Capítulo 5: Cercenados


Phichit siempre trataba de comprender el actuar de Yuuri, pero en muchas ocasiones, las ideas que aparecían en la cabeza de aquel lograban superarlo por mucho. El hecho de aliarse con Víctor Nikiforov había sido una ellas, una contra la cual, desgraciadamente, no pudo combatir. Ahora, el que pretendiera huir cuando ambos (sobre todo Yuuri) tenían el fango hasta el cuello era la nueva novedad que intentaba procesar mientras su amigo lo veía con ojos esperanzados, como si algo así realmente pudiera salvarles la vida.

Ciertamente, estaban en un punto demasiado crítico y de pánico. Bastantes escenarios pasaban por la cabeza de Phichit cada vez que pensaba en esa botella rota y el líquido de miles de dólares que terminó por desperdiciarse en el suelo: se imaginaba ya con un tiro en la cabeza, amarrado y encerrado en la cajuela de un vehículo, sin algún dedo de sus manos o siendo arrojado al río sujeto a un pedazo de cemento. Nunca se imaginó que, una vez Yuuri y él limpiaron el desastre y se deshicieran de las pruebas para darse un poco de tiempo, su amigo le confesara el trato que un tal Jean Jacques Leroy le propuso para traicionar al jefe de una mafia.

Yuuri tuvo que repetírselo varias veces antes de que Phichit llegara a comprender que realmente escuchaba bien sus palabras…  y que las entendía. Un “Estás loco” estalló de sus labios impregnados por el terror de saberse en peligro y tan expuesto a la furia de Nikiforov. Tenía miedo de lo que pudiera ocurrir tras al accidente de la botella, pero sabía que cualquier cosa que Víctor le hiciera como castigo no sería nada en comparación a pagar por una deslealtad de esa índole. Pero Yuuri sonaba convencido de sus argumentos, aunque Phichit sabía que era más el deseo de que todo resultara bien a un genuino convencimiento que así sería.

Más allá de las implicaciones de que todo eso fuera una trampa y terminaran en manos de alguien que también podría hacerles daño, Yuuri apaciguaba sus propias dudas internas al convencerse que por lo menos así, una vez escaparan de la ciudad, Víctor no los seguiría para cobrar venganza. Seguro tendría cosas mejores de las cuales preocuparse, tal como había ocurrido con su viejo empleador.

—Nunca siguieron a Celestino —Esa era la idea que mantenía a Yuuri con la fe intacta.

—¿Y cómo lo sabes? —la voz de Phichit estaba llena de urgencia, se notaba las enormes ganas que tenía de tomar los hombros de Yuuri para sacudirlo y hacerlo reaccionar—. ¿Cómo sabemos que realmente él…  sigue vivo?

Eso era un tema que muchas veces Phichit se preguntó en silencio. ¿Realmente su trato había salvado a Celestino? ¿Qué les aseguraba que Nikiforov no lo había buscado de todas formas, sin que ellos lo supieran? Era obvio que asesinatos de ese estilo no se anunciarían a los cuatro vientos, sobre todo si el silencio le aseguraba a Víctor que ese trato beneficioso con Yuuri se mantuviera…  Tal vez, después de todo, sí quiso cobrarse con Celestino. No por el dinero en sí, sino por el gusto de castigar a quien intentó engañarlo y salirse con la suya.

Yuuri se mantuvo en silencio, pero algo de palidez llenó su rostro cuando procesó esa idea. Por supuesto, él siempre creyó con bastante ingenuidad que había salvado la vida de Celestino con su trato, pero Phichit tenía un buen punto: ¿quién les aseguraba eso? Y, si realmente, ¿Celestino estaba muerto? ¿Si realmente Víctor había acabado con él?

Esa noche ninguno de los dos pudo conciliar el sueño. En realidad, ni siquiera lo intentaron; conversaron en la sala, sin llegar a ninguna resolución, hasta que un silencio monumental les hizo saber que tal vez era hora de ir a la cama, pues las ideas y los pensamientos que corrían intermitentes en sus cabezas eran ya imposibles de sostener con claridad. Pero, pese a que se notaba el cansancio sobre sus rostros, el miedo los mantuvo ahí, quietos, solo mirándose fijamente sin saber qué más decir. Fue más el peso de sus parpados el que les hizo cerrar sus ojos, pero ambos estaban seguros que, cuando los abrieron horas después y notaron que la luz del día se colaba ya en la habitación, realmente no habían logrado descansar.

