Resiliencia [Capítulo 11]


Como era de esperar, Yuuri y Victor se convirtieron una vez más en el centro de atención después de que la entrevista de Victor se hizo pública. Curiosamente, lejos de preocuparse por los comentarios y las conjeturas que seguramente circulaban el internet, y que se negaba a ver, Yuuri se sentía más tranquilo. El mundo no había terminado por hablar sobre su vínculo con Victor, y aunque al inicio la presencia de la prensa se volvió un poco más constante, conforme él y Victor elegían a qué medios dar un poco más de información y a qué medios no, la situación se calmó un poco.

Las noticias tampoco tardaron en llegar hasta el otro lado del mundo, pues a solo unos minutos de que se publicó la entrevista, Yuuri recibió llamadas y mensajes de su familia y de parte de Phichit, preguntando si estaba bien, si en verdad había accedido a que esa información se hiciera pública (y en el caso de Yuuko y Minako-sensei, si era cierto lo que circulaba por la red). Yuuri se sorprendió un poco a sí mismo al responder que sí, que había sido su idea, que era cierto lo que decían los medios de comunicación y que sí, estaba bien. Y realmente estaba convencido de ello: había sido él mismo quien decidió hacer pública esa información, Victor solo le había apoyado en su decisión. 

Ahora que el mundo (literalmente, el mundo entero) sabía sobre su relación con Victor y la razón por la que estaba en Rusia, Yuuri se sentía diferente. Era una sensación de liberación, de saber que no tenía que ocultar lo que realmente quería gritar: que él, Yuuri Katsuki, era el alma gemela de Victor Nikiforov, y no había nada que el resto de la humanidad pudiera hacer al respecto. 

Las reacciones en la pista de patinaje tampoco se hicieron esperar. Yuuri lo sintió al día siguiente de la entrevista, cuando llegó acompañando a Victor. Apenas entraron, se hizo un silencio forzado y aunque algunos hacían su mejor esfuerzo por aparentar indiferencia, Yuuri podía sentir las miradas, unas más discretas que otras, que los presentes enviaban en su dirección.

En más de una vez, Yuuri tuvo la impresión de que algunos de los patinadores querían acercarse a él y a Victor, pero al final ninguno lo hizo. Por vergüenza, deferencia o por falta de confianza, eso no lo supo Yuuri, pero agradeció que, al menos por ese día, nadie se acercara a ellos. Sabía que, eventualmente, habría alguien que se atrevería a romper el hielo, aunque esperaba que eso tardase un poco más. Quizá todo (el silencio, las miradas, algunos cuchicheos que se escuchaban cerca de donde ellos se encontraban) se habría vuelto aún más extraño e incómodo si Yurio no hubiese llegado en ese momento para rescatar la situación.

—Así que decidieron ir con todo —dijo mientras tomaba se dejaba caer en el asiento junto a Yuuri—. Nada mal, nada mal.

Yuuri sonrió un poco. Podía sentir sus mejillas algo calientes, pero decidió no prestarle demasiada atención a ese detalle.

—Pero para la próxima que quieran hacer algo así —continuó el adolescente mientras dejaba su bolso en el asiento a su izquierda—, estaría genial que no me etiqueten en sus publicaciones. 

—Te etiquetó la prensa —dijo Victor. Yurio lo miró de reojo. 

—Tuve que silenciar a medio internet por culpa de ustedes dos —agregó el chico, ignorando completamente el comentario de su entrenador.

—Todos sabemos que disfrutaste de todo esto —señaló Victor y, sin que Yurio se diera cuenta de ello, miró a Yuuri y le guiñó un ojo—, así que no te quejes.

Yurio no afirmó nada, aunque tampoco desmintió el comentario de su entrenador. Las puntas de sus orejas estaban ligeramente sonrojadas y, sin añadir nada más a la breve conversación con Victor, se giró hacia Yuuri una vez más y le dio unas palmadas en el hombro; una sonrisa lobuna apareció en su rostro.

—Me sorprendiste, lo admito —dijo—. No pensé que te atreverías a hacer algo así. De Victor no me parece extraño, es Victor; pero de ti… ¿Y de quién fue a idea? —agregó, y miró a Victor con sospecha. Por su parte, el entrenador se limitó a sonreírle un poco, lo que provocó que Yurio entrecerrara los ojos, mirándole con aún más desconfianza.

Hubo un momento de silencio, y cuando el adolescente estaba a punto de hablar una vez más y hacer algún comentario, Yuuri se adelantó.

—Fue idea mía —murmuró. Plisetsky regresó su atención a él y levantó una ceja, como si no le creyera del todo. Después regresó la mirada a Victor, como pidiendo una confirmación para lo que había escuchado y cuando su entrenador asintió ligeramente, sin borrar su sonrisa, Yurio soltó una carcajada.

Eventualmente, Yuuri también sonrió, algo cohibido.

—¿Quién lo diría? —comentó Yuri animadamente, regresando su atención al ex patinador japonés—. ¿Y por qué? ¿No te molestaba que la prensa estuviera acosándote todo el tiempo? ¿No sería mejor no hablar de esto que hay entre ustedes dos? Al final terminaste exponiéndote más de lo que ya estabas —Y, tras una pausa contemplativa, agregó—: A veces no entiendo nada de lo que haces, Katsudon, creo que eres un poco contradictorio.

—Creo que pensé en que quería tener control sobre lo que se decía sobre mí —explicó Yuuri—. Sé que eso hizo que nos prestaran más atención, pero es diferente cuando nosotros elegimos decirlo, cómo decirlo y a quién decirlo. 

