Tabú 22


El día en la escuela fue bastante aburrido.

Entre las clases de biología, historia, física y el laboratorio, las horas pasaron muy lentas. Me parecía extraño ver el entusiasmo de mis compañeros de clase, no se cansaban de hablar de las últimas compras que sus padres hicieron en el extranjero o del nuevo color de cabello de la chica más popular del salón.

Vladimir y yo no volvimos a vernos porque evitamos estar en los mismos lugares. Por teléfono habíamos acordado que era mejor no encontrarnos por unos días porque el profesor Popovich andaba detrás de nosotros y podíamos sentir que todo el tiempo nos buscaba con su mirada.

El coach no había reportado el problema a las autoridades del colegio, pero nos amenazó con hacerlo si volvía a vernos o si tan solo sospechaba que seguíamos reuniéndonos en secreto en algún lugar apartado del colegio. 

Vlado tenía terror que su padre o su hermano se enteraran del problema, si eso llegaba a suceder a él lo molerían a golpes y a mí me denunciarían por pervertido y por alterar la moral de la escuela. Zhúkov tampoco quería que sus amigos y los demás compañeros del equipo se enteraran que le gustaba los chicos porque perdería el respeto que le tenían.

Yo sabía bien de qué estaba hablando.

Si alguien se enteraba que eras gay estabas perdido porque todo el mundo estaría tras de ti con burlas, insultos y amenazas, además lo más probable hubiera sido que me corran del colegio. Pensar en esa posibilidad me daba mucho miedo porque sería una forma de defraudar la confianza de mi hermano.

Después del almuerzo los delegados de cada salón teníamos que reunirnos por diez minutos en el patio para acordar cómo organizaríamos a nuestras secciones para los juegos deportivos, yo había llevado la propuesta de mis compañeros y estaba esperando junto a otros chicos y chicas a dos delegados más cuando vi que mi hermano caminaba por el patio del colegio.

Víctor se veía algo preocupado, me saludó y con un movimiento de su mano señaló que iba hacia el área administrativa del colegio. Era obvio por qué había aparecido en el colegio de improviso, día anterior no me comentó nada y tampoco los responsables de la dirección y la coordinación académica me dieron una notificación citándolo.

Sentí que mi corazón subía a mi garganta, dejé de respirar y todo lo que había a mi alrededor desapareció. Popovich debió haber citado a Víctor y le contaría lo que pasó con Zhúkov. Qué iluso fui al imaginar que esa estupidez pasaría como si nada a los ojos de nuestro coach.

Desde ese instante no pude pensar con claridad, dejé de prestar atención a mis compañeros y solo me limité a entregar la hoja con los acuerdos de mi salón. Cuando regresé al aula no hablé con nadie, incluso ignoré al presidente y me senté en mi pupitre con la mirada fija en el patio principal del colegio, intentando distinguir en qué momento Víctor volvía a cruzarlo.

Fueron minutos de completa incertidumbre. Minutos en los que la profesora de literatura recibió nuestros resúmenes y en los que escribió el nombre de la nueva obra que leeríamos esas dos semanas, mientras nos daba sus últimas instrucciones.

El timbre de salida sonó y la voz de la directora se escuchó en todos los parlantes anunciando los horarios para los ensayos de las barras y la programación para el entrenamiento de los equipos de gimnasia, atletismo, vóley y tenis. Mi mente seguía perdida en el patio, mis ojos miraban hacia el estacionamiento, pero no podían ver el auto de mi hermano.

La última hora y media tendría que ir a la pista de hielo para entrenar con el equipo, vería a Vladimir como los días anteriores, pero solo nos concentraríamos en trabajar nuestros pases y desearnos en silencio.

Tomé mis cosas a prisa y salí de la clase antes que todos se levantaran de sus pupitres. No quise detenerme cuando el presidente del aula me llamó para saber qué había hablado con los demás delegados, cuando bajé por las escaleras me encontré con el profesor Popovich que me detuvo obstruyendo mi paso con el brazo y me dijo con seriedad.

