Capítulo 10: Una primera vez


En cuanto Yuuri abrió los ojos y fue consciente de sí mismo y de todo a su alrededor, sin duda deseó que el mundo lo tragara en ese instante. Más que temor por no reconocer el lugar en el cual se encontraba, temía por todo lo que eso implicaba en realidad. La confusión solo le duró unos segundos, los mismos que tardó en reconocer el dolor que vibraba en su cabeza debido a la resaca y, con él, varios pedazos de recuerdo comenzaron a tomar forma. Por supuesto, la imagen de Víctor Nikiforov sosteniendo su rostro entre sus manos y secando las lágrimas de sus mejillas fue la que destacó sobre todas las demás y la que le dio sentido al resto, sobre todo a esa que parecía más como un sueño, una creación de su subconsciente basado en algún deseo que él no reconocía… Esa donde se acercaba a Víctor y, sin entender por qué, le robaba un beso. Con eso, vino entonces el recuerdo de un ardor invisible sobre sus labios y un gusto dulce, como a rosa, que todavía podía sentir impregnando su paladar.

¿Puedo tomar entonces esto como un “también me gustas”?

Yuuri no lo supo entonces y no lo sabía tampoco en ese momento, solo recordaba sus palabras siendo ahogadas en los labios de Nikiforov, en esa lengua que lo profanó de forma profunda, en esa sensación húmeda y dulce que terminó por encender partes de sí mismo que dormían.

¿Quieres ir a mi departamento para que lo descubramos mejor?

Yuuri no recordaba su respuesta, si es que hubo una, solo recordaba la sensación de la mano de Víctor tomando la suya y llevándolo al elevador. También la impresión que le dejó el ser acorralado contra una pared fría de metal y un cuerpo que parecía estar tan caliente como el suyo. Lo demás desapareció en fragmentos incompletos y corruptos, dándole solo la idea de que, al subir al vehículo de Víctor, continuó sintiendo los labios de este, una y otra vez, y sus manos danzando sobre la ropa y halándola en tantas direcciones como si quisiera desgarrarla. Recordaba un poco las suyas siendo algo torpes, alcoholizadas al intentar imitarlo. Y recordaba también escucharlo reír sobre sus labios, decirle algo… Tal vez que era adorable… tal vez que le gustaba mucho… tal vez que ambos la pasarían muy bien.

Yuuri cerró sus ojos e intentó pensar en alguna otra cosa más allá de ese punto, sobre todo cómo llegó a esa habitación y qué ocurrió en ella, pero todo eso se mantuvo en blanco para él. El dolor que punzaba y hacía más pesada su cabeza no le ayudaba en absoluto. Por supuesto, el hecho de que estuviera en ropa interior en ese momento sobre una cama que suponía le pertenecía a Nikiforov no era para nada una buena señal. ¿Cómo debía sentirse su cuerpo si es que acaso algo había ocurrido? ¿Debía doler? No lo sabía y, ciertamente, el solo imaginarse que hubiera podido cruzar esa línea tan delicada le perturbaba de una manera profunda. Se sentía agobiado con la idea siendo solo formulada en su cabeza. Sí, quería que el mundo lo tragara y lo escupiera muerto en cualquier otro sitio menos ese. 

Cubrió su rostro con ambas manos y se talló los ojos con desesperación mientras contenía el llanto. Lo que más le asustaba era justamente que no pudiera recordar esa parte de la historia, esos detalles que le harían saber si es que acaso le entregó su primer encuentro a Víctor o no… Moría de vergüenza de imaginarse la opción tan posible, tan latente, y le desesperaba justamente ese espacio en blanco que se negaba a ser llenado. Sabía que no podría hacerle frente en ese momento, no se sentía con el valor ni las ganas de descubrir en la mirada del otro que justamente su mayor temor sí había sucedido. Por eso le alivió darse cuenta que se encontraba solo en la habitación y que podría vestirse rápido para salir de ahí y aclarar las cosas en su cabeza. Tal vez pasados los síntomas de la resaca podría recordar con precisión qué había sucedido ahí.

