Tabú 9


Nunca sentí la distancia tan incómoda. Mis viajes por trabajo eran mis espacios preciados conmigo mismo y no resentí la ausencia de nadie hasta ese día.

Viajar siempre ha sido uno de los placeres que más disfruto de mi profesión, el modelaje me llevó por lugares de ensueño, ciudades bellas llenas de riqueza cultural o llenas de edificios que muestran el poderío de las grandes corporaciones. Conocí parajes naturales que en mi vida jamás pensé que existieran y disfruté las delicias que me ofrecían los caros lugares donde me alojaba.

Viajar me permitió conocer muchas personas con las que compartí trabajo y momentos de relajo muy interesantes. Me permitió estrechar la cintura de bellas mujeres exóticas en mis noches bañadas de licor, me dio la oportunidad de disfrutar de sus mercedes y dejar mi huella de amante discreto y exigente.

Desde que mi vida se unió a la de mi hermosa Anya, viajar se convirtió en una aventura de amigos con los que compartía brindis y risas, conversaciones nada serias sobre los últimos chismes de nuestro vaporoso y alocado mundo; conversaciones más serias sobre los proyectos futuros y conversaciones muy serias sobre los verdaderos planes a futuro.

Empecé a hablar por primera vez, sobre ese día en el que tendría que decir el obligado adiós a un universo de psicodelia, regímenes dietéticos estrictos, ejercicios extenuantes, fantasías y colores, hipocresía y mentira.

Pero mi viaje ese fin de semana a Lisboa me trajo una sensación desconocida y que en un inicio no supe reconocer de qué se trataba. Sentí un extraño vacío, la percepción que algo me faltaba o que había olvidado hacer algo; conforme las horas pasaban esa sensación crecía y se convertía en un extraño sentimiento de nostalgia hasta que, llegada la noche, evolucionó transformándose en tristeza mezclada con hastío.

Los modelos que participamos de la campaña de Jeaté, la exclusiva marca que promocionaba sus exquisitas y novedosas fragancias, nos reunimos alrededor de una larga mesa en el restaurante del hotel y salvo dos chicas que se negaron a cenar esa noche todos dimos cuenta de nuestra sana, frugal y desabrida comida.

Hubiera dado mi alma por probar un buen shashlyk, pero tuve que conformarme con la pechuga de pollo a la plancha y una ensalada sin condimentar que mi adorada representante y estricta madre se empeñó en ordenar que me sirvieran desde su agradable estancia de Paris.

La conversación se centró en las difíciles condiciones que habían pasado dos chicas que viajaron hacia un país del Sudeste asiático y a las que implicaron en un caso de narcotráfico. Habían sido encarceladas y torturadas en una de esas prisiones de horror, donde fueron el objeto de los peores vejámenes por parte de las autoridades del penal. Después de tres años de horror y tras la intervención de organismos de derechos humanos y de las embajadas de Italia y Suecia, las muchachas fueron liberadas y en el momento que estábamos cenando ellas abordaban el avión que las sacaba del infierno vivido durante tanto tiempo bajo un régimen autoritario.

La vida de las modelos no es tan glamorosa y fácil como las entrevistas o los reportajes muestran, sobre todo cuando se centran en remarcar la belleza física y el elevado estatus que se alcanza al ser modelo; pero no siempre es así y en la mayoría de los casos el modelaje sólo es una amarga escuela de sinsabores y restricciones.

Muchos modelos, ya sean mujeres u hombres, terminan siendo acompañantes de personas adineradas que solo los usan como objetos de placer o como objetos de exhibición ante el mundo que los admira y envidia.

En el caso de esas chicas, la información decía que acompañaron a dos hombres de negocios que estaban ligados a la mafia italiana y como en ciertos países las mujeres tienen muchos derechos negados, fue fácil incriminar a las jovencitas que los acompañaron a una supuesta campaña de promoción de sus empresas, a las que usaron para satisfacerse en la noche y a las que dejaron con la mercadería en las maletas cuando se vieron rodeados por la policía.

