Tabú 24


La vi salir de la habitación de Víctor, vestida con la camisa de mi hermano, con las greñas enredadas y el emplasto del rímel sobre los párpados. Arrastraba los pies como un zombi y olía a alcohol y sexo.

Una mujer que no era Anya había dormido en la cama de Víctor y cuando entró en la cocina, tomó del refrigerador una botella de jugo de frutas, me miró sin decirme nada y regresó a la habitación del presidente de la compañía de modas Nefrit.

¿Sería que no sabía hablar ruso o tal vez seguía con el efecto de alguna mierda dentro de la nariz y por ese motivo no le funcionaban sus tres neuronas de modelo?

Lo único que me quedó de ese encuentro con la bulímica mujer fue que Víctor era como todos los hombres que no son capaces de llenar sus vacíos existenciales con otra cosa que no sea el cuerpo de una mujer a la que nunca amarán. Perfecto ejemplar de macho y para mí los machos son patéticos. Igual si es hetero, homo, bi o cualquier otro género más, los machos quieren siempre mantener un harem aunque sea a escondidas.

Y no estaría mal si no existiera un acuerdo de exclusividad con una novia de por medio.

Admiraba a mi hermano, lo quería, lo amaba… pero jamás aprobaría su libertina manera al tratar de resolver la distancia entre él y “la hermosa” que a esa hora seguramente dormiría apartando mosquitos que querían hacer un festín sobre su bonita piel.

Decidí ir a despejar mi cabeza de malos pensamientos, esos que me hacían querer estrellar los puños contra cualquier rostro. Atendí todas las necesidades de mi gato, le di un beso inmenso en los bigotes que él se resistió recibir, tomé mi patineta y salí sin una meta establecida.

Mientras me alejaba del barrio y sorteaba los carros, las motos, las bicicletas y las esquinas congestionadas, intentaba en vano llenarme del paisaje otoñal de San Petersburgo y en mi mente volvían a repasar las imágenes de la rubia que salió de la habitación de mi hermano.

Me llené de coraje y mientras ganaba las calles a velocidad mascullaba entre dientes todos los insultos que se ocurrían decir. Y mis ganas de golpear algo crecían conforme recordaba la mirada de la rubia idiota.

Tal vez un saco de arena, una pared, el estómago de un borracho o la cara de algún tarado que se me cruzara en el camino. Quizá la cara del profesor Popovich por ir de chismoso con mis asuntos íntimos. Eso estaba mejor.

Sé muy bien que a una mujer no se la debe tocar ni con el pensamiento, pero confieso que tuve muchas ganas de darle una buena cachetada a la modelo cadavérica.

Cuando por fin llegué al Alexander Park para perderme patinando en sus veredas y rotondas lo único que se me ocurrió pensar fue que todo ese ánimo de fiera se pasaría si reventaba mis nudillos en el mentón de mi hermano, ese sería el mejor lugar donde dejar toda mi rabia y frustración.

—¡Víctor idiota!

Durante dos horas hice piruetas con mi skateboard, me caí varias veces, me detuve a contemplar a otros chicos y chicas que reían, hacían proezas increíbles y también se estrellaban en el pavimento. Quería despejar el ardor intenso que sentía en la boca del estómago y el dolor de mi pecho.

Y creo que, en gran parte, logré mi cometido porque al observar las destrezas de todos los locos me sentí transportado a un mundo distinto, donde sólo existíamos esos extraños habitantes que reíamos cuando uno de nosotros explotaba en la acera, que expresábamos nuestro asombro cuando alguien daba una vuelta completa en el aire sosteniendo su patineta y que volvíamos a tirarnos al vacío o dábamos una vuelta más a la curva cerrada como si no existiera otra cosa más que hacer en la vida.

Poco a poco los chicos se fueron despidiendo y yo quería quedarme allí una hora más, tal vez todo el día, quizá toda la vida. Porque en ese parque donde las hojas de los árboles tapizaban sus veredas, me sentía tranquilo y seguro, lejano a mis pensamientos más indecentes y también lejano a mi maldita realidad.