—Pero si no hubiera pasado todo lo de los paparazzi, jamás lo habrían dicho, ¿no? Pensé que era un secreto.

Yuuri y Victor se miraron por un momento y fue el turno de Victor para intervenir:

—No era un secreto —dijo—, porque un secreto implica que lo estábamos ocultando. Simplemente era algo privado, que es diferente —Yuri no se veía muy convencido, así que Victor continuó—: y era algo que nosotros decidimos contar, antes de que lo rumores se hicieran más grandes y más invasivos. ¿No tendrías que estar preparándote para calentar?

Yurio puso los ojos en blanco, pero no se quejó. Se puso de pie una vez más y comenzó a prepararse para realizar su calentamiento de aquel día. Yuuri intercambió una mirada con Victor y murmuró un “gracias” inaudible, a lo que Victor respondió con una sonrisa y un guiño antes de dirigirse a su pupilo una vez más. 

—Yuuri aceptó coreografiar tu programa libre. 

El adolescente se detuvo en seco al escuchar esa parte y volteó hacia Victor. 

—¡V-Victor!

—De todas maneras le ibas a decir —agregó Nikiforov, con toda la calma del mundo. Yuuri emitió un quejido de protesta. 

—Acordamos que sería después del entrenamiento, no antes. 

—Antes, después, no creo que eso importe mucho. La reacción va a ser la misma y lo sabes, ya lo conoces lo suficiente.  

—Sí, pero…

—¡Oigan! —exclamó el adolescente—. No hablen como si no estuviera aquí. 

Victor y Yuuri lo miraron al mismo tiempo. Hubo un momento de silencio entre los tres antes de que Plisetsky decidiera hablar una vez más:

—¿Entonces es un hecho? —le preguntó Victor. 

—Es un hecho. 

Yurio entrecerró los ojos como lo había hecho minutos atrás, cuando hablaron sobre quién fue el que decidió hablar con la prensa sobre eso de las almas gemelas, solo que ahora a quien miraba con recelo era a Victor. Era casi como si no estuviera del todo seguro de si debía confiar en las palabras de su entrenador. Y, al igual que había sucedido minutos antes, buscó una confirmación de los hechos, ahora en Yuuri. 

—¿Lo vas a hacer? —preguntó. 

Katsuki aún sentía sus mejillas coloridas pero asintió de todas maneras. 

—Lo haré. 

—No pensé que fueras a decirle —comentó el chico, nuevamente fijando la atención en su entrenador, quien observaba todo con una sonrisa de satisfacción en el rostro—. Y no pensé que tú fueras a aceptar —agregó mientras señalaba al otro ex patinador con un dedo. Una sonrisa de superioridad apareció en su rostro—. ¿Crees poder hacerlo, Katsudon? ¿Eres lo suficientemente bueno como para diseñar la coreografía de mi programa libre? 

Yuuri se encogió ligeramente de hombros, sintiéndose un poco más seguro de sí mismo ante la actitud desafiante del chico. Yurio solía tener ese efecto en él y quizá era un poco ridículo dejarse provocar por alguien casi diez años menor, pero por ahora no quería pensar en ello. 

—Tengo entendido que fuiste tú quien se lo propuso primero a Victor —contestó—. Así que, en teoría, tú eres quien me considera lo suficientemente bueno como para pedir mi ayuda en esto. 

Las mejillas de Yurio se colorearon en una mezcla de enfado y vergüenza mientras miraba a su entrenador. 

—¡Eres un soplón! 

—No recuerdo que me pidieras mantenerlo en secreto —respondió Nikiforov. 

—A veces me pregunto por qué te pedí que fueras mi entrenador. 

—Porque me consideras el mejor y lo sabes. 

Yuuri se aclaró la garganta con un carraspeo, llamando la atención del chico una vez más. 

—Voy a hacerte una propuesta de coreografía —dijo cuando Yurio volteó a verlo— y, si te gusta, podemos trabajar en ella.

—¿Y si no me gusta? —preguntó Yurio cruzándose de brazos. 

—Si no te gusta, podemos trabajarla hasta que sea algo con lo que te sientas cómodo y seguro. Y si aun así no te convence, entonces Victor se hará cargo.  

Yurio relajó su expresión un poco y, aunque no parecía tan contento con la conversación (o al menos con la parte en la que quedaba claro que había sido él quien, a través de Victor, solicitó la ayuda de Yuuri), no continuó con sus quejas. 

—Tenemos un trato, entonces —dijo, y comenzó con sus estiramientos para antes de entrar a la pista. 

Después de ello, Victor y Yuuri se concentraron en el trabajo de aquel día, cada uno enfocándose en aspectos diferentes de la rutina de Yuri. Y si una parte de Yuuri comenzaba a creer que él también era un elemento importante en el entrenamiento de Yurio, eso era algo que Katsuki guardó para sí mismo, aunque la pequeña sonrisa que apareció en su rostro ante ese pensamiento lo acompañó durante un buen rato. 

Los días siguientes a aquel no fueron tan diferentes, en realidad. La gente seguía mirándolos extraño y para Yuuri aún era raro saber que más de una persona lo reconocía en la calle (en Hasetsu le pasaba, pero no era como en Rusia; la gente de Hasetsu lo había visto crecer, después de todo). Sabía muy bien que la sensación de ansiedad no lo abandonaría de la noche a la mañana, pero poco a poco veía las cosas desde otra perspectiva. Como le había dicho a Yuri: pese a todo, saber que la decisión de hacer pública su relación con Victor fue suya (consecuencia de todo lo que pasó antes, sí, pero suya al final), le hacía sentir mejor. 