Se levantó de la cama esperando alguna clase de dolor sobre ciertas partes de su cuerpo, pero todo en él transcurrió de manera normal, solo era su cabeza la que continuaba palpitando con esa sensación dolorosa que le provocaba ganas de vomitar. No quiso pensar más en ello y, aun con su vista empañada por culpa de su mala visión, creyó notar sus anteojos en el buró. Y efectivamente lo eran. Sin embargo, no tuvo tanta suerte en encontrar el resto de su ropa, ya fuera en alguna parte del suelo o revuelta entre las sábanas. 

—Buenos días. 

Aquella voz lo cimbró desde las entrañas: justo el hombre que menos deseaba ver en ese instante se encontraba parado contra el marco de la puerta, con una taza humeante entre las manos. Yuuri sintió un enorme terror de voltear a verlo, sobre todo por lo que temía encontrar en él y en su mirada, pero fue imposible evitarlo del todo, en especial cuando sentía los ojos ajenos sobre él, calentando su rostro a cada segundo. Suspiró de forma ahogada y finalmente le dirigió una temerosa mirada, una que se volvió en completo pánico cuando la escena se mostró con tanto detalle frente a él que dolía: Víctor estaba casi desnudo, solo con una bata de baño abierta que mostraba su única otra prenda que cubría su cuerpo, unas trusas negras. Además, su cabello largo se mostraba suelto y algo revuelto, sin cepillar, acompañado de una pequeña sonrisa llena de complicidad y coquetería que le hizo a Yuuri vaciar todo esperanza.

Para él fue más que obvio lo que había sucedido, por lo que cubrió su rostro, completamente enrojecido, y dejó escapar una ligera exclamación de pánico que pudo llegar hasta los oídos de Víctor. 

—No, lo hicimos… de verdad lo hicimos… No puede ser. No, no, no…

Yuuri se dejó caer sobre la cama, tratando de ocultarse de la vista ajena con las sábanas que lo rodeaban. No notó como la sonrisa de Víctor se volvió algo traviesa mientras tamborileaba sus dedos en la taza de café.

—¿Hacer qué? ¿Tener sexo? Oh, sí, vaya que lo hicimos. ¿Qué acaso no lo recuerdas?

Con suavidad, Víctor se acercó a la cama y se inclinó un poco sobre ella. Pudo escuchar sobre las sábanas los “No” y los “No puede ser” interminables de Yuuri, casi vueltos un completo lamento. Fingió entonces un puchero infantil, pese a que sabía que él no podría verlo.

—¿Qué ocurre, Yuuri? ¿Tan horrible es que hayamos tenido sexo?

Hubo una ligera pausa tras sus palabras, una donde Víctor sorbió un poco de café y esperó alguna clase de respuesta o reacción por parte de Yuuri, pero no hubo nada más de lo que ya escuchaba. En ese momento le era imposible saber todos los deseos que Yuuri tenía porque esas sábanas pudieran asfixiarlo cuanto antes, todo el terror que le invadía tras confirmar que efectivamente se había acostado con Víctor y, aun así, era incapaz de recordar los detalles. Pero lo que más pánico le causaba, era no distinguir qué de todo eso era lo peor para él: si la falta de recuerdos, si el hecho en sí mismo, si la vergüenza que sentía, si la facilidad con que se había dejado llevar estando ebrio… o con quién y cómo había sucedido.

Víctor se cansó de esperar, por lo que tomó un puñado de sábanas y las hizo a un lado; no obstante, la escena que descubrió bajo ellas le sorprendió: Yuuri estaba hecho un ovillo, abrazado a una almohada, y apretaba sus ojos con fuerza, como si estuviera a punto de llorar y se esforzara por contenerse.

—Oye… ¿de verdad es tan malo? —Víctor suspiró, peinando algunos de sus mechones hacia atrás mientras torcía los labios. La sonrisa traviesa había desaparecido de ellos—. Yuuri, escucha, te mentí, ¿de acuerdo? No pasó nada entre los dos. Esa era la intención, pero… no ocurrió nada al final.

Yuuri lo miró de golpe con una expresión que para Víctor le fue indescifrable, así que supuso que él trataba de saber si lo que le decía era verdad o solo le estaba mintiendo. Por eso, le sostuvo la mirada con decisión y una expresión seria: era completamente cierto lo que decía. 