—Víctor te está esperando en el estacionamiento. —Señaló con la mano el lugar—. Es mejor que hables con él y no te preocupes por el entrenamiento, por hoy puedes irte antes a casa.

—¿Le contó sobre “el verdugo” y yo? —Quería que me dijera que no habló el vergonzoso tema y que había conversado sobre otra cosa con mi hermano.

—Era mi obligación —dijo soltando el brazo y dando la vuelta para bajar los escalones—. Un adulto responsable no puede dejar pasar una conducta tan inapropiada como la vuestra.

—¿Y también habló con el hermano de Vlado? —Por un instante corto me preocupó más la situación de Zhúkov que la mía.

—Cité al representante de Vladimir para mañana a la misma hora. —Popovich bajaba las escaleras a prisa—. Ve rápido que tu hermano está bastante molesto.

Sentí como si un camión se hubiera estrellado contra mi pecho. Avancé sin prisa por el resto de las escaleras y cuando estuve frente a mi casillero sentí que el bullicio de todos los chicos y chicas del colegio me dio en alcance. Ellos salieron por la puerta posterior del edificio y al quedarme solo caminé muerto de miedo hacia el estacionamiento del colegio.

Miré el auto color plata y dudé en avanzar hacia él, tenía pánico y quería saber qué le diría a mi hermano cuando él me preguntase por qué diablos había hecho lo que hice. Esperaba que me grite, incluso pensé que me iba a golpear.

Entré al auto y tras un breve saludo lo único que sentí fue su respiración agitada, su enojo intenso y el silencio que me mataba. Hubiera preferido que me llenase de reproches y hasta que me insultase con palabras vulgares pues, a pesar que Víctor jamás decía palabras sucias, yo esperaba que ese momento lo hiciera. No lo hizo y en su lugar tuve que soportar el silencio y el sonido de la calle que me recordaba lo frágil que era mi situación y hasta mi estadía en la casa de mi hermano

Cuando bajamos del auto rumbo al departamento me puse a temblar por dentro, intentaba disimular mi miedo, pero el temblor de mis brazos y mis uñas clavadas en mi mochila me delataban, no lograba sacarme de la cabeza que lo peor que podía pasarme en ese instante no era que mi hermano me enoje, me insulte o me pegue. Lo peor que podía pasarme era que Víctor me rechace y me pida que me vaya de su casa.

Había leído tantas historias de chicos gay que fueron humillados, rechazados y expulsados de sus hogares por sus familiares, que los tres minutos que estuvimos en el ascensor pensé que tal vez yo también viviría una experiencia similar.

Víctor me ordenó que lo siguiera a la sala y me mostró el asiento pequeño para que me sentara, él lo hizo en el gran sofá y luego de acomodarse me miró con intensidad. Yo me preguntaba qué estaría pensando de mí y me moría de vergüenza.

Me dijo que habló con mi profesor sobre lo que sucedió con Vladimir en el gimnasio y me dijo que quería saber qué era lo que yo tenía que decirle al respecto.

—Te voy a pedir que me mires a los ojos cuando me hables Yuri y que me hables con la verdad. —Víctor no movió ni un solo músculo mientras me hablaba y yo aspiré todo el aire que pudo entrar en mis pulmones para tener las fuerzas de levantar la cabeza y mirar sus ojos.

Enfrentar la mirada de mi hermano era algo muy difícil para mí en ese momento porque me sentía culpable y no por lo que hice en el vestidor del gimnasio, me sentía culpable de ser un chico gay, culpable que me gusten los hombres. Eso era y sigue siendo algo imperdonable en Rusia y se paga con el desprecio y hasta con la cárcel. Como no sabía qué pensaba mi hermano sobre la homosexualidad, tenía miedo de su reacción, tenía miedo que su desprecio me hiriese en el alma.

