Capítulo 5: Un cuerpo


Una habitación blanca espera por Víctor Nikiforov. Pero no solo es eso, no solo es ella, hay dentro un cuerpo envuelto entre sábanas blancas que también lo espera. Un cuerpo frío y herido que recibe poco a poco la tibieza del ambiente, del aire intoxicado entre olores de desinfectante y medicamentos.

Pero antes de ella, hay un recibidor que cree esperar su llegada también, una mujer detrás del letrero de “Información” que parece dedicarle un mirada triste cuando se acerca, como si supiera porque está ahí, lo que siente, lo que teme, o tal vez es hastío lo que hay tras sus claros orbes, hastío del olor, de la gente ir y venir, de los cuerpos entrar y a veces salir helados, de las lágrimas de los dolientes y de las cientos de personas que se acercan a ella con la misma desesperación y confusión con que Víctor lo hace, con la esperanza de que no les diga lo que han ido a escuchar. A él no le importa lo que ella podría ver en su rostro desencajado, si es que esa máscara de perfección se ha caído ante alguien más que no sea Yuuri; él solo quiere lo que ella tiene y puede darle: información.

La mujer revuelve los papeles del recibidor con una calma exasperante. Parece un chiste cruel. Víctor cree que ella lo sabe, pero que se lo oculta, que quiere guardar por unos segundos más la respuesta para evitarle el dolor de la verdad. Y casi lo confirma cuando la mujer apenas mira la última hoja, sin leer realmente lo que está escrita en ella, y le responde con la voz mecánica de quien se ha aprendido esas palabras y las ha repetido una y otra vez por años.

—Camina derecho por el pasillo y gira a la izquierda. Cuando cruces la puerta, verás una sala. Habla con los policías que están por ahí.

Víctor agradece, pero no de corazón, solo de cortesía; este ahora se encuentra maltrecho, ha dejado de latir desde el momento en que la Sra. Katsuki le dio la noticia. Corre. Siente que se encuentra en uno de esos sueños en los cuales, por más que se apresura con sus pasos, el pasillo se extiende más y más, y parece interminable. Cuando llega al final y gira, cuando toca la manija de la puerta mitad cristal, mitad metal, parece que han pasado mil años y que ya nada existe.

Empujarla fue como empujar sus propios miedos, tan pesados y dolorosos que varias veces lo regresaron a su sitio, impidiendo que pudiera abrirlas. Cuando logra pasar, ese corazón que creía detenido se estremece: varias personas, algunas con la misma expresión que él, se giran para observarlo, como si le dieran la bienvenida al infierno de la duda e impotencia en el que ellos se encuentran.

Víctor apenas puede respirar. El aire enrarecido de ese sitio se le mete hasta la garganta, casi lo puede saborear. Recorre uno a uno esos rostros, sus ropas, sus semblantes. Algunos ya han perdido su interés por él, otros lo usan como distracción de su propio dolor. Nadie parece percatarse de quién se trata, nadie lo reconoce, y Víctor lo agradece en silencio, aunque no logra ver a ningún policía cerca. La ausencia pesa tanto como el transcurso del tiempo. Los segundos le caen encima con notable lentitud, todo se mueve en cámara lenta, incluso él mismo… La agonía se expande hasta el infinito.

Cierra sus ojos, presiona sus párpados entre sí como si quisiera aliviar el dolor que lo ha llenado de repente. Sus oídos zumban, se cierran, ya no escucha nada, solo la voz de Yuuri deseándole un buen día; la voz de Yuuri preguntándole que desea de cenar esa noche; la voz de Yuuri diciéndole “Te amo” en un susurro; la voz de Yuuri gritando, pidiendo ayuda, preguntándose porque lo ha abandonado, porque permitió que le sucediera eso…

—¿V…  N…?

Todo explota. Víctor cae por un agujero negro que ha se ha abierto bajo sus pies…    Y solo Yuuri, Yuuri, Yuuri…  Solo él…  solo su voz…

—¿Vi…  or…  Ni…. fo…  ov…?

Y al final del túnel una melodía de piano, la misma con la que Yuuri le declaro su amor, la misma que él utilizó para…

—¿Víctor Nikiforov?

Abre sus ojos. Unos policías que lo reconocieron se han acercaron a él y lo observan con una expresión de condolencia, como si alguien hubiese muerto. Sí, Víctor lo ha hecho. Son los mismos policías con los que debía hablar, aunque no hay palabras aún, solo la acción de uno de ellos al extenderle un celular sucio y con la pantalla rota, el cual ha sido envuelto en una bolsa plástica para evitar que se contamine. Es evidencia. Víctor lo mira con detalle, y pese a la tierra que se le ha pegado, reconoce la funda azul con caniches de Yuuri. Su corazón se estruja.

