Tabú 7


Anya, ojos luminosos, cabello nocturno, sonrisa lunar.

Si tengo que hablar de ella debería empezar por la palabra fortaleza, porque nunca había conocido en mi vida a una mujer tan fuerte y segura de sí misma como ella. Siempre cumplía sus promesas, las buenas y las malas; nunca capitulaba, ni en los momentos más difíciles que su duro trabajo le presentaba; siempre era capaz de arrancar un sí al más duro de los hombres, nunca se mostraba temerosa ante los retos de la vida y era una mujer íntegra que vivía tal como pensaba.

 Por eso me enamoré de ella, porque fue la roca a la que me aferré en uno de los momentos más difíciles de mi vida; porque ella se puso al hombro mi cruz y cargó con ella hasta que me sentí aliviado y ligero y pude dejar atrás el triste pasado.

Desde el día en que descubrí que no tenía más dolor en mi pecho, disfruté junto a ella del paraíso, de su carácter firme para levantarme a diario a cumplir con mi dura rutina de modelo, de su manera práctica de ver la vida y resolver los problemas, de su forma de mandar al diablo todo lo malo afrontando las consecuencias y de su determinación por buscar a diario la felicidad.

Todo ese conjunto de cualidades me conquistó y me sirvió de inspiración. Y la amé, la amé como un niño ama sus momentos de fantasía, como los pájaros aman las copas de los árboles donde construyen sus nidos, la amé como la semilla ama la oscuridad de la tierra que la nutre. Si había otra mujer digna de ser amada como amé a Anya, esa era Angélica, mi madre.

Solo que Anya era mi amada, a la que besaba por las mañanas antes de comenzar el día, a la que llamaba varias veces durante mis ratos solitarios, a la que esperaba que llegue de sus largo viajes como un cachorro fiel espera a su amo.

Anya era esa parte de mí que quería desarrollar y que tenía miedo de afrontar, porque tenía miedo de crecer, de ser tan maduro como ella lo era. Por eso la deseaba y la devoraba con ganas locas durante las interminables noches de placer en las que aspiré el perfume de su curvo y caliente cuerpo.

Llegué a conocer a la perfección el brillo de sus ojos, el sabor de sus labios, la forma de sus tensos senos, la estrechez de su diminuta cintura y la voluptuosidad de sus caderas que me volvían loco cada vez que las estrujaba con mis manos.

Había aprendido que le gustaba el café a mediodía y no en las mañanas, que se pasaba horas leyendo para conocer bien los temas que investigaría, que era muy minuciosa con su trabajo y que hacía postres deliciosos solo para relajarse de las largas jornadas en el estudio de edición.

También sabía que le gustaba que le besara el cuello, pero no detrás de la oreja, que le encantaba que le diga que era “mi puta”, pero no le gustaba para nada si le decía “perra”; que fuera discreto cuando la tomaba por la calle y que fuera atrevido con mi lengua, en especial cuando saboreaba los jugos de sus éxtasis.

Y ella me conocía muy bien, sabía cuánto odiaba despertar por la mañana, cuánto amaba consentirme en la bañera, cómo me gustaba acompañar mi té con blini por las tardes; como odiaba la comida picante; sabía bien que me encantaba resaltar en mi trabajo y hacerlo perfecto, sabía que era vanidoso y me pasaba horas ante el espejo; también sabía que me encantaba tomar de más en las fiestas y descontrolarme.

Y así me amaba, así me aceptaba. Conocía bien mi debilidad por los autos lujosos y cuánto me encantaba que tense sus glúteos para sentirme más apretado en su interior. Anya sabía bien que era malo para el sexo rápido, que me gustaba mucho tomarme mi tiempo y jugar un poco con mi eros. Sabía muy bien que me gustaba hacer el amor con los ojos abiertos y que disfrutaba bastante de los besos.

Anya fue la mujer que más amé en la vida, aquella que respetó mis momentos más lúcidos y también mis locuras, aquella compañera que esperó lo suficiente para hacerme suyo por completo, la mujer que no me pedía nada más que la amara y le fuera leal, porque para ella la fidelidad era un mito, pero la lealtad era un valor indispensable.