Su familia y amigos continuaron enviándole mensajes para saber cómo se encontraba y Yuuri pasó largas horas hablando con algunos de ellos para ponerlos al corriente de todo lo que se habían perdido. A sus padres y hermana les contó un poco más de cómo es que era su vínculo de almas gemelas; a Yuuko y a Minato les habló de aquella ocasión en la que supo que la persona con la que compartía un vínculo era Victor, de cómo había evolucionado su relación hasta llegar al punto en el que se encontraba en ese momento. 

A Phichit lo puso al tanto de todo lo que pasaba con él y Victor, y, a petición de su amigo, dejó que los dos hablaran en privado. No supo exactamente de qué hablaron y tampoco le preguntó a ninguno, aunque sospechaba que tenía que ver con lo ocurrido en Japón y las dos primeras veces que vio a su alma gemela, pues a través de su vínculo logró sentir un poco del azoro y la culpa de Victor, seguidas de un alivio que llegó unos minutos después.   

Fuera de casa, algunas personas continuaban mirándolos con curiosidad y hubo preguntas después de un tiempo, pero más que querer saber sobre ellos y su relación, quienes se acercaron a hablar con ellos (principalmente los chicos más jóvenes que pasaban tiempo en la pista de patinaje), lo hicieron para preguntar sobre las almas gemelas en general, sobre el vínculo que los unía y no sobre su vida personal, lo cual era un alivio. 

Pronto llegó el verano y, con él, el inicio de la temporada de patinaje. No pasó mucho tiempo para que la prensa y los chismes en internet y redes sociales se enfocasen más en otras cosas, como en los prospectos a ganar el oro en las competencias preliminares y los favoritos para destacar en el Grand Prix. Poco a poco, la historia de los dos ex patinadores que descubrieron ser almas gemelas tras un trágico accidente, pasó a un segundo plano. 

Aún aparecía algún paparazzi de vez en cuando y todavía recibían invitaciones para dar entrevistas en uno que otro medio de comunicación, o la presencia de algún reportero o reportera que se colaba a la pista de patinaje con el pretexto de entrevistar a los patinadores, pero fueron los menos.  

—Debo admitir que me sorprende el nivel de obstinación que tienen algunos de ellos —comentó Victor una de las ocasiones en las que el equipo de seguridad de la pista acompañó a un reportero a la salida. 

Originalmente el hombre iba por una entrevista con Georgi, la cual hizo con total normalidad, pero al terminar aprovechó su oportunidad para acercarse a Victor y Yuuri y hacer algunas preguntas que ambos se negaron a responder. Afortunadamente hacía rato que Yurio había ido a los vestidores para darse una ducha, porque el muchacho no tenía reparos en verbalizar su descontento cuando alguien se acercaba a ellos para hacer preguntas, y eso incluía a otros patinadores, la prensa y hasta gente de a pie que los encontraba en la calle. 

—Y que lo digas —murmuró Yuuri mientras mantenía fija su mirada en los dos hombres que se alejaban por el pasillo. 

Incluso cuando ambos se perdieron de vista, Yuuri mantuvo la vista fija en ese punto, absorto en sus pensamientos. Sólo salió de su letargo cuando sintió a Victor entrelazar su mano con una de él. 

—¿Todo bien?

—Sí —asintió Yuuri, volteando a ver al otro—, sólo pensaba en que ya no me es tan molesto cuando pasan estas cosas. Sigue sin gustarme —aclaró al sentir que Victor apretaba su mano con un poco más de fuerza—, pero ya no tengo esa sensación de incomodidad constante que sí sentía las primeras veces. 

—¿Has hablado con Nadya sobre esto? —preguntó Victor. Nadya era la terapeuta de Yuuri; aunque éste sólo había tenido cuatro sesiones con ella, para ambos era evidente que su presencia resultaba positiva. 

—Se lo diré cuando la vea —respondió Yuuri—. Aún hay mucho que debo hablar con ella. 

—Ya tendrás tiempo para contarle todo esto. ¿Nos vamos?

—Sí. Pero te decía —continuó Yuuri—. Es bueno ya no sentir que, al primer paso en falso, aparecerá alguien para exhibir mi torpeza ante el mundo. Supongo que influye mucho el hecho de que esto ocurra en un lugar público e impersonal y no cerca de casa. Ah, no creo lograr acostumbrarme a esto jamás, pero es una mejora. ¿No lo crees?

Al hacer esa pregunta, volteó a ver a Victor, quien se había quedado en silencio durante el rato en que habló Yuuri. 

—¿Victor?

—¿Hm?

—¿Pasa algo? Te quedaste callado de pronto. 

Victor negó con la cabeza y soltó la mano de Yuuri para comenzar a prepararse para salir de la pista. 

—Dijiste “cerca de casa” —murmuró mientras se echaba la bufanda alrededor del cuello.  

—¿Eh?

—Dijiste que influye mucho que esto de los reporteros pase en lugares públicos y no “cerca de casa” —explicó y volteó hacia Yuuri otra vez. 

—¿Está mal?

Victor negó con la cabeza y le sonrió.

—Para nada. Es tu hogar. 

Yuuri sonrió. 

—Nuestro hogar. 

Los dos se miraron por un par de segundos, compartiendo uno de esos momentos de conexión espiritual que sólo podían entender ellos al ser almas gemelas. Después, de manera casi sincronizada, los dos comenzaron su andar hacia la salida del edificio. 


