Capítulo 8: Contaminación


Era un momento por demás incómodo e irreal para Yuuri, sobre todo porque Víctor Nikiforov, el mismo que ya un par de veces había alzado su arma en contra suya, lo miraba con una extraña expresión de súplica y le hacía señales para que se sentara a su lado y lo acompañara en su dolor. Yuuri no entendía por qué, de entre toda la gente que se encontraba a su lado en esa habitación, Víctor pidió que exclusivamente se quedara ahí con él… A solas. Pese a las insistencias contrarias, Yuuri no se sintió seguro de moverse en ninguna dirección, siquiera para irse de ahí. Estaba demasiado descolocado, como si sintiera que dar un paso en falso en ese momento lo haría caer inevitablemente al vacío. 

—¿De verdad alguien vendrá pronto?

Yuuri no sabía si realmente se sentía inquieto por esas pequeñas heridas sangrantes que veía en el cuerpo y rostro del otro o por el sencillo hecho de encontrarse a solas con él. 

—Sí, sí, ella no debe tardar. Por eso no tenemos mucho tiempo.

—¿Tiempo para qué? 

Ahí estaba, sabía que todo eso tenía una razón oculta. Yuuri tragó seco, preguntándose qué era lo que Víctor planeaba ahora con él. 

—Platicar.

Por supuesto, no era lo que esperaba escuchar, y justamente por eso aquello le hizo mantener cierto recelo en su mirada. Todo era tan extraño, tan… fuera de lugar. Víctor suspiró algo exasperado, provocando que el mechón largo de cabello que le caía sobre el rostro volara un poco con el aire. No, no se molestaba que Yuuri se comportara así con él. En realidad, era bastante lógico considerando todos los roces que habían tenido hasta entonces. Incluso pensaba que si estuviera en su lugar, se sentiría de una forma parecida: no podría confiar en él. 

—Me duele mucho, solo quiero distraerme. —Víctor era realmente sincero con su deseo.

—¿Y por qué conmigo?

—¿Tiene que haber una razón? —Aunque sí lo había, en ese momento Víctor no estaba de humor para siquiera insinuarla, solo de verdad deseaba distraerse y deseaba que Yuuri fuera quien lo ayudara con eso—. Por favor… 

Yuuri sintió un nudo en la garganta. Víctor en serio le estaba rogando. Aunque sabía que él era excelente para mantener la compostura y saber actuar de otra manera en los momentos más oportunos, algo en su mirada brillosa, como si estuviera a punto de llorar, le hizo sentir que era sincero. Y era tan extraño, tan opresivo ver a Víctor Nikiforov comportarse como un cachorrito herido que rogaba por atención y cariño… Por su atención y cariño.
Yuuri suspiró. 

—Espera. —Fue puntual, brusco, y se giró sin darle la oportunidad a Víctor para evitar que saliera de la habitación.

Nikiforov estaba seguro que no iba a volver y, aunque podía ordenarle a cualquiera de sus hombres que fueran tras él y lo trajeran de vuelta, sabía ya que ese no era el modo en que podría llegar hacia él. Al contrario, provocaría que no quisiera acercarse más. 

Lentamente se recostó en el sofá. Todas sus heridas vibraban de dolor en ese instante y de verdad estaba haciendo un enorme esfuerzo por no quejarse de forma abierta. Sabía que en muchos de aquellos agujeros, las piezas metálicas se encontraban todavía ahí, incrustadas e impidiendo la cicatrización. Cerró los ojos, suspiró profundo, sintiendo el palpitar de su corazón aumentar conforme el dolor lo hacía también. ¿Cómo había sido tan idiota para permitirse bajar la guardia de esa manera? Yuuri… maldita sea, Yuuri no le estaba ayudando en nada, comenzaba a perjudicar su concentración y los asuntos que debían ser relevantes para él en ese momento. Las negociaciones para robar los socios más importantes a su padre habían fracasado por completo y sabía que lo que le había ocurrido tenía que ver con el hecho de que su padre se había enterado ya de sus intenciones. La trampa fue justamente la comprobación de sus sospechas. Un artefacto rudimentario, bastante absurdo y obvio, enviado a la puerta de su casa solo con la intención de darle una advertencia más que lastimarlo en realidad. Seguro que su padre no lo creía lo bastante idiota como para caer en algo así. Gran vergüenza que él se llegase a enterarse que realmente pudo herirlo con eso, que incluso estuvo cerca de asesinarlo. Aunque Víctor sonrió un poco con la idea: lo peor que podía pasarle a su padre era que él muriera. 

