Capítulo 3: En la cabeza


Yuuri no se movió del medio de la calle durante algunos minutos, con el celular empuñado con fuerza en su mano y su vista estática en el mismo punto donde el automóvil de Nikiforov había desaparecido.

Era como si esperara a que el vehículo reapareciera en cualquier instante o tal vez era incapaz de creer aún que eso hubiese sido todo, que Víctor simplemente lo había llevado a casa y ya. Mientras toda su cabeza era una marea brava que estallaba contra rocas y rompía cualquier pensamiento medianamente sólido, tuvo la sensación de que, si se movía, todo su cuerpo caería sin que hubiera nada debajo suyo que pudiera sostenerlo. Sentía, además, el corazón pesado, como si cada latido bombeara peso muerto por sus venas y esa misma pesadez se transmitiera a cada rincón de su cuerpo, a cada extremidad. Pero sabía que tenía que moverse, que no podía permanecer en medio de la calle, a mitad de la madrugada, en espera de que algo, lo que fuera, le instara el valor para comprenderlo todo y dar un solo paso hacia hogar. Mas, gran parte de sí deseaba enormemente solo recostarse en el suelo, en un ovillo, y olvidarse por completo de su existencia. Era poco lo que entendía y demasiados los sentimientos que se aglomeraban en su pecho, peligrando en hacerlo explotar en cualquier instante. Era demasiado para él, para ese momento, cuando su cuerpo era solo un costal lleno de cansancio y dolor que no tenía voluntad de nada, cuando su cabeza no podía procesar un solo pensamiento claro, una sola sensación correcta.

Finalmente, subió las escaleras casi a arrastras y, como en modo automático, logró llegar a su habitación y observar la comodidad de su cama, la cual se le antojaba tan salvadora, como si unos segundos sobre ella pudieran borrar las últimas horas…  o los últimos meses…   o tal vez su vida entera.

Apenas atinó en deshacerse de los zapatos y la corbata, pero todas las demás prendas se mantuvieron fijas a él cuando por fin se dejó caer en la cama. Su cuerpo lloraba por un merecido descanso, pero su cabeza, aún confusa, se negó a dejarlo descansar. Todo en ese momento eran cabos sueltos que necesitaban unirse, demasiadas situaciones a las cuales encontrarle sentido. No solo era el recuerdo de aquel desconocido con su vida suelta en un charco de sangre, era la propia actitud inusual de Víctor después de eso: que de pronto quisiera llevarlo hasta su casa, que incluso le diera su número privado para que le hablara en caso de alguna “emergencia”. ¿Acaso tenía algo que ver con el encuentro de esos hombres que dijeron trabajar para su padre? Pero lo que más terror le causaba era el descubrimiento, el lograr dimensionar, por primera vez, en la clase de situación en la cual se había introducido a voluntad…  y no solo a él mismo, sino que arrastró a Phichit consigo. Aunque sabía desde el primer instante que cualquier metida de pata con Nikiforov podría costarle la vida, en ese entonces no lograba procesar todo el significado de esa sentencia, lo veía más como un futuro probable para alguien más, como quien sale de casa con la consciencia de que tal vez puede morir atropellado, pero con la seguridad ingenua de que nunca va a tocarle a él. Ahora todo era diferente, se sentía tan real, tan cercano, como tener una pistola apuntándole a la cabeza todo el día, a todas horas, y que podría dispararse en el más improbable momento. Así sentía la presión y la angustia ahora.

Fueron demasiadas las vueltas en su cama hasta que por fin sintió el arrullo necesario para apagar su cabeza un poco y, justo cuando el sol despuntaba en el alba, su mente dejó por fin que el sueño se le entumiera junto con el cuerpo.


Phichit despertó varias horas después de que Yuuri lograra dormir, justo a la hora en que siempre lo hacía, con el tiempo suficiente para un baño, el almuerzo y prepararse para ir al bar. Pero, instantes después de que abrió los ojos y apagó la alarma que lo había despertado, un temor se le instaló en el pecho y prácticamente saltó de la cama para correr con premura hacia la habitación de Yuuri. No había escuchado nada, todo el departamento estaba sumido en un inusual silencio, inusual porque su amigo siempre era el primero en despertar y en comenzar a hacer ruido: ya fuera el del agua correr en la regadera o el del movimiento de sartenes o demás vajilla en la cocina que anunciaban que alguien preparaba el almuerzo en ella.