El resto del mes pasó en un suspiro y cuando Yuuri se dio cuenta, se encontraban ya en plena temporada de patinaje. Como era de esperar, Yurio se perfilaba como uno de los favoritos para clasificar al Grand Prix y para subir al podio en alguno de los tres primeros lugares de la competencia. O el primer lugar, según lo que el mismo Plisetsky aseguraba cada que tenía la oportunidad. Aunque ni Victor ni Yuuri se lo habían dicho directamente al muchacho, ambos consideraban que sí había probabilidad de que ocurriera precisamente eso: una medalla de oro en el debut del adolescente en la categoría senior. Incluso si no lograba el primer lugar, ambos sabían que era probable verlo en alguno de los otros dos. 

—Toma un descanso de un par de minutos y lo harás una vez más. Hay que aprovechar la última hora del entrenamiento. 

La voz de Victor vino acompañada de los últimos segundos de la música de fondo. A unos metros, Yurio jadeaba después de terminar su rutina y, aunque era obvio que estaba cansado, simplemente asintió a la indicación de su entrenador y se deslizó hasta una de las orillas de la pista, donde tomó su botella de agua y le dio dos tragos largos. El hecho de que no hubiera hecho ningún comentario respecto a la indicación de Victor demostraba lo mucho que se estaba tomando en serio sus entrenamientos en los últimos días ahora que se acercaba la Copa Rostelecom, que sería en la segunda semana de noviembre.

Yuuri se acercó a Victor mientras miraba de reojo al adolescente, quien se secaba el sudor con una toalla. Aquel día en particular se habían enfocado en el programa libre que Yuuri había coreografiado para él y que, ya visto en la pista, le hacía sentir menos inepto que cuando lo planeó. Todavía sentía algo de dudas sobre si él era el indicado para coreografiar e intervenir tan directamente en el entrenamiento de Yuri, pero si Victor (que era su entrenador) estaba de acuerdo con su coreografía y sólo le había hecho observaciones menores, quería suponer que había realizado un trabajo por lo menos decente. La prueba de fuego vendría después, durante las competencias. 

—¿Qué opinas? —preguntó Nikiforov, girándose para ver a Katsuki. 

—¿En general?

—Sí. 

—Ha mejorado mucho en los últimos días. Es de los que la presión le hace perfeccionar aún más su trabajo, ¿verdad?

—Totalmente. ¿Cómo crees que va en su interpretación?

—Mucho mejor. 

—Pienso lo mismo. Me parece que tenemos mucho que agradecerle a Lilia, por hacerle entender la importancia de la parte estética. 

Yuuri se rio por lo bajo, con algo de nerviosismo. 

—Tiene una forma un tanto particular para decir las cosas, ¿verdad?

—Así es Lilia —respondió Victor. 

Lilia Baranovskaya no era como Yuuri la imaginó. Cuando Victor propuso hablar con ella y convencerla para que le diera clases de ballet a Yurio, Yuuri supuso que sería una mujer orgullosa e imponente: había sido prima ballerina del Ballet Bolshói, después de todo. Cuando al fin Yuuri conoció a Lilia Baranovskaya, descubrió que cualquier imagen mental que se hubiese hecho sobre ella no se acercaría, ni por asomo a la realidad. Era orgullosa e imponente, sí, mucho más de lo que imaginó, y también era de esas personas que no tenían pelos en la lengua cuando se trataba de expresar sus opiniones… especialmente cuando se trataba sobre lo relacionado con la danza. 

No había sido fácil convencerla de entrenar a Yuri. Fueron necesarias varias reuniones y largas charlas en restaurantes tan costosos que ni siquiera tenían los precios en el menú antes de que accediera a ver el trabajo del chico. De hecho, en más de una ocasión Yuuri pensó que la respuesta sería negativa; pero bastó con que la bailarina viera al adolescente en uno de los entrenamientos para que tomara una decisión positiva para ellos. Yuuri no se lo diría (principalmente porque no había tanta familiaridad entre ambos como para abordarla solo para hacer un comentario de ese tipo), pero comprendía muy bien qué era eso que la había convencido de acceder a ser la entrenadora particular de Yurio. El chico tenía ese impacto en los demás. 

—Me da gusto que accediera a darle algunas clases de ballet —continuó Yuuri—. Aunque te confieso que pensé que no aceptaría vernos, en especial porque Yakov fue quien nos puso en contacto con ella. 

—Pese a todo, creo que su relación no terminó tan mal como para no hablarse de forma civilizada. 

Yuuri asintió. Aunque Yakov y Lilia llevaban varios años separados, era evidente que aún existía cariño entre ambos. Tal vez no el amor que los llevó a casarse cuando eran jóvenes, pero sí admiración y respeto por el trabajo del otro. Había esperado también algo de incomodidad al verlos interactuar, pero en realidad ambos actuaban con bastante profesionalismo, justo como Victor se lo dijo en una ocasión. 

Sorprendentemente para ambos, Yurio cambiaba por completo en presencia de Lilia. Se le notaba más enfocado, más disciplinado. Si bien Victor y Yuuri sólo lo habían visto durante unas tres clases con Baranovskaya (para mayor comodidad del chico, quien dejó bien claro que no quería que “ninguno de los dos estorbaran en sus clases con Lilia”), era evidente que Yurio veía a aquella mujer con respeto y admiración. Seguía las indicaciones de la bailarina al pie de la letra, sin quejarse por una vez en su vida, y el tiempo que pasaba en su estudio reflejaba sus frutos también en la pista.  

—¿Cómo crees que le vaya en las demás competencias? —preguntó Victor. 

