Tabú 23


Las siguientes dos semanas me convertí en un voraz depredador acechando a su presa.

La observa silencioso en mi rincón desde el amanecer hasta el anochecer. Como una enorme araña tendí mis redes para que la pequeña mosca no pudiera moverse y mucho menos elevar vuelo.

Me encontraba al punto de la paranoia y mis delirios me llevaban a despertar por las madrugadas y contemplar el rostro de Yuri mientras él dormía ajeno a mi padecer. No recuerdo cuántas veces revisé los contactos de su celular buscando al culpable de mi insomnio, al enorme jovenzuelo que provocaba mis celos abrazadores y mi desesperación.

Quería saber si ese fornido mozo llamaba a mi hermano, si arrancaba una sonrisa a sus pequeños labios, si le decía alguna ardiente palabra que humedeciera sus sueños o si le contaba algún cuento erótico antes de dormir.

En puntas de pie caminaba por el corredor del departamento, me dirigía a la sala y fingía que veía el noticiero de las once en la televisión, esperando que Yuri se durmiera. No me explico por qué motivo el diablillo se mantenía despierto hasta pasada la media noche. Dicen que así es el reloj natural de los jovencitos.

Pero cuando sospechaba que Yuri ya estaba durmiendo dejaba la televisión prendida y caminaba a su dormitorio con mucha lentitud hasta su habitación.

Mi cuerpo se deslizaba como sombra sobre las paredes y mis oídos agudizaban su nervadura para escuchar si Yuri hablaba con alguien. Y cuando lo hacía detenía hasta mi respiración para poder interpretar cada palabra y saber si era el potente mancebo quien dejaba palabras inmorales en el oído de mi hermanito.

Cuántas veces llegué a entrar a hurtadillas en la habitación de Yuri y mientras él se bañaba revisé cada nombre, el listado de números y hasta la frecuencia con la que le llamaba algún número desconocido. Si no ingresé a su personal fue porque no sabía cuál era la contraseña, sin embargo trataba de ubicar alguna pista desde mis redes. Pero por más que hurgaba entre su intimidad, no podía hallar la innegable prueba que me daría la razón y por la cual estallaría en cólera, montaría una escena y terminaría encerrando a Yuri en el departamento.

Quería una excusa para tenerlo atrapado, sujeto a mi dominio y autoridad fraternal; sin embargo, por más que me esforcé y busqué con paciencia y minuciosidad no encontré ninguna huella de su impúdico delito.

Entonces empecé a idear otro plan que me demostrara cómo mi querido hermano todavía tenía algún contacto con su agresor. Sí, su agresor porque eso era Zhúkov para mí, un poderoso rey adolescente que había agredido a mi indefenso hermano y lo obligaba a complacer sus caprichos ardientes, sin que Yuri pudiera hacer algo para detenerlo.

Mi plan me llevó a tener que recoger a mi hermano del colegio y llevarlo al taller de Nefrit todas las tardes después del entrenamiento del equipo. Al inicio Yuri protestó por mi excesivo celo de hermano, juró que él y el adonis de la escuela ya no tenían ningún contacto, pero yo insistía en recogerlo a diario.

Cuando ingresábamos a las instalaciones de la casa de modas, notaba cómo mis atormentados músculos se relajaban, mi estómago dejaba de comprimirse y podía sentirme más tranquilo sabiendo que él se concentraba en su trabajo o aprendía algo más bajo la atenta mirada de Lilia.

Todas las tardes a las cinco y cuarenta minutos llegaba en mi auto y montaba guardia, por si el atlético hijo de Samara tenía la infeliz idea de salir por detrás o por delante de mi hermano para acosarlo. Todos los días vigilaba sin descanso y todas las noches planificaba qué haría si observaba al muchacho queriendo molestar a mi niño, cómo llegaría a encararlo y cómo defendería su todavía inocente mundo de adolescente, ese que quería preservar solo para mí.

En casa tampoco bajaba la guardia y observaba todo el tiempo los movimientos más sutiles de Yuri para saber si todavía tenía contacto con el gigante. Miraba de reojo sus reacciones, intentaba adivinar cada cambio en los gestos de su boca o en el brillo de sus ojos.