Anya, la Minerva de mis días y la Afrodita de mis noches. La mujer que me hizo un gran espacio en su apretada agenda, la que me acogió en sus brazos y me resguardó de todo y de todos dentro de su corazón. Fue todo eso y mucho más… y no sé porque maldito designio del destino, todo eso no me fue suficiente.

El verano nos regalaba sus últimos brillos, era un día martes lo recuerdo bien cuando una llamada muy importante de una organización no gubernamental de Brasil ingresó en su celular y la convenció de aceptar un proyecto dentro de una reserva —de las pocas reservas que quedaban en el país sudamericano— para hacer un informe completo de los problemas que tenía una comunidad de hombres no contactados que estaban siendo despojados de sus territorios por poderosos empresarios ganaderos.

Ella no dudó en aceptar ese reto, debía informar al mundo sobre la destrucción de una importante área de bosque virgen y sobre la destrucción de la forma de vida de un pequeño grupo de seres humanos. Seres humanos que estaban condenados a desaparecer si alguien no hacía algo por ellos.

—Por cuánto tiempo. —Por primera vez tenía miedo que Anya me dejara. Era un sentimiento de quedarme abandonado a merced de mis monstruos internos que podrían tomar control en cualquier momento.

—Seis meses amor. —Bajó la cabeza porque sabía bien que había prometido no dejarme por lo menos por un año.

—¡Tantos meses! —Hasta ese momento no nos habíamos separado durante tanto tiempo y yo sabía que por el tipo de documental que filmaría con su equipo no podría ir a visitarla. Solo se podía llegar a las zonas de hombres no contactados con un permiso especial.

—Víctor sabes bien que éste es el tipo de proyecto que tanto estuve anhelando y por el que luché durante tanto tiempo. —Había presentado tantos papeles, había insistido en tantas entrevistas para ser ella la responsable del área de producción o de dirección que era justo para ella el ser nombrada como directora en el documental—. Solo serán seis meses y te juro que esta vez no me moveré de tu lado por lo menos en los próximos tres años.

—Sé que es importante para ti preciosa, pero… yo… —Yo quería retenerla como sea, sin ella estaría perdido—. ¿Qué haré?

—Carajo Víctor, tienes una empresa que reorganizar y rescatar, tienes un hermanito al que debes cuidar y orientar, tu mamá necesita que la visites y siempre está la programación de tu agenda para cumplir con tus contratos. —Sus ojos y su actitud me recordaban a mi mamá.

—Seis meses… lejos de mí y con esos tipos raros que ha contratado la productora. —Usar el chantaje de los celos se convirtió en mi último recurso—. Es decir, Brasil es tan caliente…

—¡Víctor Miroslavovich Nikiforov! ¡Mírame bien! —Al escuchar mi nombre completo supe que estaba en problemas—. ¡¿Tengo cara de puta?! ¡¿Me conociste en un burdel? !¿Crees que soy capaz de meterme con otro hombre?!

—Yo confío en ti mi amor, pero no en los demás. —Ese era y es siempre un argumento usado por la mayoría de los hombres que desconfían de sus mujeres, porque creen que ellas desean hacer las mismas estupideces que ellos harían.

—Si yo quisiera serte infiel hace rato lo hubiera sido y no en Brasil, sino aquí con Mika Nogov. —El mejor actor de Rusia, el más deseado por las mujeres según las revistas y amigo cercano de la familia de mi Anya—. Pero no lo fui porque te respeto y respeto lo que siento por ti.

Yo seguí poniendo cara de pocos amigos, seguí argumentando que no me convencía esa lejanía y que tal vez en ese lugar ella podría correr peligro. Anya fue contundente.

—¡Madura ya Víctor!

Ese grito me dolió, hacía ya un buen tiempo que necesitaba poner los pies en la tierra, que tenía que asumir mis veintiocho años de vida y que ese crecimiento significaba dejar crecer a mi pareja. Cuando Anya me hizo ver que me portaba como un niño me sentí mal y quise desaparecer.

Bajé la cabeza porque me sentía derrotado, no podía discutir con Anya porque salía perdiendo siempre o ella salía vencedora porque tenía mejores argumentos.

—Mi amor no vamos a pelear antes que me vaya, entiendo tus celos y hasta me gustan; pero yo solo tengo ojos, cabeza, manos, piel, boca, vientre y mucho corazón para ti, solo para ti mi amor. —La promesa de una amada, así veía a Anya en ese instante; mi amada, comprensiva y cariñosa.

Me rodeó con sus brazos y me tentó con sus caderas, sus labios abrieron los míos poco a poco y me enojo de niño fue desapareciendo cuando sus senos acariciaron mi piel y me convenció con sus susurros que esa noche hiciéramos el amor y no la guerra.

Mi hermosa Anya hizo las conexiones respectivas con un camarógrafo y llamó a una importante cadena de documentales ambientales y luego de organizar su día a día casi pormenorizado, se despidió de Yuri y de mí, preparando una deliciosa cena que prometió repetiríamos varias veces a su regreso.

La amé toda la noche, la besé mucho para que no se olvide del sabor de mi boca y la acaricié para que se sienta amada durante las largas y duras jornadas bajo el calor intenso y las lluvias implacables de la amazonia. Observé con atención su hermoso rostro y su magnífico cuerpo, Anya era un regalo que me habían hecho los ángeles, con detenimiento la miré dormir mientras aspiraba el perfume de su abrillantada piel, para que su imagen de mujer me acompañe durante esos largos meses que no estaría a mi lado.

A la mañana desperté muy triste porque Anya siempre dejaba un gran vacío cuando viajaba, ella me abrazó y antes de emprender el día hicimos el amor una vez más.

Al despedirse de Yuri ella le dio un abrazo intenso y un beso sonoro en la mejilla al gruñón, él se sofocó, pero aceptó callado esa muestra de cariño de mi amada Anya.

—Te juro que celebraremos el cumpleaños de Vitya. —Le dijo con una gran sonrisa y volvió a abrazarlo, Yuri entonces rodeó su cintura con sus delicadas manos y cuando se apartaron un poco le dio un pequeño pico en la boca.

No me sorprendió porque en Rusia quienes llegamos a tener mucha confianza con los amigos o la familia solemos despedirnos con un pequeño beso puro y sincero en los labios.

La llevé al aeropuerto y le di mil besos antes de salir del auto con las maletas a cuestas, la acompañé durante el check in y le prometí trabajar mucho, portarme bien y ser un excelente hermano para Yuri.

Cuando en la sala de embarque Anya me besó y me dijo hasta pronto, quedé mirando sus ondulantes caderas que parecían bailar mientras se alejaba por el largo pasadizo hacia la manga que la llevaba hasta la puerta del avión.

¿La extrañaba?

Claro que sí, no había día en el que no hablásemos o no nos enviemos por lo menos un mensaje. Todas las noches ella me llamaba en forma puntual, aún estaban en la etapa de preproducción y se encontraba en la capital del estado de Mattogroso.

Le contaba mis días, mis campañas y me quejaba de mis noches sin ella. Le decía las anécdotas que vivía con Yuri y hasta con el gato desconfiado que jamás quería acercarse a mí.

Ella me contaba sobre los trámites que todavía faltaba por completar para que todo el equipo de filmación ingresara a la zona de reserva o de cómo tuvieron que pagar algunas dádivas a ciertos funcionarios para hacer que los trámites se hagan más rápido.

Al finalizar esa hora de conversación me hacía repetir el número de días que faltaba para su retorno y no me quedaba otra cosa que hacerle caso. Luego de enviarme un beso por la pantalla, sonreía y yo le decía cuánto la amaba. Y así terminaba el día para mi mientras que para ella estaba comenzando.

Esa rutina nos acompañó las primeras dos semanas de su ausencia, después fue más difícil comunicarnos porque los días que ingresaban a la reserva no contaba con señal, ni siquiera la satelital para tener algo de contacto, así que yo me dedicaba a imaginarla y recordaba sus besos y sus caricias mientras intentaba conciliar el sueño. La amaba de lejos y me convertí por su ausencia en un adolescente que se satisfacía en silencio mirando sus fotos o sintiendo el aroma de la ropa que dejó en el closet.

La amaba, la amé y hasta hoy la recuerdo con mucho amor.


Como buen niño, los primeros días de su partida, me dediqué a seguir mi rutina, esa rutina que construí junto a mi amada.

