Diez Sakura


Andrey Isaev.

Metro setenta y ocho y setenta kilogramos de carne sobre los huesos; ejecutivo junior de una gran empresa que brindaba seguridad en edificios públicos y privados; ojos azul claro y suelta melena rubia hasta los hombros, veintisiete años a cuestas y hablar pausado, respetuoso de las normas y la moral con la que fue educado en una institución privada perteneciente a la iglesia ortodoxa. Marcados ángulos en el rostro y caminar lento, delgado, pero atlético, amante del buen comer, solía ser discreto y reservado con su vida privada, un buen amigo para las pocas personas que conformaban su círculo social, el chico más atractivo según la opinión de sus compañeras de facultad.

Amaba salir de cacería con un grupo de amigos de la universidad que se reunían cada dos o tres meses, fascinado admirador de Poe, de los autos antiguos y de la ópera. En sus ratos libres practicaba la taxidermia, técnica que heredó de su padre y que le permitía regalar a sus conocidos el cuerpo disecado y relleno de algún animal que cayó bajo las municiones de su rifle.

Tras la separación de sus padres tuvo que vivir en el hogar de su madre cuando ella decidió empezar una nueva vida. Durante años soportó callado y sumiso la grave adicción de su madre por el alcohol y otras sustancias hasta que ella murió a manos de uno de sus clientes que compraban la droga que ella solía vender en casa, esa era la historia que con mucha pena contaba a quienes llegaban a ser sus más íntimos camaradas. Desde entonces se convirtió en casi un ermitaño, salvo por las fugaces salidas con algunas compañeras de la universidad o del trabajo, quienes por lo general buscaban su amable compañía y la belleza de su varonil rostro.

Andrey Isaev amaba el silencio, amaba a las mujeres sencillas, le gustaba disfrutar de una buena charla acompañada de vino frente a la chimenea, era muy creativo y amable en la intimidad. Fascinaba a las chicas de la universidad con sus conocimientos de cinematografía, música y las enamoraba con poesías; pero no llegaba a profundizar ninguna relación porque tenía miedo al compromiso y al abandono; tal vez fruto del abandono que sufrió en la infancia porque su madre solía ausentarse de casa por largos periodos en los que él quedaba a cargo de alguna vecina solidaria.

Esa mañana Andrey aprovechaba su día de descanso en la oficina y se dedicó desde temprano a la actividad que le hacía desconectarse del mundo por algunas horas, estaba disecando el cuerpo de un gato montés que vendería a un coleccionista amigo del amigo de un amigo. Había vaciado el cuerpo de órganos cuando se dio cuenta que le hacía falta una herramienta de precisión para separar ligamentos, se dirigió hacia el depósito de herramientas y cuando entró no pudo evitar observar el rostro de Kaori en la segunda sección de un diario local, todavía buscaban al Depredador y la policía no tenía ninguna pista. El hombre tomó el diario y algo molesto lo arrojó hacia el cesto de basura que estaba lleno de papel sanitario y toallas manchadas de sangre.

En la casa reinaba la tranquilidad y las voces de los intérpretes de Otello de Verdi, su ópera favorita. Andrey estaba a punto de retornar al cuarto de preparación cuando escuchó voces varoniles hablando bajo, se detuvo tras una gruesa puerta y por las rendijas observó a dos hombres ingresar a la sala por la puerta lateral de su vivienda, agudizó la mirada y reconoció al más alto y de cabello plateado.

Andrey creía adivinar por qué el encargado del departamento de investigaciones criminales y el policía enviado de Japón estaban en su vivienda. Por un instante pensó en salir a su encuentro y atenderlos, pedirles alguna explicación por la invasión de su hogar; pero prefirió callarse y observarlos agazapado entre las sombras que reinaban por doquier en su vivienda. En silencio tomó entre sus manos uno de sus cuchillos destajadores y vio a los oficiales separarse para explorar los oscuros ambientes sabía bien que si lo hallaban le preguntarían por Sakura y él no sabría qué responder.

Cuando el Mayor Nikiforov y el teniente Katsuki ingresaron a la casa de inmediato sintieron el frío reinante en el lugar, parecía que nadie había encendido la calefacción en mucho tiempo, también sintieron ingresar por sus fosas nasales el fétido olor de la carne podrida unida al potente aroma  del formol y por supuesto que escucharon la interpretación de la ópera que podía oírse en los parlantes repartidos por todos los ambientes de la casa.