El almuerzo se vio teñido por el mismo mutismo del miedo y la incertidumbre sobre lo que podría ocurrir ese día. Fue obvio que comieron más por saber que lo necesitaban que por tener un verdadero apetito para ello. Necesitarían fuerza y voluntad para decidir cuál sería su próximo movimiento: si de verdad intentarían contactar a Leroy o se confiarían en tener un par de días extras para pensar mejor las cosas antes de ser descubiertos.

Al final, ambos lograron darse cuenta que no se encontraban en el mejor estado anímico para tomar una decisión de ese calibre. Cualquier cosa en el momento parecía una opción arriesgada y estúpida para, minutos después, darles la impresión de que era lo mejor que podían hacer.

La decisión que finalmente escogieron terminó por resultarles obvia: irían al bar y fingirían que nada había ocurrido. Phichit la aceptó al pensar que en ese tiempo lograrían pensar en algo mejor; Yuuri la sugirió porque tenía una intención oculta que no reveló a su amigo: se echaría la culpa. A penas tuviera un momento para hablar con Nikiforov a solas, se lo diría, esperando que la sinceridad le valiera un poco de su piedad.

Por supuesto, no fue agradable para ninguno colocar sus pies dentro del bar. Phichit hundido en el temor de que tal vez no lograría mantener la compostura apenas Víctor apareciera frente a él; Yuuri con la cabeza llena de inseguridades y la ansiedad que le provocaba el no saber la manera en que lo confesaría. Sin embargo, bastaba ver el pánico que invadía a su amigo para darse valor y saber que hacía lo correcto. Él era el culpable que ambos terminaran sumergidos hasta el fondo en toda esa mierda. Lo menos que podía hacer era aceptar su responsabilidad y no arrastrarlo más con él.

Fue un alivio insípido que, al cierre del bar, Víctor no se presentara ese día. Ni al siguiente. Ni al siguiente de ese. Fue una ausencia que en realidad duró cinco días.

Por aquella quinta noche, mucho se rumoreaba por las paredes del bar que la gente de Nikiforov había hecho un descubrimiento siniestro, pero eran demasiadas las versiones que salían de labios tan distintos que era difícil saber si acaso alguna se acercaba a la realidad. Solo había algo en la que todos concordaban: pronto habría mucho derramamiento de sangre.

Yuuri estaba atento de todo lo que se decía y, por supuesto, temía lo peor.


A Víctor, de vez en cuando, las cosas se le salían de control. Él, que era alguien a quien le encantaba tener la seguridad y certeza entre sus manos, en ocasiones se veía en la necesidad de luchar, forcejear, herirse con tal de sostenerlo todo de la forma en que deseaba y necesitaba. Pero a fin de cuentas era humano, uno que debía postrarse también ante las inclemencias ajenas, el azar, el actuar de terceros caprichosos quienes eran difíciles de controlar, quienes eran impredecibles.

Supo que algo iba a ocurrir cuando tuvo un sueño. No es que fuera premonitorio, era más bien su instinto y su propio temor advirtiéndole que no debía guardar esperanzas. ¿Cómo tenerlas cuando, en pesadillas, se camina por el interior de un frigorífico gigante? Y ahí, en medio de retazos de carne de cerdo roja y sangrante, penden las cabezas cercenadas de aquellos a quienes consideras importantes: Makkachin, su madre, Christophe, Yuri, Yakov, Lilia, Mila, Sina, Fould, Katsuki…

.

.

.

¿Katuski?

La novedad de ver la cabeza de su nuevo socio fue, quizá, la mayor y más desconcertante de sus novedades cuando abrió los ojos. Y fue, quizá, la confirmación de que en los próximos días algo se le saldría de control.

