Capítulo 7: En la habitación


Tres días y Yuuri no ha despertado aún. Se lo han advertido: es posible que nunca lo haga, ha sido declarado oficialmente en coma. Víctor es como un cachorro triste que no logra comprender nada del mundo, que no entiende porque esa persona que ama no despierta, no se mueve, no le habla, no lo mira… Y, como tal, acurruca su cabeza contra el cuerpo inmóvil de Yuuri y mira a la nada mientras confunde su dolor con una anestesia que le amortigua la agonía. Ya no ha llorado por él. Cree que hacerlo será como darles la razón a esas personas que juran que Yuuri no abrirá sus ojos nunca más.

Aun cuando han sido pocos los días desde que ambos permanecen juntos en esa habitación, habla muy seguido con él, cada vez que un recuerdo le ataca la memoria. A veces sortea tiempo de sueño por contarle cuando se conocieron, la primera cita que tuvieron en Central Park, los miles de mensajes que se enviaron entre ellos en las épocas que estuvieron separados por kilómetros de tierra y mar, cuando comenzaron a vivir juntos en San Petersburgo, cuando le pidió matrimonio sobre el hielo y dijo que sí…

A Víctor le gusta pensar que Yuuri lo escucha, que comprende cada palabra y que es en sus sueños donde reviven esos recuerdos como si pasaran de nuevo, en un bucle infinito lleno de felicidad y amor. Donde todo es perfecto. Donde no hay sufrimiento. Donde ninguno está postrado en cama con un cuerpo tan maltrecho que no puede reaccionar. Donde los dos permanecen juntos y se aman con todas sus fuerzas, con toda la convicción de que eso será eterno. Piensa que sus historias lo harán despertar algún día, que abrirá sus ojos y le dirá con una sonrisa: “Te escuché, gracias por no dejarme solo”. Esa es la única esperanza que lo mantiene cuerdo, en pie, que no permite que su interior destrozado se muestra ante los demás, ante Yuuri, quien lo necesita más fuerte y completo que nunca. Todo está bien, puede resistir unos días porque al final, cuando su prometido abra los ojos, todo habrá valido la pena. A Víctor solo le queda esperar y sobrevivir, nutriéndose de sus propios recuerdos que, más que salvar a Yuuri, parecen mantenerlo con vida a él.


Yuuri guardaba silencio, su semblante era el fiel reflejo de que no estaba muy contento con la situación. No era eso la miel y la felicidad explosiva que Víctor esperaba cuando lo recibió en el aeropuerto, cuando se suscitó el encuentro que por fin auguraba que nunca más iban a tener que separarse. Vivirían juntos al fin, compartirían el mismo techo hasta el último de sus días (ese era el ideal). ¿No se supone que debieron comerse a besos apenas se encontraron? Abrazarse con esa seguridad de que ahora podrían hacerlo siempre, cada vez que lo desearan. Pero, a cambio de eso, Víctor recibió una reprimenda por parte de Yuuri. De verdad lucía molesto ante la idea extraña que se le había formado en la cabeza, una idea en la que él fue aceptado en la Filarmónica solo por influencia de Víctor. Este se dio cuenta que quizá mantener ciertos aspectos en secreto, como que realmente no había sido aceptado aún, no resultaron tan buena idea. Vino entonces la explicación y, aunque Yuuri relajó su expresión y actitud al escuchar más detalles, no pareció ser suficiente para amortiguar mucha de su molestia. Era obvio, después de todo, Víctor no le dijo por completo la verdad.

Una vez en el automóvil, conducido por Víctor, ambos se sumieron en un incomodo silencio. De vez en cuando el conductor dirigía de reojo una mirada al asiento de copiloto donde Yuuri se encontraba y quien, en respuesta, se obstinaba en mirar simplemente por la ventana para evitarlo. Nikiforov conocía bien las expresiones y gestos de su pareja para comprender que ahora solo fingía su molestia. Sonrió. Ninguno podía estar enojado con el otro por mucho tiempo.