Phichit sintió el temor real y palpable de que algo le hubiera pasado a Yuuri, ya fuera en su espera en el bar o en el trayecto de vuelta a casa, y durante los escasos segundos que lo separaron del cuarto de su amigo, se sintió sumamente culpable por acceder a dejarlo solo. ¿En qué demonios había pensado? Si algo realmente le ocurrió, por más mínimo que esto fuera, nunca podría perdonárselo.

Abrió la puerta de forma abrupta y, justo antes de gritar un desesperado “Yuuri” para que este pudiera escucharlo en cualquier parte del departamento, se detuvo con el aliento en la boca al notar el cuerpo de su amigo hecho un ovillo sobre la cama, sin ninguna sábana que lo cubriera, con solo los zapatos fuera pero todo el resto de su ropa de trabajo intacta y un tanto arrugada sobre su cuerpo. Phichit tardó en comprender si debía encontrarse aliviado o no de ver a Yuuri en ese estado, hasta que el corazón le volvió a latir cuando vio la espalda contraria subir y bajar en señal de que respiraba.

Se acercó con cuidado, solo lo suficiente para asegurarse que realmente estaba bien. Todo parecía en orden, Yuuri solo dormía de una forma extraña, con una expresión más de aflicción que de descanso. Phichit se imaginó que eso únicamente era el agotamiento que un par de horas no iban a poder remediar. No sabía la hora exacta en que el contrario había vuelto a casa, pero se imaginó que fue demasiado tarde, tendría que ser así para que prácticamente Yuuri hubiera llegado a su cama y morir en ella sin tomarse unos cuantos minutos para cambiarse a un atuendo más cómodo. 

Sin notarlo, Phichit esbozó una ligera sonrisa. No era ciego, por supuesto que notaba lo mucho que Yuuri se esforzaba desde que tomó las riendas de aquel bar, no solo para procurar un sustento para ambos, sino para mantenerlos a salvo de las consecuencias del negocio en el cual se habían inmiscuido. Yuuri era quien principalmente debía soportar las excentricidades de Nikiforov, sus malos tratos con los cuales era más que obvio que solo jugaba con él. Era imposible no notar su expresión de gozo y diversión cada vez que Yuuri enrojecía de la rabia y debía tragársela por completo, porque ambos sabían que una palabra de más podría ser fatal.

Y ahí estaban las consecuencias de todo el esfuerzo: un Yuuri agotado hasta la muerte. ¿Por cuánto tiempo podría soportar un ritmo de vida así? Tener que hacerse cargo de unas responsabilidades que nunca estuvo preparado para asumir, sumergirse en un mundo al cual nunca debieron pertenecer. Yuuri nadaba contra una corriente de agua que cada vez se hacía más densa, que cada vez se le metía más en la garganta y lo ahogaba, le dificultaba nadar. Y, para colmo, debía cargar con su peso también. Yuuri iba a terminar ahogándose en ese mar y, por supuesto, Phichit no lo iba a permitir.

Tomó una decisión: no despertaría a Yuuri. Él se haría cargo de todo ese día: iría primero al bar para estar preparado por si Nikiforov aparecía y organizaría los pendientes y el trabajo junto con Georgi hasta que su amigo despertara por sí mismo y se sintiera mejor para alcanzarlo. Se imaginaba que eso iba molestar a Yuuri, que le preocuparía despertar y llegar tarde, pero por lo menos podría regalarle un par de horas de descanso por agradecimiento de todo lo que había hecho por él. Tenía la esperanza de que, al final, eso le haría más bien que mal.