—¿Andrey Isaev? —Víctor llamó un par de veces en voz alta incluso por encima del nivel de la música; pero nadie respondió.

Seguros que no había nadie por lo menos en el primer nivel de la casa y en los ambientes cercanos a la entrada, Víctor y Yuuri se animaron a ingresar más para explorar el lugar.

Los muebles viejos se encontraban repartidos de manera ordenada y hasta armónica, un viejo sofá de tres cuerpos de cuero marrón sobre el que podía apreciarse la piel de un felino que a primera vista no pudieron identificar, dos sillones de dos cuerpos y tres sillones de un solo cojín que circundaban una mesa de vidrio con base de bronce bajo la cual se encontraba desplegada la piel de un enorme oso que conservaba su cabeza y parecía que en cualquier momento iba a saltar sobre ellos.

Víctor vio que era infructuoso que Yuuri y él exploraran el lugar juntos así que para aprovechar el tiempo de la visita y dado que nadie respondió a su llamado, el Mayor ordenó a Yuuri subir al segundo nivel y hacer una somera revisión de los cuartos.

—No te detengas en ninguna habitación, no trates de encontrar pruebas, nadie las escondería en su vivienda, solo verifica si el tipo está o no, luego baja de inmediato. — Yuuri estaba a punto de retirarse cuando Víctor lo tomó del brazo y le mostró su pistola—. Mejor camina preparado y no dudes en disparar si te ves en problemas.

—Tú también cuídate Víctor. —Yuuri no quería apartarse del superior. Más que sentir miedo por sí mismo tenía miedo porque algo malo le suceda a ese maravilloso oficial.

Mientras subía las escaleras de piedra Yuuri podía ver su sombra proyectarse gigantesca sobre la pared que estaba adornada con cuadros familiares. No se detuvo a verlos porque concentró su mirada en el oscurísimo corredor con baranda de madera que parecía dividir los ambientes del segundo nivel en dos partes. El teniente Katsuki decidió explorar primero el sector frontal de la casa y caminando casi a tientas sintió que el piso enmaderado crujía bajo sus pies, una situación incómoda porque el sonido delataba su posición. Si alguien quisiera atacarlo le sería muy fácil ubicarlo.

Pero Yuuri no se iba a detener por ese motivo, con los brazos extendidos y la pistola lista para disparar entre las manos siguió caminando hasta llegar a la puerta del primer dormitorio, al ver que no estaba cerrada la empujó con lentitud y observó que nadie se encontraba en frente, hizo un rápido ingreso y volteó de inmediato para ver si alguien lo esperaba tras la puerta.

La luz no era bienvenida en esa habitación pues las portezuelas de las ventanas se encontraban selladas con dos pedazos de madera que las atravesaban. A un costado de la ventana se hallaba un voluminoso ropero de tres cuerpos cuyas cerraduras se encontraban bajo llave. Yuuri acercó el oído al mueble intentando sentir el movimiento o la respiración de alguien; pero no oyó nada.

De inmediato salió del dormitorio y se dirigió al que tenía en frente, volvió a repetir el mismo procedimiento y también volvió a encontrar el mismo mobiliario. Una vieja cama con espaldar alto de madera, bien tendida, un mueble de cómoda, un librero vacío y un ropero de tres cuerpos cerrado. Las rendijas de las puertas permitían el paso de delgadísimos haces de luz que ayudaban a distinguir las formas de los muebles y su ubicación, Yuuri caminaba lento para no seguir haciendo ruido sobre el piso y para no tropezar con ningún mueble.

Cada vez que ingresaba a una habitación la adrenalina subía causando una excesiva agitación, pero su mente reaccionaba de inmediato controlando el intenso miedo que tenía y a la vez el coraje que sentía en el corazón al saber que el hombre que buscaban tenía las manos manchadas de sangre y que era la clave para saber por qué la señorita Kaori murió de esa forma tan cruel.

Abajo el panorama era similar, las ventanas de todos los ambientes se encontraban selladas con maderas tachonadas de clavos y la escasa luz que se filtraba por las rendijas no permitían apreciar los detalles, a duras penas Víctor lograba avanzar entre el mobiliario.

Había dejado la sala y abrió una puerta de vidrio y madera de doble hoja que la separaba del comedor, el olor a humedad era notorio, parecía que nadie había abierto ese ambiente en mucho tiempo, una mesa larga con diez sillas lo recibió en silencio, el espejo de un antiguo aparador brillaba a pesar de la escasa iluminación, otro aparador corto se apostaba delante de una pared en la que destacaba el retrato enmarcado de una mujer muy hermosa de cabello rubio ensortijado y vestido escotado.

Víctor miró los detalles del comedor y volvió a observar la sala a través de los vidrios de la puerta, agachó su cabeza y miró bajo la mesa, pasando la vista con rapidez por sus patas torneadas y gruesas y las patas de las sillas que parecían viejos troncos estériles de los árboles del bosque. Escuchó un chirrido molesto y levantó de inmediato el cuerpo apuntando con la pistola, pero no vio a nadie. El siguiente chirrido le dijo que Yuuri estaba caminando justo en el ambiente que estaba sobre el comedor, Víctor pensó que ese ruido era peligroso porque de estar el asesino esperando en alguna de las habitaciones, el sonido delataría a Yuuri.

Por un momento pensó en subir junto al joven, su corazón palpitaba sintiendo el miedo de haberlo dejado ir solo, recordó que Yuuri le dijo “cuide de mí” el día que lo conoció y en ese momento Víctor no estaba honrando su promesa. Había dado dos pasos para dirigirse hacia la sala y luego alcanzar a Yuuri cuando creyó escuchar unos pasos que no eran los del oficial japonés.

De inmediato el Mayor se puso en alerta y se dirigió hacia el ambiente contiguo al comedor, solo una cortina de cuentas separaba el lugar, Víctor estiró la mano y separó la mitad de las lianas, ese era el ambiente más oscuro de la casa, el Mayor no pudo evitar chocar con una silla, tanteo con la mano izquierda el filo del espaldar, mientras que con la derecha seguía empuñando su arma reglamentaria que la movía apuntando a la nada en mitad del lóbrego ambiente.

Al final de ese cuarto pequeño podía ver que la luz ingresaba por el espacio entre la puerta y el piso, guiándose por esa luz Víctor caminó y buscó la manija de la puerta. Al abrirla observó una gran ventana que daba hacia el patio trasero de la casa, los vidrios sucios y empañados no evitaban que el cuarto esté bien iluminado, era un espacio de dieciséis metros cuadrados bordeado de mesones de granito sobre los que se podía ver los cuerpos de varios animales, algunos rellenos y terminados, otros a medio llenar y dos gatos monteses recién cazados, con los vientres abiertos y las entrañas extraídas que habían sido depositadas en un balde de metal del que se desprendía un olor insoportable.  Víctor observó algunas moscas revoloteando en la ventana y las herramientas dejadas a un lado de uno de los cadáveres le decían que alguien había estado trabajando en ellos antes que ingresaran a la casa.

El Mayor Nikiforov se puso en alerta, tal vez el taxidermista había salido un rato o quizá estaba oculto sin responder. Tomando su pistola con ambas manos Víctor se dirigió hacia la puerta de salida de esa mugrienta habitación, giró la perilla y jaló la puerta sin dejar de apuntar con el arma.

En el piso superior Yuuri había completado su rigurosa inspección y no halló nada inusual, solo un dormitorio que al parecer estaba ocupado por una persona, una persona muy organizada que había dejado todos los cajones de los muebles cerrados con llave, esa era la única pieza que contaba con un televisor y los objetos personales que se encontraban sobre el tocador mostraban que era el dormitorio de un varón. Unas cuantas libretas apiladas, un cofre de madera, una navaja de bolsillo, algunas monedas y un par de frascos de colonia.

Yuuri ingresó al baño, el único lugar iluminado del segundo nivel y solo vio toallas limpias bien organizadas en los colgadores de aluminio, artículos de limpieza personal, un gabinete con espejo muy pulcro y un rollo nuevo de papel sanitario. Una bañera limpia y seca, el inodoro bien aseado, lavabo seco y brillante. Al parecer el hombre tenía una fijación especial por mantener bien limpio su espacio.