—Cuando llegamos a la cama, tú… me vomitaste encima. Te manchaste también, así que por eso te quité la ropa y la mandé a lavar. Puedes encontrarla en el baño, por si deseas tomar un ducha. —Apuntó hacia una puerta que se encontraba en el otro lado de la habitación. Yuuri lo observaba aún receloso de sus palabras, a lo que Víctor le sonrió con suavidad—. Creeme, si hubiera ocurrido algo, no creo que pudieras moverte con tanta facilidad. —Y cerró sus palabras guiñandole un ojo.

La reacción de Yuuri fue instantánea: enrojeció por completo y volvió a cubrirse el rostro con las manos, lamentándose una vez más; sí, era capaz de creer algo así, y justo por eso no sabía qué versión de la historia resultaba peor… Aunque, poniéndolo en cierta perspectiva, el haberle vomitado encima al líder de una mafia sonaba mucho peor que tan solo haber tenido sexo con él. Durante un segundo deseó con fuerza que la última opción fuera la real y, si antes había deseado que el mundo lo tragara y lo escupiera en otro lado, en ese momento quería fervientemente que lo destrozara de una vez. Ya no soportaba la vergüenza de ninguna de las dos opciones. 

De pronto, sintió una mano colocarse sobre su cabeza, dándole tan solo un par de palmaditas.

—Creo que ambos nos excedidos ayer —comenzó Víctor con una voz tan suave y comprensiva que Yuuri nunca le había escuchado antes—. Fue… demasiado rápido. Mi culpa también, por dejarme llevar de esa manera y permitir que tú lo hicieras. Solo espero que no hayas olvidado también lo que ocurrió durante la cena, sobre todo lo que dije… Y que pienses en ello. No me ha quedado muy claro qué sientes al respecto… Y casi estoy seguro que tú tampoco lo sabes ahora.

Yuuri descubrió su rostro y miró a Víctor caminar hasta la puerta. 

—Toma un baño y ve a la cocina para que desayunes algo antes de que te lleven a casa. 
Víctor se había detenido en el marco de la puerta, dio un sorbo más a su taza y le sonrió antes de salir. Yuuri solo pudo describir ese gesto de una sola forma: dulce.

Una vez solo, Yuuri no supo cuánto tiempo permaneció aún en la cama, recostado boca arriba y mirando el techo con atención mientras encontraba el ánimo suficiente para levantarse e ir a tomar un baño. Tenía demasiado que procesar y, ciertamente, el dolor de cabeza que se mantenía no era de gran ayuda. No sabía si esa era la razón por la que las cosas continuaban pareciéndole confusas, o si seguía siendo su propia negación la que no le permitía pensar con la claridad que necesitaba. Finalmente se levantó de la cama al creer que el agua fría podría ayudarle.

Al entrar al baño, uno que era más grande de lo que había esperado, encontró su ropa limpia y perfectamente doblada sobre el lavabo, tal como Víctor le comentó. No se entretuvo mucho en ello, el baño fue un poco más rápido que el tiempo que tardó en salir de la cama, pese a que era agradable la frialdad que caía sobre su cabeza. Durante varios minutos simplemente permaneció bajo el chorro de agua, con los ojos cerrados, dejando que su mente volviera a rememorar todo lo que había ocurrido, no solo en la noche anterior, sino justamente casi una hora atrás.

Sí, recordaba cada palabra de la confesión de Víctor y como, pese a todas las expectativas de ambos, fue él mismo, Yuuri, quien se atrevió a dar un paso más allá y besarlo primero… Incluso recordaba que también fue él quien no dejaba de acercarse, de buscar más contacto y cercanía con Nikiforov. Hizo un gesto ante ello. En sus recuerdos no lograba reconocerse del todo y, aunque tenía bastante presente todo lo que hizo, no podía traer de vuelta la clase de pensamientos y de sentir que le hicieron actuar de esa manera. Tal vez se estaba concentrando demasiado en recordar lo que sintió en aquel momento en lugar de tratar de descifrar qué era lo que sentía en ese instante, ahora que estaba por completo consciente y que las cosas finalmente habían tomado un mayor sentido. Sin embargo, aunque ya se creía capaz, ya no deseó rememorar nada más que eso, pues seguía pareciéndole demasiado vergonzoso el solo imaginarse a sí mismo devolviendo el estómago sobre Víctor, aunque agradecía tanto que él no parecía molesto por ello, sino al contrario, lucía aliviado de que la noche terminara de esa manera. Si las cosas hubieran escalado al nivel en que ambos lo buscaron, ¿Víctor también se hubiera arrepentido de ello? Casi estaba seguro que sí, por lo que le dijo al final cuando ambos estaban en la habitación, y eso… eso de alguna forma le hizo sentir más tranquilo.

