Once Sakura


La orden fue clara y el Comandante Yakov Feltsman no aceptó ninguna de las razones que Víctor y Yuuri dieron para continuar trabajando en el caso de inmediato.

El informe médico señalaba que debían tomarse unos días de descanso y un fin de semana sería lo mejor para alejarse del caso y volver con los ánimos renovados.

Los dos oficiales tuvieron que acatar la orden muy a su pesar. Fueron tres días en los que se vieron obligados a guardar reposo por orden del profesional del departamento de psicología para que lograran estabilizar sus emociones.

Fueron tres días para conocerse más, para sentirse reconfortados uno al lado del otro, tres días en los que Yuuri hizo de enfermero curando la herida que Víctor tenía en el hombro, tres días en los que Víctor demostró sus grandes dotes de barman preparando exóticos tragos que daba de probar en pequeñas cantidades al teniente, tres días en los que Yuuri demostró cuánto había aprendido de la cocina de Hiroko, su alegre y amorosa madre.

Yuuri supo que Víctor amaba esquiar en invierno, comer cualquier plato nuevo por más extraño que pareciera y beber como un vikingo, pues tenía mucha resistencia con el alcohol. También supo que no le gustaba dejar los proyectos a medias y por eso todavía seguía investigando por su cuenta tres casos no resueltos; tampoco le gustaba la impuntualidad y no solía hacer amistad con la gente altanera y bulliciosa.

Víctor aprendió que Yuuri era muy reservado con sus sentimientos, que en sus ratos libres le gustaba patinar sobre el hielo y que amaba un platillo en base a cerdo que su madre le preparaba en ocasiones especiales llamado katsudón. Comprendió que por ser japonés se imponía a sí mismo mucha disciplina y rigor en el trabajo, que a veces se quedaba dormido sobre el escritorio estudiando sus casos y que si bebía demasiado solía hacer escándalos.

Ambos supieron que compartían su amor por la música clásica y su afición por el baile de salón. Por eso en medio de la charla, la deliciosa comida, las copas vacías y su creciente felicidad por compartir una furtiva mirada erotizada, un suave roce de manos o una sonrisa cargada de alegría; Víctor se atrevió a robar un beso a los pequeños labios de Yuuri, el teniente reaccionó nuevamente contrayendo su cuerpo y agachando la cabeza; pero al darse cuenta que Víctor lo miraba apenado, de inmediato tomó de la mano al Mayor, entrecerró su oscuros ojos llenos de un especial e inexplicable brillo y devolvió el beso.

—Víctor esa noche en el hotel, hicimos algo… —Yuuri desvió la mirada y el rubor de su rostro delató la incomodidad que sentía al hablar.

—Nada que tú no hubieras querido Yuuri. —Víctor sabía que debía hilar fino con ese hombre tímido y sensual—. Jugamos un poco, bailamos, cantamos, nos besamos mucho y luego te venció el cansancio y te quedaste profundamente dormido, entonces te acomodé dentro de la cama y yo dormí sobre las cobijas.

—Me da vergüenza decirlo, pero… yo nunca… yo… ni siquiera besé a alguien antes de ti. — Yuuri bajó una vez más su transparente, pulcra, sincera y cálida mirada.

—Yo en cambio besé a mucha gente, muchas mujeres bellas y pocos hombres atractivos, compartí intimidad con algunos de ellos; pero nunca y créeme por favor cuando te digo nunca, sentí latir tanto mi corazón con ellos como late cuando estoy junto a ti. —Víctor tomó la mano del teniente Katsuki y la besó varias veces—. Cuando estás a mi lado me siento el hombre más feliz de este mundo, creo… no, estoy seguro que en verdad me estoy enam…

Yuuri no dejó que Víctor terminara la frase, el dedo índice y el anular ajustaron los labios del Mayor y con el rostro serio, dijo convencido.

—No le des un nombre a esto Víctor, por favor… cuando termine la investigación del caso de la señorita Yoshikawa, yo volveré a Japón y tú seguirás dirigiendo a tu equipo aquí en Rusia.

Por primera vez en su vida Víctor tuvo la sensación que esas palabras lo lastimaban tanto que sentía como si una mano dentro de su pecho comenzaba a apretar su corazón. Entonces en un momento de arrebato tierno abrazó a Yuuri con fuerza, cerró los ojos, posó su quijada sobre el hombro del teniente y durante largos minutos no lo soltó.

