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Tabú 16


Estaba vencido por el aburrimiento y el tiempo no pasaba…

El timbre de salida alentaba mis ganas, mis piernas y mi alegría; aunque mi mirada fuese siempre la más dura piedra con la que chocarían todos los jóvenes en esa escuela de élite. No quería compartir mis ideas, mi sonrisa y mis molestias con algún chico que solo deseaba hablar de lo poderosos que se sentían con la nueva chequera que papá o mamá le habían entregado y poco me interesaba escuchar las interminables charlas de las chicas sobre lo apuestos o millonarios que eran sus últimos novios o sobre cuántos habían vomitado en el baño para evitar que la grasa abdominal aparezca en sus cadavéricos cuerpos.

Qué poco me importaba caminar junto con los grupos que salían en forma lenta para dirigirse al centro de la ciudad en los autos de los chicos mayores o en los lujosos coches manejados por apuestos choferes.

Huía de todos ellos.

Mis ganas de llegar a Nefrit eran los motores alimentados por energía nuclear que me impulsaban a correr hacia el estacionamiento y tomar mi reciente adquisición, una Cykno que me vendió la bella italiana a la que tenía entre los pocos amigos de mi perfil. Esa belleza poseía un bastidor monocasco, horquillas delanteras y ruedas de radios de veintiséis pulgadas hechas de un compuesto de fibra de carbono que la mantenía liviana y me permitía volar por las calles de San Petersburgo.

Y si te hablo de otras bondades debo decirte que la sección central estaba forrada con fino cuero de cabra y contenía un motor eléctrico de quinientos vatios, tenía también una batería de polímero de litio que cargaba con facilidad durante las horas de clases y también tenía un cargador integrado con cable que le permitía mantener la velocidad cuando pedaleaba por lo menos por unos generosos sesenta kilómetros.

La había comprado con el dinero que me gané por ayudar a Lilia con un par de diseños exclusivos para unas damas de alta alcurnia de la realeza de Luxenburgo; ella cobró el enorme cheque y compartió conmigo lo acordado.

Estaba muy feliz porque ya no tendría que correr desesperado para tomar el metro ni tampoco estaría sujeto a los horarios de mi hermano y sus ganas de recogerme de la escuela, para mí era vergonzoso que lo hiciera porque al día siguiente Zhúkov o cualquier otro idiota me molestaban por la presencia continua de mi hermano que, para colmo, siempre me saludaba en la puerta del coche con un gran abrazo y un beso en la frente. Te juro que, en ese momento, solo en ese instante, quería matarlo. Luego miraba sus ojos celestes y me arrepentía por tener esas ganas asesinas dando vueltas en mi cabeza.  

Ese atardecer tendría la oportunidad de volar en mi pequeña nave sin puertas y llegar más temprano a Nefrit, tendría más tiempo para aprender cómo combinar telas y colores, cómo idear un nuevo traje o qué estilo darle a un vestido para una dama de Alemania, de Inglaterra o de España; no era lo mismo vestir a Frau Schwarz, a Misses Carrington o a la señora Jordán de Urríes; eran mujeres poderosas pero muy distintas entre sí.

Esas eran las mujeres que a mí me inspiraban. Eran tan parecidas a Lilia que me cautivaban con sus caracteres y sus acciones, femeninas, delicadas, hermosas rosas emitiendo su más pura fragancia; pero fuertes como el hierro con el que se construyeron los puentes levadizos de San Pite.

Además, estaba la posibilidad de ver más tiempo a Víctor y contemplarlo hablar por el teléfono, escribir en su personal, dictar algún documento a la secretaria, tomar algo de café o tenerlo de visita en el atelier observando el arduo trabajo de los operarios que había contratado Lilia para acelerar el trabajo de la nueva colección.

Me gustaba ver a mi hermano ataviado en esos trajes claros del verano, en los ternos con suaves toques terracotas del otoño o cambiar por completo su out fit con oscuros tres piezas que no dudaba en usar con la gracia del perfecto modelo que era ante la helada cercanía del invierno.

