Capítulo 8: Catarsis


Toda mi existencia se había concentrado en ese momento: en mí hincado ante Yuuri, extendiendo enfrente suyo un anillo que significaba la unión eterna de nuestras vidas. Estaba seguro que él aceptaría la propuesta, pero eso no significaba que no me sintiera nervioso ante una inesperada negativa. Ni siquiera cuando participé en mi primera competencia de patinaje me sentí de esa manera, porque un fallo en aquella ocasión implicaba solo perder una medalla; en cambio, un fallo aquí me haría perder a la única persona que cambió mi perspectiva completa de la vida: él supo cómo extinguirme dentro del agujero en el cual me había estancado para recrearme después fuera de él, nuevo, renovado, con una mirada luminiscente puesta en la esperanza y la felicidad de las cuales me creí privado. Yuuri había encendido los faros de mi camino para guiarme, con la seguridad de enseñarme a andar solo, pero con la decisión y el gusto de acompañarme en él. Yo deseaba que su compañía no fuera efímera, sino que perdurara por los kilómetros que aún me faltaban por recorrer.

Yuuri se mantuvo pasmo frente a mí y, de no encontrarme a punto de un ataque de histeria por su silencio e inmovilidad, seguro su expresión me hubiera parecido de lo más adorable, con ese rostro lleno de asombro y esos ojos empañados en lágrimas. No solo era yo el único quien esperaba expectante, el público que nos rodeaba se había hundido en un mutismo que lo hizo parecer inexistente, pero de seguro nadie padecía el silencio como yo, nadie más agonizaba la espera en la que Yuuri terminaba de comprenderlo todo y darse cuenta que necesitaba decirme una respuesta. Fui yo el tonto que no supo descifrar su mirada, la cual desde el primer instante me gritó un enorme “Acepto” que seguro me hubiera aplastado. Fue su sonrisa amplia y musical, esos labios que se movieron en silencio para formar esas cinco letras y su cabeza moviéndose en un frenético “sí” quienes terminaron por confirmar algo que ya sabía pero que necesitaba verlo de él. Me sentí entonces completo, más completo aún que cuando lo conocí, cuando supe que me había enamorado de él y que era correspondido.

No nos detuvimos, el mundo se desintegró alrededor nuestro cuando corrimos a encontrarnos en la pista de hielo. Lo estreché en mis brazos como quien muriera por fundirse en él; él saltó a ellos con la seguridad absoluta de que yo lo sostendría con fuerza… Y nuestros labios se fundieron en un sello irrompible de aceptación y pertenencia. Un maremoto de aplausos rompió detrás nuestro, mismo que nos hizo estallar de gozo desde nuestros corazones, desde esos dos pedazos de carne que, si latían desquiciados en ese momento, era por el otro, a quien estrechaban y amaban desde lo más hondo de su ser.

Nos miramos durante unos segundos cuando el beso acabó, cuando parecía que alrededor nuestro el mundo explotaba… A nosotros eso no nos importó. Solo queríamos tener en nuestra mente ese momento, grabarlo con tal precisión que el recuerdo fuera igual de lúcido ahora que cuando lo rememoráramos días, meses, años después. Cada aroma, cada imagen, cada sensación… Yuuri siendo tan perfecto y hermoso entre mis brazos, yo con una sonrisa de quien ama y se sabe amado.

Más allá de las felicitaciones y las preguntas de la prensa presente que cayeron sobre nosotros apenas salimos de la pista, nos tomamos de la mano y corrimos entre la multitud ignorando a todo aquel que quisiera dirigirnos la palabra. No deseamos que terceros vinieran a contaminar ese momento que solo debía pertenecernos a nosotros, después de todo, a nadie tenía que importarle lo que hiciéramos tras la gala, si es que decidíamos buscar refugio en alguna parte desconocida de la ciudad o escondernos en un cuarto de hotel que a ninguno le pertenecía.