Los agentes policiales fueron sobornados y con descaro cambiaron la versión de las jóvenes en el atestado, además de someterlas a interrogatorios inhumanos para extraer sus confesiones de culpabilidad, una de ellas cedió la otra no y eso las llevó a tener un juicio sumarísimo y luego a la cárcel.

Esa noche solo seis de las veinte personas que hablábamos del tema en la sobremesa prestábamos verdadera atención al problema, los demás estaban más interesados en ir a los baños del restaurante para perder peso o introducirse en la nariz algo que les subiera los ánimos esa noche.

Juro que la historia que me fue contada con detalles más escabrosos me distrajo durante una hora completa y me permitió dejar a un lado ese sentimiento de pena, de vacío y soledad. Cuando cansado ya de tanta conversación decidí ir a mi habitación y me disculpé por no acompañar al equipo de producción a su aventura de centros nocturnos; fue entonces que la molesta sensación volvió a instalarse entre mi pecho y mi garganta.

En mi habitación tenía la compañía del magnífico mobiliario y el pequeño bar, no tenía sueño y por eso decidí revisar mi móvil y contestar todos los mensajes que no pude o que no quise contestar durante el agotador día.

Tenía dos mensajes de mi madre indicándome que se había ocupado que todas mis necesidades sean cubiertas en el hotel; eso ya lo había notado y decidí darle un escueto “gracias” a mamá. Seis mensajes de Bruno Farias un amigo portugués para ver si podíamos salir con algunas chicas de la producción. Tampoco le respondí en ese momento.

Dos mensajes de Yakov recordándome que a mi llegada debíamos tener una conversación seria en su estudio o en la empresa sin importar la hora. A él le respondí en una sola línea aceptando la cita y confirmando la hora de llegada a San Petersburgo.

Tres mensajes de Anya. En dos de ellos me contaba todas las peripecias que tuvo que pasar para conseguir unos permisos y poder filmar en cierta zona de reserva brasileña; en el tercero me decía cuánto me extrañaba y cómo contaba los días que faltaban para que regrese a mi lado. Yo también la extrañaba y quería tenerla conmigo esa noche de nostalgia y vacío, se lo hice saber tratando de poner en palabras lo que sentía en ese momento.

“Estoy solito en esta aburrida habitación de hotel, no tengo sueño, no tengo ganas de ver televisión ni de escuchar música. Creo que me gana la pena de no verte. Vuelve pronto. Te amo”.

Sin proponérmelo dejé unas líneas que le activaran el sentimiento de culpa en su enorme corazón. Ella me respondió casi de inmediato.

—Hola bebé —dijo con voz grave y eso me anunciaba que había despertado recién—. Yo no estoy sola en mi habitación, me acompañan un millón de mosquitos que me están volviendo loca y el calor es insoportable.

—¿Cuánto tiempo falta? —No quería presionarla, pero necesitaba de ella más que en otras oportunidades.

—Algo más de tres meses. —Suspiró y de inmediato agravó el tono de su voz—. El tiempo se irá volando mi amor y me vas a tener todas las noches a tu lado.

—¿Para conversar y tomar una copa? —Extrañaba nuestras interminables charlas. Con Anya jamás me aburría porque siempre tenía algo nuevo de qué hablar.

—Y para hacerte esas cositas ricas que te gustan bebé —susurró en el teléfono.

—No seas mala, estoy solo, tú a miles de kilómetros y se te ocurre encender mis motores. —Era mentira, más que sexo quería un buen abrazo.

—Solo son ciento veinticuatro días amor. —Se puso seria y yo imaginé las hojas de un calendario cayendo en cámara lenta—. Además, no estás tan solo amor, tienes a Yuri.

Cuando ella mencionó a mi hermano mi corazón saltó de inmediato y quise saber cómo estaba él. Fingí un bostezo para cortar la llamada, algo que jamás habría hecho antes; pero lo hice sin querer decirme por qué.

—Duerme amor. Yo tengo que ir a recoger mi permiso y volver a la selva. —Callo unos segundos y antes de culminar la llamada me dijo con voz de niña—. Te amo.

—También te amo. —Esperé que ella cuelgue la llamada y volví a sentirme vacío, pero impaciente por saber qué había hecho Yuri en mi ausencia.