De todas formas, eso no quitaba el sabor insípido de su boca tras el enorme error que había cometido y todo a costa de que le fue imposible purgar la presencia de Yuuri en sus pensamientos. ¿En qué momento había dejado que alguien lo contaminara de esa manera? Ni siquiera la muerte de su madre logró desviar tanto sus pensamientos de su objetivo, al contrario, fue un impulso para salir adelante y mandar al resto de su familia a la mierda. Antes no le molestaba la idea de tontear un poco con Yuuri, sobre todo porque él era lo suficiente interesante y duro para no dejarse caer con facilidad y percatarse de sus verdadera intenciones, pero ahora que resentía en su propia carne las consecuencias de eso, ya no estaba tan seguro de que tan buena idea era continuar con todo. ¿Valía la pena un poco de ese jugueteo a costa de su propia seguridad y de todo lo que había construido hasta ese momento? Por supuesto, a su percepción, ninguna persona lo valía, menos alguien cuyo interés nacía por circunstancias tan…  superficiales. Tenía que aprender que enamorarse era lo peor que podía pasarle en un negocio como el suyo. Distracciones innecesarios que un simple acostón no valían la pena.

Y, sin embargo, sus ojos se abrieron de golpe al escuchar la puerta abrirse, con la esperanza latiendo en su corazón de que se tratara de Yuuri. Claro que no fue así: la figura de Plisetski se encontraba en su lugar. 

—En serio, ¿qué planeas? Esto te pasa por su culpa y todavía…

Víctor, con dificultad, alzó el brazo hacia él en señal de que guardara silencio. Su mirada se había afilado en advertencia, aunque una que muy pocas veces lograba tener efecto en el más joven. 

—No estoy de humor para escucharte. Si no vas a decir o hacer nada de ayuda, mejor sal y llámala para saber si ya terminó con Bonny.

Plisetski se mantuvo recargado en el marco de la puerta, mientras su vista se mantenía fija sobre Nikiforov. Finalmente chasqueó la lengua, rodó sus ojos y caminó fuera de la habitación mascullando en voz alta para que Víctor pudiera escucharlo. 

—¡No voy a llamar a esa bruja!

Claro que una vez se encontró fuera y la puerta se cerró detrás suyo, sacó su celular y realizó la llamada.

Víctor solo pudo cerrar sus ojos una vez más, mientras un silencioso suspiro escapó de sus labios. Intentó dormitar un poco mientras esperaba, pero las punzadas de dolor que sentía en varias partes de su cuerpo se lo impedían al traer de forma violenta su consciencia a flote. Comenzaba a perder la paciencia, sobre todo ahora que se encontraba solo y no tenía con quien distraer su sufrimiento; no obstante, un par de segundos después se escucharon unos suaves golpes a la puerta, misma que se abrió tras eso. Supo de esa forma que no se trataba de nuevo de Yuri, ya que él solo entrataría sin anunciarse, por lo que creyó que sería al fin Mila. Sonrió con un gesto de alivio, pero al abrir sus ojos, se encontró nuevamente con alguien distinto a quien creía: era Yuuri. Su sorpresa se hizo mayor al notar que sobre su mano sostenía un vaso de cristal cuyo contenido no logró identificar a simple vista. Era transparente… ¿Acaso era agua?

—Bébelo.

Yuuri lo extendió hacia él. Con dificultad, Víctor se sentó de nuevo en el sofá y lo recibió entre sus manos. Con la cercanía, el olor le llegó por fin y de esa forma supo que en realidad era vodka. Enarcó una ceja, sin comprender bien qué significaba eso. Él no le había pedido a Yuuri que le llevara alguna clase de bebida. 

—Te ayudará a aguantar un poco el dolor. 

Con aquella aclaración, Víctor tomó el contenido sin protesta. Lástima para él que estaba acostumbrado a tragos fuertes y necesitaría más que un solo vaso para que surtiera el efecto que Yuuri esperaba, pero no quiso desairar su intención. Al contrario, le sonrió en genuino agradecimiento cuando le devolvió el vaso vacío. 

—Gracias.

Víctor no había insistido de nuevo en que Yuuri se sentara a su lado y, aun así, él lo hizo por su propia cuenta después de unos segundos en que ambos se miraron en un incómodo silencio. Era bastante obvio que él todavía dudaba de todo lo que estaba sucediendo, el por qué Víctor lo quería ahí sobre cualquier otra persona. Sin embargo, el propio Nikiforov se sentía más que complacido con la cercanía. Era una de las muy contadas ocasiones en que se encontraban tan cerca el uno del otro, sin contar cuando Yuuri se interpuso para que no le disparara a Phichit o aquella plática en el bar, cuando quería recuperar su copa vacía para que le sirviera más. Incluso se tentó en colocar su cabeza sobre el hombro ajeno, pero supo que eso sería demasiado. Pensó en solo cerrar sus ojos y esperar, disfrutar ese calor ajeno que le provocaba hormigueos cálidos y agradables sobre su hombro y brazo derecho; no obstante, miró al chico a su lado al sentirse observado por ese par de ojos que habían comenzado a escudriñarlo con bastante atención, sobre todo en cada uno de esos agujeros sobre su carne. Víctor pudo adivinar la duda que se dibujaba en su mirada sobre la procedencia de todo eso. 

