Retorno a Atlantis 12


El consorcio

Controlando desde hacía más de un milenio cada gobierno, cada proyecto, cada empresa, cada canción y cada palabra que los seres humanos producían en el Sistema Solar, la gran familia Rothchilder convocó a un pleno extraordinario a todos los señores y señoras que gobernaban en cada dinastía

El pleno extraordinario, convocado por la gran familia Rothchilder estaba a punto de iniciar dentro de una antigua construcción de piedra sobre la plataforma de una pirámide escalonada cuya puerta principal miraba hacia el oeste, lugar por donde salía el sol. Las grandes escalinatas de piedra blanquecina recibieron los lujosos calzados de piel de los poderosos que con lento caminar se internaron en la construcción que en sus seiscientos sesenta y seis metros cuadrados de extensión tenía la forma de una cruz esvástica.

Los viejos rostros de hombres y mujeres centenarios volvían a encontrarse frente a esa gran mesa de cristal de roca pulida y sobre los asientos del más fino material que pudiera existir en el sistema, hechos con madera extraída de los bosques particulares instalados en la que fuera la milenaria India, con asientos  rellenos de plumas de gansos a los que mantenían cautivos en los criaderos subterráneos de la antigua Europa y cubiertas con fina piel humana que los contrabandistas de la otrora potencia mundial China, vendían en los mercados clandestinos.

Hombres y mujeres sin escrúpulos a quienes solo les bastaba el chasquido de un dedo para determinar qué planeta podía ser explotado sin consideración y dónde debían vivir los descendientes de la antigua humanidad. Tiranos desde la fina hebra de sus cabellos hasta el tuétano de sus huesos.

En el pasado habían decidido guerras y acuerdos de paz, habían colocado a los presidentes de todas las naciones, habían amenazado siempre al mundo con sus armas poderosas, aquellos que decidieron desaparecer a cualquier persona que se opusiera a sus sagrados intereses y extrajeron todos los recursos del planeta Tierra hasta convertirlo en un lugar estéril y finalmente decidieron abandonarlo cuando las órbitas de los planetas se expandieron y Venus pasó a ocupar el lugar que tuvo la Tierra primigenia cuando la vida comenzaba a surgir en ella.

Dejaron atrás muerte y destrucción y más de doce mil millones de personas que establecieron regímenes sangrientos y que se devoraron unos a otros. Luego regresaron como salvadores de los sobrevivientes e impusieron de nuevo sus reglas y su absolutismo.

Llegaron a un planeta cansado de luchar, inundado con la pestilencia de los cadáveres y herido de muerte, un lugar más frío y con escasos recursos salvo los propios humanos que lograron sobrevivir y superar a las ratas y a las cucarachas en su intento por preservar la especie.

Los descendientes de esos hombres que se adueñaron del Sistema Solar y proyectaron ciudades modelo en las bases espaciales —donde además decidieron que vivirían solo las familias proclives a sus regímenes—, escuchaban sus nombres en los parlantes de las paredes y con un toque de timbre confirmaban su presencia en la reunión.

Sus asesores habían determinado con anticipación la agenda de la reunión, en la que se especificaba un único punto a tratar con carácter urgente y reservado. Los secretarios distribuyeron las agendas entre los líderes y éstos acordaron la fecha exacta y el lugar donde volverían a verse para determinar el destino que darían al importantísimo asunto.

—Yuri Plisetsky es un joven problemático —decía David Rothchilder el presidente del grupo conocido como los Magnos—. Habla con cualquiera sobre asuntos que solo nosotros deberíamos tratar, no colabora con los investigadores, no demuestra respeto a la autoridad y sobre todo es gay.

—Lo más importante es entender que es nieto de un hombre que en el pasado difundió a través de sus libros ciertos contenidos vetados para la plebe —afirmaba con la voz aguardientosa y el gesto amargo Carl Bruce, otro de los genios de las finanzas del Sistema—. Es comprensible que el joven creciera con esas ideas tan revolucionarias y peligrosas.

—Se ha negado a colaborar con el duro comandante Cjaldini para indicar cuál es el verdadero propósito del fenómeno que se ha generado en el Atlantis y a pesar que los médicos más experimentados en la rama del comportamiento han realizado una importante labor de introspección en su memoria no han logrado extraer ni un solo apunte significativo. —Alan Cavendish afirmaba con rigor las últimas observaciones—. El también psiquiatra y científico experimental que se jactaba de crear el mejor sistema de control mental anhelaba tener la oportunidad de sentar a Yuri Plisetsky en su sofá.