—Me preocupa un poco el tema de su resistencia —respondió Yuuri al fin—. Apenas tiene 15 años y parece que no, pero sí es un factor a tomar en cuenta cuando compite con personas entre cinco y diez años mayor que él. Aunque en los entrenamientos no tenga tanto problema con eso, durante las competencias es diferente. Ya sabes, la presión, los nervios y todo eso.  

A unos metros, Yurio volvía a guardar la botella de agua y regresaba al interior de la pista. Hizo contacto visual con su entrenador y asintió antes de que este le diera play a la música otra vez. Yuuri meditó un poco más la respuesta que daría a la pregunta de Victor, mientras ambos observaban a Yuri colocarse al centro de la pista para comenzar con su rutina una vez más.

—Pero creo que le irá bien. Confío en él.


Esa noche, al regresar a casa, continuaron charlando sobre las competencias que estaban ya a la vuelta de la esquina. Sentados en el sofá, con Makkachin echado a sus pies, discutieron largo y tendido sobre Yuri y sus avances. La conversación también giró alrededor de los demás competidores, algunos de los cuales Yuuri conocía por haber competido contra ellos (o, en el caso de Phichit, por ser su mejor amigo). 

—Es extraño —dijo Yuuri al cabo de un rato. A su lado, Victor lo miró con curiosidad. 

—¿Qué es extraño? —preguntó. 

—Todo. Cómo cambian las cosas, cómo es que en unos cuantos meses nuestras vidas se volvieron tan diferentes… Bueno, quizá la tuya no tanto —agregó sonriendo un poco—. Tú continúas haciendo tu trabajo y todo eso. Mi yo de hace un año no estaría hablando sobre las competencias ni sobre los participantes. Quizá se limitaría a escribirle un “mucha suerte” a Phichit, pero nada más. 

Victor se acomodó mejor en el sillón y pasó un brazo alrededor de los hombros de Yuuri.  

—Lo creas o no —dijo—, mi vida también cambió mucho. Quizá mi yo de hace un año seguiría una rutina muy parecida a la de ahora: ir a trabajar, hacer mi trabajo como entrenador de Yura, hablar con Yakov sobre las competencias, pero lo haría de forma casi automática. Ahora es diferente. Soy diferente. 

—También yo. 

Yuuri se recargó en Victor y sonrió al sentir que éste trazaba círculos en su hombro del lado en el que lo tenía abrazado. 

—Quiero pensar que cambiamos para bien —agregó Victor—. Gracias por eso. 

—No hay nada que agradecer, Victor.

—Tal vez no, pero se siente bien agradecerte por aceptarme después de lo que hice, por perdonar mi torpeza y por tener confianza en nosotros. 

Yuuri no respondió, pero acortó aún más la distancia entre ambos, como para hacerle sentir, sin necesidad de hablar, lo mucho que aquellas palabras habían significado para él. 

—Yuri también tuvo mucho que ver —dijo Katsuki, provocando una risa por parte de Victor, con —su plan malvado para obligarte a quedarte en Japón por más tiempo.  

—Lo sé. Ya le agradeceremos directamente cuando llegue el momento. 

—Cuando crezca un poco más, querrás decir. 

—¿Quizá cuando necesite ayuda para hablarle a su alma gemela el día en que se conozcan? 

Yuuri sonrió ante ese comentario. 

—Esperemos que no necesiten tanta ayuda como nosotros —dijo—. Hablando de Yurio —agregó, cambiando el tema una vez más y regresando a la discusión que mantenían previamente sobre Yuri y los demás competidores—. Habrá que estar atentos a lo que pase también en el Internationaux de France. Creo que ahí es donde se encontrará con patinadores que tienen más experiencia que él. 

—Y luego el Grand Prix —agregó Victor. 

—Y luego el Grand Prix —repitió Yuuri, pues ambos daban por hecho que Yurio llegaría hasta esa magna competencia. Hubo un momento de silencio que se extendió por algunos segundos antes de que Katsuki continuase con la conversación—. Siempre fue mi sueño, ¿sabes? Como el de muchos otros patinadores, supongo. Me habría gustado competir contra ti. 

—Habría sido genial. 

Yuuri se permitió reír. 

—Habría sido un desastre. Yo era un desastre. Lleno de errores y fallas técnicas… a veces me pregunto cómo es que Celestino no me echó de su pista en cuanto llegué a Detroit. 

—Seguro vio lo que todos vieron en ti. Lo mismo que descubrí en algunos de los videos que hay de cuando aún patinabas: pasión. Y los detalles técnicos podían mejorarse, así que no demerites tu trabajo de esa época. Por algo fuiste uno de los mejores de Japón, ¿sabes?

Yuuri suspiró. 

—Supongo.

—Habrías sido un gran rival, Yuuri —agregó Victor—. E imagínate el drama que se habría hecho cuando el mundo supiera que somos almas gemelas, en plena competencia. 

—No sé si habría estado preparado para algo como eso —admitió Yuuri—, pero no importa ya. Las cosas son diferentes ahora. 

—¿Te molesta?

Yuuri negó con la cabeza.

—Ya no. 

Ambos guardaron silencio después de aquello. 

Disfrutaban esos momentos en los que ambos se sinceraban con el otro y hablaban, ya sin dolor, de su pasado o en los que creaban escenas imaginarias de lo que habría sido con ambos si no hubiera ocurrido el accidente de Victor. Pero así como era agradable hablar de forma positiva sobre su pasado, también se contentaban con esos momentos de silencio en los que no había nada más que decir y se limitaban a disfrutar de la presencia del otro. 

Pasaron unos minutos antes de que decidieran que había llegado el momento de ir a la cama. Se pusieron de pie, Yuuri se agachó para rascar las orejas de Makkachin (que llevaba ya un buen rato dormido) y después caminó junto a Victor hacia el pasillo que llevaba a las habitaciones. 

—Buenas noches, Yuuri —murmuró Victor. Yuuri le sonrió. 

—Buenas noches, Victor. 

Después de ello, dio media vuelta y avanzó los dos pasos que faltaban para llegar a su habitación. Apenas había puesto la mano en el pomo de la puerta, cuando la voz de Victor le hizo detenerse. 

—Yuuri… 

Katsuki se giró para ver al otro hombre. Cuando lo vio, algo en él le pareció diferente. No sabía decir exactamente qué era, pero había un aire distinto en Victor, algo que no percibía precisamente a través del vínculo, pero que estaba ahí. 

—¿Sí? —preguntó, extrañado—. ¿Ocurre algo?

Yuuri vio el momento en el que Victor tragó en seco y eso le hizo fruncir el ceño ligeramente, comenzando a inquietarse por lo que fuera que tenía a Victor evidentemente preocupado.  

—¿Quieres venir a mi habitación?

Yuuri se quedó mudo ante esa pregunta. Abrió sus ojos, sorprendido, y miró a Victor por unos segundos, como si no estuviera del todo seguro de qué es lo que había escuchado. Quizá, si no hubiera percibido el nerviosismo y la expectación de Victor a través del vínculo, habría jurado que su mente era la culpable de ese fragmento de la conversación. Y quizá, si el rostro de Victor, pese a su expresión seria, no se hubiera coloreado ligeramente, no habría terminado de creerlo. 

—Está bien si no quieres —continuó Victor. 

Yuuri bajó la mirada, cohibido, y esperó unos segundos mientras ponía en orden sus pensamientos antes de volver a alzar la vista hacia Victor, quien lo miraba expectante. 

—¿Me invitas porque quieres que pase… algo más… entre nosotros? —preguntó. 

La pregunta pareció tomar por sorpresa a Victor, a juzgar por la expresión de su rostro. A pesar de ello, su semblante sorprendido pasó a uno serio en sólo unos segundos. Yuuri sintió un escalofrío recorrerlo de pies a cabeza.  

—No diré que no, Yuuri —respondió Victor—, porque sí es algo que deseo desde hace tiempo, pero no es por eso que te hago la invitación. No quiero que te sientas obligado a nada sólo porque somos almas gemelas. Y, si es que aceptas dormir conmigo hoy, tampoco tiene que pasar nada entre nosotros. Pero quiero que sepas que, cuando quieras, la puerta está abierta para ti.

Yuuri asintió. 

—¿De verdad quieres que duerma contigo? —preguntó Yuuri—. Es decir —agregó, haciendo uso de toda la valentía que tenía en ese momento—: ¿no sólo dormir-dormir, sino, ya sabes

Victor se irguió un poco y, aunque todavía tenía las mejillas ligeramente coloradas (Yuuri suponía que se notaba más por su tez tan clara), lo miró a los ojos antes de responder:

—Sí, Yuuri, sí quiero, pero sólo si tú estás de acuerdo. 

Yuuri prácticamente podía escuchar los latidos de su corazón y no le habría sorprendido que Victor lo hiciera también. Sin cortar el contacto visual con Victor, asintió también. 

La sonrisa que apareció en el rostro de Nikiforov fue lo más hermoso que Yuuri había visto y un calorcito se extendió por todo su cuerpo. Victor abrió la puerta de su habitación, encendió la luz y se hizo a un lado para dejarlo entrar primero. Aún con el corazón latiéndole a mil por hora y sintiendo el rostro mucho más caliente que en cualquier otro momento, Yuuri cortó la distancia que había entre ambos y entró en la pieza. Victor entró detrás de él y cerró la puerta con cuidado.

Al estar dentro, Yuuri observó con curiosidad aquel espacio que había pensado en ver desde que llegó a Rusia. La habitación era más espaciosa que la que estaba destinada a los huéspedes (y donde Yuuri había dormido hasta ese momento). El interior seguía con la misma decoración austera del resto de la casa y las paredes blancas le daban una sensación de aún más espacio. 

La cama, en el centro de la habitación, parecía invitarlo a echarse en ella. Lucía más cómoda que la que él usaba en el otro cuarto y eso ya era bastante decir. 

—Puedes elegir el lado que quieras —dijo Victor. 

Yuuri volteó a verlo por encima de su hombro y lo descubrió apoyado en la puerta, con ambas manos apoyadas en su bastón. 

—¿Tú tienes algún lado favorito?

—Me es indistinto, la verdad. 

—Ah. ¿Puedo quedarme el que está más cerca de la ventana? 

Victor asintió. 

Yuuri regresó su mirada a la cama y se dirigió hacia el lado que le había mencionado a Victor. Internamente agradeció tener el apoyo de su bastón para caminar, porque sentía que sus piernas estaban hechas de gelatina, y de no tener aquel soporte seguramente se habría dado de bruces contra el piso. Una vez que llegó a aquel lado, se sentó en la cama. Apoyó el bastón contra el buró y esperó por unos segundos, sintiendo como si el corazón fuera a salírsele del pecho. 

—Yuuri —murmuró Victor y el japonés dio un respingo antes de voltear a verlo. Victor también se había sentado en la cama, y solo los separaban unos cuantos centímetros. 

—¿S-Sí?

—No tiene que pasar nada si tú no quieres o no te sientes cómodo, ¿de acuerdo?

—Está bien. 

—¿Qué te parece si nos vamos a dormir entonces?

Yuuri asintió. Victor apagó la luz y ambos, cada quien en el lado que habían elegido de la cama, se acomodaron para dormir. 

Al cabo de varios minutos, Yuuri se incorporó de la cama. Victor, quien tampoco había conciliado el sueño, se irguió un poco para verlo. 

—¿Pasa algo?

—Estoy demasiado nervioso como para dormir —admitió Yuuri—, perdón. 

—No te preocupes, yo también lo estoy. 

—¿De verdad?

Por toda respuesta, Victor tomó una de las manos de Yuuri y colocó la palma justo encima de su corazón, para que Katsuki pudiera sentir lo rápido que latía. 

—Oh. 

De alguna manera, saber que no era el único a quien ese momento le tenía nervioso le hizo sentir más tranquilo. Quizá, pensó Yuuri mientras aún sentía el corazón de Victor latir con fuerza, lo mejor era no pensar demasiado las cosas y dejar que las cosas se dieran por sí solas. Dejó, entonces, que fuera su instinto quien hablara por él y se acercó a Victor hasta unir sus labios con los de él. 


Victor despertó temprano un domingo, antes, incluso de lo que normalmente lo hacía en su único día libre. A través de la cortina de la habitación se colaba un poco de luz, lo suficiente como para poder ver sin necesidad de encender la lámpara de noche, aunque no tanta como para indicar que había amanecido del todo. A su lado, el calor que emanaba el cuerpo de Yuuri, le hizo sonreír.

En el silencio de aquella mañana, Victor pensó en lo hermoso que era despertar todos los días junto a la persona que amaba y, aunque lo hacía con frecuencia ahora que también compartían habitación, observó detenidamente al hombre que estaba recostado a su lado. Admiró su perfil y sonrió al percatarse de su cabello revuelto y sus labios entreabiertos por los cuales se escuchaba su respiración. Sonrió aún más al ver una de las marcas que dejó en la base del cuello, seguro de que ahí sería difícil que alguien más pudiera verla. Después de un rato, con cuidado, acomodó la sábana para cubrir mejor su cuerpo, y se acercó más a él, pasando un brazo alrededor del otro. 

Cerró los ojos. Sabía que no volvería a quedarse dormido, pero quería aprovechar el momento y disfrutar de aquella mañana. Pensó en lo mucho que había cambiado su vida desde la llegada de Katsuki a Rusia. Estaban, claro, aquellos cambios evidentes: un par extra de pantuflas en la entrada, una taza y cubiertos comprados exclusivamente para uso de Yuuri, un cepillo de dientes adicional en el baño, una rasuradora de más y productos para el cabello que tampoco estaban antes. Quizá esos cambios no habían sido tan importantes a comparación de otros que vendrían después, pero sí lo eran para alguien acostumbrado a vivir solo desde hacía tanto tiempo.

Al comienzo había sido extraño: no solo había otra persona viviendo en el mismo lugar que él, sino que esa persona era su alma gemela. Durante los primeros días de convivencia, hubo momentos en los que Victor se sentía un poco cohibido con la presencia de Yuuri. Incluso si en Japón solían pasear juntos o comer en compañía de la familia Katsuki, el departamento en San Petersburgo era considerablemente más pequeño que todo el ryokan japonés. Saber que Yuuri, su alma gemela estaba solo a unos metros de distancia hacía todo más real, más tangible. 

Eventualmente se acostumbró a la presencia de Yuuri. Se acostumbró a compartir con él su espacio, se acostumbró al sonido de su voz y de su risa. Ahora, Victor no podía imaginar un día sin escucharlo hablar sobre cualquier tema (usualmente sobre Yura, sobre su vida en Japón o sobre alguna anécdota de sus escapadas con Phichit Chulanont), o sin ver cómo es que se le iluminaba la mirada cuando descubría algo interesante sobre Rusia o esta nueva vida que llevaban juntos.

Poco a poco, a los pequeños cambios que Victor notó desde la llegada de Yuuri, se unieron otros que ya no eran tan pequeños y que demostraban que tan en serio iban en todo eso de ser almas gemelas y amarse mutuamente. Los cambios aparecieron en forma de un lado de la cama que era suyo y otro que era de Yuuri, o del aroma de su champú en las almohadas y el calor de su cuerpo al despertar. También lo hicieron en forma de una cajonera extra en su habitación, porque su closet no era suficiente para guardar la ropa de ambos. 

Además de los cambios ocurridos en el interior del departamento, estaban los cambios a su rutina. Desde que Yuuri estaba en casa, el día a día se había convertido en algo más allá de una serie de pasos a seguir y repetir cada veinticuatro horas. Ahora iba a trabajar en compañía de Yuuri, y el trayecto de casa a la pista de patinaje se hacía mucho más ameno cuando tenía a alguien con quien charlar y que no fuera el conductor del taxi. Las comidas estaban también acompañadas de los comentarios y risas de su alma gemela, y las tardes, al regresar al departamento, se sentían menos solas. 

Era cierto que Makkachin era un gran acompañante, pero Victor había pasado tantos años solo, que había olvidado lo que era compartir su espacio con otro ser humano. Quizá en otro momento de su vida (cuando todo era aún gris e incierto) habría sido imposible acostumbrarse por completo a esta nueva forma de vida, tan convencido como estaba de que lo mejor era alejar a los demás, pero ahora era algo normal saber que ahora compartía un hogar con su alma gemela, que no podía imaginar regresar a su vida anterior. 