Adoraba verlo con la taza de café en la mano ingresar curioso observando cada pieza acabada y puesta en la vitrina, su mirada no era inquisidora; podía observar la admiración y hasta la sorpresa en el brillo de sus ojos, una mirada de aprobación para cada creación en la que Lilia ponía el corazón y nosotros el trabajo duro. Esa semana me había tocado insertar pequeños pines de amatista sobre el gran escote de un traje negro de fiesta.

Mientras caminaba hacia el estacionamiento, soñaba con recibir esa caricia suave que Víctor hacía siempre sobre mis desordenados cabellos y con la que me despertaba del letargo en el que por lo general hacía mis bocetos o cuando estaba concentrado con la aguja y los hilos ayudando a tachonar de pedrería en algunos de los modelos que se presentarían ese fin de año.

Amaba cada vez que se aparecía tras de mí con el vaso de chocolate caliente, lo dejaba en mi mesa de dibujo y me abrazaba con fuerza apretando su mandíbula sobre la coronilla de mi cabeza e inundaba mi olfato con alguna nueva fragancia con la que siempre compensaban sus escasas apariciones en pasarelas de San Petersburgo, Moscú o Sochi.

Al llegar al estacionamiento de bicicletas observé que la mía tenía una de sus ruedas aplastadas bajo el peso de su carrocería. Me incliné para ver qué había sucedido y comprobé que alguien se había dado la molestia de sacar el aire de ambas ruedas, solo que en el apuro no había podido desinflar del todo la rueda trasera. Mantuve la calma, aunque por dentro empezaba a sentir el fuego que calcinaba mi estómago y la ira se asomaba peligrosa tentando mis ganas de partir algunos labios con mis puños.

De pronto escuché varias risas tras de mí, giré la cabeza para ver a los estúpidos que se burlaban por una broma tan chabacana y cuando los vi no me sentí sorprendido. Korlov, Molotov y Zhúkov trataban de contener la risa mientras me miraban con cierto desprecio.

No quise caer en sus provocaciones, después de todo mi hermano había firmado un compromiso en el que garantizaba mi buen comportamiento dentro del recinto escolar. Recordé bien el momento en que lo hizo y la recomendación de la directora para que pueda contar siempre con su apoyo si alguien volvía a molestarme.

Pero como no era ningún cobarde para regresar a quejarme con la directora, me puse en pie de nuevo y con paso firme me dirigí hacia la salida del colegio. El compromiso que Víctor había firmado no decía nada sobre mi comportamiento fuera de las instalaciones de la exclusiva escuela.

Quería alejarme de esos tarados y tranquilizar mis ganas de armar un lío. Caminé a prisa en dirección de la estación del metro pues para mi mala suerte el autobús del colegio ya había partido cinco minutos atrás.

Con las manos en los bolsillos e intentando alargar mis pasos caminé calle abajo hasta la cercanía del jardín Vasileostrovests , estaba a punto de cruzar la pista, movía mis manos en uno de los bolsillos del pantalón calculando que tendría el suficiente dinero para comprar una tarjeta para el metro, ardía en rabia al pensar que llegaría tarde al taller ese día y que tal vez no vería a mi hermano porque él tenía un compromiso esa noche; estaba perdido en mis palabrotas y mi pequeña ira cuando “la máquina” se acercó en su auto y junto a sus dos bufones y tres chicas se detuvieron y tocaron el claxon para llamar más mi atención.

—Si quieres te podemos llevar a casa para que tomes tu lechita. —Molotov tenía medio cuerpo fuera del auto y yo seguía caminando calle abajo.

—Sube Nikiforov te puedes resfriar y no queremos que nuestro jugador estrella esté enfermo para la inauguración de los juegos de invierno. —Korlov improvisaba la voz en tono conciliador, pero su mirada de lobo decía que en cualquier momento hundiría sus garras en mi rostro.

—Sube niño o es que nos tiene miedo y ya te measte en los pantalones. —Zhúkov paró el coche solo para decir estupideces como siempre.

—No “máquina”, estaba esperando que bajes del auto para marcarte como la otra vez… —Fue lo más estúpido que dije en ese momento, pero debía hacerlo. Me lo debía, pues en juego estaba mi orgullo y mi reputación de despreciable con el que me conocían en la escuela— …como los tigres cuando van a follar con la hembra de turno.