—Se muestra como un vulgar ladrón y en su historial personal podemos ver que fue una simple meretriz que se acostaba con cualquier profesor y alumno de la escuela de aviación donde estudió. —Esther Windsor afirmaba con cierta sorna en la intención de su voz—. Si hubiera sido por lo menos un piloto de la armada y se hubiera revolcado con oficiales y soldados no sería tan despreciable.

—Trata a todo el equipo del Rescate Amstrong con mucha displicencia y mira a todos con aire de superioridad. —El barón Arthur Von Kruppershwarts era quien más desprecio sentía por Yuri. El nieto de un simple aviador e hijo de un hombre que jamás quiso reconocer su paternidad jamás podría considerarse su igual—. Es un ignorante y un insolente.

Tras ese comentario los mandamases del Sistema comenzaron a repetir los argumentos entre los pequeños grupos que se formaron y los rumores se hacían cada vez más estridentes en el salón iluminado por la luz de potentes lámparas de plasma.

Las viejas voces de siempre habrían estado comentando por lo menos por cinco minutos sus sentimientos de desprecio hacia la figura de Yuri cuando la voz del más joven de todos ellos, un hombre con ligera calva y ojos rasgados interrumpió las atomizadas charlas.

—Plisetsky puede ser todo lo vulgar y rebelde que se muestra, pero debemos reconocer que es el ser más importante que desde hace muchos siglos, tal vez más de un milenio haya nacido en la humanidad. —Sir Michael Sinclair hacía la aclaración que daría pie para tomar decisiones inmediatas sobre la presencia y el destino que esperaría a Yuri cuando llegase a la base militar de Marte—. Hace lo que nadie puede hacer y, amigos, ni siquiera la ciencia y la tecnología que gobiernan nuestras vidas ha logrado producir uno solo de sus “milagros”.

—Tenemos que reconocer que ese terrestre ha vencido cualquiera de nuestras expectativas y que ahora se convierte en un ser muy importante para el Consorcio. —Ann Rose Hannover complementaba la apreciación de su antecesor. La investigadora de ciencias espirituales, una rama poco difundida del conocimiento humano y reservada solo a los más poderosos del Sistema, puso el primer hito para la toma de decisiones en la reunión de ese día—. Tenemos el deber de conocerlo, estudiarlo y aprovechar sus capacidades para el bien de nuestro gobierno y organización.

—Darle un poco de esperanzas e ilusión a la humanidad gracias a las actitudes de un hombre que ha aprendido a manejar los estados de la materia y la energía será la mejor estrategia para redimir a ese grupo de molestos provocadores terrícolas y mantener la paz en las demás colonias del Sistema Solar. —Johannes Hasburg, un intelectual y experto sociólogo motivaba a sus compañeros a poner los ojos en las bondades del joven y sacar provecho de su genio.

—Yuri Plisetsky es lo que estábamos necesitando para iniciar un nuevo debate y así mantener la fidelidad de nuestros allegados y alejar a aquellos que por sus convicciones harán partido por las ideas y las demostraciones extraordinarias de este “santo”. —Vladimir Romanov, uno de los genios detrás del nuevo sistema educativo del Sistema, se mostraba como el más optimista de todos los miembros de esa cofradía de hombres sin corazón—. Podremos darles esperanza a los más desgraciados y cuando estén dispuestos a luchar por sus convicciones podremos venderles nuestras viejas armas y probar las nuevas en sus poblados.

Justo como lo hicieron en el pasado, cuando ellos crearon las condiciones para la guerra y para la hambruna que devastó gran parte de la humanidad.

—Ya sé que está fuera de la agenda, pero también sé muy bien que está ligado con el caso Plisetsky, pero ¿puedo preguntar qué pasará con el Atlantis? —Abraham Rockefire interrumpió el nuevo conjunto de rumores.

Los hombres y las mujeres más poderosos del Consorcio callaron por unos instantes y luego cada uno consultó en voz baja con sus asesores que habían permanecido callados durante todos esos minutos de conversación.

Cuando parecieron llegar todos a cierto entendimiento con los expertos, la campana de oro que se encontraba a la diestra del hombre que presidía la reunión, sonó con su tono agudo y cantarín. Todos callaron y fue Rothchiler quien lanzó la primera propuesta.

—Enviaremos unidades de IA para que puedan reconectar todos los sistemas de la nave y establezcan comunicación con el ordenador central del Sistema. —El Consorcio necesitaba conocer y dominar las fuerzas que se concentraban en el Atlantis.

—Luego enviaremos valientes expedicionarios para que puedan ingresar a la nave y observaremos qué sucede el momento que todos se lanzan al vacío del inmenso motor. —Sinclair era un científico en temas de biología que adoraba experimentar con seres humanos.

