Retorno a Atlantis 8


Libertad sin precio

Moverse tan seguro de sí mismo y su posición caminando con paso firme y sonrisa abierta. Saludando con un respetuoso cruce de brazo sobre el pecho a sus superiores y con una venia amable de cabeza a los oficiales de rango bajo y a los soldados.

Gastar unas bromas con algunos compañeros y ser demasiado cortés con las damas que en más de una ocasión le ofrecían una generosa sonrisa. Responder siempre con el dato exacto la interrogante de algún muchacho muy joven y llevar con orgullo las insignias de méritos en la gorra oficial.

La rutina del capitán Leroy comenzaba muy temprano cuando salía de su habitación hacia el gimnasio para hacer una hora exacta de ejercicios aeróbicos, practicar algo de esgrima los martes, nadar los lunes, miércoles y viernes y seguir con su entrenamiento en artes marciales los jueves y sábados.

Nada mejor que el duro ejercicio para complementar la rutina de estudios de astronomía que tanto le apasionaba además de las prácticas con las máquinas simuladoras de vuelo de la nave a las que conectaba el chip que llevaba inserto en el cerebelo y que tenía una delgadísima salida por detrás del pabellón de la oreja derecha.

Jean había renunciado a casi todas esas actividades para dedicarse a acompañar durante todo el día a Yuri, sea que éste estuviera despierto o dormido. Estubieran compartiendo alguna actividad en cualquier área de la nave o ya sea estando junto a él en las sesiones de regresión que continuaron cada dos días.

El capitán Leroy se había convertido en inseparable compañero del muchacho de rubios cabellos y donde quiera que él estuviese se escuchaba la voz fuerte del autonombrado “rey” de los pilotos.

Pero esa tarde por orden del comandante Cialdini, Jean dejó a Yuri con los doctores Giacometti y tuvo que dirigirse hasta la cabina de mando de la nave.

—Supongo que debes estar cansado de escuchar la vida de ese muchachito —aseguró Cialdini mientras le señalaba con la mano que tomara asiento.

—Ha sido una vida sencilla con anécdotas familiares, en especial las que ha vivido junto con su abuelo el almirante. —Jean se preguntaba si tanta amabilidad del comandante guardaba algún motivo oculto por detrás.

—Te he llamado porque por lo visto Yuri confía demasiado en ti. Es más, él solo confía en ti. —Cialdini se sentó en frente de Jean y le ofreció un cigarrillo especial, de esos que producían las cadenas de la colonia E25Acuario que se hallaba a diez años luz del Sistema.

Jean aceptó, pero lo guardó de inmediato en el bolsillo derecho de su uniforme. Luego siguió cada frase de su superior con especial interés, pero sobre todo con el cuidado de pensar muy bien en sus respuestas.

—He tratado de ayudarlo a adaptarse a nuestra época, comandante. —Jean sabía muy bien que Cialdini quería saber información sensible de Yuri y tenía un gran conflicto interno para determinar si su obligación quedaba con su superior o con el jovencito con el que había establecido una naciente amistad.

—El muchacho ya no irá a la Tierra. —Cialdini absorbió el humo del cigarro y siguió hablando—. Las altas esferas del gobierno en Venus han decidido que le darán ciudadanía y que vivirá y se reeducará en el planeta verde.

Vivir en Venus era el sueño de cada uno de los habitantes de la Tierra y de las colonias establecidas en las bases espaciales esparcidas por los seis cuadrantes más importantes de universo cercano al Sistema Solar.

Yuri contaría con ese privilegio dadas sus capacidades extraordinarias para hacer prodigios y no era raro que cuando las élites ponían el ojo en algún niño, niña o jovencito de habilidades especiales lo llevaran a vivir en el exuberante mundo que habían diseñado desde hacía setecientos años atrás.

—Supongo que será una gran noticia para Yuri. —Jean había dicho esas palabras casi sin pensar y cuando las terminó sintió que un incómodo dolor mudo se establecía en un pequeño punto de su corazón. No supo definir si era tristeza por saber que en unos meses más no volvería a ver al joven terco de ojos verdes jade o porque él había logrado en tan corto tiempo aquello que a Jean le tomaría la mitad de su vida y sin llegar a tener la ciudadanía.

—Alguien también deberá alistar sus papeles para vivir en Venus. —Cialdini sonrió y apuntó con sus dedos índice y medio juntos a Jean—. Ese gato es demasiado huraño y necesitará un mediador y al parecer te ha elegido a ti como su humano.

Ambos rieron con la acertada descripción.