Levantarse al amanecer es muy duro, sin embargo tenía que hacerlo para salir a correr, los nuevos dictadores de las agencias de modelaje exigían que mi cuerpo esté muy bien tonificado y  los dictadores de las pasarelas solo querían hombres de musculatura firme y no muy desarrollada, así que el trabajo del gimnasio se redujo a nueve horas semanales, solo para mantener mi cuerpo en el peso y con la masa adecuada.

Tenía que ser estricto con mi dieta y debía revisar todo el tiempo mis estados de tensión que también influían mucho en mi postura y mi piel, estados de tensión que por casualidad yo los vivía sumergido en más trabajo.

Pensé que sería un tiempo de duro y me equivoqué de plano pues ya no estaba solo para afrontar toda la presión de seguir siendo un hombre elegible por las casas de moda, junto a mí estaba un jovencito que puso sobre sus hombros algo de mi pesado cargamento y se propuso ayudarme y seguirme el paso en mis propósitos.

Yuri empezó a levantarse de madrugada, incluso unos minutos antes que sonara la horrenda alarma del despertador, sus manos frías sobre mi frente y mi mejilla eran la torturante forma cómo se propuso hacerme despertar cada mañana. Salía junto conmigo y aunque las dos primeras semanas le fue muy difícil seguirme el paso en mi carrera, se dedicó a estar junto a mí durante esos kilómetros recorridos y lo logró hasta que lo vi correr con más ligereza.

Un tiempo en el que ambos estábamos sumergidos en el mundo de nuestros propios pensamientos mientras veíamos amanecer y disfrutábamos del aire frío que golpeaba sin piedad nuestros rostros enrojecidos.

Cada uno escuchaba su música favorita, algo de jazz para mí, mucho rock para él. Y así nuestros universos se movían en paralelo, la sensación agradable de tenerlo cerca crecía cada día y se convertía poco a poco en dicha infinita.

Fue tanta la conexión con mi hermano que en cierto momento llegamos a sincronizar, relojes, pasos, latidos, respiración y pensamientos que no hacían falta palabras para entender hasta los gestos y movimientos más mínimos entre los dos.

Pero nuestra conexión no terminaba allí, él se dirigía a la escuela en forma puntual luego de preparar un buen desayuno y yo me la pasaba entre las citas que mi agente me programaba, un trabajo para un catálogo de verano que estaban preparando para el siguiente año, las entrevistas que agendaba para seguir apareciendo en los programas más populares y especializados de Europa, uno que otro viajecillo corto y mi rutina de revisar todos los medios escritos, revistas y redes donde debía estar rankeado entre los mejores modelos masculinos.

Era una actividad estresante, sobre todo el momento en que tomaba el teclado de mi personal y buscaba mi nombre y mis pequeñas o grandes actividades en los medios. ¿En qué lugar del programa aparecí, fue la mía una nota inicial o fue la de cierre? ¿Comentaron algo más sobre mi participación en el último desfile? ¿Qué dijeron los twiteros sobre la última campaña de esa nueva fragancia que promocionaba? ¿Cuántos likes dieron al último video que filmamos en la Plaza Roja?

Esa era la actividad que consumía mis tardes hasta que llegaba el vendaval rubio y me sacaba de todo ese mundo tumultuoso del modelaje y me pedía que lo lleve a conocer algún nuevo lugar de la ciudad. Y aunque sabía que los museos no eran lo suyo, no dudé en llevarlo al Hermitage, al Palacio Peterhof, a caminar a la orilla del río Fontanka, a tomar un café helado en la avenida Nevsky, a disfrutar de una noche de ballet en el Mariinski o un paseo por los hermosos parques y plazas de la ciudad. Yuri no protestaba, solo se quedaba callado y después tenía mil preguntas para hacerme en casa, como un niño pequeño que quiere satisfacer su infinita curiosidad.

Caminamos de incógnitos por las calles con las capuchas puestas sobre las cabezas y los lentes grandes oscuros que nos cubrieran de las miradas acosadoras de algunas fanáticas. Disfrutamos del espectáculo a la apertura de los puentes varias veces. Tomamos algún jugo o disfrutamos de helados artesanales o comimos algo ligero en algún restaurante de lujo, recorrimos las calles en uno de mis autos disfrutando las vistas de las luminarias nocturnas en los escaparates y soñamos con la música que nos acompañaba todo el tiempo, esos días a los que bauticé como “nuestro tiempo de paz”.

También disfrutamos mucho al ir de compras y pasear por las grandes tiendas y por aquellas que tenían ofertas y remates. Yuri quería verlo y conocer todo, yo solo quería complacerlo en todo, porque adoraba ver su rostro de niño que abría los ojos ante cualquier diseño que lo asombraba, ya sea en un cartel nuevo de publicidad, en el decorado de alguna vitrina, en la forma de alguna prenda o el diseño de algún telar.

Amaba sus comentarios ácidos cada vez que nos topábamos con algo que él consideraba discordante y me deleitaba con sus molestos gestos cada vez que el empleado de cierta tienda no sabía dar mucha información a sus inquisitivas preguntas por la calidad y el origen de los materiales, verlo rodar los ojos, botar el aire de sus pulmones con fuerza y mirar con pena a los demás, eso me parecía divertido.

Sin embargo, los momentos junto a mi hermano que más adoré fueron nuestras visitas a las pistas de hielo donde nos distraíamos patinando durante una o dos horas, deslizándonos con suavidad y lentitud, uno junto al otro.

Era como una danza que solo él y yo sabíamos que estábamos ejecutando, una danza que nos acercaba y nos alejaba, peligrosa en todo momento porque cuando estábamos cerca podía sentir su perfume que me invadía, podía tocar con discreción sus manos o sus brazos y hasta sus hombros, podía sentir su aliento agitado sobre mi rostro cansado y, cuando nos alejábamos en la pista de patinaje, podía ver su mirada dulce y agria que parecía decirme muchas cosas que yo no podía interpretar, solía observar su sonrisa que siempre estaba oculta para los demás menos para mí y observaba esos movimientos ondulantes e indiscretos, que parecía hacerlos casi sin darse cuenta y que me encandilaban.

Observar a Yuri se convirtió en la parte favorita de mi rutina, sentía que con cada mirada podía adueñarme un poco de esos gestos que me empezaron a parecer imprescindibles cada día. De tal forma que después del primer mes sin Anya yo soñaba Yuri, comía Yuri, respiraba Yuri y vivía Yuri a cada instante.

Mi mente estaba puesta todo el tiempo en mi hermano, en su risa y en sus pequeños gestos. Me dedicaba a él como un buen hermano, preocupado por su futuro, esperando que todo le estuviera yendo bien en la exclusiva escuela donde lo inscribí, esperando que se esté adaptando, a la casa y al barrio, deseando que sus estudios fueran a la par de sus actividades extracurriculares y que en el equipo de gimnasia de la escuela le estuviera yendo bien.

Me preocupé mucho cuando lo vi llegar de sus primeros entrenamientos algo golpeado y ese fue el motivo para que fuera un par de veces a la escuela a averiguar si era verdad que mi hermano resultaba con los brazos o piernas amoratados y raspados por los golpes en la pista de hielo y la adaptación a su equipo de hockey o tal vez alguien le estaba haciendo bulling.

—Víctor, los chicos se golpean durante los entrenamientos y Yuri por ser muy delgado pequeño suele golpearse más; pero no es algo por lo cual debas preocuparte. —Georgi Popivich, un antiguo compañero de colegio y que dos años atrás había asumido la dirección del equipo de hockey me dio la calma que necesitaba e incluso me hizo observar una de las prácticas de los chicos para que entienda lo difícil que era para todos dominar sus movimientos y conseguir puntos.

Mi actitud respondía a una preocupación propia de un hermano responsable y que quería lo mejor para el hermanito menor al que cuidaba con esmero.

Pero en el fondo de mi corazón y en los oscuros pasillos de mi mente, en eso lugares más ocultos y cerrados por varios candados, se adormilaban las verdaderas razones de mi preocupación, miedo de no verlo en el tiempo que se convirtió ya en una hermosa rutina entre los dos, si tardaba un poco me comenzaba a sentir muy mal.

Comenzaron a gobernar mis pensamientos los celos de saber que tal vez había hablado con alguna chica y que ella comenzara a entrar en su corazón; ansiedad de ser lo más importante en la vida de Yuri; deseos de convertirme en una parte importante de su pensamiento. Angustia de sentirme desplazado por algún amigo nuevo que comenzara a ser importante en su vida; ganas de retenerlo junto a mí todo el tiempo posible, de compartir esos momentos especiales por siempre y tal vez de tener la oportunidad de abrazarlo y sujetarlo contra mi pecho o mi hombro toda la noche.

Para el segundo mes de ausencia de Anya Yuri se convirtió en parte indispensable de mi vida, a pesar que tenía muchas actividades en la escuela y que estudiaba más horas para igualarse algunos cursos donde el avance era mayor que en la escuela pública, mi hermano se daba el tiempo para acompañarme en algunas de mis tardes y noches de trabajo.

Y al inicio era maravilloso saber que él estaba allí entre el público observándome o detrás de las cámaras mirando mi rutina de poses y miradas para promocionar algún nuevo lanzamiento, como esa noche en la que fue la exclusiva marca de relojes de lujo Pride la que me eligió como su representante para una nueva línea de deportivos y casuales los que posé con el cuerpo desnudo y pintado de estricto tono negro con suaves pinceladas grises que resaltaban los ángulos de mi musculatura.

Yo sentía frío, pero debía enamorar a la cámara y mostrar los modelos de Pride en mi muñeca izquierda. Yuri me miraba sentado allí en esa pequeña silla de lona que acomodó tras el Jerry Cain, un fotógrafo muy reconocido y que era el maestro de la perfección, era a veces intimidante porque él quería sacar la imagen que con antelación había proyectado y obligaba al modelo a adquirir la apariencia exacta que él quería plasmar, para ello hacía repetir y repetir y repetir, una y otra vez la misma pose con ciertas diferencia mínimas hasta lograr el resultado, un resultado al que siempre él calificaba de “aproximado”.

En un momento en el que estábamos estancados con las fotos, Yuri me hizo una señal con sus ojos y luego me fue dirigiendo con la mirada cada una de mis poses, hasta que yo lograba aquello que estaba dibujado en los bocetos de Cain había hecho en una libreta y que mi hermano podía ver desde el lugar donde estaba sentado.

Fue divertido tener ese grado de complicidad con él y a la vez fue delicioso verlo hacerme esos gestos extraños medio locos y hasta atrevidos por instantes con tal de sacar es sonrisa seductora, esa mirada sensual, esa postura de triunfador o esa cara de hombre seguro que tanto querían que yo proyectara.

Yuri me ayudó a llegar a esos ideales y sin querer entablamos un juego de seducción, él porque hacía gestos indecentes con los ojos, los labios, la lengua y los dedos sobre su rostro y boca, intentando mostrar los dibujos de Cain; y yo que respondía a sus atrevidos movimientos como si estuviera en la barra de un bar seduciendo a una bella chiquilla.

Cuando terminamos la sesión y yo fui a los vestidores para cambiarme, Yuri se quedó observando y haciendo, como siempre, mil preguntas a Jerry Cain. Él le respondía con cierta apatía mientras observaba el fruto de la sesión en los cientos de archivos que guardó en su cámara. Para él no había terminado la jornada de trabajo pues lo vi cambiar los lentes y llamar a la modelo que haría la misma campaña con los relojes femeninos.

Yuri y yo salimos del edificio cerca de las diez de la noche y fuimos a comprar algo de comida para llevar a casa, estábamos muy cansados como para entrar a un restaurante, queríamos estar en la comodidad del hogar y debíamos ir a ver a Potya que había estado solo desde la tarde cuando la señora de la limpieza dejó todo organizado en mi hogar.

El hambre nos obligó a cenar de forma rápida, comimos casi sin hablar y al terminar llené con vino dos copas grandes, el aroma y sabor seco del merlot relajó nuestros cuerpos, nos sentamos en el sofá a terminar el vino y escuchar algo de música antes de dormir.

Encendí el equipo y de inmediato la voz grave y perfecta de Barry White, el intérprete favorito de mi madre nos envolvió con sus palabras de amor, su discurso elegante antes de cantar, sus suspiros pronunciados sobre el micrófono, esa forma extasiada de empezar el tema como si estuviera disfrutando mientras cantaba, mientras decía “oh baby, oh baby, keep on baby, keep on doin’ it baby …” y su manera de entonar “never, never gonna give you up”.

Escuchar ese tema en el absoluto y casi religioso silencio que establecimos entre los dos fue como una premonición que alguno de los seres alados del cielo o del infierno estaban haciendo sobre el futuro indecente que nos esperaba en los siguientes meses.

A pesar de estar en casa y que el verano aún no se había despedido del todo, sentía mucho frío, estar tantas horas frente a las cámaras y con esa pintura que helaba mi piel me había convertido en un témpano de hielo y el vino tampoco ayudaba en ese momento, por eso Yuri se levantó de improviso y al regresar de su habitación me puso uno de los cobertores más abrigadores sobre la espalda.

—No te hagas el fuerte Víctor, está temblando y si no te cubres tendrás un asqueroso resfriado para mañana. —Juntó las cejas y arrugó un poco los labios, bello gesto que me pareció hermoso.

—Está bien, pero no era necesario que trajeras el cobertor más grueso Yuri… ya nos vamos a retirar a dormir —le dije sintiendo casi de inmediato un calorcillo suave naciendo en mis venas.

—Oye tonto, tú siempre me estás cuidando, deja que de vez en cuando yo te cuide —lo dijo aún con el rostro de enfado y la mirada endurecida.

Fue lo más hermoso que me habían dicho en mucho tiempo, ni en la boca de Anya esas palabras hubieran sonado tan bellas. Quise corresponderle y lo invité a compartir el cobertor.

—También estás con frío Yuri, ven junto a mí y terminemos el vino de la botella porque para mañana se habrá malogrado. —Topé un par de veces el sillón con la palma de la mano invitando a Yuri para que me acompañe y de inmediato lo tuve a mi costado.

Yuri se acomodó bien en el sofá y yo serví una segunda copa rebosante de buen vino añejo, fuerte y pesado, como para el paladar de los hombres. Yuri tomaba de a poquitos, yo le daba buenos sorbos y pronto nos vimos envueltos en la alegría que el vino de diez años puede producir en la cabeza de cualquier hombre. Reímos sobre la forma cómo engañamos al fotógrafo que creyó que era él quien estaba logrando sacarme las poses y nos acercamos un poco más para compartir mejor la cubierta de cama que trajo.

Una hora más tarde yo me serví la cuarta y última copa llena de vino y mi querido hermano cedió ante su poder narcótico y el cansancio del día. Sus ojos se cerraron y su cabeza se posó sobre mi hombro, yo me acomodé en el sillón de tal forma que pudiera alcanzar mi copa y cobijar a mi hermano junto a mí, allí a mi costado, bajo mis brazos cansados y relajados y muy cerca de mi alegre y palpitante corazón.

Él se dio media vuelta y me abrazó buscando algo más de comodidad, yo lo cubrí por completo con el edredón, dejando solo un espacio para que pudiera respirar y para que me regalase la maravillosa vista de su limpia frente, de su salvaje flequillo que cubría parte de su rostro, de la perfecta curvatura de su nariz, de la tersura de sus mejillas sonrosadas por el trago y de sus labios rosas que se movían entre abiertos como si intentaran decirme algún secreto.

No pude evitar que mi mano acariciara su suave cabello, que mis pulmones se llenaran con su aire y su olor, que mi cuerpo acogiera su calor, que mi mirada invadiera cada milímetro de su perfecta arquitectura y que mi boca pronunciara temerosa, ansiosa e incrédula una frase que se convertiría en mi preferida.

—Descansa… “mi niño”.

Notas de Autor:

Merlot: Es un vino que se caracteriza por su finura y suavidad, sin dejar de ser aromático y carnoso. Es de color rubí muy intenso, de graduación mediana y envejece rápidamente sin perder calidad.

Never, never gonna give you up es una canción en género disco del reconocido intérprete estadounidense Barry White. Parte del álbum Stone Gon’ de lanzado en 1973. A la madre de Víctor le encantaba escuchar esas canciones.

Gracias por seguir Tabú.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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