Tabú 8


Hasta que llegó el día que pude conocer la casa Nefrit y era mucho más hermosa de lo que me había imaginado.

La casa tenía una antigüedad de cincuenta años, el mobiliario de los salones mostraba el lujo de la Europa de los años veinte y en muchos de ellos se exhibían piezas de colección. Los dormitorios ubicados en el segundo nivel parecían espacios reservados para la realeza. Un largo corredor con balaustrada de madera circundaba el área de ingreso y sobre él una mampara similar a una cúpula catedralicia de vidrios color rosa regalaban su pálido brillo.

En los cuidados jardines interiores habitaban caléndulas, rosas y lirios de colores intensos destacando sobre el césped tupido que a esa hora de la mañana la suave lluvia de una regadera automática bañaba. Bello espacio diseñado para dividir la gran casona del edificio donde se organizaba la vida productiva de la empresa de mi padre.

Junto a mi hermano y el abogado de papá caminé contemplando cada detalle que parecía sacado de los cuentos de hadas, un jardín digno de ser admirado y contemplado, del cual conservo aún un álbum entero de fotografías.  

Me enamoré de la pequeña estatua de un hada que sentada sobre el tronco de un viejo árbol lucía melancólica observando hacia la mansión. Su rostro me recordó al bello rostro de la única mujer que representó el ideal del amor en mi vida y que por los designios del ángel de la muerte no pude conocer, Ivana Plisetskaya.

Me acerqué a contemplarla con la curiosidad de un infante, la observé con la nostalgia de un púber, la admiré con la mirada de un adolescente enamorado y me despedí de ella con el dolor que solo siente el corazón de un anciano.

Al fondo el edificio que albergaba los talleres lucía orgulloso su diseño moderno de grandes ventanales que reflejaban la luz intensa del sol. Un diamante de seis plantas y quinientos metros de construcción donde nos esperaban los artesanos de las maravillas que vendían nuestras vitrinas en Budapest y en Lion.

Un gigantesco recibidor nos dio la bienvenida y en él una rubia alta, delgada y de tímida sonrisa miró con interés nuestro ingreso. Era Vania la recepcionista, que, con la amabilidad que siempre ofrecen los empleados de una gran compañía, nos acompañó hasta el nivel cinco del brillante edificio, puro vidrio, azulejos en tono musgo y metal gris.

Víctor no dudó en lanzarle miradas y sonrisas coquetas, yo quería patearle el trasero para que dejase de jugar al buen mozo conquistador y se concentre en la visita por las instalaciones de Nefrit, una de las casas de moda más importantes de Rusia y sin duda la mejor posicionada de Europa, la empresa que Miroslav Nikiforov nos heredó.

Hablar de Nefrit es contar, entre otras cosas, sobre las noches de entrega y sacrificio que mi padre había pasado para hacer realidad su sueño más caro, vestir con mucha elegancia a las mujeres y hacerlas brillar donde quiera que ellas fueran luciendo un diseño plasmado por sus propias manos. Los dos primeros años mi padre había sacrificado todo para convertir la vetusta casa que le heredó su abuelo en la bella mansión que recorrimos al inicio de nuestra visita.

Quienes lo conocieron y caminaron junto a él los primeros pasos en el difícil mundo de la moda, me relataron más de una anécdota que incluía noches íntegras de insomnio, poco comer, mucho cigarrillo consumido durante esas largas horas y demasiado coraje como para enfrentar un mundo casi desconocido para los jóvenes rusos de su época. Pero lo hizo, tuvo el suficiente valor para avanzar por un duro y peligroso camino porque existió un faro que lo iluminó todo el tiempo: el amor.

Un nuevo amor de cabello dorado hasta la espalda, menuda y delgada, sonrisa de ninfa, graciosa como una princesa, capaz de transformar su figura adolescente en la de una guerrera amazona, con solo una orden de quien estuviera detrás de la cámara fotográfica o de video, reteniendo en una cinta sus momentos de gloria, sus días de modelo, sus dientes de perla, sus labios de suave tono rosa y sus ojos tan verdes como el jade.