La búsqueda del paradero de Sina y Fould continuaba, y ahora que su desaparición se había extendido por tanto tiempo y que solo habían logrado localizar el camión de transporte con la mercancía intacta, Víctor decidió enfocar toda su atención a ese caso. Tenía bastantes pistas para sospechar que el responsable del secuestro era su padre. Estaba seguro que todo eso era una clase de trampa para hacerlo caer en sus dominios y tener esa “conversación” que parecía buscar desesperadamente. Víctor comenzaba a cansarse de ese juego, de ver a los hombres de su padre inmiscuirse en su territorio y sus negocios solo para insistir en darle un mensaje, una petición de encuentro.

Prefería clavarse un cuchillo en el estómago antes de estar de nuevo frente a ese hombre que tanto despreciaba, pero si las vidas de Sina y Fould dependían de esa reunión, la llevaría a cabo. De todas formas, quiso ser precavido: si bien había una gran posibilidad de eso, al ser algo que no podía confirmar por completo aún, todavía cabía la posibilidad que realmente un tercero estuviera involucrado y fuera el verdadero responsable. Por eso, Víctor debía mover sus piezas con cuidado, analizar con mayor detalle las pistas y encontrar algo más conciso. Con su padre no podía haber movimientos en falso, riesgos sin planificación que lo expusieran con tanta claridad a su juego sucio. Aunque, al final, hubiera preferido actuar con menos cautela y lentitud, sobre todo cuando las señales fueron más que claras. Pero, para ese entonces, fue ya demasiado tarde.

Cinco días después de la pesadilla recibió la noticia: los habían encontrado.

A sus cadáveres…

Cercenados…

De la cabeza…

Dieron con ellos en una bodega abandonada a las fueras de la ciudad. No había sido suerte ni una buena investigación, sino que su padre había sido capaz de plantar las pistas necesarias para que los encontraran en el momento justo… Él siempre tuvo sus piezas en el lugar indicado y las supo mover mejor. Víctor sabía que todo eso era obra suya porque veía su marca personal en esa masacre. Sabía cómo trabaja, qué era lo que hacía, de qué formas le gustaba castigar. Entre más doloroso mejor, entre más espectacular, más sádico… 

Una cosa fue el primer impacto al momento de recibir la noticia en labios de Christophe; otra fue encontrarse frente a frente con la escena, ver con sus propios ojos como los cuerpos cercenados de Sina y Fould pendían de una viga boca abajo, desnudos, con gajos de piel y carne notoriamente arrancados en vida. Las cabezas justo debajo de ellos, bañadas en la propia sangre de los cuerpos, con la amenaza estampada en sus frentes de “Se acaba el tiempo”.

Víctor ordenó la búsqueda exhaustiva de los responsables para que sufrieran un destino peor del que habían causado. No obstante, aquello era una venganza que se llevaría a cabo sin sustancia: solo encontrarían y harían pagar a los responsables del acto, pero no al intelectual tras las órdenes…  a su padre.

Por supuesto, Víctor mantuvo la entereza y la sangre fría suficiente para asegurarse de recuperar los cuerpos y brindarles un entierro digno. Ninguna de las personas que presenciaban con él el desastre lo vieron en algún momento desquebrajado. La tranquilidad en su voz, en sus expresiones, podía ser incluso más aterradora y amenazante que verlo estallar en coléricos gritos, sobre todo porque los presentes sabían muy bien que esos hombres pertenecían al círculo privilegiado de Nikiforov. Eso era lo que admiraban de él, el ser capaz de mantener la compostura, la calma, aun cuando era tan obvio que deseaba tener entre sus manos la cabeza de quien había propiciado eso.

Víctor era capaz de resistir, por supuesto, pero al igual que todos también tenía un límite: al llegar a él, se desmoronaba. No era algo que hiciera a menudo, solo cuando sentía que sus nervios lo estaban destrozando y que, poco a poco, ese lodo que sabía mantener en la altura adecuada subía hasta su cabeza y se le metía en la garganta, asfixiándolo.

