Retorno a Atlantis 7


La razón y la magia

Yuri no podía evitar que las autoridades de la nave dispusieran la revisión minuciosa de su estado de salud; pero su corazón no le mentía cuando le decía en secreto que, bajo la tela de la preocupación por su estado, esa gente escondía el deseo de conocer el proceso mediante el cual él podía lograr hacer cosas imposibles.

Detener una tormenta espacial era un acto de podre supremo; pero para esos hombres y mujeres regidos por la ciencia y la lógica, no existía la mínima posibilidad que un joven común y corriente, anónimo, con estudios técnicos y vulgar pudiera ser capaz de hacer lo que hizo, así hubiera salvado con su acto la vida de más de doscientos tripulantes.

Yuri se limitó a decir que no existían palabras para describir lo que había sucedido; pero sí fue muy enfático cuando señaló que no fue él y su poder oculto, quien apaciguara la furia de las estrellas, sino que fueron ellas mismas las que calmaron su actividad cuando él pudo hablar con sus espíritus.

—Me crees loco o imbécil. —Cialdini no estaba dispuesto a soportar las vagas explicaciones que presentaba el muchachito y mucho menos su sonrisa socarrona que acompañaba sus palabras—. Es importante para todos saber qué sucede en ti para que ocurran estos fenómenos, si existe una ligazón entre lo que hemos vivido todos y tu presencia en esta nave o si solo es una coincidencia.

—Y sus máquinas de porquería van a determinar eso supongo. —Yuri observaba el conjunto de aparatos biotécnicos que dispuestos en el área médica esperaban por él—. Tiene razón Cialdini, yo también quiero saber qué mierda me pasa porque no puedo entender ese flujo de emociones que siento en mi jodido corazón cada vez que tengo que ayudarlo a usted y sus estúpidos subordinados.

—Doctor Giacometti es imposible hablar con este salvaje. —Cialdini le dio las espaldas y se dirigió a la salida del área médica—. Apliquemos las regresiones y conectemos sus pensamientos a la base central de la nave, así podremos apreciar qué fue lo que este malcriado observó antes de entrar a la cabina de hibernación.

—Si me disculpa comandante, pero no creo que sea necesario conectar al muchacho. —El doctor Christophe Giacometti conocía bien los riesgos de una intervención en el cerebro por mínima que esta fuera—. Profundizaré en las regresiones de tal forma que el paciente pueda recrear en forma minuciosa sus experiencias dentro del Atlantis.

Cialdini no dijo nada más y desapareció por la puerta del centro médico de la nave. Al quedarse solos con Yuri los doctores Giacometti, se acercaron al paciente y sentados a sus costados comenzaron una charla cualquiera para vencer la rigidez que se había generado en el ambiente con la presencia del comandante.

Yuri ataviado en un traje blanco de neofreno pidió la presencia del capitán Leroy.

—No confío en dos lacayos del sistema como ustedes —les dijo enfatizando su voz—. Necesito que alguien más sea testigo para que no me hagan alguna porquería en mi cabeza mientras duermo.

—Y supongo que ese alguien es el carismático capitán Leroy —afirmó Chris dirigiendo su rostro hacia la asistente IA que preparaba el ambiente para que Yuri pudiera relajarse.

Tras ser convocado por la voz de la asistente, Jean que, se encontraba muy cerca del área médica, se presentó en la sala de tratamiento neural y tomó asiento frente a la mullida cama de regresiones donde Yuri esperaba recostado.

Durante las tres extenuantes horas que duró la sesión de hipnosis, Yuri recordó su primera infancia, habían retrocedido hasta una edad temprana. Sus seis años, cuando su abuelo decidió asumir el mando del Atlantis y él tuvo que quedarse con su madre en un departamento de lujo enclavado en una de las ciudades más poblada de la Tierra, Moscú.

Yuri se había acostumbrado a vivir con su abuelo y se había acostumbrado a la ausencia de su madre. Por ese motivo, quedarse a vivir con ella fue una experiencia tan traumática para el pequeño, que no pudo resistir por mucho tiempo la vida agitada de una cantante que priorizaba las presentaciones en locales exclusivos y los conciertos en lugares públicos, antes que vivir con su pequeño.