Hablar de “Nefrit” es contar la historia de amor de mis padres una vez más.

Él un hombre exitoso y reconocido, amable, muy atractivo, entrado en los cuarenta con una esposa hermosa que aún brillaba con luz propia en el mundo del modelaje y un hijo púber que destacaba por detrás del escenario debido a su singular belleza albina. Mi madre ingresó en ese mundo perfecto y ajeno casi sin proponérselo.

Al verla por primera vez el corazón de Miroslav volvió a cantar esa melodía dulce que entona el amor y no dudó en llamarla su inspiración en el fondo de su alma. Mi madre coqueta y soñadora respondió con sonrisas y miradas de fuego la galantería.

Tal vez no fueron las primeras palabras de amor que escuchó en su vida, estoy seguro que algunos adolescentes y jóvenes varones le dijeron más de una vez alguna frase bonita para obtener el favor de sus besos y quién sabe si de algo más. Pero también estoy seguro que mi padre fue el primer hombre que usó la astucia ganada con los años, para enredar con palabras precisas los oídos ávidos de halagos y promesas de amor. Esas que los hombres hacen cuando encuentran a la musa que inspira sus sueños de verano y sus calenturas de invierno.

Mi padre amó mucho a mi madre y por ese motivo dejó de amar a la madre de Víctor y, en el momento que ingresamos a las instalaciones de “Nefrit”, la contradicción se hacía presente mostrando su sonrisa más maquiavélica, porque los frutos de esos amores y desamores, caminaban juntos y felices por los espaciosos recintos de la empresa que mi padre creó para recordar por siempre a una mujer, dejando en el olvido a otra.

La vida te muestra sus malditas bromas de las formas más retorcidas, parecen muchas veces las elaboradas historias de una mente perversa, la visión del arquitecto del universo que ha dibujado el destino que tendremos desde el primer día, para los que nos atrevemos a respirar en este jodido mundo.

Él fue tal vez quien determinó que para conocer a mi sensual y adorado hermano Víctor, tuviera que perder todo lo que antes me fue querido. ¿Con qué propósito? Hasta ahora sigo haciéndome esta pregunta y no encuentro la respuesta, a veces pienso que no es tan elaborada, que no existe ninguna justificación para las penas, el sufrimiento y el desamor; que el motivo es tan tonto como la explicación del imbécil que riega el jardín mientras está lloviendo.

Al llegar al quinto nivel ingresamos en el área administrativa de la empresa. Numerosos hombres y mujeres en elegantes trajes caminaban de una oficina a otra con portafolios en los brazos o conversando por sus teléfonos móviles con tanta prisa que no se detuvieron a nuestro paso.

Junto a nosotros caminaba el abogado de mi padre y uno de sus mejores amigos, si no el mejor. Jakov Feltsman no era un hombre de edad avanzada; sin embargo, su rostro serio y amenazante le aumentaba diez años más a los que tenía y con eso sumaba tal vez ciento ochenta años de vida.

Mientras caminábamos al paso que llevan los visitantes que ingresan a un museo, el abogado intentaba explicarnos el complejo sistema de producción de la empresa. Un trabajo que se había hecho complejo en los últimos años en los que mi padre apostó por hacer crecer la casa de modas y convertirla en una marca internacional tan reconocida y competitiva como las grandes y famosas marcas del mundo del diseño.

Abrió tiendas por muchas ciudades importantes del mundo y llevó el proceso de fabricación fuera de las fronteras de Rusia, a los países asiáticos en los que las grandes casas de moda hacen realidad las prendas más esperadas de la temporada; empleando a hombres, mujeres y niños con bajos sueldos y condiciones inhumanas de trabajo, en fábricas donde no existen leyes que frenen la explotación laboral y por ende donde cuesta mucho menos confeccionar todos esos trapos que las mujeres exhiben coquetas en cualquier ocasión o que los hombres llevan puestos como signo de poder y distinción.