—Cuando entendamos todos los mecanismos del Atlantis estableceremos una colonia de organismos sintéticos para que ellos se encarguen de extraer y condesar la energía de ese rotor en placas especiales con las que podremos alimentar los nuevos diseños de armamento que mandaremos fabricar. — Von Kruppershwarts, un financista de investigaciones sobre energía cósmica, imaginaba ya el especial arsenal y el uso que le iban a dar.

—¿Y Plisetsky? —preguntó la menor de todos los líderes del Consorcio, la representante de la familia DuPontier, Eliane—. ¿Qué haremos con él si no desea cooperar?

—Es fácil querida si no podemos lograr que acepte nuestros términos, entonces lo someteremos a un tratamiento especial que lo pondrá tan mansito como un cordero. —Hasburg miró con especial interés a la mujer y luego entre risas terminó su comentario—. Como un cordero… pascual.

Todos rieron, incluso los asesores que eran hombres muy entendidos en temas que los comunes y corrientes mortales jamás lograrían conocer.

Los veteranos dueños del Sistema Solar salieron del templo del poder que tanto veneraban y se dirigieron a una de las estancias más importantes del sector uno del planeta Venus. Una vez que todos llegaron entre risas y conversaciones caminaron entre los jardines recién cultivados del gran palacio imperial de la familia Rothchilder para luego dirigirse al gran almuerzo preparado en su honor donde abundaba la carne de animales criados en granjas naturales y los frutos de la tierra fértil que los campos especiales del sur del planeta producían todo el año.

Esos hombres y mujeres jamás comerían carne sintética como los demás y mucho menos frutos cultivados en las entrañas de la Tierra, de Marte o de las lunas de Júpiter, pues eran alimentos cuyas semillas se producían en un laboratorio y contenían ciertas sustancias que producían una toxina con la cual se garantizaba la aparición de ciertas enfermedades en los seres humanos a partir de la mitad de su vida y que eran tratadas en el sistema de salud impuesto por el Consorcio.

Todo era un gran negocio.


Cercanos al área del universo donde las naves tenían más facilidad para hacer el gran salto y llegar en poco tiempo a las inmediaciones del Sistema Solar, la inteligencia central de la nave Amstrong envió una señal de alerta.

El casco había sufrido un ligero deterioro muy cerca de los reactores con los que se alimentaba el motor y el comandante necesitaba que la nave estubiera en perfectas condiciones para hacer el hipersalto, pues la fuerza y velocidad a la que se moverían requería, sobre todas las cosas, de un casco fuerte.

De no reparar el daño pondría en peligro a su tripulación pues el casco podría quebrarse y la nave se desintegraría en solo pocos minutos sin dar oportunidad para el escape.

Cialdini convocó al personal y de entre todos ellos decidió que serían dos los especialistas que saldrían al espacio a realizar las reparaciones respectivas. No se necesitaba más pues el ingeniero que se encargaría de la reparación llevaría un par de tanques con una sustancia que derretía el material y otro que llenaba los espacios hasta su total mezcla con el acero y el titanio empleados en la corteza del Amstrong.

El comandante de la nave decidió que también saliera al espacio el capitán Jean Jacques Leroy para que condujera la pequeña nave de mantenimiento hasta las zonas que necesitaban ser recubiertas y tratadas.

—Serán solo trece o quince horas fuera de la nave —reparó Cialdini para animar a ambos tripulantes.

—Cuente conmigo comandante, no hay nadie como yo para velar por la seguridad del ingeniero Gordon allá afuera. —Un sonriente y triunfador Jean Jacques se mostraba como siempre tan confiado en su experiencia como en lo que él llamaba su “buen estilo”—. Ya sabe que todo lo que JJ hace a su estilo tiene el éxito asegurado —afirmó pavoneándose frente al resto de compañeros.

Durante la cena Yuri notó el entusiasmo de Jean. Parecía un niño de kínder que estaba a punto de ir a los juegos mecánicos y el rubio lo miraba con cierto interés, pero como siempre fingía indiferencia.

Cuando ambos salieron a caminar y llegaron al puente de observación Jean le dijo con mucha alegría que iba a salir al espacio para ayudar a reparar el casco.

—¿Tú vas a reparar el casco de la nave? —Yuri estaba admirado porque, entre el hangar y el sector de los reactores, los dos hombres cubrirían una distancia por lo menos medía trescientos metros de longitud.

—No, yo solo controlaré la pequeña “hormiga” que nos va a llevar, dejaré a Gordon en el lugar exacto y esperaré por él. —Jean miraba el lugar de los reactores para señalar a Yuri donde se encontraría en unas horas—. Luego lo ayudaré a subir y retornaremos de inmediato. Son cosas de rutina Yuri.

—Te gusta lo que haces ¿verdad? —Yuri jamás hubiera imaginado salir al espacio en una nave tan pequeña. Su experiencia de piloto solo se limitaba a controlar algunos mecanismos y ayudar a los dos pilotos principales de una nave comercial.

—Amo mi trabajo y me gustaría mucho ser comandante de una gran flota dentro de unos años. —Jean ubicó el área de los reactores cuando el motor central dio la vuelta, posó una mano sobre el hombro de Yuri y con la otra señaló el lugar—. ¡Mira Yuri! ¡Allá es donde trabajaremos mañana!

—Se ve peligroso —comentó el joven observando la rotación que los motores hacían sobre su propio eje.

—Por eso es que el comandante está poniendo en mis manos y mis ojos esta pequeña misión. —Jean guiñó uno de sus acerados ojos y Yuri rodó los suyos al ver ese exceso de confianza.

Por la noche Yuri no pudo conciliar bien el sueño. Muy intranquilo pensaba en el motor, en la pequeña nave donde Jean maniobraría todo el tiempo para respaldar el trabajo del ingeniero y pensaba en los delicados y peligrosos reactores de energía compuesta que alimentaban la nave.

Si algo salía mal los dos hombres serían expulsados hacia el vacío y sus cuerpos congelados de inmediato por la reacción de los líquidos refrigerantes del motor.

Esa madrugada, Jean abrió los ojos escuchando que la voz del sistema central de la nave le hacía recordar que en una hora debía presentarse en el hangar. El capitán saltó desde la parte alta de la litera y corrió a ocupar el baño.

JJ sabía bien el riesgo que él y el ingeniero Lázarus Gordon correrían en el espacio y sobre esa área del casco; pero con más razón su instinto lo llevaba a sonreír. Algo dentro de él siempre lo impulsó a amar el peligro y enfrentarse a él.

Jean estaba muy seguro que en unas quince o dieciocho horas como tiempo máximo volvería a estar bajo la regadera con el cuerpo cansado por la descarga constante de adrenalina y con las inmensas ganas de dormir. Se dijo que esta vez no celebraría nada porque dos días después estaba programada la intervención de Yuri.

Él quería evitarla y para ello necesitaba hablar con Yuri para que le contase los detalles que tal vez omitía a los expertos de la nave. Tenía la esperanza de ir cogiendo la madeja hasta desenredarla como muchas veces hizo con sus amigos después de cada borrachera de la que no recordaban nada.

Salió del baño y comenzó a vestirse de inmediato para llegar a tiempo al centro de preparación y ajustar con calma el traje que usaría en la nave de reparaciones.

Afanoso comprobó que el uniforme de diario estaba bien puesto en su lugar y se dio un pequeño golpe en la mejilla con su propio puño pensando que se veía como todo un campeón.

—Jean —la voz de Yuri interrumpió su ritual y JJ posó su mirada y su sonrisa en él—. No vayas, no salgan. Algo malo va a ocurrir.

—Yuri estás nervioso porque hace cien años esos motores eran muy peligrosos. —El capitán se acercó a la cama y se inclinó de cuclillas para hablar con su protegido—. La tecnología que se emplea ahora es muy precisa, solo que vamos a tardar debido a que es una gran área la que fue afectada por la radiación.

—Promete entonces que tendrás mucho, muchísimo cuidado allá afuera. —Yuri no parecía el tigre salvaje que siempre había mostrado ser. En su lugar un tímido gato hablaba al oído del capitán.

—Te juro que dentro de unas quince horas o un poquito más, JJ estará de vuelta y comeremos juntos un delicioso menú especial. —Jean había puesto una sola condición para aceptar la misión. Que a su regreso pudiera compartir con Yuri unos medallones de pavita rellenos con una gran guarnición de carne, guindones y arroz moreno servidos sobre una buena porción de puré de manzanas y con papas al hilo doradas en el horno.

Yuri haló a Jean por el cuello de la campera del uniforme y lo abrazó con fuerza para decirle en el oído. —Vigila todos los detalles, que nada se escape de tus ojos.

Jean partió con una gran sonrisa y en la puerta hizo ese gesto con las manos y dedos que molestaba mucho a Yuri, pero que por primera vez le pareció gracioso.

El joven terrícola cerró los ojos y tomando su pecho con las manos observó una vez más la imagen que con claridad había visto en sueños. Jean pedía ayuda y él no podía entender sus palabras, durante varios minutos intentó calmar la agitación que lo hacía respirar con dificultad y volvió a hablar ese idioma extraño que pronunciaba cada vez que un astro del vasto universo le prestaba atención.

Notas de autor:

Gracias por el apoyo a la historia. Estamos a punto de llegar a la mitad y espero de verdad que les esté gustando.

Saludos a todas.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

2 comentarios sobre “Retorno a Atlantis 12

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