Retorno a Atlantis 10


Sin temor a la verdad

Celestino Cialdini era un hombre nacido en la Tierra y como pocos habitantes del moribundo planeta tuvo la oportunidad de surgir y subir por las empinadas y peligrosas escaleras del triunfo.

Le costó muchas horas de sueño, muchos años en soledad, muchas misiones abortadas, muchos hombres perdidos y sobre todo le costó su fe en la humanidad.

Si algo caracterizaba al cerebral comandante de la nave oficial Amstrong, era su especial visión de un mundo práctico donde los hombres solo se relacionan para hacer un intercambio y sacar el mayor beneficio personal.

Fue ese el motivo por el que Cialdini juró lealtad al sistema que gobernaba los planetas del sol, porque el sistema impuesto por las colonias de Venus le permitió estar en el lugar donde estaba, dirigiendo una nave oficial de la armada y llenando sus arcas personales para gozar de un buen retiro en alguna base militar o tal vez en las estaciones periféricas del planeta verde.

Cuando aceptó la misión de rescatar al Atlantis, Cialdini hizo perfectos cálculos numéricos de cuánto en verdad representaría esta labor en su hoja de vida. Si tenía éxito sería ascendido al grado de General y dejaría el Amstrong para dirigir una gran flota espacial que brindara servicios a los proyectos de explotación mineral en los exoplanetas del sol.  

Esa era una tarea rentable pues no solo contaría con su abultado pago anual, sino que también podría tener un ingreso extra por transportar ciertas cosas de contrabando entre las colonias del sistema solar y la base minera.

Cuando el equipo del capitán Leroy no pudo rescatar el crucero Atlantis, Cialdini vio con espanto que sus planes se le iban de las manos y sintiendo una gran impotencia esperó que la pequeña nave de exploración regresara con la información y el cargamento que pudieron sacar.

Yuri sería una carga valiosa que podría explicar los fenómenos ocurridos en la nave y que permitiría a la armada evaluar la forma cómo aprovechar esa energía lumínica que habitaba en el centenario crucero para seguir controlando las colonias.

Pero desde que el muchacho Plisetsky demostró ciertas cualidades extraordinarias para el común de los mortales, Cialdini calculó que el chico sería mucho más valioso y hasta se atrevió a poner un precio por entregarlo a la armada para su estudio y posterior asimilación al servicio oficial.

Negarse a apoyar al sistema significaría que Yuri volvería a la Tierra a vivir en el caos y la desesperación de alguna ciudad que se consumía a sí misma y donde sobrevivir era solo para los más desalmados.

Sí que Yuri era valioso, pero al ser tan terco y rebelde significaba que Cialdinii tendría que recurrir a algunos métodos para arrancar los secretos sobre la nave y sobre sí mismo. Cialdini no quería un vender un muchacho que hiciera espectáculo con sus milagros, quería mostrar que sus genes y sus conocimientos eran valiosos para los habitantes de las colonias.

Durante muchos días había observado que el capitán Leroy logró hacer buenas migas con el irritable Yuri y que podía soportar cada palabrota y capricho que se le ocurría al molesto muchachito. Cialdini observó en silencio la inexplicable dinámica entre los dos, la forma cómo Jean hablaba con él, cómo toleraba con paciencia sus arrebatos, cómo conversaban a solas en el observatorio y cómo a veces se quedaban callados mirando el espacio.

El capitán parecía estar convencido que Yuri era un ser que vivía una especie de santidad y había demostrado con su trato y hasta con su mirada el profundo respeto y admiración que le tenía. Pero como también era un oficial leal y respetuoso de su institución, debía aprovechar esa cercanía para obtener aquello que necesitaba, ese truco, esa explicación lógica que permitiera trazar una línea de investigación sobre los hechos del Atlantis y su conexión con las habilidades que Yuri poseía.

Cialdini quería evitar que el joven rescatado quedase con limitaciones cerebrales porque eso le restaría valor a la hora de cobrar la recompensa que le ofrecieron por llevarlo con bien hasta el Sistema. Fue ese el motivo por el que  invitó al capitán Leroy a conversar en su despacho personal.

—Jean qué gusto poder conversar con mi capitán de vuelo. —Cialdini estiró la mano y con fuerte apretón saludó a su subordinado para luego invitarlo a tomar asiento en un cómodo sillón reclinable de la cabina de mando—. Extraño tus ocurrencias y tus anécdotas, sin ti el puente parece un cementerio.

—Ja, gracias comandante, pero no creo que sea para tanto… bueno supongo que hace falta algo de mi humor. —Jean levantó la cabeza y sonrió en un intento por disimular el placer que le producía el halago de su superior—. Bellows no sabe contar chistes.

—Por supuesto que no. —Cialdini se puso en pie y se acercó hacia un panel de color gris en el que se apreciaba la proyección de una pecera con varios peces de colores flotando de un lado hacia el otro, verlos hacía que cualquiera dejara los nervios a un lado—. ¿Cómo van los progresos de Yuri?

—De entre los pequeños relatos que ha podido describir sobre lo sucedido en la nave no se puede construir más que hipótesis comandante; pero son los doctores Giacometti los que tienen más detalles. —Jean prefirió ser cauteloso y no revelar algunas frases y descripciones que Yuri había hecho estando hipnotizado pues sintió que no le correspondía hablar sobre ellas.

Cialdini no desviaba la mirada y observaba hasta el más mínimo movimiento que Jean hacía como queriendo entender ese lenguaje que se ocultaba en los gestos, en las manos y hasta en la posición del cuerpo. Por su parte Jean intentaba no sentirse intimidado, pues solo hablaba con la verdad y nada de lo que él dijera sería desmentido por los médicos de la nave.

—Jean tú pasas más tiempo junto a Yuri y él tiene mucha confianza en ti, los he visto porque ese gato no se mantiene tan tranquilo junto a ninguna persona como lo hace contigo. —Cialdini se acercó fumando un puro de poderoso aroma de los que fabricaban en los viveros de las bases lunares y prefirió hablar de manera directa el asunto—. Quiero que sepas que no deseo someter a ese muchacho a la intervención cerebral, podría no resultar beneficiosa para nuestros propósitos y menos para él. —Ofreció un puro al capitán y éste lo rechazó con un gesto cortés—. Si tú pudieras ayudarlo a recordar algo y así obtener esos datos importantes para entender lo que sucedió en el crucero, si tal vez él te confiara algo que en no está queriendo revelar podría hablar con las autoridades de Venus para que tú logres ingresar de inmediato a la fuerza de élite que custodian el planeta.

Esa oferta era tan tentadora, pocos militares podían pertenecer a esa casta especial que gozaba de muchos privilegios e inmunidad; vivir en una de las grandes ciudades abovedadas de Venus era como ganarse la lotería pues todos podían gozar de grandes beneficios y formar una familia aseguraría su estadía, así como una mejor vida para sus descendientes.

—¿Cuál es exactamente la información que desea conocer, señor? —Jean cambió la posición de sus brazos y con cierto relajo las dejó sobre sus rodillas, mientras esperaba que Cialdini soltara su armamento pesado.

—Desde la base de Ganimedes me han informado que analizaron los datos que hemos enviado. Son videos poco claros, audios, mediciones de la atmósfera y de la actividad general del Atlantis y según los estudios realizados por los expertos y por la “gran mente” parece que estamos frente a un arma poderosa capaz de desintegrar cuerpos sin causar daños colaterales en el ambiente. —Cialdini por fin mostró su verdadero propósito, el mismo que movía a los generales de la armada y a los poderosos de Venus.

—¿Y qué tiene que ver eso con Yuri? —Jean comentó con cierta indiferencia—. Digo, podría ser que en verdad no recuerde nada. ¿No sería mejor enviar un equipo que explorase o remolcase con otros sistemas esa nave?

—¿Podría alguien acercarse al Atlantis sin ser devorado por esa energía? —Cialdini decidió persistir—. No queremos que el muchacho dé lecciones de un experto en energía cósmica, lo que deseamos es tener algunos datos más precisos sobre el comportamiento de los pasajeros del Atlantis antes, durante y después del evento que los mató y saber un poco la manera cómo los hizo. Esos datos serán suficientes para diseñar un plan que permitiera aprovechar las nuevas condiciones de la nave. Y tú mi querido Jean puedes tener la llave para entrar en la mente de ese chico.