Quería algo que lo delatara, no sé qué buscaba, tal vez una sonrisa que apareciera de la nada y que él no supiera cómo explicar. Tal vez algo de tristeza en los ojos para entender que extrañaba a alguien, un candor repentino en sus mejillas para descubrir que existían pensamientos sucios dando vueltas por su cabecita.

Pero a Yuri le interesaba observar los movimientos de los atletas y pasaba horas mirando los videos sobre la participación del equipo ruso en las Olimpiadas. También se hundía en la lectura de ese último libro que tenía record en ventas y que Yuri convirtió en su compañero de cabecera.

Los celos me debilitaban y cualquier movimiento, por más leve que fuera o que me pareciera extraño, levantaba mis sospechas sobre la conducta sexual de mi hermano y sobre su interés por los hombres. En mis locas fantasías el único hombre por quien debía mostrar interés mi pequeño era yo.

Por fuera fingía tranquilidad. Seguía asistiendo al trabajo de manera puntual, seguía mi rutina para calmar ciertos amagos de insolvencia en la empresa, también me reunía con algunas amistades para intentar distraerme y seguía conversando con mi hermosa novia que no tenía fecha de regreso a mi vida.

Seguía cumpliendo con el rol del hermano perfecto, que se preocupaba por el bienestar del otro Nikiforov y que se hacía el tonto todo el tiempo, cuando en realidad se calcinaba por dentro cuando imaginaba que mi tigrillo podía estar pensando o hasta soñando con el chico rubio, de amplia espalda y por el que todas las chicas suspiraban en la San Marcos.

—Oye Víctor, ¿hasta cuándo demonios vas a seguir recogiéndome del colegio? —Yuri subió una tarde al coche con el gesto molesto y la mirada cargada de enojo.

—No pensé que mi presencia te molestara tanto. —Intenté ensayar una actitud de víctima mientras acomodaba mi chaqueta en el asiento de atrás—. No sabes lo feliz que me siento al recogerte y compartir más tiempo contigo.

—Me molesta que no confíes en mí. —Renegó dos veces con la cabeza y cerró la puerta del auto con más fuerza de la habitual. Yuri solía ser crítico y frontal conmigo, pero jamás lo había visto tan fastidiado con mi presencia—. Te dije que nunca más volveré a mamarle nada a nadie y tú pareces no entender.

Escuchar esa palabra me provocaba prurito y la comezón que se extendía de inmediato por todo mi cuerpo terminaba por irritar mi alma. Pero como buen adulto debía mantener la calma porque mi niño no podía y no debía entender qué era lo que en verdad me estaba sucediendo.

—Yuri deja que te cuide un poco. —No deseaba discutir con él porque sabía que terminaría perdiendo de alguna forma—. Solo soy un pobre hermano mayor que está tratando de hacer las cosas bien hasta que tú sepas cómo cuidarte por ti solo.

—No exageres Víctor, sé cuidarme bien solo desde hace muchos años. —Tal vez había herido su orgullo de chico de mundo, de chaval de barrio o de hombre en formación; pero lo sentía mucho por él porque no daría marcha atrás y seguiría siendo el molesto hermano que lo recogería casi todos los días del colegio.

—Te invito un delicioso Ptichie Molokó y una buena taza de chocolate caliente. —Debía poner algo de tranquilidad entre los dos y sabía bien que “la leche de pájaro” era el pastel favorito de mi pequeño demonio rubio, quien solo de escuchar el nombre pareció insalivar. Por lo menos por esa noche ya tenía su perdón asegurado.  

Sin embargo, la tregua no duró demasiado pues durante los siguientes días mi desconfianza y mis cuidados extremos provocaron lo que tanto temía. Yuri se apartó de mí y aunque muchas veces estaba a mi lado, rosando con su cuerpo algún ángulo del mío; su mente se encontraba lejana, tal vez en algún otro lugar al que yo no estaba invitado y mi desesperación iba en aumento porque no sabía si en ese mundo tenía alguna cabida o si reinaba el enorme Vladimir Zhúkov.


Tres o cuatro noches después de esa pequeña discusión, algo tan imprevisto como mundano sucedió y todas mis murallas se derrumbaron. El perfecto disfraz de hermano paciente y abnegado desapareció dejando mis entrañas expuestas y provocando en mí el peor de los desenfrenos que pude haber vivido y gozado.

Como era de rutina esperé que comenzara el noticiero de las once, luego de entretener mi mente con los titulares y enterarme por medio de ellos cómo estaba mi ciudad, mi país y el mundo, dejé que la televisión siguiera iluminando la oscuridad de la sala y hablando a la nada. Caminé con el cuidado de un gato hasta la habitación de Yuri y en medio camino creí escuchar su voz. No supe si era un gemido o una palabra, pero ese eco me detuvo por unos segundos y me obligó a callar y avanzar con mucha más cautela que antes.

Mis pasos se detuvieron a escasos centímetros de la puerta. Estaba seguro que Yuri no podía verme porque la luz del corredor estaba apagada y no proyectaría mi sombra. Paralizado y silente agudicé el oído y escuché una suave expresión de deleite cruzando todos los espacios de la habitación de mi pequeño.

De inmediato mi corazón aceleró su cadencioso ritmo y me pareció que lo había redoblado. Una ráfaga hirviente se elevó desde mi bajo vientre y mis sienes sintieron la intensa presión de la excitación en tan solo un par de pestañeos.

Otra vez Yuri emitió un sonido que salía gutural e imaginé la figura que podía formar su viril manzana, sonaba como la expresión pura de un animal salvaje y yo adiviné de inmediato que mi hermano se estaba tocando con salaz apremio. Agudicé el oído y pude reconocer el jadeo, la fuerza de sus suspiros y el insignificante chirrido de la cama que delataban sin reservas el goce que mi hermano experimentaba.

Si hubiera sido prudente, habría desandado mis pasos hasta volver frente al monótono aparato y subiendo el volumen habría buscado otra distracción. Pero fueron mis propios deseos los que me clavaron a ese espacio pequeño del corredor y una aguda punzada en mi pubis me anunciaba que mi instinto empezaba a despertar.

Yuri se lamentaba y gimoteaba envuelto entre las sábanas y su placer. Yo solo podía imaginar su rostro empapado de sudor, sus labios tensos y sus parpados entreabiertos. Mis ojos también se cerraron un poco y apoyé mi cuerpo a la pared porque lo sentía vencido por las ardientes oleadas del deseo.

Entonces mis oídos quisieron empaparse más de las frases entrecortadas que Yuri decía bajo sus sábanas, logré entender un par de ellas, eran frases que hablaban de la sabrosa sensación y del excitante calor que se había apoderado del cuerpo de mi hermano.

Mi mano no esperó más y presurosa bajó en ayuda de quien se estremecía caliente y convertido en un peligroso río de nervaduras excitadas. Bajé la mirada y vi crecer a mi pequeño ídolo, venoso, cavernoso, pulposo, culposo, grande, ardiente, latiente, mojado. Mientras que, al otro lado de la habitación, a escasos metros de distancia, mi hermano no detenía sus resuellos y los convertía en murmullos cada vez más sonoros.

Si hasta me pareció escuchar el viscoso sonido que su mano hacía sobre su miembro y sus quejas placenteras no paraban. En cambio, las mías debían quedarse atascadas en mi garganta, porque no quería revelar mi posición y asustar a mi hermano, pero tampoco quería detener el lujurioso juego.

Cerré mis ojos y todo cobró una magnificencia superior. Mis oídos se llenaban de placer, la deliciosa tortura parecía no tener fin y en las profundidades de mi alma zafia mi propio juego erótico daba inicio.

En mi imaginación me atreví a entrar en la habitación de Yuri. A gran velocidad mis pasos llegaron hasta el borde de la chirriante cama y mis manos tiraron las cobijas al suelo. Con magistral obscenidad mi mirada descubría complacida la mágica desnudez de Yuri que se entregaba a su propio delirio y sin temor alguno me lo ofrecía.

Lleno de sus encantos mi cuerpo arrebataba sus últimos territorios infantiles y mis manos reclamaban la pureza de su piel, mis ojos no dejaban de recorrer sus poros mojados, mi nariz se deleitaba con el intenso aroma de su pubis y mi boca suplicaba por su salino sabor.

Lo hice mío sin haberlo tocado, lo amoldé con mis dedos necesitados, lo mordí con mis hambrientos dientes, mi lengua paseo por sus zonas más vulnerables, mis ojos lo vieron retorcerse complacido una y otra vez, mi boca se apoderó de sus besos y en mis oídos retumbó su voz pronunciando sin parar mi nombre.

Mío, solo mío.

Yuri por siempre, Yuri eterno se hacía uno conmigo, lo podía sentir en las fibras más íntimas y hasta en las ínfimas partículas de mi cuerpo.

Para qué correr hacia él si Yuri ya estaba dentro de mí, si su cuerpo se fundía en mis tejidos, si sus ojos miraban por los míos y su risa se acomodaba sin reparos en mi garganta. En mis locos e impíos pensamientos Yuri cobraba vida y sus ganas galopaban a prisa por mi piel, su apetito se apoderaba de mi mano y la convertía en un poderoso objeto de tortura con la cual buscaba aliviar el ardiente incendio que envolvía mi cuerpo.

Mis suspiros se unieron a los suyos y caí al suelo. Sentado y apoyando la espalda a la pared seguí con mi pervertido toque, no podía parar de estrujar todos mis deseos. Retrocedí a mi pubertad, cuando el sexo representaba mi mano experta y mi fantasía se alimentaba del recuerdo de alguna modelo hermosa o cuando temeroso terminaba pensando en algún chico que trabajaba con mamá.

Así me encontró el momento de deleite, agazapado tras la pared, sosteniendo la potente rigidez de mis instintos y esperando unirme al gozo de mi hermano. De pronto el calor, el intenso aroma, la torturante punta y la mundanal explosión me llevo al desvarío, mi ser entero se enroscó y mis jadeos se transformaron en suaves bufidos.

Solo algo no cambió en mí. Era la imagen de Yuri que se quedó impresa en mis ojos y en mis huesos. El mágico Yuri Nikiforov que se quejaba sin control, como si yo no existiera más que para adorarlo.

Tardé en recuperar el aliento, en retomar mi cordura y en levantarme del suelo. Y sin importar nada ni nadie me dije que ese había sido el mejor momento de mi vida erótica en muchos meses.

Con total descaro Yuri terminó con un gran sollozo y los próximos minutos sentí que se apuraba en limpiarse para dormir como si nada hubiera pasado. Yo en cambio debía volver a la sala y fingir una vez más que veía la televisión.  Cuando pude caminar sin temblar corrí al bar y me serví un doble en las rocas que pudiera hacerme reaccionar.

Descubrí con placer y descaro que mi cuerpo entero reclamaba las caricias de Yuri y que no había nada que pudiera detenerme. Entonces me asusté, porque mi deseo no solo me llevaba a fijarme en un hombre muy joven, también se encaprichaba en su intento de apoderarse de propio mi hermano. Dos pecados mortales que a mis monstruos internos no le importaban en lo absoluto, es más los disfrutaban tanto que se relamían frente al espejo, esperando el momento de abrir sus fauces y atacar.

Yuri mi vida y mi adoración. La culpa me consumía, pero el deseo de poseerlo era mayor.


“Antes de tocar a mi hermano bien debería cortarme las manos”.

Me había repetido esa frase tantas veces en los últimos días que me la creí entera. Me bebí esa copa hasta la última gota y con tan fatal motivo no dudé en asistir una noche de lluvia a una fiesta exclusiva que reunía a la crema y nata de la farándula rusa.

Bebidas, cigarros, mujeres y hasta varones dispuestos a unirse en delirantes ritos que los convertirían una vez más en dioses de barro. Ese barro con el que se formó esta carne. Carne que estaba destinada a padecer porque tenía como sino el anhelo de la lujuria palpitando y dominando desde su interior.

Lejos de casa y lejos de Yuri cedí a todos los placeres. Bebí una copa tras otra mientras conversaba de reverendas tonterías con algunos poderosos de la industria de la moda. Ellos con total hipocresía me preguntaban por la empresa y por la nueva colección, yo solo decía que todo marchaba bien y que pronto tendrían en sus armarios los costosos trajes que Nefrit preparaba para ellas.

Ellas porque todo el equipo de trabajo coincidió con Lillia en sacar una colección femenina y postergó la hermosa colección de diseños que Yuri siguió preparando. Claro que la gran dama se encargó de cerrar bajo siete llaves esos diseños tan especiales que mi hermano dibujó.

Con tres vasos de wiski y dos de vodka en mi interior una muchacha recorrió el salón entero mostrando su bella piel de porcelana a través de los magníficos escotes de su traje rojo.

—Víctor ¿tú crees que podrías decirle a Madame Baranovskaya que me incluya en la pasarela de su colección?

Danae o Diana no recuerdo bien su nombre. Era la chica más linda de la fiesta. Sus diecinueve años y sus ojos azules enamoraban a cualquiera. Bello contraste con su cabello negro que terminaba en mitad de la espalda, tan ensortijado como perfumado. Era un encanto y más de un semental la miraba para hacerla suya esa noche.

Pero ella estaba interesada en modelar la colección de invierno de la casa Nefrit y por ese motivo su sonrisa, su mirada, sus manos y su delicada cintura se movían al compás de los deseos de Víctor Nikiforov, ese Víctor que no dudaba en conversar con ella y fingir que le interesaba las barbaridades que decía.

No la quería más que para un solo propósito. Desfogar toda mi testosterona dentro y fuera de ella, revelarme un poco de la ausencia de la cruel Anya que los tres últimos días no había dado señales de vida y trazar una línea divisoria muy notoria entre mis deseos reales por Yuri y mi dulce y retorcida fantasía.

Dos tragos más y yo tampoco sabía bien lo que decía. Solo quería llegar a un lugar, a algún lugar donde desnudara lo poco que había que desnudar de Danae y encontrara placer durante todas las horas que mi cuerpo pudiera resistir.

Llegué a esa habitación del motel más lejano de Moscú, uno en el que ingresas con tu auto a una cochera y sales hacia el cuarto sin que nadie tenga la oportunidad de ver quién eres y con quién ingresas. Caminé sin hacer ningún ruido, casi como si fuera un adolescente que no quiere despertar a sus padres ingresé y dirigí con especial cuidado a la chica de los ojos lindos.

Recuerdo bien que ella se quitó el escotado vestido y que solo traía puesto un portaligas debajo de él. Recuerdo que me quité la ropa desde la entrada hasta el dormitorio y que cuando me tumbé en la cama ya estaba desnudo. Recuerdo que ella intentó ensayar un baile erótico, pero las copas de más y tal vez ese polvo mágico no la dejaron culminar su buen propósito, así que se arrastró desde el pie de la cama hacia el costado y buscó mi entrepierna.

Todo fue mecánico, rápido, sin sensaciones previas, casi sin deseo inmaterial. Solo dos animales que se buscaban sobre la pradera y que tras oler sus partes íntimas copulan sin parar. Sin fuego en los ojos, sin complicidad, sin pecado a la vista. Una fría conquista de una noche lluviosa que tan igual apareció junto a mí en esa fiesta se desvaneció cuando terminé de curvar mi cuerpo y busqué las placenteras regiones de los sueños.

Fue tan fugaz y distinto. Fue una noche que era digna de olvidarse y que solo sirvió para que me sintiera más miserable y me comprometiera con Danae a ponerla en la pasarela del desfile. Pero ese ritual ya lo conocía bien pues es así como muchas y muchos modelos consiguen sus contratos y como se firman acuerdos bajo las sábanas.

Ella no era ajena a esa práctica perversa, porque fue modelo desde que sus risos negros eran suaves cerdas lacias que caían por sus pequeños hombros y lo más probable es que la española hubiera comenzado a buscar sus contratos usando el artificio de su perfume desde que era muy joven.

Esa noche Danae, la siguiente Mina, la otra sería Yuliya, la siguiente Olenka y la semana pasó sin casi darme cuenta, entre copas, enredos, contratos, mujeres voluptuosas de siliconas perfectas y perfectos pómulos de bisturí.

Entregarme a esas mujeres era una forma de huir de mí, de manejar a mis demonios, de no mirar a Yuri, de conseguir modelos importantes para el desfile, de agudizar mi frustración y de aumentar mi necesidad y mi hambre por la carne pura de ese chiquillo que dormía junto a con su gato en su habitación y que por las mañanas solo me miraba con los ojos irritados y el gesto torcido.

Era mi Yuri quien todas las mañanas con sus ojos verdes refulgentes, con su uniforme escolar desaliñado, con perfume de océano y su silencio penetrante quien se convertía en mi juez y me hacía sentir más vulnerable de lo que había sido hasta entonces porque no sabía por qué tardaba tanto en dar su veredicto.

Me observaba llegar de madrugada, casi con el sol; con el cuerpo entero oliendo a alcohol. Miraba con especial irritación los moretones que alguna traviesa modelo había dejado en mi cuello, estaba atento cada vez que yo tomaba esas pastillas para aliviar la resaca. Su gesto de desaprobación aparecía de inmediato cuando me tumbaba sobre la cama y él tenía que acomodar mi demolido cuerpo entre las cobijas.

Pero no decía nada, se quedaba callado mirando su celular o jugando algún videojuego. Castigando con su indiferencia mi conducta mundana y lanzando miradas al retrato de Anya sobre mi mesa de noche como queriendo hacerme sentir culpable.

Existía una parte de mí que quería escuchar sus agrios comentarios sobre mi malévola conducta y otra parte tenía miedo de oír la verdad, mi verdad; a través de sus labios.

Y yo seguía hundiendo mi cuerpo en el cuerpo de las bellas modelos y por más poses extrañas o técnicas de copulación que las damas ensayaban, yo solo encontraba el placer intenso pensando en Yuri y en la hermosa curva que definía con calculada perfección su trasero empinado.

Estaba fuera de control, pero sabía que estaba bien respaldado pues todos los epicúreos fiesteros que nos reuníamos por las noches en alguna casa de “la red” —así llamábamos al grupo de conocidos empresarios rusos de la moda—, jamás delataríamos al compañero. Cada uno tenía mucho que perder, novias, esposas, hijos, fortunas, reputación.

Solos en nuestro círculo, fuera del alcance de los ojos de la gente, fuera de la imaginación de nuestros seguidores, fuera de la supervisión del Estado y fuera de todo control, compartíamos conversación, bebidas, juegos de cartas o de mesa, jugábamos villar, apostábamos ciertos montos de dinero y escogíamos a las chicas más hermosas de Rusia, Ucrania, Litunia o Francia que nos acompañaban por las noches esperando alguna oportunidad de hacerse famosas.

Mientras en casa mi hermoso Yuri esperaba en soledad y tal vez se preguntaba qué era lo que le estaba sucediendo a su hermano o como él lo diría en sus propios términos.

“Qué mierda tienes en la cabeza, para hacer lo que estás haciendo”.

Lo tenía a él dentro de mi cabeza, dentro de mi corazón, dentro de mi vientre, en mis venas, en mis ojos, en mi aliento y no quería que mis fantasías de hombre avezado corrompieran la casta vida de mi hermano.

Esos días todavía hacía caso a la débil voz de mi consciencia que me obligaba a respetar a ese adolescente que vivía en mi casa, ese chiquillo que me había sido entregado por la vida para que lo cuidase y lo guiase hasta que fuera un adulto responsable.

Pero la legión satánica que vive en mí no entendía y por más que intentaba adormecerlos con la lujuria y los tragos, ellos seguían anhelando los besos, el cuerpo caliente de mi dulce hermano y la textura viscosa de su virilidad.

Notas de autor:

Ptichie Molokó – Este pastel con un nombre tan poco lógico, ¿qué pájaro da leche?, y un aspecto tan simple (una tableta rectangular gruesa cubierta de chocolate) en realidad es una de las de las mejores delicias rusas que eclipsa a la pasta de frutas y a su variante, el zefir francés.

Nuevo capítulo y Víctor viene revelando todo el furor que tiene por dentro. ¿Será capaz de controlar sus deseos por Yuri hasta que llegue Anya?

Gracias por seguir la historia y nos encontramos en una semana.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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