Tabú 20


Lilia no dejaba de observar en silencio los ocho bocetos que puse sobre la mesa de trabajo del atelier minutos después que llegué al taller de Nefrit.

Me había costado mucho mejorarlos durante mis ratos libres en la escuela y estaba bastante orgulloso de presentarlos ante los profesionales de la empresa. También me encontraba feliz de ver que todos llegaron a trabajar ese día y que cuando llegué todavía tenían el ánimo elevado. Ninguno se había ido como lo hizo Done en la víspera.

—Es una interesante propuesta. —Lilia no dejaba de ver mi trabajo y cada vez que levantaba sus cejas al ver los trajes yo sabía que estaba asombrada—. Esta combinación entre la sobriedad del abrigo y la irreverencia del jean o la elegancia de la chaqueta con la sencillez del jersey me parece que encaja muy bien y llama la atención.

Eran ocho bocetos trabajados al detalle, dibujados y diseñados a la perfección, con especificaciones claras que mostraban mis certezas y mis dudas en los apuntes que hice a los lados del papel.

Los pocos meses que había ocupado un lugar en el taller de Nefrit me sirvieron para conocer los aspectos más esenciales del diseño de los trajes. Entre conversaciones informales y comentarios de los profesionales que trabajaban en el área de diseño aprendí cómo debía combinar los colores, qué telas encajaban entre sí, qué detalles permitían que un traje se distinguiera de otros similares y hasta qué cantidad exacta de material podía ser usada en una pieza.

Además de preguntar a todos los trabajadores de Nefrit sus opiniones, averigüé en la web sobre los detalles que debía tener la moda para hombres para ser considerada como una propuesta de vanguardia y calidad.

Supe también por las conversaciones que sostuve con algunos profesores y académicos de mi colegio, además de mujeres que sabían de moda, que los hombres quieren vestir bien, pero también anhelan la comodidad y que los modistos particulares no siempre entienden esa necesidad.

Entré a los grandes almacenes de la ciudad para ver qué mostraban sus vitrinas y qué había en sus colgadores. Mientras revisaba ropa que parecía hecha por la mente de un mono, preguntaba a los hombres mayores qué era lo que buscaban. Era gracioso porque a veces me hacía pasar por un empleado y escuchaba sus molestias, sus pedidos y hasta sus sugerencias. Cuando llegaba a casa anotaba los detalles más importantes de sus respuestas.

Aproveché un trabajo que el profesor Sokoliev, del curso de economía, dejó en clases para también investigar las preferencias de los clientes. Y sus respuestas me parecieron bastante reveladoras, en especial las que me dieron esos hombres de veintisiete a treinta y tres años. Ellos necesitaban verse especiales. No eran chicos de universidad y tampoco eran podridos vejetes de escritorio.

Mi propuesta era clara. Nefrit debía abrir una línea masculina y debía atreverse a hacer ropa que sirva para verse elegante y distinguido en la calle, en la oficina, en una reunión con los amigos o en una cita no tan formal con la novia o la esposa; sin sacrificar la sencillez y la comodidad.

—Sería un gran salto para la empresa Lilia —comentó Ednita quien seguía siendo parte del equipo de diseñadores de Nefrit, mientras observaba una vez más mis diseños. Yo podía ver que los aprobaba con sus ojos y con sus palabras.

—Pero tal vez sería un salto al vacío. —Oleg Fomiv había llegado a Nefrit un año después que lo hiciera Joseph Done y se convirtió de inmediato en el segundo favorito de Lilia porque tenía una visión más atrevida de la moda, aunque por lo visto era un cobarde que no iba más allá de lo que le pedían—. Lo que digo es que este cambio podría ser paulatino para ir acostumbrando a los futuros compradores.