Pero hablé. Hablé toda mi verdad porque no quería esconderle nada más. Él era mi sangre y me había acogido con tanto cariño en su casa. A mí, el hijo bastardo de su padre, por ese motivo no quería defraudarlo más de lo que ya lo estaba haciendo.

Víctor se mostró parco y reservado, habló claro y me preguntó muchas cosas, en especial si yo había consumado alguna relación sexual con Vladimir. Yo solo hablé con la verdad y esperaba que él me creyera. Esperaba que él no me viera con asco, esperaba que me tuviera compasión, deseaba con todas mis fuerzas que no me alejara de su lado. Amaba a mi hermano y solo buscaba algo de comprensión y que se apiade de mi rara forma de ser, una manera de ser que no podía controlar o cambiar.

Cuando aclaré todas sus dudas terminé de vaciar mi atormentado corazón y solo le pedí, le supliqué que no me desprecie, porque ese sería el peor dolor que yo podría sentir. Le pedí perdón por mi actitud y le pedí perdón por gustar de los hombres.

Le prometí no ver más a Zhúkov y le juré que no pasó nada importante entre los dos. Cómo podía explicarle que había decidido ceder ante las insinuantes miradas de mi compañero de colegio para no pensar en él y verlo con deseos de hombre. No podía decirle la verdad de mi corazón porque entonces mi hermano sí se alejaría por completo de mí.

Me puse a llorar y me puse de rodillas para suplicar que me perdone. Y él tendió su mano y me abrazó y volví a sentir su calor y su cariño. Volví a sentir ese entrañable sentimiento que él me dio desde que me conoció. Volví a sentir a mi hermano junto a mí y respiré profundamente su aroma cuando él me dijo que lo único por lo que estaba enojado era por la estupidez que hice en el colegio.

Esas palabras me vencieron y lloré como si fuera un niño de cuna, lloré con todas mis fuerzas porque había estado tan aterrado pensando que Víctor me correría de su casa o me diría que me fuera a vivir con Lilia que todo ese temor solo pude expulsarlo con el llanto.

No recuerdo cuánto tiempo estuvimos echados en el sillón, solo sé que su calor y sus caricias sobre mi cabello me reconfortaron mucho y cuando no tuve más lágrimas para llorar, cuando cesaron mis suspiros me entraron unas inmensas ganas dormir, además sentía mis ojos demasiado hinchados y mi cabeza a punto de estallar.

—Ve a darte un baño Yuri. —Víctor volvió a mostrar esa suave sonrisa llena de cariño—. Ordenaré una pizza para cenar. ¿Qué sabor prefieres?

—Peperoni por favor. —Además de cansancio sentía frío así que corrí a la ducha y me bañé en agua muy caliente hasta que sentí mi cuerpo relajado y tibio.

Cuando salí de mi habitación el olor de la pizza inundaba el departamento. Víctor me sirvió la primera tajada y también me sirvió en una taza un poco de vino caliente. Fue extraño probar de esa forma el vino, pero me ayudó a recobrar la tranquilidad perdida y mantuvo la temperatura de mi cansado cuerpo.

Comimos casi sin hablar y cuando terminamos la última tajada de pizza, el vino volvió a ser el protagonista.

Los mansos ojos azules de mi hermano me buscaron y yo los miré agradecido por sus sentimientos y comprensión. Me sentía bendecido por su amor de hermano y casi sin querer le sonreí.

—¿Quieres que te cuente algo? —me dijo con una sonrisa traviesa de costado.

—¿Qué? —Tal vez hablaría de sus temores o de los detalles de la conversación con Popovich, pero en su lugar me contó algo que fue una revelación.

