Tabú 17


Las mañanas de resaca siempre me fueron dolorosas y confusas.

La sensación de hundirme dentro del colchón provocaba mis ganas de saltar de la cama de inmediato, pero el cansancio extremo que sentía en todo el cuerpo hacía que me aferre más a mis almohadas, como el náufrago se aferra al último pedazo de madera de la embarcación.

Esas primeras horas que iba y venía entre la dura realidad de mi conciencia y el suave adormecimiento de mi ensueño, me traían a la memoria las imágenes más extrañas que mi mente trataba de armar como el gigantesco y desorganizado rompecabezas de mi noche de alcohol.

Había sellado un pacto con dos inversionistas muy leales a mi padre que querían ver a Nefrit brillando una vez más en las pasarelas y las vitrinas del mundo; conocían y admiraban el trabajo de la gran Lilia Baranovskaya y apostaban a ganador, una vez más, pensando en la futura colección que saldría para el siguiente verano.

Mi entusiasmo inicial por celebrar ese apoyo y el capital fresco que ingresaría en las vacías arcas de la empresa, pasó a segundo plano cuando mis llamadas ya llegaban a la segunda decena y Yuri no las respondía.

Me sentía tan alterado que estuve a punto de terminar temprano la cita y rechazar la invitación de los dos caballeros para ir a celebrar a un bar pues solo pensaba en ir a buscar a mi hermano. Minutos atrás Lilia me había confirmado que el pequeño canalla no había llegado aún a la casa Nefrit y con ese último anuncio sentí que mi corazón se empequeñecía tanto que el dolor agudo casi no me dejaba respirar.

Me sentía casi ciego y ofuscado observando si mi celular se encendía o creyendo escuchar su tonada; sin embargo, intentaba conservar la calma y seguía la conversación de los dos inversionistas a la vez que sonreía como si nada estuviera pasando.

Y en el preciso instante que ya estuve decidido a abandonar a los alegres moscovitas, Lilia llamó para decirme que Yuri había aparecido en el taller y que lucía muy cansado, pero en términos generales lo veía muy bien.

Mi alma por fin halló paz y mi corazón volvió a expandirse en mi pecho, así que decidí celebrar por partida doble y acepté muy agradecido la invitación que, los dos amos y señores de las cadenas comerciales Lesnoy y Besedy, que lideraban las ventas en Rusia, me estaban haciendo con tanta insistencia. Me atreví a brindar con muchas copas de wiski por la inversión asegurada y a ellas agregué muchas copas más de vodka por el niño perdido y encontrado.

Una hora después de llegar al Sky Bar, un escueto mensaje de mi precioso y cruel hermanito menor ingresaba a mi celular, el tono personalizado me anunciaba que era él y de inmediato tomé el aparato y repasé las pocas palabras y los muchos emojis que me envió.

Me decía que ya se encontraba en casa y la calma dulce y caliente invadió mi pecho dejando que mis hombros se relajasen de llano porque lo imaginé cenando frente al televisor, lo vi abriendo una botella de vino y tomando un vaso lleno, lo visualicé jugando con su peludo gato, divagué pensando que estaba sobre su cama leyendo algún libro o que se encontraba sentado en su escritorio repasando sus lecciones escolares.

De nuevo mi mente lo vio envuelto en sus toallas saliendo del baño y expulsando vapor con la piel color de un camarón y claro que imaginé sus párpados oscurecidos por el cansancio mientras dormía apacible, casi como un pequeño bebé. Sonreí ante esa imagen y apuré una tercera copa de Moscú Mule.

Recuerdo que los inversionistas y yo hablábamos sobre anécdotas que vivieron junto a mi padre, fue un momento lleno de nostalgia a pesar de las risas y como no lo había hecho en mucho tiempo bebí otra copa más brindando por los recuerdos, otra copa por el futuro, otra copa por ser el mejor hermano del mundo que acogía al otro Nikiforov en casa, otra por las grandiosas ideas de Madame Baranovskaya; una copa más por las bellas modelos que nos acompañaban en ese instante, otra por el Porsche nuevo que compró uno de los inversionistas, otra más por mi futuro como el presidente de directorio de la casa Nefrit y así pasó la noche hasta que la conversación se convirtió en una serie de asuntos inconexos, más visitas al baño y mareo absoluto.