Volví a repasar mi mensajería en el celular y vi uno de Yuri, uno solo, era escueto y muy directo. Así era “mi niño”, no adornaba nada; si tenía que decirte algo lo hacía y de las maneras más bruscas pues según él tenía que hacerte entender a las buenas o a las malas. Él solía usar la segunda opción muy a menudo.

Yuri N: No cené hoy… odio cenar solo.

Al ver su mensaje el sentimiento de vacío desapareció por unos segundos, lo imaginé en la mesa de la cocina sin nadie a su alrededor, con su peludo gato restregándose en sus delgadas piernas, con sus enormes ojos buscándome en los rincones, con su melena hecha un desastre decidiendo no preparar la cena de esa noche.

El sentimiento de culpa apretaba mi pecho con tanta firmeza que me hizo sentir su efecto con un repentino dolor de estómago. Sí, me sentí culpable por no estar junto a mi hermanito, por dejarlo solo y hambriento y por no llamarlo una hora atrás cuando conversaba con mis amigos.

Mientras repasaba las pocas palabras que escribió para mí, el vacío creció convirtiéndose en angustia, angustia que me mordió el corazón durante el resto del fin de semana y aunque hablé con Yuri la tarde del sábado y la mañana del domingo, no pude alejar el horrible sentimiento de extrañarlo con todo mi ser.

Mi mente voló esa noche hacia mi departamento, lo recorrí con increíble detalle y en lugar de dirigirme al bar a servirme una copa o quedarme en mi cómodo sofá de seis mil euros acurrucado viendo una vieja película, en mi imaginación caminé con angustiante prisa hacia el dormitorio de Yuri y lo vi, llevaba puesto aún el uniforme de la preparatoria y me miraba enfadado.

En ese instante no puedo decir si seguía imaginando o si lo veía en sueños, lo tomé de la mano y lo abracé con todas mis fuerzas, solo así logré sentir que el enorme hueco se llenaba y dejaba de comprimir con sus negras manos mi adolorido corazón.


Para la tarde del lunes mi avión sobrevolaba sobre los monumentos y las plazas de San Petersburgo, en pocos minutos aterrizaría en el Púlkovo. El taxi que me esperaba en la puerta me transportó con relativa prisa hacia Kolomna la zona exclusiva de antiguas casonas, donde se encuentra la sede de Jade.

Yakov Feltsman me esperaba para una larga conversación de negocios, mi cerebro se preparaba para hacer números y pensar en pérdidas y ganancias; mi corazón quería que el auto diera la vuelta en sentido contrario para llegar a casa y esperar a Yuri que a esa hora ya estaría camino al departamento.

Cuando ingresé a la sede de “Nefrit” noté la marcada diferencia con la que los empleados me recibían. Era una amabilidad impostada, excesiva para mi gusto, muy distinta a la que me mostraron días atrás cuando llegamos junto a Yuri a hacer la primera visita a la casa de modas.

En mi trayecto entre la puerta de ingreso, el vestíbulo, el ascensor y el corredor hacia la oficina principal de mi padre, las secretarias, diseñadores, confeccionistas, contadores, gerentes y hasta el personal de seguridad hicieron reverencias frente a mí como si estuvieran recibiendo la visita de un príncipe o un dignatario de otro país.

Me pareció exagerado y recordé que sucedía lo mismo cuando mi padre hacía similar recorrido. Recordé también que a él le gustaba esas muestras de “pequeño afecto laboral”, así solía llamarlas y él se sentía por unos minutos como un rey en su imperio.

En la oficina me esperaban Yakov y Lilia, ambos tenían muchas cosas que decirme y como siempre eran temas contradictorios. Hablaríamos de negocios, hablaríamos de “Nefrit” como empresa, hablaríamos de la situación en la que dejó mi padre el negocio y de sus posibilidades futuras. Temas que me eran harto aburridos, pero que debía afrontar si quería pensar en tomar responsabilidades mayores en mi sencilla e ilusoria vida de modelo.

—Víctor quiero que sepas cómo es que se dibuja el panorama para “Nefrit” en los próximos meses, te anticipo que no es una situación halagüeña y que tendrás que tomar decisiones inmediatas en este momento para movilizarnos a tiempo y evitar la bancarrota.

Yakov Feltsman me bajó de la nube en la que estaba viviendo hasta ese momento y no se guardó nada al explicarme que las cosas para la empresa no estaban nada bien.

—Tu padre logró financiar hace tres años atrás un gran préstamo con esta entidad bancaria, es la que tiene la prioridad en los pagos y con ese dinero pudo implementar sus cuatro fábricas en la India y Bangladesh, hasta ahora las cosas han ido bien porque como sabrás en esos lugares los sobrecostos laborales no existen, pero la crisis del 2008 y los problemas en el cultivo de algodón frenaron la industria durante estos últimos años.

»Él supo hacer frente a este mal temporal y para cumplir con su deuda hipotecó los inmuebles que “Nefrit” tiene registrados. Están comprometidas en las dos hipotecas esta propiedad, las sedes de Paris y Barcelona y la casa de Nueva York. Las hipotecas sirvieron para paliar un poco los sobrecostos y para abrir varias tiendas en Europa y Estados Unidos.

»La producción de estos últimos años ha estado en crecimiento en las fábricas de asiáticas, pero no fueron suficientes las ventas de la última temporada para hacerle frente a los nuevos íconos de la moda, sabes muy bien que tu padre estaba apegado a cierta tendencia como sello distintivo de la empresa; pero que parece ser una fórmula que no ha dado muchos resultados en los últimos dos años o tres años.

»Antes de fallecer Miroslav me mostró este pre acuerdo que hizo con el mayor acreedor de la empresa en el que le daban un periodo de gracia para que pueda hacer honor a sus compromisos y él apostaba con firmeza que las dos nuevas colecciones en las que estaba trabajando le permitirían despegar y pagar su deuda en tres años.

»A la muerte de tu padre, los dos principales acreedores de la empresa se comunicaron conmigo hace una semana para indicarme que necesitan tener una respuesta en quince días hábiles de vuestra parte como herederos sobre qué van a hacer con los compromisos que dejó pendientes tu padre.

»En pocas palabras Víctor, deberás decidir qué vas a hacer con “Nefrit”… y deberás ser tú el que tome la decisión final porque Yuri, por ser menor de edad, no cuenta como parte decisoria y los socios minoritarios de la empresa me adelantaron opinión y están pendientes de tu respuesta.

—¿Qué opciones tengo? —le dije mientras caía observaba algunos libros contables y tomaba conocimiento de la grave situación que se avecinaba en tan solo dos semanas.

De mi decisión dependía todo y desde el primer momento ya estuve pensando en abrazar el camino más fácil para honrar los compromisos de Miroslav Nikiforov.

—Puedes decidir hacer frente a este momento y disponer la venta de las demás propiedades que dejó tu padre y que están enumeradas en este listado que saqué de las oficinas de Registros de Predios.

Yakov me alcanzó un papel en el que estaban impresos los nombres de dieciséis propiedades en Rusia y en el extranjero que no incluían la sede principal de la empresa. Algunas las conocía como el edificio central en Moscú, un lugar situado en una zona que perdió la importancia comercial que tuvo en el pasado y que estaba seguro no valía demasiado; el otro lugar era la mansión que heredó de mi abuela y donde pensaba establecer algún día sus cuarteles de invierno, un lugar nostálgico y de gran valor sentimental para Miroslav.

—La otra alternativa es que te deshagas de dos de las cuatro fábricas y cubras gran parte de la deuda, eso no va a permitir que continúe la internacionalización de la marca al ritmo que tu padre proyectó; pero salvará Nefrit y podrás refinanciar el resto de la deuda que la empresa tiene con su mayor acreedor. Esto permitirá que no pare la industria, pero sí deberás reducir personal.

Volví a repasar con la vista la lista de propiedades que mi padre había acumulado durante los años que trabajó con tanto ahínco en el mundo de la moda, locales propios que adquirió antes de Nefrit y después de Nefrit.

—¿Existe otra alternativa? —pregunté con temor. No quería luchar por un sueño que no me pertenecía; pero a la vez imaginaba a mi padre viendo que todo su esfuerzo se convertía en nada.

—Otra de las alternativas es que apuestes el todo por el todo como lo estaba haciendo tu padre y dejes en manos de los creativos la culminación de las colecciones de otoño-invierno y primavera-verano del próximo año, no obtengas ni una sola ganancia y cubras gran parte de la deuda; pero esta es una apuesta muy riesgosa.

Yakov se quedó callado mirando un último documento que sacó de su maletín negro de fina y brillante piel de lagarto.

—¿Hay acaso alguna otra opción más? —Esperaba que me dijera que iba a sacar una varita mágica o una carta de la manga y que me darían una prórroga o me ayudaría con la compra de la deuda por una sola entidad financiera.

—Sí la hay. Podrías vender Nefrit en un buen precio a uno de los competidores que más interés ha mostrado en estos dos meses después de la muerte de tu padre. —El viejo hombre de leyes me alcanzó una carpeta de color negro y pude ver el nombre de la firma que estaba interesada en adquirir el sueño de Miroslav—. Yuri y tú podrían repartirse una suma de dinero bastante alta y vivir como reyes el resto de vuestras vidas.

Mil millones de dólares, eso valía Nefrit en ese momento, mil millones de dólares solo para nosotros, la firma correría con la deuda y la indemnización a los trabajadores. También se encargaría de la compra de las acciones a los otros socios.

Lo único que debía hacer era firmar unos documentos en Nueva York y dar un discurso de despedida a todo el personal. Asumiría la responsabilidad de mi hermano hasta el término de sus estudios superiores y la parte del dinero que le correspondía pasaría a una cuenta de la que él dispondría el momento que se graduara de cualquier universidad o instituto.

Era el mejor de los planes para el futuro, a Lilia le daríamos una indemnización a parte por haber sido el alma creativa que secundó siempre a mi padre, ella se merecía pasar bien sus años maduros. Eso sería todo y cada uno seguiría sin problemas con sus vidas.

—¿Puedo tomarme un par de días para pensarlo Yakov? —Quería saber la opinión de mi hermano y a la vez quería que podamos llegar a un acuerdo entre los dos, el que mejor nos beneficie.

—Que solo sean un par de días Víctor, porque como van las cosas con los bancos no tendremos mucho tiempo hasta que planteen una demanda y con un juicio en ciernes ya no tendrás muchas posibilidades de optar por las demás soluciones. —Yakov cerró su maletín y apuró la copa de jerez que nos servimos al inicio de la reunión.

—Víctor no te olvides que puedes vender todas las fábricas del Asia y podemos seguir siendo una firma pequeña que haga diseños exclusivos, tenemos un buen mercado al que siempre hemos atendido sin problemas. —En la voz de Lilia noté algo de angustia y pena al referirse a una posible quinta o sexta solución para los problemas de Nefrit. Era obvio porque ella amaba esa casa de modas.

Tomé todos los papeles que me alcanzó Yakov y me despedí de ellos a prisa porque quería ir a casa para descansar y con la mente despejada poder pensar cual debería ser la mejor solución al grave problema de las deudas que amenazaban con devorar la empresa.

Camino a casa me puse a pensar en todas las opciones y mi mente se inclinaba por la propuesta de la venta, el comprador era el archirrival de mi padre, Jhon Zoe.

Venderle a ese hombre sería como traicionar a mi padre y pisar su memoria, ese hombre le hizo la vida imposible durante muchos años, justo en el tiempo en que empezó a construir su marca propia. Venderle Nefrit sería como darle un golpe mortal a la casa de modas, lo más probable era que la desarticularía; pero por otro lado eran mil millones de dólares.

El diablo comenzaba a dar vueltas a mi alrededor.


Retorné a casa como los soldados después de una cruenta guerra, tenía los ánimos por los suelos, el cuerpo cansado y llevaba el espíritu herido; sin embargo, nunca antes regresar a casa fue más emocionante.

Sabía que en ella no encontraría a mi bella mujer para refugiarme en sus brazos, tomar un baño juntos, sentir sus cálidas manos recorrer mi espalda desatando todos esos nudos que se formaron durante mi dura jornada de hombre y amarnos en la penumbra de la noche buscando el relax más que la satisfacción. Anya se encontraba a miles de kilómetros de Rusia, peleando con los mosquitos de la amazonia y soportando la tropical humedad del Brasil en su bello cuerpo para cumplir uno de sus sueños más anhelados.

Esos minutos que me separaban de mi hogar sentí que el corazón latía con especial contento. Un sentimiento que desde mi adolescencia me había sido ausente comenzaba a tener nuevos brotes y yo dejé que estos reverdecieran sin detenerlos ni un solo instante.

Tan igual como en mis sueños, cerré la puerta de mi departamento y aspiré el olor agradable que provenía de la cocina, Yuri no era un experto cocinero; pero vivir solo con su abuelo le había permitido tener algunas gracias adicionales en el campo culinario. Era muy tarde para cenar, así que me serví una copa de vodka buscando soltar mi tensión y esclarecer mi mente entre su amargo sabor y su fuerte aroma.

Caminé con la copa en la mano por la sala dejando la huella de mis pasos, mi saco en un sillón, mi corbata en otro, mis zapatos en el corredor, mi cinturón muy cerca de ellos. Quería llegar a mi cama y abrazar mis sueños de inmediato; pero al pasar por la puerta del dormitorio de Yuri no pude evitar escuchar la voz del anhelo que residía oculta tras la fachada del cariño fraterno.

Mi deseo me conminaba a verlo y llenar mis ojos de sus colores, mi nariz con su adolescente aroma, mis manos con la tersura de su mejilla y mis oídos con su voz, cada día más grave y masculina.

La puerta nunca permanecía cerrada, Yuri dejaba una rendija para que su peluche maullador entrara y saliera cuando más le gustase. Esa noche yo también entré con la discreción de un gato, el peludo dormía a los pies de Yuri y cuando me acerqué a la cama me miró con indiferencia y solo movió la gruesa cola un par de veces.

La luz de la avenida entraba por una ventana que permanecía con las persianas abiertas, bendita luz que me permitía contemplar el bello rostro de Yuri, sereno y entregado a los sueños. Pensé que con esa particular y andrógina figura mi hermano podría ser un modelo muy cotizado, podría romper en las pasarelas y brillar frente a los lentes de los mejores profesionales.

Pero él no quería, tenía otra visión de sí mismo, muy distinta a la mía. A su edad yo era consciente de mi propia belleza y sabía que esa era mi mejor arma para enfrentar el mundo. Yuri quería pelear sus batallas con otras armas, quería ser como mi padre y ocupar su lugar en Nefrit.

Viéndolo tan vulnerable no pude evitar una caricia con la que quería compensar mi ausencia durante el fin de semana. Moví mis manos sobre el par de mechones que invadían su frente y cubrían uno de sus ojos, fue un movimiento que delató mi satisfecha presencia.

Y sí que estaba satisfecho porque con solo mirarlo me sentí lleno de Yuri y su mágica visión. Para no manchar mis sentimientos de buen hermano, me dije que estaba feliz de saber que había estado bien solo esos tres días y que podía manejarse con cierta independencia.

—Hay blinis rellenos de carne en el horno. —Yuri reaccionó ante mi toque hablando con la voz enronquecida.

Me encantaba los blini dulces y salados, siempre los comí en restaurantes; pero había algo en los blini de Yuri que me gustaban mucho y nunca supe entender cuál era su toque especial.

—Mañana los calentamos en el desayuno. Ya es muy tarde —le dije mientras él se acomodaba sobre la almohada y me miraba con cierto desgano.

No quise despertarlo, hubiera preferido verlo dormir toda la noche, me sentí culpable de interrumpir su sueño y a la vez me alegré porque me permitió explorar su mirada felina una vez más. Me quedé contemplando por breves segundos el verdor de su reflejo, aquel que tanto extrañé esos tres días de ausencia. Sé que suena exagerado, pero los extrañé demasiado.