Solo fueron un par de minutos más en los que Yuuri tardó en secarse y vestirse para salir finalmente de ese lugar. Aún tenía muchas cosas en qué pensar, sobre todo el cómo tomaría la confesión de Víctor y qué haría respecto a ella, pero también era consciente que todavía no era un buen momento para considerar ese asunto con seriedad. En ese momento solo quería volver a casa, especialmente porque se imaginaba lo preocupado que debía encontrarse Phichit ante su ausencia. Su celular estaba por completo descargado y, aunque podía pedirle prestado a Víctor un cargador, prefería hablar con su amigo en persona y cuanto antes; era momento de confesar lo que había ocurrido, aguardando la esperanza de que eso le ayudara a aclarar el cómo se sentía…

Aunque el departamento de Nikiforov era grande, con bastantes puertas que podrían confundir a cualquiera sobre qué camino tomar, fue sencillo para Yuuri simplemente seguir por el largo del pasillo hasta que este mismo lo sacó a una habitación enorme, con ventanales de cristal, que conectaba de manera simultánea la sala de estar, el comedor, una barra desayunadora y la cocina. Yuuri esperaba encontrar a Víctor ahí, aunque ahora se apenaba un poco de haber tardado tanto en salir; sin embargo, sus ojos terminaron por detenerse cuando llegaron a la barra pues allí, sentada en un banquillo, se encontraba una mujer que él no conocía. 

Su edad era algo difícil de definir, pues aunque lucía joven, con un cuerpo hermoso y acinturado gracias a un entallado y corto vestido rojo, su aire parecía demasiado denso y frívolo como para que realmente tuviera los veintitantos que aparentaba. Además, su cabello oscuro y largo, casi de la misma longitud que el de Víctor, le hizo recordar justamente al de él, pues ambos parecían tener la misma forma, la misma suavidad y belleza. Fue cuando la mujer volteó al percibirse observada, que Yuuri se sintió clavado por cientos de glaciares gélidos que provinieron de unos ojos azules y profundamente densos.

Ella sonrió.

—Ah, entonces era cierto lo que dijeron, Vitya no está solo. Dime, quién eres, ¿sales con él? —Fue inevitable no notar el acento ruso dentro de sus palabras y, aunque Yuuri sabía que le hablaba directamente a él, pues no había nadie más ahí con ellos, de alguna forma se sintió desconectado de aquella mujer, como si ella estuviera hablándole realmente a un ente inanimado y sin importancia.

Ante el prolongado silencio que se extendió sin alguna respuesta, la mujer frunció el ceño y Yuuri se sintió partido por un terrible escalofrío.

—¿Qué? ¿Eres mudo? Te estoy ordenando que me digas tu nombre, ahora.

La mujer se levantó del banquillo con un movimiento brusco y Yuuri retrocedió un par de pasos, sintiendo una frialdad abrumadora que sin duda lo hubiera destrozado de ser posible. Tartamudeó un poco, pero cualquier intento de hablar fue ahogado por unos pasos de pies descalzos que se aproximaron con bastante rapidez desde su espalda. Antes de que pudiera reaccionar, Yuuri sintió su muñeca sujetada con fuerza y como alguien lo empujaba un poco hacia atrás… Instantes después, la espalda de Víctor estaba frente suyo, interponiéndose entre su cuerpo el de aquella mujer.

—¿Qué demonios haces aquí, Inna? ¿Cómo demonios entraste?
Yuuri notó la pistola que Víctor sostenía con firmeza en su mano, aunque no la apuntaba todavía hacia la mujer.

—Brat!(1) ¿Así es cómo me saludas después de todo este tiempo? Siempre tan grosero e irrespetuoso.

—¿Cómo entraste? —Víctor insistió, casi en un gruñido bajo.

Inna esbozó una pequeña sonrisa. Yuuri logró verla a tiempo y, sin duda, era la misma forma en que Víctor sonreía cuando lo hacía con ese aire plástico y perfecto que auguraba un mundo a punto de explotar bajo sus órdenes.

