Capítulo 9: Varios tipos


—No —fue lo que Yuuri respondió apenas logró destrabar su voz. No lo había dicho de forma del todo consciente ni con esa seguridad que le diría a cualquiera, sobre todo a Víctor, que hablaba en serio. En realidad, incluso hasta lo dijo con un tono de voz bastante bajo, como si realmente no pretendiera que Nikiforov lo escuchara. Sin embargo, este sí lo hizo y, en su camino hacia la salida, se detuvo, se giró para confrontarlo y le sonrió…  Pero no de una manera auténticamente amable, sino con esa sonrisa fría y plástica que auguraba un mundo ardiendo en el mismo infierno si no se hacía su voluntad. 

—No te pregunté.

Yuuri sintió un terrible escalofrío partiéndolo a la mitad cuando aquella voz gélida llegó hasta él y le impactó con violencia sus oídos. Después de eso, volvió a quedar mudo e incapaz de sostener su negativa. Justo por eso se encontraba así, cerca del amanecer, recostado boca arriba en su cama y con los ojos bien abiertos, incapaz de conciliar el sueño.

Claro que Yuuri siempre veía toda acción de Víctor Nikiforov con recelo, en espera de que algo malo hubiera tras eso. Por eso, lo de tener una cita con él no terminaba por encajar en ningún sitio de sus pensamientos, ni siquiera cuando el mismo Víctor se había encargado de darle pistas tan evidentes. Y no era tanto porque Yuuri de verdad no lo comprendiera, sino porque la posibilidad le parecía tan improbable y absurda, que ni siquiera dejaba que se formara en su cabeza. Por eso buscaba con desesperación explicaciones a tantos “por qué”, y por eso era incapaz de encontrarlos: no existía nada que le ayudara a comprender aquella cita de la forma en que él deseaba.

Al final, solo logró dormitar por un par de horas hasta que Phichit lo levantó para que almorzaran juntos. Yuuri se quedó con la boca seca cuando se dio cuenta que debía contarle a su amigo que ese día, extrañamente, iba a tener una “cita” con Víctor Nikiforov. Claro que en ese punto había aceptado ya que iría, no solo porque le quedó demasiado claro que las consecuencias no serían agradables si se rehusaba, sino porque necesitaba con desesperación la respuesta correcta a ese “por qué” y creyó que solo la encontraría con el mismo Víctor. De todas formas, no fue capaz de abrir su boca para contarle a Phichit la verdad. No supo por qué no se atrevió, por qué sentía esa ligera sensación de culpa y de que esa cita no estaba bien. Se imaginó que Phichit tal vez se molestaría con él y lo regañaría por su inconsciencia, especialmente por todo lo que él había tenido que padecer por su culpa. 

Yuuri apenas tocó el almuerzo y fue claro que su amigo notó que algo no andaba bien. Era imposible ignorar el aspecto cansado y esas ojeras que había bajo sus ojos, sumado a su falta de apetito que no era del todo usual.
—¿Estás bien?

—No. —Yuuri fue brusco con su respuesta, con esa fuerza que le había hecho falta para negarse a la cita con Víctor. Pero es que ahora esa simple pregunta le había abierto la posibilidad de solucionar su problema por el momento. 

—¿Crees que puedas hacerte hoy cargo del bar solo? 

Era una petición extraña viniendo de Yuuri, quien siempre procuraba no cargar la mano a Phichit con los asuntos del bar que creía solo le concernían a él, pues justamente era el responsable de estar metido en esa situación en primer lugar. Por eso, Phichit creyó que de verdad Yuuri se sentía muy mal como para pedírselo de esa manera. Sonrió.

—Claro, no te preocupes, yo me haré cargo de todo. Tú solo concentrate en descansar. 

Yuuri se sintió mal cuando Phichit tomó su mano y la apretó para demostrarle su apoyo. No, no le agradaba tener que mentirle de esa manera, pero esperaba que después de que todo ocurriera, pudiera explicarle una situación que en ese momento ni él comprendía.