No sé qué fue lo que más le molestó de mi comentario, si llamarle por el sobrenombre prohibido o tratarle de forma tan despectiva. Solo sé que Zhúkov bajó de su auto y de inmediato comenzó a vencer la distancia que nos separaba. Yo corrí hacia el parque sorteando los autos que llevaban cierta velocidad por la avenida. Pude haber sido atropellado; pero mi habilidad y reflejos me hicieron dar un par de saltos que me transportaron de inmediato hacia el damero del parque.

Sin pensarlo dos veces y sin tiempo para detenerme corrí con la mayor rapidez que mis piernas me permitían. Tras de mí cuatro perros hambrientos de venganza corrían dispuestos a darme la lección de mi vida y yo solo me limitaba a agudizar bien mi oído para escuchar cuán cerca de mí se encontraban.

De pronto observé una bajada empinada hacia la zona de las fuentes decorativas, sin pensarlo dos veces me lancé y con dos giros en el aire estuve en la parte baja del parque lo cual me dio mucha ventaja para alejarme de mis perseguidores. Salté de nuevo usando una banca de apoyo y caí sobre mi hombro en forma perfecta para levantarme con gracia y seguir ganando el espacio que me quedaba por recorrer del parque.

Dejé atrás a dos de ellos, pero Molotov todavía me seguía sin disminuir el ritmo de su carrera. Era muy bueno en la pista de hockey y yo sabía lo veloz que era, aunque Zhúkov lo superaba de lejos. Sin más remedio caminé guardando muy bien el equilibrio por una balaustrada de piedra hasta encontrarme frente a otra fuente baja del parque. Me tiré y aterricé con mis manos bien abiertas en una piedra cuadrada sobre la que había una placa inscrita junto a al monumento Roerich, hice otro giro perfecto y seguí corriendo.

La poca gente que a esa hora paseaba en el parque, estupefacta, seguía con la vista nuestra loca carrera, algunos se pusieron a aplaudir pensando que se trataba de una exhibición de parkour, yo no podía detenerme a decirles que me perseguían dos compañeros de colegio para reventarme a golpes.

Mi último movimiento dejó muy atrás a Korlov que desistió de su persecución, yo paré un poco el ritmo porque necesitaba tomar aire para seguir huyendo; retomé la carrera rumbo a la salida norte del parque, llevaba prisa en mi andar, estaba algo distraído mirando mi ruta de escape cuando a través de los vidrios del Centro de Pagos observé a Zhúkov acercarse bordeando uno de los jardines, venía directo hacia mí. Así que reanudé mi carrera, bajé las escaleras finales a toda velocidad con las piernas abiertas para asegurar que no caería, mi mano rozaba la baranda de hierro y sentía mis pulmones a punto de estallar, hacía un buen tiempo que no practicaba mis piruetas que habían llenado mis tardes de amigos en Moscú.

Zhúkov me alcanzaba, porque también tenía un buen equilibrio para bajar las escaleras, cuando llegué al último peldaño y sintiendo los pasos de “la máquina” a pocos metros de mí, sabiendo que estaba a su alcance, a tan solo dos brazos de distancia sujeté el tubo grueso de hierro que sostenía un cartel con indicaciones, mi impulso dio resultado y di una media vuelta rápida, potente y efectiva de ciento ochenta grados que me permitió golpear con los pies el abdomen de mi cazador.

“La máquina” quedó privado y retrocedió cinco o seis pasos sujetando su estómago herido, lo vi caer y golpear sus firmes glúteos contra el pavimento y no quise detenerme más a ver que sucedía luego. Volví a correr hasta salir del parque en medio de los gritos y pitazos de los guardias y algunos visitantes que supongo me confundieron con un ladrón.

Cuando llegué a la estación del metro no podía dejar de ver hacia atrás para comprobar si esos brutos me habían seguido; supe que no fue así cuando abordé el tren de las seis y veinte que cerró sus puertas sin dar paso a una persona más.

Entonces pude relajarme, le di licencia a mi cuerpo para temblar, acomodé mi mochila e intenté calmar mi respiración casi sin mucho éxito. El calor fue invadiendo mi cuerpo y gruesas gotas de sudor resbalaban por mi frente, mi cuello, mi pecho y espalda, mojando mi uniforme y mostrándome como un animal salvaje, duro, con mirada amenazante y olor insoportable.

Después de veinte minutos llegué a la siguiente estación y algo más calmado bajé del tren, para acelerar de nuevo mis pasos hacia Nefrit. Cuando vi la calle quería rendirme y sentarme al borde de la vereda, pero debía llegar para pedir disculpas a todos por el retraso, contaban con mi ayuda esa tarde de viernes. Al caminar los últimos metros de la entrada sabía que debía entrar cuanto antes para ocupar el baño, lo nervios habían aparecido en el tren como punzadas sobre mi vejiga y estaba a punto de estallar; debía ingresar de inmediato a la casa principal para tomar agua en abundancia y para arreglar un poco el desastre en el que me había convertido durante mi loca carrera.

Caminé hacia la sede y el guardia de seguridad por poco y no me reconoce, solo cuando mi potente voz estalló en sus oídos y le lancé una mirada amenazante el tipo me dejó pasar y entre disculpas me dio la bienvenida. Yo no quise contestar su saludo, caminé hacia el baño más cercano, ese era el de los invitados que estaba ubicado en el primer nivel y en él tardé por lo menos diez minutos que fueron deliciosamente liberadores, descargué todo el líquido que llevaba por dentro, pude asear mi rostro y mi cuello, mojé mi cabello con abundante agua para sacar el sudor que ardía aún en mi cuero cabelludo y de paso tomé toda el agua que pude.

Luego esperé unos minutos a tranquilizarme y arreglé mi imagen lo mejor que pude. Cuando llegué al piso superior y entré en el taller todos se quedaron mirándome como si hubieran visto al diablo.

—¡Yuri por dios! ¡Qué te pasó!¡Víctor estuvo llamándote tantas veces al celular y tú no contestabas! —Lilia corrió hacia mí, pero se detuvo al verme tan desastroso y sucio. Saltar y aterrizar en las veredas, jardines, escalinatas y fuentes del parque Vasilostrovets había dejado huellas horribles en mi uniforme.

—La rueda de mi moto se quedó sin aire así que tuve que correr para tomar el metro y bueno creo que tropecé un par de veces y por eso me ensucié y… —Lilia sabía que tenía problemas en el colegio con un grupo de chicos mayores y su mirada era una clara referencia que no me estaba creyendo ni una sola de mis palabras con las que trataba de esconder mi recia aventura.

—Voy a llamar a Víctor para que no se preocupe más por ti. —Mi hermano ya había partido a la reunión con un par de inversionistas que querían apostar por la colección de Lilia—. Y luego te llevaré a casa para que descanses.

—Pero vine para ayudar…

—Yuri Nikiforov no me contradigas, mírate lo rojo que estás, mira cómo sigues temblando y si quieres que sea sincera contigo no creo que esa llanta de bicicleta haya perdido el aire sola y dudo mucho que tú te hayas quedado tranquilo al descubrirla. —Lilia me revisó el cuerpo de pies a cabeza y solo encontró tres rasmillones en mis brazos y codos.

Con mucho cariño me tomó del brazo y me llevó a casa. En el camino se detuvo en una cadena de comida rápida y compró una enorme hamburguesa. Paró el coche en la puerta del edificio donde me dejó cansado y con los paquetes de comida para calentar. Me dio un beso en la mejilla, limpió la marca de labial y me dijo con voz firme de madre.

—Date un buen baño, come y descansa… si mañana quieres hablar de lo sucedido lo haremos en la tarde, esta noche trabajaremos hasta la madrugada con los chicos y mañana retomaremos la labor. —Presentí que esa era una invitación para ayudarlos al día siguiente con el trabajo que debía hacer esa noche junto a ellos.

Bajé la cabeza y le dije un escueto gracias a esa maravillosa mujer, la vi partir en su auto cuando me vio ingresar al edificio y arrastré los pies hasta el ascensor. En el departamento hice exactamente lo que me dijo y cuando me eché en el sofá para ver algo de televisión revisé por fin mi celular. Tenía veinte llamadas perdidas de Víctor y diez de Lilia, además de otras siete hechas desde el teléfono de la oficina.

