Tabú 15


No pensé que llevar adelante la empresa fuera una tarea tan extenuante, los últimos días no había dormido lo suficiente porque la quinta cuota estaba a punto de vencerse y el banco reclamaba lo suyo sin contemplaciones.

En un vano intento por solucionar el problema principal de Nefrit volví a llamar a mi madre; pero su corazón siguió tan frío como las cimas de los Pirineos y volvió a negarme su ayuda, jurándome que era por mi bien y que solo de esa manera aprendería bien mi lección.

Esa mañana no salí a correr porque me sentía irritado y cansado, bebí dos tazas de café, comí sin ganas un par de panecillos y me limité a ver el noticiero matutino sin decir una palabra. Yuri me seguía con la mirada tratando de interpretar mi silencio, se mostraba ansioso; pero mantuvo con prudencia su distancia para evitar molestarme más de lo que ya estaba, al finalizar el desayuno que se tornó más rutinario que nunca, Yuri se acercó a mí y a modo de despedida apretó mi hombro con su suave mano de algodón y luego con cortos pasos desapareció de mi vista, igual como lo hacía su gato cuando quería estar a solas.

Listo para enfrentar el día, que de antemano sabía que sería pesado, salí rumbo a la sede principal del Sberbank para conversar directamente con el Gerente de Cobranzas y así poder llegar a un acuerdo antes que la entidad termine de enviar las notificaciones internas y comience un proceso judicial. Lo que menos deseaba era que los problemas de Nefrit trasciendan hacia el mundo empresarial y el de la moda que eran demasiado sensibles como para soportar la imagen de una empresa que comenzaba a inclinarse frente al peso de sus deudas.

Al ingresar a la oficina de Andrei Marinov me encontré con un pequeño comité de asistentes que me esperaban con sus personales abiertas y las sonrisas más falsas que haya podido ver en mi vida, y eso que sé mucho de sonrisas falsas puesto que yo mismo las he practicado frente al lente de una cámara.

—Señor Nikiforov bienvenido me alegra mucho poder conversar con usted sobre la situación de su deuda y quisiera que dejara de ver con esa desconfianza a mis asistentes, ellos nos ayudarán a ambos a determinar la mejor manera para que cumpla con sus obligaciones. —Estaba seguro que Martinov tenía ese discurso muy bien estudiado para pronunciarlo frente a los deudores del banco y lo único que hacía era cambiar el nombre en su mente.

—Señor Martinov le agradezco que me reciba y que me permita exponer la situación actual de la casa de modas Nefrit. —Luego de estrechar su mano y las de los otros tres asistentes, saqué de mi maletín toda la documentación que el contador de la empresa y Jakov Feltsman habían preparado para mi entrevista en el banco.

Después de analizar las frías cifras que describían con detalle la mala situación por la que atravesaba la empresa, pero observando la proyección que el mismo Sberbank hizo para el lanzamiento de la colección, los cuatro hombres comenzaron a diseñar en ese mismo momento las posibles formas de seguir trabajando con ellos y de pagar la deuda sin comprometer la existencia misma de Nefrit.

Después de una hora de revisiones silenciosas de los documentos y de llamadas interminables entre gerentes de diferentes áreas del banco, pudimos llegar a una decisión. La institución esperaría al lanzamiento de la colección y las ganancias que generase esta propuesta quedarían comprometidas casi por completo para el pago del capital y los intereses al banco.

—Es un acto de confianza Víctor, créeme que esa era la manera cómo tu padre salvó un par de veces la situación de Nefrit y nosotros por ese motivo le dimos la ayuda que necesitaba sin mucho trámite. —Martinov me apretaba la mano mientras nos despedíamos y dejábamos atrás los tensos minutos de negociaciones. Por fin llegamos a coincidir nuestras agendas económicas firmando un acuerdo con el que por fin podía ver una luz de esperanza para seguir viendo a Nefrit alzarse firme.

Pero mi día no había terminado, por la tarde me reuní con los proveedores de telas y pasamanería y con ellos también firmé un acuerdo para trabajar en deuda la siguiente colección. Estaba una vez más hipotecando algo, esta vez era mi palabra que dependía de la posibilidad que la nueva colección que presentara Lilia y su equipo arrase en el mercado de la moda la temporada primavera-verano del siguiente año. El riesgo era alto, pero debía correrlo si quería sacar adelante el sueño de Miroslav y de Yuri Nikiforov.