Así de compleja era la empresa de mi padre, una complejidad que Víctor no quería seguir guiando a pesar de tener un cartón universitario que avalaba sus competencias como gerente capacitado para tomar las decisiones más importantes en la vida de una empresa. Mi hermano solo movía la cabeza, miraba en forma detenida cada área y con el dedo índice sobre los labios parecía estar evaluando qué debía hacer con Nefrit.

Escuché decir a Feltsman algo sobre deudas, proveedores, pagos retrasados y bancos. Pero en ese momento no entendí nada de lo que hablaban con Víctor, solo llenaba mis ojos con las maravillosas imágenes que cada ambiente me mostraba. Incluso las oficinas mostraban un decorado muy especial, vanguardista y de estilo sobrio; con pocos muebles, sin mucho recargo en la decoración y mostraban colores complementarios sobre sus fondos blancos.

Al finalizar el largo corredor que dividía en dos las oficinas había una falsa pared, que en verdad era una división que daba acceso por ambos lados al ambiente más importante del lugar, la sala de reuniones donde se tomaban las decisiones más importantes.

En el muro se apreciaba una fotografía del torso de nuestro padre quien, con diez años menos, lucía sonriente y muy elegante vestido en traje azul marino con la camisa blanca y la corbata gris. Al contemplar su rostro no pude evitar pensar que mi hermano Víctor se vería igual a él dentro de algunos años.

En la sala de reuniones solo había una gran mesa de forma ovalada, hecha de material prensado, de estricto color negro con bordes en gris plata, sillas de bases metálicas, con espaldar y asiento de cuero muy cómodas, las probé todas y di vueltas en tres de ellas, mientras los mayores hablaban de un refinanciamiento. Yo escuchaba callado y es que en ese momento no solo no entendía nada de lo que decían, sino que tampoco me importaba demasiado.

Cuando terminamos el paseo por los ambientes administrativos de Nefrit, Jakov Feltsman nos invitó a seguirlo al que él consideraba el lugar más importante de la empresa. Regresamos a la casa antigua y subimos de nuevo en un ascensor antiguo de hierro forjado y lunas pavonadas hasta el tercer nivel de la mansión y caminamos hasta el fondo del corredor donde me esperaba una gran sorpresa.

Cuando ingresamos descorriendo una puerta de vidrio escarchado, el brillo de las luces cálidas me mostró el lugar más hermoso de toda la propiedad, me quedé parado observando desde el umbral toda la belleza singular del atelier donde se ideaban y trazaban los diseños de los vestidos y accesorios más femeninos y elaborados de la industria, que luego cobraban vida en los talleres.

De ese lugar salían las ideas más fantásticas, aquellas que se exhibían solo en las pasarelas intentado crear tendencia entre el público, los críticos, los especialistas y los propios diseñadores. Un solo ambiente con enormes vigas de madera que soportaban el techo de cerámica y los grandes ventanales de todo el contorno me hacían tener la sensación de estar en un enorme salón que no tenía fin.

Acaricié con cuidado cada uno de sus muebles tallados en madera y tapizados en suave tarlatán que me hacía recordar las fotografías de las antiguas revistas que conservaba mi abuelo en casa. Algunos de esos muebles me hicieron pensar en él, porque Nikolai Plisetsky era amante de las antigüedades. Un suave dolor en la boca del estómago que se instaló de improviso cuando recordé a mi abuelo y mi infancia en Moscú y de repente me sentí extraño caminando por un lugar que aún era ajeno a mí.

Hubiera permanecido sumergido en mi nostalgia si la voz cantarina de mi hermano no hubiera interrumpido mi momento de condolerme por mi situación, su voz no solo me rescató de la pena que quería una vez más joderme la vida, sino que también me hizo recordar que existía un nuevo motivo para sentirme feliz, acompañado, protegido y enamorado de mi existencia, un motivo que me regalaba su risa boba que tanto me gustaba ver. Víctor era mi nuevo motivo, mi mejor motivo para contemplar maravillado una vez más todo el lugar y buscar otros detalles.

—Yuri quiero que conozcas a la mujer que hace la magia en este lugar y que siempre estuvo a la diestra de nuestro padre. —Víctor entraba llevando del brazo a una mujer tan alta como él, de rostro alargado y duro, enormes ojos pardos adornados con grandes pestañas negras y cejas muy delgadas. Y a falta de una corona llevaba como signo de poderío el cabello negro recogido en un moño muy alto.

Parecía tener algo más de cincuenta, pero conservaba una buena figura, lo digo porque más de una oportunidad diseñé trajes para que ella los luciera y sí que lo hacía muy bien. Su rostro serio y su altivez me cautivaron desde el primer momento, mostraba autoridad en la mirada, poseía la seguridad de un profeta y la fortaleza de un general en pleno campo de batalla.

Esa mujer me gustó desde el primer momento que la vi y desde que el abuelo se fue, ella se ha convertido en uno de los pilares fundamentales de mi vida que hasta hoy es el hombro en el que me apoyo y su hogar es el lugar donde encontré refugio, cariño e inspiración.

—Lilia Baranovskaya es mi nombre y para ti seré madame Lilia. —Estiró su mano acercando el dorso hacia mis labios, sabía que debía dar un pequeño beso; pero como me sentía muy contestatario no lo hice y me limité a saludar con un apretón. Ella frunció el ceño y mi hermano abrió los ojos algo asustado.

—¿Y si solo quiero llamarte Lilia? —No dejé de mirarla fijamente a los ojos. Estaba escudriñando hasta donde podía expandir su paciencia.

—Podrás hacerlo siempre y cuando me demuestres que te mereces mi respeto y admiración, niño. —dijo con la mirada cargada de orgullo y autoridad. En la guerra de las miradas, ella ganó esa batalla; pero no la guerra.

Yakov y Lilia se hablaron con familiaridad y a la vez con cierto recelo, eso me hizo pensar que tal vez habían tenido algún problema entre los dos. Recordé que estuvieron casados y pensé que quizá guardaban cierto resentimiento. No estaba muy lejos de la verdad, pues cuando regresábamos a casa Víctor me confirmó que ellos fueron esposos casi por una década y por motivos que jamás dieron a conocer se separaron; pero quedaron como amigos.

Lilia nos mostró todo el trabajo que se hacía en el atelier, que a esa hora de la mañana estaba lleno de media docena de dibujantes y de operarios que, siguiendo el patrón de los modelos y las indicaciones de los diseñadores, confeccionaban sobre los bustos, aquellos trajes que se exhibirían en la nueva temporada.

Estaban haciendo un gran esfuerzo por conservar la esencia que mi padre había dado a cada colección y acercarse a su visión de colores y patronaje para presentar la siguiente colección en la semana de la moda en Milan. Lilia dijo que tenían cierto retraso y que por eso trabajaban horas extra para poder igualarse y presentarla a tiempo.

Me acerqué lleno de curiosidad a observar los dibujos detallados de los vestidos y me pareció que eran demasiado clásicos, ideales para las chicas de treinta y cuarenta. Lilia me seguía con la mirada mientras los diseñadores me saludaban con sus sonrisas abiertas y las miradas de asombro.

—No toques eso niño. —Lilia me dio una pequeña palmada en la mano cuando observó que tomé unas pequeñas rosas bordadas que estaban cosiendo en el borde interno de un lindo traje de seda de suave color coral.

Con ese simple gesto de la mujer me sentí de nuevo como un niño pequeño y refunfuñé para mi interior, Víctor se acercó y me apretó con fuerza el hombro, él también parecía otro niño que le temía a madame Lilia.

Seguí contemplando los dibujos mientras los tres responsables de la empresa conversaban sobre la importancia de la presentación de la nueva temporada. Y sí que era importante porque era la primera vez que asumían la responsabilidad solos, sin la presencia de mi padre y parecía que ese motivo les generaba cierta ansiedad.

De pronto en medio del grupo de expertos diseñadores se puso en pie uno de los más veteranos, aunque no tanto como Lilia. Joseph Done, nunca supimos su verdadero nombre, pero ese era el que todos reconocían en la industria como uno de los experimentados hombres del diseño nacido en Europa del Este y naturalizado como ruso.

Un hombre bastante excéntrico y muy atractivo de unos treinta y tantos años, con un refinado gusto por los trajes, los vinos, los carros, los departamentos de lujo, los comentarios ácidos y los amantes de alta alcurnia, aunque ese detalle se mantenía en la más estricta reserva para no levantar ninguna sospecha en los agentes del gobierno. Un admirable experto a la hora de decidir cómo debían lucir las novias de estos modernos tiempos en los que en el altar se jura amor eterno sabiendo que el divorcio es la mejor solución cuando ese amor eterno se acaba.

Done saludó a Víctor con una sonrisa abierta, a Jakov con mucho respeto y cuando se acercó a mí me miró de pies a cabeza con sus profundos ojos marrones, examinó mi rostro sin decir nada y con un suave toque tomó mi mentón.

—Eres tan bello como tu madre, ella fue la luz que dio origen a todo esto y no sé si lo consideraste, pero tal vez podrías servirnos ahora de inspiración, te vez perfecto para estos tiempos en que los chicos parecen chicas y las chicas parecen hombres encantadores. —Justo cuando dejó de hablar también soltó mi mentón y me regaló su sonrisa pícara que nunca olvidaré.

—Prefiero aprender el negocio para hacer mucha fama y fortuna como mi padre. —Viendo el trabajo de mi hermano como modelo y comprendiendo los altibajos que pasaba, yo no quería unirme a ese club de chicos lindos que ensayan miradas y sonrisas frente a las cámaras, además me costaba demasiado sonreír de la nada.

—Para eso tendrías que ser diseñador como tu padre o estudiar una carrera gerencial como tu hermano, querido. —Lilia me miró desafiante.

Miré una vez más la gran pieza y los diseñadores con el alma puesta sobre el papel, los asistentes concentrados en la confección de los vestidos y supe la respuesta que venía desde el fondo de mi corazón, una respuesta que no tardé en decirla con toda firmeza.

—Enséñame a ser diseñador Lilia, que de la gerencia puede ocuparse Víctor. —Tomé un lápiz y un papel de una de las mesas de dibujo.

—Como quieras Yuri Nikiforov, solo te pido dedicación, esfuerzo y compromiso. —Su mirada penetraba la mía y no sentía que me reprochaba nada. Por el contrario, me pareció contemplar la figura del respaldo en sus ojos.

—Te daré mi alma si es que me enseñas a entender todo el proceso y los mecanismos de este trabajo. —Estaba descubriendo las primeras muestras de amor por aquella actividad que definiría mi vida.

—Te enseñaré todos los trucos, pero solo tú tendrás que descubrir la pasión por este maravilloso arte. —Los ojos de Lilia se mostraban complacidos.

Cuando di la vuelta a ver a mi hermano sus ojos tenían otro brillo, me miraban con orgullo y parecían decirme un tácito sí a los primeros diseños de mi gran sueño. Mientras que Yakov me sonreía y me dio una suave palmada en el hombro como si estuviera respaldando mi decisión y Joseph me daba la bienvenida

No dudé ni por un instante que era lo que quería hacer en el futuro y al recordar la trayectoria y la importancia que cobró la figura de mi padre en el mundo de la moda me pregunté ¿qué clase de diseñador quería ser? ¿qué quería expresar con los dibujos, los trajes, los materiales, los colores y los detalles?

Esa respuesta no estaba muy lejana en llegar, pero por lo menos ese día no tenía aún idea de lo que se trataba todo ese universo fascinante que nos permite cubrir nuestra piel desnuda con detalles especiales y nos ayuda a vernos y sentirnos bien. Y aunque es un mundo frívolo y lleno de máscaras y envidia todos debemos reconocer que los pájaros bellos se visten con bellas plumas.

El recorrido terminó y Lilia me hizo prometer que, si quería comenzar a dedicar mi vida al diseño, acudiría por lo menos tres veces por semana al atelier para vivir el proceso de creación y comenzar con el entrenamiento de mi visión creadora.


Por la noche, Víctor y yo cenamos temprano, él tendría que partir a las diez hacia Lisboa, porque tenía que grabar en las calles de la ciudad lusa un spot publicitario para “Stream” la nueva marca de jeans que copaba las mejores y exclusivas vitrinas de los centros comerciales de Europa.

Era un trabajo de fin de semana, para el lunes a las seis de la tarde ya estaría de vuelta en casa y tenía que hacerlo porque estaba dejando pendiente una reunión con el directorio de la empresa.

Le prometí no hacer ninguna locura esos tres días y tampoco quería hacer alguna tontería, además no tenía con quien ir de juerga por la noche, además quería aprovechar esa soledad para adelantar el estudio de algunas materias para los exámenes que se aproximaban en la preparatoria.

—Si tienes alguna urgencia llama a Yakov por favor y… también puedes confiar en Lilia, dentro de esa coraza dura existe una bella dama que se preocupa por todos. —Víctor me abrazó con fuerza  y me dio un beso en cada mejilla antes de salir hacia el aeropuerto, yo aspiré su perfume con todas mis fuerzas para que me acompañe todo el fin de semana y luego de prometerle no permitir que cualquiera ingrese al departamento y de ir puntual al colegio el lunes por la mañana, lo vi partir.

Cuánto hubiera querido que se quedase conmigo, pero no podía retenerlo, su trabajo era su pasión así que debía ser un buen hermano y hacer las cosas bien, después de todo él me había mostrado su cariño, protección y cuidado durante esos meses juntos.

Me quedé mirando una serie en la televisión y Potya apoyó su enorme cabeza sobre mi mano quedándose dormido. Tal vez yo también me habría quedado a dormir en el enorme y cómodo sillón si no fuera porque Víctor me llamó del aeropuerto para preguntarme una vez más si todo estaba bien y decirme que me acostara temprano, que ya estaba a punto de tomar su vuelo.

Me puse en pie y estiré los brazos tratando de abrazar el mundo entero. Tomé el control y observé el gran departamento, estaba solo por primera vez en ese enorme lugar. Desde sus ventanales la ciudad se veía tan iluminada por las luces de los vehículos y yo no tenía sueño. Las clases en la escuela se habían cancelado ese día debido a una reunión urgente de docentes y autoridades con los representantes de la secretaría de educación y las prácticas del equipo también fueron canceladas, así que tenía tanta energía acumulada que al ver el equipo de sonido supe qué quería hacer esa primera noche del primer fin de semana en solitario.

Con Muse a mis espaldas a todo volumen me quité la ropa y quedé solo en interiores, me puse a bailar sin parar, simulando que tocaba la guitarra, que cantaba en el micrófono y que también era experto con la batería. Aumenté más el volumen del equipo y comencé a saltar sobre los sillones, pero no lo hice solo, mi querido gato me siguió los pasos y luego enloqueció comenzando a correr entre el dormitorio y la sala sin parar hasta que quedó agotado y decidió ir a tomar agua. Luego desapareció.

Vi mi cuerpo en el enorme espejo de la sala, ensayé poses de esas que hacía Víctor frente a las cámaras. Fue difícil sonreír como él, pero lo logré; quería saber en qué me parecía a mi hermano, miré bien mis ojos, mi perfil, mi pequeño mentón, mi nariz, levanté mi fleco y vi que mi frente era amplia, aunque no tanto como la de mi hermano y pensé que esa era la marca que nos asemejaba.

Luego quise probar cómo sería ser Víctor.

Caminé con mucha seguridad por el corredor como lo hacía él en las pasarelas e ingresé a su espacio privado, invadí su dormitorio. Era enorme, la cama era gigante y tenía al pie un mueble donde podía sentarse, las mesas de noche eran parte del gran espaldar en oscuro y brillante tono caoba.

Curioso entré en el walking closet y encendí sus pequeñas luces. Por algunos minutos me dediqué a contemplar las prendas organizadas en sus respectivos espacios, los trajes de mi hermano iban del lado derecho y los de Anya del izquierdo.

Revisé un poco la ropa de mi hermano y tomé una de las camisas, la medí por encima de mi cuerpo viéndome en el espejo de la puerta y me la puse. Por más que ajusté el cuello era demasiado ancho para mí, las mangas cubrían mis manos y el faldellín me llegaba hasta mitad de los muslos. No me importó y con las mismas ganas me puse un pantalón negro con pinzas, caminé hasta el espejo de la sala y observé lo gracioso que me veía con los trajes de mi hermano.

Ese fue el inicio de un desenfrenado momento en el que tomé todo lo que pude de su ropero y me lo fui probando. Sus remeras de oscuros colores, sus camisas de seda, sus bermudas con ridículos diseños, sus enormes zapatos, sus sacones y bufandas, sus guantes de piel y sus corbatas.

Ensayé algunas de sus posturas y recordé sus frases favoritas.

“Yuri, solo cinco minutos más por favor”, “Pirozky de ternera… amazing”, “Sabes manejarte muy bien en la pista de hielo, pero te falta más decisión a la hora de hacer tus tiros al arco”, “Tienes que sorprender a todos sino cómo quieres destacar”, “Si quieres verte bien en la mañana debes dormir por lo menos ocho horas” y “Yuri, vamos… una vuelta más al parque”.

Viendo sus prendas extrañé su sonrisa y su perfume, así que ingresé de nuevo a su bunker y rocié sobre mi pecho esa esencia de almendra que había estado usando en las últimas dos semanas.

Me abracé a su remera de cuello alto y su suave gabardina y comencé a imaginar qué era lo que Víctor pensaba en verdad de mí. ¿Sería un chico muy molesto y vulgar para él? Si no me lo había dicho era porque no le importaba que fuera así. ¿Me miraba como un extraño o ya estaba teniendo algo de confianza en mí? Quería que me viera por lo menos como un buen compañero. ¿Era amable conmigo como con todos o ya me estaba queriendo si quiera un poco? Tras pensarlo con algo de detenimiento, pude responder esa pregunta porque en el tiempo que conocí a Víctor lo vi ser muy amable con todas las personas con las que trabajaba o conocía, pero… con ninguno de ellos había establecido un lazo de cercanía como lo hizo conmigo.

Además, sentía que se preocupaba por mí. Entonces… él me veía como un hermano del cual se hizo responsable y a quien debía cuidar. Casi como si fuera un cachorro. Volví a mirarme en el espejo y me pregunté si fuera un perro qué raza sería.

Un pooddle, no. Un galgo, tampoco. Un pitbull, demasiado enérgico. Un Golden Retriever, demasiado amable. Un caniche, demasiado peludo.

No.

Yo era un tigre. Un tigre muy joven, un tigre fuerte que tenía las garras dispuestas a despedazar a mis presas. Ensayé un rugido en el espejo y cuando elevé los ojos miré el desastre que tenía tras de mí en los asientos de la sala. La ropa de mi hermano estaba enredada y arrugada.

De inmediato la llevé a sus percheros y la acomodé de la mejor manera que pude. Me aseguré de dejar todo como estaba antes que mis manos invasoras revolvieran la vida y los cajones de Víctor y cuando estuve por salir llamó mi atención la esquina de una antigua fotografía que se asomaba fuera del cajón de sus joyas.

La tomé con cuidado y vi el retrato de su madre, una mujer muy hermosa que posaba con la postura de una reina. Por un instante la comparé con mi madre y sentí que mi corazón se conmovía al imaginar que Víctor y ella dejaron Rusia para emprender de nuevo la vida cuando mi padre decidió quedarse junto a Ivana. Ellos también perdieron su mundo aquel entonces.


Cerca de la medianoche apagué el equipo de sonido y la televisión, dejé encendidas las luces del corredor, tomé un buen baño y me fui a la cama. Pero no mi cama, la cama de Víctor.

Me revolví por toda su extensión, quise que mi piel desnuda notara la suavidad de las sábanas, era una forma de sentirme acariciado. Posé mi cabeza sobre la almohada y metí mi mano por debajo, buscando algo hasta que lo hallé. Era la sudadera con la que él dormía esos días, la saqué de un solo tirón, la sostuve casi abierta sobre mí, imaginando que sostenía el pecho de mi hermano y en un movimiento brusco la dejé caer en mi rostro, la restregué en mis mejillas y dejé que descansara en mi cuello y una vez más la acerqué hacia mi nariz. Dormir con la remera de Víctor era casi como dormir con él.

La luz apagada me mostraba la escena fantasmal del cuarto de Víctor. Sobre esa cama él y Anya habían pasado muchas noches de lujuria, pero solo por esas horas ese su espacio sagrado sería solo mío.

Una de mis manos acomodó la remera de mi hermano sobre mi rostro y luego bajó hacia mi pecho, quería experimentar algo de satisfacción; la otra mano tomó la decisión de bajar mucho más buscando insistente más placer.

Por instinto cerré los ojos y bellas imágenes se formaron en mi interior, la sonrisa de Víctor, sus ojos mirándome a través del espejo, su blanquecino cabello rozando mi frente, sus manos corriendo en libertad por toda mi piel, su aliento quemando mi boca y su néctar inundando mi vientre.

No quería abrir mis ojos, no quería ver el mundo de afuera, quería seguir contemplando mi mundo interno gobernado por las leyes de mis sentidos, quería seguir acariciando mis zonas sensibles y quería seguir sintiendo esa ligera falta de aire que me provocaba la remera de Víctor sobre mi cara y que me hacía sentir oleadas de calor placentero más intensas y provocadoras que aquellas que se sienten cuando el oxígeno ingresa libre a tus pulmones.

Me asfixiaba, me estremecía, me complacía, soñaba con Víctor, me estaba portando como un niño malo que quería probar los labios prohibidos y al que no le importaban las consecuencias de sus pecaminosos actos. Un niño que se permitía tener sueños prohibidos en los que su propio hermano lo poseía y le mostraba cómo se llegaba al auténtico placer.

¿Era un niño malo? No. Era el mismo diablo.

Pero si algo tengo que decir a mi favor es que en ese momento me dije que solo eran sueños, me estaba dando el permiso de tener una simple y traviesa fantasía. Me convencí que quería jugar con un deseo que estaba guardado en las aguas abisales de mi mente y que nunca saldría a flote.

¿Existía algo malo en tener un sueño prohibido?

Víctor tenía una bella novia a la que amaba mucho y jamás se fijaría en un varón, mucho menos si ese hombre era su hermano menor.

Y yo… yo solo quería jugar.

Era adolescente y no era consciente que ese resultaría ser un juego muy peligroso, en el que apostaría todo a ganador y terminaría conociendo lo que es el amor y el dolor.

Notas de autor:

Solo quiero recordar que Nefrit significa jade en ruso y es que el papá de Yuri y Víctor le puso ese nombre a la empresa en memoria de su amada Ivanna, la madre de Yuri, quien tenía los ojos color verde intenso como dos jades.

Gracias por leer.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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