—Yo creo que podríamos esperar a la siguiente temporada de invierno para mostrar la novedad en exclusiva y explorar más el terreno masculino. —Crista Zá, una sueca que amaba vivir en San Petersburgo y que deseaba con todo el corazón seguir trabajando en Nefrit, también se encontraba maravillada con mis diseños que Lilia seguía mostrando con disimulada satisfacción.

Sarah Liu la diseñadora más reciente en la empresa no dijo nada, subió el pulgar, sonrió y volvió a su trabajo de pegar las perlas al corset de uno de los trajes que mostrarían en la presentación. Ella era así de escueta y parca, más acción y menos palabras era lo que siempre decía y con ese simple gesto entendimos que sí estaba de acuerdo con la propuesta y dejaba a criterio de Lilia la decisión de incluir o no los modelos en el lanzamiento de fin de año.

—Yuri los trajes y las combinaciones son buenos, pueden mejorarse o trabajarse con más detalle, pero quiero ser sincera. —Lilia se sentó en el taburete más alto que se hallaba en una esquina de la mesa de trabajo, ese que siempre le gustaba ocupar—. Presentar una propuesta distinta a las que estamos acostumbrados en Nefrit es una decisión demasiada riesgosa y no puedo atreverme por ahora a levantar el pulgar porque algo tan distinto y novedoso podría llevar este barco a buen puerto o podría hundirlo.

Lilia sabía que tenía oro entre las manos, pero estaba tan pegada a las tradiciones que tampoco quería ir más allá ni correr riesgos como lo hizo quince años atrás cuando decidió apoyar en su proyecto a su mejor amigo, mi padre.

Ordenó a todos los chicos y chicas que terminaran el trabajo del día y que dejaran todo listo para empezarlo de inmediato al día siguiente y decidió quedarse por unos minutos más haciendo algunas observaciones a mi propuesta.

Yo quería pensar que tal vez iba a cambiar de opinión y decidiría mejorar esos diseños, así que me senté junto a ella comiendo una barra de chocolate que me invitó Crista cuando entré al taller y esperando ese milagro en absoluto silencio.

—Dime Yuri ¿el modelo en el que te inspiraste para trabajar estos trajes es Miroslav? —Yo la miré con cierto desconcierto—. Lo digo porque los rasgos principales del rostro de tu modelo son muy similares a los que tenía tu padre cuando era joven, el ángulo de la barba, la frente y el cabello recortado, claro que en ese momento los hombres tenían el cabello peinado de diferente manera.

Poco flequillo sobre la amplia frente, los costados bien cortos y el resto del cabello peinado hacia atrás y un costado, tal como se veía en una de las fotos que más difundían las páginas especializadas en moda que hablaban sobre Miroslav Nikiforov.

Mi padre era un hombre muy alto y muy guapo, distinguido y formal. Sí, era un tipo muy atractivo, pero él no fue mi fuente de inspiración, no era mi modelo para llevar un traje mío, era mi modelo de vida y mi ícono como exitoso hombre de negocios. Jamás me hubiera atrevido a vestirlo de esa manera, así fuera un joven de veinte años, lo que deseaba era ser como él y algún día superarlo.

—Claramente veo una combinación entre su estilo elegante y tu estilo informal. —Lilia era sabia, había captado la idea, pero ese no era mi padre—. Me parece una mezcla perfecta para estos…

Mi hermano ingresó al taller, había estado desaparecido casi todo el día. Bueno en verdad estuvo detrás de un par de inversionistas y tuvo una reunión de emergencia en el banco. Pero por lo que vi también tuvo una cita con un estilista que le dio un toque más profesional al improvisado corte de cabello que practiqué en él.

Cuando lo vimos caminar con su sonrisa abierta y saludar a todos como lo haría un miembro de la familia real de Holanda supe que sin esa melena adolescente se veía perfecto.

Lilia lo miró por encima de los lentes que todavía estaban montados sobre su nariz y de inmediato miró mis bocetos. Creo que en ese momento supo que el modelo de mis trajes no era Miroslav Nikiforov sino su amado primogénito Víctor.

