó a su colibrí, pero antes de montarlo, el Rey lo detuvo.

—¿Y cómo pretendes distraerlos sin un señuelo? 

—Phichit, ahora no es el momento.

—Yo iré contigo —propuso el moreno—. Ellos se alejarán de aquí si me ven. 

Seung tomó de los brazos a rey y repitió lo que le dijera en la mañana:

—Dije que te protegería. Déjame hacer mi trabajo.

—Si los Boggans llegan a este lugar, aún protegiéndome todo será en vano. Por favor, Seung, ¿es que acaso desconfías de mi?

—Eso nunca.

—¿Entonces? —Seung calló y no pudo argumentar más. ¿Cómo decirle a Phichit que él era lo más importante para él en su vida y que si algo le pasaba, él se moría?—. Yo confío en ti. Juntos, alejaremos a los Boggans.

Phichit mantuvo su vista fija en Seung, si había algo que caracterizaba al chico eran la determinación y la convicción para llevar a cabo sus planes y objetivos. El tiempo apremiaba, los Boggans cada vez estaban más cerca.

—De acuerdo, ¡sube ya!

Phichit sonrió triunfante y subió detrás del general Lee. Abrazado de la cintura de su pareja, el Rey sintió sus pies dejar el suelo cuando el colibrí emprendió la marcha por el cielo. 

—Su majestad y yo alejaremos a los Boggans. Esperen a nuestro regreso—. Todos asintieron. El general Lee desenfundó su espada, de inmediato, sus hombres hicieron los mismo. Todos las elevaron al aire para declamar su grito de guerra—: ¡Muchas hojas, un solo árbol!

Sin más que agregar, todos salieron volando en direcciones diferentes dispuestos a cumplir su misión.

Era cerca de medio día cuando Yuuri despegó su vista de las anotaciones de Mari, la fresca sombra de los árboles ya no cubría al chico de lentes, por lo tanto el reflejo del Sol sobre las hojas blancas lastimaban la vista, de por sí, corta del muchacho. Después de estirarse y tallarse los ojos, Yuuri decidió que lo mejor era volver a la cabaña y ayudar a Minami a preparar las cosas para el día de mañana, cuando Nishigori y Yuuko pasaran a recogerlos. 

Sin embargo, al dirigir su mirada hacía el otro extremo del lago, Yuuri observó algo inaudito. Una bandada de murciélagos volaban en dirección a las plantas acuáticas que el chico sabía se encontraban en ese lugar. 

Recordando que los mamíferos alados son criaturas nocturnas, la natural curiosidad de Yuuri se disparó, más aún recordando lo que recién leyera en los apuntes de su hermana:

“Los Boggans, criaturas encargadas de la deforestación y erosión del bosque, utilizan murciélagos para transportarse con rapidez sobre el mismo”.

Manteniendo su mirada fija en ese lugar, Yuuri sopesó la posibilidad de echar un vistazo.

—¡Por acá, cara de moco! —Phichit llamó la atención de los Boggans, quienes ofendidos se dirigieron a toda velocidad tras sus pasos.

—¿Tenías que hacerlos enojar? —se exasperó Seung, para mayor seguridad, el general había optado por planear por entre los árboles. Internarse en el bosque era la mejor opción en este momento. 

—Tú me dijiste, llama su atención. Yo solo acato órdenes, mi general, ¡cuidado al frente! —Por un pelo de rana calva Seung logró virar para evitar chocar contra una rama que rebelde sobresalía de un abeto. Aún cuando la situación fuera grave, Phichit nunca perdía su sentido del humor—. ¡Por poco nos decapitas!

—Eso no iba a pasar —contestó a regañadientes Seung—. Por favor, toma esto en serio.

—Hay que aligerar la tensión —argumentó Phichit. El rey volteó y observó a los Boggans que se hacían paso entre el fojalle del bosque. Algunos, los más hábiles, lograban apuntar sus flechas en dirección a sus oponentes. De no ser por la habilidad del general Lee, sin duda una de ellas estrellarían contra el objetivo: ellos.

Phichit observaba lo que ocurría cuando una flecha se estrellaba contra la corteza de los árboles, grandes y asquerosas agallas se arremolinaban en ellas, dando la impresión de un tumor creciente y palpitante en las ramas y los troncos de sus amados árboles. Una exclamación de horror salió de la boca del Rey. Como el amante de la naturaleza que era, no soportaba ver a su bosque sufrir.

—Descuida, —la voz de Seung se escuchó fuerte y clara. Phichit sintió el contacto de su mano, pues el rey había aflojado su agarre y corría el riesgo de caer—, pronto llegaremos.

Phichit asintió y Seung sonrió confiado al jalar las riendas que dirigían a su fiel colibrí. Al sentir el cambio de velocidad, el rey apretó su agarre a la cintura de su pareja y cerró los ojos para concentrarse en la respiración tranquila y pausada de su general, pues aunque no lo aceptara, odiaba volar. Aún así, Phichit sabía que estaba a salvo, Seung no dejaría que nada le pasara. 

El viento golpeaba su rostro, Phichit sentía los movimientos de Seung al dirigir las riendas o jalarlas. Sentía el vaivén de sus cuerpos al virar a la izquierda o la derecha. Escuchaba el crujir de las hojas y ramas cuando se acercaban mucho a ellas. En más de una ocasión, escuchó el silbido de las flechas que los rozaban a ambos. Phichit confiaba tanto en Seung, que era capaz de poner su vida a su disposición. Fue por eso que el moreno abrió los ojos sorprendido cuando después de virar, sintió de golpe que se detenían.

Los boggans los tenían acorralados. Frente a ellos se encontraba ni más ni menos que su emperatriz, Anya, quien apuntaba sus armas en su dirección. 

—¿Sus últimas palabras? —preguntó socarrona la mujer. El general Lee, estoico como de costumbre elevó su voz para pronunciar:

—¡AHORA!

—¡Al ataqueeeeeee!

Un ejército de hombres hoja similar en número que los boggans hicieron su aparición. Montando en su colibrí, atacaban a los boggans con destreza, mermando sus fuerzas de uno a la vez.

—¿Pensaste que se había terminado? —preguntó Seung. Phichit se abrazó con fuerza de su amado y susurró.

—Nunca desconfiaría de ti. Sabía que tenías un plan bajo la manga. 

De ser otra situación, Seung se hubiera sonrojado y huído del lugar, avergonzado. Sin embargo, la seguridad del Rey y más importante aún, su persona más amada, eran máxima prioridad. Con sus sentidos agudizados por sus años de entrenamiento como elemento del ejército de los hombres hoja, Seung localizó a Anya y descubrió que se acercaba a ellos, con la furia reflejada en sus bellos y peligrosos ojos oscuros.

Ubicando una cabellera rubia que recién diera la primera orden de ataque. El general Lee lo ubicó cerca a ellos, defendiéndose con destreza sin igual. 

—¡Plisetsky, ubica a Leroy y vayan juntos a la ubicación planeada en cinco minutos!

Con una señal de la mano, el rubio de cabello largo indicó que había escuchado la orden. Después de terminar con el Boggan, Plisetsky se perdió entre la confusión de la batalla en busca del tal Leroy. Sin perder más tiempo, Seung jaló las riendas y se alejó del campo de batalla, con Anya, detrás de ellos, pisándole los talones.

No importaba cuánto maniobrara el general, Anya era una fiera enemiga, hábil y diestra planeando. Cada maniobra ejecutada por el general, era replicada con la misma exactitud por la emperatriz. Así volaron por un rato, hasta que, cerca de un claro del bosque la precisa puntería de la soberana de los boggans dio de lleno en el fiel colibrí del general, causando que Phichit y Seung cayeran de picada al suelo.

Debido a sus reflejos más activos, Seung fue el primero en reaccionar. Se levantó y corriendo se acercó al Rey, quien se quejaba del golpe. 

—¿Estás bien? —preguntó.