Salió del cuarto con cuidado, tratando de hacer el menor ruido posible, y el resto de tiempo libre que le quedó, después de una ducha rápida, lo dedicó a preparar el almuerzo, no solo para él, sino para Yuuri también. Dejó su parte lista en la mesa, junto a una nota, de tal forma que sería imposible que su amigo no la viera al pasar. Después, tras asegurarse de que él dormía aún impasible, sin una sola señal de que pudiera despertar pronto, salió del departamento en dirección al bar, tan concentrado en lo que debía hacer al llegar que no notó cómo un par de ojos lo vigilaban desde el otro extremo de la calle.


Había muchas cosas que preocupaban la cabeza de Víctor Nikiforov: desde un par de negocios muy importantes que pendían de un hilo por culpa de la lealtad que los socios tenían hacia su padre, hasta los hombres del mismo que continuaban merodeando por su territorio y una muy importante carga de cocaína perdida durante el trayecto del puerto a la ciudad. No necesitaba ser un adivino para tener la certeza de que la peste del viejo también había impregnado ese último asunto. Comenzaba a frustrarse, aunque mantener la calma y la frialdad de sus pensamientos era uno de los aspectos más importantes de su labor. No podía ni debía dar órdenes con la cabeza caliente, pues eso implicaba un mayor riesgo a cometer errores y perder los estribos; pero siempre, desde siempre, el asunto con su padre solía alterarlo a sobremanera, en especial cuando aquel se metía en sus asuntos y comenzaba a mover sus piezas después de algún tiempo de relativa paz entre ambos bandos.

Víctor cerró sus ojos, se sacó los anteojos que siempre solía utilizar cuando se dedicaba a trabajo de escritorio y se reclinó sobre su asiento de piel mientras trataba de rememorar algunos de esos momentos vividos con su padre que tanto detestaba: poder recordar sus acciones, sus palabras, sus consejos, todo para reconstruir en la propia una cabeza artificial de él que tal vez le permitiera a Víctor darle luz sobre lo que el hombre planeaba ahora, la razón de por qué quería una reunión con él. Era imposible pensar en una reconciliación, no solo porque él mismo se negaría a algo así, sino porque era algo antinatural para su padre, un hombre tan lleno de rencor y tan vengativo hasta en los más mínimos detalles… Algo que desgraciadamente había heredado de él. Sabía muy bien que nunca le perdonaría el haberse desligado de su control y, más aún, el robar y seguir robando parte de sus negocios, de sus socios, de dinero y territorio de su propiedad. Tampoco podía imaginarse una trampa: gracias a su madre, ese viejo no podía matarlo por más que lo deseara, si es que acaso no quería perderlo todo…  Justo ahí se detuvo. ¿Quería negociar ese asunto… de nuevo? Sonrió con una rabia contenida. Si era eso, su padre finalmente se había dejado vencer por la avaricia, algo que, le enseñó de niño, era lo peor que podía hacer.

Abrió los ojos cuando alguien tocó a la puerta de su estudio y le pidió permiso para entrar. Víctor recuperó la compostura sobre su asiento y, tras colocarse de nuevo los anteojos, su vista cayó al azar en alguno de los papeles que se encontraban sobre el escritorio, como si nunca se hubiera movido de su lugar. Entonces permitió que el hombre afuera, cuya voz había reconocido, pasara.

Chris entró de inmediato, con pasos suaves, casi imperceptibles. De no conocer su forma silenciosa de caminar, quizá Víctor hubiera alzado su cabeza algo confuso de no haber escuchado a nadie pasar. Chris se detuvo justo frente a su escritorio. Después de unos segundos en que Víctor no volteó hacia él, este supo que tenía permiso para hablar.

—Se ha terminado el interrogatorio con los hombres del puerto que ayudaron a cargar el camión. Todos aseguraron que, efectivamente, fueron Sina y Fould quienes recibieron la carga y se fueron de ahí sin contratiempos. Eso corrobora las sospechas de que, lo que sea que les ocurrió, fue durante su trayecto de vuelta.

Víctor emitió un bajo gruñido al momento en que volvía a reclinarse sobre su asiento y fijaba una expresión furibunda en Chris. Sina y Fould siempre fueron los hombres de más confianza de su padre con respecto al transporte, importación y control de los embarques de droga; llevaban años en el negocio y lo conocían demasiado bien: desde procedimientos cada vez más rápidos y eficaces, autoridades a las cuales era posible sobornar, rutas de camino más seguras, clientes con quienes negociar y a quienes engañar sin riesgo para entregar menos cantidad de la pactada. Justamente por eso, Víctor no dudó en llevarlos consigo cuando salió de la casa de su padre a emprender sus propios negocios. Mas, ahora vislumbraba la realidad de que quizá había sido un terrible fallo seguirlos manteniendo al frente de todo, porque cada persona involucrada en el negocio también desde hace tiempo ya los conocía muy bien, así como a sus métodos. Recorrer las mismas rutas y hacer las mismas cosas los volvió predecibles, fáciles de emboscar, en especial para alguien que ya de por sí los conocía perfectamente desde mucho tiempo antes: su padre.

Chris notó la preocupación impresa en la mirada de Víctor, más allá de ese semblante que parecía serio, incluso enojado. Sabía que él no solo estaba preocupado por la carga perdida y el monto en efectivo que eso implicaba, sino por la vida de esos dos hombres a quienes conoció desde su infancia, un par de figuras paternas que fueron también como sus mentores y guías cuando se independizó de Nikiforov padre.

—Quizá solo esperan el momento en que sea seguro volver. O, en caso de que ciertamente han sido capturados por tu padre, dudo que él les haga algo. También les tiene aprecio.

—Tenía —corrigió Víctor con rapidez—. Lo traicionaron, por más amigos que fueran, mi padre no perdonaría algo así. Yo no lo haría.

—No eres como tu padre.

Víctor quiso reír por esa afirmación tan clara y segura de Chris. Ciertamente no lo era, por esa razón tuvo que escapar de su poder y decidió emprender el camino solo, fuera de su control, pero tampoco podía negar por completo que la sangre de Nikiforov corría por sus venas y que algunas de sus enseñanzas se le habían quedado muy grabadas en la cabeza. No era como él, pero sí se parecía lo suficiente para saber que de verdad era su hijo. Al final solo hizo un gesto de incomodidad. Pensar en lo que se parecía a su padre, aunque cierto, le generaba mucho disgusto. Chris supo que era mejor continuar.

—Hablando de él… Tenemos a uno de sus hombres en el almacén. Lo hemos “trabajado” un poco, pero niega conocer el porqué tu padre desea verte. Ellos solo están destinados a entregar ese mensaje para que seas tú quien vaya a descubrirlo. Por otra parte, pese a las amenazas y los conflictos que hemos tenido, ellos siguen cruzando hacia nuestro territorio, pero actúan de manera pasiva. Se niegan a pelear con nosotros más allá que en defensa propia. A quien interrogamos dijo que no dejarán de venir hasta que aceptes la cita con él.

Víctor suspiró molesto y se quitó los anteojos una vez más. Después masajeó el arco de su nariz.

—Te dije que dejaran de interrogarlos, Chris. No me interesa saber lo que quiere. Que maten a todo aquel que se atreva a cruzar nuestra línea. Ya veremos qué pasa primero: que el viejo se canse o que se quede sin personas a quien mandar.

Víctor fue claro con sus palabras, con ese tono ineludible de mandato al cual nadie podía negarse ni se atrevería a negar… Nadie excepto Chris, el mismo que se acercó y se apoyó en el escritorio de Nikiforov, encarándolo por completo, frente a frente. Su expresión era también de seriedad y enojo, un obvio reto de parte de una de las dos únicas personas que Víctor no lograba intimidar.

—Hacer un ataque así de directo, Víctor, solo provocará que él quiera contratacar. Las cosas han estado demasiado en calma últimamente y es obvio que él, por el momento, no desea entablar una guerra ahora. Escucha, no estás pensando con la cabeza fría. Sé que lo odias, pero comenzar a hacer correr sangre de su gente va a provocar que no solo él se quede sin empleados, ¿comprendes?

Unos orbes azul frío, retadores, dominantes puso sobre él… y ni así Víctor fue capaz de hacerlo ceder en ese reto silencioso de miradas, porque no tenía la seguridad para ello, porque sabía que él tenía la razón. Víctor le cedió la victoria y desvió sus ojos lejos, con un chasquido atorado entre su lengua.

—¿Yuri se ha reportado? —cambió el tema de forma abrupta. Chris frunció el ceño, pero al final emitió un suspiro.

—No.

La negación simple de Chris era, efectivamente, lo que esperaba escuchar. Conocía bien el modus operandi de Yuri, él no solía dar señales de vida hasta que su trabajo estuviera finalizado. Eso era algo que Víctor detestaba: no tener el control de una situación tan delicada como solían ser en ocasiones los trabajos que Yuri tenía le exasperaba. ¿Y si algo le ocurría durante alguno de ellos? No tendría oportunidad de ayudarlo, siquiera saberlo antes de que fuera demasiado tarde, pero aunque cientos de veces le había ordenado que lo mantuviera informado en lo posible sobre sus movimientos y avances, Yuri nunca lo hacía, se desaparecía como vapor en el aire y Víctor tenía que soportar la preocupación de si en esa ocasión volvería a verlo con vida o no.  Sí, Yuri era la segunda persona que no podía intimidar. 

Miró la hora en el lujoso reloj de su muñeca. Eran casi las seis de la tarde, hora en la que Yuuri debía encontrarse ya en el bar, comenzando con los preparativos para su apertura justo a las siete.

—¿Katsuki ya salió de casa?

—Eso era mi siguiente punto —respondió Chris de inmediato—: no, no lo ha hecho. Quien ha salido, según me informaron, es Chulanont.

—¿Él abrirá el bar? —Víctor intentó ocultar su sorpresa.

—Al parecer.

Hizo unos cuantos tamborileos con los dedos sobre la mesa, pensativo, antes de alzar su mano hacia Chris. Era obvia la señal: le requería su celular.

—¿Lo llamarás? —Chris extrajo el aparato del bolsillo de su saco y se lo entregó.

—No, a él no.


En cuanto Yuuri abrió sus ojos, supo de inmediato que algo no estaba bien. Era demasiado inusual, sino imposible, que despertara antes de que su alarma lo hiciera por él. Sintió de pronto la urgencia de corroborar la hora en su celular y su corazón se heló por completo al enterarse que eran las 6:05 de la tarde. En ese momento debía encontrarse ya en el bar. Saltó de la cama sin pensarlo, sin permitir que los pensamientos de la noche anterior, que no le permitieron conciliar el sueño pronto, vinieran a arrebatarle algunos segundos de valioso tiempo…  O quizá todos sí estaban ahí en su cabeza, concentrados en un solo sentimiento de miedo, lo que justamente le impulsaba tanta premura y tanto temor por no hacer molestar a Nikiforov con un retraso.

Ni siquiera se cambió de ropa. Ahora festejaba el haber llegado tan cansado anoche que nunca se cambió, por lo que solo tuvo que recuperar su corbata y sus zapatos botados en el suelo. No notó ni se preocupó por la,

—¡Phichit! —llamó por su amigo apenas salió de la habitación. ¿Por qué él no lo había despertado? ¿Acaso ambos se habían quedado dormidos? Era la explicación que encontraba más lógica, pero ciertamente le perturbaba demasiado las consecuencias de un error así. Nikiforov iba a enfurecerse si es que acaso ese día decidía ir temprano por un trago y no encontraba el bar abierto aún. Trataba de tranquilizarse en que era una buena señal el no haber recibido una llamada de su parte todavía, pero también tenía muy claro la posibilidad de que Georgi era demasiado puntual y, más que un trabajador suyo, era obvio que su lealtad estaba más del lado de Víctor. Temía que pudiera ponerlo en alerta ante su tardanza.

Un vistazo rápido en la habitación de Phichit le bastó para darse cuenta que él ya no se encontraba ahí. Entonces la sospecha cambió, sobre todo, al recordar lo que su amigo se había ofrecido a hacer la noche anterior. Y lo comprobó cuando vio el almuerzo que justamente él había dejado en la mesa, junto con una nota en la cual se explicaba: “Sé que tal vez te enojaras por esto, pero lo siento, Yuuri, lucías tan cansado y cómodo dormido. No podía despertarse así”.

Yuuri, ciertamente, se sentía algo molesto e inquieto por la imprudencia de Phichit; pero, al mismo tiempo, no pudo evitar que una pequeña sonrisa se asomara por sus labios al leer la nota: sabía que Phichit lo había hecho con la mejor intención. Aun así, no quiso entretenerse más. Guardó el almuerzo en el refrigerador y salió del departamento sin siquiera darle un simple bocado. La presencia de Phichit por lo menos aliviaría el peligro respecto a Georgi, pero todavía tenía que llegar cuanto antes por si a Víctor se le ocurría aparecer pronto.

No corría del todo, pero sí caminaba con la suficiente premura para cruzar una calle sin notar que la luz no le cedía el paso a él, sino al carril de los automóviles. De todas formas, ningún vehículo transitaba en ese momento que pudiera involucrar algún peligro para él… a excepción de una motocicleta que llegó justo desde la misma dirección de donde Yuuri venía. Esta derrapó enfrente suyo al girar en la esquina e interceptó su paso a solo muy poco de posiblemente embestirlo. Yuuri profirió una baja maldición al momento que dio un paso instintivo hacia atrás por la sorpresiva aparición, con el corazón a punto de explotar en su pecho. Durante unos segundos se sintió aturdido por el chirrido de la motocicleta al frenar y la imagen de esta formándose de la nada en su vista. Pero, cuando recobró un poco la compostura y justo antes de descargarse contra el conductor por su imprudencia, notó que la luz en verde en realidad le cedía paso a los automovilistas. Había sido su culpa.

Yuuri suspiró, intentó disculparse pobremente, pero al notar que la motocicleta no parecía tener intenciones de marcharse, intentó rodearla; esta aceleró un poco y volvió a impedirle el paso.

Un sentimiento de alerta se despertó en su mente.

—Katsuki.

Yuuri se sobresaltó al escuchar su nombre provenir de quien montaba el vehículo. La voz era en definitiva de un hombre, pero no supo reconocer algo más allá de eso. Además, aquel ocultaba su rostro tras un casco negro, era imposible reconocerlo así también. Por lo menos estaba seguro de que no conocía a nadie que tuviera una motocicleta, por lo tanto, que esa persona enfrente suyo supiera su nombre lo hizo sentir perturbado, más al notar que no se movía y no parecía que iba hacerlo en algún momento. Retrocedió un imperceptible paso hacia atrás. De ser necesario, intentaría correr hacia la dirección contraria, de vuelta a su edificio, aunque era consciente de la imposibilidad de que su paso pudiera ganarle a la velocidad de una motocicleta.

—Trabajo para Nikiforov. Él me ha pedido que te lleve al bar —informó el desconocido al momento en que le extendía a Yuuri un casco extra.

En ese momento, él no supo que lo agitó más: si saber que Víctor conocía ya su retraso o ese extraño presentimiento de que no era una buena idea seguir a ese hombre. Lo dudó, por supuesto que lo dudó, y de encontrarse en una posición diferente de seguro se hubiera negado por completo, pero sabía que no tenía muchas opciones en realidad: ¿y si era cierto lo que decía?, ¿y si se negaba a ir con él y eso aumentaba la molestia de Víctor? Tuvo que tomar el casco y subir a la motocicleta, pese a todas las señales de advertencia que su cabeza le hacía pensar. Inconsciente, en definitiva, y más pendiente de los posibles dos escenarios a los cuales se limitó como para recordar que tenía una tercera posibilidad más segura: llamar al número directo que Nikiforov le había dado justo la noche anterior y comprobar si realmente ese hombre trabajaba para él.