El viaje en el taxi que tomamos apenas salimos del recinto fue corto pero sustancial: en el asiento trasero, nuestras manos excitadas se arremolinaron sobre la ropa del otro como si desearan arrancarla, pero no de esa forma salvaje en donde todo comienza y termina casi al mismo tiempo, sino de manera sutil y lenta, con el deseo de experimentar el proceso segundo a segundo, con ese detalle milimétrico que lo hace parecer eterno. No hubo nada más allá que roces probando nuestra paciencia, pues antes de que alguno llegara a alguna parte de “no retorno”, el taxi ya estaba detenido frente a un hotel. No era muy grande, no era lujoso, no era ninguno de los dos en donde Yuuri y yo estábamos hospedados, pero era modesto y, sobre todo, privado, desconocido, un lugar en donde ni la prensa ni Yakov ni nadie más del equipo ruso pudiera encontrarnos. 

En la recepción del hotel, con una voz ansiosa, apenas atiné pedir un cuarto y pagar por él, pues Yuuri esperaba justo detrás de mí, casi encimando su cuerpo con el mío, con el conocimiento exacto de que podía sentir su calor y de que me estaba asfixiando por él. Para los demás, seguramente él solo era alguien curioso que deseaba mirar lo que hacía, pero yo conocía bien su propósito, sus intenciones, yo sentía todo lo que los demás no eran capaces de ver: sus manos, en general tímidas y armoniosas, exploraban mi espalda, por debajo de la camisa y justo al borde del pantalón. Tuve que aguantar muchos estremecimientos, varios jadeos que provocaron que la señorita tras la recepción me mirara con extrañeza y algo de incomodidad. Aunque no lo veía, sabía que Yuuri sonreía, más que por la travesura, por saber que yo se lo haría pagar cuando estuviéramos a solas…  y eso le gustaba. La mujer me entregó las llaves y después nos indicó el camino hacia el elevador. Nuestra habitación se encontraba en el último piso.

El cubículo en el cual entramos era pequeño en proporción al tamaño del hotel, lo suficiente para que solo dos personas y unas cuantas maletas pudieran caber con comodidad. Nosotros no teníamos las nuestras a la mano, pero aun así, como si el espacio fuera insuficiente para los dos, Yuuri me tenía abrazo por la espalda; sus manos todavía jugueteaban con el borde de mi pantalón, como si tentaran la idea de desabrocharlo justo ahí, mientras su aliento chocaba con mi nuca y me hacía desbaratar. Ninguno decía nada, no hacía falta, nuestros cuerpos estaban a punto de tener una conversación larga y tendida. Estábamos solos en el elevador como para cometer una locura, pero el tiempo y los escasos cinco pisos del hotel no estaban de nuestro lado. Apenas las puertas se abrieron en nuestro piso, corrimos a la habitación como dos adolescentes que se escabullen y temen ser descubiertos por alguien. Una vez dentro, con la protección intima de una puerta cerrada y cuatro paredes capaces de alejarnos del mundo, nos demostramos las mil y un formas existentes para amarnos con profundidad y locura.

El primer paso fue de ambos: acercarnos para completar un abrazo que nos uniría por siempre, para fundirnos en un beso profundo, de esos asfixiantes que son capaces de desinflar los pulmones y con los que, aún sin aire, no deseas parar nunca. Nuestras manos por fin sintieron la libertad de desenvolverse enteras, de explorar el cuerpo del otro sin timidez y descubrir nuestros trozos pieza por pieza, con cada una de las prenda de ropa que caían y terminaban en el suelo. Mis manos sobre su pecho recién desnudo, las suyas sobre mi trasero apenas cubierto por la delgada tela de la ropa interior. Él solía apretarlo cada tanto, atrayéndome posesivo hacia su cuerpo, como una tentativa del terreno que exploraba como si fuera la primera vez…  Porque sí, no lo era, no era nuestra primera ocasión que compartíamos de esa manera, con nuestros cuerpos jugueteando entre sí, empujándose poco a poco a una cama que terminaría sin sábanas, tan revuelta como nosotros mismos; pero se sentía como si lo fuera, no solo para él: Yuuri me sabía cómo nuevo, pulcro e intocable, una extensión completa de gloría que yo profanaría de a poco.

En las entrañas de la oscuridad, de vez en cuando nos deteníamos para mirarnos y sonreírnos, para tomarnos algunos segundos y pegar nuestras frentes entre sí, casi en sincronía, como en conexión. Eso era algo nuevo, algo que no habíamos hecho nunca, pues siempre hubo un poco de temor en nuestras acciones anteriores, en los momentos en que decidíamos tomarnos algunos minutos para desconectarnos del mundo, para olvidarnos de nuestros nombres, de nuestros pasados y el futuro que solía generarnos algo de ansiedad; para olvidarnos de nuestros miedos y vivir el instante como si fuera único y perpetuo, pero con el conocimiento muy dentro nuestro de que podría ser mentira, de que podría ser efímero, de que algún día podría terminar. Pero ahora, con ese anillo dorado que destellaba desde su dedo anular, mismo que besé incontables veces cuando se volvió la única prenda que cubría su cuerpo, sabíamos que nos pertenecíamos por completo, que más allá de palabras, había un sentimiento profundo que nos brindaba seguridad de nosotros como un todo, como un complemento que siempre permanecería a nuestro lado. Nos miramos y sonreímos tantas veces, las mismas que suspiramos en silencio, apreciándonos.

Pronto estábamos en la cama: los besos abandonaron nuestros labios y se distribuyeron por partes estratégicas de nuestro ser; a veces se transformaban en mordiscos, en deslices de nuestras lenguas que degustaban esos rincones ocultos. Las manos tampoco se mantenían quietas, sino que tocaban todo aquello que quedaba sin protección, que estaba a nuestro alcance. En algún momento, para cualquier par de ojos externos que pudieran vernos de haber la posibilidad, seguro éramos solo una masa de carne y piel que se arremolinaba en sí misma, que se sacudía, que bajaba y subía a un ritmo celestial: incluso para nosotros se había perdido el límite de nuestros cuerpos, ya no estaba seguro si eran los pezones de Yuuri con los cuales mi boca jugaba o si era mi miembro el que él engullía, haciéndome sentir una gloria inexplicable, un sin sentido que me perdía en mi consciencia. Se sentía igual de bien el tocar que el ser tocado, como si fuéramos capaces de disfrutar el goce ajeno como el propio…  Quería tanto hacerle sentir uno de los mejores placeres de su vida más que preocuparme por el propio, como una promesa y afirmación de que eso sería mi propósito para él, mi futuro esposo, en todo sentido y en todo aspecto de nuestra vida.

Con ese pensamiento me hundí en él, con esa seguridad él me recibió en sus entrañas: estábamos tan seguros y plenos de nuestro amor en ese momento que el goce se multiplicaba, no solo éramos cuerpos que buscaban satisfacerse a un nivel tan básico, en ese momento éramos música y patinaje conjugados, éramos la plenitud del mundo, el significado de lo que todos llaman amor.

Toqué en su interior todos esos puntos prohibidos, pero más que eso, deguste con delirio la mirada febril que posaba sobre mí con cada estocada, sus labios entreabiertos que interpretaban una melodía de amor que sus dedos ejecutaban en mi cuerpo. Me tocaba y me apretaba al mismo ritmo, con el mismo deseo y placer; y yo, en algún punto, cuando el delirio era absoluto, cuando me sentí al borde del abismo y a punto de lanzarme con delicia en él, tomé su mano, esa misma sobre la cual brillaba nuestro lazo dorado de unión, y la besé como si estuviéramos ya en el altar, como si, frente a frente, termináramos de sellar esos votos que determinarían el resto de nuestra existencia. La mirada que Yuuri me dedicó en ese instante fue absoluta para mí, preciosa, una combinación de la explosión final con ese amor que me era tan claro y me sabía tan bien, como un orgasmo que se expandía para siempre y rompía todos los límites.

Cuando acabé, cuando acabamos, lloré sobre él, con su cuerpo húmedo, lleno y sudoroso aún entre mis brazos; lloré de amor, de plenitud, lloré porque los labios de Yuuri se complementaron con los míos y ahí, entre el beso y la degustación, me prometía un amor eterno.


Mientras nosotros nos olvidábamos del mundo, este nos tenía más presente que nunca. Los días posteriores a la gala y la propuesta de matrimonio, una vez volvimos a casa, fuimos más conscientes de la alteración que habíamos causado en el mundo con algo que, se supone, solo debía cambiar nuestras vidas. Fue hasta ese entonces que nos percatamos de las noticias sobre nosotros que explotaban en un gran número de fuentes nacionales y extranjeras, y lo que miles de personas hablaban entorno nuestro. Los primeros ataques a nuestra persona vinieron en formato de mensajes que llenaron nuestros buzones físicos y virtuales: mientras que por un lado obtuvimos felicitaciones, buenos deseos y bravos de una comunidad que nos alababa por nuestra valentía y nos brindaba todo su apoyo, por el otro nos despedazaron sin piedad y nos desearon todo el mal y la desgracia posibles. Cuánto odio, cuánto desprecio por la vida de dos personas desconocidas encontramos encapsulados en tan pocas palabras.

Yuuri fue el primero en recibir un mensaje de ese tipo; intentó ocultármelo todo lo que le fue posible, pero cuando yo recibí el propio, pude comprender entonces porque de un momento a otro se había tornado algo huraño e impidió en diversas ocasiones que mostrara en público la más mínima muestra de cariño hacia él, incluso con algo tan inofensivo como caminar tomados de las manos. Yo intenté restarle importancia y tranquilizarlo, lo que pensara una o dos o cientos de personas que nos eran por completo desconocidas debía ser una nimiedad en nuestra vida, pero fue imposible ignorar el verdadero grado que tenía el problema cuando los ataques se volcaron, además, a nuestro hogar: encontrar grafitis pintados en el edificio donde vivíamos, incluso en nuestra puerta, todos con insultos y adjetivos despectivos de nuestro “padecimiento”, fue algo que se volvió cotidiano demasiado pronto.

Quisimos conservar la calma y creer que ese sería el tope de los malos tratos, que a partir de ahí todo disminuiría hasta que nos dejaran en paz, pero aún faltaban varios peldaños por ascender. Los siguientes fueron los acosos de algunos reporteros, los cuales se volvieron cada vez más intrusivos con el pasar de los días. Nunca había sido una moneda de oro para la prensa en general, estaba algo acostumbrado a los ataques, a los acosos, a esa información malintencionada que solo buscaba desprestigiar mi imagen, pero para Yuuri todo era un mundo nuevo y desconocido, uno que le había abierto las puertas bruscamente y lo recibió con golpes. Yo sufrí más el pesar de Yuuri que el propio, sobre todo el tener que tragarme todas sus excusas con las cuales intentaba ocultar su obvio miedo de salir a la calle y exponerse ante todos esos ojos que solo lo juzgarían. Creía que en casa estaría a salvo, pero más temprano que tarde, toda esa violencia hacia nuestra persona terminaría por dejarnos exhaustos, sin ganas de soportarnos siquiera entre nosotros, destruyendo toda nuestra intimidad. La desesperación y rabia que nos causó la impotencia, esa de no saber cómo librarnos del agujero en el cual nos hundimos sin saber, la explotamos y vaciamos contra el otro. Hubo muchas discusiones que iniciaron por chispas insignificantes que en cualquier otra ocasión no hubieran encendido ninguna llama. Ahora ni siquiera en casa pudimos permanecer tranquilos, ya no era un refugio para ocultarnos del mundo exterior que había penetrado hasta ahí, por lo que comenzamos a recriminarnos todo pese a que sabíamos que ninguno era culpable.