Phichit abrió los ojos poco a poco y con una sonrisa cansada contestó:

—Nunca me vuelvas a subir en una de esas cosas.

A pesar de la situación, Seung sonrió levemente. Esa era, precisamente la cualidad que más amaba de Phichit: su sentido del humor. 

—¡Pero qué hermosa pareja! —La Emperatriz Anya había bajado de su fiel murciélago y con toda la calma de una depredadora que ha acorralado a su presa, se acercaba a ambos saboreando el momento—. ¿No lo crees así, cielo?

—Lo son —secundó una voz. Uno de los soldados del ejército de los boggans hizo su aparición justo atrás de la hermosa emperatriz. El chico desenfundó su espada—. Será una pena acabar con ellos.

—Déjame pelear —Phichit atrajo la atención del general—. Si no peleamos juntos, no les ganaremos. Por favor, Seung. 

—Sí, por favor, Seung —interrumpió Anya—. Esto es algo entre el Rey y yo.

Seung se levantó y ofreciéndose de escudo entre Phichit y Anya, elevó su espada una vez más. 

—Sobre mi cadáver. —desafió.

—Querido, eso se puede arreglar —argumentó la emperatriz—. Georgie, ¡atácalo!

El mencionado se adelantó a su emperatriz y chocó su espada contra el general Lee. Ambos poseían una fuerza similar de ataque; concentrando toda su atención en ganar la batalla, tarde se dio cuenta Seung que Phichit se había apartado para pelear frente a frente contra Anya.

—Veamos si el nuevo Rey da tan buena pelea como su predecesora —Anya sonrió confiada, su cabello ondulado se movía a la par del viento. 

—No me subestimes —susurró, Phichit—. Seré un novato, ¡pero yo conozco todos tus sucios trucos, bruja!

Una vena se hinchó en la frente de la emperatriz. Con furia, la misma exclamó:

—¿A quién le llamas bruja? ¡Pagarás por esto, pueblerino!

Phichit aprovechó la furia de la emperatriz para maniobrar un poco con su magia. Como el rey de los protectores del bosque, la magia del mismo fluía en él, dejando con esto la capacidad para maniobrar ramas, viento y hojas a su voluntad. Como en este momento, en el que lodo arruinó el exuberante vestimenta de la enojada monarca.

—¡Maldito mocoso! —la mujer guardó su espada y cambiando al arco que cargaba en su espalda, dirigió sus flechas hacia a él. Phichit, con la ayuda del bosque, las esquivaba con maestría ante la mirada iracunda de la furiosa emperatriz—. ¡Deja de moverte, carajo!

—Pelea en serio —la voz de Georgie se hizo oír en medio del choque de las dos espadas.

—Lo hago —contestó con seriedad Seung. En un rápido movimiento, el general logró desarmar a su oponente, antes de que Georgie hiciera algún otro movimiento, el hombre hoja lo pateó en el estómago y de un golpe con el puño a su cabeza lo hizo perder el conocimiento—. Sin embargo, yo solo asesino Boggans.

—¡Mi general! —Un chico de cabello negro acompañaba a Plisetsky. Ambos aterrizaron y se acercaron a la figura de máxima autoridad—. Hemos llegado.

—Tarde —acotó Seung. 

—No llegaríamos tarde si tú no te hubieras alejado tanto de lugar acordado —reclamó Plisetsky, y luego, con un dejo de desdén en su voz agregó—: además J.J. planea muy lento, la culpa de nuestro retraso es de él.

—Eso es mentira, el gran capitán Leroy nunca llega tarde a ningún compromiso —exclamó el aludido. 

—¡Basta! —interrumpió irritado Seung—. El rey está pelando contra la emperatriz y ustedes, par de inútiles, aquí discutiendo. ¡Nuestro deber es ayudarlo cuánto antes!

Priorizando la seguridad de Phichit, los tres soldados volvieron a montar sus colibríes. El Rey Chunanlont y la malvada emperatriz, se habían alejado demasiado del campo de batalla.