—Pensé que nunca te atreverías a cortar tus largas mechas Vitya. —Lilia seguía comparando al hombre de carne y hueso con el que estaba dibujado en mi cuaderno—. Te ves distinguido como todo un ejecutivo de empresas y no has perdido el toque aniñado que querías conservar.

—Es necesario que madure de una vez y claro que si un corte de cabello me ayuda a verme más serio éste es bienvenido a mi vida. —Víctor se quitó por fin los lentes que llevaba puestos desde que entró al taller y sentí que mi corazón empezó a perder control.

—¿Cómo tomaste una decisión tan radical? —Crista se acercó para despedirse y no pudo evitar tocar algunos mechones plateados.

—Fue Yuri el que tomó las tijeras anoche y me convenció que debía deshacerme de mi melena. —Me miró con ternura y su sonrisa de costado confirmó que le gustaba mi travesura—. Claro que esta mañana Guss se encargó de arreglar algunas mechas de más y otras de menos.

Ya sabía que él haría eso por ese motivo la noche anterior no me atreví a cortarle demasiado el flequillo ni tampoco los costados. Dejé lo que se dice la base del estilo.

—Te ves muy bien Víctor. —Ednita se acercó con el catálogo de imágenes, lo dejó sobre los gabinetes de la entrada y se despidió con un beso al vuelo.

—Tus fanáticas van a crecer porque ahora no solo vas a enamorar a chiquillas con las hormonas revueltas sino también a mujeres hechas y derechas. —El comentario de Oleg nos hizo reír a todos.

—Gracias, gracias… pero en verdad no sigan por favor que me estoy abochornando. —El ligero rubor en sus mejillas era evidente y el gesto de sus manos sobre el rostro lo convertían en un pequeño Vitya de diez años. Víctor sabía muy bien el poder que su sensualidad ejercía en todos, pero no quería que esa fuera la única razón por la cual debía ser recordado o distinguido.

—Víctor estaba viendo la propuesta de Yuri y quiero que me dejen pensar esta noche al respecto. —Cuando Lilia decía que iba a pensar en una propuesta era porque reconocía la seriedad y el valor del trabajo que le habían presentado y eso me hacía sentir feliz—. Mañana quiero una junta con los dos para hablar con más calma y detalles sobre esto. Por ahora les pido me disculpen, pero tengo una reunión importante en una hora y voy algo retrasada.

Lilia se despidió con un beso en nuestras mejillas y salió de inmediato hacia quién sabe dónde. Nosotros también decidimos retirarnos a casa y mientras Víctor ganaba a los semáforos yo no podía dejar de ver lo atractivo que era mi hermano.

En la radio Dido decía “me hundiré con este barco… y no levantaré una bandera blanca sobre mi puerta, estoy enamorada y siempre lo estaré” (*) y mi corazón debatía en silencio con mi cabeza. El primero decía que debía rendirme ante la belleza de Víctor, mientras que el segundo imponía la obligación del respeto a la moral y las buenas costumbres de la imperfecta y estúpida sociedad en la que vivíamos.

Ganó la razón y viré mi mirada observando la ciudad, pensando en mi enorme conquistador y preguntándome por primera vez “qué estaría haciendo Zhúkov en ese momento”.


Las pocas veces que Vladimir Shukov y yo tuvimos la oportunidad de estar a solas, en algún lugar distante de la ciudad lejos de miradas y prejuicios, nos atrevimos a explorar con timidez y torpeza nuestros cuerpos. Fue como un juego de niños y con cada encuentro nos dimos cuenta que ambos pensábamos igual al momento de tocarnos por debajo de la ropa o de besarnos en el asiento trasero del auto de su cuñada.