Y la situación siguió escalando: algunos contratos recién pactados por Sergey para que realizara promociones fueron cancelados a causa del escándalo. Algunos conciertos de Yuuri ya programados fueron suspendidos también por, aunque lo negaran y llenaran de pretextos vacíos sus bocas, la misma razón. A mí no me importaban los contratos (aunque Sergey estaba furioso, tanto que lo hizo desaparecer durante semanas), pero fue devastador ver el rostro de Yuuri cuando volvió del que debió ser su último ensayo con la Filarmónica antes de la primera presentación fuera del país. Durante unos segundos, con una muy obvia rabia contenida en su llanto, creí que me golpearía para despejarla. Yo lo hubiera dejado si con eso ayudaba a calmar todos esos sentimientos desgarradores que se le amontonaban en el rostro rojizo, pero a cambio de eso, me abrazó como hacía semanas no ocurría y lloró hasta que se quedó sin alma ni lágrimas.

Mientras permanecíamos recostados en el sofá, él dormido sobre mí después de tanto llanto, no dejaba de darle muchas vueltas a la idea de que todo eso haría que él quisiera huir de mí, que pensara que nuestra relación no era suficiente como para soportarlo. Veía su anillo aún brillar sobre su dedo como el primer día y el temor se acrecentaba, porque eso me hacía recordar con plenitud el momento en que ambos nos encontramos en la pista y creímos que todo era perfecto… Parecía un recuerdo tan lejano en ese momento. Lo amaba demasiado para saber que a una parte egoísta de mí le costaría el alma dejarlo ir, aun cuando supiera que era infeliz a mi lado; pero otra parte estaba decidida a permitirlo, por más que doliera, por más que no lo deseara, si con eso aseguraba su bienestar. Por supuesto, poco me costó darme cuenta que Yuuri nunca pretendió huir… por lo menos no solo, no sin mí. Antes no nos había pasado por la cabeza la idea de tomarnos un tiempo en otro sitio hasta que las cosas se calmaran un poco, más porque teníamos la esperanza aferrada a esos viajes con la Filarmónica en los cuales yo lo acompañaría. Pero ahora que esa tabla de salvación se había perdido, comenzamos a considerarlo con mayor seriedad. Yuuri no quería visitar a sus padres en esa situación, temiendo que eso les llevara los problemas a ellos; a partir de ese descarte, las opciones eran infinitas: podíamos ir a casi cualquier lugar del planeta.

Mientras visualizamos nuestras opciones, hubo un breve lapso en que todo pareció apaciguarse un poco: las noticias habían dejado de mencionarnos, no aparecieron nuevos grafitis en las paredes recién pintadas, los mensajes dejaron de ser tan constantes al igual que el caso de los periodistas. Nos creímos olvidados por el mundo y tuvimos la ingenua esperanza de que al salir a la calle nada nos pasaría: ya no creímos necesario huir. Entonces llegamos al último peldaño. La culpa fue mía, por supuesto, yo fui el de la idea de ir a cenar fuera para demostrarnos que podíamos volver a la cotidianidad sin más temor; pero en el restaurante, apenas los extraños vislumbraron un breve coqueteo entre nosotros, una risa sincera que tuvimos atorada todo ese tiempo, nuestras manos entrelazadas, mis labios sobre sus dedos, quisieron echarnos de ahí. No solo el dueño, varios comensales se levantaron contra nosotros, nos repitieron todos esos epítetos que ya habíamos aprendido tan bien gracias a los mensajes y los grafitis, y al final, cuando fuimos tercos y nos negamos a ir, alguien arrojó un vaso que estalló contra mi cabeza. Tuvimos que salir antes de que nos arrojaran más cosas hasta estallarnos la dignidad. Después de eso, la rueda volvió a moverse en contra nuestra: volvimos a ser noticia, volvimos a ser juzgados y apoyados por partes tan desiguales, que los mensajes de aliento no lograban amortiguar los golpes. Volvimos a caer, a ser destrozados. Volvieron los planes de huir del país.