La tarde se extiende en una conversación (monólogo, pues no articuló una sola palabra). Le explican que una pareja encontró a un chico de veintitantos años, con rasgos aparentemente asiáticos, alrededor de las dos de la mañana en un callejón aledaño al Puente Tuchkov (Víctor está seguro que recorrió ese callejón más de una vez. ¿Acaso pasó a lado del cuerpo moribundo de Yuuri sin distinguirlo? ¿Él se percató que pasó a su lado? ¿Acaso trató de llamarlo y no lo escuchó? ¿Yuuri creyó que lo estaba abandonando? La culpa y la desesperación son ácidos que derriten sus órganos. Víctor quiere vomitar toda esa culpa que lo está cociendo en vida).

Al acercarse, la pareja lo creyó muerto, por lo que su primer y obvio impulso fue llamar a la policía. Cuando arribaron y, al no encontrar en él nada con sus datos que pudiera identificarlo (¿Y su pasaporte? Yuuri siempre lo lleva consigo) mas que un celular a lado suyo, intentaron llamar a algún número en el que alguien pudiera responder por él (¿Por qué no dieron noticias sobre el hallazgo? ¿Acaso creían que era un inmigrante ilegal?, ¿un criminal que fue atacado por un ajuste de cuentas?). Fue difícil con la pantalla rota, muchos puntos del touch se encontraban inaccesibles, por lo que únicamente pudieron marcar al último número al que la víctima había llamado. El número resultó extranjero…  Resultó ser su madre quien respondió. Fue difícil en un principio entenderse con ella, pero uno de los policías sabía inglés y la Sra. Katsuki también. Ella les habló de Víctor y dijo que le llamaría de inmediato. La señora se escuchó desesperada e impotente de encontrarse en un país tan lejano.

Al final, la conclusión: no hay más datos que se puedan proporcionar. Se ha abierto la investigación, pero están ante un expediente en blanco, ni sospechosos ni pistas existen para que puedan encontrarlo. Los policías demuestran su dolorosa sinceridad: hay un solo un diez por ciento de probabilidad de que puedan encontrar al responsable… 

Lo adivinan: será un caso que termine archivado si no pueden obtener una declaración de la víctima. Posiblemente no la obtengan nunca.


La habitación se abre ante él y lo recibe con un bufo de aire enterregado. Es blanca: paredes, techo, camilla, sábanas…   Lo único que desentona es una silla de metal negra a lado de la camilla y el cuerpo encima de ella, una tonalidad entre palidez y rojo herida.

Víctor tiene miedo de moverse. Una parte suya desea estar dentro de una pesadilla, pero otra teme aún más que, al despertar, se encuentre en la sala de su departamento con Yuuri todavía desaparecido. Al final no sabe que realidad es peor.

El tiempo en esa habitación es lento, o por lo menos Víctor lo percibe de esa manera. Cada sonido que sucede parece elevarse y expandirse hasta desaparecer en las esquinas. Así su propia respiración, sus pasos, el movimiento de la silla al arrastrarse y sentarse en ella, su mano tomando la vendada de Yuuri, el marcador de latidos que declara que ese cuerpo sigue vivo…  Quizá no por mucho.

Yuuri es ahora una construcción de carne, tubos, vendas y medicamentos. De moretones, heridas, huesos rotos y órganos lacerados que pueden dejar de funcionar en cualquier instante. Un cuerpo que no responde, una mente quizá en blanco. Coma.

Los dedos de Víctor acarician los contrarios y sus ojos observan a detalle los rasgos desfigurados a golpes de su Yuuri. No sabe si lo que siente en ese momento es más dolor o más rabia. No sabe si el odio que lo carcome es hacia él o hacia quien le hizo eso.

Su mano tiembla. Por un instante cree que es Yuuri quien se ha movido. Dice su nombre varias veces, pero no hay respuesta. Se niega a creer que ha sido solo su imaginación y se acerca a él, se levanta de la silla y toca su rostro apenas con la punta de sus dedos. No quiere causarle dolor. Vuelve a llamarlo. Nada. Víctor, de pronto, comienza a contarle una historia, una de cómo, en un viaje a Nueva York, conoció a un hombre maravilloso que lo cautivó desde el primer momento. Un hombre tímido, pero con un corazón hermoso; un hombre perdido que le ayudó a encontrar su camino, el mismo que ambos continuaron juntos; un hombre que le demostró que, sin importar que tan hundido se encontraba, solo bastó una mano cálida y una sonrisa para darse cuenta que realmente no existe un fondo ni una cima, que siempre se puede ascender.