No hicimos mucho porque corríamos el riesgo que alguien nos encuentrase y nos denuncie ante las autoridades por alguna falta a la moral de los que se creen perfectos, por eso aprovechamos esas salidas para conversar sobre temas tontos como por qué a él le gustaría mucho ser piloto de carrera y no abrazar la carrera militar como su padre y su hermano o por qué a mí me había comenzado a gustar el diseño de modas y todos los desafíos que representaba ejercer una carrera en este complicado mundo.

Con frustración le conté que Lilia había rechazado mi propuesta de incluir en la colección de invierno los trajes que diseñé para Víctor y él me dijo que tenía ganas de escapar de casa para vivir su vida con sus propias reglas muy lejos de su familia, pero que no lo hacía porque no quería que su padre golpeara a su mamá por su culpa.

—¿Cómo diablos te diste cuenta que era gay? —le dije mientras trataba de recuperar el aliento—. Me dijiste es día que casa me matas en los vestidores que te habías dado cuenta que me gustan los chicos.

—¿Recuerdas el día que sacamos tu ropa de los casilleros? —Yo asentí mirándolo con algo de furia, jamás iba a olvidar ese día—. Me dieron tu mochila y me puse a revisar tus cosas. Menos mal fui yo quien observó porque como niño de primaria dejaste olvidada entre tus cuadernos una revista Q+ con una portada más que sugerente.

—Mierda —Lo había olvidado por completo en medio de la rabia y el escándalo que armé en el aula de los promocionales.

—Si los otros hubieran visto la revista, estarías con tutor particular en tu departamento en este momento. —Vlado miró su reloj y volvió a atraerme hasta su boca.

—Qué hiciste con la revista —le pregunté por pura curiosidad, mientras me acomodaba sobre sus piernas. Las lunas oscuras del coche no dejaban ver nada por fuera.

—Llegué a casa y la quemé de inmediato porque si me hermano me encontraba con esa cosa, me hubiera dejado con un brazo roto como mínimo. —Sonrió y me volvió a besar mientras su mano abría el botón de mi pantalón y capturaba mi caliente y húmeda polla.

Dos tipos raros en un coche más apropiado para el gusto de una mujer. Si alguien nos hubiera visto besarnos y tocarnos hasta corrernos como dos pubertos sin futuro, estoy seguro que nos habrían calificado de maricones y hubieran llamado a la policía.

Era riesgoso, pero el deseo aumentaba con los días y la distancia. Era una rara distancia establecida entre los dos. Era un acuerdo para que nadie sospechara por qué Zhúkov se despedía de sus compañeros temprano y por qué yo llegaba muy tarde al departamento, los días que no llegaba con retraso a Nefrit.

Por la mañana en el colegio, como siempre él me golpeaba o empujaba contra la pared y los casilleros. También seguía tirando mis libros o me quitaba los lapiceros y yo seguía insultándolo entre dientes para que los profesores no escucharan que mi sucia boca incumplía el reglamento del colegio. Pero cada acción que “la máquina” y yo teníamos en los pasillos delante de todos los tontos niñitos y las superficiales niñitas de nuestro colegio tenían otra connotación. Eran claros actos de dominante y dominado.

En los entrenamientos era todo lo contrario, logramos establecer una coordinación tan perfecta entre mi velocidad y mis pases y la fuerza de su puño para embocar el disco en el arco. Dijimos como dos tarados que lo hacíamos por el equipo.

Juro que esas horas de duros ejercicios y de volar sobre el hielo tras el objetivo, se llenaban de deseo y de miradas que solo él y yo sabíamos interpretar bien. Los otros creían que hacíamos gestos para coordinar mejor nuestras jugadas; en parte era verdad y en parte, cada vez que él lamía sus labios sabía que me decía “me gustas” y cada vez que yo mordía los míos él sabía que yo le decía “tócame esta noche”.

No podía evitar reírme a solas sabiendo que en cualquier momento el chico más deseado de la escuela me propondría hacerme su “perra” como solían decir todos esos machos calenturientos de las chicas que los tenían babeando por meses como verdaderos mastines.