—Cuente con nosotros Víctor, siempre trabajamos con su padre y esta vez también lo haremos, correremos los riesgos junto con usted; pero estamos seguros que la propuesta de Nefrit conquistará como siempre la preferencia de las mujeres de gran parte del mundo. —Hanna Liver, Gerente de la casa de telas Schtok me dio ánimos y yo solo podía observar incrédulo y agradecido el milagro de ver a todos apoyar un sueño que estaba lejos de cobrar forma. Faltaban dos meses para la presentación de la nueva colección y debíamos seguir con el duro trabajo en la empresa.

Lo bueno era que las ventas de final de mes de la última propuesta que dejó mi padre habían asegurado el ingreso regular de la empresa. Teníamos liquidez para pagar a los trabajadores, para asegurar la cadena de producción y distribución, la campaña de mercadeo y el pago de los intereses de la hipoteca; sin embargo como era el pago del interés mínimo, la deuda seguía creciendo más de lo que yo hubiera querido.

Cerca de las seis de la tarde cansado, tenso y hambriento llegué a casa y volví a tomar una ducha refrescante, tenía un compromiso impostergable con una amiga que hacia una fiesta especial para productores de publicidad y era necesario que me exhiba ante ellos para poder hacer un acto de presencia demostrando que no estaba retirado del mundo del modelaje y que solo había tomado un tiempo para encargarme de los asuntos de mi padre.

Así que fui a la casa de Inga Luviova, mi amiga y agente de varias modelos rusas. Ella era una gran representante; pero ante todo una mejor amiga por eso ella insistió tanto en que debía ir a su fiesta para codearme una vez más con la gente y no perder vigencia. Había estado alejado de las pantallas, revistas y pasarelas por casi cuatro meses y eso era imperdonable para un modelo que estaba al borde de los treinta, me dijo ella.

Una vez en casa de Inga comencé a conversar con algunos amigos y conocidos; me sentía algo fuera de lugar; pero poco a poco fui tomando confianza, hasta que me encontré con un grupo de chiquillas y chicos muy jóvenes y que eran los nuevos rostros queridos, deseados, anhelados por las marcas más reconocidas del mundo.

En ese momento, cuando vi ese ramillete de juventud fue cuando me sentí como un extraterrestre, estaba demasiado desfasado para poder conversar con ellos, casi no entendía sus códigos; tal vez si Yuri estuviera junto a mí en esa fiesta, él hubiera podido traducir algunas de las extrañas frases y modismos que este grupo de adolescentes usaban al conversar entre ellos y con los demás.

Me sentí muy mal, tal vez demasiado y por eso me alejé unos minutos saliendo al balcón del lujoso departamento de Inga y tomé con gran lentitud un par de copas de champan que de inmediato me subieron a la cabeza, pero a la vez relajaron mis tensos hombros que estaban a punto de calcinar mi cuerpo.

De pronto sentí tras de mí la presencia de alguien que me estaba mirando con insistencia desde hacía varios minutos atrás. Casi por instinto di la vuelta a ver si estaba en lo correcto y allí lo vi, el hombre que nunca hubiera querido ver estaba parado en el umbral de la puerta corrediza del balcón y me contemplaba casi como un fantasma.

—Víctor Nikiforov, que coincidencia más oportuna, ¿cómo te va con la empresa? —Dominique Roux era un mercenario de la moda; pero tenía buen gusto para vestir. De unos cincuenta y algo más de años, su edad siempre sería un misterio para todos; el hombre se acercó con la mano extendida y no pude evitar saludarlo.

—Trabajando con mucho esmero Dominique y cómo le va a usted y las nuevas colecciones de Senna—. Quería hablar solo lo más sustancial y desaparecer rápidamente del lugar.

—Alistando una cartera de inversiones que sé me harán más poderoso de lo que ya soy, estoy comprando este año, es un buen momento para hacer míos algunos negocios que harán que mis marcas dominen el mundo, así planifico retirarme dentro de tres años. —Esa sí que era una sonrisa falsa, una sonrisa a la que tuve que devolverle el gesto, lleno de mentira.

—Me alegro por usted y espero le vaya bien en sus empresas. —Tomé posición para salir del lugar y fui yo quien extendió la mano en ese momento.

—Víctor sé que no puedes más con la situación de Nefrit, te comen las deudas y el mercado está muy difícil en estos tiempos. —El hombre me detuvo del brazo y a pesar que pensaba que era muy osado de su parte no deshice ese agarre—. Las colecciones ya no salvan situaciones Víctor, aunque sean bastante exitosas. Véndeme Nefrit tendrás una suma muy considerable ahora que el nombre brilla en el mercado; podrás hacer lo que quiera con el dinero y lo más importante regresarás a lo tuyo, al lugar al que perteneces.

—¿Estás insinuando que no puedo manejar la empresa de mi padre? —Me sentí ofendido y mi orgullo activó sus alertas.

—Víctor a mí no me vas a engañar, últimamente no has podido manejar bien ni tu propia carrera de modelo y pretendes manejar una empresa de la cual no sabes nada. —Roux se envolvió en su aire de suficiencia y yo solo quería darle un buen puñetazo en la boca para que se callara—. Es muy diferente estar detrás de una empresa de moda exclusiva que estar delante de las cámaras vistiendo una prenda exclusiva de una casa reconocida.

—No creas que me voy a rendir ante tu poca apreciación hacia mis cualidades empresariales, recuerda que pasé por la universidad. —Estaba molesto, demasiado como para ver con claridad el momento y la oportunidad.

—No lo tomes a mal Víctor, lo mejor para mí es siempre hablar con la verdad y tu realidad es que no sabes cómo manejar Nefrit. —El hombre soltó mi brazo y yo me acomodé el traje con algo de violencia.

—Si eso es todo gracias, tengo que disfrutar de la fiesta. —Me alejé como veinte pasos cuando Dominque Roux me detuvo en voz alta.

—Víctor observa bien esa cifra, mírala, consulta con tus asesores y no des por concluida esta conversación. —El exitoso empresario me pasó un papel con una cifra acompañada de varios ceros, ese era el valor de la marca—. Piénsalo bien Víctor.

Era muy tentadora la propuesta de Roux, por un instante pensé en dejar de lado mi orgullo y aceptar la oferta; pero luego pensé en Yuri y Lilia, en sus sueños y los proyectos futuros de los cuales habían comenzado a hablar y no quería defraudarlos.

Guardé el papel en el bolsillo delantero de mi traje y entré al salón donde la música, el trago y la comida se ofrecían abundantes ante los ojos de los invitados; de igual manera las mujeres algo ya bebidas se ofrecían calientes ante los hombres que todavía fingían indiferencia.

Me fijé en una de ellas, una chica que apenas si pasaba de los veinte y la saqué a bailar a la pista que separaba los dos salones principales del enorme departamento de Inga. Bailé con la jovencita casi sin mirarla a los ojos, deseaba disipar mis tensiones y quería algo de calor humano para que pudiera tranquilizar mi mente y mi corazón que batallaban en demasiados frentes, la mala situación de la empresa, la ausencia prolongada de Anya, la tentadora presencia de Yuri y el declive de mi carrera de modelo.

Después de veinte minutos y varias copas encima la modelo y yo salimos de la fiesta, busqué mi vehículo en el parqueo particular del edificio donde vivía mi amiga, estaba a punto de ingresar con la castaña que no paraba de hablar sobre pastillas que cortan el apetito cuando de pronto la vi detenerse tras un auto, se agachó un poco y arrojó todo el estómago.

Agradecí que la condenada se pusiera mal allí afuera y no dentro de mi vehículo, porque su incontinencia hubiera complementado ese podrido día que me tocó vivir. Quince minutos después y luego de contemplar a una mujer que se comportaba como un ente, ella reaccionó y me dijo que ya se sentía bien y que podíamos ir a donde yo quisiera.

Me dio asco si quiera pensar en acercarme a ella, así que la tomé del brazo con cuidado, me dirigí al ascensor, ingresamos en él y la solté para dejarla apoyada en la pared del fondo. Pulsé el número del piso de Inga y antes que se cerrase la puerta del aparato salí hacia el estacionamiento. La castaña me miró con extrañeza y antes que pudiera decirme algo las puertas del elevador se cerraron.