Desde ese momento no recuerdo bien cómo es que salí de ese bar, creo que uno de los mozos me llevó de brazo y me acomodó dentro de un taxi exclusivo que llamaron para mí. No recuerdo haberle dicho al conductor mi dirección; pero aparecí frente a mi edificio en un abrir y cerrar de ojos, lo que sí recuerdo es que salí con mucha dificultad del auto y le di al chofer un cheque, él me dijo que no tenía monedas para darme el cambio y yo le dije que se quedara con él.

El hombre me llevó de brazo hasta la puerta del edificio y me dejó dentro del vestíbulo, el conserje de la recepción me saludó, eso también lo recuerdo muy bien, y me ayudó a llegar al ascensor. En ese instante todo se convirtió en una escena oscura hasta que me vi en medio de la sala de mi departamento de rodillas y con las manos sobre una silla del comedor y observé que Yuri se levantaba del sofá y corría hacia mí.

Me recibió entre sus delgados brazos y yo me dejé caer un poco; lo abracé y escuché que hablaba, pero no podía entenderlo. A pesar de estar tan inconexo creo que respondí sus preguntas, pero no sé con exactitud qué hablé con él, solo sé que sentía que cada desvanecimiento mío él reforzaba el abrazo y me obligaba a dar un paso más.

Seguro en la calidez de mi hogar, me dejé vencer por el trago y a partir de ese momento dejé mi voluntad y mi cansado cuerpo en manos de mi lindo hermano. Recuerdo que cada vez que abría mis ojos, él me miraba molesto; no entendía por qué sus ojos estaban más brillantes que nunca y sus cejas se juntaban sin cesar, lo vi apretando los labios y también sentí el suave perfume de miel y nueces que desprendía su cabello —un nuevo producto con el que se bañaba esas noches—, el perfume de su cuerpo sobrepasaba el aroma de licor y mujeres bonitas que llevaba encima.

Recuerdo que estábamos en el pasillo y con potente voz y amenazas me exigió que hiciera un esfuerzo para llegar a la cama y después de eso no sé qué sucedió porque una vez más las luces se apagaron y dejé atrás mi realidad para, sin remedio, dejar que mi cuerpo macere en alcohol el resto de la noche.


Cuando abrí los ojos me hallaba dentro de mi cama y con un conjunto de sensaciones que se agolpaban como una estampida de efectos dolorosos de mi mañana de resaca. Quería ir al baño, quería tomar agua, quería cubrirme con más mantas, sentía el estómago revuelto, sentía la cabeza fuera de su sitio, lo peor era esa sensación de caída libre que me asaltaba de rato en rato.

En forma nítida podía escuchar el canto de los periquitos que una vecina criaba en el piso superior y que sacaba todas las mañanas para que pudieran calentarse en el sol. Parecía que los bichos estaban metidos dentro de mi cabeza y cada uno de sus chillidos taladraba mi cerebro.

En uno de mis despertares recordé a mi bella Anya recomendándome que no me excediera con el alcohol, a ella no le gustaba verme demasiado ebrio porque fue testigo en más de una oportunidad que un Víctor borracho solía decir y hacer estupideces. Y por lo general terminaba quitándome la ropa y abrazando a todo el mundo mientras intentaba apurar una copa más.

Pensé en que esa fue la primera vez que Yuri me había visto de esa manera desastrosa y tenía que hacer algo para disimular un poco mi peor momento y para superar la mañana con la “mona” encima.

Entonces una nueva sensación se instaló en la boca de mi estómago, una sensación que nunca antes había experimentado en mi vida y que hasta ese momento me era tan extraña que me hizo sentir demasiado incómodo. Fue una idea, más devastadora que el mareo venciendo tus fuerzas y el estómago urgiendo ir al baño; pensé que esa conducta podría ser repetida por mi hermano, imaginé que al verme tan miserable Yuri podría verse tentado a imitar mi libertina rutina alcohólica y el vacío acompañó a mis síntomas de borracho derrotado y arrepentido.

¿Mi niño tomando hasta perder la conciencia? No.

Mi hermano debía ser un chico sano y seguir siendo un atleta comprometido con el equipo de hockey de la escuela, un fanático del parkour que conquistara todas las junglas de cemento del mundo, debía seguir siendo ese chiquillo que sacase la nota de excelencia y el chico que se esforzaba por aprender de Lilia todos los trucos del diseño y la confección.

¿Y yo qué estaba haciendo?, me pregunté.

Le estaba mostrando cómo celebrar de más un acontecimiento, cómo perder el control, cómo dejar la conciencia en el asiento trasero de un taxi y cómo comportarse como un verdadero simio idiota, caminando de un lado a otro y hablando estupideces.

Había veces que no podía controlar mis ganas de seguir sintiéndome loco y desinhibido con cada copa de licor que pasaba por mi garganta, pero ese era el Víctor que no tenía una novia bella que lo amaba mucho y que esperaba lo mejor de mí en su ausencia y era el Víctor que no tenía a cargo la responsabilidad de cuidar de un hermano adolescente.

Por primera vez en mi vida me importó mi conducta, por primera vez en mi vida pensé en verdad en la responsabilidad y el bienestar del otro. Ese otro era Yuri que seguro había despertado temprano y ya estaría en la escuela… no, ese día mi pequeño no tenía escuela, recordé que era una mañana de sábado.

Vencido por la sequedad de mi garganta, la urgencia de mis necesidades, la cabeza convertida en una bomba de tiempo a punto de estallar y la sensación de estar sudado y pegajoso, decidí mandar la molesta resaca al caño y por fin pude levantarme después de dos horas de indecisiones y excusas para seguir durmiendo “cinco minutos más”. Me deshice de mis estupideces y tomé un buen baño para que Yuri no siguiera viéndome como un desastroso vagabundo.

En medio del vapor del baño y con la suave sensación de la espuma en mi cuerpo y el relajo de mis músculos, un recuerdo velado vino a mi cabeza. Era una imagen que me dejó paralizado. ¿Acaso fue Yuri quien me había desnudado y metido en la cama la noche anterior?

Bien eso cualquier hermano podía hacerlo, pero mi mente recordó una lejana sensación de excitación, una sensación que no podía definir bien si era fruto de mi maldita y desatada imaginación o si eran los dedos de Yuri recorriendo mi piel.

Cerré los ojos forzándome a rememorar qué era en verdad; pero el esfuerzo no rindió frutos. Así que recurrí a la lógica, esa juiciosa compañera que me dijo con voz clara y cadencia pausada que todas esas extrañas sensaciones eran solo mi imaginación y la severa necesidad de sentir el contacto con la piel de mi lejana Anya. La amada que estaba tardando demasiado en regresar y a la que llamaría por la tarde para saber qué era lo que la retenía en esas selvas amenazadas de Brasil y no la dejaba salir a la civilización para escuchar su voz o recibir sus mensajes de amor.

Cuando cerré la regadera surgió una pregunta demasiado incómoda y que no me atrevía a responder: ¿me habría portado mal con Yuri? ¿Habría tenido esa conducta caprichosa de antaño que me obligaba a abrazar y arremolinarme en el regazo de cualquier persona? Si fue así ¿Yuri estaría bien, habría entendido que solo era un borracho imprudente o se sentiría molesto conmigo esa mañana?

No quería imaginar a Yuri viendo cómo su hermano mayor se comportaba como un niño engreído de siete u ocho años, luego como un chiquillo molesto de doce o catorce y finalmente como una experimentada ramera que siempre tiende a erotizar todo aquello que toca de más.

Me asusté en verdad y supliqué a los dioses que no me hubiera comportado mal con mi muchacho, porque Yuri debía ver en mí al hermano protector, al hombre capaz de apoyarlo, a la autoridad dentro de esa casa hasta que él tuviera su futuro asegurado; porque ese era el rol que debía jugar en la vida de Yuri y porque mi amor por ese chiquillo agridulce crecía cada día; mi amor comprometido, mi amor fraternal, mi amor de amigo y hasta mi amor paterno.

Debía sostener con todos esos sentimientos a mi hermano mientras siguiera a mi lado y era mi deber convertirme en todo para él. Porque siendo su todo, él llegaría a alcanzar esos sueños que comenzó a forjar en su anochecida adolescencia, sus últimos meses de dependencia a los que diría adiós en algo más de un año cuando culminase la escuela preparatoria y tomase su destino entre sus delicadas manos.

Allí debía estar yo como la muralla que lo protegía todo ese tiempo y como el mecenas impulsor de sus proyectos. Ese era mi rol, mi papel de buen hermano y de excelente guía, así que debía inhibirme de hacer tonterías como tomar demasiado y comportarme como un niño caprichoso.

Cuando salí del baño y observé la habitación, vi mi ropa revuelta por todo lado; intenté acomodarla en un solo lugar; pantalón, cinturón, abrigo, saco, corbata, zapatos y mi camisa que no podía encontrar entre todo ese laberinto. Me fue extraño porque por más que la busqué no pude hallarla, ¿sería acaso que me la quité en el bar donde perdí la conciencia?

Intentaba recordar qué había pasado con ella cuando la voz de Yuri arañó mis tímpanos y me hizo recordar que mi mañana de resaca no había terminado.

—¡Víctor el desayuno ya está listo! —La voz de Yuri en la puerta de mi dormitorio sonó como si hubiera usado un megáfono y no me quedó de otra que cubrirme con mi bata azul de casa y atender esa invitación que más parecía la orden de un general.


Sábado por la mañana y todo era rutina en nuestras vidas. El ruido que provenía de la cocina cuando Yuri hacía el desayuno. El maullido sonoro de ese gato endemoniado que retumbaba en mis oídos. El fuerte aroma del café recién hecho y un mudo dolor en la base de mi cerebro. Me arrepentí de haberme levantado ese día, pero me propuse no defraudar a mi hermanito que se estaba esforzando para preparar su delicioso desayuno.

Llegué a la mesa de la cocina arrastrando mi cansada humanidad y lo primero que vi fue a Yuri usando ese cortísimo polo blanco sin mangas y sus boxers negros apretados. Su larga melena estaba sujeta con una liga dorada y me permitía ver su perfil mientras volteaba algo en la sartén.

—Por fin el rey de la selva decide dejar la cueva y unirse a su manada. –Mi tierno hermanito no tuvo la delicadeza de voltear a mirarme mientras continuaba haciendo sus panqués.

Eso más faltaba, un desayuno apetecible lleno de azúcar y miel concentradas en esa extraña y nublada mañana de noviembre. Vaya otoño lluvioso que nos tocaba soportar. Observé su delgada figura durante unos segundos, al parecer ya estaba finalizando su ardua tarea doméstica. Agradecí en silencio que Yuri hubiera aprendido a hacer sus desayunos desde temprana edad, pues lo único que aprendí a hacer en la cocina fue preparar el café y después de eso siempre fui un desastre y un completo inútil.

Me senté en la mesa y observé que estaban dispuestos los vasos llenos de jugo, las tazas, algo de pan blanco y los cubiertos bien dispuestos. Yuri sí que se esmeró esa mañana y mientras más lo observaba comprobé que lucía relajado y hasta feliz.

Mi hermanito llegó con dos platos llenos de esos calientes y apetitosos panqués y observé que se había esmerado en ponerles ralladura de manzanas y canela, tal vez imaginaba que eso curaría mi resaca o tal vez lo hizo a propósito para darme una lección.

Tomé el tenedor dispuesto a comenzar con la dulce tortura para mi deshecho hígado cuando él me detuvo y con un movimiento de su mano me pidió que esperara un poco. De un salto estuvo junto a la refrigeradora y sacó de ella una botella de miel de caña. Más dulce no podía ser.

Esparció un poco sobre mis panqués y bastante sobre los suyos. Dejó el pomo de miel sobre la mesa y con el dedo índice retiró el excedente meloso del pico del envase evitando que goteara al mantel, se llevó el dedo lleno de miel a la boca y lo chupó casi entero, succionando despacio toda su longitud mientras levantaba su aguerrida mirada y la clavaba en mis ojos.

Ese fue un momento mágico, casi una epifanía que se reveló de inmediato en mi pecho, descorrió el velo de mi mente y en un segundo recorrió todo mi cuerpo dejando al alcance de mis ojos la infame verdad de mi mente.

El calor se apoderó de mis venas y me dejó asombrado. De inmediato y casi estupefacto comprobé que el monstruo lujurioso que por meses había estado tratando de detener en mi interior había doblado los barrotes y había roto sus cadenas.

Por primera vez en todo ese tiempo viviendo junto a mi hermano me atreví a pensar que ese gesto suyo era la imagen más sensual y provocativa que había visto en mi vida. Lamí y mordí mi labio inferior y de inmediato miré mi plato intentado disimular que mi apetito se dirigía al dulce preparado.

No, no eran los panqués que Yuri preparó esa mañana lo que me provocaba insalivar como un perro callejero frente a un jugoso bistec, como un lobo hambriento que se agazapa tras los matorrales al contemplar el rebaño, como el león que saborea la sangre del impala emanar del cuello recién desgarrado. Era el propio Yuri y su boca en rosa los que me hicieron hervir la sangre en tan solo un segundo y provocaron las sensaciones más molestas y deliciosas en mi vientre.

Yuri era mi bistec, mi rebaño, mi presa y mis panqués dulces que anhelaba devorar de inmediato. Mi cuerpo no se reponía de esa primera carga de dinamita que acababa de hacerlo estallar cuando mi hermano decidió soltar su dorado cabello que cayó como rayos de sol por los costados enmarcando su delicado rostro. Un rostro que hasta hacía unos segundos atrás contemplaba con ternura y sentimientos de profundo amor fraterno; pero que desde ese instante se convertiría en el lienzo que expresaba en cada gesto inocencia lujuriosa o lujuria inocente.

El movimiento de sus pómulos mientras masticaba sus panqués me hicieron pensar en los gestos que pondría si fuera mi lengua la que estuviera atrapada entre sus dientes y los sonidos lascivos que inundarían cualquier espacio mientras devoraba su jugosa, melosa y suave boca.

–¿No te gustan mis panqués? —Levantó la ceja señalando el plato con la mirada. Sus ojos también eran manjares que se me apetecía devorarlos como si fueran uvas recién cosechadas.

Mordí con más fuerza mi labio inferior y asentí un par de veces. Bajé la mirada, corté una rebanada del manjar con mi pequeño tenedor y sentí que mi estómago se revolvía. No eran los panqués, ni la miel y mucho menos la resaca la que me provocó esa incómoda sensación. Era la verdad de mi voraz corazón señalando que mis instintos más básicos se habían desatado de improviso frente a la figura y la presencia de mi hermano menor, de mi propia sangre, del chiquillo a quien juré cuidar y guiar.

Había contemplado la belleza de Yuri por meses y siempre oculté mis deseos dentro de una frase ambigua: “Soy tan abierto que puedo reconocer la belleza de cualquier ser humano”. Una frase que repetí cada noche que acariciaba su cabello antes de apagar su celular, cada vez que lo veía pasar del baño a su habitación con la toalla al borde de su pubis y cada vez que lo contemplaba morder el lápiz de dibujo cuando estaba concentrado en el taller.

Ese momento de gloriosa revelación esa frase no sirvió porque por primera vez, de forma consciente y con todos mis sentidos puestos en Yuri, estaba deseando hacerlo mío y estallar de placer sobre su tierna carne.

Sangre de mi sangre, vil pecado que me movía por completo y me hacía humano una vez más. Todo lo prohibido es más delicioso y qué más prohibición que la de tocar a un hermano menor.

Yuri.

Quería gritar su nombre mientras me corría en su interior y me permití imaginar sin temores cómo sería el momento que pudiera ver cómo escurría mi amor entre sus piernas.

Esa debía ser una canallesca broma del demonio. ¿De qué otra manera podía explicar ese deseo incontrolable por saborear, palpar, seducir y si era posible someter a mi querido hermano? Maldita serpiente que me ofrecía el fruto más prohibido del árbol, el más dulce y el más apetecible.

Ya no podía seguir engañándome más, todo ese entusiasmo y euforia que sentí durante todo ese tiempo, desde que vi por primera vez a Yuri en el aeropuerto, no era amor fraterno. Era deseo animal disfrazado de hermandad y cuidados. Era mi libido con sus tentáculos desatados en espera de ver caer a la presa en la trampa de alguna grieta oscura. Era mi mente conspirando contra los más puros sentimientos hasta convertirlos en hambre y sed de placer.

No podía, no debía. Yuri estaba vetado, prohibido. Yuri, mi hermanito rebelde, el chico que puso de cabeza mi mundo desde que llegó a San Petersburgo y a mi vida, se convertía de esa forma tan simple en mi mayor tormento. Yuri mi hermano era una realidad que golpeaba mis costillas hasta dejarme sin aliento. Yuri mi amante era una posibilidad negada que debía descartar de inmediato.

Era un crimen seguir pensando de esa forma, pero… cómo quería romper su camiseta y ver su delgada cintura estremecerse apretada por mis manos.

Sacudí mi cabeza y me dije como tonto consuelo que esa pulsión intensa solo era el efecto del alcohol que aun circulaba libre por mi cuerpo.

Los panqués supieron más deliciosos que de costumbre, tal vez sería porque fueron sus delicadas y frías manos las que los prepararon. Tal vez porque su textura me hacía pensar en lo agradable que sería morder la delgada lengua de Yuri.

Yuri mi hermanito.

La espada en mi costado, la dolorosa realidad de un deseo prohibido.

Yuri el protagonista de mis sueños perversos que comía sus panqués con ese aire aguerrido e inocente, ignorando todo el ardor que su blanca piel provocaba en mi cuerpo y todo el dolor que comencé a sentir en mi erecto falo.

Volví a levantar la mirada y me encontré con sus enormes ojos de mar que me auscultaban el alma.

Se puso en pie y caminó hasta la cafetera, me sirvió un poco más de café y cuando aproximó la taza humeante y llena, mis dedos se toparon con los suyos en una suave caricia que desató la intensa corriente de la lujuria en mi rostro. Sentí quemar mis mejillas y de inmediato pensé que el rubor las cubría por completo.

Yuri trinchó el último bocado de panqué y lo llevó con mucha lentitud a su boca, luego introdujo el tenedor con mucha calma y lo succionó dos veces. Pensé que me estaba volviendo loco porque ese movimiento era una clara provocación y llevaba un código sexual implícito que me enervaba más el vientre.

Al ver mi embobada mirada dando vueltas sobre su rostro sonrió con malicia y yo le devolví la sonrisa confundido y asustado.

Me pareció ver una chispa de lujuria en sus pupilas y otra vez dejé que mi enrojecida imaginación en libertad, tanta que me vi saltando el espacio de la mesa y devorando su boca, su cuello y su cuerpo entero.

Cerré los ojos y recordé que era mi hermano al que quería convertir en el objeto de mis endemoniados deseos, arrebatando el pequeño haz de inocente luz que aún podía ver en sus ojos de niño y saboreando los últimos pedazos de su castidad.   

Mi monstruo contemplaba a través de mis ojos al delicioso muchachito y con la saliva escurriendo a chorros por sus mandíbulas abiertas me preguntó si podíamos poseer a Yuri en ese momento, pero mi respuesta fue obvia.

«¡No!»

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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