Eran casi las siete de la noche, hora en que supuestamente Giacometti pasaría por él. Yuuri había pasado los últimos veinte minutos preguntándose sobre qué clase de ropa debería usar antes de darse cuenta que en realidad era una tontería. No consideraba eso como una cita real, con el propósito y significado correctos que se supone una debía tener, así que finalmente terminó por colocarse lo primero que encontró: una camisa rayada, un suéter de lana verdosa por encima y unos jeans desgastados. Después se recostó en el sofá a esperar los últimos minutos, con su vista fija en el celular mientras continuaba cuestionándose si de verdad iba a hacerlo.

A las siete en punto, su celular vibró por la entrada de una llamada. Yuuri respondió de inmediato y, como creyó, se trataba de Christophe anunciándole que ya se encontraba abajo esperando por él. Yuuri volvió a preguntarse tantas cosas cuando efectivamente vio al hombre de más confianza de Nikiforov recargado en la camioneta que este solía utilizar para desplazarse. Apenas Chris lo vio acercarse, abrió la puerta trasera para que pudiera subir. 

—Bienvenido, Katsuki. 

Giacometti lo escudriñó a detalle cuando pasó a su lado, aunque Yuuri no le tomó demasiada importancia a ese gesto, ya que se sentía demasiado incómodo y fuera de lugar como para que algo así le afectara. 

El principio del camino se tornó silencioso. Yuuri miraba por la ventanilla del automóvil, pero de vez en cuando dirigía su vista al frente y se encontraba con que Chris lo miraba por el retrovisor cada vez que tenía la oportunidad. Cuando sus miradas se encontraban, este le sonreía de vuelta, haciéndole saber que lo observaba. 

—No luces nervioso —comentó Giacometti en alguna de esas ocasiones. 

Y efectivamente, hasta que Chris no lo mencionó, Yuuri no se había sentido de esa manera. Era más su sensación de extrañeza, de que todo estaba fuera de lugar, como si estuviera consciente de que soñara pero aun así era incapaz de tomar el control de las cosas. 

—¿Por qué tendría que estarlo?

Yuuri lo pensó por sí mismo: ni siquiera se había detenido a pensar a dónde se supone que lo estaban llevando. Simplemente se había subido al vehículo sin cuestionar nada. ¿Acaso olvidaba que estaba hablando con hombres de la mafia?

—Yo lo estaría. 

Aquella respuesta le inspiró ese nerviosismo del que Chris hablaba. Yuuri se encogió en el asiento y comenzó a dimensionar todos los detalles de los cuales no se había percatado antes: los seguros de las puertas estaban abajo y ni siquiera se habían abierto los cristales, sino que el aire acondicionado fluía en su lugar. ¿Habría forma de escapar en caso de necesitar hacerlo? 

Chris, quien notó el cambio, usó todo su esfuerzo para no estallar en risas, sobre todo cuando sintió la mirada ansiosa de Katsuki sobre su nuca y, al mirarlo por el retrovisor, se percató de cómo parecía luchar consigo mismo para hablar o no. 

—Tú…  ¿sabes qué es lo que realmente quiere Víctor con todo esto? —Yuuri finalmente tomó valor para hacer esa pregunta, pese a que había una gran posibilidad de que la respuesta que recibiera no fuera verdadera. 

Chris, por su parte, hizo un gesto de triunfo al escucharlo. Desde que Yuuri subió a la camioneta, supo intuir que él no estaba muy consciente de lo que ocurría. Y con eso se daba cuenta que tuvo razón en sus sospechas. Si bien no había visto interactuar demasiado a ese chico con Víctor, conocía tan bien a su amigo y jefe que estaba por demás seguro que este ya había dejado muy en claro su interés por él. Le parecía divertido que Yuuri no se diera cuenta de ello, o que quizá no terminara de creérselo, tal vez sospechando unas segundas intenciones. Era tan lento que incluso lo volvió adorable a sus ojos. Si Víctor no estuviera ya interesado en él, tal vez no le hubiera venido mal intentar conquistarlo. Por supuesto, ahora era un territorio prohibido. 