—Por todos los cielos, ¡no! —Yuuri observó con terror cómo los murciélagos se acercaban en su dirección. No es que fueran peligrosos, pero uno nunca querría una bandada de nada encima de su cabeza. Yuuri intentó refugiarse adentrándose al bosque sin fijarse a donde se dirigía, el chico solo atinaba a bajar la cabeza y subir lo suficiente sus pies para no chocar o tropezar con algo. Detalle por el cual, el chico de lentes ignoró la tormenta que se estaba formando con demasiada rapidez arremolinándose en el cielo.

Phichit aprovechaba sus poderes al máximo. Él sabía que el bosque se encontraba en riesgo y que quizás esta era la última oportunidad para salvarlo. La responsabilidad que cargaba sobre sus hombros se sentía con cada ataque lanzado, con cada flecha esquivada. Anya podía ser una fiera contrincante, pero él tenía la fuerza más importante a su lado: el bosque.

—¿Ya te cansaste? —preguntó con arrogancia la emperatriz. Con paciencia agudizaba la vista ubicando al moreno y así, darle el tiro de gracia.

—Podría hacer esto todo el día —respondió Phichit, el aliento lo perdía por ratos. Aún con su natural destreza para usar los poderes del bosque, el tiempo que llevaba siendo Rey no lo preparaba para una batalla tan larga. Tenía que acabar con Anya o ella, sin duda, acabaría con él. 

«Tal vez, si uso ese truco que me enseñó la reina lograré ganarle a Anya», pensó Phichit. Aprovechando su posición, el chico comenzó a juntar energía, se concentró y supo que su plan quizás daría resultado, pues las nubes comenzaron a arremolinarse sobre ellos, el viento arreció y el sonido estruendoso de los relámpagos se comenzó a escuchar a la distancia. 

Yuuri logró esquivar a los murciélagos, sin embargo, ahora tenía otra preocupación mayor: no sabía dónde estaba. Intentando no perder la calma, el chico intentó ubicarse, no obstante las nubes que se arremolinaban en el cielo distrajeron su atención. No es que fuera extraño una tormenta en el bosque, es que parecía que esa tormenta solo se ubicaba en un lugar, no muy lejos de su ubicación.

El chico caminó hacía el lugar del extraño fenómeno, deslumbrado por los relámpagos y escuchando su eco en forma de truenos. Ni por asomo Yuuri esperaba que muchas cosas cambiarían a partir de ahí.

—Vamos, ¡sal de tu escondite! —gritó Anya en medio del sonido del viento—. ¡Es hora de morir!

—Tienes razón —la voz de Phichit se escuchó pausada, se notaba que al chico le costaba trabajo mantener ese hechizo—. Es la hora de tu muerte.

Un relámpago impactó en la misma ubicación que el Rey y la malvada Emperatriz. Aprovechando la distracción, Anya, lanzó una de sus mortales flechas en dirección a Phichit. Con suerte, la mortal flecha solo rozó el cuerpo del rey, sin embargo, la distracción y el dolor provocado por la misma impidió, al monarca dirigir todo su ataque contra su oponente. Aunque una parte le dio a ella, la otra, pegó de lleno en un muchacho que llegaba al claro y se encontraba ajeno al problema y la situación del momento. Yuuri Katsuki solo escuchó el fuerte retumbar del trueno, el piso debajo de él cimbrar y cómo él mismo se hundía en medio de un remolino de viento y colores.

¡Hola!

Bueno, este es el tercer capítulo de esta emocionante historia. ¿Qué tal? Poco a poco van saliendo algunos de los personajes que conformarán esta historia. Quizás algunos conceptos sigan siendo confusos para quienes no conocen la película. Trataré de explicarlos para que no haya confusiones.

Espero les haya gustado mucho esta actualización. Espero regresar pronto con otra más 🙂

xoxo

Salem.

Publicado por salemayuzawa

Me gusta leer, escribir, ver películas, anime y platicar con mis amigas. ¡Adoro imaginar historias!

2 comentarios sobre “Capítulo III – Kaminari [雷]

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