Demasiado tarde para arrepentirse: Yuuri se percató tan solo un par de calles después que aquel desconocido tomó un camino algo inusual para llegar al bar. Pese al temor aumentado en su pecho, intentó creer que eran atajos, atajos a los cuales solo una motocicleta podía acceder, pero no pudo seguir mintiéndose a sí mismo cuando el hombre tomó la vía rápida de la avenida principal. Bajo ningún aspecto era necesario tomar esa ruta para llegar a On Ice, al contrario, le quedó demasiado claro que se dirigían al extremo contrario de la ciudad.

Yuuri tuvo que aceptar que ese hombre lo había engañado y, mientras se insultaba una y otra vez por lo ingenuo que había sido, al mismo tiempo trataba de calcular que tanto daño se haría si se arrojaba de la motocicleta en movimiento. ¿Podría caer bien, con el mínimo daño, para ponerse de pie y huir? Pero no dejaba de tomar en cuenta que, con la motocicleta, el otro podría darle alcance con demasiada facilidad, sin contar el hecho de que la sola idea de arrojarse le causaba vértigo, sobre todo por la velocidad que iba en aumento cada vez que el vehículo evadía a los automóviles entre la avenida medianamente aglomerada. Si se arrojaba, iba a doler, de seguro, y nada le aseguraba que alguno de los carros que quedaban atrás no pudiera arrollarlo al caer. Pero eso tal vez podría ser mejor que cualquier cosa que quizá le pasaría en el lugar hacia donde era llevado. Pensó en Nikiforov y en parte volvió a creer en las palabras del desconocido: tal vez de verdad sí trabajaba para él, pero era obvio que con su destino mintió… ¿Y si Víctor lo esperaba en algún lugar desolado para castigarlo o incluso deshacerse de él? Revivió con toda la intensidad, incluso aumentada, ese miedo certero de la noche anterior de que algo así iba a pasarle en algún momento y que, al parecer, ese momento efectivamente había llegado.

Después de que la motocicleta saliera de la avenida y derivará a algunas calles aledañas (momento perfecto que Yuuri tal vez hubiera aprovechado de no estar paralizado en su asiento), esta se detuvo frente a un establecimiento de la zona de mayor afluencia de vida nocturna para todo aquel que tuviera el suficiente dinero y estatus para pasar una buena noche. La entrada del sitio abarcaba casi la mitad de la calle y, desde el primer momento, su letrero de neón encendido, pese aún no anochecer, saturaba la vista con el anuncio de su nombre: The King. Definitivamente no era el lugar desolado que Yuuri se imaginó.

En cuanto sintió el motor apagarse, las fuerzas y el ánimo volvieron a él: de un salto bajó de la motocicleta, arrojó el casco al suelo y dio varios pasos atrás para comenzar con la huía… mas, de pronto, un peso extra cayó sobre sus hombros y paralizó cualquier intención suya de moverse.

—Buen trabajo, Otabek, el jefe estará orgulloso de ti.

No solo fue que alguien lo detuvo, fue sentir con demasiada claridad la boca de una pistola restregándose en la parte trasera de su cabeza. Yuuri cerró los ojos y se maldijo, maldijo a ese tal Otabek y a quien le apuntaba; pero, sobre todo, maldijo a Víctor Nikiforov y el momento en que tomó la estúpida decisión de involucrarse con él.

—Tranquilo, no te haremos nada, nuestro jefe solo quiere tener una conversación tranquila contigo —fue obvio el tono de burla que el desconocido le dedicó al notar la tensión de su cuerpo.

Yuuri era consciente que responder a su ironía solo empeoraría las cosas, pero no evitó notar que aquel no era dueño de la misma voz que felicitó a Otabek por el trabajo. Aprovechó el primer jaloneo que hizo el hombre al indicarle que comenzara a caminar para descubrir que en realidad eran dos los sujetos que lo escoltaban: quien lo tomaba de los hombros y quien lo amenazaba por la pistola. Ahí toda probabilidad de escape se desvaneció junto con su ímpetu por intentarlo. Obedeció sin oposición alguna, sin que una sola preguntaba o esperanza pasara por su cabeza: no las necesitaba, era tan clara la peste de Nikiforov en ese asunto.

2 comentarios sobre “Capítulo 3: En la cabeza

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: