Tabú 18


¿Era malo?

No lo sé. Solo quería divertirme un rato y ver a Víctor sonrojarse cuando probaba mis panqués fue la cosa más divertida que me había pasado. Él no dijo nada por mi actitud provocadora y tal vez fue porque creyó prudente hacerse el tonto, pero ese fue un momento que jamás olvidaré.

Y no es que buscaba seducir a mi hermano. Lo mío no pasaba de un simple juego erótico porque era evidente que vivía con un ruso que gustaba mucho de las mujeres y que además había sido educado bajo normas estrictas que regían en el hogar de su madre.

Tenía entendido que ella era una gran devota de la iglesia y lo más probable era que su hijo viviera de acuerdo a esas normas aprendidas desde la cuna.

Además, nunca supe que lo liaran con algún hombre y según había leído antes de conocerlo solo salió con bonitas chicas, modelos, actrices, cantantes y hasta escritoras, nunca con un varón. Sus amigos gays de las pasarelas lo respetaban y no le vi conductas proclives a estar abrazando o besando a sus colegas aun cuando estuviera ebrio.

Eso no me impedía fantasear con él porque Víctor era y será siempre un hombre muy atractivo, así que hasta allí llegaba mi atrevimiento. Si me hubiera preguntado qué me sucedia me habría hecho el tonto o habría puesto cara de milenial indignado. Todavía no quería salir del closet porque tenía muchas cosas que hacer antes y esa no era mi prioridad.

Después de ver pasar todos los colores por su rostro y de reírme como un loco en mi habitación, lo dejé dormir el resto del sábado para que pudiera poner su cabeza en orden y no hice ningún ruido, ni siquiera encendí el televisor.

¿Fui un buen hermano después de todo?

Por supuesto que lo fui y el resto de fin de semana no pasó nada importante, solo fuimos a almorzar a un restaurante donde servían deliciosos mariscos y paseamos en auto por toda la ciudad escuchando música y hablando de Anya y de todo lo que estaba haciendo ella en Brasil.


Pero el lunes llegó y con él la escuela aburrida, mi mente divagaba entre los ejercicios de ecuaciones, el sistema orográfico de los Urales y la respuesta que estaba esperando que me diera Jakov Feltsman. Días atrás le había pedido al anciano que averiguase la manera cómo podría vender la casa de mi abuelo en Moscú.

No era un lugar muy lujoso, pero sí que era una propiedad grande y tenía entendido que, por su ubicación, su valor en el mercado inmobiliario contaba con una buena cotización. Víctor y Nefrit necesitaban dinero para sacar adelante la nueva colección y arrancar de inmediato con los pedidos que habían hecho por adelantado los inversionistas con los que mi hermano había salido el último fin de semana a conversar y celebrar.

El abogado de mi padre había quedado en viajar a Moscú y llamarme en unos dos o tres días, se suponía que debía averiguar la situación legal de la propiedad y también la situación de la sucesión de los bienes de Nikolay Plisetsky, mi abuelo.

Me detuve durante todo el tiempo de receso recordando su encanecida cabeza y su gorra que le daba una imagen de hombre sabio. Estuve sentado en mi solitario rincón de siempre, acompañado solo por las pequeñas moscas que se posaban en las flores y en mi cabello, mientras recordaba que esa casa fue el lugar donde viví mis mejores y mis peores momentos.

En esa casa alguna vez fui un niño tierno y crédulo, cuando el abuelo me contaba las historias de su pasado y las leyendas de la ciudad con las que pretendía mantenerme quieto para que no saliera a explorar los alrededores. Él tenía mucho miedo que me perdiera o algo malo me pasara; pero yo no lo entendía y muchas veces me enojaba con mi abuelo por no dejarme ir a la casa de uno de los niños del barrio que tenía muchos juguetes.

Casi todos los niños peregrinaban por el lugar, pero yo tenía prohibido acercarme a él, ni siquiera podía pasar cerca de su jardín. El abuelo inventó que ellos eran unos vampiros. Años después, cuando ya no le creía ese cuento me dijo que en esa casa se hacían penar espíritus y cuando de verdad ya no podía tragarme ninguno de sus cuentos me dijo que en esa casa las personas no tenían respeto por los niños.