—Es sencillo cuando tienes guardias que se dejan comprar. O… quienes no, que sean sencillos de hacer a un lado.

Inna colocó su propia arma sobre la barra. Yuuri no pudo notarlo debido a la distancia, pero Víctor sí logró distinguir los rastros de sangre algo fresca que había sobre ella. La rabia hirvió dentro de cada una de sus venas y no dudó más en alzar su pistola contra su hermana, quien no reaccionó más que con un suspiro.

—No te molestes conmigo, sabía que no ibas a aceptar verme por las buenas. Es tu culpa por ser tan testarudo. Además, no vengo realmente con esas intenciones, mucho menos cuando tienes un adorable invitado aquí. ¿Así que sigues interesado en hombres? Oh, nuestro padre estará tan furioso cuando se entere.

La mujer rio un poco ante la clara burla en sus palabras. Víctor no parecía tener demasiada paciencia como para soportar aquello, en especial cuando involucraban a su padre en ese asunto. Por eso, un disparo detonó casi al instante, aunque realmente la bala no impactó contra ninguna parte del cuerpo de la mujer, sino que terminó por incrustarse en la pared que estaba detrás suyo.

—¡Basta! Sé a lo que viniste, pero no voy a hablar con él sin importar cuánto insista. Ahora lárgate, no voy a fallar en una segunda ocasión. 
Inna había menguado un poco su expresión, dejando que su rostro mostrara un gesto serio, apacible, aun cuando sintió perfectamente la bala vibrar muy cerca de su mejilla.

—Me alegra ver que no has cambiado mucho, Vitya. Pero no, no vengo a eso tampoco, su tonta pelea de padre e hijo es lo que menos me interesa. En realidad, he venido a darte una triste noticia: Sasha ha muerto.

El desinterés con que Inna mencionó su última frase fue bastante latente. Víctor, en cambio, fue quien tuvo una reacción más genuina, especialmente cuando bajó el arma y sus ojos se abrieron más con algo que podría describirse como sorpresa… y dolor.

—Fue emboscado por un socio que se atrevió traicionarnos y delatarlo. Era que muriera o fuera detenido… Y sabes que nuestro padre no hubiera permitido eso. —Mientras Inna hablaba, Yuuri notó perfectamente como la mano de Víctor, la cual sostenía el arma, se cerró en torno a ella con mucha fuerza, tanta que comenzó a temblar—. Esta noche tendremos un funeral privado y es obvio que deseamos que nos acompañes. Es nuestro hermano al fin y al cabo. Y también sé que es el hermano al cual más querías… Que celos. —Aquello último fue dicho con un obvio tono despectivo.

Víctor se mantuvo en silencio durante unos segundos y Yuuri tampoco supo muy bien qué hacer con respecto a lo que acababa de escuchar. Había dejado de percibir en el ambiente esas ligeras chispas que intuían peligro y, a cambio, todo se volvió algo incómodo… y deprimente.

—Tal vez deberías llevarte a tu visita, seguro que a nuestro padre le encantará verte llegar con él.

—¿Es todo? Si es así, largo —Víctor exhaló casi en un suspiro ahogado, como si la exasperación que estaba sintiendo terminara por absorber toda su rabia y energía. Incluso peinó su cabello con algo de ansiedad, acariciando su propia cabeza un poco, como si doliera.

—Siempre tan grosero. —Inna fingió un puchero que ya no quedaba muy bien a su edad, pero casi al instante soltó una amplia sonrisa—. Te recomiendo que mandes a limpiar la recepción cuanto antes, no creo que a tu visita le agrade ver cómo ha quedado ahí abajo. 
Inna se acercó un poco, solo lo suficiente para lograr ver a Yuuri directamente y guiñarle un ojo.

—Un gusto conocerte, Katsuki… Espero que cuides bien de mi hermano.

Yuuri sintió su saliva atragantarse en su garganta… ¿Cómo sabía su nombre? ¿No se lo había preguntado momentos antes? ¿Y él acaso no había respondido nada? Fue bastante obvio que aquello lo desarmó con demasiada facilidad, y lo hizo sentir tan expuesto, tan vulnerable e insignificante ante cualquier cosa. Había comprendido que ella era uno de los hermanos de Víctor, aquellos con lo que este, según contaban los rumores que todo el mundo sabía a voces, no tenía una buena relación. Y por la actitud que tomó Nikiforov apenas estuvo ante ella, era bastante obvio que su presencia le resultaba preocupante y nada bienvenida.