Entré en mi auto y como me sentía demasiado mareado para conducir llamé a un servicio de choferes y me quedé esperando por quince minutos la llegada de uno de ellos. Cuando el hombre arribó al edificio yo me sentía cansado y apesadumbrado, quería regresar a casa de inmediato, en mi hogar había calidez y estaba mi hermano, que para esa hora debía estar durmiendo, pero su presencia era tan agradable que de él sí soportaría cualquier cosa, incluso que se le vaciara el estómago luego de una gran borrachera.

El chofer ingresó al vehículo y yo me acomodé en el asiento posterior, tenía tantas ganas de echarme; pero resistí todo el camino observando las vitrinas brillar con sus anuncios encendidos y sus cientos de luminarias, mientras escuchaba a Cold Play decir “… Y estés eufórico o estés deprimido, cuando estás demasiado enamorado como para dejarlo pasar, pero si nunca lo intentas nunca sabrás lo que vales…”

Las luces se me hacían conocidas, las veredas y los árboles también y yo solo esperaba estar en casa. Como nunca entes en mi vida mi departamento representaba el mejor de mis refugios y sentí mi corazón palpitar en otro ritmo, más acelerado, más emocional y más feliz.


El cálido aire de mi departamento ingresó por mis fosas nasales hasta mis pulmones dejando a su paso los aromas diversos que lo convertían en un verdadero hogar. Aroma a cena, a refresco a medio tomar, a Potya durmiendo en el sillón frente al televisor, aroma a goma de mascar y perfume de menta, aroma a Yuri después del baño, aromas deliciosos que me daban la bienvenida y me hacían sentir bendecido una noche más.

La escasa luz del corredor desdibujaba mi sombra en la pared mientras me deslizaba como una sierpe hacia el dormitorio de Yuri. Ingresé despacio, como cada noche tomé su celular y lo apagué para que pudiera descansar mejor.

Contemplé sus mechones brillar con la luz que provenía del parque, ellos me habían esperado allí regados por la almohada esperando ser acariciados, me acerqué un poco más y mis dedos cálidos llenos de ganas tomaron una punta del suave cabello, lo acaricié con suavidad esperando que las sensaciones que despertaban en mi cuerpo se prolongasen un buen rato.

Pensé que mi mente llena de alcohol distorsionaba las sensaciones y emociones, comencé a sentirme vigoroso y complacido con ese pequeño acto clandestino, además empecé a disfrutar de la respiración profunda de Yuri.

Mi Yuri. Pobre, ignoraba que mientras dormía un demonio contemplaba sus sueños y lo devoraba en silencio, lo miraba con ansias y con ganas de calcinarlo bajo el manto de sus deseos impuros, un demonio que salía sonriente y ganador sobre una tímida voz de conciencia que decía que debía respetar y cuidar al jovencito que yacía plácido en la cama del cuarto de visitas.

Mentira, mentira, mentira. Me engañaba a mí mismo con el cuento del buen hermano, del hombre guía que resguardaba al inocente, del héroe que cuidaba al desvalido, del buen pastor que protegía al cordero. Mis manos calientes decían otra cosa, mis labios entre mis dientes hablaban un lenguaje distinto y mi respiración agitada esgrimía un argumento opuesto.

Nadie cuidaba de Yuri y yo que debía ser su guardián y protector me convertí en pocos segundos en el atacante, yo lo miraba con la locura del que desea devorar hasta el último bocado de piel y mis manos que se adueñaban de sus mechones dorados parecían tenazas a punto de estrujar su pureza. El alcohol desnudaba mis verdades, aunque yo seguía recitando un discurso de amor incondicional y de responsabilidad fraternal.

“Yuri haré todo lo posible para que cumplas tus sueños” “Yuri siempre te protegeré de todo mal” “Mi niño no tengas miedo por el futuro, tu hermano jamás te dejará” “Yuri eres mi sangre y daré todo por tu felicidad, pequeño”.

Eran solo frases para tapar mi pecado, eran buenos pensamientos que intentaban encubrir el delito, era un discurso falaz y una intensión vana. Por debajo de esa gruesa capa de amor fraterno, muy por debajo de ese argumento de amor incondicional, bajo el disfraz de ágape con el que cubría mis afectos, fluía con fuerza el verdadero manantial de recónditos sentimientos inmundos e imperfectos tal como mi propia humanidad.

Mi amor por Yuri estaba muy lejos de ser ágape porque era un amor egoísta, absolutista, un amor tirano que entregaba el corazón entero; pero exigía completa devoción a cambio; un amor de culto similar al amor que los dioses exigen a sus mortales creaciones.

Con pena en el alma y ardor en el cuerpo dejé las hebras doradas sobre la almohada y en el preciso instante que comencé la retirada, mi hermoso Yuri movió su cuerpo permitiéndome ver la pureza de su rostro, sus delicadas facciones que lo convertían en el ser más perfecto de este imperfecto mundo, contemplé con delicia los trazos suaves con los que la naturaleza habían diseñado su faz y bendije a los espíritus superiores del cosmos por permitirme contemplar el regalo más hermoso que tuve frente a mis cansados ojos.

Pero una vez más sentí que mi demonio me vencía y observé con satisfacción malévola un delgado hilo de saliva que se deslizaba por su boca entreabierta, repasé mis labios con la lengua deseando probar ese finísimo caudal para sentir a qué sabía e introducirme por él en su boca. Con experta pericia posé mi dedo sobre la comisura de sus labios y dejé que se mojara un poco y cuando lo sentí lo suficientemente húmedo lo atraje hacia mi boca y lo absorbí como se absorbe el centro líquido de un caramelo.

Sonreí porque todo ese tiempo había estado en lo correcto, no era su boca la que olía a menta o mentol, ese aroma que Yuri desprendía era su perfume. Lo supe porque la boca de Yuri tenía sabor a moras al igual que su pasta dental.

Tuve tantas ganas de estrujar con mis dientes sus labios que me vi obligado a salir huyendo de su habitación porque si me quedaba unos segundos más mi cuerpo hubiera obedecido el edicto de mis instintos primordiales y otra sería la historia que te estoy contando.


En cama ya apartado del mundo y de mis propios pensamientos vagos, esperando que pasara el tiempo para que mi hermosa Anya llegase a rescatarme y me sacara de mi propio laberinto. Siendo presa del mareo y las ganas de fornicar, abracé la almohada como cuando era un púber y restregué mi cuerpo buscando una fantasía, la más loca, la más sucia; aquella que me sacase algún gemido profundo para que, junto con él, se alejasen los fantasmas que codiciaban la pureza de mi hermano.

Al cerrar mis ojos observé mi cuerpo, me imaginé sentado en una gran posa de agua caliente. El vapor subía hasta el techo cubierto por una mampara de vidrios decorados e inundaba las paredes, entraba a mis pulmones hasta sofocarme y hacerme perder el sentido.

Mi mente jugaba sus descuentos entre esa fantasía que podía dirigir en mi conciencia y el camino hacia algún sueño, tal vez no deseado. Una vez más ganaron mis deseos y obligaron a mi cabeza a recrear todo el ambiente, a ver cada detalle de la poza, los azulejos azules con flores doradas, la cabeza de un dragón por donde salía el agua cristalina, y las ventanas empavonadas y llenas del vaho aromático.

De pronto observé que una bella mujer ingresaba en la poza, no sé de dónde salió ni cómo entró en la habitación, solo contemplé la forma en la se quitaba la toalla y la dejaba deslizarse por su cuerpo con graciosa lentitud. Sus menudos pies probaron el calor del agua y poco a poco descendió por las escalerillas, con cuidadosos pasos para no resbalar.

No podía ver su rostro y eso poco me importaba, me gustaba ver su cuerpo firme, de muslos suaves y caderas pronunciadas. Su estrecha cintura era una delicia y sus pequeños senos la ponían en la categoría de una mujer-niña, de esas que te vuelven loco porque no sabes si estás disfrutando con una maestra del sexo o estás cometiendo el peor de los pecados.

En pocos segundos ganó, con su cuerpo y sus brazos estirados, la distancia que nos separaba y se acercó hasta apretarme en un fuerte abrazo. Pude sentir su calor, su textura, sus impulsos y sus movimientos que me provocan un gran deleite.

Le besé, pero no puedo definir cómo eran sus ojos, la acaricié y no supe cómo era su sonrisa, su rostro era un misterio, podría poner sobre él las facciones de cualquier diosa, de esas con las que he compartido trabajo o de esas que se venden en las vitrinas de Europa. Pero quería descubrir por mí mismo quién era la dama que se había aventurado a aceptar mi invitación, quería saber qué rostro tenía Lilith en ese momento.

Quería ser un hombre sorprendido por la belleza de una mujer que sabía cómo tocarme, que sabía cómo cubrir con su cabello mi rostro y ahogarme en con su aliento. Sabía cómo deslizar mi enhiesto instinto en su húmedo interior y sabía cómo moverse hasta hacerme sentir protagonista de su candente prisión.

El calor y la humedad subían conforme mi cuerpo desnudo se hundía entre las sábanas y mi almohada perdía la forma entre mis piernas. Me volví loco porque estaba sumergido en mi fantasía y decidí que era hora de ver el rostro de la diosa que me acompaña esa noche, quería saber cómo eran sus ojos cada vez que entraba con fuerza en ella, quería saber cómo me iba a mirar en el momento final y deseaba ver cómo era la forma de los labios que estaba por morder y la lengua que iba a tragar.

Estaba tenso y sentía ese cosquilleo que precede a la maravillosa tensión con la que el éxtasis anuncia su llegada. Abrí por completo los ojos y contemplé el rostro de mi bella Anya, era la misma Anya que posaba con su vestido azul cuando era una colegiala, que amaba patinar en las pistas de hielo y soñaba con ser la protagonista de una historia de amor sobre sus cuchillas y en un escenario de Moscú, Vancouver o Nueva York.

Anya era mi dulce niña-mujer y yo estaba tan feliz de soñarla, de imaginarla, de sentirla y de tenerla una vez más en mis húmedos sueños. Entonces acerqué mi boca a sus jugosos labios, sus labios gruesos y bien dibujados y cuando estaba por besarla sentí el intenso sabor a pasta dental de moras y el olor a goma de mascar de menta.

Consciente que no era ese el sabor ni el olor de mi amada, mi mente me jugó sucio y sentí que alguien se reía de mí y a la vez me cuestionaba con una sola palabra, una palabra que se mezcló como fría corriente de aire en medio de mi tropical orgasmo. Una palabra, una pregunta, una orden que me exigía poner las cosas en su lugar.

“Decídete”.

La noche acabó con un gemido ahogado, una almohada deforme y manchada, un cuerpo que se estremecía entre el sueño y la vigilia. La noche culminó con una duda que crecía dentro de un corazón que quería amar, pero que en ese instante ya no sabía a quién.

Todo estaba mezclado como la peligrosa combinación de tragos que hice esa noche, como las hierbas de la pipa que compartí con unos amigos, como los perfumes de los cuerpos de las bellas mujeres que conversaron conmigo, como mi razón y mi locura.

Todo se enredaba dentro de mi mente, los ojos de Anya y la boca de Yuri se enlazaban como mis sentimientos por ambos, como se retorcían mis anhelos cuando los imaginaba y como se enredaron mis suspiros con la trama de mis sábanas.

Todo era tan confuso que no me permitía pensar con serenidad y se volvió tan aterrador cuando esos pensamientos y ansias que intentaba ocultar salieron a la luz de mi conciencia convertidas en imágenes, olores, sabores y texturas que sacudían mis sentidos.

Cuando terminé de auto complacerme justifiqué mis deseos contándome el cuento del borracho sinvergüenza que se permite tener alguna coquetería con la inmoralidad. Mi inmoralidad tenía un nombre y no era el de mi amada. Y me quedé con la imagen de mi hermano durmiendo como un buen chiquillo con sus largos mechones enredados y la su dulce saliva escurriendo en la almohada.

Yuri ángel, así te debí conservar.

Yuri niño, es como mis ojos deberían haberte visto siempre.

Yuri hermano, jamás debí renunciar a ti.

Pero te convertiste en mi doncel, en mi pecado y en el incubo que atormentaba mis noches impúdicas y llenas de lubricidad.

Yuri, jamás debí dejar que descendieras a mi infierno…

… me condené a ser el esclavo de tus caprichos y te condené a ser el amo de mi perversidad. 

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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