—Cuando tenía dos años más que tú dividía mi tiempo entre las pasarelas, los anuncios de productos y las primeras clases en la universidad. Bueno en esta última llevaba mucho retraso. —Víctor sonreía y yo lo comparaba con un bellísimo diamante—. Así que mi madre me inscribió en unas clases de reforzamiento con una profesora muy estricta con ojos pequeños y gran nariz. Allí conocí a un chico de mi edad, tan delgado como yo, con el cabello negro ensortijado, una linda sonrisa, ojos azules como los míos y hoyuelos en las mejillas. El típico chico francés que tenía los padres viviendo en cualquier lugar menos en casa y que no quería estudiar para darles una lección.

Sentí que el rostro me quemaba y mi corazón latía con toda su potencia, porque por la forma como hablaba mi hermano yo sentía adivinar lo que iría a decirme luego.

—Era un chico muy distinto a mí. Algo más alto y más aventurero que yo. Eso fue lo que me atrajo de él y en poco tiempo nos hicimos buenos amigos. Él me enseñó a manejar motocicleta, me enseñó a fumar, me enseñó a beber sin vomitar y a comer caracoles de un solo sorbo. —Elevó las cejas y en su rostro apareció esa gran sonrisa de corazón.

Con un ligero movimiento Víctor acercó un poco más su silla a la mesa de la cocina, tomó algo más de vino y como si estuviera susurrando un gran secreto me dijo.

—Él me enseñó a besar y me enseñó a bailar y me enseñó quitarme la ropa mientras bailo y me enseñó a amar y me enseñó lo que era el juego previo y lo que era el amor de un hombre. Porque antes de él yo solo salí con algunas modelos adolescentes algo alocadas.

Mientras más escuchaba su historia mis ojos se abrían tan grandes como dos platos y mi en mi pecho estallaba la batería de una banda de rock.

—No fue la primera vez que tenía intimidad con alguien, ya había tenido algunos encuentros con una que otra chica mayor, pero fue la primera vez que supe que también me gustan los hombres y que puedo amar tanto a una chica como a un chico.

Yo tenía la boca abierta y si no era Víctor el que con suavidad cerraba mi mandíbula no me hubiera dado cuenta.

—Así que jamás pienses que yo te voy a despreciar o rechazar por ser gay. Y así yo solo gustara de chicas… jamás te odiaría porque te gusten los chicos.

—¿Y cómo supiste que lo amabas? —Quería saber la diferencia entre el deseo y el amor, porque a esas alturas estaba bastante confundido entre mis sentimientos por Zhúkov y los que tenía por Víctor.

—Amar, amar… lo que se dice amar de verdad… no creo que pueda decir que lo amé. —Víctor puso sus ojos en blanco y me pareció que su espíritu lo abandonaría en cualquier momento—. Lo quise mucho, sí; pero no llegué a sentir ese fuego del amor verdadero.

—Pero… ¿cómo lo supiste?

—Porque cuando nos despedimos me puse algo triste, pero en poco tiempo lo olvidé o por lo menos lo recordé sin pena. —Víctor suspiró y calló por un instante, luego volvió sus ojos a mí y volvió a abrir su corazón—. Porque su adiós no fue tan doloroso como el que me dio otro hombre que sí me rompió el corazón.

No sé si Víctor estaba hablando por efecto que el vino hacía en su cabeza o porque en verdad quería hacerme sentir tranquilo. No me importaba que hablase de sus amores pasados, pero cuando dijo que alguien le rompió el corazón sentí que el ritmo del mío cambiaba de improviso. Sin embargo mi curiosidad era tan grande que seguí escuchando.

—Hace cinco años conocí a un modelo suizo. Era sensual y espectacular. Lo debes haber visto en las campañas de Fortune y Variette o anunciando la fragancia Hypnotic de Farrel. —Víctor me miró como esperando una respuesta, pero yo negué con mis dedos y con la cabeza—. Compartimos pasarelas y trabajo durante más de seis meses. Me enamoré de él como si fuera un chiquillo, incluso alquilamos un piso juntos y vivimos durante un buen tiempo.

Víctor calló, me hizo una señal para que vayamos a la sala y llevó consigo la botella de vino. No sé si se dio cuenta que yo estaba tomando más de lo que acostumbraba, pero lo veía tan relajado y feliz que lo seguí acompañando con una copa más.

—¿Qué pasó con él? —Tenía que saber qué sucedió con ese hombre al que mi hermano amó tanto. Me dolía que hablase de él con tanta pasión, pero quería conocer esa historia hasta el final.

—Me pidió que dejemos de tener una relación clandestina, que digamos al mundo cuánto nos amábamos y que nos comprometiéramos. Y a pesar que lo amaba tanto, me dejé vencer por el miedo a la reacción del público, de mis auspiciadores y de mi madre por eso hice lo que nunca se debe hacer con la persona que amas.

Víctor calló, tomó un cigarrillo de la cajetilla que siempre estaba en la mesa de la sala, lo prendió y dio un par de caladas. Yo lo miraba con mucha atención y pensaba todo el tiempo quién podía ser ese modelo suizo del cual me estaba hablando porque por más que hacía el esfuerzo no lograba recordar su rostro.

Mi hermano elevó la mirada hacia el techo y después de soltar el humo con lentitud, confesó.

—Le rompí el corazón. Lo engañé vilmente con una actriz y me alejé de él. —Víctor tenía la mirada perdida en la nada y yo seguía escuchando impávido su historia, preguntándome si mi hermano era el agradable hombre de mundo que parecía ser o era un avezado Don Juan—. Cuando me di cuenta de mi error era demasiado tarde, él ya no quiso verme y cortó todo nexo conmigo. Entonces comprendí que también mi corazón estaba roto en mil pedazos.

—¿Nunca le pediste perdón? —Mi hermano tenía los ojos entristecidos y pensé que tal vez estaba recordando a su amante con esa pena lejana llena de cariño y resignación, con nostalgia.

—Muchas veces, pero él no quiso escucharme y cuando un día me dijo que me perdonaba, pero que ya no quería ninguna relación conmigo porque no me tenía confianza, supe que lo había perdido para siempre. —Víctor aspiró una vez más el humo de su cigarro y yo bebí un grueso trago de vino para pasar el sabor amargo de esa historia.

—¿Lo volviste a ver? —En ese momento pensé que Víctor todavía seguía sintiendo algo por ese hombre y yo mordía mi mejilla esperando que dijera que solo era parte de su pasado y que ya no sentía ni la más mínima intención con él.

—No, solo en los anuncios donde sale y desde que conocí a Anya no tuve necesidad de saber de él. —Víctor terminó su cigarro y puso atención en la copa de vino que esperaba en una esquina de la mesa central.

Puma Tiger Scorpio se acercó a nosotros y al sentir el aroma del vino decidió marcharse a mi habitación, caminó veloz y desapareció en dos segundos tras la celosía del corredor.

—¿Amas a Anya? —Imaginé que me diría que la amaba mucho y que la extrañaba un montón, pero en lo más profundo de mi loco corazón deseaba que dijera que no la amaba.

—Claro, es una bella mujer. —Sentí que esa no era la manera de hablar sobre una persona con la que compartes tus días y te entregas con tanta pasión como vi que Víctor se entregaba cuando le hacía el amor—. Nos llevamos bien, aguanta mi ritmo de vida y todas mis locuras.

—¿Y vas a casarte con ella? —Cómo deseaba entrar en la cabeza de Víctor para saber qué era lo que en verdad pensaba.

—Tal vez… eso no se puede determinar. —Él volvió a llenar su copa y me sirvió el resto de vino que quedó en la botella.

Sus respuestas eran tan vagas que pensé por un momento que mi hermano no quería mucho a Anya. Sin embargo, recordé la forma apasionada cómo conversaba con ella cuando contestaba sus llamadas y las veces que lo escuché jadear cuando ella le decía frases sucias por el teléfono. 

Me sentí bastante extraño con sus respuestas y actitud. Nunca antes había estado enamorado y por eso el amor era muy confuso para mí.

Vladimir Zhúkov había entrado en mi vida y me gustaba mucho cuando él me hablaba y contaba sus cosas y me tomaba de la mano, me besaba y me abrazaba. Me gustaba mucho su perfume fresco con aroma a resinas y me encantaba su mirada y la manera cómo me tocaba cuando estábamos a solas en el auto de su cuñada; pero en ese momento no sabía si lo extrañaría o no cuando ya no pudiera verlo ni hablar con él.

Pero mi hermano también me gustaba, solo que de una forma más arrolladora. Cuando sentía la mirada de Víctor mis piernas temblaban y un intenso calor se apoderaba de mi cuerpo. Cada vez que estando solo en mi cama me masturbaba, no pensaba en Vladimir, en ese momento imaginaba que era Víctor el que me tocaba y luego de sentirme satisfecho me envolvía en las sábanas muerto de miedo de saber que había imaginado una vez más a que mi hermano recorría mi cuerpo con sus labios como lo hizo con Anya la primera noche que los vi amándose en la sala.

¿Cuál de los dos sentimientos era amor? ¿Con cuál debía quedarme para sentirme tranquilo, para saber que no estaba haciendo mal?

Entonces me dije que solo debía pensar en Vladimir no importaba lo que pasara en el futuro entre los dos, porque no debía desear a mi hermano, él estaba prohibido por las leyes de la Tierra y las leyes del cielo. Además, no importaba que me hubiera revelado que le gustaban también los hombres, eso no significaba que yo le fuera a gustar, lo más probable era que él me mirase con ojos de hermano y nada más.

Pero ese momento de la noche aproveché que Víctor estaba algo alegre por el trago, aproveché que puso suave música de saxofón en el equipo y me senté junto a él, luego rodé mi cabeza sobre su hombro y él siguió contándome cómo conoció a Anya y las cosas tontas que hacían juntos antes que yo formara parte de su vida. Luego rodé un poco más mi cuerpo y puse mi cabeza sobre sus muslos como si fueran una almohada y me acomodé en el sofá.

Víctor acariciaba mi cabello y ubicaba mis mechas rebeldes a los costados de mi rostro y me miraba de una forma que yo interpreté como el cariño de un buen hermano, aquel que se perdona y comprende las estupideces que un chico como yo puede cometer.

Mis ojos se fueron cerrando poco a poco, me adormecí escuchando la música y la voz de Víctor al mismo tiempo y mirando su mentón tan masculino, sus labios bonitos y esa sonrisa boba que me gustaba tanto. Mis cansados ojos me pesaban demasiado y la luz me obligaba a cerrarlos, escuché que la voz de mi hermano sonaba cada vez más lejana y que mi cuerpo iba desapareciendo poco a poco. 

Víctor tuvo que haberme cargado hasta mi habitación, estoy seguro que me arropó como lo hacía todas las noches, tal vez me acarició la frente o me dio un pequeño beso en ella como solía hacerlo, quizá me contempló un rato y luego apagó la luz; pero yo no lo sentí.

Esa noche mi alma viajó a un lugar muy lejano que solo existe en el mundo de los sueños donde busqué otros brazos y otro amor, el amor paterno de mi abuelo que extrañaba tanto y el calor de una mamá a la que nunca conocí.

Notas de autor:

Un saludo a mis queridas lectoras y como siempre mi agradecimiento por el apoyo y por seguir la historia.

Quería poner esta nota para informarles que este fue el capítulo donde nos quedamos el año pasado y a partir de la siguiente actualización comenzaremos con los capítulos nuevos.

Desde la próxima semana subiré un capítulo hasta completar los sesenta o setenta que abarcará la historia.

Otra vez gracias a ustedes por seguir allí.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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