—No te comas la cabeza, chico. Esto realmente es una cita cualquiera…  Ya sabes, una cita, eso que las personas hacen cuando están interesadas entre sí. 

Yuuri lo miró con un recelo evidente. 

—Pero eso no tiene sentido.

—¿Por qué no? A él le gustas, es bastante obvio que quisiera salir contigo. Creo que te ha hecho bastantes señales. 

Una calle más no fue suficiente para que Yuuri supiera cómo responder a eso. Se mantuvo en silencio, tratando de ver en sus recuerdos esas supuestas “señales” de las que Chris hablaba, pero para él todo encajaba en sospecha, en extrañeza, nada claro que le gritara en la cara algo que para los demás era tan evidente. 

Christophe detuvo el vehículo justo afuera de un edificio de diez pisos. Bajó primero, con rapidez, y abrió la puerta de Yuuri para permitirle finalmente salir.
—Él te está esperando arriba. Que disfrute su cita, Katsuki.

Yuuri sintió ganas de golpearlo al reconocer el tono de burla en sus palabras. Lo miró con el ceño fruncido, ganándose una sonrisa de su parte.
—Si se me permite preguntar… —Chris se recargó contra una de las puertas de la camioneta, mientras de su bolsillo extraía una cajetilla de cigarros—. ¿Qué es lo que más temes? ¿Que esto sea una trampa? O…  ¿que realmente sea una cita y su interés por ti sea genuino? ¿A ti te gusta? ¿Te parece apuesto siquiera? O, por favor, dime que no eres tan ciego.

Chris encendió un cigarrillo y dio una calada en espera de una respuesta. Por alguna razón, Yuuri solo se quedó con la última pregunta rondando en su cabeza y todos sus pensamientos se volcaron en revivir el momento exacto en que Víctor Nikiforov alzó un arma hacia él y le disparó… Cuando vio su cabello platino agitarse con las ondas expansivas de la detonación y ese brillo efímero que no solo iluminó el azul profundo de su mirada, sino su sonrisa llena de gozo y placer. Un escalofrío le recorrió la espalda y sintió una presión en el estómago y pecho, esas mismas que fueron un réplica exacta de las que sintió en aquel momento. Yuuri sacudió un poco la cabeza para eliminar esa escena, pero, sobre todo, eliminar lo que esta le hacía sentir. 

—Es…  alguien que ha matado a muchas personas. ¿Qué importa si lo es o no? —Yuuri quiso sonar desinteresado y comenzó a caminar hacia el edificio, buscando no ser bombardeado con más preguntas. Trataba de convencerse a sí mismo que su mayor miedo era estarse dirigiendo hacia la boca del lobo. Por supuesto, no lo era del todo.

—Eso no te ha detenido a ti de ser su socio y ser tan… —Christophe masticó un poco sus palabras— considerado con él.

Yuuri se detuvo de golpe y lo miró de vuelta. Su cuerpo titubeó un poco, así como sus labios al abrirse de nuevo. 

—No es como que tenga muchas opciones para escaparme de esto. Cometí un error y ahora debo lidiar con eso.  

Chris soltó una suave risa. 

—No lo has lidiado muy bien. No creo que alguien lo bastante consciente se atreva a retar al mismo Víctor Nikiforov como tú lo haces. Tienes los huevos para escapar y estoy bastante seguro que has tenido la oportunidad para hacerlo. Entonces, ¿por qué no lo has hecho? —Giacometti dejó escapar lentamente el humo de su cigarro. 

Yuuri iba a protestar… hasta que recordó a Leroy, el mismo cuya existencia había olvidado desde hacía un par de semanas, junto con el ímpetu que tuvo antes de buscarlo para aceptar su trato, aunque no de la forma en que él se lo había propuesto, sino con sus propias condiciones: que dejara a Phichit escapar mientras él…  él se quedaba con Víctor. 

—¿Es usted Yuuri Katsuki? 

Yuuri se sobresaltó al escuchar esa voz a su espalda. Al voltear, se encontró con un hombre alto, de semblante algo seco y malhumorado, y vestido con un traje a botones parecido a los que se usaban en hoteles de lujo. Era el portero y guardia de ese edificio, aunque Yuuri en ese momento no tenía forma de saberlo.
—¡Sí! ¡Lo es! —respondió Chris al darse cuenta de que Yuuri no parecía tener intención de hacerlo. El portero entonces asintió. 

—Sígame, el señor Nikiforov ya lo espera arriba. 

Yuuri le dio un último vistazo a Chris, pero este ya no lo observaba de vuelta; toda su atención se había concentrado en su celular. 

El hombre lo guió dentro del edificio, justo al elevador que se encontraba a tan solo unos metros de la recepción. Cuando lo hizo llamar y las puertas se abrieron, permitió que Yuuri entrara primero y después lo hizo él. Fue el encargado de seleccionar el piso diez, el último, para que el elevador comenzara a ascender.

Yuuri cerró los ojos durante unos segundos mientras contenía un suspiro profundo. No sabía de qué modo tomar la pequeña conversación que había tenido con Giacometti. En ese momento repasaba cada una de sus palabras y, aunque algunas cosas comenzaban a tomar un poco de sentido, todavía le costaba creerlo. Le era inimaginable considerar que las cosas podían ser tan sencillas con Víctor. No, seguía pareciéndole impensable. Agitó un poco su cabello y lo lanzó hacia atrás, más como un gesto nervioso a que realmente hubiera deseado peinarlo de esa manera. 

La subida al décimo piso le pareció eterna y, cuando las puertas se abrieron, creyó quedarse sin aliento. No se movió hasta que el portero le hizo una señal para que saliera. Yuuri pensó que él hombre bajaría junto con él y lo terminaría de guiar al sitio donde Víctor se encontraba, pero no fue así: este se mantuvo dentro del elevador y solo le deseó una agradable noche antes de que las puertas se cerraran y lo dejara solo en ese piso, sin saber a dónde ir. 

Yuuri se mantuvo de pie ahí, frente al ascensor cerrado y girando sobre sí mismo para detallar lo que se encontraba a su alrededor. Se dio cuenta que él único sitio posible al cual dirigirse era hacia el frente, hacia una puerta de cristal que, de lejos, parecía abierta y de dónde provenía una música instrumental suave. Sin más alternativas, Yuuri comenzó a caminar en esa dirección con mucha lentitud hasta que logró divisar con mayor detalle que esa puerta parecía ser la entrada a un balcón y que, en este, se encontraban una mesa y dos sillas dispuestas justo en medio, una sobre la cual estaba Víctor sentado. A pesar de que le daba la espalda desde ese punto, supo que se trataba de él por su cabello platino, aunque en ese momento parecía haberlo trenzado y enrollado sobre su cabeza para crear un bulto. También notó el traje que tenía puesto, el cual no era el usual negro o gris que solía utilizar: no, ese lucía más casual, sin dejar del todo un aire elegante, con un saco rojo que, por supuesto, no todos se atreverían a usar, en combinación con un pantalón oscuro y zapatos de vestir blancos. 

—¿Qué? ¿Te quedarás ahí toda la noche?

Le sobresaltó escuchar la voz de Víctor tan de repente, sobre todo porque este no se giró a mirarlo si no hasta que terminó de hablar. Después se levantó y Yuuri pudo notar con mayor detalle su aspecto: no llevaba corbata y varios mechones de cabello le caían sobre el rostro. 

—Bienvenido, Yuuri. ¿Qué te parece?

Víctor lo invitó a pasar para que observara con mayor detalle como había dispuesto ese escenario: la mesa estaba cubierto por un mantel fino de color marfil y sobre esta se encontraban acomodados ya unos platos y varios cubiertos, así como copas de cristal vacías. Había un arreglo justo en medio, hecho con una vela roja encendida y rodeada de botones de rosas frescas.

Yuuri se movió, pero no caminó hasta su asiento, mismo que Víctor indicó con su brazo, sino que se acercó al barandal, el cual estaba adornado con enredaderas y flores que daban un peculiar y agradable aroma. Sin embargo, lo mejor era la vista de la ciudad: sin duda era hermosa, sobre todo en ese momento que casi terminaba de anochecer y las luces comenzaban a encenderse como estrellas al fondo de un manto oscuro.

