Retorno a Atlantis 9


Un hombre santo

El doctor Masumi había notado que el desgaste que se producía en Yuri después de cada sesión de regresión iba en aumento y eso lo tenía demasiado preocupado, tanto que comenzó a preguntarse si valía la pena someter a tantas sesiones de hipnosis seguidas a un joven que no podía recordar.

Él y Chris llegaron a pensar que Yuri se había mantenido dormido todo el tiempo dentro de la cabina de supervivencia y que no recordaba nada porque no fue testigo de ninguno de los incidentes que ocurrieron en el Atlantis.

Noche anterior, portando los exámenes de Yuri se reunió con el comandante Cialdini. Masumi deseaba pedirle que le dieran un respiro al muchacho y detuvieran, solo por un tiempo, los exámenes médicos y las pruebas psicológicas.

Para que el comandante del Amstrong quedara convencido, Masumi le mostró los últimos conteos de células sanguíneas de Yuri que demostraban cómo las células de inmunidad habían disminuido su cantidad en el flujo sanguíneo y tanto él como su pareja estaban convencidos que ese síntoma tenía como origen el excesivo estrés que experimentaba Yuri.

Cialdini observó los exámenes, era un hombre bastante instruido así que no necesitó demasiadas explicaciones, tal vez uno que otro detalle sobre los porcentajes ideales y los que estaban entrando en una curva descendente. Se quedó mirando la historia de Yuri y parecía que estuviera meditando sobre sus decisiones; hasta que devolvió la historia clínica al médico y sin dudar dio una orden.

—Si en un par de sesiones no puede o no quiere recordar, tendrán que intervenir. —Cialdini se puso de pie y pidió a al doctor Masumi que lo dejase solo.

Al salir de la cabina de mando de la nave, el doctor Masumi se sentía defraudado, ninguno de los informes que había preparado alertando la peligrosa situación que podía comprometer la salud del jovencito había convencido al testarudo comandante.

El médico sabía bien que Cialdini era un fervoroso colaborador del sistema y que no le gustaban las ideas que pudieran alterar en algo la perfecta organización que regía la vida de miles de millones de personas en los planetas y bases espaciales que pertenecían a la gran organización.

Con la preocupación a cuestas Masumi ingresó en el consultorio y se quedó mirando la gran pantalla del proyector de pensamientos y pensó que sería más que peligroso aplicar un método tan invasivo para ingresar en los recuerdos olvidados en algún rincón de las protuberancias cerebrales de Yuri.

Serían varios pinchazos de las delicadas agujas que introducirían al área de la memoria de Yuri y que dañarían muchas neuronas. Recuperarlas sería un tratamiento demasiado largo y si Yuri dejaba de tener interés para las élites, sería tan costoso que no podría solventarlo.

Nada garantizaba que encontrarían bajo ese método extremo las imágenes de los recuerdos que Yuri no podía recuperar.

—Mayor —Adasis, la asistente virtual del centro de intervenciones de la nave había notado la presencia del doctor Masumi y también había medido su pulso y su nivel de estrés—. Si tanto le preocupa el estado de salud del joven Plisetsky podríamos optar por una terapia de regresión intensa en tan solo unas cuantas horas y aplicando una dosis algo más alta, pero no letal, del barbitúrico sí lograríamos su confesión.

—¿Me estás sugiriendo que sometamos a una inducción de delirio? —Masumi quedó paralizado.

—Es menos peligroso que la intervención y puedo garantizarle que es tan efectiva como la segunda opción. —Adasis no podía entender que Masumi tenia serios reparos morales por efectuar ciertos procedimientos en los pacientes, era una máquina de bioingeniería perfecta que jamás entendería lo que son los sentimientos y la moral.