No amaba a Vladimir, pero lo deseaba con el ímpetu de mis dieciséis años. Mis ojos repasaban las líneas perfectas de sus músculos cada vez que lo veía en los vestidores. Mi mente recapitulaba una y otra vez la forma como estrellaba a los rivales contra los muros y las paredes de la pista de hielo en los encuentros de hockey que el equipo del colegio ganaba sin mucho esfuerzo.

Zhukov era un escape a mi verdadero deseo, aquel que debía esconder incluso del reflejo de mi mirada en el espejo. Se veía tan atlético, tan masculino, tan grande e imponente; que mi mente se quedaba prendada de sus acciones y ese era el motivo principal por el que dejé que me besara, que me apretara contra su fuerte cuerpo y me tocara todo lo que él quería en los pocos momentos que estábamos a solas en ese parqueo abandonado.

Cuando hablaba conmigo era un chico más, molesto con su presente y asustado por su futuro. Para él ir a la escuela de cadetes del ejército o la aviación significaría renunciar a sus sueños sobre las pistas de fórmula uno.

Para mí pensar en el futuro era imaginar haciendo lo que más me gustaba, hacer mis propias colecciones y ser aclamado en una gran pasarela y ver a Víctor sonreír orgulloso de mí; pero también significaba que en algún momento él se casaría con Anya y yo tendría que vivir por mi cuenta lejos de su calor y protección. También tenía miedo.

Por ese motivo creo que juntábamos nuestros temores, nuestros impulsos y nuestros sueños y nos entregábamos por completo solo en un beso o un fuerte roce de nuestros sexos sin pensar en nada más.

Pero esa tarde fue distinta.

Vladimir se quedó practicando más tiempo en la pista de hielo y no salió con sus amigos que estaban desesperados por ir con las porristas a pasear en sus motos y autos.

El profesor Popovich había faltado ese día porque tuvo una reunión con los organizadores del campeonato de invierno y las chicas decidieron aprovechar la ausencia de su lideresa para salir temprano y llegar a la función de las cinco para ver por tercera vez la película de sus ídolos pop con largas cabelleras, maquillaje perfecto y pitos chiquitos.

El gimnasio estaba vacío y los vestidores nos esperaban a Vladimir y a mí. La trabajadora de limpieza no llegaría hasta las cinco y cincuenta de la tarde y nadie más entraría al lugar durante las siguientes dos horas. Así que el rubio gigante pasó junto a mí mientras yo todavía daba un par de vueltas en la pista y con un solo movimiento de cabeza me invitó a seguirlo.

Como siempre hacía mi capricho le hice esperar un par de minutos y le di en alcance en los vestidores. Cuando llegué él tenía el torso desnudo mostrando sus perfectos bíceps, su amplísima espalda y su delgada cintura. Esa combinación provocaba que la marea de hormonas se agitase en mis venas y el calor inundara mi cuerpo de forma inmediata. Sentí que mi rostro quemaba y supuse que estaba rojo como un camarón.

—¿Te gusta? —me preguntó moviendo sus pectorales de arriba hacia abajo y yo mordí mi labio inferior confirmando que su perfecto cuerpo era una maldita tentación.

—¿Lo quieres hacer aquí? —Era divertido pensar en tener mi primera vez en el colegio, era divertido y emocionante por ser tan riesgoso.

—Aquí no Nikiforov. —Se acercó como el gran macho que era y devoró mis labios en un intenso beso—. Pero podemos empezar con algo y luego nos vamos a un lugar privado para terminar, hoy tengo todo el tiempo del mundo para ti.

Me quedé quieto observando que mis brazos casi eran la mitad de los suyos y dejé de manera obediente que me arrimara hacia la pared y bajara el pantalón de mi uniforme de entrenamiento. Lo vi arrodillarse y sentí cómo su boca se apropió de mi tensa virilidad absorbiéndola una y otra vez hasta que culminé mordiendo mi mano para no gritar.

—No sabe tan mal como pensé. —Yo todavía temblaba de placer y había olvidado por completo donde nos encontrábamos—. Sé niño bueno y hazlo tú también.

El sudor de su cuerpo combinado con su perfume despertaba de nuevo mis deseos. Era agradable sentir el olor a macho duro y el potente aroma de roble, Zhukov era como un buen wiski doble o triple. Me arrinconó entre el muro y los casilleros, no dejó de ver todo el tiempo mis expresiones y tomó mi cabeza con sus fuertes manos embistiendo dentro de mi boca con los instintos de un toro de lidia.

Ese instante lo único que pensaba era en complacer a Vladimir, sentir cómo era capaz de hacerle perder el ritmo y el control y que él reconociera que, a pesar de ser más fuerte, yo era mejor. Un instante pasional para complacer un deseo egoísta en el que usaba a ese atractivo portento de músculos y testosterona para olvidar de una vez a Víctor.

Sentía la fuerza con la que tocaba mi campanilla y el fondo de mi garganta, pero cada vez que lo miraba hacer ese gesto de placer con su sonrisa torcida y sus ojos tan brillantes, cada vez que escuchaba esos “ah” y esos “mmm”, me sentía todo un vencedor.

Tomé sus caderas tratando de apartarlo un poco para poder respirar porque literalmente me estaba ahogando, luego absorbí su enorme cosa y por poco me atraganté cuando sentí su caliente chorro en mi boca.

Estábamos en el momento más intenso de su corrida cuando una voz sonó como un potente trueno en medio del silencioso espacio de los vestidores.

—¡Zhukooooov! ¡Qué carajo le estás haciendo a Nikiforov!

Vladimir volteó de inmediato su cabeza hacia el lugar de donde provino el grito y yo todavía tenía la boca llena de semen cuando mis ojos se fijaron en el entrenador que corría hacia nosotros para separarnos.

—¡Suéltalo! ¡Deja al chico! ¡Y ruega que su familia no presente cargos por este abuso! —Popovich gritaba como si estuviera herido de muerte y sus ojos desorbitados parecían los de un muerto viviente.

—¡Te lo tenías merecido estúpido! —La expresión de miedo y sorpresa de Vlado cambió de inmediato. Noté como retornó el rostro de “la máquina” mientras él se alejaba hacia su casillero.

Georgi Popovich me sujetó del brazo y levantó del suelo. Estaba asustado y me revisó ligeramente para ver si tenía golpes.

—Está bien Yuri no tengas miedo vamos a tomar las medidas adecuadas para que esto nunca vuelva a sucederte. —El me observaba con espanto y a la vez miraba amenazante a Vladimir.

Entendí bien lo que estaba pasando por la mente del coach y no quise que mi compañero cargue con toda la responsabilidad.

—Profesor Popovich… yo también quise…

—¡Cállate! —gritó Zhukov.

—Yo quería esto también. —Si tenía que haber una sanción sería para los dos—. Yo… a mi… me gusta Zhukov y él no me forzó en ningún momento.

Vi cómo Vladimir movía la cabeza de un lado a otro reprobando la sinceridad de mis palabras y mi correcta actitud.

—No te creo Yuri, es más probable que él te tenga amenazado. —El profesor Popovich era un tipo tranquilo y sencillo. Además, se había convertido en el confidente de muchos de mis compañeros de equipo que le contaban los problemas más severos que pasaban en sus casas y con sus padres, por eso pensé que era mejor hablarle con la verdad y que él nos entendería.

—Yo estaba obligando a Nikiforov profesor…

—Es mentira, él y yo… yo soy gay… soy gay profesor… yo no quiero que lo castiguen, él quería hacer esto y yo dije que sí. —El profesor no parecía convencido así que se sentó en la banca central de los vestidores y observó que ambos nos pusiéramos la ropa.