—Veré que puedo hacer señor, pero no creo que pueda garantizarle algún resultado en este momento. —Jean fijó la mirada en la sonrisa triunfadora de Cialdini, esa que tanto admiraba él porque cada vez que la vio en el pasado, representaba un logro que estaba a punto de ser alcanzado por el equipo.

Fijaron una fecha límite para que Jean pudiera obtener cierta información de Yuri y así evitarían la peligrosa invasión de la masa encefálica del muchacho. Se pusieron en pie y tras un rígido saludo militar con los brazos sobre el pecho se despidieron con una sonrisa y un par de palmada sobre los hombros.

Jean caminó sin mucha preocupación por los pasillos de la nave. A su paso saludó coqueto a las muchachas que siempre tenían una sonrisa en los labios para él, gastó un par de bromas con sus amigos y sacó dos barras energéticas de la máquina abastecedora.

Silbando una tonada conocida que durante los últimos diez meses había sonado en los parlantes de todas las habitaciones, esa que entonaban los chicos de la agrupación Fly (la favorita de todos), Jean ingresó al área médica y se dirigió a la habitación de recuperación donde un cansado y molesto Yuri Plisetsky lo esperaba desde hacía quince minutos.

Yuri estaba tan aburrido que se había dedicado a mojar las paredes y los equipos médicos con las jeringas de Giacometti.

—¡Yuri! —Jean ingresó de inmediato al observar el desastre que estaba haciendo el malhumorado muchacho sobre la máquina de oxígeno de la recámara e intentó quitarle la jeringuilla de la mano—. Vamos no seas tan malo, dales un respiro a los Giacometti que en verdad no te están haciendo nada malo, solo cumplen con su trabajo.

—Esos tarados son los que menos me interesan ahora. —Yuri volvió a disparar agua contra el regulador y la voz de la computadora central alertó del peligro al mismo tiempo que encendió el aire acondicionado que secó de inmediato las gotas que se deslizaban por el aparato—. Quiero joder a esa puta asistente artificial que me ha tenido todo el día congelado en esa fría cámara de aluminio.

—¿No regularon la temperatura? —Jean lo vio negar con la cabeza—. Entonces están empleando un método para vencer tu consciente y entrar en el subconsciente generando experiencias traumáticas.

—Hijos de perra. Ves que tenía razón cuando te dije que yo era su rata de laboratorio. —Yuri tiró las jeringas a un lado y tambaleante caminó hasta llegar junto a Jean—. Pero no van a obtener de mí nada.

Jean sintió un ligero vacío entre el pecho y el estómago con esa declaración de Yuri y se preguntó si él estaba ocultando algo.

Fueron a cenar y luego caminaron hasta llegar al puente de observación. Jean insistió en ver las galaxias lejanas desde la zona más alejada de la puerta y Yuri aceptó con cierta pereza.

Ambos se quedaron sentados sobre los cómodos cojines de la larga banca de acero. Yuri se apoyó el cuerpo en el espaldar y dirigió su mirada hacia la enorme columna que parecía una estela de vapor de la galaxia X1C- 43, aún no la habían bautizado y solo se la mencionaba por el número de orden que llevaba en el catálogo.

Jean por su parte Jean se sentó con las piernas ligeramente abiertas, posó los codos sobre los muslos y agachó la cabeza hasta ocultar entre sus brazos el rostro. Miró la brillantez de sus zapatos y la comparó con la brillantez del suelo, aspiró una gran bocanada de aire y sin más temor decidió revelar.

—Yuri, Cialdini me ha pedido que te espíe, que saque toda la información posible sobre lo que sabes o lo que viste en la nave. —Manteniendo la posición para que las cámaras de seguridad no captasen la conversación Jean continuó confesando—. Dicen que la nave posee gran energía y quieren usarla para crear armas que sean efectivas y maten sin causar otros daños colaterales. Ellos piensan que cualquier dato que puedas dar sobre los minutos finales de los tripulantes del Atlantis será muy relevante para sus planes.

—Un arma infalible para sofocar la pequeña rebelión que se gesta en la Tierra, supongo. —Yuri sonrió y recordó que había escuchado las informaciones en el noticiero oficial que miraban los tripulantes de la nave de rescate—. ¿Qué más te pidieron?

—Que me gane tu confianza para que puedas decirme aquello que no estás pudiendo o no estás queriendo revelar sobre la naturaleza de esa energía. —Jean sonrió sin ganas pues le era difícil hablar con tanta honestidad sin sentirse traidor con sus superiores y al sistema que había jurado defender cuando se graduó como oficial—. Me ha dado el plazo de un mes para cumplir con mi objetivo, si en ese tiempo no logran tener lo que desean van a ordenar que se te practique la intervención.

—¿Y qué respondiste tú? —Yuri jugaba meneando su pie de un lado al otro y mirando el firmamento oscuro.

—Que intentaría obtener esos detalles que no deseas decir a los médicos, pero que tal vez no sabes en verdad lo que sucedió. —Jean no se atrevía a levantar la cabeza y mirar a los ojos de Yuri, sentía que también lo estaba traicionando.

Yuri acomodó sus brazos sobre las rodillas en la misma posición que estaba Jean y se cubrió la boca con las manos. Sabía bien que debía hablar con mucha cautela, pues la inteligencia artificial que dominaba la nave tenía la facultad de interpretar el movimiento de los labios.

—Jean diles que me encantaría que fueran al Atlantis por decenas, por miles, por millones. —Yuri sonrió con ironía—. No puedo describir bien lo que pasó porque mis recuerdos son confusos, pero sí puedo decirte lo que sentí el momento que mi abuelo cerraba la cabina y me decía que debía esperar para entregar el encargo…

Jean levantó el torso y miró con asombro a Yuri porque él estaba sonriendo y su fiera mirada se había transformado en la dulce expresión de un niño tierno.

—Él estaba muy feliz y yo estaba muy triste porque sabía que me quedaría esperando no sé qué en esa cabina, porque no compartiría su destino y no podría gozar de la plenitud con la que él me miraba. —Yuri volteó el rostro hacia el capitán Leroy y con cierta nostalgia afirmó—. No me sentía como un hombre desesperado intentando salvar su vida cuando me quedé dormido en la cápsula de pervivencia.

—¿Por qué? —Jean contemplaba con admiración los detalles que marcaba los iris de Yuri, veía el fondo verde y sus aristas azules que le daban una tonalidad de mar calmo.

—Esos detalles los he olvidado. —Yuri deseaba seguir ingresando en la profundidad de esos ojos grises y cuanto más los observaba más se convencía que decía la verdad y que su alma no guardaba ningún revés.

—Yo espero que si en algún momento recuerdas esos detalles se los digas a los doctores porque no pienso decirle nada de lo que me comentes al comandante. —El capitán Leroy ensayó una triste sonrisa, esa situación le apretaba el corazón.

—Jean, cada vez que recuerde algo y te lo cuente diles a esos cabrones la verdad y no pienses que me estás traicionando. —Yuri se puso en pie estirando los brazos y la espalda que estaba algo adolorida porque durante todo el día tuvo que mantenerse recostado en la cama del consultorio—. La verdad no nos mata por dentro, las mentiras sí.

El ángel rebelde elevó ambas cejas y le dio un buen zape en la cabeza al capitán para luego caminar unos seis o siete pasos y estirar su mano esperando el fuerte brazo de Jean.

El fornido hombre se puso en pie y con un gesto de gran caballerosidad le ofreció el apoyo y la protección que Yuri necesitaba para lograr recordar los detalles del fenómeno que rodeaba de misterio el Atlantis y los detalles del encargo que debía entregar para dar por cumplida su misión.

Quién podría imaginar que esas caminatas breves y silenciosas eran el escenario perfecto para que el latido de sus corazones se uniera en un mismo ritmo como si ambos estuvieran hablando un código oculto, uno que Jean no escuchaba aún y que Yuri todavía no podía interpretar. Pero eran momentos supremos donde entre los dos no hacía falta nada más para sentir lo que era la felicidad.

Notas de autor:

El viaje de la nave de rescate Amstrong continúa y mientras más se acerque el día del hipersalto hacia la seguridad del Sistema Solar, el peligro sobre Yuri se hace más claro.

¿Yuri estará ocultando algo a los tripulantes de la nave que dirige Cialdini?

Muchas gracias por leer el fic y nos reencontramos la próxima semana.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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