Siete Sakura


—No creo equivocarme si te digo que estas huellas pertenecen a fuerzas combinadas, a fuerzas especiales o algún equipo de intervención, no son suelas comunes. —El especialista terminaba de sacar el último molde de otras tres marcas dejadas por los mismos calzados cuando comenzó a caer una ligera garúa en la ciudad.

La lluvia obligó al equipo de investigadores a refugiarse en las instalaciones de la administración del parque y posibilitó el encuentro entre la teniente Babicheva y el máximo encargado de seguridad del lugar, Ugo Mirchenko un hombre de gran estatura, mirada aguda a través de sus pequeños ojos pardos y nariz puntiaguda que sobresalía en medio de su enjuto rostro. Mila aprovechó para conversar y tratar de convencerlo de hacer una nueva inspección del Alexander Park sin tener que esperar la orden del fiscal.

—Señor Mirchenko usted sabe lo importante que resulta para la policía contar con la mayor inmediatez posible con los elementos que nos ayuden a llegar al sospechoso de estos crímenes y sería de mucha ayuda si usted por interés propio nos permite revisar el área le prometo que no tardaremos y tampoco vamos a incomodar a los visitantes. —Mila intentaba ganarse la anuencia del hombre; sin embargo, éste parecía estar hecho de piedra.

—Yo preferiría seguir los canales regulares, tal vez no hacerlo me traería problemas administrativos y lo que menos quiero ahora es tener más conflictos. —Mirchenko observaba su reloj con insistencia mientras conversaba con los agentes—. El hallazgo del cuerpo en el parque alejó a los visitantes en estos días.

—Se imagina qué dirían sus superiores si en una acción de confianza usted colaborara con las autoridades y eso nos permitiera hallar al responsable, nombraríamos su apoyo en el momento de la captura. —Mila estaba dispuesta a insistir hasta el final—. Yo estoy convencida que podemos hallar algo más, no creo que el Depredador sea un hombre infalible, por algo ha sido descuidado la última vez y debemos aprovechar ese descuido para acercarnos a él.

—No quiero sanciones…

—Señor Mirchenko ¿usted tiene hijas? —Mila debía usar todos sus recursos.

—Dos, una universitaria y la otra que todavía está en la escuela, pero ninguna de las dos será una mujer que baile desnuda para los hombres. —El administrador del parque sí que era un hombre terco.

—Sin embargo, han existido tres muchachas que fueron asesinadas por este hombre y que no tenían nada que ver con una vida nocturna de bares y bulines. —Mila ya se estaba jugando sus últimas cartas.

El hombre se quedó pensativo por unos segundos y cuando sus ojos se encontraron con los de la teniente Babicheva accedió a su pedido, pero con la condición que las inspecciones sean hechas en secreto, para evitarse problemas con sus superiores.

Mila agradeció con un fuerte apretón de manos, llamó a los chicos de criminalística y entró al parque hacia la zona donde el cerco había sido vulnerado, revisaron por un buen rato y uno de los peritos encontró más huellas del mismo calzado, huellas que estaban completas, el equipo procedió a sacar los moldes.

Por su parte Georgi había logrado averiguar los datos de las constructoras que trabajaron en el mantenimiento de los parques de San Petersburgo en los últimos dos años, necesitaba tener un listado completo de los trabajadores y directivos así que no dudó en llamar a un experto.

—No es mi horario de trabajo. —Yuri exageraba sus bostezos y no es que tuviera sueño, la verdad él quería jugar una partida de póker en línea. —Además tengo miles de nombres que analizar y descartar.

—¿Te imaginas qué diría tu abuelo si supiera que te niegas a apoyar la investigación en un momento tan importante?, Yuri entre esos nombres podría estar el del asesino y tal vez eso haría la diferencia. —Georgi hablaba casi sin respirar y esperaba que el jovencito diera su brazo a torcer.

—Qué me darás a cambio, son muchas horas extras ¿no? —Yuri esperaba unos días de relajo para participar en un campeonato mundial de su juego favorito.

—Un equipo completo VR Mixed Reality con más de veinte mil aplicaciones, visualización de trescientos sesenta grados, compatible con tus todos tus teléfonos inteligentes y con controles touch. —El capitán se estaba arriesgando, debía encontrar la forma cómo cumplir esa enorme promesa.