Era normal que perdiera hombres bajo su cargo, algunos incluso cuyos nombres nunca antes había escuchado o dueños de rostros que veía por primera vez. Solo por otros subordinados era como se enteraba que ellos eran personas que le habían servido. Sin embargo, dentro de todos los trabajadores y socios bajo su mando, existía un círculo íntimo a su alrededor, lleno de gente que tenía su respeto, su cariño y estimación. Él sentía la obligación de protegerlos a toda costa y, cualquiera que lograra dañarlos, desataba el infierno en su interior y lo llenaba de deseos de transportar ese mismo fuego al mundo real y hacerlos arder con él.

El caso de Sina y Fould era uno de esos. Ellos habían cuidado de él en sus primeras incursiones y trabajos dentro de ese mundo, cuando todos todavía trabajaban para su padre y Víctor apenas era un niño. Lo habían guiado, enseñado y dado consejos mucho más prácticos que los de su progenitor. Y, cuando había decidido traicionarlo, ellos no dudaron en seguirlo, en mantenerse fiel a su cuidado.

Si tan solo no hubiera tomado la situación con tanta mesura, si tan solo no hubiera tomado las precauciones de siempre y se hubiera decidido a actuar, tal vez ellos estarían a salvo. Lo peor es que no podía hacer que su padre pagara por ello: no era tan sencillo, seguía estando demasiado lejos de su alcance, seguía siendo intocable ante su ira. Les había fallado a dos personas que importaban demasiado para él y ni siquiera era capaz de vengarlos como era debido… Eso era lo que más dolía, lo que le obligaba a tragarse su rabia y fermentarla dentro sí, porque no había nada que pudiera hacer con ella.

Al final de esa tarde, Christophe lo encontró sentado en el suelo de su oficina, a lado del escritorio.  Tenía el cabello desordenado y se encontraba rodeado por fragmentos de algunas copas que rompió en un ataque de ira y unas diez colillas de cigarrillo que había apagado contra el mismo suelo… Y aun con todo, Víctor no había logrado mitigar su ira, temblaba a causa de ese infierno que ardía y le incineraba las extrañas, ese infierno que no podía dejar escapar. Había tomado un par de tragos con la intención de que el licor lo apagara desde adentro, pero aún no era suficiente… Necesitaba más.

Cuando se sintió descubierto por Chris, en ese estado miserable y tan frágil, no dudó en ponerse de pie y enfrentarlo con firmeza, como si ese pequeño desliz nunca hubiera ocurrido. Christophe era de los pocos que conocían ese lado vulnerable de Nikiforov que debía mantenerse inexistente para todos los demás, pero Víctor en ese momento no estaba de humor para escuchar su lástima y sus patéticos intentos de motivarlo.

—Víctor… 

Christophe sabía que aquel era una mecha que estaba a punto de encenderse ante el más mínimo chispazo. Por eso intentó detenerlo, bloquear su paso para que no saliera de ahí hasta que pudiera tranquilizarse y ver las cosas con claridad, pero el fuego que ardía sobre los orbes ajenos le hizo recapacitar, hacerse a un lado y dejarlo ir antes de que recibiera un disparo como consecuencia. No fue solo la mirada impregnada de una clara advertencia y sed de sangre, fue ver como los dedos temblorosos de Víctor acariciaron su cinturón, justo en la zona donde resguardaba la pistola. La peste de alcohol le advertía a Chris que en ese momento cualquier cosa lo haría arder, ¿pero qué podía hacer entonces? Tal vez solo seguirlo de lejos y rogar porque no cometiera una locura.


Era miércoles por la noche, fin de mes, en un horario que permitía un ligero tránsito de clientes que lo hacía notar todo más sereno. Phichit se encontraba tras la barra junto con Georgi, quien le contaba por octava vez como había conocido a Anya, su exnovia, y cuáles eran sus nuevos planes para intentar reconquistarla con el collar de perlas que recién le había comprado. Sonaba entusiasmado, esperanzado de que algo así sería suficiente para recuperarla. Phichit en otra ocasión le hubiera dado ánimos, pero advirtiéndole sutilmente que no se decepcionara si las cosas no funcionaban como lo planeó; sin embargo, en esa ocasión solo escuchaba en silencio mientras sus manos se movían mecánicas al momento de colocar algunas copas limpias en sus lugares respectivos.

Tanto para él como Yuuri, la tensión y el miedo habían entrado en una especie de pausa, pero eso no implicaba que hubieran desaparecido por completo, sino que se mantenían ahí, en ellos, latentes para explotar ante el primer avistamiento de Nikiforov después de varios de días de ausencia. Phichit trataba de mentalizarse respecto a ese inevitable encuentro: cómo debía actuar, qué debía aparentar, el pulso helado y el rostro en calma para fingir que nada ocurría. No era agradable esperar de esa forma a que el momento se diera; casi parecía que, con cada minuto que pasaba sin suceder, sus nervios se destrozaban más hasta volverse añicos tan pequeños que eran imposibles de unir. En algún momento se desmoronaría por completo, en algún momento le sería imposible mantener una tranquilidad que era incapaz de sentir.

Cuando colocó la última copa, fue consciente que Georgi había dejado de hablar. Se sintió de pronto apenado, pensando que tal vez aquel le había hecho alguna pregunta o esperaba algún comentario de su parte, pero no sabía qué, no sabía realmente ni siquiera en que instante dejó de prestarle atención. Le dirigió una mirada, dispuesto a disculparse y pedirle que se repitiera, pero en su lugar encontró un escenario extraño: Georgi no lo observaba a él, sino que lo hacía al frente, a la puerta principal, o mejor dicho, a quien recién había entrado a través de ella y caminaba hacia la barra.

Era extraño porque, aunque los altavoces todavía emitían la misma canción de jazz de fondo, Phichit sintió como si de pronto todo hubiera quedado envuelto en un temeroso silencio, como si bajo la música, las voces que habían sonado hasta ese entonces se hubieran callado de repente…  asustadas.

Phichit se giró justo cuando Víctor Nikiforov tomaba asiento en la barra, justo al frente suyo. Notaba como las personas miraban al menor de los Nikiforov con sentimientos confusos y, como si hubiera una barrera repelente en su contorno, rehuían de él. No era para menos: el aura alrededor de Víctor era fatal, agónica y violenta, lo que volvía más macabra esa sonrisa estática que solo se movió para pedirle a Phichit un trago. No dijo cuál, o más bien, Phichit no escuchó cuál. Su temor sobre la botella rota fue tragado por esa sensación nueva de pánico que le era incomprensible, que parecía provenir de unos ojos muertos y azules que estaban clavados en él… y que lo asesinaban en silencio. Su corazón latía a punto de destrozársele en el pecho, tal vez su instinto advirtiéndole que no era un lugar seguro.

Fue Georgi quien lo extrajo de ese estado, justo cuando le pasó una copa vacía y con ella lo golpeó suavemente del brazo izquierdo para llamar su atención. Phichit la tomó, rebuscó rápidamente el whisky que Víctor solía beber con regularidad y, tras servir, la dejó frente a él.

—No.

Ese “No” retumbó incluso en las entrañas de Phichit. Y la sonrisa de Víctor ahí, tan perfecta y terrible por como inspeccionó el líquido de la copa y se la devolvió intacta.

El pedido de Víctor se repitió de nuevo, ahora con la completa atención de Phichit, quien sintió su pulso desfallecer al mismo tiempo que él lo hacía. Era incapaz de comprender por qué Víctor le pedía tan repentinamente la bebida para “momentos especiales” cuando no había nada que celebrar, cuando solo en una ocasión desde que se hizo cargo del bar lo había visto tomar de ella. ¿Por qué ahora? ¿Acaso ya sabía que se había roto?

Era obvio que Phichit nunca lo entendería, que nunca conocería la amargura que se desarrollaba dentro de Nikiforov, el infierno mismo que solo deseaba apaciguar con los recuerdos, con un trago para conmemorar la memoria de quienes tanto habían significado para él: la primera vez que abrió esa botella y bebió de ella fue en compañía de Sina y Fould, cuando los tres, junto con Christophe, celebraron el primer socio que habían logrado poner en contra de su padre.

Los labios de Víctor temblaron por primera vez enfrente suyo, esos que siempre se mantenían intactos en una sonrisa y que ahora bailaban por el esfuerzo de mantenerse arriba y no desgajarse.

—¿Phichit? —A sus espaldas escuchó a Georgi llamarlo. Él también se sentía intimidado como todos, él también notaba y presentía el peligro que Víctor representaba en ese momento. Todos sus sentidos tiritaban, le alertaban que era mejor alejarse cuanto antes. Phichit no era capaz de verlo de esa forma, él creía que ese miedo se derivaba del sentirse descubierto.

—Lo siento… —Phichit, con lágrimas en los ojos, pensó en Yuuri, quien se encontraba en ese momento en el almacén junto con Yakov, hablando sobre las ganancias del mes. Pensó en él porque no debía pagar por un error suyo. Pensó en él porque ya había decidido una semana atrás que no lo dejaría cargar con todo el peso solo, que se siguiera hundiendo y tragando el fango que pronto no le dejaría respirar. Phichit era el único responsable de ese error y debía pagarlo, fuera de la forma en que fuera—. La…  rompí… 

Víctor lo había observado atento e, incluso antes de escuchar la confesión, sintió un sabor amargo inundándole la garganta. Lo presentía y tuvo bien en acertar. En cualquier otra ocasión hubiera mantenido la compostura, aun cuando aquello realmente lo hubiera hecho enfadar. Pensaría con la mente fría qué hacer al respecto. Tal vez incluso solo sonreiría y se iría de ahí, dejando al chico fermentarse en el temor y la incertidumbre de lo que haría con él, de qué forma lo castigaría. Pero en ese momento fue suficiente para sobrepasarlo. Entre el alcohol previo que había bebido y su propia rabia ya contenida, todo explotó en sus ojos…  y sus acciones.

Su sonrisa se deshizo por completo en una mueca ácida y sus ojos cobraron viveza, pero no de la forma como Phichit hubiera deseado: era como la vida que estalla durante una guerra, llena de rabia, dolor y odio. De una sola vez Víctor se puso de pie, mientras extraía la pistola de su cinto. Apuntó a Phichit con un pulso tembloroso, con una agonía que lo ahogaba y no lo dejaba pensar con claridad. Amenazas, insultos, todo se atragantaba en la boca de Víctor, pero era tanto, tantas, que no era capaz de expresar siquiera alguna.

Georgi fue el primero en dejar una exclamación de terror, seguido por los clientes más cercanos que se dieron cuenta de la escena y no dudaron en huir. Phichit retrocedió unos pasos hacia atrás, hasta que su espalda topó con los anaqueles donde se encontraban botellas de diversas bebidas que funcionaban como decorativo. Ahí comenzó a hacerse pequeño al no tener un lugar por el cual escapar, a enrocarse en sí mismo con los ojos cerrados, como si pudiera protegerse de la bala que ya esperaba por impactarse contra su cuerpo.

Entonces se escuchó el disparo. Phichit, tembloroso, sin ser capaz de contener más las lágrimas, gritó… Pero ninguna bala lo había herido. Esta en realidad impactó contra una botella que reventó y se hizo añicos encima de él. Sin embargo, Víctor no había errado apropósito, sobre sus ojos aparecía impreso la clara intención de dar en el blanco, pero algo se había entrometido en su camino: Katsuki. Él logró alcanzarlo justo a tiempo, tener el suficiente temple para entrometerse, empujar el brazo de Nikiforov y hacerle cambiar la trayectoria. Una valentía idiota, inconsciente, pero era algo que Víctor hubiera sabido apreciar de no ser porque el fuego estaba desatado en él.

Apenas Víctor recuperó el equilibrio, tomó a Yuuri de la camisa y lo empujó contra la barra. Restregó su peso en él, inmovilizándolo, provocando que la espalda de Yuuri se doblara un poco contra el filo. El chico estaba pálido, se percibía en su pulso acelerado el miedo que lo atormentaba, pero aun así luchaba por plantarse con una extraña firmeza y encarar a Víctor de frente, con sus ojos fijos en él.

—Fui mi culpa… —jadeó—. Puedo pagártelo…  Podemos…  llegar a un acuerdo… —su voz se quebró un poco al sentir la pistola presionarse contra su abdomen, como si Víctor quisiera crearle un agujero con la boca del arma sin tener que disparar.

El cabello de Nikiforov comenzó a caer sobre su rostro debido a un aumento en la cercanía, algunos mechones lo distraían al rozarlo, lo obligaban a entrecerrar los ojos, pero ni así logró que le retirara la vista de encima. La pistola vibraba contra su cuerpo, lo sentía, temía por ello. Pero…  una idea extraña pasó por su cabeza, sobre todo al percatarse que no solo era el pulso de Víctor el que temblaba, sino que era su cuerpo entero: él no quería disparar. Lo creía notar en la forma como apretaba sus labios y no había ninguna sonrisa sobre ellos, como sus ojos estaban cristalizados y, dentro de ellos, había un sentimiento de inferioridad y culpa.

La imagen de Víctor disparándole aquella primera vez estaba grabada con fuego en su memoria. Podría rememorar a detalle cada gesto, la expresión de gozo sobre su rostro, la sonrisa amplia de satisfacción y poderío que exhalaba en cada suspiro, la firmeza al sostener su arma como si disfrutara del tacto.

No parecía la misma persona, no era la misma sensación, no era la misma belleza…

Víctor no quería disparar.

Y, aun así, estaba seguro que lo haría. Por eso cerró sus ojos y dejó de forcejear. Esperó el disparo, esperó el beso cálido contra su costado, esperó el dolor…  la sangre…

.

.

.

—Katsuki Yuuri, veinte años, de origen asiático. Quedó huérfano a los seis después de que sus padres murieran en un incendio. Se le consideró un niño problemático por sus constantes peleas dentro del orfanato y sus varios intentos de escape. Por eso nunca lo adoptaron, al parecer.

La voz de un tercero se entrometió entre ambos. Yuuri abrió sus ojos al sonarle algo familiar, al reconocer ese acento ruso que era mucho menos marcado que el de Víctor. Rebuscó con la mirada justo tras la espalda de este, aprovechando que él se había dejado de presionar contra su cuerpo para girarse y mirar también. Ambos notaron al mismo tiempo la presencia de quien había hablado: Yuri Plisetsky. El chico, con su melena rubia, enfundado en una chaqueta de cuero y una expresión de fastidio, caminó hasta ellos como si la situación no fuera una bomba que mostraba los últimos segundos antes de la explosión. Arrojó sobre la barra una carpeta, justo del lado donde Víctor podría verla mejor. Sabía que él comprendería su contenido, que todos esos papeles ocultos en ella mostraban la información de quién era Yuuri Katsuki.

El temblor de Víctor se detuvo, Yuuri se percató en el momento justo en que eso sucedió. Sus ojos se enfocaron en él con alivio, sobre todo al notarlo cavilar mientras observaba esa carpeta. Creyó escuchar un suspiro proveniente de él antes de ya no sentir el peso extra que hacía clavar su espalda contra el filo de la barra. Cuando ya nada lo sostuvo, se resbaló hasta el suelo, con el corazón aún frenético y sus fuerzas evaporadas por completo como para sostenerse por sí mismo. Sin embargo, sus ojos sí se movieron y alzó su vista solo para encontrar que Víctor ya le daba la espalda y se dirigía hacia la salida con la carpeta en una de sus manos. Dentro de su visión logró captar el momento en que Plisetsky lo miró de vuelta y casi deletreó un “Patético” sobre sus labios antes de caminar tras Víctor. Después apareció Giocometti, quien lo observó con un gesto divertido y le guiñó el ojo antes de seguir también a los demás.

—¡Yuri! ¿Ahora te agrada Katsuki? —La voz de Christophe se escuchó burlona mientras ambos cruzaban el lumbral de la puerta hacia el exterior—. ¿O fue porque tiene un pasado parecido al tuyo?

—¡Cierra la boca! —gruñó Yuri casi ofendido, lo que provocó una risa baja por parte de Chris—. No lo hice por él. Tú mismo lo notaste: Víctor no quería disparar.

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