Te lo dije comenzó Víctor, no has sido aceptado aún. Solo me encargué de mostrarles tu talento en video y de que aceptaran hacerte una audición. Será dentro de unos días —Yuuri fingió no escucharlo—. Y no tienes que preocuparte por el idioma, si bien no todos los músicos hablan inglés, el director de la orquesta sí, y por ahora eso será suficiente para que puedas comunicarte. Eres muy listo, Yuuri, aprenderás ruso en poco tiempo. De ser necesario, yo te daré “clases privadas”.

Yuuri esbozó una pequeña y disimulada sonrisa por el obvio doble sentido utilizado en esas dos últimas palabras. Trató de ocultarla al colocar su mano frente a sus labios como si solamente se apoyara en ella, pero fue demasiado tarde: Víctor lo vio sonreír y eso lo motivó a continuar.

Primero aprenderás frases fundamentales para sobrevivir, las cuales tendrás que decir siempre…  Como, por ejemplo, /ya tebya lyublyu/*.

Víctor logró su cometido: que Yuuri finalmente lo observara, aunque lo hizo en silencio y fue con la mirada como le interrogó para conocer el significado de lo que acababa de decir. Nikiforov pareció regocijarse por la atención adquirida.

—Anda, comencemos ahora a practicar. Repite conmigo: /ya-te-bya-lyu-bly/*.

Yuuri lo pensó con detenimiento: a excepción de muy contadas ocasiones, mismas que se reducían a palabras sueltas o frases pequeñas, nunca había escuchado a Víctor hablar en ruso. Por eso, aunque intentó hacer memoria, no recordó alguna vez en que hubiera oído esa…  ¿palabra?, ¿frase?, salir de los labios de su pareja y, por ende, desconocía por completo cuál era su traducción. Víctor aprovechaba el estar frente a una luz roja para clavarle su mirada encima, parecía ansioso porque lo intentara. Yuuri entrecerró sus ojos con sospecha: algo planeaba; aunque, de todas maneras, intentó imitarlo.

—¿/ia… teba… bublu/?

Víctor soltó una suave carcajada, Yuuri había tenido una pronunciación horrible.

Después de que la ofensa volviera a su semblante y que se negara rotundamente a intentarlo de nuevo, llegaron por fin al departamento que Víctor consiguió para ambos. Se encontraba en una zona aledaña al centro de la ciudad, cercana a lo que sería sus destinos diarios de ahora en adelante.

El edificio contenía cinco pisos en su interior y, dentro de una estructura que mantenía los toques tradicionales de la arquitectura clásica en San Petersburgo, se albergaban en realidad departamentos que fueron estilizados con una modernidad elegante. Amplios, y con todos los aditamentos y habitaciones necesarias para volver una estadía de por vida por demás memorable. Yuuri no lo sabía y se enteró tiempo después, viviría en uno de los edificios que contenía la renta más cara de toda la ciudad. 

Víctor insistió que su primera impresión del departamento debía de ser producto de una sorpresa, por lo que colocó las manos sobre los ojos de Yuuri antes de siquiera comenzar a subir las escaleras. Hacerlo de esa manera fue una divertida tortura; agradable, además, si le sumaba el hecho de que Víctor prácticamente se pegaba a él para mantener sus ojos cubiertos en todo momento. Yuuri sabía que todo eso era solo una excusa para juguetear un poco; después de todo, él ya conocía parte del interior del departamento gracias a las fotos que el mismo Víctor le había mandado cuando le dio la noticia. ¿Por qué mantener entonces el halo de misterio?

¡Víctor!