—Puedes preguntar. 

Yuuri respingó y con rapidez desvió su mirada hacia el otro lado. Había sido bastante obvio sin que lo notara. Sin embargo, la curiosidad pudo más que su sentido común, sobre todo porque la actitud de Víctor en ese momento le daba algo de seguridad para hablar. 

—¿Qué ocurrió?

—Un atentado contra mí, ya sabes, gente que me quiere muerto. 
Había liviandad en sus palabras, como si el esperar que algo terrible pudiera pasarle algún día fuera un pensamiento tan cotidiano que había dejado de tener efecto en él. Y seguramente era así. 

—Error mío en realidad, estaba distraído. 

—¿Con qué? 

Víctor se tentó en responder con la verdad, pero finalmente se abstuvo. No sabía si eso sonaría como una queja, aunque de alguna forma lo era.

—Algo… que no deja de rondarme en la cabeza…

Porque Yuuri Katsuki contaminaba cada uno de sus pensamientos, sobre todo ahora, cuando se sentía tan satisfecho con el rumbo que su última conversación con él había tomado. Supo por el rostro que hizo Yuuri cuando dejó caer su última afirmación que el efecto había sido más profundo de lo que pretendió. Era obvio que él no lo entendía, no aún, pero se encargaría de que las cosas tomaran sentido para él muy pronto.

Ese día llegó a casa mientras en su cabeza rememoraba cada palabra de aquella conversación. Chris estacionó el vehículo justo afuera del pequeño edificio donde vivía, conformado por varios departamentos, todos de su completa propiedad. Algunos se encontraban vacíos, otros eran rentados por algunos de sus propios hombres y socios. Aquellos de más confianza, por supuesto.

Víctor bajó del vehículo y no respondió al saludo del portero. Pensaba sobre las ganas que tenía de ir al bar y volver a ese jugueteo de acosar a Yuuri con la mirada hasta que este se diera cuenta de su presencia. Sí, definitivamente iría; tomaría un baño rápido y le pediría a Chris que lo llevara. El portero le advirtió sobre el paquete extraño que había recibido: Víctor movió su cabeza, agitó apenas su cabello en un movimiento extraño que nadie diría que fuera una respuesta positiva. Pensaba en cómo Yuuri le sostendría la mirada, como frunciría su ceño mientras ambos comenzaban una batalla visual. Después un corto “sí” escapó de sus labios y varios pasos más adelante, a lado del elevador, se encontró con un paquete colocado cerca de una planta decorativa.

“¿Por qué está aquí?”. Recordó la palabra “paquete”, en que alguien recién había mencionado sobre ello. El resto no lo pensó demasiado, pese a que en cualquier otra ocasión hubiera tomado la previsión de que uno de sus hombres, y no él, tomara esa caja y lo registrara. No estaba esperando nada concreto y, de hacerlo, no lo enviaría a su propio hogar, sino a un punto más seguro. Era tan obvio, y aun así no se dio cuenta, porque pensaba en Yuuri, en el café de sus ojos, en ese fuego que siempre veía chispear cada vez que lo miraba de vuelta… Y cómo eso sencillamente le fascinaba.

Se inclinó y sostuvo el paquete entre sus manos. Después un pitido, un sonido de algo metálico moviéndose en el interior y que provocó que la caja vibrara en sus manos. Fue entonces que se percató de todo, pero era ya demasiado tarde: el paquete explotó y decenas de detonaciones metálicas se incrustaron en su cuerpo. Tuvo suerte que si él no reaccionó a tiempo, alguien más sí lo hiciera: uno de los guardias del edificio, apodado Bonny, logró acercarse y empujar la caja justo antes de que esta estallara… Su mano quedó destrozada por la metralla metálica, recibiendo los impactos más cercanos y numerosos. Lo que terminó por herir a Víctor fueron los restos, mismos que se repartieron sin tanta fuerza por su cuerpo, con la suerte de no sumergirse en algún punto vital.

Por supuesto, desde una primera impresión, la herida de Bonny era mucho más alarmante que las que Víctor había recibido, por ello ordenó que llamaran a Mila y que ella atendiera a su guardia primero antes de acudir con él. De igual forma, como había sido un obvio atentado colocado justo en la puerta de su casa, ambos fueron llevados a puntos más seguros. Víctor pidió de inmediato que a él lo llevaran al bar, porque… claro que sí, estaba pensando en Yuuri.

