Retorno a Atlantis 6


El inicio de la tormenta

El hombre dice que conquistó el espacio y se jacta nombrando las hazañas que numerosos valientes y mártires realizaron en nombre de la conquista celestial. El hombre ha hecho suyo el reino de los cielos y ha desplazado a los dioses. El hombre es su propio dios, solo que… unos pocos, muy pocos siguen teniendo el privilegio de gobernar sobre los demás.

Yuri abrió sus cansados párpados, había dormido por muchas horas en un intento por recuperar el equilibrio de su cuerpo y la quietud de su alma.

No entendía por qué no lo entendían.

Si no recordaba ningún suceso del Atlantis, si él tal vez estuvo dormido durante el proceso que llevó a la muerte o desaparición de sus tripulantes, por qué insistían en buscar en sus memorias perdidas la verdad de los hechos.

Qué le importaba al hombre común y corriente lo que había sucedido a millones de años luz de distancia del moribundo planeta Tierra. Al hombre que dentro de un elegante traje gris cruzaba el pabellón principal del Congreso en Venus, qué podía importarle si los últimos momentos de vida de una pequeña tripulación habían sido angustiantes o tranquilos.

Qué interés podía tener el jefe supremo del gobierno en una nave que provocaba la muerte y qué podía mover los sentidos de una mujer llena de lujos y que extendía su vida más allá de los límites en las cámaras de conservación de Marte si las mujeres del Atlantis decidieron entregar el cuerpo y el alma a lo desconocido.

Qué podía revelar él si los hombres y las mujeres creían solo en lo que veían sus ojos, en la ciencia que tenía respuesta para todo. Cómo podía conmover sus corazones si su fe estaba puesta en la gran capacidad de las máquinas que parecían ser más conscientes que los propios humanos.

Yuri sintió la sacudida por segunda vez y la delgadísima voz de su mente le dijo que la nave estaba atravesando una tormenta estelar y por ello se movía con violencia y su dura coraza del casco parecía crujir como el maderamen de un antiguo galeón.

Yuri hubiera permanecido inmune a cualquier peligro, tendido en la delgada litera de la habitación de ese navío oficial del gobierno sin importarle que la nave estuviera en peligro de quedar aislada o destruida. Nada le importaba porque nadie le esperaba en la Tierra, ya no tenía un hogar, ni familia, ni amigos a los cuales extrañar o abrazar a su llegada.

Pero la voz y la fuerte mano del capitán Leroy lo sacaron de su ensueño mortal y lo halaron hacia el exterior de esa habitación.

—La tormenta está excediendo la resistencia de la nave. —Jean intentaba mantenerse calmado para no alarmar a Yuri; sin embargo, él se encontraba más tranquilo que el capitán—. Si las cosas siguen así deberemos abandonar el Amstrong y aventurarnos a resistir en naves más pequeñas hasta ser rescatados.

En teoría podían hacerlo, algo más de cien naves saldrían de la gran plataforma del acorazado y quedarían a la deriva en el espacio, enviando su señal de auxilio. Dentro de ellas dos o tres tripulantes quedarían dormidos bajo los sistemas de animación suspendida y a la espera de ser encontrados por alguna nave de rescate.

—Y la otra opción es… —Yuri miraba cómo Jean tomaba su mano, cómo la sujetaba con fuerza sin apretar demasiado—. ¿Hay otra opción?

—Evadir la tormenta, pero estamos en medio y como no existe un arriba o un abajo tal vez no podremos salir de este lío. —Jean apretó el paso obligando a Yuri a correr un poco, quería llegar a tiempo al hangar de expulsión de las naves.

El caos y la confusión reinaban entre los tripulantes, sus órdenes a gritos, sus gestos de desesperación, sus miradas que buscaban la solución inmediata, sus corazones llenos de duda y los ánimos que se daban unos a otros para no sucumbir ante el espanto coronaban esa enorme tragedia que el Amstrong estaba a punto de vivir.

Era inminente el colapso, ya no se podía evadir los fuertes oleajes de energía radioactiva que parecían vencer a la gran barrera de protección de la nave y amenazaban con rostizar los circuitos y la vida misma dentro de ella.

En un pequeño descuido por parte de Jean, Yuri logró soltar su mano y de inmediato corrió en sentido contrario a todos los agitados tripulantes de la nave que se agolpaban en el área de eyección.

Incrédulo por lo que estaba observando, Jean corrió detrás del desubicado muchachito y aunque estaba muy cerca de él, a tan solo unos diez pasos; no podía alcanzarlo porque sus compañeros de vuelo eran el peor de sus obstáculos.

La persecución se prolongó los siguientes seis o siete minutos y cuando llegaron a un área libre de presencia humana, Jean corrió a toda prisa para capturar a un Yuri que parecía buscar enardecido una puerta que lo llevase al gigantesco puente de observación de la nave. La peor área para recibir los rayos de los soles cercanos que, por algún motivo, habían alterado su usual estado de calma.

—¡Yuriiii! ¡¿Dónde vaaaaas?! —Jean observaba la manera de cortarle paso por alguna de las escaleras que asemejaban a gran un laberinto—. ¡Yuriii por favor tenemos que irnos, esto se va a quemaaaar!

—¡Sígueme tarado! —Yuri seguía abriendo puertas desesperado—. ¡Dime por donde salgo al observatorioooo!

Jean por fin logró subir las escaleras correctas y luego de posicionarse sobre el lugar donde se encontraba Yuri de un solo salto bajó hasta donde él estaba. Lo halló jalando el manubrio de una puerta que llevaba a un almacén de armas y lo detuvo apretando su mano.

—¡Basta Yuri! ¡Vámonos! —Jean intentó jalar consigo al muchacho, pero éste se resistió sujetándose del manubrio de la puerta.

—¡No! ¡Carajo tengo que llegar al puto observatorio de una vez! —Yuri no se movería de ese lugar a pesar del peligro y las advertencias de la voz que sonaba en toda la nave junto con la alarma que se encendía y apagaba al mismo ritmo de las luces de emergencia—. Confía en mí Jean Jacques Leroy.

Aterrado por lo que estaba a punto de hacer Jean soltó a Yuri y lo guio hasta el elevado nivel donde se encontraba el observatorio.

Bajo su gran cúpula transparente Yuri corrió hasta el vértice más delgado del lugar, allí donde su forma elíptica hacía el giro más estrecho. Jean se aproximó a él con pasos cortos aspirando con fuerza para recuperar el aire perdido en la carrera.

Yuri elevó la mirada.

Afuera se observaba la bella nube que dibujaba la galaxia Alberta NGC1978 que parecía correr hacia el encuentro del cúmulo de estrellas del cinturón de Casilda, una nueva región espacial. Pero también se podía observar la intensa luz ámbar y azul proveniente de los soles cercanos que envolvía la nave y la sacudía con la fuerza de un titán.

A Jean se le ocurrió pensar que las seis estrellas hermanas se habían puesto de acuerdo para destruir al Amstrong. Su mirada observó la siguiente oleada que se formaba en una de las seis estrellas, la de mediano tamaño y predijo que ese choque rompería el escudo externo de protección de la nave. A Yuri y a él ya no les sería posible escapar en una pequeña unidad de supervivencia.

Recordó que, al aceptar la misión de integrar el rescate del Atlantis, él había imaginado regresar con gloria, honores y una mejor posición en el ránking de oficiales que lo acercase más a vivir en las colonias de Venus o por lo menos en las bases espaciales cercanas. Allí donde vivía la jovencita con la que todavía soñaba algunas noches. Intentaría llegar a ella y tentaría suerte probando si aún lo quería siquiera un poco.

No se había imaginado morir frente a la flama de una tormenta estelar masiva y junto a un muchacho que por momentos parecía un santo virtuoso y por momentos parecía un desquiciado.

Y era con el desquiciado, con quien estaba en ese instante, parado en el gigantesco observatorio, mirando cómo se aproximaba la muerte.

Yuri se acercó a la gruesa ventana y puso sus manos sobre ella. Sus ojos se quedaron fijos sobre el sexteto de soles que a lo lejos miraban amenazadores al pequeño Amstrong y tomó aire que, conforme fue recitando unas incomprensibles palabras, salía de su pecho en forma lenta y prolongada.

Entonces sucedió lo que Jean jamás supo explicar. Un hecho que abrió una profunda zanja en su corazón por donde la figura, las palabras, el aroma y las enseñanzas de Yuri Plisetsky ingresaron para arrebatar sus sueños, su tranquila visión del mundo, para desterrar su conformismo con la situación y para matar con el verbo todos sus egoísmos.

Las inmensas flamas de los soles cesaron y parecieron reabsorberse dentro de los cuerpos gaseosos de esos gigantes que miraban sin compasión la pequeñísima nave espacial. Los movimientos bruscos cesaron poco a poco y, en los siguientes treinta o cuarenta minutos, la estabilidad del Amstrong retornó.

Durante ese tiempo Yuri no despegó su dulce mirada, verde como el musgo y brillante como las propias estrellas, del paisaje solar que inundaba con sus refulgentes flujos las cercanías del cuadrante HI6 como habían llamado los hombres a esa parte del universo.

Todo quedó tranquilo como si una hora atrás las fuertes sacudidas y las alarmas del Amstrong no estuvieran sonando. Afuera las naves de supervivencia flotaban cercanas al gran acorazado y dentro de la nave matriz, los hombres y mujeres que todavía no habían evacuado, retornaron a sus puestos para recuperar de inmediato a los compañeros que dormían dentro de las pequeñas cápsulas.

En la estación de observación Yuri decía las últimas palabras de la que parecía ser una larguísima oración y Jean solo lo miraba como los antiguos devotos de algún culto religioso miraban la figura de sus ídolos. Con respeto y veneración.

Recordaba en ese momento que había leído un pasaje similar en la historia de aquel dios que más de mil trescientos millones de personas adoraron y consideraron como el verdadero hijo de dios.

Él también había calmado una tormenta en el mar de Galilea, cuando sus amigos desesperados lo despertaron pidiendo su ayuda.

Yuri terminó de pronunciar las ininteligibles palabras y bajó las manos que durante todo ese tiempo habían permanecido pegadas a la ventana, caminó un par de pasos hasta que su cuerpo de balanceó de un lado a otro y sus brazos apenas estirados buscaron los de Jean.

El capitán abrazó al muchacho y lo sostuvo un buen rato, bajo el cobijo de su cuerpo, intentando reanimar sus caídos hombros y devolver algo de calor a sus frías manos.

Fue un momento mágico cuando el silencio los abrazó a ambos y solo fueron conscientes del sonido de su respiración y de los latidos de sus corazones. Calmados, lejanos al peligro, deseando que ese instante jamás terminara, con los seis soles vigilando su abrazo desde el otro lado del transparente domo de la nave, con el frío piso de acero bajo sus pies, con el oscuro fondo del universo que parecía un gigante dormido sobre un lecho de menudas luciérnagas y con los ojos cerrados; Jean y Yuri entendieron que sus destinos también quedaban abrazados y que existía un buen motivo por el que ambos decidieron permanecer unidos y compartir sus días y sus noches allí, en medio de la nada y en esa nave de brillante casco azul.

La ronca voz del comandante Cialdini sonó en todos los compartimentos de la nave de rescate. El hombre estaba pasando lista de todos los tripulantes a bordo para saber a cuántos exactamente tendrían que ubicar y rescatar. Parecía estar aún conmocionado, como todos en esa nave, pues no entendían por qué la gran tormenta solar había amainado y porqué una bella calma reinaba dentro y fuera del Amstrong.

Con gran cuidado el capitán Leroy trasladó a Yuri a su habitación, envolvió sus pies con una manta adicional y cuando lo cubrió con las mantas extra que sacó el compartimento inferior de las literas, recién se sintió satisfecho.

Durante un par de minutos lo miró retorcerse bajo las cobijas y mientras el chico encontraba una posición cómoda para descansar, el capitán notó que un cálido sentimiento nacía dentro de su corazón. Un sentimiento que lo impulsaba a proteger por siempre a ese muchachito que acaba de calmar la tormenta espacial más grande que jamás hubiera visto en su vida.


—¿Por qué no respondiste a mi llamado? —Cialdini se mostraba muy enfadado y buscaba explicaciones inmediatas a todo lo ocurrido con la nave.

—Estaba trasladando a Yuri a su dormitorio, se ha sentido algo mareado… —Jean no pudo terminar de explicar el argumento que había ensayado desde que el comandante de la nave lo llamó.

—Fue él, yo sé muy bien que fue él quien calmó las cosas. —Cialdini mostraba en sus ojos el brillo de la ambición, Jean lo había visto varias veces cuando en el pasado cuando en la misma nave descubrieron tesoros importantes dentro de naves varadas y abandonadas y los repartieron entre ellos sin rendir cuentas al Comando Supremo—. Cuando despierte llévalo a los laboratorios. Debemos hacer pruebas inmediatas para saber cuáles son los mecanismos que emplea para hacer estas maravillas.

—¿No sería mejor pedirle una explicación, señor? —Jean creía ver por dónde venía la ambición de ese hombre y Yuri sería el objeto, el tesoro encontrado.

—No entiendo sus explicaciones. El chico se enreda, se pierde. —Cialdini buscó en su bolsillo la bolsa de papel con las hojas de menta que siempre masticaba pues de alguna manera sentir ese frescor le devolvía la calma—. Necesitamos saber de manera más práctica los hechos. Ese muchacho es un fenómeno, en el buen sentido de la palabra, podría hacer muchas cosas interesantes a favor del Sistema.

—Si él quiere hacerlo, señor. —Jean sintió que con una ligera punzada en su corazón su mente le daba un aviso de alerta sobre las verdaderas intenciones que podía tener Cialdini y también las intenciones que los militares o los poderosos habitantes de Venus mostrarían una vez que dejaran a Yuri con ellos.

—¿Y por qué no querría hacerlo? ¿Acaso no se preocupa por el bien de todos? —Cialdini lo miró con cierto enfado y Jean tuvo que callar su opinión para que el hombre no lo apartara de Yuri.

—Cuando Yuri despierte me encargaré de llevarlo al área médica, señor. —Jean se despidió con el puño cruzado sobre el pecho como señal de respeto y salió de la oficina del comandante de la nave.

La tormenta había cesado hacía varias horas, toda la calma del silente espacio se reflejaba en la nave, ni una puerta chirriante, ni un llamado por los altavoces, ni el sonido de los pasos de sus compañeros.

Todo era paz.

El capitán Leroy caminaba hacia su dormitorio pensando en el destino que le esperaba a Yuri cuando llegasen a la base militar que orbitaba alrededor de Júpiter, la más grande de todo el sistema. Sabía muy bien que no lo dejarían marchar hasta que revelase cada detalle sobre lo acontecido en el Atlantis y luego… tal vez lo usarían para sus propósitos de dominio y poder.

Jean siguió su camino contemplando la extraordinaria belleza del magno universo y sintiendo que dentro de su corazón comenzaba a desatarse otra gran tormenta.

Notas de autor:

Gracias por leer este fic y también por los comentarios.

Pido disculpas por no responder de inmediato, pero de todos modos devolveré vuestras comunicaciones.

Les espero el próximo lunes.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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