Entre tropiezos, varios golpes y múltiples caídas que por solo muy poco no se completaron, subieron los cincos pisos del edificio. Se tomaron su tiempo, claro, no porque de verdad era peligroso ir de prisa, sino porque muy pocas veces se tenían ese tipo de excusas para permanecer así, tan juntos en público, con una espalda siendo aplastada por un pecho, una pelvis rozándose contra un trasero, un aliento cuyo aroma se podía descifrar a detalle…  y que era suave, sutilmente delicioso. Cuando las escaleras terminaron, caminaron unos cuantos metros tras girar un poco a la derecha. Entonces Víctor se detuvo y utilizó una de las manos que ocultaba los ojos contrarios para buscar las llaves y abrir. Yuuri intentó ver tras la única palma que lo cubría y alcanzó a distinguir, entre las ligeras separaciones de los dedos, una puerta café amarmolada sobre la cual se distinguía el número diez. Cuando apenas la puerta fue entreabierta, y sin darle oportunidad de ver nada más allá, Víctor volvió a cubrir sus ojos con oscuridad y ceguera.

No hagas trampa.

El ruso tuvo que maniobrar con destreza para abrir la puerta por completo sin descubrir de nuevo los ojos de Yuuri. Este, cegado, distinguió de inmediato como un aroma a desinfectante con tonalidades de limón inundaba el espacio alrededor suyo. Era agradable, incluso un poco reconfortante y hasta nostálgico, ya que ese aroma a limpieza le recordó un poco a su época de niñez y juventud en casa de sus padres, cuando padeció el asma en sus etapas más críticas y toda su familia trataba de mantener los espacios del hogar lo más limpios posibles para evitar complicaciones. No pudo evitarlo: se sintió como en casa.

 ¿A dónde me llevas? —preguntó al notar que Víctor lo empujaba aún, que lo adentraba cada vez más en el departamento sin mostrar intenciones de detenerse en algún momento. No comprendía porque él no le había descubierto los ojos desde la entrada para que pudiera explorar el lugar completo.

Espera, hay algo que tienes que ver primero.

Unos pasos más de camino hasta que el alto por fin se hizo. Su curiosidad aumentó conforme daba cada uno, así como los latidos de su corazón que se aceleraban al mismo ritmo. No entendía de dónde provenía el nerviosismo que le quemaba la garganta, no era capaz de percatarse aún que Víctor se lo contagiaba.

 Bien, ¿preparado? —Yuuri creyó distinguir algo de miedo y emoción contenidos en la voz de Víctor—. Fue una odisea meterlo aquí, creí que tendrían que romper una pared —agregó justo en el momento cuando dejaba la vista de Yuuri libre.

Él no comprendió nada de sus palabras, por lo menos no hasta que, ante él, se visualizó la imagen de un hermoso piano de cola cuyo color se asemejaba al del hielo. Yuuri lo supo de inmediato, inspirado por el encantador brillo de la pintura: era nuevo, algo que seguramente había costado una fortuna. Quedó anonadado.

 Víctor, ¿qué…? Yo… no… —Hasta sus palabras temblaron como sus labios, sus manos…  todo su cuerpo en realidad. No lo creía, ni en sus sueños más locos se imaginó que en su vida podría tener un piano nuevo…  y tan hermoso.

 Es un regalo, así que no digas nada y acéptalo.

Víctor disfrutaba demasiado la sorpresa que invadía a Yuuri, como no era capaz de detener los temblores de su cuerpo ni despegar su vista del piano, casi con el temor de que, si la apartaba, este desaparecería. Nikiforov se acercó por detrás suyo; sus brazos terminaron por ceñirse en su cintura con suavidad, con un efecto reconfortante, lo suficiente para que el espacio entre sus cuerpos fuera nulo, inexistente. Con esa proximidad, fue sencillo para él girar un poco su rostro y alcanzar la mejilla contraria para plantar en ella un sonoro beso para que Yuuri pudiera reaccionar.

—Además, no será del todo gratis —continuó Víctor—, me lo pagarás con horas de música gratis. Sabes que me encanta escucharte y hacerlo en la comodidad de nuestro departamento será fantástico.

Víctor comenzó a mecerse y, con ello, provocaba que el cuerpo de Yuuri se acompasara natural a su ritmo, como si bailaran de forma inversa, uno dándole la espalda al otro. Eso servía para que el cuerpo del menor se estrechara más contra sí, para que se compenetrara mejor su calor con el contrario. Yuuri dejó de temblar y sus brazos se colocaron encima de los de Víctor: el abrazo se completó, más firme y especial que el de ninguno. Nikiforov volvió a besarle su mejilla, pero ahora más suave y lento, con el tiempo más que suficiente para degustar la textura de su piel desde los labios.

 /ya tebya lyublyu/ —murmuró después, casi sobre su oído, con una melodía tan sensual que más que ser un ronroneo, a Yuuri le pareció como las primera notas de una canción encantadora interpretada en piano.

Y justo en ese momento, sin que Víctor se lo explicara, comprendió el significado de esa frase. Sonrió, mientras sus ojos se destilaban en lágrimas.

—/ya tebya lyublyu/

La pronunciación de Yuuri fue perfecta.


En la habitación hay una televisión encendida, aunque con un volumen tan bajo que los interesados deben de mantenerse justo frente a ella para poder escuchar. No quieren despertar al cuerpo que yace detrás suyo; aunque, ciertamente, unos cuantos ruidos no lo van a molestar en su estado. Lo que visualizan son las noticias nacionales del día, con su nota estelar en la pantalla: “Según informes preliminares, la pareja de la leyenda del patinaje, Víctor Nikiforov, quien fue encontrado hace algunos días gravemente herido cerca del Puente Tuchkov, ha sido declarado en coma. En estos momentos esperamos una confirmación, por parte de alguno de los médicos que lo atienden, de esta terrible noticia”.

Sergey estira su brazo (solo es necesario eso) y alcanza los interruptores del televisor. Cambia de canal, sabe de antemano cuál es el que busca: otro noticiero, mismo que ha iniciado el tema que a ambos les interesa. Ahora no es una simple noticia para informar la novedad en el caso, sino un reportaje exhaustivo que aborda todas las vertientes: quién es Víctor Nikiforov, quién es Yuuri Katsuki, cuál es la relación y las circunstancias (de conocimiento público) que los han unido en esa relación que muchos consideraron desagradable. Por supuesto, no se deja de mencionar el escándalo que se suscitó tras la propuesta de matrimonio en las finales del Grand Prix; las decenas de mensajes que la pareja recibió después de eso, algunos mostrándoles su apoyo y su deseo porque su amor prospere pese a las dificultades, pero la mayoría llenos de odio e incomprensión, de amenazas que no paraban de tildarlos como adefesios de la naturaleza que merecían morir. Claro que el reportaje desconoce lo poco que les importó a Víctor y a Yuuri el escándalo en ese momento, lo mucho que tuvieron que luchar para que de verdad no les importara.

Víctor siente que ya no puede escuchar más. La rabia que intenta contener dentro de su ser no solo le ha amargado la boca, sino toda esperanza que lucha por mantener firme. Siente que en cualquier momento perderá la paciencia y el control; sobre sus dedos hormiguea ya la necesidad de reventar el cristal del televisor para no escuchar más de toda esa mierda, de cómo a ambos los tratan y analizan como si fueran objetos, datos, simple información que sirve solo como entretenimiento, que alimenta el morbo de todos aquellos quienes lo sintonizan y creen tan fácil juzgarlos sin tomar en cuenta esos sentimientos y porqués que los justifican. Pero, pese a eso, solo aprieta los puños y escucha, quiere comprender que es lo que su representante pretende al mostrarle eso, su realidad.  

Una vez terminado el reportaje, Sergey apaga el televisor y enfrenta a Víctor cara a cara, con una expresión seria y severa, como el padre que se prepara para un largo y doloroso sermón. Víctor realiza una mueca cuando lo reconoce y puede imaginarse lo que vendrá a continuación.

—Al parecer están disfrutando mucho más de esta noticia que por el espectáculo que hiciste en la gala… —Y con “espectáculo”, Víctor lo sabe, no se refiere a su actuación—. Escucha, sé qué tal vez no es el mejor momento para discutirlo, pero ¿no consideras esto como una clase de señal? Tú lo propones matrimonio y poco tiempo después le ocurre esto. Sabes muy bien como reaccionaron las noticias al enterarse. Muchos estaban conmovidos, pero otros más… Bueno, ya lo sabes, personas de mente cerrada. Pero ellos pueden ser muy peligrosos por proteger sus ideales.

Víctor no dice nada, pero la mirada que clava sobre Sergey es mucha más clara que cualquier palabra que pueda decir. Una sospecha de lo que pretende se instala en su pecho y lo lastima; comienza a sentirse atacado por él, herido por una de las personas que deberían de estar a su lado y apoyarlo sin importar qué, darle esas fuerzas que necesitará para resistir el doloroso camino que le espera. Sergey se percata y suspira. Su mirada se llena entonces de lástima y de algo que parece decirle: “Tú me obligaste a esto”.

—Bien, supongo que tengo que decírtelo antes de que lo escuches en las noticias. Los policías encontraron algo en el lugar donde Yuuri estaba, aunque no es muy alentador. No es una pista del todo, pero es algo que quizá explique algunas razones. Me permitieron tomarle una foto para enseñártelo y que comprendas mejor la gravedad de todo esto.

Sergey toma el celular del bolsillo. Algunos movimientos de su dedo hasta encontrar aquello que quiere mostrarle. Una vez puesto en la pantalla, se lo muestra: es la fotografía de un pedazo de papel enfundado en una bolsa plástica. Tiene manchas de tierra, lodo y algo que seguramente es sangre seca. Hay algo escrito en él, algo que apenas se distingue: “Los homosexuales arderán en el infierno”, se puede leer en ruso.

No es porque la suciedad le impida a Víctor comprender lo que esa frase significa, es sencillamente que se niega a encajar todas las piezas para hacerlo; pero la verdad está frente a él, tan dolorosa como la primera vez que llegó a esa habitación y vio el estado en el cual Yuuri se encontraba. De pronto, siente muchas ganas de vomitar; tal vez es rabia, tal vez es la agonía que se le amonta en la garganta hasta asfixiarlo, como si todo el oxígeno dentro de esas paredes se hubiera evaporado por completo y una negrura le aplastara las entrañas, el pecho, la cabeza, el corazón, todo lo que tiene dentro y fuera de sí. Y justo cuando cree que va a morir, que ya no puede soportarlo, todas esas notas de amenaza que recibió se le vuelcan en la memoria como pequeñas explosiones. Recuerda el rostro de Yuuri llenó de aflicción y miedo, lleno de la necesidad de huir y esconderse en cualquier sitio lejano, de desaparecer para siempre; recuerda también la promesa mutua que se hicieron para olvidar eso y superarlo, para ignorar los mensajes, las noticias, los vidrios rotos y los grafitis, y centrarse solo en ellos y en su amor, en darse fuerza entre sí, en tener la seguridad de que, cuando la novedad de la noticia pasara, cuando otro escándalo más jugoso agasajara a los medios, se olvidarían de ellos y los dejarían vivir en paz. Por un tiempo muy corto fue así, se creyeron triunfadores y, así como el mundo pareció olvidarlos, decidieron olvidar al mundo de vuelta y continuar con su vida como si ese extracto de tiempo nunca hubiera existido. Había viajes, ensayos, presentaciones, besos, sexo, compras, quehaceres, planes de boda y toda una vida por reanudar. Con los anillos en sus dedos, le había prometido a Yuuri que nada pasaría…  Y lo besó, se atrevió a besarlo para sellar la promesa, como si con eso pudiera asegurarse de que sería más duradera, inquebrantable. Pero al final fue rota, destrozada como esos hijos de puta habían destrozado a Yuuri, a los dos, a todos los planes que comenzaban a formar en su vida.

Víctor apenas es capaz de contener las lágrimas, y ya no podrá resistir más el impulso de correr hacia Yuuri e hincarse ante él para disculparse por su necedad, por su ingenua esperanza a que todo mejoraría pronto. Debieron irse a otro lugar desde el primer momento, no debieron ser tan idiotas y creer que el mundo los dejaría en paz. Al final, todo el alboroto generado por su matrimonio no se apagó solo porque ambos decidieron ignorarlo.  

Sergey espera en silencio por Víctor, a que este procese todo aquello que seguramente le quema desde dentro. Lo mira con atención, cada uno de sus gestos y el semblante que se transforma poco a poco en sufrimiento. Evita sonreír, aunque algo dentro suyo se siente satisfecho.

De pronto, la puerta se abre de golpe y un hombre, desconocido para todos, entra presuroso y con la misma seguridad con la cual lo haría en su casa. Da unos cuantos pasos con dicha convicción en su semblante, pero se detiene cuando nota a esos otros dos hombres dentro, quienes lo observan con confusión y ese ambiente sombrío que expela Víctor desde cada poro. La sorpresa del desconocido les hace creer que tal vez solo se ha equivocado de habitación, pero su inmovilidad no se suplanta con una disculpa y su retiro…  No, se mantiene estupefacto y devuelve la mirada a los otros dos, como si el tiempo se hubiera detenido, aunque él parece más como si toda su existencia se basara en haber llegado a la habitación correcta… o, tal vez, en que nadie estuviera dentro de ella.

Ninguno de los tres se atreve a realizar algún movimiento, aunque Sergey es el primero en notar algo peculiar: en la mano del hombre hay una cámara profesional de fotografía. La sospecha le sabe tan clara que no cabe la menor duda en ella.

—Eres un periodista, ¿verdad?

El desconocido reacciona al fin, pero no de la mejor manera. El pánico se refleja en cada fracción de su rostro y, sin pestañear, da vuelta para huir lo antes posible de la habitación. Ni Sergey ni Víctor mueven un músculo para perseguirlo; en realidad, este último aún se esfuerza por sobrellevar la impresión de la nota como para comprender qué ha sucedido.

—¿De verdad lo era?

Sergey camina con calma hacia la puerta que el hombre ha dejado abierta.

—Parece que sí. Él muy imbécil debió creer que no había nadie. Después de todo, no es hora de visita.

Víctor poco a poco cae en cuenta: de haber sido así, de haberse encontrado Yuuri solo, ¿acaso ese hombre pensaba fotografiarlo? Se lo imaginó: el rostro herido de Yuuri en las primeras planas de los periódicos, en cada noticiero de la nación, rondando por todo internet… 

La ira renace de ese dolor que se le incrusta en el pecho. Sergey, tras cerrar la puerta, vuelve a su lado y coloca una mano sobre su hombro; aquel rostro mayor al suyo intenta imitar algo parecido a la comprensión, pero es demasiado plástico como para que cualquiera pueda tomárselo en serio.

—Creo que, por el bien de todos, sobre todo de Yuuri, no deberías de seguir aquí —Víctor da un paso hacia atrás, como si el toque contrario le hubiera quemado con gravedad; no puede creer lo que escucha. Sergey ni siquiera luce sorprendido de su reacción; por el contrario, actúa demasiado rápido para atrapar a Víctor y sostenerlo ahora de ambos hombros, así no podrá escapar de sus palabras—. Víctor, por favor, escucha: eres tú quien atrae a los periodista, no él. Ha comenzado a hacerse famoso por su cooperación con varias orquestas del mundo y todo eso, pero incluso tú tienes que ser consciente que si su rostro es conocido, que si sus composiciones se volvieron famosas, fue gracias a ti. Creo que ya le has hecho el suficiente favor. Si te vas de aquí, esos parásitos lo harán también y no tendremos que preocuparnos porque algún periodista loco pueda colarse a la habitación e invada más su privacidad. Yo me encargaré de hacerle creer a la prensa que ha sido transferido a otro hospital, pero no deben verte por aquí o levantarás sospechas.

Lo que dice Sergey parece razonable; pero, para Víctor, la sola idea de abandonar a Yuuri en ese estado le es inconcebible. En un momento así, pocas palabras cabrían en su boca más allá de “un vete a la mierda”. Quizá no las dice, pero son demasiado claras tras las llamas que han vuelto a encenderse en sus orbes. Sergey, al notarlo, deja escapar un bufido de exasperación.

—¿De verdad, Víctor? ¿De verdad estás seguro de soportar todo esto? No lo digo por tu bien, créelo; un pianista, por más famoso que sea, no atrae a la prensa que tú sí haces —Otra vez la plástica compasión—. Entiendo que no quieras que se quede solo, pero no lo estará. Sus padres vienen en camino, llegan hoy por la noche, ¿no? Ellos podrán hacerse cargo, ni siquiera tienen que preocuparse por los gastos de hospitalización, yo me encargaré de que se sigan sustentando.

Una parte suya quiere comprender, pero otra es incapaz de aceptarlo, siente la idea como un miembro u órgano extraño que su cuerpo rechaza de inmediato y que se pudre dentro al no podérselo sacar. Piensa de nuevo en el fotógrafo, en lo que hubiera sucedido al encontrar a Yuuri solo en la habitación. Una parte suya sabe que Sergey tiene razón, que es su culpa, que es su presencia la que mantiene a todos esos periodistas, quienes rondan las inmediaciones del hospital ávidos por encontrarlo a él, a su entrenador, a sus compañeros, a su representante o cualquier otra persona que les pueda dar información, responder sus miles de preguntas. Y ahora que el señor y la señora Katsuki lleguen a San Petersburgo, también serán acosados, y, al igual que él, ya tienen demasiado de todo eso, de la preocupación, del dolor y la incertidumbre.

La seguridad y bienestar de Yuuri deberían de ser primero, ¿no? Más allá de sus deseos egoístas por permanecer siempre cerca para que Yuuri sepa, al despertar, que nunca lo abandonó.

Su mirada se clava en el cuerpo sobre la cama. La habitación se hace pequeña, tan pequeña que lo tiene frente a él, pero siente que aunque estirará su brazo, no podría tocarlo… porque Yuuri está lejos, tan lejos como su inconsciencia se lo permite.

—Hazlo por el bien de Yuuri.


“Hazlo por bien de Víctor”.

Con un sobresalto, Yuuri abrió sus ojos. ¿Otra pesadilla? Tal vez, aunque ya no la recordaba del todo. Quisiera moverse para comprobar la hora, pero tampoco era su deseo molestar a Víctor, quien seguramente, a su lado, dormía de forma muy cómoda. Tuvo que conformarse con la oscuridad de la habitación para comprobar que era de noche todavía. Talló sus con exasperación, con las única palabras que recuerda de su pesadilla bien grabadas en su memoria. Ojalá de verdad solo fueran parte de un sueño y no de su realidad.

“Hazlo por bien de Víctor”.

Tendría que ser fácil hacerlo, ¿no? La seguridad y bienestar de Víctor debían de ser primero, más allá de sus deseos egoístas y su incapacidad de alejarse porque quisiera estar con él en todo momento, porque no se imaginó la vida de otra manera; aunque su presencia augurara desenlaces que a ambos terminarán por lastimarlos, mucho. Pero, por más que se forzó a ello, a hacerlo, a largarse de una maldita vez, no pudo, su egoísmo era más.

“Hazlo por bien de Víctor”.

Yuuri no lo sabía, pero eso que llamaba “egoísmo” era amor, y por eso le era impensable, porque dolía mucho más que romper un simple ego.


*Esta frase se encuentra entre barras oblicuas // para indicar que se ha transcrito de forma fonética y no gramatical. Esto es para que pudiera comprenderse mejor la idea sobre la pronunciación que quise usar.  

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