Una tarde, días después de la nueva ola de ataques, el hastío de todo tocó por fin nuestros límites, especialmente el de Yuuri. Habíamos tenido que salir de compras para obtener todo lo que necesitaríamos en nuestro viaje a Australia, lugar al cual decidimos viajar; pero, como era de esperarse, un reportero apareció en nuestro camino para bombardearnos con preguntas tan íntimas y estúpidas que poco faltaban para volverse insultos directos. Pensé que haríamos lo de siempre, simplemente ignorar e intentar perderlo de vista los más pronto posible, pero para mí fue una enorme sorpresa cuando Yuuri se detuvo de golpe y respondió, con el ruso que le fue posible, a gritos, que me amaba, que se casaría conmigo y que le importaba una mierda lo que todos los demás pensaran sobre eso. Después, antes de que el reportero pudiera reanudar cualquier cuestionamiento, le propinó un puñetazo directo a su rostro que seguro le rompió la nariz.

Era una acción que me hubiera esperado de mí mismo, pero no de Yuuri; mas verlo ahí, con su puño incrustándose en el rostro del hombre, me impregnó de una alegría extraña y casi aliviadora. Recuerdo que reí con gozo después de que el periodista se alejara de nosotros mientras nos llenaba de insultos. Yuuri, con lágrimas en ojos, comenzó a reír junto conmigo: fue nuestra catarsis, nuestra forma de comprender que éramos nosotros los que les dábamos la oportunidad de hacernos pedazos, los que nos habíamos puesto en bandeja de plata para ellos.

Aun cuando las noticias gozaron con un aire renovado la escena de Yuuri atacando a uno de los suyos, algo se sintió demasiado bien cuando vimos esas imágenes repetirse en noticiario tras noticiario durante varios días. Nos habíamos ganado un extraño respeto, más que del mundo, de nosotros mismos. Aunque las opiniones volvían a dividirse con respecto al actuar de Yuuri, entre quienes lo comprendían y lo vanagloriaban, y aquellos que lo tomaban como una prueba de nuestra falta de “decoro” y “moral”, de nuestro “salvajismo”, los ataques hacia nuestra vida, de todo tipo, se volvieron inexistentes por fin, con esa seguridad de que ahora sí sería para siempre.

Nos quedamos en casa para disfrutar nuestro triunfo, que habíamos perdido importancia para el mundo.


Un par de semanas después, logramos que toda esa horrible etapa de nuestra vida desapareciera por completo. Nos habíamos tomado el tiempo para mirarnos de frente y, con el corazón en la mano, prometernos que todo eso sería desterrado de nuestros recuerdos para siempre; de que no habría mención ni reclamo futuro que nos hiciera rememorar el más mínimo evento de todo ese infierno. Fue como cerrar los ojos en el recuerdo claro de nosotros en el hotel la noche de la gala y despertar en ese momento, cuando estábamos en casa y todo el desastre había pasado ya. No existía, nunca lo hizo, volvimos a esa felicidad y gozo que nos causaba la idea de nuestro matrimonio, como si nunca lo hubiéramos dejado de sentir.

La noticia que más nos alegró por igual fue saber que algunas fechas canceladas de conciertos de la Filarmónica fueron reanudadas y otras nuevas agendadas para sustituir a las anteriores. La primera sería en Múnich, misma a la que yo planeaba acompañarlo. Estábamos entusiasmados con los planes; no solo sería el día del concierto, nos tomaríamos algunos días de vacaciones improvisadas para sustituir aquellos viajes no realizados que se quedaron también en el olvido con todo lo demás; pero apenas fuimos capaces de visualizar la idea de los lugares que visitaríamos cuando Sergey reapareció en la puerta, con un contrato recién firmado para la promoción de una bebida energética. Yo debía viajar a Estados Unidos en la misma fecha que Yuuri tenía que estar ya en Múnich. Que Sergey aceptara mi “no voy a ir” fue una tarea imposible: insistió tanto, de tantas maneras, que incluso Yuuri rogó también para que aceptara con tal de que Sergey dejara de molestarnos. Ya habría otra ocasión para un concierto, aún tendría más en su agenda a las cuales podría asistir.

Resignados, nos acompañamos al aeropuerto para una despedida sutil, pues tenía todo el sabor y la convicción de que incluso unos días lejos nos harían algo de bien: estaríamos locos y desesperados por volver a casa después de tanto extrañarnos. Entonces, cada uno partió en su respectivo vuelo.

Mi viaje tuvo que ser tranquilo aunque algo fastidioso, como era lo usual, pero resultó por ser completamente accidentado y una completa pérdida de tiempo: cuando llegué a Detroit, no fui recibido por Sergey, sino por una de sus asistentes. Él al parecer no nos acompañaría en esa ocasión, pese a que tenía la costumbre casi recia de siempre ir conmigo para asegurarse de que yo cumpliera con los contratos al pie de la letra. Cuando interrogué a la mujer al respecto, ella solo respondió que Sergey había tenido que viajar a otro sitio por un percance familiar.  

Si bien era fastidioso tenerlo detrás de mí durante todas las sesiones, por lo menos era también un desahogo agradable cuando alguna que otra noche salíamos a cenar o beber juntos. Ese viaje tuve que soportarlo completamente solo, añorando lo que pudo haber sido el encontrarme en Múnich con Yuuri, y teniéndome que tragar al mismo tiempo todo el disgusto de después, cuando en la fecha pactada, la empresa de bebidas energéticas canceló repentinamente el contrato. Pude haber tomado un avión de inmediato para alcanzar a Yuuri, pero la asistente de Sergey no me dejó ir tan fácil, pues aseguraba que podría reanudar todo para que mi viaje y los gastos no fueran en vano, y para no garantizarse un despedido por parte de su jefe. No tuve otra opción cuando me lo rogó con lágrimas en los ojos. Después de varios días de espera ansiosa e incertidumbre, la asistente no logró reanudar el contrato. Para ese entonces era ya demasiado tarde para viajar a Múnich, además de que, entre mensajes poco explicativos, Yuuri me había pedido que no fuera. Tuve que volver a casa y esperar, un día después, su llamado para ir por él al aeropuerto.


¿Les cuento una historia? Originalmente, el inicio de este capítulo lo tenía planeado por completo diferente: Yuuri y Víctor en realidad tenían sexo sobre un piano (esa fue una de las razones por la que Yuuri es pianista en este fic). Cuando había publicado el cuarto capítulo (más o menos), en un grupo de fics de YOI hubo un reto de one shots con temática de sexo en público. De alguna u otra forma, terminé por escribir esa escena del piano, con el contexto apropiado para el reto, creyendo “inteligentemente” que podría reutilizar lo ya escrito cuando llegara a este capítulo, así sería más rápido, así actualizaría más pronto. Mas, al final, por distintas razones que serían largas de explicar, terminé publicando ese escrito como un fic aparte (si a alguien le interesa leerlo, pueden encontrarlo como “Fingers” entre mis historias).
En fin, cuando llegué a este capítulo, sufrí un enorme bloqueo porque, hasta entonces, no me había preocupado sobre que escena sustituiría a la anterior; mas, gracias a la persona a la quien le dedicó justamente este capítulo, pude recobrarme de ese bloqueo y desligarme de lo que es “Fingers” para escribir algo más apto para el tono y la situación de este fic.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: