Capítulo 4: Alianzas


La seriedad y firmeza que Yuuri aparentaba era inaudita, como si realmente no tuviera miedo, sino que fuera un hombre acostumbrado a ese tipo de situaciones y supiera lidiar con ellas a la perfección; pero la realidad era que, por dentro, en ese desastre que tenía sobre los hombros, luchaba con todas sus fuerzas para no desmoronarse y caer en pánico. Su secreto era sencillo: simplemente mantuvo la mente en blanco y dejó que la marea lo arrastrara hasta el fondo, sin lucha alguna para evitarlo. ¿Qué más podía hacer, después de todo? Intentar huir, con esa arma clavada en su nuca, le auguraba un doloroso intento frustrado con un consecuente castigo mucho peor del que de seguro ya le esperaba, en especial si tenía razón en ligar a Nikiforov con todo eso que ocurría. Aun así, seguramente no era capaz de controlar los espasmos que hacían temblar su cuerpo de forma involuntaria, y estaba seguro de ello cuando pudo adivinar una risa baja por parte del hombre que lo sujetaba y empujaba al interior de aquel local denominado The King.

No supo muy bien por qué, pero en cuanto cruzó el lumbral de la puerta y fue recibido por luces que titilaban al ritmo de una música inexistente, la imagen de Víctor disparándole apareció tan de repente y nítida en su cabeza, que incluso la cicatriz del impacto en su hombro comenzó a retumbarle con un ligero dolor. Tras el primer impacto de un puñado de luces multicolor que lo cegó durante unos segundos, esas mismas que trajeron el recuerdo del disparo, Yuuri esperó encontrar un antro repleto de personas que bailaban a la melodía de una canción entonada por ellos. Pero, cuando el encandilamiento desapareció y pudo ver mejor el lugar en donde se encontraba, cayó en la cuenta de que aún era demasiado temprano para una situación así. Y la ausencia de música y personas en el sitio se lo confirmaban. Las luces bailaban ausentes de un punto a otro de la pista, traspasándose a esa zona de la entrada que conectaba directamente a un sitio con sillones pequeños y acojinados donde los clientes de seguro se reunían cuando no atiborraban la pista. Las luces, deslizándose sin sonido alguno, creaban en Yuuri un efecto extraño que lo hizo creerse inmerso en un sueño. Era obvio que ese antro aún no habría al público, era obvio que tal vez solo realizaban algunas pruebas con las luces, pero razonar en ello no hizo despejar la mente de Yuuri que, de estar en blanco, ahora era un oleaje multicolor que explotaba en decenas de destellos y que era capaz de percibir los detalles lujosos y toda aquella parafernalia tecnológica que hacían a ese lugar un claro punto de encuentro para los jóvenes de clases altas. Si bien On Ice era un bar por demás sencillo, sin pista de baile ni luces y en el que las personas asistentes solo se dedicaban a tomar mientras una agradable música de fondo sonaba todo el tiempo, The King era sin lugar a dudas el bar/antro nocturno por excelencia.

Los hombres que lo resguardaban notaron la diferencia de inmediato, como fue más fácil guiar a Yuuri hasta una puerta al fondo que ostentaba un claro letrero donde se leía “Solo personal autorizado” y que se encontraba a un lado de una barra que permanecía igualmente vacía. Detrás de ella no había ninguna habitación o por lo menos un pasillo como cualquiera esperaría, sino unas escaleras cuyas orillas estaban iluminadas con unas luces blancas estáticas. Yuuri tropezó con los primeros escalones antes de darse cuenta de su existencia, no solo por su obvia distracción, sino porque los mismos hombres lo habían empujado contra ellos al percatarse que su rehén parecía algo anonadado. Incluso uno de ellos realizó un comentario socarrón, en burla de que Yuuri parecía un niño pequeño que había quedado embelesado por un par de simples luces.

Tal vez era verdad…  O tal vez era solo la necesidad de Yuuri de mantener su cabeza atenta a algo más que al hecho de que se encontraba en peligro y de que cualquier cosa podría pasarle en ese lugar. De todas formas, hizo caso omiso a esas palabras, como con todo lo que estaba sucediendo.

Justo en la cima, se encontraba una puerta más. Yuuri respiró profundo, una última bocanada de aire antes de enfrentar de golpe todo lo que era su realidad ahora; ya no más luces para distraerse, ya no más seguir evadiendo el pánico que volvía a calarle en cada una de sus extremidades. Por supuesto, esperaba ver tras esa puerta a Víctor Nikiforov y, por supuesto, una vez la puerta fue abierta por uno de los hombres que lo escoltaban, no fue a él a quien encontró.

Sentado tras un escritorio de cristal, en una oficina que resguardaba el mismo tipo de elegancia y lujo que el resto del antro, alguien de cabello oscuro y corto le dedicó una sonrisa, seguido de un “Bienvenido” que retumbó en la cabeza de Yuuri como una explosión. No lo conocía, en absoluto, no había una sola facción en su rostro que le resultara familiar, ni siquiera por un vago recuerdo. Hubo extrañeza en su sentir, en ver cómo todas sus sospechas se habían desvanecido de un momento a otro, junto a la seguridad de que algo malo le ocurriría. No supo por qué, la sonrisa llena de egocentrismo y seguridad que el hombre le dedicó, lo hizo sentir tranquilo, aun cuando la pistola seguía clavada contra su nuca, aun cuando el hecho de que hubiera un desconocido enfrente suyo en lugar de Víctor era tal vez un escenario mucho peor.

—Michele, Emil, déjenlo y salgan. Quiero una conversación tranquila.

Yuuri dejó de sentir el arma contra su cabeza y el peso extra sobre sus hombros, y por fin pudo respirar. ¿Cómo se podía sentir tan tranquilo de repente? No tenía idea. Ciertamente, no había una sola certeza consigo mismo desde que entró a ese local. Incluso, más que por el propio desconocido, su atención se vio más llamada por un ventanal enorme que abarcaba casi por completo una de las paredes de aquella habitación y que permitía un panorama completo del antro, cuyas luces ahora permanecían apagadas, inmóviles, haciéndole creer a Yuuri que de verdad había soñado ese cruce a través de ellas.

—Adelante, toma asiento.

El hombre llamó su atención y apuntó con su mano a una silla que se encontraba justo frente a su escritorio. Yuuri titubeó, pese a que su cuerpo ya tomaba el lugar que le había sido indicado antes de siquiera pensar en negarse, y por fin, de frente, ambos se observaron de manera fija, descubriendo los colores ocultos de sus miradas: los ojos del desconocido eran grises.

—Así que… ¿Yuuri Katsuki? —Yuuri asintió por inercia—. No eres para nada como lo esperaba. El dueño de un bar…  pero no cualquiera, sino uno que refugia a un Nikiforov, a un mafioso. No, no pareces en absoluto alguien que haría algo así.

Algo se sacudió dentro suyo cuando el apellido “Nikiforov” se esparció desde los labios ajenos. Lo sabía, sabía perfectamente que Víctor estaba inmiscuido en todo ese asunto, aunque no del modo en que creyó en un principio: ahora las cosas le parecieron tornarse un poco más claras y, lo supo también, estaba en un mayor peligro de lo que creyó. Para Yuuri, la palabra “enemigo” quedó estampada en la frente de aquel hombre.

—Sé lo que piensas y no, no deseo ser aquí tu enemigo, Katsuki. Al contrario, quiero que tú y yo seamos aliados por un bien común.

Yuuri se vio a sí mismo sonriendo de pronto, con un obvio escepticismo reflejado en esa misma sonrisa. Claro que no debía creer en algo así.

—Me parece que una mejor manera de iniciar las cosas es que sepas quién soy, ¿no? —El hombre amplió sus brazos hacia ambos costados, mientras se recargaba por completo en el respaldo de su silla—. Jean Jacques Leroy, aunque la mayoría me conoce como J.J. Bienvenido a mis tierras.

La forma como Jean dijo su nombre, le hizo pensar a Yuuri que debía reconocerlo tras eso, pero era cierto que, ni aun así, tenía la menos idea de quién era. La sonrisa de J.J. palideció un poco.

—No debería sorprenderme que no hayas escuchado de mí antes, lo que no dejo de creer es que alguien como tú se haya asociado con Nikiforov. Alguien quien no tiene la menor idea de en lo que se ha metido, de seguro —J.J. supo que dio en el clavo cuando un ligero terror se dibujó en la mirada de Katsuki…  No por él, por supuesto, sino por esa idea que venía dándole vueltas en la cabeza desde la noche anterior—. Deberías considerarte un chico afortunado, que yo haya intervenido antes de que alguien más…  sanguinario lo hiciera primero. Refugiar a un Nikiforov, y mucho más a Víctor Nikiforov, te asegura muchos problemas. Tiene demasiados enemigos y eres ahora un blanco algo atractivo para ellos, un medio por el cual llegar a él, y créeme, no es nada agradable tener esa posición. Dímelo a mí, este antes era su santuario para realizar negocios. Ambos éramos socios, pero decidió que le gustaba más la idea de tener un lugar más “discreto” y desconocido para eso… Un lugar como tu bar.

Yuuri escuchaba cada palabra con atención y, dentro de todo, había tantas cosas que sentía y pensaba, que no sabía a cuál de ellas darles prioridad. Cada frase formulada era un nuevo golpe que lo sorprendía, que lo asustaba, que lo hacía sentirse confuso. Por supuesto, lo último lo dejó sin aliento, con el cuerpo tan tenso que sentía que se quebraría en cualquier momento. J.J. pareció notarlo, pues soltó una sonrisa suave, como si intentara tranquilizarlo.

—No te preocupes, sin rencores, por lo menos no ahora. Pese a lo que crees, no me gusta ensuciarme las manos de forma tan directa como él, por eso, deseo arreglar este asunto contigo de manera pacífica y beneficiosa para ambos —Hubo una ligera pausa por parte suya, con un ligero síntoma de duda que Yuuri, por supuesto, no notó—. Iré directo al grano: véndeme el bar.

—¿Qué? —Yuuri soltó aquella pregunta en un jadeo, como si alguien le hubiera golpeado el estómago en el momento justo.

—Véndeme On Ice. Claro que te estoy ofreciendo un pago real por él, pero, además de eso, te ofrezco protección hasta que salgas de la ciudad…  o el país, es lo que te sugeriría. Conozco a Nikiforov y sé que no le agradará mucho la idea que dejes botado ese negocio y el acuerdo que hicieron, no soporta las traiciones; sin contar, claro, que seguro sabes un par de cosas que podrían ser peligrosas para él. De todas formas, te puedo asegurar que si te vas de aquí a un territorio que no está en su poder, él no va a seguirte, tiene muchas cosas de las cuales encargarse. ¿Crees que no ha buscado al antiguo dueño de tu bar solo por el trato que hiciste con él? —J.J. rio.

Varias preguntas inundaron la cabeza de Yuuri: ¿cómo ese hombre parecía saber tanto del trato que había hecho con Víctor? ¿Acaso seguía en contacto con él? ¿Para qué demonios quería comprarle el bar? ¿Qué beneficios pretendía obtener él con eso? ¿Era real su ofrecimiento? ¿Podía confiar en que cumpliría su palabra? ¿Por qué, pese a todo los “pero”, lo estaba considerando? Su corazón bombeaba a mil por hora, mientras sus ojos se volvían a encontrarse con los grises de aquel. Quería decir que sí, que aceptaba, pues aquello parecía una bendición después de caer en cuenta de la clase de mierda en la cual se había metido, pero otra parte le gritaba la gran locura que era intentar huir de Víctor y, sobre todo, confiar en ese hombre a quien veía por primera vez.

Ante el silencio que se prolongó más de lo que esperaba, J.J., por primera vez, desvaneció su sonrisa por completo, terminando con aquella tranquilidad que esta le había brindado a Yuuri. Su expresión fue fatal, como si estuviera dándole el último adiós a un cadáver.

—Yo lo tomaría, ¿sabes? Nadie va a brindarte esta salvación nunca más. Puede que ni siquiera la siguiente persona que tengas enfrente tuyo vaya a dirigirte la palabra. Una bala en la cabeza, y se acabó todo —J.J. hizo le forma de un arma con su mano, apuntó a la cabeza de Yuuri y fingió disparar con ella—. Y considérate afortunado si ocurre así, porque puede ser peor…  mucho peor…  Alguien estrangulándote hasta la muerte, choques eléctricos en los pezones y los huevos, castración…  Muchas cosas pueden hacer contigo para que hables y cuentes secretos de Nikiforov, poco les va a importar si realmente sabes algunos o no. Tú no pareces un hombre para este mundo, Katsuki.

Todo eso Yuuri lo comprendía, desde la noche anterior lo había hecho, y, aun así…

—¿Por qué quieres el bar? ¿Por qué salvarme? ¿No sería más sencillo ofrecerle a Nikiforov algo que lo haga volver a hacer negocios contigo? —Las preguntas aún rondaban por su cabeza, pero esas fueron las únicas capaces de materializarse en palabras. J.J. sonrió.

—Oh, Katsuki, los detalles de mis negocios no son de tu incumbencia…  ni las razones. Solo di que aceptas y en este mismo instante te llevaré al aeropuerto.


A pesar de que la idea de abrir el bar y dejar a Yuuri descansar en casa había sido idea suya, algo de temor se atoró en la garganta de Phichit cuando vio a Nikiforov entrar al sitio, tomado del brazo con una mujer a quien ya había visto acompañarlo en varias ocasiones antes. No le agradaba mucho, pese a que nunca le había dirigido palabra alguna; mas su semblante serio, severo e institucional eran suficientes para plantar dentro suyo una enorme negativa de interacción. A decir verdad, era una mujer que desencajaba demasiado en un lugar como ese debido al destilo de elegancia que evaporaba de cada poro, y que la hacía lucir sumamente hermosa y poderosa pese a su edad. Siempre que los veía juntos, se preguntaba si acaso era alguna amante de Nikiforov, aunque sabía que él no tenía fama alguna de conquistador como cualquiera pudiera creer en un principio, aunque más que por abstinencia, muchos decían que era porque sabía ser demasiado prudente.

En ese momento, Phichit no sabía qué le generaba más inquietud: si la mirada verdosa de aquella mujer que lo partió con su indiferencia o los gélidos mareas azules de Nikiforov que lo observaron con una falsa amabilidad, esa misma que anticipaba un holocausto.

—¿Y Katsuki? —Víctor dio un vistazo a su alrededor, como si de verdad se tomara la molestia de buscarlo él mismo con la mirada. Phichit tuvo el presentimiento de que ya sabía que su amigo no se encontraba ahí.

—En casa…  —No iba a mentir, sería peor—. Pero seguro viene ya en camino.

—Oh, qué mal —Víctor fingió un mohín—. Necesitaba urgentemente que él se reuniera con nosotros—. Víctor se soltó del agarre de la mujer y, a cambio, tomó su mano derecha, la misma que se encontraba adornada con varias pulseras de oro genuino y anillos con gemas pequeñas, discretas, que sabían disimular demasiado bien las arrugas de su piel. Víctor depositó entonces un beso en aquella mano, mientras se inclinaba en una aparente disculpa—. Mil disculpas, madame Lilia, por la ofensa de mi socio.

—Con qué clase de hombres te has liado, Víctor, te creía más listo para los negocios —respondió la mujer en un gesto lleno de desagrado. Tenía un acento ruso mucho más marcado que el de Víctor, al nivel de ser difícil comprenderle si hablaba con rapidez.

—Deberé reconsiderar muchas cosas con él. Lo prometo, está ofensa será pagada.

Phichit se había quedado estático en su lugar, como si fuera una pintura sin vida que solo observaba y escuchaba ajeno aquella conversación, aguantando el temor que fácilmente se le reflejaba en sus facciones. Víctor por supuesto lo notó y sonrió con la mirada fría, llena de goce, al momento en que volvió a permitir que la madame tomara su brazo.

—Dile a nuestro pequeño irresponsable que nos encuentre en el privado cuando llegue.

Phichit asintió mordiéndose el labio. ¿Lo había jodido todo? Seguramente, y ahora Yuuri pagaría las consecuencias.


Yuuri no sabía que odiaba más: el hecho de que se hubiera presentado ante él la posibilidad perfecta para escapar de Víctor Nikiforov o que no comprendiera el porqué no pudo decirle a Jean un “sí” rotundo de inmediato, el porqué debía de pensarlo, huir ahí cuanto antes.

Después de tanto silencio tras la propuesta de J.J., este finalmente lo había dejado ir con la opción de que le daría un par de semanas para pensarlo. Era demasiado tiempo, incluso a Yuuri le sorprendió su accesibilidad y lo considerado que estaba siendo, pero su cuerpo se movió en automático cuando, sin siquiera despedirse, saltó fuera de la silla y salió. Con esa misma urgencia se dirigió fuera del lugar, con la necesidad y el temor de que debía volver al bar de inmediato: no por Víctor, sino por Phichit, necesitaba hablar con él, escuchar su consejo, sus impresiones, aunque una parte suya estaba ya muy segura de su decisión, solo había hecho falta el valor suficiente de sus labios para que pudiera decirla.

Al bajar las escaleras, notó a los dos hombres que lo habían llevado hasta ahí conversando en la barra. Ambos lo miraron en silencio y con expresiones serías, pero Yuuri los vio más como borrones al pasar con demasiada rapidez a su lado. Ni siquiera ellos iban a detenerlo ya, pero hubo alguien más que sí lo hizo: justo en la salida, recargado en su motocicleta, se encontraba Otabek.

Yuuri ni siquiera pensó en la posibilidad de que lo estuviera esperando a él, simplemente pasó a su lado y evitó en todo momento su mirada como lo hizo instantes antes con los otros hombres de J.J.

—No deberías hacerlo, es una trampa… —Yuuri escuchó con calma tras sus espaldas.

No pretendía siquiera prestarle atención, solo deseaba alcanzar la avenida principal cuanto antes, pero esas palabras lo detuvieron de golpe y se ganaron su mirada. Al parecer, aquel conocía ya muy bien el estado de su situación. Quiso reírse en su cara, más por nervios que otra cosa: hablaba de trampas cuando de esa forma es cómo lo llevó hasta ahí.

—¿Y por qué tendría que creerte?

—No te mentí, yo trabajo para Nikiforov.

La expresión de Otabek era seria, demasiada en calma para la impaciencia que en ese momento ya se desbordaba desde Yuuri. Para él fue demasiado obvio que mentía: claro que no trabajaba para Víctor, ¿por qué entonces lo llevaría ante un hombre que le había ofrecido ayuda para traicionarlo? Pero, lo que le parecía más confuso aún, era la razón de por qué insistía en eso cuando ya no tenía caso, ¿de qué le servía hacerle creer que Nikiforov era su jefe?

Tuvo algo de tiempo para pensar en todo aquello en su camino de regreso al bar, aunque eso no implicaba que, una vez bajara del taxi que tomó en la avenida principal, tuviera las respuestas a todo eso que lo oprimía desde adentro. Tenía que discernir prioridades o enloquecería, y supo de inmediato que lo único que importaba en ese momento era hablar con Phichit y contarle todo lo que sucedió.

Incluso, cuando pensaba en la mejor forma de abordar el tema con él, las palabras y frases que utilizaría para intentar convencerlo de que era lo mejor, sonaban como una locura en su cabeza, una completa carta de suicidio… Pero, ¿que no era justamente eso, un suicidio, a lo que se atenían cada día manteniéndose entre los negocios de Nikiforov? En todo ese tiempo, sobre todo desde la noche anterior, sintió temor a lo que Víctor pudiera hacerle en caso de que creará un conflicto innecesario con él, pero ahora tenía una nueva revelación: Víctor Nikiforov no era el único peligro que existía al estar involucrado en ese mundo, él tenía muchos enemigos, enemigos que lo veían como un aliado suyo, como un camino para llegar a él. El mismo Jean se lo había dicho: tal vez sí había tenido suerte que acudiera primero para darle una salvación, para quitarlo de en medio tras comprender que Yuuri no tenía nada más que ver con Víctor que solo ser el dueño de un bar que lo refugiaba..  Pero muchos no le tendrían la misma consideración y ese negocio sería suficiente para condenarlo. De pronto, el asunto de que Víctor lo llevara a casa y le diera su teléfono privado para alguna emergencia tomaba demasiado sentido: él mejor que nadie sabía el peligro que corría ahora por resguardarlo en su bar, y no solo a él, sino a sus negocios y sus socios.

El bar se encontraba abierto ya al público en general, pero al ser un día entre semana, la afluencia de clientes era casi mínima. Yuuri, tras bajar del taxi y entrar con premura, miró a lo lejos a Phichit en la barra, quien colocaba un par de tragos en una charola que Georgi esperaba para entregar.

—¡Phichit! Necesitamos hablar.

El aludido se sobresaltó ante ese llamado y le dedicó a Yuuri una mirada llena de nerviosismo y culpa. Había estado tan agitado desde que Víctor llegó, con la idea de que le había provocado un terrible problema, que ni siquiera le permitió a su amigo que siguiera hablando.

—Yuuri, de verdad la jodí, y lo siento tanto… Solo quería que descansaras un poco más, de verdad no quería provocarte problemas con Nikiforov.

—¿Qué? —Yuuri lo miró confuso. Por supuesto, no entendía cada palabra y no podía imaginarse en qué clase de problemas Phichit podría provocarle con Víctor. Lo ignoró, había algo de más importancia que resolver—. No, Phichit, escucha…  necesitamos hablar —acentuó el “necesitamos” con urgencia y su mirada se clavó con desesperación en las pupilas de su amigo. Este tomó un respiro ahogado, lo había comprendido al fin: “necesitaban” hablar; algo había ocurrido. Pero, para él, el asunto con Víctor era de más gravedad.

—No, espera, Yuuri, lo que necesitas ahora es ir con Nikiforov de inmediato. Él llegó, está aquí, sabe que tú no estabas. Te espera en la habitación privada.  

—Jefe —le llamó Georgi, quien le extendió la charola con los tragos que Phichit servía cuando llegó—. Disculpe, pero Nikiforov pidió que llevara esto usted si es que ya se encontraba aquí.  

—Ve, hablamos cuando termines.

Yuuri se mordió el labio con ansiedad, a quien menos deseaba ver en ese momento era a Víctor, sobre todo ahora que comprendía mejor la situación con él, lo molesto que seguro se encontraba por no haber estado en el bar cuando era su deber. No tuvo opción.

La habitación privada era exclusivamente para el servicio de Víctor, quien solía tener reuniones con socios muy importantes ahí. Había sido adaptada para que ningún sonido se infiltrara dentro o fuera de ella. Por supuesto, Víctor fue quien se encargó del desarrollo exclusivo de ese sitio, para volverlo lo suficientemente amplio, y con asientos y mesas que resultaran cómodos para todos. Se accedía ahí solo a través de la bodega, mismo punto al cual Yuuri se dirigió sin mucho ánimo. Estaba desgastado, con el corazón como una bomba a pocos segundos de estallar. La urgencia de hablar con Phichit había aumentado, junto con el temor de no saber qué clase de Víctor encontraría en aquel lugar.

Como era usual, Christophe esperaba afuera de la habitación, resguardando el lugar y manteniéndose atento por si Víctor llegase a necesitarlo. Lo que llamó la atención de Yuuri fue la ausencia de Plisetsky, quien también solía vigilar ese punto en cada ocasión: no por algo ambos eran consideramos como las sombras de Víctor Nikiforov.

Al mirarlo acercarse, Giacometti le dedicó una sonrisa suave, algo le hizo percibir a Yuuri un poco de lástima en ella.

—Chico, quizá sea solidario advertirte que él no está muy contento contigo ahora —comentó Chris con ligereza, como si estuviera saludándolo de la forma más simple posible—. No solo a él lo has mantenido esperando por ti, sino a madame Lilia.

Yuuri quiso arrojarse las bebidas encima cuando escuchó ese nombre. ¿Cuánto más podía empeorar ese maldito día?

Al igual que a Phichit, a él no le agradaba esa mujer, sobre todo porque sí había tenido que dirigirle la palabra en más de una ocasión y soportar esos ojos fieros sobre su persona. Yuuri se sentía muy intimidado por su forma de mirar, su manera de expresarse con tanta fuerza y potencia, en especial porque su acento ruso tan marcado le impedía a Yuuri muchas veces lograr comprenderla. Cuando eso ocurría, simplemente se limitaba a sonreírle y asentir. Ella pareció notar en algún momento eso, por lo que tomó con él una actitud de fantasma: lo ignoraba abismalmente, más allá de dedicarle un par de miradas mortíferas que, si fueran cuchillos, hubieran sido enterrados con saña en su pecho. Yuuri podía imaginarse que se ganó algo de resentimiento suyo al creerse ignorada por él. De todas formas, lo que más detestaba, era que Víctor insistiera en reunirlos a ambos para hablar de “negocios.” Ella era uno de sus socios más distinguibles e importantes, quien manejaba su red de prostitución y servicios sexuales, los cuales no se limitaban a servir a clientes cualquiera que apenas podían pagar, sino que su mayor presencia era en los grandes extractos de la política y economía del país, donde las mujeres y hombres de gran atractivo, etiqueta y elegancia eran los platillos principales a degustar. Víctor había tenido la idea de inmiscuir ese servicio al bar, tener a la disposición algunos “empleados” esplendidos de Lilia para todo aquel que pudiera pagar el servicio.

Sin que Yuuri se sintiera en la posición correcta para negarse, su silencio había sido, sorprendentemente, suficiente para que Víctor comprendiera que la idea de no era de su agrado. Aun así, no dejaba de insistir, lo que muchas veces le hacía preguntarse a Yuuri por qué seguía tomándolo en cuenta cuando tenía todo el poder de llegar con aquellos empleados sin que Yuuri pudiera hacer nada al respecto, más que voltear su vista a un lado y fingir que no lo notaba, como lo hacía con todo lo demás.

Suspiró, más resignado que otra cosa, mientras Chris se giraba y tocaba a la puerta antes de anunciarlo:

—Es Katsuki.

Una vez dentro, Yuuri evitó a toda costa mirar directamente a los ojos a Lilia, los cuales, sabía ya, lo desbarataban con enojo por el tiempo de espera que la hizo pasar. Tampoco es que quisiera mirar a Víctor en su lugar, quien seguro se había percatado ya de su temor y se regocijaba con él.

—Qué alegría que por fin pudieras acompañarnos, Yuuri.

Sintió un escalofrío recorrerlo por toda la espalda, tanto que, después de dejar la charola con las bebidas sobre una pequeña mesa en el medio, se enderezó de golpe.

—Lamento mucho la tardanza. Prometo que no volverá a pasar.

¿Qué más podía hacer que aceptar la culpa y esperar que Víctor fuera piadoso con él?

—Me encargaré que así sea, Yuuri. Yo puedo soportar este tipo de desplantes —Yuuri hubiera sonreído con gracia de no ser porque corría peligro que Víctor lo tomara a mal—, pero no puedo permitir que sea así con mis socios.

Lilia habló, pero no pudo comprenderla. Ni siquiera estaba seguro si había hablado en inglés, con ese acento indescifrable para él, o si lo hizo enteramente en ruso, algo que se le había vuelto un hábito después de que decidiera ignorarlo.

—Pero creo que lo más me sorprende y me…  irrita —continuó Víctor. Yuuri sabía que no solo era “irritación”, había muchos grados de distancia de ese nivel— es que uno de los empleados pueda tener a la disposición las llaves del bar para que te desatiendas de tus responsabilidades y sigas negándote a darme las copias que ya deberían ser mías.

Yuuri finalmente se atrevió mirarlo, y más que miedo, fue claro el reflejo de sorpresa en sus ojos. ¿De verdad era momento para sacar ese tema a relucir? Pero eso no era lo que más le había sonado de aquellas palabras.

—Phichit no es ningún empleado, él es un socio también.

—No fue con él con quien hice el trato —respondió Víctor de tajo, pese a que su rostro era un manto de serenidad completo. Incluso se inclinó con tranquilidad para tomar su copa de whisky de la charola.

Yuuri apretó sus manos en puños. No supo por qué, de pronto, tenía tantas ganas de estallar. Quizá la idea de que podría alejarse de todo en cualquier instante le brindaron un valor que antes no tenía, el suficiente para dejar que las palabras que siempre le quemaban en su lengua, pero que contenía por sentido común, ahora escaparan de sus labios, con un tono claro de desafío que nadie debía tener, por seguridad propia, con Víctor Nikiforov. 

—Él venía incluido en el trato y es tan dueño de este lugar como yo. Así que, de ahora en adelante, él también estará encargado de abrir el bar en algunas ocasiones e incluso de hablar sobre él con otros socios si así lo necesitas.

Yuuri no se daba cuenta que estaba hundiendo a su propio amigo a un punto en que siempre evitó hacerlo; por eso el hecho de cargar solo con la responsabilidad completa, de tratar realmente a Phichit más como un empleado que como un socio. Él era el culpable de que Víctor tuviera esa idea de su amigo, pero todo había sido para protegerlo, protección que justamente estaba mandando a la mierda en ese momento.

—No lo apruebo. —Víctor dio un trago con tranquilidad a su bebida.

—Esa no es tu decisión. Somos socios, pero no trabajo para ti. Hay una línea muy clara que divide eso. Como si la trataras a ella de la forma en que lo haces conmigo.

Lilia se había inclinado para tomar su bebida, pero toda intención de llevarse la copa de martini a los labios se borró para fijar su mirada en el chico durante unos segundos, después de que este le apuntara. Mas que por la obvia referencia a su persona, fue la respuesta tan desafiante que dejó caer hacia a Víctor, a quien no pudo evitar mirar también, con algo de recelo, en espera de verlo arremeter contra Yuuri y castigarlo por su impertinencia.

—Y, como tal, puedo terminar nuestra asociación cuando yo desee, Katsuki —La sonrisa de Víctor se desvaneció como un hilo de humo—. Y alguien tendrá que pagarme el dinero que Celestino me debe…  Y fuiste tú quien asumió su deuda, ¿comprendes?

Yuuri lo comprendía tan bien, que no hizo faltar decir más. Ni siquiera sentía ya la necesidad de hablar con Phichit sobre el ofrecimiento que ese tal Jean le había dicho. Estaba más seguro de su decisión ahora que nunca, ahora que esperó que Víctor alzara su arma y apuntara hacia él, como había hecho aquella noche cuando todo comenzó; pero, al ver que nada ocurría, que Víctor bebía de su copa como aguantando algo, dio media vuelta y salió de ese lugar donde la tensión se había vuelto palpable.

Lilia ahora se daba la libertad de mostrarse sorprendida, incluso molesta porque Víctor se mantuviera tan pasivo en una situación así. No recordaba algún momento en que permitiera que alguien le hablara de esa manera, sin importar que tan importante fuera ese socio o ese negocio. Para ella era perceptible el ligero temblor en la mano que sostenía el whisky. Estaba conteniendo su enojo, ¿pero por qué?

—¿Qué sucede contigo?

—¿Cuál era el nombre del cliente que ha molestado a tus chicas, Lilia? —fue la respuesta de Víctor.


Yuuri volvió pálido con su amigo, tembloroso como si se hubiera sumergido en aguas sumamente heladas, pero su aspecto no era nada en comparación a la expresión de pánico que Phichit tenía mientras, detrás de la barra, miraba al suelo y un par de lágrimas producto del terror inundaban sus ojos. Yuuri solo pudo cerrar los suyos y respirar sin aire alguno: ¿ahora qué había ocurrido?

—Phichit, ¿qué sucede? —preguntó sin aliento, sofocado, mientras terminaba de procesar que había salido ileso tras hablarle de aquella forma a Víctor.

—Yo… lo siento…. de verdad… No sabía que estaba ahí…

Phichit apuntó al suelo de su lado de la barra y Yuuri se alzó un poco para mirar: había una botella rota en el suelo, con el líquido marrón de su interior creando un pequeño charco a lado de los pies de su amigo. Yuuri suspiró algo aliviado, no era nada grave en realidad, no en comparación a todo lo demás: sería mercancía que iban a tener que reponer de sus bolsillos, pero no había problemas con ello. Mas, esa idea tranquilizadora desapareció cuando miró con mayor detalle la etiqueta que se mantenía en uno de los cristales rotos y su palidez se acentuó mucho más cuando leyó el nombre de la bebida: era la botella de la reserva especial de Víctor, la misma que él había sacado la noche anterior y que no devolvió a su lugar, la misma que era la favorita de Nikiforov y que valía una fortuna, incluso más que la deuda que Celestino tenía con él.  

Yuuri sintió ganas de vomitar, pero al mismo tiempo, también experimentó el impulso casi insano de encontrar a Leroy en ese instante y hacer el trato con él.


J.J. observaba, desde el ventanal de su oficina, cómo una masa de personas se aglomeraba en la pista y se deslizaba al ritmo de una canción que él no era capaz de escuchar. Las luces estallaban contra ella, contra esos cuerpos que se sacudían unos contra otros, delineándoles su forma, quitándoles corporeidad.

—¿Por qué quieres comprar ese bar? – la voz de Michele retumbó desde el fondo de su oficina, se escuchaba fastidiado.

—Yo no lo deseo, no me interesa, en absoluto, pero Nikiforov me pidió que hiciera ese trato con Katsuki.

—¿Por qué?  —J.J. se encogió de hombros, girándose para mirar a sus hombres.

—No lo sé. Siempre lo que cruza por su cabeza es un misterio, aprendí que era mejor dejar de preguntarle los porqué a sus acciones. Aunque, lo admito, ahora estoy más intrigado que nunca antes por saberlo. Estoy seguro que esto no va terminar muy bien, pero será divertido verlo.

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