—Víctor… no…

—Yuuri, por favor, déjame quererte mucho esta noche, para que cuando estemos lejos el uno del otro, podamos recordar este corto instante de nuestras vidas como el más hermoso y el mejor.

Yuuri cerró los ojos y dejó que los labios y las manos de Víctor tomaran el control, no quería pensar, solo quería sentir, quería hundirse en ese maravilloso sentimiento que afloraba a través de sus ojos, de sus labios, de su aliento y de su piel. No volvió a decir “no” a ninguna de las formas en las que Víctor lo amó esa noche, porque se sintió pleno, dichoso, amado, poderoso y vivo entre los brazos de ese hombre.

Yuuri buscó una vez más el sabor, la textura, el olor y el calor de los labios que se abrían sin condiciones a sus deseos. No quiso pensarlo más, eran dos hombres que sentían una cuerda que los unía, un deseo que sin remedio se desbordaba por sus poros y una intensa necesidad de encontrarse y conocerse. No eran adolescentes temerosos, ninguno de los dos era una doncella que esperaba un largo cortejo, eran dos varones urgidos por compartir su sabia y su fuego.

Y fueron cayendo en el éxtasis de saber que esa primera vez se convertiría en un momento eterno, no importaba la distancia, las jerarquías, los condicionamientos de sus sociedades; esa noche por primera vez Víctor sintió algo que iba más allá del gusto, del cariño y del eros; y por primera vez Yuuri sintió gusto, cariño, eros y algo más.

La música y la luna fueron cómplices de la entrega incondicional de dos hombres que unieron sus solitarios corazones, las intensas emociones vividas durante esos días los habían unido tanto que sintieron como si de verdad se conocieran desde hacía años, no hizo falta más explicación y es que el amor no se justifica, solo aparece y se transforma en voluntad, en deseo, en verbo y en acción, el amor une a los cuerpos en un sincronizado lenguaje de éxtasis y transporta a las almas al paraíso.

Pero el tiempo paradisíaco tenía que terminar ya que un arduo trabajo los esperaba en la oficina.

El teniente Yuuri Katsuki revisaba por enésima vez las fotografías e informes del caso Sakura como lo llamaban en el departamento de investigación; por más que repasaba los perfiles de los posibles sospechosos, un compañero de universidad, un profesor ex amante de la joven Kaori, un vendedor de seguros que un año atrás la había acosado; no podía encontrar ninguna coincidencia con el perfil de un asesino, esos hombres tenían las coartadas perfectas y los demás miembros del equipo corroboraron sus explicaciones de dónde se encontraban, con quienes y qué estaban haciendo los días que Kaori desapareció antes que encontraran su cuerpo.

Gracias al caso Sakura, el departamento de policía había resuelto dos casos criminales de gran peso, el Depredador de San Petersburgo estaba muerto, sus propiedades y pertenencias comenzaban a revelar una historia macabra de tortura y asesinatos, como también se conocía poco a poco otra historia dolorosa de abusos, abandono, maltrato y odio.

El antiguo exitoso empresario de la construcción Pavel Maksimov fue llevado a juicio acusado de tráfico de personas, junto con todos los miembros de su clandestino club. Aunque la mayoría de las mujeres que fueron encontradas en el “depósito del puerto” —ese fue el nombre con el que bautizaron el caso— eran profesionales contratadas y sumisas confesas que dijeron estar allí por su propia voluntad, se comprobó que cinco jovencitas habían sido llevadas a ese lugar en contra de su voluntad y eran sometidas a la fuerza por los hombres que pagaban grandes sumas de dinero al club; dos de ellas llevadas con engaños de países del sur de América, dos compradas a traficantes africanos de mujeres y una procedente del sudeste asiático que fue vendida por sus propios padres.

La esposa de Maksimov abandonó el país y pidió ayuda a los oficiales para cambiar su identidad y la de su hijo, no quería que los vincularan a un hombre vil como su esposo.

Sin embargo, el caso de Sakura seguía sin resolverse y Kaori aún no hallaba justicia, todas las pesquisas hechas en la casa del terror revelaron que ninguna de las partes de cuerpos guardados por el Depredador correspondían a la hija del cónsul, tampoco se encontró alguna fotografía suya entre las fotos del altar de víctimas, solo artículos de periódicos sobre su caso, arrugados y tirados a la basura.

Yuuri se sentía agotado, estiró los músculos, masajeó con cuidado su adolorido cuello y se quitó las gafas para descansar un momento la vista. Después de un par de minutos sus ojos se encontraron con la mirada serena del Mayor Nikiforov que permanecía en pie observando la agradable estampa del oficial japonés.

—Mayor parece que la brillantez de la que me habló el otro día me ha abandonado, no puedo encontrar ninguna novedad. —Yuuri intentaba sonreír y encontrar algo de calma, solía sentirse nervioso y hasta angustiado cuando no lograba encontrar una solución.

—Eso quiere decir que es momento de parar, salir a almorzar y tomar una cerveza. —Víctor se había apoyado en el escritorio y ensayaba su mejor mirada para convencer al terco teniente Katsuki que no había querido moverse del lugar desde tempranas horas de la mañana.

Al ver esos ojos suplicantes Yuuri no pudo negarse y Víctor soltó su saco sobre el escritorio para tomar por debajo de él la mano del tímido teniente de manera muy discreta. No quería que alguien se diera cuenta de esa cercanía tan especial entre los dos, las reglas del departamento de policía y las reglas de la sociedad rusa condenaban cualquier muestra de acercamiento íntimo entre dos hombres.

Fue un almuerzo ligero tras el cual regresaron a la oficina y trabajaron hasta bien entrada la noche, solo tenían las huellas del calzado militar del Alexander Park y el testimonio de un mendigo ebrio. Sin ningún dato nuevo los dos oficiales salieron hacia el restaurante más cercano, cenaron y luego se dirigieron al departamento de Víctor.

El Mayor Nikiforov había ofrecido acomodar en la habitación de huéspedes al teniente Katsuki para evitar un gasto innecesario en hotel, el departamento de investigación policial de Tokio agradeció el apoyo y la Comandante Okukawa ordenó a su teniente trasladarse de inmediato a la vivienda de Víctor. El ahorro de dinero y de tiempo era la verdad que manejaban los departamentos de investigación criminal de la policía de San Petersburgo y de Tokio; pero la verdad que guardaban en el corazón ambos oficiales era otra.

Al día siguiente Yuuri Katsuki llegó a la casa del cónsul Yoshikawa como a las nueve de la mañana, una hora atrás había recibido la llamada de su jefa la comandante Okukawa que le ordenó quedarse en San Petersburgo todo el tiempo que durasen las investigaciones hasta tener algo concreto sobre el asesino de Kaori y atraparlo.

Al saludo protocolar que se dieron con el diplomático japonés, siguió una entrevista en estricto privado para informarle todos los acontecimientos pasados. Yuuri describió los hechos con detalle mientras el cónsul no podía creer que el victimario de su hija todavía siguiera libre, que no fue el Depredador el victimario de su hija y que otro hombre haya podido cometer tan execrable asesinato.

Yuuri le pidió al cónsul que guardara absoluto secreto sobre la información que le estaba dando, le comentó que ni siquiera podían confiar en la policía porque se manejaba la teoría que tal vez el sospechoso podría ser parte de esa institución.

El cónsul se levantó de su asiento y en una actitud que Yuuri jamás se hubiera imaginado por parte de un hombre de alto rango político, se agachó por completo en señal de súplica y con la voz entrecortada le pidió a Yuuri que hiciera todos los esfuerzos posibles para encontrar al asesino de su hija, le aseguró que, si tenía que disponer de cualquier recurso extra a los que usaba la policía de Rusia, no dude en pedírselo.

Yuuri intentó levantar al hombre que le mostró en ese momento vulnerable todo el dolor que un padre puede sentir ante la pérdida de uno de un hijo, un dolor que el mismo cónsul Yoshikawa dijo, no lo deseaba a nadie.

Entonces Yuuri tuvo que prometer que daría lo mejor de sí para encontrar al responsable y llevarlo a la justicia, solo en ese momento el cónsul accedió a ponerse en pie.

Luego fue Yuuri el que hizo una gran reverencia y le reiteró que no comentara nada de lo que le dijo, ni siquiera con su familia, le prometió que lo mantendría bien informado y también le pidió que le permita revisar con detenimiento el dormitorio y los objetos personales de Kaori para hallar alguna pista.

Nobu Yoshikawa acompañó a Yuuri hasta el dormitorio de Kaori. En el lugar el tiempo se había detenido, estaba tan igual como lo había dejado la mañana que la vieron por última vez saliendo para la universidad. El cónsul dejó a Yuuri revisando las cosas de su hija, pidió al ama de llaves que no despertase a su esposa y bajó a hablar con los encargados de la seguridad de la residencia, oficiales destacados por una división especial del gobierno ruso.

Víctor Nikiforov llevaba conversando en conferencia por más de media hora con el jefe máximo de la policía y con su superior, el primero le decía que solo le quedaba cuarenta horas para seguir guardando en secreto la captura y muerte del Depredador, que pasado ese tiempo no podría seguir ocultando a nadie la noticia.

El otro le decía que había activado un mecanismo especial para hacer una investigación interna en el cuerpo policial sin levantar sospechas, era muy difícil y solo contaba con poco personal de su entera confianza. De pronto y como siempre agitado, golpeando la puerta y con el cabello revuelto, Yuri Plisetsky ingresó a la oficina del Mayor y con un gesto desesperado le pidió que cortase la llamada. Víctor tuvo que obedecer al chiquillo y se excusó ante sus superiores diciendo que tenía un dato urgente.

—Víctor encontré el auto con el caballo en llamas, tengo la matrícula y sé dónde encontrarlo en este momento. —Yuri mostraba el brillo del triunfo en la mirada, su seguridad era incuestionable y Víctor tenía que reconocer que cada vez que el muchachito hacía un descubrimiento, cualquier investigación avanzaba a pasos agigantados.

De inmediato él, el capitán Popovich, la teniente Babicheva y el teniente Altin se desplazaron al lugar, la fiscal fue convocada y tuvo que interrumpir una audiencia dejando a su adjunta a cargo. Lilia Baranovskaya ya sabía que el asesino de Sakura no era el Depredador, ella también guardaba el secreto; por eso al saber sobre el hallazgo de la camioneta no dudó en acompañar a los agentes al lugar.

Un campo de tiro de la policía que estaba abandonado desde hacía buen tiempo, ese era el sitio donde Yuri encontró el vehículo gracias a sus horas de insomnio frente a la computadora y cientos de fotografías que tuvo que revisar para encontrar el auto que describió el mendigo Vladislav. Durante las largas horas de trabajo Yuri jamás se quejó, es más, trabajó con mucho entusiasmo y bajo la atenta mirada de la capitana Anya Petrova, con la que estrecharon un poco más su relación desde hacía dos fines de semana atrás.

Los policías se identificaron ante el único guardián del campo de tiro, un anciano de unos sesenta y ocho años, delgado, con cabello y barba cana que rengueaba al caminar. Cuando le preguntaron por el propietario del vehículo dijo que era el único policía que se negaba a abandonar esas instalaciones y que por lo general practicaba tiro en solitario los días jueves y sábados. Que lo conocía hacia tanto tiempo que muchas veces lo dejaba solo en las instalaciones mientras él salía al médico o hacer algún trámite.

Una vez que la fiscal se encontró en el campo de tiro, los agentes abrieron el vehículo. A primera vista no encontraron nada extraño, pero fue Mila la primera en hacer notar algo. Ella se fijó que la alfombra había sido renovada recientemente, era tan nueva que todavía tenía la etiqueta de compra puesta en una de las esquinas. Ayudados por unas herramientas que proporcionó el anciano, los agentes procedieron a retirar la alfombra de la parte posterior de la VAN y observaron que el piso estaba recién pintado de un color más claro que el resto del interior.

Agudizando la mirada Mila subió a la camioneta y empezó a buscar alguna evidencia. Otabek palpaba los bordes interiores del vehículo, mientras Víctor y Georgi revisaban los papeles de la guantera y los artículos personales del propietario y comprobaban estupefactos que sí se trataba de un policía perteneciente a una división especial de reciente creación, adjunta a la AMON.

Cuando estaba por terminar la revisión del piso de la camioneta el teniente Altin notó un sonido hueco, volvió a golpear el lugar y supo que era un doble fondo. Introdujo un par de destornilladores por los bordes y levantó la tapa de acero. Cuando enfocó la linterna observó varias correas y sogas, cinco grilletes pequeños, bolsas de plástico negras y bajo todo ese desorden encontró un martillo percutor automático nuevo y una caja de herramientas también nuevas.

La fiscal procedió a dar fe de todos los objetos que los policías sacaban de la VAN, mientras otro efectivo filmaba el hallazgo. Al abrir la caja de herramientas en su interior encontraron un par de dagas, estiletes delgados de escritorio, una navaja de las fuerzas policiales y un cuchillo de cocina bien afilado, pinzas gruesas con pico de loro y alicates grandes.

Cerraron la caja para entregarla al departamento forense a fin que revise la existencia de restos de piel, músculos, sangre o ADN.

En el momento que los varones revisaban los hallazgos Mila Babicheva ingresó al estrecho espacio del doble fondo y estiró la mano, ésta se topó con una bolsa en cuyo interior había algo.

—Otabek ayúdame a salir, aquí tengo algo interesante. —Mila esperó que la jalaran por los pies para deslizarse con ligereza y sacar el último hallazgo. Una bolsa negra de tamaño pequeño que parecía contener algunos objetos extraños.

Cuando la abrieron sintieron el repugnante olor a podrido y al exponer su interior apreciaron un dedo putrefacto y enredado en un largo mechón de cabello desordenado. Para los oficiales no existía duda, esos eran los restos de Kaori Yoshikawa y su asesino era un policía.

Víctor ya tenía la identificación del oficial, un hombre que calzaba muy bien con la descripción inicial que tenían del Depredador. ¿Acaso era otro asesino en serie?

El teniente Katsuki había terminado la revisión de los objetos personales de Kaori, estaba a punto de salir de la habitación cuando observó un objeto que brillaba en un rincón, se agachó para levantar el objeto, era un anillo de oro, un anillo de bodas, grueso y ancho. Yuuri recordó que observó la mano del cónsul y él llevaba esa mañana su anillo de bodas en el dedo. Cuando Yuuri revisó las iniciales del interior reconoció los símbolos en ruso, la dedicatoria decía: tuya por siempre… Olenka.

Tomó el anillo y se encaminó a la recepción de la residencia, observó al cónsul conversar con dos oficiales de la policía que le fueron presentados de inmediato.

—Oficial Katsuki permítame presentarle al Comandante Borislav Mijailov, él es jefe de la unidad especial de seguridad de dignatarios que el gobierno creó hace unos años atrás, él nos brindó seguridad los últimos cuatro años y ahora ha venido a despedirse porque emprende un viaje al extranjero. —El cónsul señaló al oficial y éste hizo una reverencia ante el policía y luego un saludo oficial.

Yuuri devolvió el gesto y saludó también al otro oficial, más joven que el primero; pero tan alto como éste. El cónsul explicaba a los oficiales la presencia de Yuuri en Rusia cuando sonó el celular del teniente Katsuki, éste al ver que se trataba de Víctor pidió disculpas y se alejó hacia el comedor para recibir la llamada.

—Yuuri observa el rostro de este hombre, él es el asesino de Kaori. —La firme voz de Víctor no daba paso a ninguna duda. Yuuri miró el archivo enviado a su celular y su corazón se detuvo.

—Víctor estoy viendo a ese hombre en este instante, es el jefe de la policía de seguridad en la residencia del cónsul. —Yuuri tapó con su mano el auricular del celular y bajó la voz.

—¿Estás seguro Yuuri? —Víctor retrocedió unos pasos e hizo una señal al oficial Altin.

—¿Su apellido es Mijailov? —Yuuri escuchó el sí de Víctor y observó al policía ruso a través del reflejo de uno de los espejos de la sala— ¿Qué hago?

—No hagas nada Yuuri, sabes que no tienes potestad para arrestarlo, saldremos para allá de inmediato. —Víctor también bajó la voz por prudencia, no quería delatar a su amado oficial.

—Pero… se está despidiendo del cónsul, Víctor ese hombre va a viajar al extranjero. —Yuuri sintió una fuerte presión en el pecho.

—Yuuri no hagas nada ya estamos dentro del coche, el oficial Altin y yo vamos en camino. —La misma sensación que Yuuri sentía en el corazón la empezó a sentir Víctor en ese instante.

—Víctor trataré de entretenerlo…

—Yuuri no, por favor no hagas nada ya nos encargaremos…

El teniente Katsuki cortó la comunicación y Víctor sintió como si una lanza atravesara su corazón, pisó a fondo el acelerador y rogó porque Yuuri no cometiera un error.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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