Habían quedado atrás las semanas en las que se limitaba a ir y venir de la pista o hablar con Yakov sobre temas relacionados con la temporada o con Yuri, o a revisar uno que otro asunto pendiente con la Federación Rusa de Patinaje. Ahora, cada mañana era el inicio de una nueva aventura que incluía algunos paseos ocasionales a los principales puntos de la ciudad, un par de museos y monumentos, y también una ida al ballet (aunque ir al de Moscú aún estaba pendiente). 

La convivencia también le había permitido descubrir cosas sobre Yuuri que no se habría imaginado en un principio. Descubrió, por ejemplo, que Yuuri solía quedarse despierto hasta tarde, y que usualmente le costaba mucho trabajo levantarse por las mañanas, aunque lo hacía de todos modos, para acompañarlo a los entrenamientos de Yura. Descubrió que un Yuuri medio dormido era aún más adorable de lo normal, pero que era mejor no dejarse llevar por su apariencia: su humor no era el mejor cuando despertaba, aunque todo se solucionaba después de un buen desayuno y una taza de café (algo que databa, según el japonés, desde sus años en Estados Unidos). 

Descubrió que Yuuri no soportaba la comida muy condimentada y que, si se trataba de elegir, prefería comer cosas saladas a dulces, aunque tenía un gusto especial por el pastel de miel después de que Yura lo llevara a comer uno por primera vez tras unos días de su llegada a Rusia. También se percató de que Yuuri no sabía cocinar muy bien, pero que eso no evitaba que intentara hacerlo cuando tenía la oportunidad. Le gustaba hacer algún platillo japonés, pero también disfrutaba intentando hacer algo más ruso, para deleite de Victor. 

Gracias a observarlo aun cuando Yuuri no se daba cuenta de ello, Victor notó también, que su cojera era menos pronunciada cuando caminaba apresuradamente para seguir el ritmo de Yura y aunque quizá no era tan relevante, también, descubrió que le gustaba usar ropa holgada, tal vez por comodidad, pero Victor suponía que también era porque así podía ocultar mejor los rollitos de su panza y que él adoraba, incluso si a Yuuri le costaba trabajo creerlo. (En ese sentido, Victor había hecho su misión personal demostrarle a Yuuri lo mucho que lo amaba y lo mucho que le gustaba su cuerpo).   

Entre ambos había bastante más contacto físico que antes, lo suficiente como para que los besos que al principio eran tímidos (por parte de Yuuri) y suaves (por parte de Victor), pronto escalaran hasta convertirse en algo más demandante, que los dejaba con la respiración agitada y los labios hinchados. Ambos podían sentir la atracción y el deseo emanar del otro, sin necesidad de que esas emociones llegasen a ellos a través de su vínculo. 

No siempre los besos terminaban en sexo, pero cuando lo hacían, resultaban en orgasmos de verdad intensos que los dejaban eufóricos y que mejoraban el humor de los dos al día siguiente. Ambos habían llegado a la conclusión de que eso también era efecto de ser almas gemelas.  

Más allá de lo físico, pasar tiempo con Yuuri le había permitido conocer aspectos de él que jamás habría imaginado cuando comenzaron a convivir en Hasetsu, cuando ninguno tenía idea de cómo es que se desarrollaría la relación entre ambos. Vivir bajo el mismo techo le había ayudado a comprender mejor a su alma gemela y, también, le había ayudado a comprenderse un poco más a sí mismo. No era fácil regresar a ser el Victor de antes del accidente; sabía que no volvería a ser el mismo, pero está nueva versión suya, menos amargada y más contenta con lo que tenía ahora, le hacía sentir mucho mejor. 

A veces, se sorprendía a sí mismo haciendo bromas o comentarios que iban más acorde con el Victor Nikiforov que quería comerse al mundo y no al de ahora, y pese a que era extraño, tampoco era del todo desagradable. Estar con Yuuri le ayudaba a sanar esa parte suya que se había negado a aceptar. 

Victor sabía que aún había mucho que trabajar consigo mismo, aspectos que debía aceptar de todo lo que había pasado en los últimos años, pero al menos ahora sabía que no estaba solo en aquel camino tan complicado. Era obvio que, con lo que ocurrió con ambos desde el accidente, su proceso para sanar sería lento, más en el aspecto emocional que en el físico. Aún había momentos de duda y días mejores que otros, y ello se veía reflejado en su relación, pero ambos estaban decididos a intentarlo, a ver hasta dónde llegarían una vez aceptado al cien por ciento el lazo que los unía de formas que iban más allá de lo físico. 

Incluso si no lo decían en voz alta, el vínculo que tenían le permitía comprender lo que Yuuri sentía al respecto. Yuuri estaba decidido a quedarse a su lado y él estaba dispuesto a acompañar a Yuuri también.

—¿Estás despierto? —preguntó Yuuri. Aun con los ojos cerrados, Victor se apresuró a responder:

—No. 

—Es muy temprano, Victor —se quejó Yuuri—. Puedo sentirte pensar. 

—¿Cómo se puede sentir cuando piensa una persona? —preguntó Victor con voz divertida, abriendo los ojos al fin.

—Ehm —murmuró Yuuri. Frunció el entrecejo y se acercó más al otro, ocultando el rostro en su pecho—. Piensas en muchas cosas. 

—¿Por qué lo dices?

—Puedo sentirlo. Piensas en cosas que te hacen feliz o que te sorprenden o que… no sé. Es muy temprano —repitió—. Vamos a dormir. 

Victor le dio un beso en la coronilla y se acomodó lo mejor que pudo con Katsuki aún entre sus brazos. 

—Está bien, Yuuri, vamos a dormir.

Publicado por cydalima10

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