Sin embargo, el estrujón en mi estómago me dijo que tenía que regresar, había salido tan de prisa que se me olvidó llevar algo más de dinero, lo poco que saqué me sirvió solo que para unos bocadillos. Quería comer un pollo entero y al mismo tiempo no quería volver a encontrarme con la resaca de mi perdido hermano, no quería verle la cara dura que pondría cuando le dijera que una chica fácil había salido de su cuarto esa mañana.

Por ese motivo mi patineta y yo tomamos el camino más largo de retorno, paramos varias veces a contemplar la ciudad. Nos perdimos en algunos barrios que todavía no conocía bien y cuando llegamos al río Moika nos volvimos a ubicar para dirigirnos sin parar hasta el departamento de Víctor.

Llegamos al edificio y contesté como pude el saludo del portero. El hombre me hablaba siempre con tanta atención que me provocaba cierta molestia y no sé si era por la sonrisa que debía fingir ante los habitantes de ese condominio exclusivo o porque yo no podía responder con la misma amabilidad. Igual, él me seguía saludando con un “buenos días señorito Nikiforov” “lo veo muy bien esta mañana”, “que tenga un buen día hoy”. Yo levantaba a penas la mano y le decía hola y adiós.

El ascensor me mostraba sus números en rojo y yo los repasaba como un tonto, como si no supiera que se iba a abrir como siempre en el piso diez. Se abrió la puerta y caminé con toda la lentitud que pude hasta el departamento, digité la clave y puse mi huella, escuché el sonido de la cerradura que se abría y daba paso al aroma intenso de lilas y moras que la encargada de la limpieza escogió con especial interés para ese día.

Al cerrar la puerta escuché la voz de mi hermano que me llamaba desde su habitación. Imaginé que era un muerto viviente en medio de sus sábanas y no le contesté pues seguía enojado con él. Mis pasos me llevaron a la cocina porque quería tomar y comer algo, caminé en medio de los remilgos de Potya quien a mi entender él era el único que se merecía mi amor en esa casa… por lo menos ese día. Busqué la jarra de jugo de limón en el refrigerador y cuando cerré la puerta vi a mi hermano apoyado en el marco de la cocina.

—Maldición Yuri. Me tenías preocupado ¿sabes qué hora es? —Sus ojos escudriñaban los míos como si quisieran saber si yo decía la verdad o mentía—. Te llamé como quince veces y recién hace una hora me di cuenta que no llevaste el celular.

—Uuuum, estuve por ahí. —Le mostré mi skateboard y caminé hacia la mesa con la jarra de agua de limón en la mano.

—¿Dónde es por ahí Yuri? ¿Con quién estuviste? ¿Por qué no llevaste tu celular? —Víctor me seguía con la mirada y yo solo lo miraba de soslayo.

—Me fui a recorrer la ciudad, estuve en un parque dando vueltas con algunos chicos y chicas y luego regresé, eso es todo. —No quería darle más explicación, no entendía el porqué de tanto alboroto.

—¿Quiénes son esos chicos y chicas? —habló con mucha seriedad e intentó, en vano, acompañarla con una mirada severa.

—Chicos… no sé, no los conozco bien… —le respondí con molestia y me puse a beber con calma.

—¿Fueron varios chicos o fue algún chico en especial? —Mi mente había divagado tanto esa mañana, que la sentía trabajar en modo automático. Lo miré con desconcierto y cuando vi su entrecejo junto caí en cuenta.

Entendí la razón de su pregunta, él quería saber si yo había estado con “el verdugo” en algún lugar.

—Varios chicos y chicas que no conozco bien, que siempre van a patinar por las calles cercanas al Aleksandrovskiy y a quienes no me interesa conocer a fondo. —Entonces le di paso a la pequeña serpiente negra que se había estado moviendo por mi mente desde el encuentro con la modelo—. No me fui de fiesta hasta la madrugada, no he llegado borracho y tampoco traje una puta a la casa, ¿contento? —rematé con ironía.