Yuuri no supo por qué, al sentir la mirada de Nikiforov puesta sobre él, tan penetrante y profunda como el mismo mar, durante un segundo sintió quedarse sin aliento. Él lo intuyó a peligro y creyó que tal vez estaba indagando en asuntos peligrosos de los cuales era mejor no conocer más. De todas formas, fue imposible que no mirara de vuelta a Víctor y entrecerrara los ojos con un gesto adolorido, imaginándose lo que él debía estar sintiendo por esas heridas que continuaban abiertas… y sangraban. ¿Por qué tardaba tanto la ayuda? Se imaginaba que tal vez Víctor tendría alguna clase de médico privado. ¿No deberían estar cerca como para tardar tanto? ¿Por qué no llevarlo entonces a un punto en que fuera más cercana y rápida su llegada? Claro que no conocía esa parte de la historia donde Víctor le había dado prioridad a uno de sus hombres que a sí mismo.

—¿Vendrá un médico o… algo así?

Víctor sonrió. De alguna forma le gustaba demasiado que Yuuri se estuviera comportando curioso respecto a su situación.

—Sí, algo así.

—Está tardando. Tal vez debieron llevarte a un lugar que estuviera más cercano de donde él… 

—No. Me gusta este sitio.

—No lo he notado.

Víctor soltó una carcajada por el obvio sarcasmo en la voz de Yuuri, aunque un quejido prosiguió a aquello, pues el movimiento había provocado que el dolor se expandiera con mayor intensidad. De reojo miró a Yuuri reír un poco también mientras acomodaba sus anteojos para disimular. 

—Tarda porque yo no fui el único herido. Había alguien más que necesitaba más ayuda.

Yuuri tal vez no debió sentirse sorprendido de eso, pero al ver a Víctor siendo ahí el único herido, intuyó que nadie más había sufrido daños. Quiso lo que lo mantuvo más pensativo fue la actitud: Víctor estaba ahí, obviamente teniendo que soportar un dolor constante porque habían preferido atender a alguien más primero. ¿Había sido orden suya? 

Un suave toque a la puerta se hizo escuchar e instantes después alguien entró. Yuuri observó una figura femenina, delgada y de buen cuerpo, pero cuya melena rojiza fue lo que más captó su atención. Además, vestía ropa casual: jeans y una camiseta de colores, y le pareció que ambos tenían un rango de edad similar. Bajo ningún concepto se hubiera imaginado que se trataba de la persona que justamente Víctor estaba esperando para que lo auxiliara. 

Los ojos de aquella mujer se clavaron de inmediato en Nikiforov con un gesto molesto, mientras este le sonreía y movía ligeramente la mano en un saludo.

—Me dijeron que no estabas tan mal como Bonny, pero veo lo contrario. 

A su espalda, Yuri entró también a la habitación, cargando consigo una maleta rosada. Prácticamente la dejó caer a lado de Víctor y Mila se acercó para abrirla: su contenido era similar al de un botiquín de primeros auxilios, pero mucho más grande y especializado, con instrumental médico de emergencia que solo sería capaz de verse en una ambulancia o un hospital. Fue en ese punto donde Yuuri comprendió quién era esa mujer y ciertamente se sorprendió de lo joven que lucía. Sin duda se había imaginado que el médico de Víctor sería un hombre mayor de unos cincuenta años.

—Puedes salir, nosotros nos haremos cargo —Mila le habló a Yuuri, observándolo de forma atenta, como si ya hubiera esperado su presencia dentro de esa habitación a pesar de que era la primera vez que ambos se veían de frente—. Y no te preocupes, lo dejaremos como nuevo. —Le guiñó un ojo, dejando a Yuuri con una extraña sensación de desorientación. Aquello último había sonado como si de verdad se encontrara preocupado por Víctor y necesitara eso para sentirte tranquilo. Pero ese no era el caso…
O por lo menos, Yuuri no lo creía así.

—Así que es él —comentó Mila a Víctor después de que Yuuri saliera de la habitación.

Se escuchó un resoplido por parte de Plisetski, el que sirvió como una clara respuesta positiva. 

—Sin duda se parece mucho a Alexis —puntualizó mientras comenzaba a colocarse unos guantes de látex. 

—No es como él.

Mila notó el desaire que hubo en las palabras de Víctor. 

—Ahora suena como si fuera algo malo cuando días antes lucías entusiasmado con que no fuera así.

—Pensé mejor las cosas. No es buena idea. 

—Oh, entonces lo que Yuri dijo es cierto, ¿esto es su culpa?

—¡Claro que lo es! —Yuri respingó desde la pared donde se había recargado. Víctor le dedicó una mirada filosa, misma que pasó desapercibida por el chico. 

—No, es mía, por distraerme. 

—Cuando me contaste sobre él, lucías bastante interesado y entusiasmado con la idea de conquistarlo —Mila continuó, extrayendo de la maleta unas pequeñas pinzas metálicas que planeaba utilizar para extraer los pedazos de metralla que Víctor tenía aún incrustados en su piel. Después comenzó a preparar una jeringa con anestesia local. 

—No es un buen negocio, no si me hace bajar la guardia así. Tampoco es necesario. No necesito cosas que me distraigan.

—¡Vaya! Por fin te das cuenta, vejestorio —Mila había preferido continuar su conversación con Víctor ignorando las exclamaciones de Yuri, pero aquello último le fue inevitable. Se quitó los guantes y caminó hasta él, hasta encerrarlo fuertemente en un abrazo enorme.

—Oh, Yuri, eres demasiado joven para comprender que nuestro jefe también merece divertirse y distraerse un poco.

—¡No! ¡Suéltame! —Yuri intentó luchar porque Mila lo soltara, pero lo cierto era que la misma no la realizaba con todas sus fuerzas. Fácilmente él podría empujarla y quitársela de encima, pero aun así prefería forcejear como si no le fuera posible. Al final era Mila quien terminaba por soltarlo, mientras una baja risa escapaba de sus labios.

—El amor es necesario a veces, Víctor —comentó ella cuando volvió acercarse a él para continuar. 

—Mira quien lo dice. 

—No es el mismo caso… Y lo sabes muy bien. 

Víctor se arrepintió de sus palabras: sí, no era el mismo caso. 


Mila Babicheva, a sus dieciséis años, fue secuestrada de su país natal Rusia y vendida a una sociedad de tráfico de personas en Estados Unidos. Tres años después fue cuando puso un pie por primera vez en el burdel de Madame Lilia, después de que ella tuviera a bien comprarla a sus antiguos “empleadores” tras enterarse de algunos rumores sobre lo que Mila hacía con sus compañeros. A Madame Lilia le gustó la idea de tener a alguien dentro de su mismo burdel que le ayudara a atender al resto de jóvenes a su cargo que de vez en cuando resultaban heridos por algunos de sus clientes.

El antiguo médico encargado de ello, quien también atendía directamente a Víctor Nikiforov y a sus hombres, había tenido que ser asesinado por este cuando se descubrió sus intenciones de revelar a la prensa información muy comprometedora con respecto a varios negocios. Traición castigada con sangre, sin duda, pese a que Víctor había logrado actuar con tiempo para evitar que esa información se esparciera por más oídos de los que debería. Ahora había un puesto disponible, uno que no sería sencillo de llenar debido a que no se podía confiar en cualquiera. Por ello, Lilia mantuvo a Mila a prueba durante un tiempo, en el que la hizo trabajar como una más de las chicas que debían prostituirse para pagar su supervivencia en ese lugar. Bastaron solo un par de semanas para que descubriera que los rumores eran ciertos: que Mila buscaba de diversas formas atender las heridas de algunos de los jóvenes del burdel, pero todo siempre en secreto, temiendo que Madame Lilia pudiera castigarla como sus antiguos empleadores hacían. Claro que ella no lo haría, al contrario, comenzó a proporcionarle los medios y los instrumentos necesarios para que pudiera cumplir esa tarea como era debido. Para Mila, alguien más que resignada a la mierda que su vida se había convertido en esos años, aquello fue como una agradable brisa de la cual no se pudo negar. No obstante, aún le esperaba la mejor noticia de todas. 

Era obvio que Lilia le hablaría a Víctor sobre ella y que este se mostraría interesado en conocerla. Mila lo creyó solo como otra noche más en que debía cerrar sus ojos y abstraerse de sí misma mientras su cuerpo era utilizado por otra persona, pese al fingido entusiasmo que algunas de sus compañeras mostraron sobre que atendería “al jefe” en persona, algo insólito, excepto para una persona en especial. Antes de siquiera estar en la misma habitación, Mila se sintió tan repugnada por él y ella misma como con cualquiera otro de sus clientes. Sin embargo, su sorpresa fue enorme cuando Víctor le dejó en claro que no estaba interesado en acostarse con ella, sino que solo quería escuchar su historia. Mila supo en su mirada que podía hablar… y lo hizo, no tanto porque confiara en él, sino porque lo necesitaba: tenía demasiada mierda cargando consigo misma, que todo lo vomitó sobre ese hombre que le había dado la oportunidad de hacerlo. Le contó que su padre era médico y que, por ello, la crió para que amara la medicina tanto como él lo hacía. Gracias a eso, desde pequeña adquirió conocimientos básicos de primeros auxilios y el funcionamiento del cuerpo humano para que estuviera más que preparara cuando entrara a la universidad. Por eso había sido incapaz de quedarse con los brazos cruzados al ver a sus compañeros sufrir heridas y ser maltratados por sus clientes, por eso sus deseos de ayudar y curar a otras personas nunca desaparecieron de sus manos, sin importar cuán asqueada se sintiera por ellas ahora. 

Víctor le ofreció un trato del cual no pudo negarse: quería que se volviera su médico de confianza. Pagaría sus estudios en la universidad para que pudiera especializarse como era debido, siempre y cuando le sirviera solo a él y omitiera todos esos detalles ilegales que su trabajo conllevaba consigo. Mila aceptó porque no quería volver a ser utilizada nunca más y porque vio en todo eso una posibilidad de recuperar aunque fuera un extracto de lo que siempre quiso para su vida. Sin embargo, en un principio se movió con cautela, creyendo que aquello era demasiado bueno para ser verdad. Con el tiempo, claro, no solo se ganó la completa confianza de Nikiforov y varios de sus hombres, mismos que se volvieron incluso sus amigos, sino que ella confió plenamente en todos. Y cómo no hacerlo después de que Nikiforov, en uno de sus cumpleaños, le obsequiara un vuelo redondo a Rusia para que pudiera volver a contactar con su padre. Obviamente las condiciones eran que iría acompañada de uno de sus hombres, que debía guardar silencio correspondiente a él y lo que hacía, y que debía volver a Estados Unidos al cabo de dos semanas. Las lágrimas que volcaron sobre los ojos de Mila fueron suficiente respuesta y su lealtad por cumplir al pie de la letra cada una de las condiciones, inaudita.

Al final, tanto Víctor como Mila lograron traspasar ese trato de “jefe” y “empleada”, ayudados un poco por la patria que los unía y las edades cercanas que los hacían fácil de entenderse entre sí. De esa forma, ambos comenzaron a considerarse amigos, de esos con quienes se podía hablar tanto de trivialidades como de aspectos más íntimos y personales… sentimientos.

Pese a todo, Mila era completamente consciente que, a pesar de la falsa ilusión que Nikiforov pretendía darle a su vida, no era realmente libre… Y nunca lo sería. Pero en ese punto estaba bien con eso, hacía lo que siempre deseó y amó, no volvería a permitir que nadie utilizara su cuerpo y, de cierta manera, sabía que Víctor la cuidaba y tampoco lo permitiría. Podía viajar un par de veces a Rusia para visitar a su padre y seguía ayudando a las personas que ya consideraba sus amigos y a sus excompañeros del burdel. Tenía su propio hogar, su propio automóvil. No era del todo libre, pero podía considerarse una mujer complacida con lo que tenía actualmente. Todo gracias a Víctor Nikiforov. 



Víctor no había aparecido mucho por el bar después del atentado. Yuuri lo atribuía a que él se estaba comportando de forma más prudente y cuidadosa debido a lo que había ocurrido, y por una parte tenía razón, puesto que Víctor intentaba que no muchas personas se dieran por enterado de que estaba herido, pues cualquiera buscaría aprovecharse de esa ligera vulnerabilidad para dañarlo aún más.

Ciertamente, aunque eran bastante comunes esas temporadas donde Nikiforov se desaparecía y no frecuentaba el bar, Yuuri lo hizo más en falta que en otras ocasiones. De vez en cuando se descubría mirando hacia la puerta, esperando verlo entrar en cualquier momento. Ya no había ansiedad o miedo por la espera como antes ni ese resquemor incómodo de no querer verlo cruzando el umbral de entrada. Al contrario, casi se podía decir que lo deseaba, incluso que lo extrañaba, si eso no fuera una idea demasiado absurda para él. 

Las cosas habían cambiado también cuando, en realidad, Víctor sí se aparecía por la puerta. Lo que antes a Yuuri le inspiraba un ligero rencor y deseos de retarle, de hacerle entender que no le tenía miedo (aunque fuera así), se suplantaba por algo que podía describir como timidez y una sensación semi cálida instalándose en su pecho. Desde el atentado, desde los minutos que pudo ver a ese Víctor herido y tan vulnerable como un adorable cachorrito, ya no era capaz de concebir por completo la imagen del hombre mafioso y cruel que incluso alguna vez llegó a dispararle. En realidad, eran como si ambas versiones se hubieran superpuesto entre sí y estas le fueran incompatibles. Incluso las pesadillas que todavía tenía ya no se trataban siempre de las mil repeticiones del disparo, eran ahora la imagen de ese Víctor rogando porque se quedara a su lado en una habitación donde solo eran ellos y nadie más. Era claro que Yuuri se sentía fuera de lugar y que no sabía cómo interpretar todo eso; por esa razón, era bastante obvio que se sintiera molesto ante el hecho de que durante todo ese tiempo Víctor lo estuvo prácticamente ignorando. 

Las pocas veces que lograba encontrarse con su imagen dentro del bar, esperaba verlo voltear a su dirección y que comenzaran esas luchas de miradas que eran ya tan suyas. No obstante, Víctor ni siquiera hacía el amague de intentar buscarlo entre la multitud e incluso ahora le ordenaba a Georgi que fuera él quien atendiera sus pedidos y le llevara sus bebidas. ¿Por qué? Y lo más importante, ¿por qué a Yuuri siquiera le molestaba eso? ¿No debía sentirse aliviado de que Víctor lo dejara finalmente en paz?