—¿Sugieres que sometamos a un joven brillante a un método al que se someten a los peores criminales del sistema y sin autorización de un juez? —Masumi miraba a la máquina, por fuera era una bella mujer de rasgos arios, rubia de ojos celestes, delgada y de rostro fino, por dentro solo era una masa de componentes biológicos programados y bien organizados y un buen sistema neural de autoaprendizaje.

—El orden de los factores no altera el producto doctor, porque podrían esperar a que un juez ordene el uso de ese método y dentro de un par de años el joven Plisetsky sería sometido al procedimiento o a la intervención con las sondas. —El organismo de IA mantenía una suave sonrisa en su rostro mientras terminaba de explicar las bondades de adelantar los hechos—. Pero si ustedes deciden aplicar ese método ahora, se habrá ahorrado mucho tiempo y en dos años Yuri Plisetsky estará completamente recuperado.

Masumi miró con espanto a la máquina. Ella solo era transmisora del pensamiento central y la gran inteligencia madre era organizada y alimentada desde el planeta Venus, un lugar donde solo un 1% de la población organizaba y determinaba la vida del 99% restante.

El doctor Masumi asintió con la cabeza en completo silencio y dejó que la máquina le explique un procedimiento que él ya conocía muy bien. Y mientras veía los labios de Adasis moverse su mente quedó casi en blanco y lo único que escuchaba era el sonido de su corazón llamando desesperado a Chris, para que lo rescate de ese profundo hoyo en el que se sentía caer.

De pronto Chris ingresó en el área de intervenciones y encontró a Masumi que con el rostro pálido seguía escuchado la explicación detallada de la máquina. Con solo ver el rostro tenso, la expresión en las cejas y los ojos de su amado, el doctor Giacometti imaginó que necesitaba interrumpir esa conversación.

—Perdón, Adasis ¿podrías dejarnos un momento a solas? —Chris sonrió en forma coqueta, no tenía otra manera de dirigirse a un organismo artificial con forma de mujer perfecta—. Necesito discutir un asunto íntimo con mi esposo.

—Está bien doctor Giacometti. —Adasis cortó las imágenes proyectadas en el inmenso panel del quirófano y con una ceja levantada se retiró, pero antes dejó un extraño mensaje al doctor Masumi, jefe del área médica—. Sería bueno que se adelantara a las órdenes de Venus y del comité central Mayor Masumi. Su iniciativa sería muy bien recompensada.

Cuando él y Chris se quedaron solos, desconectaron las pantallas y el sonido y entre susurros pudo contarle los comentarios de una máquina que más que asistirlo parecía estar dándole órdenes.

—Quieren someter a Yuri a una intervención de proyección y si no es eso entonces a una inducción de delirium tremes. —Masumi tenía los labios pegados al oído de su amado—. La máquina lo da por hecho.

—¿Cuál es menos peligroso? —Chris correspondió con el mismo gesto a su esposo.

—Chris cómo puedes sugerirme eso, yo pensé…

—No tenemos otra elección. —Chris lo abrazó con fuerza para que no se apartara de él—. Tenemos que decidir por aquello que le provoque menos daño. No podemos hacer nada más. O lo hacemos nosotros o lo hacen ellos.

Parecía que dos inmensas manos apretaban el corazón del doctor Masumi, quien abrazado a Chris intentaba desesperadamente pensar en algo más. Pero por más que repasaba las posibilidades no encontraba alternativa y por primera vez se sintió miserable, casi como un niño cruel a punto de someter a una experiencia dolorosa a un tierno gato.


Días previos a la intervención, los doctores habían decidido hacer una inducción de delirio controlada, Yuri se vio sometido a nuevos exámenes clínicos y la dotación extra de vitaminas, minerales y electrolitos para reforzar su sistema inmunológico. Solo un organismo muy fuerte y sano podría reducir las posibilidades de un daño colateral que por lo general se producía en el área del lenguaje o de la visión en este tipo de procedimientos.