La expresión de Víctor cambió de inmediato y ese momento fui yo quien lo miró de forma inquisidora.

—Ah, tú viste a Joyce… es decir… la encontraste esta mañana… supongo. —Mi hermano mayor parecía un niño que rompió el jarrón favorito de mamá con la pelota y no sabía cómo inventar una historia para justificar su estupidez.

—Joyce, Claudia, Irina… como se llame, no me interesa. Eres adulto, este es tu espacio vital y yo solo soy un chico que no sabe nada de la vida. —Seguía muy molesto y necesitaba sacar toda esa mierda que llevaban por dentro desde la mañana—. Supongo que cuando tengo tu edad también llevaré a algún prostituto a mi cama para pasar el rato mientras mi pareja está matándose en el trabajo.

—Yuri… las cosas no son como las describes. Un hombre no siempre puede estar controlado todo el tiempo. —Tragó saliva y trató de justificar su liviandad.

—Supongo que tú y Anya tienen un acuerdo para que cuando ella no esté junto a ti, tú puedas traer a cualquier mujerzuela a la cama donde han dormido juntos muchas noches. —No sé por qué me dolía la infidelidad de mi hermano, ese no debía ser mi asunto porque Anya no era una persona a la cual hubiera conocido demasiado—. Tal vez ella también esté follando con algún brasileño atractivo en el calor de la selva y bueno… todos felices ¿no?

—Yuri basta, los asuntos entre Anya y yo los resolvemos solo los dos. —Y tuve frente a mí la actitud de un hombre que no quería que le toquen el orgullo de macho.

—Bien… regio… no te metas Yuri porque cada vez que traiga una puta a mi casa ese es un asunto entre Anya y yo. —Continué hablando con sarcasmo mientras me levantaba de la silla y dejaba la jarra en la nevera.

—¿Vas a ponerte en plan de juez? —Víctor no me dejaba salir de la cocina—. Porque si es así avísame para salir unos días del departamento hasta que se te pase el embrollo que tienes en la cabeza hermanito.

—No hace falta que salgas de tu departamento, quien se larga esta noche soy yo. —Empujé con insistencia su cuerpo y caminé a prisa a mi dormitorio.

—¿Dónde irás? Claro, si se puede saber. —Mi hermano y yo jamás habíamos discutido de esa forma, por lo general las discusiones se centraban en temas de la escuela y mi comportamiento huraño con los compañeros. Algunas veces reñíamos por que llegaba a deshora y muy pocas veces por algún asunto del trabajo, en especial de la manera cómo yo hablaba con los empleados.

—Voy a salir con Vladimir —le dije caminando por el pasillo con cierta prisa—. Hace tiempo que me invita a dar una vuelta en su auto y yo lo vengo rechazando. —Entré a mi habitación, cerré la puerta con fuerza y le puse cerrojo.

Víctor golpeó la puerta con la palma de la mano abierta y pronunciando mi nombre todo el tiempo. Yo solo subí el volumen a la música y no le respondí.

A los cinco minutos Víctor se cansó de insistir, yo ingresé a la ducha y tras el refrescante baño busqué en mi closet algún atuendo ligero como para salir a bailar a algún antro a la vez que dejé cargando el celular. Cuando salí hacia la sala comprobé que Víctor estaba en su habitación conversando con su novia, aquella que estaba trabajando un documental en Brasil y que ignoraba que una mujer bonita, pero no tan hermosa como ella había pasado la noche jugando con las partes húmedas de su novio.

Volví a atender a Potya y antes de salir llamé a Vladimir, pero él no respondió mi llamada. Pensaba en insistir hasta que me dijera dónde nos veríamos, pero la voz monótona de la mensajería me pedía que dejase un mensaje para él en el buzón de voz. Entonces dije “llámame, quiero verte esta noche”, me acerqué a la puerta y cuando quise abrirla otra voz grabada me dijo que la clave era incorrecta. Pulsé de nuevo los cinco números y el mensaje volvió a sonar por el intercomunicador, puse mi huella y la voz me pidió que digite la clave. Ya no lo hice.

Media hora después Víctor salió de su habitación rumbo a la cocina. Yo estaba en la sala mirando cualquier tontería en la televisión, creo que era la primera vez que había puesto el canal de los infomerciales y ni siquiera recuerdo qué producto estaban promocionando los modelos que no paraban de hablar.

—¡Víctor! ¡¿Por qué diablos cambiaste la clave de la puerta?! —Volvieron mis ganas de estrellar mis puños contra alguna parte del cuerpo de mi hermano.

—Porque no vas a verte con tu abusador —él respondió como si no le importara nada y siguió caminando hacia la cocina.

—No es mi abusador, no me ha hecho nada y yo quiero salir con él porque me gusta. —Busqué la mirada de mi hermano y lo jalé de la manga de su camisa para que me viera—. Yo también soy un hombre que tiene necesidades.

—Eres aún un chiquillo que no sabe qué es lo que quiere. —Su mirada azul, severa y profunda fue como una ola que se estrellaba contra la roca.

—Te recuerdo que tú mismo me dijiste que cuando tenías mi edad ya saltaste a la cama de un chico que te gustó. —Tenía que sacar todas mis armas si no quería perder esa pelea.

—No uses las cosas que te he contado en confianza contra mí Yuri, eso no es de hombres. —Víctor parecía estar a punto de perder la paciencia porque sus ojos se mostraban inflamados de rabia—. Además, tenía dos años más que tú y ya estaba en la universidad.

—Déjame salir Víctor, no tienes ningún derecho de encerrarme en el departamento. —Estaba muy molesto, no quería verlo, quería gritarle por su conducta—. ¡Déjame salir ya! O si no…

—O si no qué… —Casi de un salto se detuvo entre la puerta y mi cuerpo.

No supe qué responder solo me quedé mirándolo en forma desafiante. Me tomó con fuerza del mentón y apretó mis mejillas con la mano, su mirada me penetraba con su intensidad y su eterno misterio, mi hermano era una caja de sorpresas y nunca se podía saber cuándo estaría con el rostro muy serio y cuándo reaccionaría como un tonto o como un perfecto sabueso y en ese momento sentí que quería imponer su autoridad de hermano mayor.

—Déjame idiota, eres un hipócrita. ¿Por qué no le dijiste a Anya que anoche estuviste revolcándote con otra? Tal vez te hubiera creído el cuento del hombre necesitado. Eres un mentiroso y un embustero, con qué palabras te habrás levantado a esa puerca anoche y qué clase de hombre eres… jamás sería como tú. Yo sí respetaría a mi pareja y si ya no me satisface terminaría con ella para actuar como un soltero, un galán o un simple put…—Víctor apretó más su mano y con uno de sus dedos me cerró los labios.

—Aún no te conozco bien Yuri, pero me atrevería a decir que estás celoso. —Víctor sonrió como debe sonreír un lobo cuando muerde el cuello del cordero.

Tiré su mano a un lado y me deshice de su agarre—. ¡Suéltame! ¡No me conoces como dices! ¡Déjame ya, idiota!

Corrí a mi habitación y volví a encerrarme en ella. Ni siquiera permití que mi peludo amigo ingresara junto a mí esa noche. Apagué las luces y abrí las cortinas, abrí la ventana y no me importó que el aire de la calle enfriara la habitación. Me sentía una pelusa de ombligo y tenía muchas ganas de llorar, estaba casi a punto de soltar mis primeras lágrimas cuando mi teléfono celular sonó en el bolsillo de mi campera.

Al ver el nombre del contacto, limpié mis párpados y tomando bastante aire contesté.

—Yuri perdóname si no te contesté hay una jodida fiesta familiar y no podía deshacerme de mi padre. —Vladimir y sus ochenta kilogramos de enormes músculos llegaba en mi rescate.

—Me tienen secuestrado —confesé con el sabor del limón en la garganta.

—No entiendo. —Él hablaba algo bajo, parecía estar en alguna parte exterior de la casa de su hermano porque podía escuchar que al fondo sonaba música tradicional muy alegre.

—Mi hermano no me deja salir, tiene miedo que me vea contigo. —Hice notar mi respiración agitada.

—¿Y que te haga algo indecente? —La voz de mi gigante galán cambió y mi nervio sintió su llamado de macho alfa.

—Tiene miedo que me toques en lugares no apropiados. —Le seguí la pauta.

—¿Tiene miedo que desabroche tu camisa con los dientes? —Por el cambio en el sonido del ambiente me pareció sentir que él entraba en algún lugar más privado.

—Tiene miedo que me rompas la camisa a mordiscos. —Entendí de inmediato las reglas de su juego.

—Y de paso te deje marcada la piel. —Vlado engrosó más la voz.

—Con tus uñas. —Yo susurré sobre el teléfono.

—Con mis labios succionándote por completo sin parar. —No sé por qué imaginé su mirada en vez de su boca.

—Mi hermano tiene miedo que deje de respirar mientras succionas mi lengua toda la noche —le dije con picardía y voz de infante mientras sentía que mi vientre se encendía como una chimenea.

—¿Y que mi lengua recorra sin miedo tu delicado cuello? —La respiración de Vlado se hizo más profunda e intensa.

—Si… y que lo aprietes con una sola mano mientras me ahogo con tu perfume. —La excitación fue en aumento al imaginar las enormes manos del rubio sobre mi cuello.

—¿Mientras te bajo el pantalón y juego con la orilla de tu trusa? —Tal como lo hizo la primera vez que me tocó.

—Él no quiere imaginar que tal vez podrías obligarme a abrir la boca y recibir tu polla entera. —Aquella que no pude contener dentro de mí porque era enorme.

—¿Y que mueva mis caderas sin parar hasta que te atores con mi leche? —Sentí cómo la voz de Zhúkov se mezclaba con su agitación, imaginé que se la estaba jalando y me enloquecí al saber que era por mí.

—Tiene miedo que me obligues a subir encima de ti y me aprietes las caderas con la furia de un toro. —En ese instante sin poder aguantar mi propia lujuria permití que mi mano bajara lentamente desde mis pezones erectos para abrir la cremallera de mi pantalón.

—¿Y que te la meta sin piedad hasta ver como tuerces los ojos? —Pude escuchar el primer jadeo de Vlado y mi tensión bajo la trusa aumentó con fuerza.

—Sí, mi hermano no quiere pensar lo que serías capaz de hacerme si me quedo a solas contigo en algún lugar apartado. —Apreté mi erecto pene por sobre la tela y éste se movió reclamando mis caricias.

—¿Un sótano oscuro? —La voz de “mi verdugo” enronquecía y mi cuerpo se tensaba más al escucharla.

—Un motel de carretera. —Recordé su perfume, tan fuerte como sus brazos.

—¿El baño de una discoteca? —Él parecía estar disfrutando sin restricciones, los sonidos de su boca lo delataban.

—El capó de tu auto. —Bajé mi trusa con tanta lentitud que mi excitación se disparó en un segundo, me gustó ver mi erecta pija moverse sola buscando mi mano.

—Mejor el asiento de atrás… —El asiento trasero de su auto era muy cómodo.

Callamos y su respiración, tan agitada como la mía, habló de la tremenda excitación que debía estar recorriendo su piel dorada.

—¿Te estás tocando Yuri? —Su voz era más grave y el aire parecía vibrar entre sus cuerdas.

—Siiii —le dije bajando la piel de mi pene y contemplando complacido mi abultado glande—. Estoy imaginando que mi mano es tu mano.

—Ahora imagina que es mi boca y que no voy a parar hasta que gimas y llores… me gusta verte llorar cuando te corres Yuri. —La primera vez que sentí el calor de su boca sobre mi polla lloré al sentir los espasmos que recorrían mi cuerpo. 

—Y a mí me gusta que respires detrás de mi oreja. —Me hacía sentir un cosquilleo que no puedo explicar por qué me gustaba tanto.

—¿Y la muerda un poco? —Y yo estallaba cuando Zhúkov retenía entre sus dientes mi lóbulo perforado.

—Siiii. —Deseé estar junto a él y ver sus enormes pectorales moviéndose de arriba abajo.

—Y ponga duros tus pezones con mis dedos. —Vlado siseaba en el auricular y ese sonido me ponía más cachondo.

—Siiii. —Imaginé sus grandes manos sobre mi pecho y mis pezones apretados entre su índice y su pulgar.

—Tócalos Yuri. —No era lo mismo cuando yo los tocaba que cuando él lo hacía, por eso forcé más a mi mente e imaginé con claridad sus dedos sobre mi piel, con sus uñas bien cortadas, cuadradas y limpias, las callosidades de sus palmas nacidas de tanto sujetar con fuerza el stick y esos finos vellos rubios que nacían en sus muñecas.

—Lo estoy… haciendo. —Con la yema de mis dedos repasé mi duro pezón y sentí ese dolor placentero que me hizo gemir.

—Acerca el celular a tu polla y déjame escuchar el sonido. —Vlado cambió de voz. Era un capitán dando una orden a un pequeño soldado.

Acomodé el celular sobre mi pubis y curvé mi cuerpo sobre la suave alfombra de mi habitación. Miré por la ventana las luces y tracé un camino invisible hasta donde estaba Zhúkov. Lo imaginaba con su uniforme del equipo de hockey, tan grande, tan apuesto, tan duro, tan macho, con sus ojos azules, su sonrisa malévola y su cabello cortísimo, con la erección tratando de escapar de sus suspensores y aplastando mi cuerpo contra la pared, como ese día en el que me besó por primera vez.

Yo también podía escuchar el sonido de su mano, un sonido viscoso que unido a los resuellos de su boca me decía que estaba gozando tanto como yo. Imaginé su tenso gesto de placer y me retorcí de la misma forma como se retuerce una mariposa inyectada con el aguijón de un escorpión.

Y el momento que escapé de mí, la imagen de Víctor curvando su espalda sobre Anya vino a mi mente, recordé su rostro retorcido, las fosas nasales expandidas y su boca moviéndose como la de un animal a punto de morir ahogado.

Cuando retorné escuché los suspiros roncos de Vladimir, mi cuerpo temblaba mientras mi mano todavía seguía moviéndose despiadada sobre mi polla.

Buscando algo de calma mis ojos divagaron por la fría habitación y se detuvieron en la rendija inferior de la puerta observando que la sombra de los pies de Víctor se alejaba despacio. Debió sentir mi voz cuando hablaba con mi compañero y el hilo de mi gemido cuando me perdí en mis contracciones.

Después de unos segundos Vladimir interrumpió la suave caída que, con toda seguridad, sentía en el cuerpo.

—Yuri… ¿me escuchas? —dijo jadeante.

—Sí… estoy aquí —respondí con una gran sonrisa en los labios.

—Tengo que colgar —Vladimir hablaba en voz baja y yo podía imaginar su rostro encendido—. Mi padre me está llamando.

—Bien ya hablamos después. —Colgué la llamada y me quedé mirando en la pantalla del celular el nombre clave de Vlado, luego borré el registro de la llamada.

La dulce sensación del hormigueo de mi cuerpo no terminaba y mi imaginación una vez más me empujó a la trampa del goce. Me dirigí a la cama quitándome la ropa en el camino y busqué el calor de mi propia piel el resto de la noche.  

Lloré como un niño pequeño al sentir las punzadas electrizantes dentro de mi vientre que se expandían por mi cuerpo cansado y repetí el nombre de mi hermano en silencio decenas de veces.

Notas de autor:

Hola queridas lectoras.

La relación entre Vládimir Zhúkov y Yuri se va cimentando de a pocos.

¿Podría ser que llegasen a tener algo más de intimidad? ¿Qué haría Víctor si así fuera?

Y sí, Víctor recurrió a la solución más fácil en lugar de encarar el problema.

Gracias por el apoyo a la historia y nos seguimos leyendo a la próxima.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

2 comentarios sobre “Tabú 24

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