—Es hermoso.

—Espero no te moleste que yo haya decidido la cena esta vez. 

Yuuri dudó un poco, pero finalmente terminó por ir a su asiento. Claro que la belleza de la escena no había sido suficiente para apaciguar su incomodidad y extrañeza, sobre todo esa que Chris había profundizado más. Tomó un silencioso respiro, pero con eso reconoció un olor frutal más concentrado: se dio cuenta que no provenía de las enredaderas, sino del mismo Víctor. Yuuri tuvo que admitir que el aroma era delicioso. 

Una vez tomó lugar, Víctor hizo sonar una campana dorada. Yuuri no supo muy bien de dónde es que un mesero provino y llegó hasta ellos con una pequeña mesa de servicio con ruedas. Sobre esta había un par de platos ocultos con tapas tipo campana, mismos que el hombre dispuso enfrente de cada uno. Levantó la tapa y descubrió su contenido: un pedazo de carne, tal vez de cerdo, que parecía haber sido cocinado a las hiervas y que se encontraba acompañado de un poco de verdura al vapor y arroz. Sin duda el aroma que llegó hasta Yuuri le resultó exquisito. Después el mesero le sirvió una copa de champagne espumoso. Al ver que no hizo lo mismo con Víctor, fue cuando notó que este bebía ya de un vaso que parecía contener whisky.

—¿No tomarás? —preguntó apuntando hacia el champagne.

—No me gusta. Su sabor es bastante ligero para mí. Por eso supuse que tal vez a ti te gustaría. 

Yuuri miró con cierto recelo la copa que habían servido enfrente suyo. Era obvio que, aun con esa explicación y que veía a Víctor tomar whisky como siempre solía hacer, sospechaba que había algo extraño en todo ello. Víctor suspiró con calma, intuyendo lo que pasaba por la cabeza del otro.

—No tiene nada. —Víctor hizo una seña al mesero para que también le sirviera un poco y bebió todo el contenido de un solo sorbo—. ¿Ves? Anda, toma. O puedo pedir otra cosa si prefieres. 

Lo pensó un poco, pero finalmente Yuuri lo probó. Se daba cuenta que se encontraba sediento y que tal vez necesitaba algo que le ayudara a poner en lugar sus pensamientos. No acostumbraba beber, en realidad, era la primera vez que lo hacía y ciertamente el gusto del champagne le agradó más de lo que había llegado a imaginarse. Bebió su contenido en poco tiempo y como el mesero se había retirado ya, fue Víctor quien se encargó de volver a llenar su copa, no solo en ese momento, sino en todas las que fue necesario.

Pese a lo que pudiera esperarse, el alcohol no le ayudó a relajarse del todo. Yuuri se encontraba tenso de tener a Víctor justo enfrente suyo, aún desconfiado de sus intenciones. Incluso, al momento en que tomó los cubiertos y cortó un pedazo de carne, aunque esta era jugosa y blanda, el cuchillo se resbaló de su mano y provocó que el pedazo recién cortado saliera disparado de su plato. Yuuri de inmediato miró a Víctor con temor, esperando un reclamo como si se tratara de su padre, pero este fingió no darse cuenta y se entretuvo en comer de su propia porción. Además, intentó disipar la tensión que también era latente para él. 

—¿Dónde aprendiste a pelear, Yuuri? —preguntó Víctor tras limpiar sus labios con una servilleta de tela. Claro que lo sabía, en parte, gracias al informe que Plisetski había hecho para él después de investigar a detalle gran parte de su vida. No era que realmente Yuuri hubiera aprendido de forma voluntaria a pelear, era que la vida al parecer lo había obligado a que lo hiciera por las malas—. Fue impresionante cómo lograste detener a esos hombres el otro día.

Yuuri lo miró en silencio durante unos segundos antes de comprender a qué se refería. 

—Ah, la pelea. No fue nada. Fue sencillo porque ambos estaban borrachos. 

Vaya, modesto. Aun en esa situación, no cualquiera hubiera sido capaz de controlarlos como Yuuri lo hizo. Víctor dejó unos instantes de silencio, esperando más detalles, una respuesta más concreta a su primera pregunta y que permitiera la conversación fluir de manera natural, pero Yuuri no agregó más. Víctor volvió a intentarlo, con otras preguntas más sobre su pasado o sus gustos que, si bien ya conocía, deseaba escuchar de la propia boca de Yuuri, pero este no aportaba en absoluto a sus intenciones: sus respuestas eran cortas, evasivas, con las cuales no se podía avanzar a ningún sitio. 

Era gracioso que Yuuri sintiera esa conversación como una especie de interrogatorio cuando era él mismo el culpable de provocar ese efecto. Hubo un momento en que Víctor se concentró solo en comer, intentando reacomodar las cosas en su cabeza para darle un giro a esa cita. Ante el súbito silencio, Yuuri alzó su mirada y lo observó con atención: los mechones de cabello que caían sobre el rostro de Víctor le daban un aspecto algo delicado, podría atreverse a decir que incluso femenino. En realidad, era su peinado en general lo que provocaba esa imagen. De esa forma no parecía el líder de alguna mafia, parecía incluso haber perdido esos rasgos gélidos y plásticos que hablaban sobre un hombre capaz de traer el infierno a la tierra. Ahora le parecía amable, apacible. ¿Acaso lo había hecho a propósito para provocarle esa sensación? Yuuri se sonrió nervioso, tal vez estaba tomando la situación con demasiada paranoia. 

Víctor se sintió observado y de inmediato apoyó sus brazos en la mesa para mirar a Yuuri de forma tan detallada como él lo hacía. Y como siempre, este le sostuvo la mirada, aunque no había intenciones de retarlo como en otras ocasiones, sino que parecía más interesado en tratar de leerlo. Víctor quiso hacer lo mismo. Ciertamente le sorprendió la vestimenta algo descuidada y simple que Yuuri utilizó para ese día. Admitía que lo esperaba por lo menos con algo de ropa un poco más formal. Dentro suyo deseaba que ese detalle le desagradara para tener una excusa perfecta de desinteresarse de él y sacarlo de su cabeza, pero la verdad era que realmente no le había molestado. Al contrario, era algo que tal vez debió esperar de él, algo como muy suyo…  Muy Yuuri. Y eso le gustaba. 

Después de unos momentos en que ambos permanecieron de esa forma, sin decirse nada, sin mover uno de sus músculos más que para pestañear un par de veces, Yuuri fue el primero que terminó por ceder con la presión de sus propias dudas. Había escuchado ya la versión de Christophe: necesitaba escuchar la de Víctor. 

—¿Por qué estoy aquí?

Víctor alzó una ceja. ¿De verdad todavía no lo entendía?

—Es una cita, no hay nada más que eso. ¿Por qué crees que las personas salen a citas, Yuuri?

Las palabras de Chris retumbaron en su cabeza, haciéndolo vibrar desde sus entrañas. Yuuri sonrió nervioso, asfixiado, y reacomodó sus anteojos sobre la nariz. 

—Eso es imposible.

—¿Por qué imposible?

Yuuri no supo cómo responder porque era bastante obvio. ¿En qué momento de su vida pudo llegar a aspirar salir a una cita con el líder de una mafia? Nunca, en ningún universo posible. Víctor sonrió con interés y, aún apoyado en sus brazos sobre la mesa, se inclinó un poco hacia él, tratando de acercarse más. 

—¿Por qué imposible? —repitió la pregunta de una manera más lenta, como si deletreara cada una de esas sílabas. 

—¿Por qué alguien como tú estaría interesado en mí? 

A Víctor le causó gracia que Yuuri no pudiera responder su pregunta, sino que le hiciera otra a cambio. Le gustaba el juego, sobre todo ver quién sería el primero en ceder. 

—Ah, ¿entonces me consideras un hombre inalcanzable o algo así? —se atrevió a ello y el desconcierto de Yuuri en ese punto le supo dulce, tanto que no pudo soportar las ganas de levantarse de su silla y acercarse a él.  

—No…  yo…  

Las palabras de Yuuri desaparecieron cuando Víctor tomó su barbilla e hizo que alzara su rostro hacia él. Y se acercó tanto, a un punto en que pudo saborear su aliento con ese ligero gusto a la carne que estaban consumiendo. Había decidido desde antes que ese sería el día para hacer su jugada, soltar todas las apuestas y descubrir si su atracción podía ser correspondida, y si es que acaso podría olvidarse pronto de él. Claro que su plan era esperar hasta que la cena terminara, no en medio de esta. Pero la oportunidad se había vuelto perfecta, ¿por qué esperar?

—Y si te muestro que estoy por completo a tu alcance, ¿qué harías, Yuuri? ¿Lo creerías al fin?

Los rostros de ambos se acercaron por completo, transgredieron sin control ese espacio que ya era propiedad del otro, y sus labios terminaron por estar tan juntos… 

Sin embargo, Víctor no tenía intención de besarlo, no aún, y justamente por eso no supo por qué fue incapaz de retroceder y detener esa invasión. Y, sobre todo, no supo de dónde demonios nació el impuso por lamer la mejilla de Yuuri, muy cerca de la comisura de sus labios, donde un rastro jugoso de la carne había quedado convertida en una pequeña mancha. 

Para Yuuri eso fue como un impacto eléctrico que lo devastó por completo. Desvío de golpe su mirada, empujó su silla hacia atrás y, sin saber muy bien lo que hacía, tomó la copa de whisky de Víctor en lugar de la suya de champagne, y bebió de una vez todo el contenido. El gusto fuerte a alcohol rasgó su garganta y lo hizo toser.

Víctor regresó a su asiento, sintiéndose también algo desorientado y con los latidos de su corazón retumbando en la cabeza. No había querido hacer eso y, sin embargo, lo hizo sin siquiera meditar en sus acciones… O las consecuencias. Era una de las muy pocas ocasiones en que no había podido controlarse a sí mismo, en que sencillamente había dejado fluir todo sí sin pensarlo. Y eso era muy peligroso para alguien como él. Tal vez, después de todo, esa cita no había sido la mejor de sus ideas. 

—Creo que estás equivocado, yo no estoy…  

Yuuri cerró sus ojos con fuerza y se calló. Un mareo lo hizo vibrar, sentir que sus pies y la firmeza al suelo se descalibrara aun cuando se encontraba sentado y era obvio que no caería. El whisky que tomó de golpe no le había sentado para nada bien, sumado a todo el champagne que ya se había acumulado en su sistema desde antes. Era la primera vez que se sentía así de ebrio y, sin duda, era el peor momento para estarlo. 

Víctor observaba todo sintiendo un ligero pánico acumularse en su pecho y supo que todo se había ido a la mierda cuando Yuuri cubrió su rostro con las manos y, entre ellas, rogó con voz temblorosa por ir a casa. Sí, sin duda todo eso había sido un completo desastre y continuar lo volvería peor. Víctor extrajo su celular y comenzó a escribir un mensaje para pedirle a Chris que viniera a recoger a Yuuri. Pero antes de terminarlo y enviarlo, escuchó un sollozo por parte del otro y su corazón se encogió de golpe: ¿Yuuri estaba llorando? Tuvo miedo cuando alzó la vista y efectivamente encontró a Yuuri mirándolo mientras varias lágrimas escapaban por sus ojos.

Ahora era Víctor quién no comprendía qué demonios estaba ocurriendo y Yuuri ciertamente tampoco lo hacía. Se sentía cada vez más mareado, más fuera de lugar, y sentía como si el corazón se le hubiera subido a la cabeza y ahí estuviera a punto de explotar. Era el exceso de alcohol, sin duda alguna, sobre todo para un cuerpo que no estaba para nada acostumbrado a él. Por eso el miedo terminó por expulsarse a través de sus poros, en lágrimas y en palabras que le fueron imposibles de contener. Lo que Yuuri siempre intentó ocultar, escapó sin control de sus labios…  Y se descubrió a sí mismo desnudando cada uno de sus temores ante el hombre menos apropiado.

—Es imposible que te guste. Me has hecho daño. Has querido lastimar a Phichit y… Solo quieres hacerlo. Solo quieres quedarte con el bar. Solo quieres deshacerte de mí…  y lo harás algún día. Algún día…

—¿Qué? 

Claro que todo aquello descolocó a Víctor por completo… Y lo hizo enfadar, muchísimo. ¿Solo había estado perdiendo el tiempo? Imposible para él era creer que Yuuri no terminara de comprenderlo aún, con todo lo que había hecho, con todas la insinuaciones tan obvias…  ¿Por qué seguía negándose a ello cuando solo le faltaba gritarselo en la cara? Dejó el celular en la mesa y se levantó, estirándose para tomar el rostro de Yuuri entre sus manos. Con un movimiento brusco lo hizo callar.

—¿De qué demonios hablas? Yo no quiero lastimarte ni quiero quedarme con el bar. Si quisiera hacerte algo no tendría que planear todo este maldito teatro para lograrlo. Solo haría falta que se lo ordenara a alguien y nunca nadie más volvería a verte. —Yuuri apretó los labios, provocando que las lágrimas se volvieran más abundantes—. ¡Oye! ¡No! —Víctor presionó más las mejillas contrarias, aplastandolas un poco entre sus manos. Era una persona que no sabía cómo lidiar con las lágrimas de otros y en ese momento se encontraba desesperado: no sabía cómo calmar a Yuuri—. ¿Quieres saber por qué estás aquí? ¡Porque me gustas! ¡En serio me gustas! Y no dejas de rondarme en mi maldita cabeza cada segundo del día. Solo quería descubrir que no eres tan…  

Víctor miró los lentes empañados de Yuuri  y cómo sus mejillas se habían sonrojado, y así, apretadas, parecían un poco más regordetas de la usual. Y sonrió, sonrió sintiendo esa molestia de instantes antes mitigarse un poco. Yuuri era un desastre en ese momento y que le pareciera adorable incluso así no era una buena señal. Deslizó sus dedos pulgares por las mejillas contrarias para limpiar esas lágrimas que continuaban desplazándose. No, Yuuri no era Alexis, y justamente ese era el problema, que Yuuri tenía muchas más facetas que él y estaba descubriendo que todas ellas le fascinaban: el Yuuri que lo retaba, el Yuuri que era pura fortaleza, el Yuuri que reía junto con él, el Yuuri que desobedecía, el Yuuri que le temía, el Yuuri que, a pesar de eso, se subía los pantalones para enfrentarlo y se esforzaba por ocultar su temor…  Y ahora el Yuuri que lloraba y que no comprendía, que no quería comprender.  

—Fantástico…  —agregó Víctor al final—. Me gustas, de verdad me gustas. —Aquello último fue más como una verdad para sí mismo.

Finalmente suspiró y soltó el rostro contrario para después volver a su asiento. Yuuri lo observó fijamente, entre una extraña mezcla de sorpresa, confusión y un estado de shock que lo mantuvo con sus labios ligeramente abiertos.  

—Llamaré a Chris para que te lleve a casa.

Sí, era todo un desastre. 

Masajeó el puente de su nariz mientras marcaba el número. Ahora Víctor se sentía tenso, como ni siquiera en momentos de extremo peligro llegó a sentirse antes. Colocó el teléfono contra su oreja y esperó solo dos timbrazos antes de que fuera atendido. 

—Chris… —Pero solo fue capaz de pronunciar aquel nombre, pues Yuuri se había acercado hasta él y estirado su brazo para obligarlo a bajar el teléfono. Después tomó el mismo, provocando que sus dedos se entrelazaran un poco hasta que la distancia entre ambos se volvió inexistente…  Y sus labios se unieron.

Ahí estaba el Yuuri que hacía cosas impredecibles. 

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