Lo que Yuuri menos podía imaginarse de todo eso era que Víctor en realidad intentaba mantenerlo al margen porque ya no lo deseaba rondando en su cabeza. Había sido bastante tonto el error que cometió antes, razón por la que Víctor se propuso que eso volviera a ocurrir y, hasta cierto punto, mantener la distancia de lo justamente deseaba desaparecer de sus pensamientos le estaba ayudando a lograrlo. Había tenido ya la suficiente cabeza como para comenzar un plan de contraataque por lo que su padre había hecho, un plan del cual Yuri estaría a cargo. Además, otras situaciones de importancia con respecto a otros negocios se habían resuelto ya e incluso les había mandado un “mensaje” apropiado a los socios de su padre por rechazar sus propuestas. Sabía que actualmente uno de ellos se encontraba en el hospital y el otro estaba desaparecido bajo un interesante montículo de escombros en una zona desértica fuera de la ciudad.

Víctor se sentía productivo y, hasta cierto modo, complacido por los avances logrados; pero de la misma forma, sentía que ahora algo hacía falta. Sabía qué, pero no se dejaba pensar en ello a detalle.

Ese día, sin embargo, Víctor había asistido al bar en una de sus típicas reuniones. Y como lo había hecho las veces anteriores a esa, pidió que Georgi se hiciera cargo de las bebidas y no perdió el tiempo intentando encontrar a Yuuri una vez entró. Era una reunión importante, una en la cual debía enfocar toda su atención, pues el éxito auguraba que la expansión de sus rutas clandestinas para el tráfico de droga se expandiera en más de un cien por ciento. Claro que fue que todo resultó de maravilla, gracias a esa maestría suya que lo hacía capaz de convencer hasta el más escéptico y lograr cualquier trato en donde siempre era el más beneficiado. 

Al término, dejó que el hombre y la mujer con quienes había conversado se fueran primero y él salió minutos después, una vez el contenido de su copa de whisky hubiera desaparecido por completo. Fue justo metros antes de llegar a la puerta de salida que un imprevisto enfrentamiento estalló: un hombre en un evidente estado de ebriedad insultó a otro y le lanzó a la cabeza una botella de cerveza casi llena. El líquido se esparció por el suelo junto a los pedazos de vidrio roto, al igual que unas gotas de sangre de la herida que se había abierto sobre la frente. Por supuesto que el agredido reaccionó de inmediato y se fue contra su agresor, comenzando así un intercambio de puñetazos y patadas que, más que provocarse daño entre ellos, lograban destrozar las mesas y sillas que había a su alrededor. En tan solo segundos, una considerable cantidad de personas rodeaba la zona de desastre y vitoreaban en pos de ver más violencia y una mayor cantidad de golpes.

Víctor frunció el ceño con fastidio al mirar esa escena desarrollarse enfrente suyo. En cualquier otra situación, dejaría que las cosas se desenvolvieran sin entrometerse en ellas… Pero, al final de cuentas, se estaba hablando de un bar que le servía demasiado para sus negocios y, que de alguna forma, era considerado de su propiedad. ¿Cómo dejar que las cosas se descarriarían así cuando podía evitarlo? Cuando la fama podía propiciar que esos incidentes se volvieran usuales y que hubiera más daños al mobiliario, así como correr el peligro de que las cosas en ese momento escalaran a un punto en que fueran ya muy difícil de controlar. Era bastante sabido que las peleas de bar eran peligrosas por el alcohol involucrado y por la facilidad que tienen en que más personas de las que iniciaron terminen involucradas al final. Además, tampoco quería que la policía metiera sus narices en ese asunto. Por eso, tras un suspiro, Víctor extrajo su pistola con el propósito de disparar al aire: el sonido de una bala sería capaz de tragarse cualquier desorden. 

No obstante, algo cambió en esos breves segundos: Yuuri Katsuki apreció en su campo de visión e intentó meterse en aquella pelea. Debido al escándalo, Víctor no pudo escuchar lo que decía, sino que solo vio mover sus labios con urgencia mientras se había concentrado en detener al hombre más alterado e inestable, el primero que había lanzado la botella. Por ello, Yuuri no se percató que el segundo no estaba dispuesto a tranquilizarse y olvidar las cosas, sino que arremetió contra él, golpeando uno de sus costados para hacer que se quitara de su camino.

Víctor ya no alzó su arma al techo, sino que apuntó al frente, al hombre que había golpeado a Yuuri, sintiendo un ligero resquemor en su pecho al cual podía llamar fácilmente “rabia”. Esperó solo unos segundos en los que su mirada calibraba el blanco ideal: no lo mataría, el dolor de la bala incrustándose en su pierna derecha sería suficiente para detenerlo y calmar al resto. Sin embargo, justo antes de presionar el gatillo, Yuuri volvió a entrometerse en su vista, aunque ahora con otro propósito: soltando un puñetazo certero al mismo hombre que lo había golpeado. Y no fue el único que dio. De alguna forma, entre eficaces y fuertes golpes, logró controlar y reducir a ambos hombres. Había sido algo sencillo debido a que las habilidades de esos dos se encontraban menguadas por el alcohol y el calor de la rabia, pero aun así fue impresionante, sobre todo por lo obvio que resultó que los golpes de Yuuri no fueron hechos al azar: de verdad él había sabido dónde y cómo pegar.