Sabía que no podía llamar a mi hermano, no quería interrumpir su reunión de negocios con esos hombres importantes de la industria; solo me limité a escribirle un mensaje diciéndole que ya estaba en casa y que tuve un retraso en la escuela, que me perdone por no contestar sus millones de llamadas, una carita de cansancio, una carita feliz y una de sueño. Él solo me respondió con un pulgar elevado y yo seguí comiendo un delicioso bizcocho que elegí de postre.


Me había quedado dormido sobre el sillón de la sala y lo noté cuando mi hermano ingresó tratando de no hacer ruido, pero no tuvo éxito porque tropezó con una silla que dejé en el camino. Víctor maldijo y yo corrí hacia él porque había dado sus rodillas contra el suelo e intentaba pararse apoyando su movido cuerpo en el despistado mueble.

De inmediato lo tomé de la mano y luego halé de él poniendo mi hombro bajo su brazo. En ese instante noté el fuerte olor a alcohol y lo pesado que estaba su cuerpo.

—¿Por qué estás despierto? —Víctor creía que hablaba bajo, pero la verdad es que su voz retumbaba en la sala.

—Tú me despertaste, tonto. —Intentaba sostener su cuerpo y Víctor trataba de caminar hacia su cuarto sin toparse con la pared.

—¿Por qué… no respondías… Yuri? —Mi hermano intentaba sonar severo, pero la borrachera le ganaba.

—Tuve un problema con la bicicleta y tuve que correr al metro. —Por un par de minutos nos detuvimos en medio del pasillo, Víctor se balanceaba de atrás hacia adelante y apoyaba su cuerpo en el muro. Era obvio que tomó demasiadas copas y sé muy bien que él era muy resistente para el trago; pero hasta Víctor Nikiforov tenía un límite.

—No vuelvas… a preocuparme… así… Yura… eres malo… muy malo… —Hablaba arrastrando las palabras como un verdadero caracol y para mí fue muy raro ver a mi hermano tan borracho, me preocupó que sucumbiese en medio del pasillo así que hice un gran esfuerzo para llevarlo a su cama.

—Víctor te voy a sacar los zapatos y el saco —le dije con mucha dificultad porque sostenerlo me era imposible. Se había tumbado sobre su cama y era tan pesado que no podía moverlo bien.

—Malo Yura… me asusté… ¿sabes? —Víctor me tomó con fuerza de la muñeca y me aplastó contra su pecho mientras seguía repitiendo como bobo que yo era un niño malo.

—Víctor voy a sacarte la ropa. —Me zafé de su asfixiante abrazo y me puse en pie para idear la manera de darle un poco de comodidad antes de meterlo a su cama.

Entonces se puso en pie y tambaleando de un lado a otro se quitó el abrigo que tiró sobre el piso, sujetó el saco que lanzó hacia uno de los sillones de su habitación, se descalzó frotando sus pies uno contra el otro. Maldijo de nuevo cuando no pudo desajustar el cinturón, yo lo ayudé y desabroché el botón y la cremallera de su pantalón. Mientras mi hermano se quitaba la camisa, abrí su cama y él se sentó al borde.

Se mantuvo callado por unos instantes con los brazos apoyados en sus rodillas y cuando le pedí que se acueste no me respondió, entonces lo empujé con mis manos sobre sus hombros y él cedió como un tronco seco. Con dificultad subí sus pies a la cama, lo empujé al centro para que no se cayera y acomodé las almohadas para no despertar con sus ronquidos de aserradero más tarde.

Algo cansado con el menudo trabajo que me costó acostar a mi hermano, me senté a su lado y lo observé dormir. Mis ojos comenzaron a trazar un recorrido lento que inició en su cabello largo de nieve, su amplia frente, sus cejas y pestañas de brillante plata, su perfil recto, sus delgados labios algo secos por el trago, su perfecto cuerpo de grandes protuberancias y suaves planicies. Sus firmes y blancas piernas de atleta, sus caderas filosas y el borde de sus boxers que escondían su relajada polla.

No pude evitar tocar con cuidado su mentón y acariciar su labio inferior con mi pulgar, él ni se movió. Mi mirada se dirigió de inmediato hacia su largo cuello y sus clavículas, luego me entretuve observando sus firmes pectorales que se elevaban cada vez que aspiraba el aire.

Mis dedos simularon una caminata entre su esternón y el duro músculo de su pecho hasta llegar a su puntiagudo pezón, rosado, duro y tentador, lo acaricié con miedo mirando a cada instante que mi hermano no abriera sus párpados oscurecidos por la borrachera. Mis ojos se movían entre el rostro apacible con el que dormía Víctor y reacción de su pezón bajo el toque de mis traviesos dedos.

Tuve el fuerte deseo de probarlos con mi lengua y succionar un poco su dura estructura, pero tenía mucho miedo que él se diera cuenta que su hermano intentaba aprovecharse de su condición y de su desnudez, tenía temor que él supiera cuánto me gustaba ver, oler, tocar y saborear el cuerpo de un hombre. Tenía miedo que supiera lo mucho que me gustaban los hombres, tenía terror que se enterase lo mucho que empezaba a gustarme él y que me rechazara.

Pero mi deseo era más intenso que mi razón y sin pensarlo más, mirando todo el tiempo el rostro de Víctor y sus reacciones mi otra mano se deslizó por su marcado vientre hasta llegar a la orilla del elástico de su diminuta trusa. Acaricié el borde y con gran lentitud deslicé mis dedos sobre la tela hasta ubicarlos sobre su relajada polla. Sonreí mordiendo mis labios e intentando dominar el natural temblor de mi mano al frotar esa caliente zona, me divertí al ver como se humedecía y como comenzaba a tomar firmeza a la vez que veía cómo sus pezones se contraían al toque de las yemas de mis dedos.

Tenía tantas ganas de besar a mi hermano, de abrazar su caliente cuerpo y de decirle lo mucho que me estaba gustando cuando de repente acomodó su cabeza en la almohada y me asusté mucho cuando vi que sus ojos quedaban entre abiertos.  

Con pena, esa pena que se siente como rabia y frustración en un inicio; dejé de frotar el pezón de Víctor y retiré mi mano de su pelvis, bajé de su cama de un salto y cubrí su cuerpo con las mantas regadas a un costado de la cama.

Sentía que la cara me quemaba y podía ver cómo mi pecho se movía con cada latido de mi exaltado corazón. Cuando pensé en el rostro que mi hermano hubiera puesto si me hubiera pillado tocándolo, lo imaginé extrañado en un principio y molestísimo después.

Antes de volver a mi habitación me acerqué a su rostro y besé con mucho sigilo su frente, le dije buenas noches al oído y me quedé quieto por un rato aspirando su perfume y su olor a vodka, wiski, vino o cerveza o tal vez todo eso junto. Volví a darle un beso en la mejilla muy cerca de sus labios, si él lo notaba podría disimular diciendo que era un simple beso de hermano, de esos besos que nos damos los rusos sin ninguna reserva con los familiares más cercanos.

Al salir de su dormitorio corrí al mío y durante la siguiente hora calmé el calor y la pulsión de mi cuerpo con mis propias manos, me froté contra la suavidad de la almohada sobre la que puse la camisa de Víctor que tomé del pie de su cama.

Jugué con mis pezones al igual que lo hice con los de Víctor, acaricié mi vientre y mis caderas con un toque casi imperceptible hasta sentir que mis músculos se tensaban, tomé mi falo con fuerza y no paré hasta que mis lágrimas delataron mi placer. Luego de sentir mi mano húmeda y viscosa volví a restregarme sobre mi cama y me cubrí por completo la cabeza con mis mantas.

Es increíble cómo se incrementa el placer cuando te hace falta el aire, yo disfrutaba con mis propios toques y con mi única fantasía para esa noche de agudas sensaciones. Imaginé que mi hermano me asfixiaba con su boca sobre la mía y que ajustaba sus manos sobre mi cuello y que en medio del gran placer que sentía junto a él estaba al borde de entregarle la vida.

Cuando te enfocas bien puedes tener una super corrida.

Yo tuve tres esa noche.

Por cierto, que me aseguré de cerrar muy bien mi puerta y de jadear muy despacio dentro de mis mantas para que ni Víctor, ni Potya y ni siquiera los ángeles del juicio final me fueran a escuchar.

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Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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