—¿Cómo estuvo tu viaje? —Mi lindo hermanito comenzó a jugar con el reloj que se balanceaba en mi muñeca. Sus dedos largos y delgados eran pequeñas brasas calientes sobre la fría piel de mi muñeca. Fue una deliciosa sensación que hubiera querido gozarla el resto de la noche; pero la voz del buen y responsable hermano Víctor sentenció una vez más.

—Bien, todo bien… mañana te cuento. Vuelve dormir Yuri, tienes clases temprano. —No hacía falta decirlo; pero si no le hablaba de esa manera mi corazón hubiera pronunciado otras palabras. Frases como “te extrañé demasiado”, “no quiero apartarme de tu lado”, “la próxima vez viajemos juntos”, “déjame abrazarte”, “déjame sentirte” habrían hecho eco en la habitación tal vez rompiendo la magia de su gesto de niño bueno.

Callé todas esas frases porque se supone que mis sentimientos de hermano solo debían circunscribirse a decirle “duerme”, “ya estoy aquí para cuidarte”, “no cenarás solo otra vez”, “aquí está tu hermano para hacerte compañía”.

Mi hermano menor podría tomar a mal una muestra de afecto mayor, podría considerarla invasiva, inapropiada o por lo menos extraña. Por esos días yo también la consideraba que abrazarlo mientras dormía sería una impropia muestra de amor fraternal.

Yuri no era afecto a los abrazos, muchas veces rechazó los míos con el mismo gesto que su gato hacía cada vez que lo sacaba de mi dormitorio. Sin embargo, esa noche su cálida mano me atrajo hacia su pecho y yo me dejé vencer por el cansancio y la preocupación, acomodando mi rostro sobre sus pequeños pectorales y dejando que mis oídos disfruten el ritmo de su corazón.

Mi alma se sintió reconfortada con ese escueto gesto de cariño. Necesitaba del respaldo de mi hermano para saber que la decisión que iba a tomar sería la correcta y para saber que no estaba solo en esa noche otoñal.

Fue uno de los pocos abrazos que nos unió como hermanos, en el que solo quise sentirme respaldado. Esa noche mis deseos obscenos seguían dormidos en mis venas, aunque igual siguieron circulando acumulándose en su caudal, como se acumula el agua en el río Neva cuando llueve en mi ciudad.

No puedo calcular cuánto tiempo estuve sentado en esa incómoda posición junto a Yuri, solo recuerdo que sentí el hormigueo de mi brazo adormecido y supe que era momento de salir de ese ensueño mágico y dejar que la distancia reine de nuevo entre los dos.

Tomé un ligero impulso y me incorporé con dificultad, Yuri apretó mi muñeca y yo acaricié el suave dorso de su mano. Me puse en pie y con mucha pena tuve que dejarlo en medio de la penumbra que solo era interrumpida por las luces de un cartel publicitario lejano.

—Duerme bien Yuri. —Le di un pequeño beso en la frente antes de retirarme. Tal vez si me hubiera quedado un poco más sucumbiría a mi cansancio y hubiera tenido la excusa perfecta para dormir junto a “mi niño”.

—Qué bueno que estás en casa Víctor… —dijo y me dio la espalda que yo cubrí con las cobijas porque el otoño ya hacía sentir su ligero frescor en el ambiente.

Sabía que Yuri tenía miedo de estar solo, la muerte de su abuelo lo había dejado devastado y la noticia de la muerte de papá había instalado en su memoria una sensación de intensa pérdida y abandono.

Conmigo no le sucedería eso.

Yo estaría allí para él, todo el tiempo que Yuri lo quisiera, todo el tiempo que la vida lo permitiese, todo el tiempo que su corazón me necesitara para sentirse pleno, todo el tiempo que mi corazón se tomaría para amarlo y cuidarlo.

Todo el tiempo… una eternidad.

Notas de autor:

Blini: especie de hotcakes rusos pueden ser dulces o salados.

Shashlik:  es una brocheta de carne asada muy popular en Rusia, el Cáucaso y Asia Central.

Solo quiero hacer una acotación más. Los nombres de marcas y de personalidades son ficticios, no existen porque no deseo hacer publicidad gratuita a marcas reconocidas. Gracias por comprender.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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