Al salir del cuarto de baño Yuuri observó una puerta en el techo del corredor, la luz que provenía de la toillet le permitió ver una manija de la que pendía una cuerda, con mucho cuidado se acercó hacia el lugar, dudó por un momento si debía intentar jalar esa cuerda y abrir la puerta de lo que parecía ser un ático, tendría que guardar por unos segundos su arma y era una decisión arriesgada, pero debía saber que ese lugar estaba también vacío… o tal vez no.

Cuando Yuuri jaló la puerta esta rechinó con fuerza y el teniente se arrepintió de haber provocado el molesto sonido, a esas alturas y con tanto escándalo ocasionado por el sonido del piso y los goznes de la puerta del ático, pensó que si alguien se ocultaba en el lugar estaría tal vez esperándolo preparado.

El teniente Katsuki respiró profundo y tomó valor, de inmediato comenzó a subir por las escalerillas que cayeron junto con la puerta y trató de sostener con más firmeza el arma. Cuando tuvo la cabeza dentro del lugar miró a todos lados intentando ubicar algo o alguien, ese sí que era un lugar muy oscuro y por más que intentaba agudizar la vista no pudo observar nada, Yuuri pensó que era el mejor momento para salir de allí, si el asesino se ocultaba en ese lugar ya le hubiera atacado.

Por su parte el Mayor Nikiforov pasó a prisa el pequeño pasaje que separaba el cuarto de taxidermia de la cocina, al ingresar por la puerta abatible se encontró en otro de los ambientes que tenía mucha iluminación y a diferencia del cuarto del frente era un lugar muy pulcro, casi inmaculado. Nadie podría esconderse en ella, porque los mesones eran abiertos y mostraban el perfecto orden y organización de los servicios, vajilla, menaje y utensilios. El Mayor decidió salir hacia el patio por la puerta de vidrio y madera que se hallaba al final del ambiente, estando afuera pudo sentir el olor fétido de la carne en descomposición, al fondo junto al cerco de protección de la casa se encontraban dos tachos grandes de basura, cuando Víctor los abrió descubrió los restos podridos de varios animales. No pudo soportar el hedor y la visión de los gusanos dándose un festín con la carne, así que decidió regresar para ver cómo estaba Yuuri, al parecer no había nadie en esa casa.

Víctor ingresó a la cocina y decidió salir por la puerta abatible del costado para revisar ese último rincón del estrecho pasillo que parecía contener una alacena. Caminó unos seis pasos cuando sintió que soplaba viento por una rendija del delgado mueble, observó bien y palpó sus bordes, sin temor a equivocarse Víctor supo que era el marco de una puerta. Empujó el mueble con mucho cuidado y éste cedió.

El Mayor sujetó con ambas manos la pistola mientras seguía empujando la pesada puerta, ésta se abrió hasta la mitad de su trayectoria cuando de pronto alguien golpeó las muñecas de Víctor provocando que suelte la pistola. Al caer el arma se disparó de manera automática y el Mayor pudo ver la luz del estallido de una bala, al mismo tiempo su visión periférica le mostró el brillo aterrador de una hoja de acero muy afilada que se cernía sobre él, Víctor empujó por completo la puerta con un pie y observó el brillo de unos ojos mientras el puñal bajaba sin remedio hacia su cuello.

De pronto escuchó el estallido de un disparo y un segundo después pudo sentir el calor de una bala pasar junto a él rosándole la oreja, entonces miró el brillo de un solo ojo, se movió por instinto y el puñal siguió su inexorable trayectoria. De inmediato el mayor Nikiforov retrocedió y sujetó su hombro con la mano izquierda.

—¡Victooooooor! —El teniente Katsuki corrió hasta sostener la caída del jefe policial y como si todo se sucediera en cuadros fotográficos Yuuri fue testigo de la forma cómo Víctor se quitaba el puñal que por fortuna no logró ingresar por completo en su cuerpo, de inmediato la sangre manchó la camisa, el traje y el sobretodo del Mayor, pero además Yuuri observó con terror cómo un hombre tan alto como Víctor se desplomaba de vientre sobre el piso del pasillo. Cuando su rostro golpeó el suelo Yuuri miró la parte posterior del cráneo, la bala había abierto un enorme boquete por donde salían sesos y sangre sin parar.

—Tranquilo Yuuri, estoy bien. —Víctor se encontraba arrodillado sobre el piso y con gran esfuerzo logró ponerse en pie.

—Pero… estás sangrando. —Yuuri podía sentir el calor y el olor de la sangre del Mayor.

—No es nada, la sangre sellará pronto la herida. —Víctor miró al hombre tendido sobre el piso, lo pateo dos veces para asegurarse que había muerto y luego miró hacia el fondo del iluminado callejón.

Junto con Yuuri caminaron hasta el borde y observaron unas escaleras de cemento que llevaban hacia un sótano, cuando ambos bajaron el último peldaño se encontraron con una construcción sólida, un pasillo ancho que contaba con la tenue iluminación de tres lámparas que colgaban repartidas en toda su longitud.

A los costados del pasaje observaron seis puertas delgadas y también notaron que la música que se escuchaba en toda la casa provenía de la última puerta a la izquierda. Víctor empuño de nuevo su arma con cierta dificultad por el dolor que le provocaba su sangrante herida y junto a Yuuri se dispusieron a ambos lados de la primera puerta a la derecha, Víctor la abrió y Yuuri entró apuntado a todo lado, de inmediato Víctor encendió el interruptor y vieron que era un dormitorio de mediano tamaño que solo poseía en su interior una cama delgada y un velador.

La segunda puerta pertenecía a un cuarto de baño improvisado con una ducha y un inodoro. Al abrir la tercera puerta observaron que había una mesa pegada a la pared en ella estaba dispuesto una especie de altar con velas, incienso, flores, agua en dos vasos, un rosario de mano y pegadas en la pared decenas de fotografías de mujeres jóvenes, cuando Víctor se acercó a verlas reconoció de inmediato algunos de los rostros. En la pared del frente hallaron un mapa similar al que Yuuri trabajó, con apuntes de nombres y fechas y alrededor del mapa las fotos de varias chicas unidas por hilos gruesos a lugares donde todavía no habían encontrado cadáveres.

La cuarta habitación a la derecha estaba llena de gabinetes dispuestos de techo a piso, muy bien organizados y limpios. En el primero pudieron ver muchos frascos sellados y llenos de un líquido transparente en cuyo interior flotaban… ojos. A Víctor se le cortó la respiración, de inmediato su mirada se desvió hacia el gabinete del frente y también observó decenas de frascos sellados, cada uno de ellos conservaba un dedo meñique delgado y pequeño.

Yuuri comenzó a temblar al ver los detalles de los dedos, parecía como si hubieran sido puestos en esos frascos solo unas horas.

El gabinete del fondo, algo más delgado que los otros dos conservaba decenas de trenzas, gruesas, delgadas, grandes y pequeñas, todas bien peinadas y atadas con lazos de distintos colores, colocadas con mucho cuidado unas junto a la otras sobre las tapas de cajas de cartón que les permitía estar separadas.

Ambos oficiales ya sabían qué habían encontrado, sabían que estaban caminando dentro de la guarida del Depredador y que todas esas pruebas por fin mostrarían si Sakura había sido una de sus víctimas.

Intentando recobrar el aliento salieron hacia el callejón, Yuuri miró hacia el techo y observó tres escapes de ventilación, los mismos que Víctor miró que sobresalían del ras de piso en el patio. Faltaban dos puertas por abrir, Yuuri respiraba con dificultad y Víctor había dejado de sentir el dolor de su herida, la impresión los tenía casi paralizados y caminando como autómatas rumbo a la quinta puerta hacia la izquierda.

Cuando abrieron la puerta observaron en el interior del dormitorio un camastro y sentada sobre él la figura de una mujer. Víctor encendió la lámpara del techo y los dos agentes quedaron estupefactos al ver el cuerpo de una joven vestida de negro con el torso bien enhiesto y la cabeza ligeramente gacha, el cuerpo se hallaba momificado, una trenza bien elaborada sujetaba sus rubios cabellos y tenía un anillo en el dedo meñique de la mano izquierda. Un detalle más terminó por llamar su atención, en una mesa cercana vieron una bandeja llena de alimentos preparados esa mañana.

Víctor y Yuuri retrocedieron hasta el pasillo, sus ojos abiertos de par en par mostraban el terror que crecía dentro de ellos. Solo hacía falta abrir una puerta, la habitación desde donde se transmitía la música.

Con mucha dificultad el Mayor pasó dos veces la saliva por la garganta y abrió con mucha lentitud la puerta. El cuarto estaba bastante iluminado por varias lámparas de luz incandescente, frente a ellos se erigía una silla de ginecólogo sobre la cual yacía el cuerpo de una mujer. Ella estaba desnuda, sangrante, vejada, martirizada, sujeta con esposas y correas al lugar de la tortura.

Tenía la cabeza inclinada hacia el lado izquierdo y podía verse un trapo ensangrentado saliendo de su boca. El piso estaba cubierto de sangre y heces, una de las cuencas de los ojos se encontraba vacía pues el párpado se hallaba hundido, mostraba el cabello desordenado y los dedos de sus manos y pies carecían de uñas; nueve dedos de sus manos, porque uno de sus meñiques ya había sido arrancado.

Víctor se acercó para examinar mejor el cuerpo cuando de pronto la mujer movió la cabeza. ¡Aún estaba viva!

El agente dio un salto y retrocedió, respiró varias veces para recuperar el aliento y volvió a acercarse para sacarle el trapo de la boca, la joven lo miró con el ojo que le quedaba y balbuceó algo que no el Mayor no pudo entender por lo que tuvo que agacharse un poco más para escucharla.

—Ma… ten… me…

La mujer suplicó un par de veces más y Yuuri sintió una intensa punzada atravesando su corazón. Cuánto tendría que haber padecido esa joven para sentir que la muerte era la única salida, aun cuando sus salvadores estaban frente a ella.

Yuuri no pudo soportar más y se lanzó hacia los mesones que exhibían las herramientas llenas de sangre que usó el Depredador para martirizar a la joven. El agente Katsuki buscaba las llaves de las esposas mientras Víctor comenzó a soltar el ajuste de las correas, era imposible no mancharse con la sangre de la muchacha porque todo su cuerpo presentaba cortaduras y puñaladas.

—Máten… me…

Yuuri empezó a perder de vista los objetos sobre los mesones porque las lágrimas comenzaban a inundar sus ojos, se quitó las gafas y limpió con el dorso de su mano sus párpados, en ese momento enfocó su nublada vista hacia la pared y divisó varias llaves ensartadas por una gran argolla.

Llorando se puso a probarlas en los grilletes hasta que pudo liberar un tobillo y luego una de las muñecas. Yuuri respiraba con mucha dificultad y sin poder controlar el temblor de sus manos pasó las llaves a Víctor y éste abrió las otras dos esposas.

Los brazos de la muchacha cayeron de plomo a los costados de la espantosa silla y sus piernas quedaron colgando. Víctor no sabía si cargarla o traer una manta, Yuuri ya casi no podía respirar y comenzó a sentirse mareado.

—Yuuri sal de aquí ve afuera y pide refuerzos y también una ambulancia. —Víctor sostenía como podía el cuerpo de la joven y veía que Yuuri lo miraba paralizado— ¡Mierda muévete de una vez Yuuri!

El oficial japonés salió como pudo por el oscuro pasillo, subió las escaleras de cemento, estuvo a punto de tropezar con el cadáver del asesino, caminó a tientas hasta llegar al recibidor de la entrada y luego salió hacia la entrada de la casa. Caminó hacia el auto y tomó uno de los radio comunicadores de la guantera, lo encendió y con la voz hecha un hilo pidió ayuda.

—Ayuda, ayuda por favor… —No sabía qué código nombrar, un tres veinte de Japón podría significar otra cosa en Rusia.

—Víctor ¿eres tú? —La voz de Georgi Popovich sonaba lejana y opacada por la de estática de fondo.

—Katsuki, soy Katsuki… —Yuuri temblaba y lloraba al mismo tiempo—. Hay una mujer herida… Víctor está herido…

La voz quebrada del agente hizo que el capitán Popovich se estremeciera de pies a cabeza, de inmediato pidió la ubicación y Yuuri no supo qué responder, solo recordó la ruta veinte.

Georgi tomó su celular y se comunicó con el resto del equipo, Petrov y Altin respondieron casi al unísono indicando que se encontraban cerca del lugar. Lo único que quedaba por hacer era llamar a una ambulancia o al equipo de emergencia de los bomberos, alguien que pudiera llegar de inmediato al lugar.

Anya acababa de pasarle la ubicación exacta y luego sacó la circulina que puso sobre su auto y apretó el acelerador. Otabek la seguía con igual velocidad en su moto observando al mismo tiempo el camino y las coordenadas en el dispositivo de geolocalización.

Dentro de la terrorífica habitación Víctor tomó entre sus brazos a la muchacha y se dirigió hacia el primer cuarto al que entraron con Yuuri, acostó a la víctima en la cama y la cubrió con una sábana y una manta. La chica temblaba, lloraba, gritaba y por momentos se sofocaba. Víctor intentaba en vano calmarla, él tampoco podía soportar más toda la intensa experiencia mientras se preguntaba por qué Yuuri no volvía.

«Tal vez sea mejor que Yuuri no vuelva», pensó.

Cuando Anya y Otabek llegaron al lugar observaron la vieja casa de piedra y argamasa que muchas veces habían visto en el mapa. Era ese el lugar donde se habían cometido los peores asesinatos de esos últimos años, ellos la habían visto muchas veces y jamás imaginaron que el aparente lugar abandonado fuera la guarida de un asesino serial, el peor en la historia de Rusia en los últimos veinte años.

Al salir de sus vehículos y dirigirse al de Víctor vieron que Yuuri Katsuki se encontraba agachado y tocía sin parar, Anya se detuvo a unos pasos de él porque observó que había arrojado todo lo que desayunó.

—Katsuki ¿dónde está el Mayor? —Anya era una mujer muy fría y dura y tenía que serlo más en ese momento para evitar que el colega japonés perdiera el sentido.

—Sótano… —Yuuri sentía que perdía las fuerzas, nunca pensó que vería tan de cerca un crimen en proceso.

—Quédate en el auto ya vienen más refuerzos. —Al voltear la mirada Anya vio que Otabek ya no estaba junto a ella así que caminó a prisa hacia el interior de la casa del terror.

Cuando ingresó se dejó llevar por el sonido que llegaba desde el fondo de un estrecho corredor, el llanto ahogado de una mujer se hacía escuchar como un temible lamento y Otabek parecía estar dando órdenes a su superior.

—¡Mayor soy yo! ¡Míreme! ¡Párese! ¡Salgamos de aquí!

Anya entró al callejón, tropezó con el cuerpo del Depredador y cuando bajo por las escaleras observó a Víctor apoyado en la pared de un pasillo algo oscuro, Otabek lo sostenía por el brazo y trataba de llevarlo al exterior. Al verla, el kazajo solo le hizo una señal para entrase en la habitación. Altin empezó a arrastrar al Mayor hacia las escaleras y tuvo gritarle varias veces para que camine, colabore y siga adelante.

Cuando Anya se acercó a la cama miró un cuerpo que parecía una masa sanguinolenta junto con las sábanas y cobertores que lo cubrían. Eso que veía no era una mujer, era un guiñapo, era un residuo, la mente enferma de un asesino ya había logrado su objetivo, esa mujer ya estaba muerta por más que siguiera respirando, por más que la salvaran en el hospital, por más que lograra seguir con su vida, esa mujer dejó el alma en ese espantoso lugar.

Cuando vio la luz del día y sintió el aire fresco Víctor Nikiforov pudo volver en sí, había estado a punto de desmayarse, tenía la ropa y los zapatos manchados de sangre. Sentía que sus piernas eran de goma y que su corazón estaba a punto de estallar en el pecho.

Otabek lo sostuvo de los brazos con fuerza hasta que Víctor pudo estabilizarse, hasta que pudo levantar su torso y su mirada, hasta que pudo dirigirse hacia el auto donde se encontraba Yuuri. El teniente apenas si levantó la cabeza, sus manos no dejaban de temblar y no podía pronunciar ni una sola palabra, pero al ver al Mayor con el traje lleno de sangre, pálido y con la vista perdida igual que la suya solo atinó a abrir sus brazos y recibir el desfalleciente cuerpo de Víctor, los dos oficiales se unieron en un abrazo adolorido y cayeron al suelo sobrepasados por el llanto y la impotencia.

A lo lejos se escuchaban las sirenas de las patrullas que se aproximaban presurosas a brindar el apoyo a sus compañeros a la vez que escoltaban a dos ambulancias en las que los paramédicos preparaban los equipos, el instrumental y los medicamentos para atender a las víctimas del Depredador.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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