En todo ese tiempo nos habló de la grave irresponsabilidad que habíamos cometido. Nos recordó que las reglas del colegio prohibían que los alumnos tubieran relaciones íntimas en sus instalaciones. También nos habló sobre la falta de identidad que tenían los jóvenes de hoy con su propio género y que si lo que estábamos haciendo era solo una especie de prueba o curiosidad no era ni el momento ni el lugar para averiguarlo.

Popovich también nos dijo que él no iba a reportar lo sucedido a las autoridades del colegio para que no nos corrieran de él porque conocía muy bien nuestros historiales y nuestro buen rendimiento en los estudios y en el equipo.

Nos advirtió que estaría vigilando nuestro comportamiento todo el tiempo y que si queríamos hacer alguna tontería tuviéramos mucho cuidado porque un cargo por actos inmorales y aún más si estos eran cometidos por homosexuales sería una terrible mancha en nuestras hojas de vida y nos marcaría para siempre ante la sociedad.

Yo quería llorar por la impotencia que sentía frente a tantas cosas absurdas que nos dijo el profesor Georgi. Zhukov me miraba con pena y lo miraba a él reprimiendo todo el enojo que le provocaban sus palabras.

Los dos sabíamos muy bien cómo sentíamos y qué queríamos. No éramos dos tontos confundidos, ninguno quería cambiar de sexo, ninguno de los dos estábamos deseosos de usar vestido y maquillaje. Éramos dos chicos que gustábamos de otros chicos, nada más. Dos chicos humillados por un experto jugador de hockey, coach del equipo y psicólogo.

—Profesor Popovich por favor no diga nada de esto. —Vladimir se paró en la puerta del gimnasio impidiendo el paso de nuestro entrenador—. Falta poco para que termine el año escolar y yo tome otro rumbo, si mi padre se entera de esto me va a matar. No le miento él sería capaz de matarme.

Temblé con esa confesión y maldije el momento de calentura que no supimos controlar. Hicimos mal, muy mal; hicimos mal en haber intimado en ese maldito colegio, rompimos esas reglas; pero no cometimos ningún delito, no éramos unos criminales.

—Les repito que no voy a reportar este incidente. —Popovich miró a Vladimir exigiendo que le permita el paso—. Tienen mi palabra, pero no quiero verlos juntos a solas nunca más.

Asentimos en silencio y no pudimos despedirnos. Yo salí corriendo y tomé mi bicicleta rumbo a Nefrit. Tenía miedo y todavía me quedaba una sensación muy amarga en la garganta y no era el sabor de Zhúkov, sino el temor que quería salir del pecho.

Zhukov se quedó aún en el gimnasio porque el profesor Popovich lo dijo que quería hablar algo más.

Esa noche estuve muy callado, casi no hablé con Víctor pues tenía miedo de contarle el incidente y que tomara a mal todo o que hiciera un gran escándalo en el colegio. Lo que menos quería era perjudicar a Vlado.

Más tarde en mi cama esperaba en vano que me diera sueño porque repasaba una y otra vez el momento que vivimos con Vladimir. Entonces cerré los ojos cuando sentí que Víctor entró en mi cuarto para acomodar mi almohada y acariciarme el cabello como hacía todas las noches. Cuando salió de mi habitación lo escuché contestar su celular con un tono sensual en su voz y entonces comprendí que era Anya la que llamaba desde Brasil.

Minutos después Vladimir envió un mensaje a mi celular diciéndome que todo lo que pasó esa tarde era su culpa y yo le respondí con mucha seguridad que la culpa fue de los dos. Y tras unos minutos de silencio llegamos a una conclusión.

V: “Fue intenso”.

Y: “Fue de puta madre”.

Notas de autor:

*«White flag» es una canción de la cantante británica Dido. Fue el primer sencillo de su segundo álbum Life for Rent de 2003.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

2 comentarios sobre “Tabú 20

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: