Tabú 10


Vladimir Zhúkov.

Todos en la escuela lo llamaban “El verdugo” y me parecía que no le molestaba el sobrenombre, por el contrario, lo disfrutaba y hacía alarde de su significado. Ante su marcial actitud todos los chicos y chicas salían huyendo, él los miraba con desprecio y se abría paso a fuerza de topes bruscos y miradas amenazantes.

Y eso no era lo peor que podía hacer “El verdugo”, cuando sus ojos se posaban en su próxima víctima no paraba de seguirlo, burlarse de algún defecto, humillarlo, golpearlo, amenazarlo y destruir sus pertenencias o apropiarse de alguna de ellas, hasta que el chico o la chica tenían que salir huyendo intentando esconder las lágrimas.

Yo lo llamaba “la máquina” y eso a él no le gustaba para nada; porque cuando se lo decía podía notar la ira en su mirada y podía sentir el efecto de su fuerza estrellarse sobre mi cuerpo ya sea en forma de un fuerte empujón con el que me estrellaba contra las paredes y muebles o en forma de zancadilla con la que me hacía caer al suelo.

Él nunca andaba solo. Pavel Zaveliev era casi su sombra, tan alto como su jefe; pero mucho más estúpido que él; le secundaba en el equipo de hockey y en todos los lugares a donde Zhúkov se dirigía. De ojos negros sobre un delgado rostro pálido y estruendosa risa, lo conocían como la flecha por la velocidad que imprimía en las jugadas. Después que vieron la velocidad que yo tenía en el hielo, Zaveliev pasó a ser otro jugador más del equipo.  

Además de “la flecha”, otro tarado que siempre verías acompañando a Zhúkov era Dmitri Korov. Dima, como le decían todos en el colegio, era un engreído hijo de mamá quien pensaba que podía comprar la luna con su dinero. De baja estatura, con ligero sobrepeso, ojos azules y rostro redondo. Su mirada obscena intimidaba a las chicas y su absurda forma de clasificar a las personas era ofensiva, de toda esa manada de engreídos era quien más clasificaba a los estudiantes del colegio.

Sus categorías se basaban en la capacidad económica, millonario – acomodado; la fuerza física, súper fuerte – debilucho; el poder que ostentaban los padres, importante – intrascendente; la belleza física, hermoso – feo – horrible y la cantidad de amigos que tenía en las redes sociales, popular – inexistente.

Yo no entraba en ninguna de sus estúpidas categorías.

Los dos simios caminaban flanqueando a “la máquina” como si fueran sus guardaespaldas, pero en verdad eran dos parásitos que vivían de las capacidades de Zhúkov. Él siempre pagaba sus cuentas en la cafetería escolar, los defendía, los sacaba de apuros económicos y los llevaba a todos lados en su vehículo. Y es que la situación económica de esos dos payasos no era tan próspera como pintaban las apariencias.  

Cuando “El verdugo” aparecía en los patios y pasillos de la escuela por lo general quienes salían huyendo eran los chicos y chicas más débiles y pequeños. Los chicos del equipo de futbol lo miraban de lejos, no faltaba aquel que lo admiraba por sus cualidades físicas e intelectuales y muchas chicas parecían hipnotizadas por el aire de suficiencia con el que se dirigía a los demás.

Vládimir Zhúkov, para mí era perfecta máquina demoledora, imponía miedo con su enorme presencia, se comía libros en sus ratos libres y representaba al colegio en cuanto evento estuviera inscrito. Cerebro y testosterona. Perfecto para desfilar junto a los regimientos en la Plaza Roja de Moscú, disciplinado y canalla.

En los debates se mostraba implacable con cualquier alumno que no estuviera bien preparado, en el gimnasio demostraba destreza y perfección, en la pista de hielo era un espartano que barría sin piedad con el palo de hockey a todos sus contrincantes. Proclive a escuchar las alabanzas de maestros y estudiantes, infalible cuando se trataba de acosar a cualquier compañero, cruel, instintivo y audaz.

Yo no me comería todo ese cuento, estaba preparado para no bajar la mirada; sabía cómo responder sus punzantes ataques y jamás podría vencerme en los estudios. Por ese motivo en los entrenamientos del equipo evitaba en lo posible quedarme al alcance de su brutal barrida para que no fuera a estrellarme contra la barrera de protección.

No siempre tuve suerte porque cuando me tocaba integrar el equipo contrario al de “la máquina” en los entrenamientos, varias veces me estrelló contra la barda de metacrilato y contra el arco. Además, varias veces sentí el agudo dolor al recibir la dureza de su stick en mis muslos

Ese tipo era un verdadero jamelgo y Popovich solo lo amonestaba en forma leve y dejaba pasar su ferocidad y aunque él trataba a los chicos del bando oponente como un costal de papas todos los días, yo había jurado que nunca me tocaría como lo hacía con ellos, que no me sentiría humillado frente a sus comentarios ácidos y jamás me vería llorar.

En lo único Zhúkov podía vencerme era en la fuerza bruta y es que por más que diera mi mejores golpes y patadas, esa mole tenía la ventaja de sus ochenta kilogramos de duros y fortalecidos músculos, con ellos fácilmente podría aplastarme. Así que procuré quedar lejos de su alcance durante los recesos, intenté evadirlo en los pasillos del colegio y lo logré durante cuatro semanas.

Pero ese maldito lunes, “la máquina” quiso salir de cacería y como estaba harto de seguir humillando a los chicos de siempre, decidió jugar un poco con el chico nuevo.

El chico nuevo era yo.

Al iniciar la mañana mientras caminaba hacia su casillero acompañado con los gorilas de siempre, Zhúkov decidió que era tiempo que su servidor probase la dura superficie de las paredes, así que no se le ocurrió otra cosa que acelerar sus pasos siguiendo una línea recta por el corredor principal del colegio hasta que desvió su andar justo cuando estuvo junto a mí; mi espalda y cabeza se estrellaron contra la pared, él dio dos pasos más, se detuvo, volteó a verme y con una sonrisa maléfica me pidió disculpas.

—Perdón señorita, no te vi. —Me observó de pies a cabeza y los dos gorilas soltaron una gran carcajada burlándose de mí apariencia—. Será que estás tan delgada.

—Oye ¿estás seguro que eres hombre? —dijo Zaveliev.

—¿No será que eres un maricón? —acotó Korov.

—¿Y será que sus padres golpean así a sus madres en casa? —No me iba a dejar intimidar con tanta facilidad—. ¿De dónde aprendieron a ser tan brutos?

Voltearon de nuevo hacia mí. Con gran confianza levanté mi rostro, erguí mi pecho sin dejar de sostenerles la mirada y sin mostrar ningún temor hasta que pocos segundos después sonó el timbre y todos tuvimos que apresurarnos llegar a tiempo a nuestras aulas.

Producto del choque tuve un hermoso moretón en el hombro izquierdo que dolió durante un buen tiempo, pero mi orgullo quedó intacto puesto que no me iba a dejar vencer por ese amasijo de músculos.

A la hora de la salida yo bajaba corriendo por las escaleras porque quería tomar el metro de las cinco y diez, ya que viajar en el bus escolar era una verdadera tortura, en especial si tenías que escuchar las historias bobas que contaban las chicas de grados inferiores. Faltaban un par de metros para llegar a la puerta cuando ésta se abrió en forma violenta e intempestiva, el empujón fue tan severo que fui a parar al suelo junto a mi mochila y mi móvil salió volando contra la pared.

—Por qué no te fijas por donde caminas, mira que no me gusta herir a las niñitas delicadas. —Zhúkov estaba parado frente a mí estirando la mano en una parodia por levantarme y sus dos estúpidos secuaces me miraban reprimiendo la risa con las manos.

—Déjame en paz maldito gilipollas. —Golpeé su mano rechazando la falsa ayuda y me levanté de inmediato, sin dejar de enfrentar su agresiva mirada—. Y dile a tu padre que la correccional está al sur de la ciudad.

Fue suficiente comentario como para que Zhúkov me sujete por la camisa y levante el puño con el afán de estrellarlo contra mi pómulo. Pero ese acto quedó solo en amenaza porque el director de normas estaba cerca y captó el momento, así que un grito lo llamó por su nombre y le obligó a seguirlo a su oficina.

Los profesores conocían muy bien el carácter y comportamiento de “la máquina” y lo único que hacían era amonestarlo y darle unas cuantas horas de detención. No podían hacer nada más contra el mejor alumno del colegio y el hijo de uno de los personajes claves en el ejército de la Federación.

Fue un día hostil y quería que termine, así que recogí mis cuadernos, mi mochila y mi celular y corrí con todas mis fuerzas hacia la parada del autobús, una línea exclusiva que pasaba a dos cuadras del edificio donde vivíamos con mi hermano.

Al llegar a casa solo mi gato me recibió y yo entré a la ducha para sacarme de encima el olor a cigarrillo del tarado de Zhúkov y comprobar cuántos golpes llevaba sobre mi piel. Ese día fueron tres golpes nuevos los que se unieron a aquellos que sus monos me provocaron en los entrenamientos las semanas previas; uno en el hombro, uno en la espalda baja y otro en la muñeca que comenzaba a dolerme e hincharse.

Decidí que debía solucionar eso de inmediato porque no quería que Víctor me viera en ese estado deplorable, así que revolví toda su colección de medicinas para dormir, para levantarse, para relajarse, para la resaca y para la tristeza. Al fondo del cajón de la cómoda encontré el ungüento para los golpes, saqué la etiqueta y la guardé en mi billetera porque estaba calculando que necesitaría más de esa olorosa crema para los días posteriores.

Mi retraso en la cocina se debió al dolor que me provocaban los regalitos de Zhúkov, menos mal que Víctor también se tardó en llegar a casa. Ese día cenamos algo tarde y yo preparé unos bistecks sencillos con papas doradas al horno y una ensalada de col en vinagreta.

Durante la cena mi hermano se había mostrado muy distante y comimos casi sin hablar. Yo también estaba muy cansado y adolorido que solo me dediqué a devorar el plato.

—¿Todo está bien en la empresa? —le pregunté al percatarme que esa noche mi hermano no se mostraba tan entusiasta y elocuente como solía ser siempre.

—Sí. Todo va bien, Yuri, solo estoy un poco cansado porque el trabajo se me ha recargado, eso es todo. —Víctor se levantó y se encargó de limpiar la vajilla como todas las noches, era bastante organizado en esos temas, aunque cuando Anya se encontraba con nosotros olvidaba sus obligaciones con mucha facilidad.

—Bueno, es que quería pedirte permiso para visitar a Lilia mañana y decirle que ya ajusté mi horario para comenzar mi aprendizaje con ella. —Con sus ojos cansados y algo irritados, mi querido hermano accedió a mi pedido y me dijo que podría ir cuando quisiera a la sede de Nefrit, siempre y cuando avisara con anticipación a Madame Lilia.

—¿Y a ti cómo te fue en la escuela? —preguntó algo despreocupado.

—Ni bien ni mal, las clases me aburren, no me gusta hacer trabajos en grupo y los entrenamientos son duros. —Mi hermano se sirvió una copa más de vino y yo terminé de limpiar la mesa.

—¿Y ya te integraste bien al equipo de hockey? —Caminó hacia la sala, encendió la televisión y se sentó en el gigantesco sofá.

—Si —le dije sin mucho entusiasmo—. Ellos me adoran —agregué con sarcasmo.

—¿De verdad? —me miró con gesto de reproche.

—Sí, ¿por qué? —me apoyé en el espaldar del sillón pequeño.

—Porque me han comentado que has tenido algunos roces con un par de jugadores —comentó muy serio.

Había olvidado que Víctor y el entrenador Popovich eran amigos e ignoraba qué tan pendiente estaba mi hermano de mis actividades en el colegio.

—Solo fueron desacuerdos estúpidos. —No quería ser el chico quejica que siempre pidiera la intervención de los mayores para resolver sus problemas—. Pero ya se solucionaron.

Víctor no pareció convencido con mi explicación, pero lo dejó todo allí y yo me fui a mi habitación para terminar de preparar un trabajo sobre el sistema nervioso.

Cuando por fin me acosté mi hermano entró en mi cuarto para desearme las buenas noches como lo hacía a diario. Se sentó junto a mí y me arropó como si fuera un niño. No era que me disgustara sus atenciones, pero me sentía raro al saber que él se tomaba tantas molestias y detalles conmigo, aunque nunca le decía nada malo porque no quería que se resintiera conmigo.

—Descansa bien Yuri —me dijo y el momento que se incorporó sin querer apretó mi mano. Yo me quejé por el dolor agudo que sentí en la muñeca—. Perdón, Yuri, ¿te apreté muy fuerte?

Tomó mi mano y a la luz de la lámpara la gran hinchazón de la muñeca se reveló por completo. La crema para golpes que me había puesto hacía unas horas atrás no arregló la situación y allí estaba un ligero promontorio a la altura de mi articulación izquierda.

Víctor la miró y sus ojos se abrieron de forma desmesurada. Subió la manga de mi polera de dormir y vio los colores del golpe y la línea que había dejado otro golpe antiguo.

—Sácate el pijama en este momento. —La imperativa voz de mi hermano me obligó a obedecerle, no sin antes protestar.

—No molestes Víctor ya tengo sueño —quise hacerme el duro y no resultó—. Y esta mierda no me duele tanto.

—Te la sacas o te la saco. —Víctor estaba decidido y no tuve otra opción, con cuidado por el dolor me quité la enorme polera con la que dormía.

—¡Por dios… Yuri! —Mi hermano se quedó mirando mi cuerpo. Estaba espantado al descubrir tantos moretones y raspones.

Tenía demasiadas marcas sobre él, golpes que había tratado de ignorar y que los había cubierto de manera astuta todo el tiempo. Era para encubrir esos golpes que entraba al baño con la ropa puesta y cerraba bien la puerta antes de ducharme, por esos golpes había comprado varias camisetas de mangas largas para cubrir mis brazos, por esos golpes no había acompañado a mi hermano cuando fue a una fiesta en la piscina de una mansión.

—¿Quién te hizo esto? —Víctor revisaba cada laceración con especial detenimiento.

—Ya sabes cómo es el juego y los entrenamientos son duros. —Yo quería seguir justificando.

—Este golpe de aquí no me parece ser hecho por el entrenamiento. —Señaló el moretón que desde hacía unas horas llevaba en el hombro derecho—. Sé muy bien que entrenan con protectores y es imposible que un golpe en esta zona haya provocado esta marca en tu hombro Yuri.

Mi hermano tenía el entrecejo junto, volvía a repasar con la mirada mis heridas y tomó mi mano con mucho cuidado dada la gravedad de la hinchazón. Yo me quedé callado y miré hacia la ventana de mi habitación porque no pensaba hablar más de ese asunto. Era yo quien tenía que resolver mis problemas.

—Quiero un nombre y lo quiero de tu boca. —La voz de Víctor se volvió más áspera—. O voy a averiguarlo en el colegio.

—No soy un soplón —le dije sin mirarlo y con el rostro acalorado.

—No, pero eres una víctima de abuso. —Él tenía mucha razón, solo que yo no estaba dispuesto a dejar que mis batallas las pelee mi hermano.

—Yo puedo arreglármelas solo. —Era un niño orgulloso.

—No me vengas con ese cuento Yuri. Eres un chiquillo que se piensa autosuficiente, pero que no ha podido resolver su problema hasta ahora. —Cuando Víctor quería ser cruel con sus palabras lo era y no escatimaba en ello—. Esto es bulling y ese es un delito que debe evitarse o quieres esperar a tener un brazo roto o el rostro cortado para recién reaccionar.

No quería tener más problemas con los monos de Zhúkov, no quería que me vieran como un debilucho, no quería que mi hermano intervenga; pero sabía que él tenía la maldita razón. Y cuando ahora lo veo todo en perspectiva, me digo que tal vez debí haber dejado que él pusiera las cartas sobre la mesa ese momento, pero como mi orgullo estaba en juego solo atiné a decirle con firmeza.

—Si hacemos escándalo por estos golpecitos, allí sí que seré el sparring de todos esos estúpidos.

—Soy tu hermano mayor y debo protegerte. —Me miró con esos ojos suplicantes que yo trataba de resistir—. Cuando te traje a vivir conmigo prometí estar siempre a tu lado para que nada malo te pase.

—Víctor permíteme resolver esto a mi manera —le pedí muy resoluto—. Si no puedo con el problema te pediré ayuda. Solo esta vez déjame hacer esto por mí mismo.  

—¿Me lo prometes? —Víctor seguía sosteniendo mi mano adolorida y me miraba negando con la cabeza.

—Te lo juro —le dije y dejé de lado mi aire defensivo.

En ese momento mi hermano me pidió que lo espere y fue a buscar a su dormitorio la misma crema que yo había usado para aliviar mi dolor. Cuando regresó me untó el producto en cada moretón y rasgadura que tenía en la espalda y los brazos.

Sin decir una sola palabra Víctor se dedicó a curarme. Los cálidos dedos de mi hermano repasaron mis golpes con mucho cuidado. Su suave toque fue el bálsamo que yo necesitaba para sentirme relajado y disfruté esa sensación de dolor y placer que producían sus sanadoras caricias.

Qué delicioso era sentir que él me tocaba y que podía apoyarme en su hombro para descansar mi cabeza y mis pesares. Aunque él estuviera cansado me alivió mucho sentir que estaba allí conmigo.

Como usaba solo esa larga polera para dormir, Víctor notó que mis piernas también estaban llenas de golpes; unos, producto del mismo entrenamiento y otros que Zhúkov los hizo a propósito. Con el mismo cuidado pasó la crema sobre ellos y yo sentí que los vellos de mi cuerpo se erizaban cuando mi piel recibía la caricia de sus largos dedos.

 Víctor me tocaba de la misma forma como tocaba a su novia la noche de verano que los espíe por entre las rendijas de la celosía, justo antes de volver a tomarla como todo un semental, el momento que ambos descansaban en el sofá, él jugaba con sus dedos sobre sus senos hasta provocar de nuevo los deseos de la hermosa.

Pero en el instante que mi hermano repasaba con sus manos mi cuerpo adolorido no me miraba con deseo, ni siquiera me estaba mirando. Sus ojos estaban concentrados en cada golpe, en cada aureola púrpura y en cada raspadura de mis rodillas.

Ese rato quería que él mirara mis ojos de la misma forma cómo miraba a Anya, quería que me tuviera las mismas ganas y que sus manos no se detuvieran hasta que yo me quedase dormido.

Pero el tierno cuidado acabó y volví a ponerme la larga pijama que me cubría hasta las rodillas y que llevaba estampado el rostro de uno de mis personajes de caricatura favorito: el gato con botas.

Ja, no te rías. Ese gato sí que tenía agallas y sabía usar muy bien la espada y tenía bien elaboradas sus estrategias.

—Tengo que llevarte al médico para que revise tu mano y te dé el tratamiento apropiado —me dijo mientras volvía a arroparme en la cama.

—Espero que me diga que puedo seguir entrenando. —No quería dejar el equipo, mucho menos en ese momento en el que necesitaba demostrar qué clase de jugador era yo.

—No vuelvas a ocultarme tus problemas por favor. —Se agachó y me dio un pequeño beso en la frente. Para ese momento ya comenzaba a acostumbrarme a los abrazos intensos y los suaves besos de mi hermano y en silencio los disfrutaba mucho.

—Gracias Víctor. —Lo retuve unos segundos más a mi lado sujetando la manga de su camisa y después de observar sus pupilas empequeñecidas y las grandes ojeras de sus párpados dejé que se vaya a su dormitorio.

Esos escasos momentos de pequeña intimidad fraternal eran verdaderos tesoros para mí, los retenía en mi mente y los repasaba durante el día con mucho cariño. Mientras muchas personas creían que estaba odiando al mundo porque tenía las cejas juntas, yo solo me concentraba en recordar los ojos, los labios y las caricias de mi hermano.

Qué dulce sensación llena de ternura que expresaba un amor puro y sencillo, un amor que solo conoce de entregar sin pedir nada a cambio.

Le dicen ágape.


A primera hora de ese día viernes nos sorprendieron con un examen que felizmente resolví con éxito porque suelo aprender con una o dos explicaciones y no necesito más.

El almuerzo consistía en kloteti acompañados de kasha dulce y puedo comer cualquier cosa menos esa combinación de sabores bien salados y condimentados con otros medio dulces rellenos con pasas. Me quedé de hambre.

Por si fuera poco, durante las clases de gimnasia del colegio estuve tan distraído, pensando que mi hermano cumpliera con su promesa y no llegara al colegio a presentar una queja, mi mente estaba tan lejos que me torcí el pie bajando en la pequeña grada de los vestidores. Todos se rieron de mí en los camerinos, en especial los gigantes gorilas que acompañaban a “la máquina”.

Esperé que la mayoría de compañeros se fueran para entrar a la ducha, dejé mis cosas bien seguras en el casillero y me dispuse a distender los músculos bajo el agua tibia. No sé cuánto tiempo estuve bajo la regadera, solo sé que decidí salir cuando vi que mis manos estaban arrugadas y escuché el timbre de regreso para las últimas clases de la tarde.

Cuando llegué a mi casillero lo vi abierto y mis cosas habían desaparecido, de inmediato tuve en mente a tres sospechosos y solo se me ocurrió hacer una cosa, pero antes de hacerla me alertó cierto brillo que provenía del suelo a la altura de mi casillero.

Vistiendo solo la toalla de baño que me cubría desde la cintura hasta las rodillas, caminé por el pasillo del gimnasio, lo atravesé por completo. No me detuve cuando el conserje me llamó varias veces y caminó un buen trayecto tras de mí. Tampoco me detuve cuando pasé por todo el patio y la cancha de tenis rumbo a las aulas.

Con el cuerpo mojado, los pies descalzos, la ira incrementándose en mi pecho y un objeto plástico en la mano seguí mi camino por el corredor del pabellón principal del colegio y subí hasta el tercer nivel del edificio buscando a los estúpidos que me quisieron hacer pasar un mal rato.

No me importó que los alumnos se quedaran mirándome asombrados, ellos juntaban las cejas intentado mostrar descontento y desaprobación, ellas sonrojadas intentaban disimular sus miradas de asombro con cierto aire de recato y yo continuaba caminando en dirección al aula principal de los alumnos del último año.

A pesar que el profesor de literatura se encontraba dando instrucciones a todos… sí, literatura… porque a alguien se le ocurrió poner en el horario escolar las clases de literatura después de la clase de gimnasia, ingresé al aula semidesnudo y mojado y lo único que se me ocurrió es decir las cosas como me vinieron a la cabeza.

—¡Oye maldita “máquina” sí que eres un perfecto imbécil, si querías jugarme una puta broma tan pesada como tu masa de músculos no debiste dejar evidencia en el lugar de tu patético crimen! —grité con todas mis fuerzas y no me interesó que el profesor me estuviera llamando la atención en ese momento.

Mientras me dirigía hacia el asiento en la segunda fila del salón mostraba en mi mano el carnet de biblioteca que Zhúkov había dejado olvidado en el suelo y con el que seguro vulneró la cerradura de mi casillero.

—Que rayos…

—¡Qué diablos tú imbécil, devuélveme mis cosas o diles a estos dos simios que las traigan en este momento si no quieres que te denuncie ante el consejo supremo de la escuela por acoso! —Estaba harto y ya era hora que alguien parase al tirano.

“La máquina” se levantó de su asiento con aire amenazante mientras su mirada repasaba de arriba hacia abajo mi helado cuerpo, hasta que una vez más su recia mirada se detuvo en mis ojos y nos quedamos observando como dos lobos que pretendían marcar su territorio.

Tal vez ese momento hubiera terminado en un golpe o una voladura de toalla, con la burla de todos, pero esa sería suficiente evidencia del acoso para que mi hermano pudiera interponer una demanda contra ese bruto.

Tal vez, si no hubiera sido la voz del director de normas y de la propia directora principal que interrumpieron el momento previo al ataque y nos conminaron a comportarnos como alumnos dignos de una escuela de tanto prestigio; el gigante me hubiera imprimido un par de golpes y mi hermano se hubiera dado el gusto de pedir alguna restricción para Zhúkov.

—¡Qué te sucede Yuri Nikiforov! —gritó la directora cuando me vio vestido solo con una pequeña toalla.

—Vine a reclamar que estos idiotas me devuelvan mi ropa y mis cosas que robaron de mi casillero. —Sin dejar de mirar al Vladimir respondí a la directora.

Mostré la evidencia de mi denuncia y hablé del escándalo que se produciría si se sabía que mantenían a alumnos que acosaban a otros.

La directora no tuvo más remedio que ser severa con Zhúkov y le ordenó que hiciera aparecer mis cosas. En solo cinco minutos sus dos secuaces trajeron mi mochila, mis libros y mi uniforme. Luego la directora les conminó a pedirme disculpas y me obligó a aceptarlas.

Cuando todo terminó volví al gimnasio para bañarme de nuevo y esta vez me aseguré que nadie tomase mis pertenencias porque le pagué al conserje del área para que las vigile.

No le comenté nada sobre el incidente a mi hermano. Después de todo, las cosas se habían arreglado, pero me detuve a recordar a mi rival y enemigo preguntándome «¿por qué diablos tenía que joderme tanto?»

Vladimir Zhúkov, si hubiera sido solo una masa de músculos podría entender su torpeza; pero ese maldito era tan hábil que me dejó sorprendido el hecho que hubiera dejado caer al suelo su carné de biblioteca.

Aunque hubiera querido enfrentarlo de nuevo esa tarde, me apremiaba llegar a tiempo a “Nefrit” para encontrarme con mi hermano y también debía ir para coordinar con Lilia mis horarios, era momento de empezar a entrenarme en el glamoroso arte del diseño de modas, tal como mi padre lo hizo a mi edad cuando decidió su destino.

Cuando salí del colegio me dirigí a toda prisa en mi patineta hacia la estación del metro y dejé atrás a Vladimir Zhúkov, a su metro ochenta, a su mirada de águila, a su sonrisa maligna, a su paso marcial y a su aroma a cigarro.

Notas de autor:

Metacrilato: El metacrilato, también conocido por sus siglas PMMA, es uno de los plásticos de ingeniería. La placa de acrílico se obtiene de la polimerización del metacrilato de metilo y la presentación más frecuente que se encuentra en la industria del plástico es en gránulos o en placas.

Kloteti: Una chuleta es un corte de la carne situada justo encima de la costilla de un animal, ya sea cerdo, vacuno, cordero o carnero. En general cada chuleta se corta con la sección de costilla que la acompaña, e incluso a veces, además de con la costilla, una parte de la vértebra correspondiente.

Kasha:  es un plato de cereales cocidos, muy popular en Rusia y países vecinos. Los cereales, que pueden ser simples, como arroz o mijo, o preparados como sémola o copos de avena, son hervidos en leche, a veces mezclada con agua; la cantidad de líquido determina, en parte, la consistencia de la kasha.​

Quería pedirles que si encuentran algún error me lo hicieran saber para corregir.

Agradezco que sigan acompañando el fic.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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