Pensé que se refería a que los maltrataban o les hacían sentir inferiores debido a que ellos tenían mucho dinero, carros y comodidades. Un año antes que mi abuelo falleciera, retornaba a casa de la escuela y observé que en la gran casa estaban aparcados muchos autos de la policía.

Pensé que se trataba de algún asalto y que estaban a punto de trasladar a los ladrones, me acerqué a ver como todos los curiosos de varias cuadras a la redonda y vi que se llevaban a los dueños de la casa y muchos otros hombres y mujeres. Uno de los policías sacaba a algunos niños de la mano y otros dos sellaban la puerta con cintas amarillas.

Mi abuelo tenía mucha razón, en esa casa pasaban hechos demasiado terroríficos y sus ocupantes eran peores que vampiros y aparecidos. Los dueños de la casa fueron acusados por los fiscales de producir pornografía infantil. Creo que los sentenciaron a una de las peores cárceles de Rusia.

No sé por qué había recordado esos hechos, quería retener los momentos más hermosos que viví en la casa del abuelo, las mañanas de invierno en la que preparábamos chocolate caliente y dulces blini. Las tardes de verano que las pasábamos en el portal de entrada, él leyendo una revista o una novela y yo coloreando las figuras de mis héroes favoritos.

La fotografía de mi madre reinaba en su sala, los muebles antiguos lucían muy bien conservados, mi habitación era como un lugar sagrado donde nadie más que el abuelo y Potya podían ingresar.

Recuerdos tan felices y que sin embargo me trajeron la sensación más dolorosa a mi vida. No podía regresar a esa casa, porque no vería a mi abuelo en ella, así ya no la quería más, ya no era para mí el refugio de amor que fue en mis años infantiles. Por eso decidí venderla y quería hacerlo con prisa para darle a mi hermano el dinero que le hacía falta.

Estaba entretenido en mis asuntos cuando un chico raro con lentes gruesos vino a sentarse junto a mí y como siempre me habló con ese aire de respeto y distancia con el que siempre me habló desde que se presentó la primera vez y me ayudó a recoger del piso los libros que los salvajes de Zhúkov me habían arrebatado de las manos.

—Yuri, buenos días… este… ¿podría decirte algo? —Los movimientos de su cuerpo lo mostraban siempre ante mis ojos como un chico muy sumiso, yo odiaba esa actitud; pero era la única persona que me hablaba bien en toda la escuela.

—Que sea rápido. —Por lo general no deseaba hablar con él y mi trato era de lo más frío, quería que entendiera lo solo que necesitaba estar.

—Dijeron que Zhúkov ha regresado al colegio y que ha jurado que se las va a pagar… —Sentía su mirada bastante angustiada y aunque era una información de relevancia decidí dejarla pasar.

—Si tuviera miedo de ese mastodonte, ya no seguiría asistiendo a esta estúpida escuela. —Me puse en pie dispuesto a alejarme del preocupado gordito—. Y la próxima vez que vengas a hablar conmigo Vasiliy solo hazlo cuando tengamos un trabajo pendiente juntos.

Lo dejé sentado en la banca mirándome con esos enormes lentes que ocultaban sus ojos verdes y con la expresión de miedo que parecía ser la única que podía mostrar en su rostro redondo y rosado.

Caminé hacia las clases y una vez más traté de pasar desapercibido entre la multitud de alumnos; sin embargo, noté que me miraban como si quisieran anunciarme algo importante. Ellas me miraban con curiosidad y comentaban unas con otras al oído sin ningún disimulo. Ellos me observaban con indiferencia y algunos se reían de mí.

—Sabes Plisetsky hemos elevado las apuestas, todos los que pensamos que podrás darle otra patada a Zhúkov y lo dejarás paralizado podremos cobrar diez veces más de lo que apostamos. —Un muchacho alto, delgado de cabello ensortijado y pequeños ojos negros, del que nunca recordé el nombre, se acercó a mí, no sé si con el afán de darme ánimos o con la intención de crear algo de intranquilidad en mi mente.

Si “la máquina” me golpeaba en el colegio, lo expulsarían. Si lo hacía fuera dejaría que me golpeara tanto que mi hermano intervendría y podría hacer algo al respecto con las autoridades.  Estaba convencido que sería mejor así porque ya quería dejar que esa maldita pelea absurda pasara, además unos cuantos golpes en mi cuerpo y cara no me iban a matar.

Estaba dispuesto a hacerlo con tal de terminar ese año mis estudios en completa libertad y dedicarme sin interrupciones a Nefrit durante los días de receso.

Caminé por el patio congelado, subí a mi aula donde tuve que soportar la voz gangosa de la profesora de química y la clase sobre las cadenas del carbono.

La última hora tenía práctica con el equipo pues se acercaba la presentación de los juegos de invierno y debíamos entrenar una hora más para que podamos hacer frente a esas escuelas que en el pasado habían jurado sacar de su estable puesto número uno a la San Marcos.

Me encantaba el hockey, para mí era un escape y la mejor forma de sacar toda esa rabia acumulada en mi corazón. Rabia porque mi abuelo me dejó solo, rabia de saber que no podría ver otra vez a mi padre, rabia porque no podría regresar a mi casa en Moscú. Rabia infinita de no saber cómo ayudar a mi hermano a rescatar Nefrit y rabia por estar enamorándome de él.

La práctica fue más dura de lo habitual y si bien Zhúkov y yo coordinamos bien nuestros pases para encajar la pastilla negra en el arco y vencer una y otra vez a Podolski que se había convertido en el mejor arquero sustituto, no faltaron los golpes y los empujones por parte de todos esos brutos.

Lo extraño fue que “la máquina” se mostró muy cauteloso y evitó tocarme con rudeza en el entrenamiento. Pensé de inmediato que eso era algo muy malo porque él todavía debía tener las huellas de mis tennis impresas en su vientre. Era prudente y no podía dejar de pensar que tal vez estaba tramando algo peor que hacerme caer en la pista de hielo poniendo un cave con su stick o empujándome contra las vallas.

Practicamos durante dos horas sin parar y para evitar que los demás compañeros me molestaran salí antes del pitazo final, de inmediato me senté lo más cerca que pude de Popovich y junto a las melosas porristas que no dejaban de moverse como si tuvieran pulgas en el cuerpo. Escuchamos las explicaciones finales y los intrincados mapas que dibujó en la pizarra para señalar porqué Sovoliev debía abrir un poco más su defensa y porqué Kutrov no debía subir tanto por la banda izquierda para permitir que el gorila mayor y yo podamos intercambiar el disco en mayor libertad mientras ellos bloqueaban a los rivales.

Cuando el coach terminó la explicación y nuestros cuerpos se enfriaron lo suficiente era la hora de esperar que ellos fueran a las duchas y se bañasen rápido.

Calculé que terminarían de alistarse en veinte minutos así que entré a la pista una vez más y aproveché ese tiempo para practicar algunos tiros más contra el arco. Impaciente esperé verlos salir juntos como siempre, haciendo payasadas o tomando de la mano a alguna de las coquetas porristas.

El momento que los vi alejarse por el campo hacia el estacionamiento decidí por fin entrar en los vestidores y de inmediato ingresé en las regaderas aprovechando que el hombre de la limpieza aún se encontraba presente.

Bajo el agua volví a pensar en la respuesta de Feltsman y también imaginé el rostro de complacencia de mi hermano cuando le dijera que podía ayudarle con una buena cantidad de dinero para sacar adelante la empresa.

Durante varias noches lo había visto pasar en vela y conversar con tanta gente por el celular intentado alargar plazos de entregas y cobranzas. Lo peor de todo fue que los diseñadores y la propia Lilia no estaban muy convencidos del material que tenían frente a ellos.

Yo veía que eran creaciones perfectas, ajustadas al estilo y la propuesta que Nefrit siempre exhibió ante el mundo; pero también sentía que era más de lo mismo. Aunque en ese momento no sabía bien qué hacer para ayudar y remediar la situación.

Cuando salí hacia el área de vestidores, observé como siempre al hombre de la limpieza esperando en la puerta de los vestidores listo para salir. Mi pacto con él era insuperable pues yo le pagaba porque se quede media hora más haciendo casi nada y cuando me veía salir de la ducha levantaba ambos pulgares y se retiraba, había cumplido su parte del trato, cuidar mis cosas para que ninguno de los estúpidos jugadores las tomase mientras me bañaba. 

Me entretuve alistado mis últimas cosas dentro de mi mochila y cuando cerré mi casillero escuché que la puerta del gimnasio se cerró, sabía que Popovich salió apurado a una reunión importante con el comité de preparación de los juegos de invierno, así que debería ser yo quien apagara todas las luces del lugar. Maldije porque eso retrasaría mi salida y me encaminé hacia la puerta de los vestidores.

Calculo que me faltarían cuatro o cinco pasos para atravesar el umbral cuando apareció frente a mí “la máquina” con su porte marcial, su aire de suficiencia y su mirada de cazador.

Mi mente apelaba con seguridad a que no podría volver a atacarme dentro de las instalaciones del colegio; pero mis instintos me gritaban a viva voz que corriera a refugiarme al baño o buscara la manera de evadirlo.

—¿Sabes lo que suelo hacer con los gatos de los callejones? —dijo sin parpadear ni demostrar ninguna emoción—. Los atrapo con un arpón y por lo general se los sirvo como entremés a mis perros.

—No pondrás en peligro tu estancia en este colegio, no eres tan estúpido como pareces. —Sé que no eran las palabras más adecuadas para hablar con esa mole de músculos duros, pero en ese momento no se me ocurría otra cosa para distraerlo mientras buscaba algo para defenderme.

—¿Y si te digo que no me importa? —Comenzó a acercarse a mí con total calma y yo empecé a retroceder mientras miraba que me llevaba por una cabeza y media y podía elevarme como si fuera una marioneta por los aires.

—¿Qué dirá tu hermano? —le dije y traté de enfocar mi visión periférica en el ángulo adecuado para escapar de él ya que enfrentarme a sus puños no habría sido la decisión más acertada.

—¿Me tienes miedo Yuri? —Su mandíbula recta acentuaba la fortaleza de su rostro.

Zhúkov podía ser un enorme mastodonte, pero yo no quería mostrarme temeroso ante él. Lo que sentía era coraje al saber que por más golpes fuertes que diera acertaría muy pocos y terminaría demasiado lastimado. Pensaba jugar y esquivarlo como muchas veces lo hice en la pista de hielo.

—No soy un cobarde Zhúkov, no voy a huir. —Me paré en medio del pasaje donde se encontraban los casilleros y las bancas del vestidor—. Si quieres pelea aquí estoy.

Zhúkov sabía que no era rival para él, él medía un metro ochenta y tres y yo a penas si llegaba al metro sesenta y cinco. Él pesaba ochenta kilogramos de pura fibra y tenía una velocidad de ataque impresionante, por algo era el capitán del equipo. Yo pesaba cincuenta y seis kilogramos, fibra que me servía para dar piruetas magistrales en las pistas de hielo o para hacer movimientos rápidos en el asfalto, pero no para golpear a hombres grandes.

Esa pelea ya tenía un ganador y tal vez me encontrarían con varios huesos rotos; pero le vendería cara mi derrota. Juré que no le dejaría vencerme con facilidad, aunque sabía que en los siguientes minutos estaría arrepentido por mi decisión.

—Ahora patéame con todas tus fuerzas como lo hiciste el otro día Nikiforov. —Zhúkov sonreía y me miraba como si yo fuera inferior.

No quería dar el primer golpe, solo lo esperaba con los puños en alto y con el corazón tan acelerado que podía sentir cómo se elevaba mi esternón.

“La máquina” me empujó con fuerza haciéndome retroceder varios pasos, pero no bajé la guardia y solo calculaba dónde dirigiría los brazos para bloquear su primer golpe.

—¿Qué sucede Yuri? ¿Se te acabó la valentía o ya no tienes más trucos raros para hacer? —Vladimir Zhúkov repasó con la mano su rubia cabellera corta al estilo militar —ese que le imponía usar su hermano— y volvió a sonreír.

—Solo estoy esperando tu mejor golpe, tarado. —Sí, ahora sé que fue la peor tontería que pude haber dicho y hecho, pero ese momento me sentí libre de golpear y ser golpeado.

En tan solo tres pasos Zhúkov estuvo junto a mí y tomándome por los hombros me hizo retroceder sin que pudiera detenerme, me empujó con todos sus caballos de fuerza hasta estrellarme contra la pared.

Sentí que mi cabeza sonó como una caja, que mi cerebro rebotó dentro de mi cráneo y que mis omóplatos se juntaron con mis pulmones. Mis que brazos intentaban en vano alejar al gigante, cedieron al sentir su impresionante fuerza, allí supe que había hablado de más y que lo que me hiciera luego ese tipo me lo tenía bien merecido por estúpido y por bocasas.

“La máquina” tomó mis brazos y los elevó por encima de mi cabeza. En un solo movimiento sostuvo con su enorme mano mis muñecas y las apretó tanto que sentí que se saldrían de su posición, pensé que serían dos muñecas descoyuntadas. Entonces con su mano libre apretó mi cuello hasta hacerme sentir que me faltaba el aire, ¿acaso estaba pensando matarme? ¿llegaría a tanto su deseo de sentirse poderoso?

Sentí que mi cuello apretado ya no podía resistir más, solo faltaba algo de presión para que mi manzana se hundiese y la tráquea se quebrara. Deseaba con todo mi ser pedirle perdón, por primera vez en mi vida sería un verdadero cobarde, porque mientras observaba sus ojos azul crepúsculo mirándome con furia, pensaba en otros ojos azules, más claros, más transparentes que tal vez soltarían lágrimas si me encontraban muerto en ese gimnasio al día siguiente.

Quería hablar y no podía, quería soltarme y mover mi cuerpo; pero la falta de aire me impedía hacer el más mínimo movimiento, incluso empecé a sentir que mi conciencia me estaba abandonando.

«¿Así voy a morir?», me pregunté.

Entonces Zhúkov dejó de apretar mi cuello con su enorme mano y me permitió introducir una buena bocanada de aire a mis pulmones, esa que me hacía tanta falta para poder volver a sentirme vivo.

Estaba seguro que me soltó porque que vio mis ojos rojos con las venitas casi saltadas y las pupilas dilatadas, tal vez tomó conciencia que mi rostro estaba rojo o quizá morado, quizá entendió que el último movimiento de mis párpados anunciaba mi muerte o por lo menos la pérdida de mi conciencia.

Dudé que tuviera piedad de mí pues él jamás había tenido piedad de nadie, ni dentro ni fuera de la pista de hielo. Lo había visto que casi partió en dos la mandíbula de uno de los atacantes del equipo de la escuela estatal de Kalininsky. Zhúkov no era piadoso, solo quería demostrar su poder y lo había hecho, si hubiera querido me habría roto el cuello. Aunque como seguían las cosas dentro de los vestidores bien podría animarse a apretarlo de nuevo.

—Qu-qu-qué… qui-quie…res de… mí… —le pregunté a media voz y tosiendo tras cada palabra Deseaba entender por qué ese tipo me miraba como si fuera su rival, por qué me tenía tanto odio, por qué enfiló todas sus baterías contra un chico que andaba solo y apartado en el patio, sin tratar de molestar a nadie y que solo quería terminar rápido la maldita escuela.

Entonces recordé en ese momento el último ranking de excelencia estudiantil y mi avance en la lista de méritos había hecho que él retrocediera en los puestos del cuadro de honor y ocupara el número dos. Eso para él debía haber sido devastador debido al record intachable de excelencia académica que demostró durante sus años estudiando en la exclusiva escuela.

Pensé que era ese el verdadero motivo, él me culpaba por haber dejado de ser el mejor alumno de la San Marcos, porque “la máquina” no solo era un puñado de músculos coordinados que provocaba una serie de reacciones histéricas en las mujeres que lo veían pasar y la envidia de los hombres que se atrevían a compararse con él. Vladimir Zhúkov también era un estudiante con buenos records académicos.

Zhúkov no me contestó, solo apretó de nuevo mi cuello, pero en ese momento lo hizo con más cuidado sin provocarme la sensación de asfixia del inicio. Entonces incrédulo vi que su rostro se aproximaba al mío y sin cerrar sus ojos apretó mi boca con la suya y al ver el brillo de su mirada supe que no estaba jugando, porque pude reconocer el deseo en ella.

Mi estómago quedó suspendido en el aire porque no podía creer que Vladimir Zhúkov, el tipo que todos decían que me odiaba con toda su alma, el chico más alto y fornido de la secundaria, el chico más deseado según la lista de las chicas de mi escuela y de otras escuelas  que en los partidos gritaban sin control cuando él entraba a la pista; el tipo que me empujaba contra cualquier cosa todas las mañanas, el que muchas veces me puso cabe con sus pies para hacerme caer, el que me empujó un día por las escaleras y por poco provoca que me lesione una pierna. El mismo Zhúkov que me insultaba y se reía de mí a la entrada o salida de la escuela, el que me trataba de “niñita” todo el rato, el capitán de mi equipo, ese Zhukov me estaba robando mi primer beso.

Me quedé tan absorto por su comportamiento que no sabía qué diablos decir o hacer, solo sé que mis muñecas me estaban matando de dolor y que su perfume se colaba por cada uno de mis poros. Durante esos segundos interminables en los que él movía sus labios sobre los míos, no dejé de mirar esos ojos azul profundo, oscuros y pacíficos como los lagos. Su mano había dejado de apretar mi cuello y mi falta de aire se debía a que él estaba tomando todo mi aliento.

En mis sueños mi primer beso me lo daba mi hermano, era un anhelo prohibido e imposible, pero en mis sueños me daba esa libertad. Era un beso tímido y cálido, un beso que apenas si se atrevía a ser un simple roce de sus labios.

—Quiero todo de ti Yuri Nikiforov, eso es lo que quiero; no solo este beso, no solo tu mirada de desprecio, quiero tu boca y quiero tus manos y quiero tu calor y quiero tu placer y quiero tu dolor… no sé si me entiendes. —Me sentí deseado y me llené de una colosal energía que me elevó a la altura de los mismos dioses. Zhúkov me deseaba…

—¿Y es con golpes como crees que vas a tomar todo de mí? —Lo miré de frente, pero esta vez mis ojos jugaron un extraño juego que empezaba a desarrollarse entre los dos.

—No sabía cómo llamar tu atención… No podía mostrarme afectuoso con el chico nuevo, nunca lo hice y tú también te has portado como un salvaje siempre. —Su aliento a moras y tabaco quemaba mi rostro y yo no hacía ni el más mínimo movimiento para evitarlo—. Ya sabes que en esta maldita escuela y en este maldito país si nos mostramos afectuosos nos queman vivos.

“La máquina” soltó mis adoloridas muñecas y mis manos adormecidas cayeron sobre sus hombros, sus puños bien cerrados se posaron sobre la pared a los costados de mi cabeza, sus ojos me tenían hipnotizado y su respiración se unía con la mía en un solo compás.

—¿Esta es una de tus jodidas bromas Zhúkov? ¿Por qué piensas que soy gay? —le dije decidido a desenmascarar su extraño comportamiento.

—No te estoy jodiendo Yuri. Por primera vez en mi rancia vida estoy siendo sincero con un hombre que me gusta y sí eres gay porque sé que esa postura de gato callejero es solo una fachada para cubrir tu yo verdadero, ese que he visto en más de una oportunidad mientras caminas, entrenas o almuerzas. —Recordé todas las veces en las que miré con odio y desprecié a los demás con furia—. Yo hago lo mismo.

—Te odio —le dije sin pensar.

—No lo creo si fuera así me habrías dado una patada en las bolas o estarías gritando en este momento por ayuda. —Su sonrisa de lado apareció malévola y sensual—. ¿Por qué no lo has hecho?

«Maldición», mascullé entre dientes y por primera vez me atreví a verlo bien.

Vladimir Zhúkov era un hombre perfecto, hasta unos minutos atrás no lo había visto más que con los ojos de un enemigo; pero en ese extraño instante donde toda la lógica carecía de valor, por fin mis ojos se posaron en su rostro varonil, en su mirada arrolladora, en sus músculos llenos de poder, en su cabello dorado, en su piel blanca, en el pequeño lunar junto a la boca, en su poderosa presencia y por primera vez mi mirada apreció su perfecta sonrisa.

Entonces entre la agitación de mi pecho por la falta de aire y la extraña emoción que me envolvía, supe por qué las mujeres jóvenes o mayores se volvían locas por el “verdugo” de San Marcos. ¿Qué esperabas?, yo era un chico con las hormonas al límite y que estaba harto de tocarse solo todas las noches pensando en un hermano heterosexual que tenía novia y que jamás me haría lo que “la máquina” me estaba haciendo.

Con mis manos sintiendo millones de hormigas recorrer sus músculos, apreté su nuca y lo atraje hacia mí y cuando su boca estuvo a tan solo un par de milímetros de la mía lo vi entrecerrar los ojos y yo hice lo mismo porque quise concentrar todos mis sentidos en mis labios, mi lengua y en mi aliento y saber también cómo eran los suyos.

Nos besamos hasta que necesitamos respirar y luego… nos volvimos a besar, mientras mis dedos se perdían en sus cortísimos cabellos, sus manos subían y bajaban por mi espalda y su pierna apretaba mi pelvis haciéndome estremecer.

¿Me gustó?

Claro que sí me gustó, por supuesto que disfruté con todo mi ser de ese beso; un chico gay como yo que no se fijase en un hombre como Vládimir Zhúkov o estaba ciego o era un perfecto imbécil.

Nos besamos hasta que escuchamos los pasos del conserje que estaba entrando al gimnasio, entonces ambos fuimos hacia nuestros casilleros intentando encubrir el calor de nuestros cuerpos y el ardor de nuestros labios. El viejo conserje de la escuela nos preguntó si ya íbamos a salir, yo dije que ya me iba y salí con algo de prisa, Vládimir dijo que le espere un par de minutos para alistar su uniforme y se quedó revolviendo sus cosas.

Al llegar a la puerta del colegio vi el carro de mi hermano. Víctor me había estado esperando desde hacía media hora y yo ignoré sus llamadas porque seguía manteniendo el celular en el modo vibrador. Entré al auto y él como siempre me abrazó con fuerza, acomodó con sus manos mis rebeldes mechones a los costados de mis orejas y me dio un beso en la frente.

Al ver a Víctor me sentí culpable por mi primer beso, me sentí mal por haber gustado de mi compañero, me sentí traicionero por haber mirado con deseo a otro hombre, me sentí incómodo porque tendría que ocultar esa situación a mi hermano.

Al mismo tiempo me sentí aliviado porque tal vez si me centraba en disfrutar con Zhúkov, olvidaría por completo los pensamientos impuros que tenía con Víctor, tal vez si todo prosperaba con “la máquina” y me hacía suyo en algún momento, dejaría de desear el amor carnal de mi hermano.

—¿Todo bien Yuri? —me dijo con mucho cariño.

—Sí, todo está muy bien Vitya. —Mordí mis labios sintiendo aún el sabor de Zhukov en ellos.

En ese instante vi a través del espejo retrovisor del auto de mi hermano que Vládimir subía al suyo y me lanzaba una mirada de despedida. Sonreí porque me pareció divertido pensar qué podría suceder entre los dos en los siguientes días y meses.

Víctor encendió el motor del coche y ambos vehículos tomaron rutas opuestas, fue en ese instante que mi mente y mis deseos se partieron en dos.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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