Una vez Inna salió, Víctor se recargó contra la barra tras soltar un suave suspiro y tallar un poco su rostro. Después tomó su celular y comenzó a escribir un mensaje: si era cierto lo que su hermana había insinuado con bastante claridad, que algunos de sus hombres fueron asesinados en el piso de abajo, efectivamente necesitaba que limpiaran aquello antes de que Yuuri se fuera de ahí. Lo que le preocupaba de todo eso era la facilidad con su hermana había logrado violentar su seguridad. De haber querido hacer un ataque directo contra su persona, sin duda hubiera tenido grandes posibilidades de lograrlo. No obstante, lo que más le dejaba un sabor amargo en la boca era imaginarse que hubieran podido lastimar a Yuuri por su culpa… por nuevamente bajar su maldita guardia. Claro que tampoco le cayó bien descubrir que Inna sabía ya quién era Yuuri… Su nombre, y casi podía apostar, la relación de socios que ambos tenían. Eso significaba que lo había estado vigilando más de lo que llegó a esperarse. Hasta ese momento se había concentrado tanto en su padre, que sencillamente olvidó el peligro latente que sus hermanos también representaban… Por lo menos Inna y Markov, porque Sasha… Sasha nunca lo fue.

—Victor.

Yuuri no estaba muy seguro de qué hacer en ese momento. Lo que único que le quedaba claro era que no le gustaba mirar la expresión afligida que él tenía sobre su rostro. Víctor alzó la mirada al escucharse nombrado. Guardó su celular y esbozó una sonrisa.

—¡Yuuri! ¿Quieres desayunar algo en especial? ¿O me permites que te sorprenda?

Víctor necesitaba entretenerlo hasta que todo abajo volviera a la normalidad y Yuuri no se negó a ello, sobre todo porque le fue demasiado obvio el esfuerzo que él hacía para mantener su sonrisa.


Víctor Nikiforov bajó del automóvil, seguido de su pequeña escolta: Christophe Giacometti, Yuri Plisetski y Otabek Altin. Este último no lo hizo con las manos vacías, sino que llevaba consigo un enorme ramo de rosas blancas, mismo que apenas podía sostener con ambos brazos. Los cuatro hombres portaban consigo trajes negros, discretos y elegantes, pero el que destacaba por sobre todos era Víctor debido a su cabello: lo llevaba suelto en ese momento y lucía más suave, brillante y lacio que en otras ocasiones, como si se hubiera esmerado en que esa parte de su cuerpo resaltara sobre todo lo demás. Era algo innecesario desde cierta perspectiva, pues su sola imagen en esa mansión fue más que suficiente para llamar la atención de quienes lo veían caminar hacia la entrada.

Los primeros en sorprenderse de verlo ahí fueron los sirvientes que estaban en la puerta recibiendo a todos los invitados, y quienes tardaron un poco en reaccionar e inclinarse para darle la bienvenida como era debido. Después fueron las personas que conversaban de manera discreta en el enorme recibidor. La sola presencia de Víctor en aquel lugar fue capaz de absorber cualquier sonido, y todos los ojos ajenos se posaron de manera evidente en él. Tras eso, comenzaron a alzarse murmullos, todos dirigidos hacia su persona y el descaro que tenía de aparecerse en esa casa después de traicionar a su familia. Víctor, por supuesto, hizo caso omiso de todas esas miradas y palabras. Simplemente caminó sin detenerse a saludar ni mirar a nadie y llegó a la sala de estar, misma donde se encontraba el féretro que resguardaba el cuerpo sin vida de Aleksandr Nikiforov, uno de los hermanos mayores de Víctor. 

Al encontrarse a pocos metros del ataúd, fue cuando Otabek le entregó el ramo a Víctor. Él terminó de acercarse mientras sus tres guardias se quedaron cerca, dándole la espalda para vigilar que nadie más se acercara en ese momento y le dieran los minutos de privacidad que pidió. Durante algunos segundos, Víctor miró el rostro apacible de su hermano y se le formó un nudo en la garganta: siempre estaría eternamente agradecido por lo que hizo por él y Chris hacía tiempo, y por ser el único que, en silencio, supo comprenderlo. Por eso su muerte de verdad le dolía de manera profunda. Procuró acercarse un poco más y se inclinó sobre él. Notó su cabello lacio y platino, como el suyo, aunque este se mantenía aún demasiado corto en comparación; y, conforme más se dedicó a rememorar detalles suyas, se imaginó por última vez el oscuro de sus orbes, mismos que siempre le recordaron con cariño a los ojos de su madre. Víctor casi pegó su frente a la de él y comenzó a murmurar unas palabras que nadie fue capaz de escuchar, ni siquiera sus propios hombres: unas palabras de despedida, de cariño, de agradecimiento. Cuando terminó, dejó el ramo justo a los pies del féretro. 

Casi todos los presentes lo observaban en silencio, aún sorprendidos de verlo ahí. Víctor simplemente acomodó el saco de su traje y caminó, seguido de sus hombres, con toda la intención de salir de ahí cuanto antes. Sin embargo, era obvio que su presencia ya había sido anunciada a la persona que menos deseaba ver en ese instante.

—Víctor.

Se detuvo al reconocer la voz gruesa y áspera de su padre, y pese a que no lo deseaba, no tuvo más opción que hacerle frente con un gesto autoritario y duro. Ni siquiera en su territorio se dejaría amedrentar por él, pese a que le fue inevitable sentirse molesto al ver de nuevo la imagen de ese hombre que tanto repudiaba, con ese cabello negro y esos ojos tan azules y profundos como los suyos, mismos que odiaba haber heredado de él.

—Sigues usando el cabello de una niña.

Víctor sonrió, sacudió su cabello enfrente suyo e hizo a propósito su voz más aguda y afeminada. 

—¿No te encanta así? 

Baran Nikiforov torció su gesto con enorme repulsión ante el actuar de su hijo, mientras que Inna, quien se encontraba detrás de su padre con el cabello recogido y un vestido negro, soltó una risa que rápidamente ocultó con su mano. 

—Tenemos demasiadas cosas de las que hablar tú y yo. 

El gesto de Víctor volvió a endurecerse.

—Solo vine por Sasha. No tengo nada de lo que hablar contigo.

Baran ahora fue quien sonrió, cerrando los ojos durante un par de segundos antes de mirar a Víctor de nuevo. Este supo por el ligero fuego que cruzó por sus ojos que algo tenía bajo la manga… Y que no era nada bueno. 

—No tenemos que hablar necesariamente del testamento, hijo, tal vez podamos hablar de… ¿Cómo se llama, cariño?

Baran miró a su hija, quien asintió con una sonrisa.

—Yuuri Katsuki, padre. 

—Sí… Katsuki. Ese dueño del bar donde te encanta pasar el tiempo. 

Víctor hizo su mayor esfuerzo para no dejar que el pánico que cruzó por su pecho se descifrara en algún gesto del rostro. Sin embargo, sintió de manera clara la mirada de sus hombres clavarse en él. Casi podía escuchar sus negativas rotundas siendo gritadas en su cara, pero… no podía seguir negándose, no así. Víctor suspiró y acomodó su cabello hacia atrás. Se habían acabado los juegos. 

—Está bien, hablemos.

El hombre no ocultó la satisfacción en su sonrisa ante esa respuesta. Asintió y comenzó a caminar en silencio hacia una habitación en el piso de arriba que fuera privada para ellos. Víctor reconoció de inmediato que se dirigían al estudio de su padre, mismo que siempre estaba resguardado por sus propios guardias.

—Tus hombres se quedan afuera —Baran ordenó apenas se encontraron frente a la puerta donde tendrían su conversación. Víctor abrió sus labios, pero no fue capaz de hablar antes de que Yuri lo hiciera primero. 

—No lo vamos a dejar solo —gruñó el menor. Baran lo miró con un gesto despectivo. 

—Modales, chico. Pareces un gato rabioso —el hombre le recriminó. Yuri se preparó para iniciar su contraataque, pero al mismo tiempo en que Christophe lo tomaba del hombro para hacer que se callara, Víctor habló también: 

—Ya escucharon, solo esperen aquí.

Su orden fue clara y los tres hombres no tuvieron más opción que obedecer, pese a que sintieran la garganta seca cuando Víctor entró en aquella habitación solo con Baran y las puertas se cerraron tras su espalda. 


(1) Hermano.

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