Yuri quedaba demasiado atontado con las medicinas que le introducían en el organismo y estaba harto de comer más de lo que deseaba. Los médicos habían determinado siete comidas al día; tres de las cuales eran buenas porciones de proteínas, pocos carbohidratos, bastantes legumbres y vegetales, fruta en abundancia acompañadas de cereales y mucha, mucha, mucha agua.

Tanto él como Jean escucharon con atención la explicación de los doctores Giacometti y ellos fueron enfáticos en señalar que antes del hipersalto Yuri debía recuperar sus niveles normales de leucocitos y eritrocitos, así como mejorar la calidad de los linfocitos y sus células T.

Los relojes de la gran nave marcaban las quince horas y las pantallas de las habitaciones mostraban las proyecciones de un cielo copado de nubes blancas, fría y con cierta garúa, paisaje ideal para inducir la sensación de letargo en Yuri. Él dormía sin imaginar lo que tenían planificado para él en los siguientes días.

Con mucho sigilo Vera Leoni, una enfermera muy dedicada a su profesión y que llevaba trabajando en la nave siete años, había ingresado a la habitación para observar las vías de alimentación de Yuri y aplicar la siguiente dosis de vitaminas en el suero.

Con sus ajustados guantes de látex ella fue muy cuidadosa al momento de manejar el instrumental pues no deseaba despertar al paciente ni a su fiel acompañante, el capitán Leroy, que dormitaba en la cama de junto, pues se había pasado la noche investigado por qué Yuri necesitaba tanta sobre dosis alimenticia y qué significaba la prescripción de ciertas sustancias médicas.

Jean esperaba que un médico amigo suyo a quien consultó desde la nave le diera más información o un diagnóstico aproximado de lo que estaban haciendo con el joven rescatado. Se había quedado en espera de la respuesta que tardaba en llegar desde la base espacial cercana a Júpiter y sucumbió por el cansancio.

Vera cumplió con poner la cantidad de medicina y vitaminas en el suero. Guardó el material de desecho en sus empaques que puso en una bandeja quirúrgica. Con cierta curiosidad se acercó a Yuri y contempló el rostro tranquilo del joven que parecía estar soñando por el movimiento que hacían sus ojos cerrados.

La enfermera se quitó uno de los guantes protectores, con algo de temor estiró el brazo y acercó su mano a la de Yuri que yacía junto a su cuerpo estirada y relajada. Vera tocó los dedos de Yuri con la punta de sus dedos con tal delicadeza que el muchacho no pudo sentir el contacto y de inmediato cerró los ojos, inspiró a profundidad el aire y pidió un deseo.

Tras un par de segundos, la profesional abrió los ojos, retiró la mano y sacudió la cabeza un par de veces, se acomodó la cofia que llevaba sobre el cabello y masajeó su cuello. Dio media vuelta y salió a prisa del cuarto de recuperación.

Jean y Yuri no sintieron su presencia porque dormían profundamente y de la visita de Leoni solo quedaron las imágenes grabadas en las cámaras de vigilancia que fueron almacenadas en un archivo especial determinado por el gran sistema central de la nave.


Tres días después y estando cerca el día de la intervención, Yuri se encontraba sentado al borde de la cama, quería caminar un poco porque sentía la espalda entumecida y los hombros adoloridos de tanto estar recostado.

Jean había ido al dormitorio para recoger ropa limpia y ayudar a Yuri a cambiarse para dar juntos un paseo. Sería una simple vuelta por el nivel dos de la nave, solo para que Yuri estirase las piernas.

El jovencito jugaba balanceando sus pies sobre el piso y pensando en pedir a Jean ir un poco más allá, sabía que él no le negaría el favor. Yuri sonreía imaginando lo que el capitán diría a sus subordinados para que los dejasen pasar al puente de observación exterior de la nave, ese era el lugar donde él quería estar pues contemplar el infinito le ayudaba a enfocarse mejor en sus pensamientos y recuerdos. Tal vez así podría por fin conectar esas imágenes extrañas que parecían un gigantesco rompecabezas sin pies ni cabeza.

Yuri se quedó pensando en ellas cuando de pronto ingresó al dormitorio la enfermera Vera Leoni. La mujer llevaba el cabello algo desordenado y fijó su vista en a Yuri mientras gruesas lágrimas cubrían sus mejillas rosadas.

Yuri se llevó un gran susto cuando ella corrió hacia él, cayó de rodillas a sus pies y los comenzó a besar musitando palabras que parecían no tener ningún sentido. La pequeña mujer lloraba con profundo sentimiento y suspiraba sin control.

El joven la miraba con temor y asombro porque la mujer había revelado con sus frases entrecortadas algo que no podía o no quería creer.

—Gracias… gracias… eres un hombre santo… estoy bien… estoy curada…

A Vera Leoni le habían detectado un tumor maligno que se ubicaba en la región central del cerebro y que a pesar de no tener mucho desarrollo había formado raíces hacia otras áreas comprometiendo a la hipófisis y el área occipital.

Vera no podía ser intervenida ni con los micro organismos programados porque el área donde crecía el tumor quedaría afectada de por vida sin posibilidad de regenerarse. La única solución que le dieron los médicos fue un tratamiento que reduciría el tamaño del tumor y de sus raíces y lo encapsularía de por vida; pero ella quedaría limitada y tal vez con el tiempo perdería la visión pues una de las raíces afectaba directamente al nervio óptico y lo comprimía poco a poco.

La enfermera, había pedido a sus superiores que le permitieran ir en un último viaje en el Rescate Amstrong antes de someterse al delicado tratamiento. Ella como la mayoría de ciudadanos nacidos en la Tierra no podía aspirar a ser intervenida por los cirujanos de Venus o que usaran en su tratamiento tecnología médica de alta generación. Eso estaba reservado solo para los hombres y mujeres que vivían en el planeta verde.

Si ella hubiera sido la heredera del imperio industrial tecnológico Miocrin o tal vez de la esposa del propietario de EGOES, la mayor industria de medicamentos del Sistema, podría haber sido intervenida con aparatos de alta frecuencia molecular y el tumor hubiera desaparecido en unas diez a doce sesiones.

Pero Vera era solo una enfermera terrícola que vivía en la nave Amstrong porque era mejor servir y vivir en la armada que ser una habitante de la vieja ciudad de Roma, tan miserable como despoblada.

Cuando Vera se enteró de los prodigios que realizaba el joven rescatado —todos los tripulantes de la nave comentaban sobre la magia del muchacho—, pensó en hacer un último intento para curarse. ¿Qué podía perder si lo tocaba y le pedía en silencio que la sanase?

Si el anhelado milagro no ocurría solo perdería la esperanza una vez más, pero qué importaba si ya casi todo le daba igual. Sin embargo albergaba una pequeña ilusión que le movió aquella tarde a tocar al joven de la magia.

La magia, el milagro o el inexplicable acto ocurrió de inmediato, solo que ella no se dio cuenta sino hasta entrada la noche cuando el dolor de cabeza continuo que la aquejaba había desaparecido por completo.

Vera pidió una cita al asistente virtual del área médica y esa mañana ingresó a la cámara de diagnóstico para que los scanners la revisaran. La máquina se ocupó de tomar una detallada secuencia de fotogramas de las áreas del cerebro donde había sido ubicado el tumor y sus extensiones.

Otra asistente bioprogramada le tomó muestras de sangre, saliva y orina, Vera se sentó en un sillón especial del laboratorio donde una máquina le hizo una punción raquídea muy precisa y finalmente le fue extraído con una finísima aguja líquido del cerebro.

Las muestras fueron revisadas por el sistema de inmediato y una hora después Vera recibía los resultados de sus pruebas. Cuando los leyó pensó que había un error, que tal vez algo había variado o que el sistema confundió sus muestras. Sin embargo, nada podía haber sido alterado, pues ella era la única que se sometió a un examen en el laboratorio y las únicas muestras analizadas esa mañana fueron las suyas.

Para estar segura Vera le pidió a una colega suya que le acompañase para verificar la entrega de las nuevas muestras y volvió a someterse una vez más a las mismas. Y una vez más el diagnóstico se repitió.

Impactada, la enfermera regresó a su dormitorio y observando cada dato, cada número registrado, se puso a consultar uno a uno los resultados y una vez más la respuesta dada por la inteligencia central de la nave fue la misma. No existía ningún antígeno canceroso en su cuerpo y los scanners no encontraron la presencia de tumor alguno. Ni siquiera existían células cancerígenas.

Vera tomó su plegable con los resultados y antes de revelarlos a los doctores Giacometti, decidió visitar a Yuri para decirle lo que había pasado. Mientras se acercaba a la habitación del muchacho, ella se dio cuenta de lo que acababa de sucederle y en su corazón estallaron como fuegos artificiales decenas de emociones que la llevaron a perder la compostura y lanzarse en loca carrera hasta ingresar a la habitación donde Yuri descansaba.

Estar frente a él solo le hizo sentir tanta gratitud que ésta se desbordó y se convirtió en lágrimas llenas de felicidad. Estaba curada y era ese muchacho, quien hizo el milagro, como sucedía con los hechos inexplicables en tiempos milenarios cuando la humanidad creía en la intervención divina.

Solo los dioses como también los hombres y mujeres llamados “santos” hacían milagros. Yuri debía ser uno de ellos y qué mejor testimonio que su cuerpo sano.

—Oiga, tranquila no sé de qué rayos está hablando. —Yuri se puso nervioso al ver que la mujer casi desfallecía a sus pies.

—Me curaste el cáncer… ya no tengo el tumor en la cabeza… ¿cómo puedo sentirme en este momento? —Vera posó la cabeza en las rodillas de Yuri y se desató en llanto.

El ruido producido por la voz de la enfermera y la de Yuri había puesto en alerta a los doctores Giacometti que luego de terminar la revisión de un coronel que tenía una ligera inflamación en el oído medio, decidieron ir hacia la habitación de recuperación donde estaba Yuri, para ver qué sucedía.

Pero el primero en llegar y acelerar el paso, cuando salió del ascensor al pasillo, fue Jean quien corrió a ver quién era la mujer que lloraba a gritos en la habitación de Yuri.

Al momento de entrar Jean se quedó estupefacto porque conocía a Vera, sabía que era una mujer serena y reservada y el verla arrodillada abrazando los pies de Yuri, mojándolos con sus lágrimas y secándolos con sus cabellos gritando “gracias” al mismo tiempo, le hizo recordar el pasaje de un antiguo escrito religioso de hacía más de tres mil años atrás.

Yuri intentaba en vano tomar las manos de la enfermera para hacer que se pusiera en pie y la miraba con cierto temor. Jean comprendió que debía encargarse de Vera y ayudarla a recuperar la calma para que Yuri también encontrase la suya.

El capitán Leroy haló a la mujer de ambos brazos y le ayudó a ponerse en pie, justo en el momento que llegaron los doctores Giacometti y con gran asombro preguntaron casi al mismo tiempo.

—¿Qué está pasando? —Masumi fue el primero en entrar.

—Vera ¿qué sucede? —Chris juntó el entrecejo debido a la conmoción generada en el área de descanso.

—Doctor Christophe, estoy curada… ya no tengo el tumor. —Con las manos temblorosas y aún sujeta de Jean, Vera mostró la pantalla de su plegable—. Estos son mis resultados, esta mañana… hice la prueba… y no tengo nada. —Ella sonreía y lloraba sobrepasada por la emoción.

Chris observó los datos y revisó que Vera se había hecho dos exámenes similares con solo dos horas de diferencia. Ambos descartaban la presencia de la enfermedad. Chris pasó el aparato a su esposo y con el rostro muy serio preguntó.

—¿Cómo te curaste Vera? —El doctor Giacometti creía saber la respuesta.

—Fue un milagro que el joven Yuri hizo. —Vera volvió a suspirar con tanta fuerza que se vio obligada a llevar la mano al pecho—. Hace tres días entré a la habitación y no quise despertarlo así que sin que él se diera cuenta lo toqué y de inmediato desapareció la presión que sentía en el cuello y pensé que era solo un efecto placebo y luego cuando ya no sentí mi migraña pensé en saber si en verdad había sucedido lo que pedí al tocarlo y…

Vera calló cuando vio el rostro del comandante Cialdini aparecer detrás del personal médico que se había agolpado a la habitación. Ella como todos los miembros de esa unidad sabían bien lo que sucedería con Yuri en tan solo unos días más y conocían quién había dado las órdenes.

—Me alegro por usted Vera, significa que seguirá trabajando en el Amstrong en las siguientes misiones. —Ciadini se abrió paso entre la gente y cuando entró en la habitación se acercó a Yuri y mirándolo de frente le preguntó—. Nos gustaría mucho que nos dijera cómo curó a la dama, señor Plisetsky.

Al escuchar la pregunta y ver la intención real de la misma en los ojos del comandante del Amstrong, Yuri endureció su mirada y se puso en pie. Cuando sus pies descalzos tocaron el suelo su cuerpo tardó en estabilizarse y con solo extender la mano sintió que el fuerte brazo de Jean estaba allí para darle apoyo.

—No hice nada maldición… no soy un mago y mucho menos un milagrero. —Sin mirar a los demás empujó a Cialdini y siguió caminando rumbo al baño—. ¡Qué me miran malditos idiotas! ¡Váyanse a la mierda y déjenme en paz!

Un hombre santo jamás se expresaría con palabras tan duras y vulgares. Mucho menos trataría a las personas con furia y displicencia. Un hombre santo se manejaría por la tolerancia y la comprensión, el respeto y la amabilidad que merecen los seres humanos.

Yuri no era un hombre santo y sin embargo existía una mujer que aseguraba haber recibido un milagro de ese soez muchacho.

Jean lo ayudó a caminar hasta el baño y no le dijo nada pues no quería que Yuri también lo corriera a él.

Tocaba su carne, lo sentía respirar, notaba su calor y los temblores de su agotado cuerpo.

Jean vestía a Yuri intentado concentrarse en acomodar su traje oscuro o sujetar las agujetas de su calzado; pero en lo único que pensaba el capitán Leroy era saber cómo tratar a un muchacho que hacía prodigios que la humanidad creyó extintos desde hacía por lo menos unos mil años.

El respeto y cariño que Jean había expresado por ese hostil muchacho, se convertía desde ese momento en una verdadera expresión de fe y veneración. Él también hubiera querido ponerse de rodillas ante Yuri, aunque éste lo rechazara.

Sintió que los hechos que llevaban a Yuri a hacer lo que hacía rompían los estrictos paradigmas con los que había crecido y a la vez le abría por completo el corazón a un sentimiento desconocido y revelador.

Yuri era un ángel sin memoria, un ángel enjaulado, tal vez tenía dentro de sí el germen del salto evolutivo que la humanidad podría dar en el futuro.

Cuidar de ese ángel sería su nueva misión.

Notas de autor:

Hola a todas las lectoras del fic.

No en vano puse el paralelismo entre Yuri y Jesús, tengo entendido que Jean tiene una educación cristiana en el anime y estos hechos inexplicables le están dando un sentido más profundo a su vida, en especial en esa sociedad gobernada solo por la razón.

¿Qué decisiones piensan que tomarán nuestros personajes en los siguientes capítulos?

Gracias por leer y nos encontramos en la siguiente entrega.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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