De pronto Yuri se vio rodeado de gente extraña que entraba y salía del departamento de Ivanna Plisetskaya, a cualquier hora y por más que las nanas que había contratado para él cumplían muy bien con su trabajo, el niño se sentía solo y muy triste.

Yuri enfermó. El estrés que a diario vivía le produjo una gran baja en sus defensas y lo que empezó con una pequeña tos derivó pronto en un insoportable síndrome asmático que demandaba continuos viajes a la sala de emergencias. Ivanna no sabía qué hacer con Yuri, en verdad nunca supo qué hacer con el pequeño.

Enterado del grave problema, el almirante Nicolai Plisetsky, padre de Ivanna; pidió un permiso especial para que su nieto lo acompañase en sus largas travesías. La oficina que se encargaba del bienestar de los menores de la Tierra otorgó el permiso y Yuri recordó que el día que su abuelo llegó al hospital a llevarlo con él hacia el espacio, fue el día más feliz de su vida.

Cuando vio la figura de su abuelo, sus ojos caídos, su espesa barba y su uniforme militar, el pequeño Yuri corrió a sus brazos y no lo soltó jamás.

El abuelo contrató un tutor para que se ocupara de la educación de Yuri y junto con un asistente cognitivo de IA recién salido de fábrica, garantizó el derecho de su nieto a recibir educación como si estuviera inscrito en los mejores centros de aprendizaje de la Tierra.


Durante unos minutos los doctores Giacometti callaron y se miraron con cierta nostalgia. Dejaron que Yuri termine de llorar como si fuera un niño de seis años que se encontraba con su amado abuelo después de dos años de separación y le reclama que no lo deje nunca más.

—Yuri ahora quiero que te ubiques en el Atlantis y que regreses al mes de mayo del 3020. —Christophe le hablaba de manera pausada esperando recuperar al Yuri de la actualidad y guiarlo a los momentos previos a la desaparición de la nave—. Han notado una extraña turbulencia y la nave acaba de quedar a la deriva, tu abuelo está hablando con los oficiales a cargo de los motores para que salgan a revisarlos. ¿Qué estás haciendo tú?

—El abuelo envía a diez hombres a revisar el rotor principal de la nave. Está escuchando sus voces y les pregunta por los engranajes y las líneas de alimentación. Ellos dicen que todo está bien, que todo funciona a la perfección. Mi abuelo no entiende por qué entonces la nave no avanza. Yo lo miro, él está muy preocupado, lo puedo notar, tiene las cejas muy juntas. —Yuri calló de inmediato y sus labios se movían sin que pudiera decir una palabra.

—Yuri qué sucede… Yuri tú puedes hablar aquí, no te encuentras en la nave, estás aquí. —El doctor Masumi no esperó más para tratar de alejarlo de sí mismo, quería que Yuri viera la escena de lejos y la describiera—. Yuri ¿qué te ocurre? Dinos qué ves.

Esa escena ya había sucedido antes, Yuri solo movía los labios y luego su rostro se transformaba como si estuviera contemplando algo espléndido frente a él.

—No hay sonido… todo está sumergido en un profundo silencio. —Los ojos de Yuri se movían de un lado a otro con gran velocidad por debajo de sus azulados párpados—. ¡Mierda! ¡Ni siquiera puedo escuchar mis pensamientos!

Yuri calló y por más que ambos doctores le preguntaron no volvió a decir una sola palabra, sus labios se quedaron estáticos al igual que la expresión en su rostro y como si una gran muralla protegiera sus recuerdos, no hubo más respuesta que su agitada respiración y su expresión de completa felicidad.

Esta vez volver en sí había sido más difícil porque Yuri parecía no escuchar a los doctores cuando lo llamaban hacia el estado de consciencia y por un momento ambos expertos se preocuparon demasiado. Jean Jacques notó los afanes de ambos doctores y se acercó a Yuri, se puso de cuclillas junto a su camilla y como si estuviera contando un secreto se acercó a su oído izquierdo y con calma le habló.

—Yuri… por favor. Te estoy esperando, me debes una partida de póker. —El agradable tono de voz con el que el capitán Leroy le hablaba parecía estar dando resultados—. ¿Lo has olvidado?

Yuri cambió de expresión casi de inmediato y abrió los ojos varias veces hasta acostumbrarse a la luz de las lámparas que iluminaban directamente su rostro.

—Yuri no pudimos escuchar lo que decías, claro que las cámaras filmaron tus labios para interpretar tus palabras, pero nos gustaría saber si recuerdas algo después que se produjo ese problema de sonido en la nave. —Masumi era quien más trataba de ganarse la confianza de Yuri, pero por más que se esforzaba no lo podía lograrlo.

—No puedo describirlo, es maravilloso, es escuchar lo que dice el universo. —Yuri intentaba esforzarse para explicar su experiencia, como no sucedió en sesiones anteriores.

—¿Quieres decir que hablabas con el universo? —Masumi sentía cierta fascinación por las respuestas que daba Yuri—. ¿Qué le decías o qué te decía él?

—No recuerdo… no, sí recuerdo, pero… no hay palabras. —Yuri tenía las pupilas dilatadas. La pequeña dosis de calmantes que le introducían en el cuerpo durante la sesión tenía efectos cada vez más prolongados en él.

—Yuri desaparecieron casi trescientas personas en el Atlantis, no tenemos ni sus cuerpos para investigar ¿No crees que tienes el deber de decirnos qué sucedió con ellos?, eres el único nexo para que sepamos la verdad y para que podamos enviar una expedición que devuelva una nave oficial al sistema. —Chris ya se había cansado de escuchar la misma respuesta y necesitaba saber, tenía el gran deseo de conocer una respuesta lógica y coherente para los hechos de la nave y para los fenómenos que le atribuían al joven—. Si crees que vamos a seguir tu juego estás equivocado, no me interesa si eres un demente o eres un iluminado, lo único que quiero es una respuesta que sea lógica, que pueda darnos un punto de partida para seguir investigando. Y no la estás dando, estás ocultando los hechos y encubriendo una verdad.

Yuri se sentó a la orilla de la cama. Sentía que la cabeza se tiraba para atrás y quería salir de ese lugar, quería alejarse de la presencia de tan arrogante hombre que cuestionaba su única verdad. Juntó todo el enojo que nacía en su corazón y tras mirar con furia los claros ojos verdes del médico de la región alpina cuestionó.

—¿La verdad? —Rio con ironía—. Hay seiscientos millones de habitantes en la tierra, hay seiscientos millones de verdades en ellos. —Aclaró la flema de su garganta e hizo el intento vano de ponerse en pie—. Yo solo soy estoy dando un testimonio para que entiendan que cada ser humano es único en el universo. Somos muy insignificantes y el universo nos mira con indiferencia y nuestro paso por la historia no es nada, nuestros dramas y nuestras glorias no son más que polvo estelar.

»A nadie le va a importar dentro de mil años que ustedes hayan sido escogidos para este proyecto. Nadie va a preguntar si fueron exitosos o si fueron felices, ahora mismo de los seiscientos millones de habitantes del planeta, ustedes son importantes solo para un grupúsculo pequeño que lo único que desean es que les den resultados para que ellos vivan bien y tal vez para sentirse orgullosos de sus filiaciones y parentescos; pero en verdad no somos nada y ustedes tampoco.

»Y aún así siendo tan insignificantes, somos únicos y perfectos y ustedes científicos lo único que quieren es normar una expresión particular y convertirla en ley para luego elaborar un proceso.

»Buscan afuera las respuestas cuando todas ellas se encuentran adentro, no se han permitido desde hace mil años formular las preguntas correctas. Hemos perdido la magia de ser seres únicos y especiales, todos somos iguales y caminamos al mismo ritmo; hemos dejado de creer en la magia que existe en el universo y solo queremos creen en las estadísticas, en las fórmulas, en los números y en los procesos. Procesos, todos son procesos.

»Hemos perdido la fe y actuamos solo por la razón y la razón es tan fría y calculadora que nos reduce a simples entes vivientes y nos ha quitado la herencia del espíritu infinito.

—¿Quieres decir que debemos creer en un dios creador que hace lo que quiere de nosotros y determina nuestros destinos? —Chris no quería dar su brazo a torcer, no iba a perder esa discusión y mucho menos con un muchachito que solo era un piloto comercial.

—No hablo de un dios caprichoso y colérico, hablo de lo espiritual y solo sé que debemos creer en nosotros mismos y en nuestra voz interior.

—¿Para hablar con el universo? —Chris sonrió en forma de burla.

—Sí, para hablar con el universo y para pedirle a los espíritus de las estrellas que por favor paren por un tiempo su alegría inmensa y nos dejen pasar frente a ellas. —Yuri dejó de lado su mirada agresiva y continuó—. Pero también debemos creer en nosotros mismos para enfrentar a un régimen absolutista y corrupto que los obliga a reprimir sus deseos de tener hijos, argumentando que la ciencia ha comprobado que los niños deben vivir solo en un hogar constituido por un hombre y una mujer.

»¿Hace cuanto tiempo que esos datos no se cuestiona?. Esa investigación se ha transformado en un dogma y nadie se atreve a pedir su revisión. Y mientras tanto parejas de hombres como ustedes dos tienen que sufrir en silencio y matar su amor paternal por el bien de la humanidad, solo porque el renombrado Arthur Collin Mayer dijo que había comprobado a través de un análisis neuronal un comportamiento que encarna un sentimiento.

»¿Cuántas veces ha llorado su destino doctor Masumi sabiendo que jamás su semilla podrá dar frutos? ¿Cómo le tembló la mano cuando firmó su testamento a favor de un sobrino lejano, doctor Giacometti? ¿Y ese sufrimiento cómo lo mide la ciencia?

»Los sentimientos no pueden medirse, los deseos tampoco. Los hombres y las mujeres debemos ser libres de ir por los caminos que queramos, somos libres de equivocarnos, somos libres de decidir qué debemos estudiar y no dejar que las máquinas controladas por sistemas a la medida de la élite de Venus nos digan qué hacer, que decir, qué pensar, qué soñar y quien amar.

»Somos libres de arruinar nuestras vidas y somos libres de escuchar la voz del universo y conversar con los átomos o con las estrellas.

La sensación de picor en la garganta provocó tos continua en Yuri y harto de seguir en ese laboratorio mental se puso en pie, sin importarle que la nave completa se moviera a su alrededor y que le fuera tan difícil dar un paso.

Jean le ofreció su fuerte brazo y en silencio ambos salieron del laboratorio, Jean caminaba con gran lentitud mientras lo llevaba a la habitación. Pero al pasar por el balcón del segundo nivel donde podía verse el calmo universo y sus colores, Yuri le pidió que lo dejara ver las estrellas.

Jean Jacques se quedó junto a él en absoluto silencio, meditando sobre cada uno de las frases que Yuri dijo al matrimonio Giacometti. Se preguntaba cómo ese chiquillo pudo saber una verdad tan íntima si ambos científicos nunca revelaron sus pensamientos sobre la paternidad.

Pero también se puso a pensar en esa respuesta que sonaba increíble. Miró a Yuri y se preguntó si estaba hablando con el universo en ese momento.

—¿Qué? ¿Tú también me vas a decir que estoy desquiciado? —Yuri siguió mirando por la ventana.

—¿Qué te dice el universo en este momento? —Jean quería creerle, no podía ser que un prodigioso hombre como lo era Yuri fuera una farsa o un loco.

—Que mi panza está vacía y debo llenarla. —Yuri miró a Jean con cierta desconfianza y luego de observar sus ojos de sorpresa corrigió su dura actitud—. Me dice que su único motivo es el amor.

—El amor… no entiendo ¿el universo ama? —Las explicaciones de Yuri le parecían algo más que locos inventos, pero quería saber más y por eso se quedó mirándolo con ternura.

—Las estrellas brillan hasta morir por amor, el éter permite la expansión del universo por amor, las flores que nacen en ese lejano planeta que han descubierto hace poco abren sus pétalos a la luz por amor. —El rostro de Yuri parecía brillar y sus músculos relajados proporcionaban una imagen celestial—. Esa nube cósmica que ves allá a lo lejos se esparce repartiendo su gran energía por amor. Por amor los planetas albergan vida un tiempo y luego se desvanecen, por amor las galaxias se entregan al misterio de los agujeros negros y por amor nacen nuevas estrellas en cualquier punto del universo.

—Yuri ¿es ese amor el mismo que sentimos los hombres? —Jean tenía el pecho apretado y no sabía si estaba más lleno de dudas o más lleno de alegría.

—Es el mismo, Jean. —Yuri suspiró y le mostró una mirada de niño—. Solo que a veces nosotros lo cubrimos con nuestro egoísmo.

—Yo quisiera entender bien lo que dices, pero no sé tal vez ese es mi límite y no puedo, por primera vez JJ no puede con algo. —Jean sonrió tristemente.

—No es necesario que entiendas al amor. Es como tratar de entender quién eres en verdad. —Yuri estiró la mano pidiendo de nuevo su ayuda y Jean fue una vez más su bastón—. Solo eres y punto. Solo amas y nada más.

—¿Y tú amaste a alguien antes de…

—Amé y amo a mi abuelo, pero si me preguntas si amé a una pareja… no lo sé porque una cosa es el deseo de follar con alguien y otra el amor. —Yuri caminaba arrastrando los pies pues sentía las piernas adormecidas—. ¿Y tú?

—Je, tuve muchas chicas, pero solo una mereció mi amor. —Jean sintió por primera vez que no quería jactarse de ese romance como lo hizo en otras oportunidades, con Yuri no era necesario fingir.

—¿Qué pasó?

—Me rechazó y… después quedamos como buenos amigos.

—¿Aún la amas?

—No, ya no.

Ambos llegaron al dormitorio y Jean acompañó a Yuri para que tomase un baño mientras los dos discutían cuál sería el menú que ordenarían para la cena. Solo Jean tenía permiso de comer en el dormitorio junto con Yuri cuando éste era sometido a los escrutinios mentales de los doctores Giacometti.

Tras la cena Yuri se sintió cansado y tuvieron que dejar la partida de póker para otro momento. Pero siguieron conversando sobre las estrellas y el universo y el amor, recordando a sus seres queridos y coincidiendo ambos que les gustaría encontrar alguien especial a quien amar.

Yuri se enteró que la chica ideal de Jean debía tener el cabello castaño y lacio, Jean supo que a Yuri le gustaban los chicos altos y rudos. Ambos rieron al recordar su primer beso, el de Jean fue cuando tenía trece años y una compañerita de la escuela le pidió que la besara, él lo hizo y de inmediato un chico más grande le dio un buen golpe por besar a su chica favorita.

—Hasta ahora me duele —confesó.

Yuri recordó que besó por primera vez a una chica en una fiesta de cumpleaños y que no le gustó porque la niña le mordió y la primera vez que besó a un chico fue en la academia de pilotos, era un chico japonés con un extraño mechón rojo que luego del beso tuvo que correr a la enfermería porque le dio hemorragia nasal.

Los dos siguieron riendo y conversando hasta que Yuri se quedó dormido y Jean bajó de su litera para arroparlo y desearle un buen sueño.

Luego se quedó pensando en la voz de las estrellas y cerró los ojos para ver si podía escucharlas.  

Notas de autor:

Me siento feliz por volver a publicar en el blog y por recibir vuestro apoyo. Ahora sí que Yuri llamó la atención de todos y por ese motivo desean estudiarlo más. ¿Cuán peligroso se volverá el viaje para él y que le espera a su llegada al Sistema Solar?

El siguiente lunes nos volvemos a encontrar.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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