Luego Jean se quedó mirando uno de los botones dorados del uniforme del comandante que brillaba con la luz de la lámpara que pendía del techo y se mantuvo en silencio durante un tiempo, pensando si esa era la manera cómo le hubiera gustado llegar o si hubiera sido mejor tomarse ese tiempo que había calculado y hacerlo por cuenta propia.

—Pensé que mostrarías más entusiasmo con esta noticia Jean. —Cialdini no pasó por alto el gesto que Jean había mostrado en esos últimos segundos—. ¿Qué sucede? ¿No quieres ir a Venus?

—Por supuesto que sí, comandante solo que… no pensé que llegaría ese momento con tanta rapidez, ya sabe me preparaba para conquistar el universo con mi propia nave y luego retirarme a vivir plácidamente en el planeta verde. —Jean sonrió porque notó la intensión de sus propias palabras y con cierto temor notó que tal vez lo de Venus era solo una utopía que no quería en verdad alcanzar.

—Si deseas puedo nombrar a otra persona para que acompañe al joven Plisetsky o tal vez hasta yo mismo me proponga retirarme anticipadamente para cuidar de él y reinsertarlo en la sociedad venusina. —Cialdini solo estaba presionando, él jamás iría a vivir a Venus porque sabía muy bien que jamás sería aceptado por sus rancios habitantes y nunca encajaría en esa sociedad, quedando solo y aislado en sus últimos días. Prefería una buena pensión vitalicia que la pudiese gastar donde quisiera y con quien quisiera.

—No, si esta es mi oportunidad para conocer Venus y hacerme de un espacio allí no la voy a desperdiciar, señor. —Jean tampoco era tonto. No dejaría pasar un evento tan importante en su vida—. ¿En qué consistirá mi labor allá?

Cialdini le informó que debía acompañar a Yuri por un tiempo, para que el joven no se sintiera solo. Que como sería sometido a una serie de revisiones hasta que lograse recordar el evento del Atlantis necesitaría ayuda y alguien con quien conversar.

Tendría que ayudarlo hasta que el muchacho pudiera encontrar un sentido a su vida y a la vez pudiera valerse por sí mismo. También podría estudiar alguna carrera afín a la suya para revalidar su título o hasta podría ingresar a la fuerza aérea especial y con sus cualidades Cialdini le aseguró que sí lo iba a lograr.

Jean supo que el panorama no pintaba tan extraño como lo imaginó al inicio y se dijo que esas no eran tareas complicadas. Además, acompañar a Yuri no era ningún sacrificio ni esfuerzo pues obviando el mal carácter y la forma tan horrible que tenía de expresarse, era un chico muy agradable, lleno de vida y además era un prodigio al que quería seguir conociendo más.

Cialdini dio por concluida la conversación y Jean retornó al área médica a recoger a Yuri que seguramente estaría de mal humor y llenando de maldiciones a los doctores Giacometti. Caminó más ufano y feliz que cuando llegó al área de mando del Rescate Amstrong dispuesto a comentarle a Yuri la excelente noticia que acababa de recibir.


Hacía quince minutos que Yuri había despertado y los doctores Giacometti se encontraba tomando café esperando la llegada del capitán Leroy. En verdad estaban hartos que Yuri les dijera que eran unas simples marionetas de sistema y no las eminencias que ellos creían ser.

Esas palabras les resultaban en extremo dolorosas porque llevaban dentro de sí la más abierta y áspera realidad que hería sus egos y los sometía a un cuestionamiento de sus propias existencias, pues desde que Yuri les habló de sus miedos y sus anhelos profundos que dejaron de lado para convertirse en exitosos profesionales de la salud integral del ser humano, comenzaron a ver cómo se formaba una pequeña grieta en su inalterable y exitoso estilo de vida.

—Un ingreso promedio por proyecto de ciento veinte mil enmios y las regalías por sus trabajos es un ingreso envidiable, cualquier hijo de puta en la tierra mataría por tener lo que ustedes tienen. —Yuri terminaba de cambiarse y solo faltaba que se pusiera la delgada remera de neofreno color roja—. ¿Pero saben cuánto ganan los malditos bastardos de Venus con la aplicación de sus investigaciones? —Yuri sonrió al ver los ojos de ambos doctores achicarse ante la información—. Mi abuelo estimó en ese entonces que, si un científico de renombre tenía un ingreso de mil, un comerciante de la vida y la salud tenía un ingreso de mil millones sin haber estudiado durante tantos años y sin haber tenido ni una sola noche de insomnio o correr el riesgo de contraer alguna enfermedad investigada. Esa es vuestra realidad, ustedes y yo somos simples ratas de laboratorio y ellos son los que ven cómo nos movemos en los laberintos que crean a diario.

—Así es la sociedad y no podemos cambiarla. —Chris miraba su equipo de información buscando cualquier cosa en él como si lo que dijera Yuri no le importara—. Además, pequeño, no vivimos mal y gozamos de reconocimiento en todo el Sistema.

—Qué patéticos. —Yuri hizo una gran mueca con los labios y también deseó estar fuera del lugar—. Jamás pondría precio a mi libertad.

—Perdón doctores, pero la charla con el comandante se extendió. —Jean tuvo que intervenir de inmediato al notar el rostro enrojecido del doctor Christophe—. Espero que Yuri no les haya dado mucha lata y si es así me disculpo por él.

—Cállate idiota, si a estos jamelgos no se les dice la verdad jamás van a reaccionar. —Yuri se puso en pie y volvió a sentarse, los mareos eran la peor parte del tratamiento al que era sometido.

—¡Llévatelo ya! —El doctor Masumi que por lo general era el más sereno y paciente de los dos tampoco pudo soportar las palabras crueles de Yuri—. Aunque me temo que seguirá volviendo porque esta rata de laboratorio no pudo recordar.

Jean tomó del brazo a Yuri y lo sujetó con cuidado hasta llegar a la puerta donde Yuri se detuvo un momento y sin voltear la vista hacia los doctores Giacometti les dijo con absoluta seriedad.

—Ustedes son magníficos profesionales… si no estuvieran tan sometidos al régimen serían excelentes seres humanos. —Avanzó un paso más y cuando la puerta automática se abrió complementó—. Solo no pierdan ese amor inmenso que se tienen.

Todos quedaron en silencio y tanto Jean como la pareja de doctores sintieron que sus corazones dieron un vuelco completo. La semilla de la duda había llegado a ellos para inflamarlos y llenarlos de cuestionamientos que jamás en su vida habrían pensado elaborar.

Al llegar al dormitorio Jean como siempre acompañó a un Yuri mareado y con las pupilas dilatadas al baño, lo ayudó a tomar una ducha y a cambiarse para entrar en la cama a descansar.

Cuando terminó el alegre ritual en el que el capitán le contó algunos chismes de la tripulación y le comentó cómo había evitado que la teniente Linda Owens cayera al suelo con una ruma de documentos por lo que se ganó una gran marca de lápiz labial en la mejilla, Jean por fin le comentó que ambos viajarían a Venus a vivir entre la gente privilegiada, en un lugar muy bonito y sacó el folleto del departamento que ocuparían hasta que ambos decidieran qué hacer con sus vidas.

Yuri observó los espacios internos y los externos que rodeaban la zona donde se instalarían. Era un lugar ideal, lleno de aquellos parques y flores que ya no existían en la tierra y donde podían encontrar algunas especies de aves insertadas con éxito por los biólogos.

—Es un hermoso lugar —comentó Yuri sin mucho afán mientras sus repasaba con los dedos las imágenes proyectadas por la pulsera del capitán—. Pero si este es el precio que tengo que pagar por perder mi libertad… prefiero vivir otra vez en Moscú, enterrado en el subsuelo como cuando era un niño pequeño.

—Yuri es una gran oportunidad. Estando allá podrías hablar de todo lo que me hablas por las noches y tal vez la gente de Venus, más cultivada podría ser receptiva a tus grandes ideales. —Jean sentía que las palabras de Yuri eran capaces de amoldar los corazones más duros.

—¿Y tú qué ganarías Jean? —Yuri lo miró con pena y fue la primera vez que trató de ahondar en el alma del piloto a través de sus ojos.

—Primero conocer más de lo que tú dices y luego… no sé ya veré cuando estemos allá. —Jean sonrió, pero una gran sombra de duda nubló el brillo de sus ojos.

—Jean… no he venido a convencer a la gente de esas cualidades que me fue dadas en el Atlantis, solo quería que alguien pudiera heredarla para que no se pierda porque es información vital. —Los ojos de Yuri comenzaron a brillar anticipando las lágrimas que se formaban en el centro de su pecho—. Si en la Tierra somos marionetas, en Venus seremos peor que ratas de laboratorio.

—Yuri allá te espera un tratamiento adecuado para que puedas recordar y luego serás libre de hacer lo que quieras. —Jean no podía entender al joven, cómo podía haber alguien que se negase a vivir con la gente más culta, preparada y destacada de la humanidad—. Venus nos ha dado una sociedad justa, libre de delincuencia, libre de guerras, nos ha permitido llevar adelante nuestras vidas de acuerdo a nuestras capacidades y nos da a diario la posibilidad del conocimiento. Si no podemos vivir todos allá es solo porque no debemos alterar el orden natural del planeta con una sobrepoblación que lo destruiría como fue con la Tierra. Además, ellos están esforzándose para que encontremos un lugar adecuado donde migrar y dejar nuestro difícil mundo atrás.

—¿Desde hace cuánto tiempo lo hacen Jean? —Yuri contenía sus lágrimas, le era tan penoso ver a un joven orgulloso y tan inteligente como su compañero de cuarto repetir los discursos elaborados por la élite—. ¿Qué pensarías si te dijera que hace mucho tiempo ya descubrieron por lo menos dos mundos cercanos al sistema donde los habitantes de la Tierra pueden migrar?

Jean se quedó en silencio mirando con gran asombro al muchacho. Y no quiso interrumpir su explicación.

—Mi abuelo me contó que cuando era joven había participado en una de esas expediciones, pero que la élite nunca dijo nada y que todos los miembros de su unidad de exploración o habían sido comprados o fueron amenazados de muerte para que no dijeran nada y te estoy hablando que eso sucedió hace ciento cincuenta años. —Yuri tenía la voz quebrada—. Jean no dijeron nada porque esos hijos de perra necesitan de esclavos, de ratas de laboratorio todo el tiempo. Si ellos nos dejan libres pierden sus privilegios, porque ¿ante quién serán superiores y a quienes podrían explotar?

—Vivimos una buena vida…

—No, esa es una vida programada por la inteligencia artificial que ellos han programado a su vez y que mantiene el status quo eterno para que vivamos engañados por una pseudo sociedad perfecta y por una ciencia que se considera inequívoca siempre y cuando sus resultados estén a favor de mantener a la élite en el poder.

—Pero Yuri tú podría romper con esos paradigmas. —Jean estaba convencido que Yuri tenía a su favor el poder de lo espiritual, aquello que había perdido la humanidad.

—Me matarían y si tú me sigues te matarían también. —Las lágrimas de Yuri no se hicieron esperar más—. Esa gente de mierda jamás dejará que diga la verdad porque todo lo que hasta ahora he compartido contigo es solo un pequeño pedacito de todo aquello que sé y tienes que creerme… todo lo que sé, va en contra de aquellas vacas sagradas en las que ellos han gobernado hasta hoy.

—Yuri… —Por primera vez el capitán Leroy no tenía idea de cómo podía resolver esa situación. Solo se limitó a recibir las lágrimas de Yuri con sus grandes y bronceadas manos.

—Si voy a perder mi vida no deseo que sea en un lugar lleno de oscuridad. —Yuri parecía augurar una vida miserable en el mejor lugar del Sistema—. Si voy a dejar la materia es mejor que sea en lugar lleno de luz y de verdad, sin perder mi dignidad ni mi libertad.

—¿Y dónde queda ese lugar Yuri? —Con temor Jean creyó adivinar la respuesta y no se equivocó.

—Ayúdame a retornar al Atlantis, Jean. —Yuri se convenció que el único ser en quien podía confiar en esa nave y en todo el universo era el capitán Jean Jacques Leroy.

Un piloto exitoso, un hombre joven que estudiaba con ahínco las leyes del universo y que se mostraba bastante alegre, algo egocéntrico, muy confiado en sí mismo, ligeramente arrogante; pero que en el fondo había demostrado ser un hombre de ley y de palabra y hasta momento un buen compañero.

Yuri rechazó el abrazo que Jean quiso darle y se acomodó sobre la almohada tratando de calmar el llanto fruto de la desesperanza. Poco a poco fue entregándose al sueño sintiendo cómo las manos cálidas del piloto lo reconfortaban cuando repasaban con suavidad sus largos mechones dorados.

Cuando Yuri se quedó dormido, Jean se volcó a su placa de información para revisar los informes sobre los descubrimientos de planetas habitables. Informes que tenían el carácter de clasificados y a los cuales él podría acceder con cierta facilidad porque conocía bien los caminos para engañar un poco a la gran mente IARIS que controlaba cada paso y cada palabra de los habitantes del Sistema Solar.

Tres horas después comprobó que Yuri había dicho la verdad.

Notas de autor:

Quiero agradecer como siempre vuestras lecturas y vuestro apoyo. Y espero vuestras preguntas y comentarios.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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