—Pásame los nombres de esas malditas constructoras y yo veré cómo ingreso a sus archivos, pero por de pronto quiero que me traigas todas esas porquerías que me gusta comer. —Si algo cuidaban en el departamento que dirigía Víctor Nikiforov era que sus integrantes gozaran de buena salud y la nutrición era un aspecto muy cuidado en ellos, incluyendo Yuri Plisetsky; pero de alguna manera el chico siempre ingresaba alimento ultraprocesado a la oficina.

—Está bien… pero que no se entere el jefe. — De inmediato Georgi envió la lista de empresas constructoras. Pero Yuri hizo algo más, dejó un pin y albergó su computadora en un archivo oculto en los ordenadores de la Cámara de Construcción de San Petersburgo, no solo quería hallar listado de nombres, quería hallar también otros datos sobre los hombres que se sentían dueños de la ciudad y en ese momento tendría la buena excusa para investigarlos.

El día moría en San Petersburgo y los agentes se encontraban agotados por que hasta ese momento no veían que sus esfuerzos dieran algún resultado. Era difícil acostarse todas las noches y pensar que tal vez al día siguiente les llamarían para ir a ver la nueva escena de un crimen. Era injusto y a la vez extenuante saber que un hombre cruel jugaba con su trabajo y se daba el permiso de dejar mensajes escritos con la sangre de una jovencita que había sufrido demasiado en sus últimas horas de vida.

Los agentes querían atraparlo y llevarlo a la justicia, encerrarlo de por vida y algunos no dudaban en pensar que si estuviera en sus manos torturarían al hombre el resto de sus vidas. Otabek y Yuri lo harían, Mila le metería un par de plomazos en la cabeza, Anya le haría lo mismo que él hizo con las chicas; Georgi lo vería en la cárcel o el manicomio, para el efecto los dos lugares eran el mismo infierno y Víctor pediría un estudio permanente de su condición para intentar evitar las causas que transforman a un ser humano en un verdadero monstruo.

Esa noche todas las esperanzas quedaban en manos de Yuri Plisetsky que, armado de varios ordenadores y un servidor personal, observando los múltiples monitores y abastecido de pastelitos, piqueo en bolsas, refresco, dos cajas de pizza y tres latas de energizantes; trabajaría sin parar. Su abuelo no aprobaba ese ritmo de vida, pero era consciente que el trabajo incansable de su pequeño sol —como él lo seguía llamando— podría ser la diferencia entre un día más para el departamento de investigación criminal o el momento de la verdad.

En un pequeño y acogedor bar de la avenida Nevsky, Víctor Nikiforov revisaba la carta de bebidas y recomendaba al teniente Yuuri Katsuki que pidiera un blue vodka. Según él, era un trago que no dejaría huellas al siguiente día.

—¿Cómo es que te asignaron el caso Yuuri? —Víctor no dejaba de contemplar al tímido y sosegado policía japonés, lo miraba mientras pensaba que sus posturas y movimientos eran especiales, lo hacían ver como un hombre vulnerable y sin embargo a cada momento lo sorprendía con alguna teoría o conclusión interesante que daba más ideas para seguir investigando.

—La jefa del departamento de policía de investigaciones, Comandante Minako Okukawa, es la encargada de investigar los casos penales más importantes de mi país y yo soy el agente en el que más confía, bueno… eso es lo que me dijo ella. —Las honestas confesiones de Yuuri encendían sus mejillas de tal forma que el mayor Nikiforov podía entender que su modestia era verdadera—. Creo que la experiencia y el esfuerzo que adquirimos los miembros de su equipo nos ha llevado a tener investigaciones exitosas en estos últimos dos años y tal vez sea por eso que me confió el trabajo…

—Tal vez sea porque también eres un brillante intérprete de los hechos y tengas preparación en semiótica y simbología que ayuda mucho a conocer los significados. —Víctor llevaba varios minutos con el rostro apoyado sobre su mano contemplando el rostro pacífico y el brillo especial en la mirada del policía japonés.

—En el equipo también existen muchos oficiales con alta preparación… tal vez lo que pesó un poco más es que yo sé hablar bien el ruso. —Una vez más las blancas mejillas se encendieron en tonos cálidos y Yuuri sonrió intentado disimular su bochorno—. ¿Y usted mayor qué lo llevó a seguir tanto tiempo con este caso?

—Hacer justicia. En un inicio pensé ajusticiar al Depredador para hacerle pagar el crimen de una amiga muy querida; pero conforme fui investigando los crímenes y levantando más cadáveres de mujeres que habían muerto de esa execrable forma, me hice la promesa de encontrar y detener a un hombre que no tiene ningún sentido de humanidad. —La expresión de Víctor cambió de inmediato, los recuerdos pesaban y dolían con intensidad.

Los tragos llegaron y los agentes brindaron, se desearon buena suerte el uno al otro y cuando se quedaron en silencio sus miradas hablaron un lenguaje que no llegaron a entender, un lenguaje que dejó una agradable sensación tibia en el pecho.

—¿Tienes esposa o novia Yuuri? —Víctor necesitaba conocer un poco más al hombre en el que empezó a confiar para encaminar su investigación a nuevos horizontes.

—Me dediqué tanto al trabajo que no me di la oportunidad de pensar en un romance… ¿y usted Mayor? —Esa pregunta fue hecha en un tono tan bajo que Víctor apenas si pudo escucharla.

—Van a ser casi seis años que no tengo ninguna relación importante, el caso ha absorbido mi vida y mis planes, no me gustaría atar a una mujer a una relación en la que la mayor parte del tiempo yo estaré fuera de su rutina por dedicarme a mi trabajo, no sería justo para ella. —Víctor miró en perspectiva su vida y se sintió vacío.

—Vaya somos dos hombres solitarios, nunca me había puesto a pensar en ese tema hasta ahora Mayor Nikiforov. —Yuuri desvió su mirada hacia las luces que iluminaban el cartel de bar.

—Y yo no había pensado lo vacío que me siento hasta ahora. —Víctor suspiró y posó su mirada entristecida en el perfil de su colega, otro corazón sin dueño como él—. Y por favor Yuuri, cuando estemos a solas dime por mi nombre.

—Perdón mayor, creo que no podré…

—Vamos, inténtalo me gustaría mucho que haya algo más de confianza entre los dos.

—Será muy difícil…

—Dime Víctor… solo una vez.

Yuuri dudó, contempló las blanquecinas pestañas, bajó la mirada y con cierto pudor pronunció el nombre del hombre que hacía crecer la cálida sensación que se movía libre como un tornado entre su corazón y su estómago.

—Víc…tor…

Sonrió y sus cálidos ojos de chocolate atraparon el brillo de la mirada celestial, eran tan distintos el uno del otro y sin embargo le parecía que estar junto al mayor Nikiforov era un tiempo agradable.

Por su parte Víctor sentía una conexión poderosa con su abochornado colega, se sentía acogido por sus ojos, sus palabras y sus modales, tan prudentes, tan sutiles, tan encantadores.

Víctor conocía ese sentimiento, sabía que sentir esa felicidad junto a un hombre era algo demasiado especial, no se comparaba con la amistad, para eso tenía a Georgi y Mila a quienes se sentía más unido dentro del equipo de trabajo; en cambio ese sentimiento que comenzaba a nacer en él no se comparaba con el cariño y la lealtad, era superior.

Una vez lo experimentó cuando era aún adolescente y todavía no se imaginaba que trabajaría como policía de investigación. Fue un invierno cuando conoció en las montañas suizas un chico rubio de encantadora sonrisa y mirada seductora con el que compartió sus mañanas de esquí, sus tardes de patinaje en las pistas de hielo de Ginebra y sus noches en la agradable cabaña con calor de leña. Ese invierno Víctor experimentó por primera vez lo que significaba querer a un hombre.

—Un trago más para que entres en calor. —La voz de Víctor parecía la de un niño pequeño que pide a sus padres le lean un cuento más. Yuuri no pudo negarse a ese pedido, ni a esa mirada que brillaba más que las luces del local, ni a esa sonrisa de corazón que lo hacía sonreír como un tonto.

Fue un trago más, mientras hablaban de sus estudios de secundaria y la manera cómo sobrevivieron a esos años difíciles, Víctor intentando ignorar la envidia de sus compañeros que lo aislaban de los grupos de trabajo, Yuuri tratando que no se burlen de su sobrepeso.

Otro trago y coincidieron que las películas de guerra eran de sus favoritas, en especial las que salían de los estudios de Europa. Un trago más y ambos estuvieron de acuerdo que les gustaba mucho bailar, pero que no habían tenido la oportunidad en los últimos dos años, absorbidos por el trabajo. Pero esa no sería una noche para ir a una discoteca, eso sería matador.

Otro trago y Víctor se atrevió a decirle a Yuuri que tenía una mirada muy bonita, el teniente sintió que toda la sangre del cuerpo se le subía a la cabeza y luego rio mucho porque se dio cuenta que estaba actuando como sus compañeras adolescentes en el colegio. Eso estaba mal, él era un hombre de veinticuatro, no una chica de dieciséis.

Una copa más y Yuuri le dijo a Víctor que le gustaba verlo sonreír. Y con otra copa más le dijo que también le gustaba verlo cuando estaba muy serio y pensativo, con el dedo índice sobre los labios o el cigarrillo apagado entre los dedos.

Con el último trago de la noche a punto de terminarse, Víctor le confesó que le parecía maravillosa su sonrisa porque parecía que lo hacía con los labios, los ojos y todo su ser, “te iluminas por completo”, le dijo y chocaron sus copas en un brindis final.

No estaban tan mareados, pero decidieron retirarse para que al día siguiente no sintieran el peso de la resaca, mientras Víctor se ofrecía acompañar a Yuuri a su hotel, ambos comenzaron a beber una botella de agua para aplacar la efervescencia del licor. Tomaron un taxi y llegaron al alojamiento.

Con la llave en las manos Yuuri se despidió de Víctor y tambaleando se alejó unos dos o tres metros, suficiente espectáculo para que el Mayor acuda en su ayuda y lo acompañe hasta la puerta de su habitación, lo ayude a ingresar en ella, le ayude a quitarse el sobretodo grueso que llevaba encima y el saco de su oscuro traje, la corbata que le pareció muy delgada. De pronto escucharon un tema muy suave que llegaba desde la habitación contigua. Víctor abrazó a Yuuri acercándolo a su cuerpo y se pusieron a dar vueltas al ritmo de la música.

Yuuri apoyó su cabeza sobre el hombro del Mayor y éste apretó la cintura del joven policía.

—¿Yuuri si te confieso algo me prometes que no te vas a enojar conmigo? —Víctor esperaba que no fuera demasiado atrevimiento lo que estaba por pedir, rogaba porque no se estuviera equivocando frente a la actitud de Yuuri.

—Estoy tan feliz ahora que nada de lo que digas o hagas me hará enfadar. —Yuuri podía escuchar los fuertes latidos del corazón del Mayor que parecían ecos potentes de las palabras que estaba a punto de pronunciar.

—¿Puedo besarte? —Lo había dicho y de inmediato en medio de su bochorno Víctor comenzó a pensar en una salida si es que Yuuri se sentía mal con su propuesta, diría que tan solo se trataba de un beso en la mejilla como los que suelen dar los rusos a sus mejores amigos.

Yuuri se detuvo y entornando la mirada subió su rostro en silencio, en clara señal que aceptaba el pedido. Víctor se dijo que no podía estar equivocado y con mucha suavidad rozó los labios de Yuuri, luego los apretó un poco más.

Afuera la lluvia comenzó a intensificar su fuerza opacando con su canto el suave sonido de la música. Adentro el sonido de un beso tierno e inocente unía a dos hombres que no terminaban de entender que las extrañas circunstancias de su encuentro ya estaban escritas en el incomprensible libro del destino.

Yuuri jamás había besado a una chica y no podía explicarse por qué en ese momento estaba tan dispuesto de seguir besando a un hombre, no echaría la culpa al alcohol porque no estaba ebrio, antes que sentirse embotado de trago, el teniente Katsuki se sentía inundado de una energía que se expandía y contraía dentro de su pecho asemejando los vaivenes de un carrusel. Entendía que se trataba de algún sentimiento intenso, pero como buen japonés no quería darle nombre, no todavía, no con tanta prisa, no tan de inmediato, debía estar convencido de lo que sentía por Víctor y de lo que Víctor sentía por él.

Pero la noche cómplice, la lluvia cantarina, el aroma de tabaco, vodka y madera; el cálido abrazo y la intensa sensación de su primer beso vencieron todas las barreras que Yuuri intentó imponerse a sí mismo.

Durante unos segundos observó a Víctor, sus ojos de cachorro solitario, sus platinados cabellos parecidos a la lluvia y esa irresistible sonrisa. Era tiempo de explorar los misteriosos terrenos del corazón, aquellos que convierten a los humanos en seres muy sensibles y vulnerables, el corazón que sin remedio y sin control latía, se estrujaba, reía y lloraba con cada caricia y con cada susurro.

¿Sería amor?

Solo el tiempo lo diría.

Eran as cinco y cincuenta y cuatro minutos en la pantalla del celular, el aparato sonaba sin parar y el identificador decía que Yuri Plisetsky necesitaba con urgencia, comunicarse con su superior, pero Georgi había olvidado poner el sonido, así que el celular vibró varias veces sobre la mesa de noche mientras el capitán Popovich se encontraba a la mitad de su carrera diaria de tres kilómetros con la que comenzaba la mañana.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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