Nada.

La historia termina con un beso a unos labios agrietados y heridos…   Y con varias lágrimas cayendo después sobre ellos, besándolos también.


Víctor avanza hacia la salida del hospital, no porque lo haga a voluntad propia, sino porque lo obligan. Yakov camina a su lado e intenta convencerlo de que vuelva a casa por unas horas, que tome un baño, que duerma un poco, que coma algo. Él promete quedarse para cuidar a Yuuri. Víctor no quiere, desea estar presente cuando Yuuri despierte, quiere ser la primera persona que vea al abrir sus ojos, casi con la seguridad de que eso lo hará sentir mejor, que curará de alguna forma todas sus heridas. No es por presunción, es porque siente que así sucedería si las cosas fueran al revés, si él fuera quien estuviera en cama con todo un mundo encima que le ha molido los huesos. A él le encantaría despertar y tener el rostro de su Yuuri a su lado, sosteniendo su mano, diciéndole que todo estará bien… 

Sin mucho convencimiento aún, cede, no detiene sus pasos hasta la puerta principal. No es hasta ese instante que nota mucho movimiento, policías que cuidan la entrada por dentro y fuera, y que parecieran ser una especie de filtro para las personas que cruzan por ella. Nada se encontraba de esa manera cuando él llegó el día anterior.

Un guardia abre la puerta… Y Víctor es recibido en el exterior por una montaña de luces parpadeantes que le caen como avalancha. No es el sol, no son sus rayos cálidos de la tarde, son flashes de cámaras que lo ciegan cada segundo. Siente una multitud acercarse hacia él. Lo empujan, lo arremeten con golpes y decenas de preguntas que parecen pronunciarse al mismo tiempo. Víctor no logra comprenderlas, ni siquiera se cree capaz de procesar lo que sucede a la misma velocidad en que lo hace. Por primera vez, pese a que ha vivido situaciones parecidas, se siente confundido, asustado. Busca a Yakov a su lado, detrás suyo, pero parece haber sido tragado por la masa de gente. No lo ve por ningún sitio.

Alguien, entonces, lo golpea con un micrófono; otro más lo empuja hacia el interior de la multitud que continúan abalanzándose sobre él.  Las luces no dejan de cegarlo, las preguntas vuelvan y la mayoría lo impactan sin compresión: “¿Cómo se encuentra?”. “¿Es cierto que ha muerto?”. “¿Fue a causa de un robo o hay alguna otra razón tras el ataque?”. “¿Cómo te siente? Imagino que devastado”. “¿Qué te han dicho los médicos?”. “¿Va a recuperarse?”. “¿Crees que fue un ataque racista?”. “¿Esto podría tener algo que ver con lo ocurrido tras su compromiso?”. “¿Dónde estabas cuando ocurrió?” “¿No estabas con él?”. “¿Crees que te pueda ocurrir lo mismo? Deberías tener cuidado. Aún han recibido muchos mensajes de odio, ¿no es así?”. “Se dice que una mujer lo encontró desnudo, ¿es cierto?”.

Víctor se mueve según la marea, la confusión lo vuelve un títere que se deja ahogar por las olas, hundirse en la profundidad por ellas. Ya no sabe la dirección de la entrada del hospital, o dónde está la calle o el estacionamiento. Su vista solo puede visualizar cabelleras de múltiples colores, la mayoría rubias, muchas negras y unas cuantas castañas. Pero pronto todas se vuelven un amasijo marmolado.

Víctor cierra sus ojos por los flashes como si se prepara para lanzarse a las olas desde un acantilado. Seguro estaría con sus brazos abiertos de ser posible. Sus piernas fallan, el piso debajo de ellas pareciera haber desaparecido como si realmente se hubiera lanzado. Cree caer, pero no nota que lo hace hacia un costado y no hacia abajo. Y recorre lo que parecen kilómetros, arrastrado por una fuerza que lo trae de vuelta y extrae de la masa.

De pronto los flashes cesan y las decenas de preguntas que siguen volando por el aire se vuelven ecos lejanos, apenas entendibles, diluidos por una puerta de cristal que los merma y cuela. Entonces abre sus ojos y se da cuenta que está de vuelta en el hospital, en el recibidor, donde dos policías empujan las puertas hacia afuera para evitar que la turba de periodistas logren entrar y continúen con su interrogatorio.

La mano que había tomado el cuello de su camisa desaparece. Víctor busca a su dueño.

—Esos parásitos… —se queja su salvador: Sergey.

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