Víctor pestañeó confuso, algo boquiabierto cuando Georgi y Phichit finalmente se acercaron para sacar a los hombres, unos que se encontraban recostados en el suelo y cuyos rostros estaban algo hinchados y con par de hilos de sangre resbalando por ellos. Yuuri jadeaba por el evidente esfuerzo y, con una naturalidad de quien acaba de sacar simplemente la basura, caminó hasta el almacén trasero como si nada hubiera ocurrido. Segundos después regresó con una bolsa negra y una escoba para recoger el desastre que esos hombres habían provocado.

Víctor tardó esos mismos segundos en terminar de procesarlo todo, por lo menos hasta que la mirada de Yuuri se encontró con la suya. Este hizo una mueca extraña, como de quien sabe que ha hecho algo incorrecto y espera ser regañado por ello; sin embargo, el gesto de Víctor fue más extraño aún: sonrío de forma boba y alzó su mano en un saludo que solo podía calificarse como torpe.

Claro que después de eso, de que Víctor había logrado mitigar la presencia de Yuuri en sus pensamientos, este volvió a contaminarlos, ahora con mayor fuerza que antes. Y sus visitas al bar volvieron a ser habituales, así como sus acercamientos. Yuuri volvió a ser el encargo de sus bebidas y preparar todo para sus reuniones. Y Víctor volvió a mirarlo con una insistencia casi acosadora, a sentarse en la barra para tontear con él mientras usaba como excusa el que le sirviera bebida tras bebida hasta que ambos terminaban por ser los únicos en el bar.

Era claro que algo había cambiado: ya no se retaban como antes, por ninguna de las dos partes, sino que ahora las cosas se daban de forma más natural. Víctor intentaba juguetear con él, casi coquetearlo, y Yuuri, quien no hablaba mucho en realidad, de vez en cuando soltaba comentarios sarcásticos o graciosos que los hacían reír a ambos. 

Sin embargo, pese a todo, Víctor no estaba completamente cómodo con esa nueva cercanía. Una parte suya se había obstinado en la idea de que eso no estaba bien, de que tenía que limitar todo aquello que tuviera que ver con Yuuri Katsuki, por su propio bien y el de todos sus negocios. Cada vez que una de las cicatrices de las heridas que el atentado dejó en él punzaban en un dolor casi fantasma, le recordaban que no debía estar hablando así con Yuuri, mucho menos mirarlo con ojos brillantes y una sonrisa encantadora. No, no debía enamorarse, ¿pero de qué forma se quitaría para siempre a Yuuri de la cabeza? Sobre todo cuando comprobó que la distancia no había servido por completo. Entonces ahora no solo era Yuuri quien limitaba el transcurso de sus ideas y preocupaciones, sino que Alexis se volvió una constante también, aunque él con el propósito de darle a Víctor las pistas necesarias para pudiera olvidarse de su interés por Yuuri como lo había hecho con él. 

—¿Qué? ¿Vamos a volver a eso otra vez?

Yuuri estaba tras la barra y volteó hacia Víctor, quien sentado en un banquillo, lo miraba de forma penetrante y silenciosa, como lo había hecho tiempo antes cuando lo observaba a la distancia. Era por ello el comentario de Yuuri. 

—Tengamos una cita. 

Claro que toda facción de Yuuri se llenó de desconcierto ante eso, tan soltado al azar, tan sacado de contexto.

Víctor había hablado sin pensarlo mucho, pero una vez tomó sentido de sus palabras, la idea pareció gustarle mucho. Sí, tal vez una cita le ayudaría a darse cuenta que, fuera de lo atractivo que le parecía Yuuri por el contexto del bar que lo rodeaba y su relación como “socios”, tal vez se aburriría fácilmente de él… como había ocurrido con Alexis. Comprendió entonces que era eso lo que necesitaba: apagar su fuego con quien justamente se lo causaba. 

—Sí, tengamos una cita. Mañana. Deja encargado a Chulanont del bar. Chris pasará por ti a tu departamento a las… ¿Siete? Sí, a las siete. 

Yuuri abrió sus labios, pero no fue capaz de decir nada. 

2 comentarios sobre “Capítulo 8: Contaminación

    1. Era una de esas escenas que quería escribir…
      ¿Sabes qué es lo más gracioso?
      Que en mi plan original, el primero que tuve, esto pasaba como en el segundo o tercer capítulo, jaja!

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: