Resiliencia [Capítulo 6]


En alguna ocasión Víctor leyó que la conexión que existía entre almas gemelas a veces era tan fuerte que separarse podía sentirse de forma física. La persona que escribió ese artículo mencionaba que, a veces, cuando estaba lejos de su alma gemela, podía sentir un peso extraño. Como si a cada paso que daba en la dirección contraria, su propio cuerpo decidiera que no era una buena idea avanzar. No era una sensación que le impidiera realizar sus actividades cotidianas, sino más bien un recordatorio de que todo estaría mejor si estaba junto a su alma gemela. Como durante todos los años en los que Victor supuso que tenía un alma gemela, jamás sintió algo parecido, no le dio demasiada importancia a esa información. Además, todo lo que tenía que ver con almas gemelas y vínculos compartidos continuaba siendo investigado, así que lo que decía el autor del artículo podía o no ser verdad.

En el camino en dirección al aeropuerto, Victor comprendió qué era lo que quiso decir dicho autor. Mientras él y Yuri se alejaban de Hasetsu, pudo sentir ese peso extraño: la sensación de que algo importante se quedaba atrás y se perdería para siempre si no daba media vuelta y regresaba a Yu-Topia. No era una sensación dolorosa en lo absoluto, pero era constante, molesta. Era curioso, pensaba Victor mientras avanzaban en el tren, que antes de conocer a Yuuri e incluso después, en las dos ocasiones anteriores, no había sentido nada similar. Se preguntó si tenía que ver con el hecho de que habían pasado más tiempo compartido ahora y que, pese a todo, con sus charlas nocturnas y durante los entrenamientos de Yura, su relación tuviera un matiz diferente al del comienzo. En esos días habían pasado de evitarse la mayor parte del tiempo a mantener conversaciones civilizadas que, a veces, se extendían hasta casi medianoche. Era cierto que el tema de conversación era Yurio o el patinaje y no ellos ni su situación, pero la diferencia con las primeras interacciones entre ambos era innegable.

Su relación con Yuuri no era lo que muchos considerarían ideal al conocer a su alma gemela. Vaya, ni siquiera podían hablar de una relación como tal, no cuando aún estaba entredicho que entre ambos no habría nada. Si bien el tema no volvió a salir a colación durante los días que pasó en Hasetsu, de alguna manera ambos sabían que, una vez que Victor se fuera a Rusia, no seguirían en contacto. Esa mañana, cuando Victor y Yuri se despidieron de la familia Katsuki, no hubo palabras especiales entre él y Yuuri, no hubo intercambio de números telefónicos o incluso sus direcciones de correo electrónico. Sólo la despedida que se esperaría de un par de conocidos: un apretón de manos, un “que tengan un buen viaje” y nada más.

Victor sabía y aceptaba que él era el principal culpable de que la situación entre ambos fuera así, tensa a pesar de que había mejorado de manera considerable. Y eso le ponía incómodo. Una parte suya quería dar media vuelta y regresar con Yuuri, hablar largo y tendido sobre la situación de ambos, sobre su vínculo de almas gemelas, arreglar las cosas tanto como se pudiera. E incluso cuando Victor estaba lleno de dudas y de remordimiento, no quería alejarse del todo, no así. No cuando, en pocos días, había visto en Yuuri detalles que antes había sido demasiado ciego para querer ver.

Yuuri no era muy diferente a lo que Victor imaginó que sería, si es que podía juzgarlo por sus emociones compartidas. Era silencioso y a su alrededor había un aire de melancolía constante con el que Victor se identificaba. Sin embargo, también notó otros detalles sobre él que habría sido imposible notar de no convivir con él. Yuuri era atento y amable con las demás personas. Era una persona que lucía tan frágil, no físicamente, sino por su mirada esquiva y por cómo se encerraba en sí mismo la mayor parte del tiempo. Y, aunque nervioso, cuando al fin entraba en confianza con las personas, era una persona con la que se podía charlar por un largo rato. Victor no podía evitar preguntarse cómo habría sido Yuuri antes del accidente, cómo habría sido verlo sonreír como en la fotografía que tenía en su mesa de noche.

También estaban sus comentarios sobre el trabajo de Yuri. Victor vio en ellos su amor por el patinaje artístico. Ya era evidente, en especial después de la breve conversación que Victor tuvo con Yuko al respecto, pero también se notaba en su interés en el progreso de Yuri. Lo vio en su forma de observar al muchacho con atención, en cómo fruncía el ceño ligeramente cuando Yuri lucía tenso y sus movimientos, aunque perfectos en el nivel técnico, no eran tan fluidos como debían ser. Durante esos momentos, mientras lo observaba discretamente, Victor se preguntó qué tan lejos habría llegado Yuuri si no se hubiese visto obligado a retirarse. ¿Habrían competido uno contra el otro en algún momento? ¿Cómo habría sido su encuentro en otras circunstancias? ¿Ambos habrían aceptado su vínculo como almas gemelas?

Por otro lado, así como había una parte suya que quería regresar a Hasetsu y buscar una respuesta (quizá fútil) para todas esas preguntas, también estaba ese otro lado suyo que debía regresar a Rusia porque ahí tenía otras obligaciones de las que ya había escapado por casi dos semanas. Los problemas relacionados con almas gemelas no serían pretexto suficiente si su trabajo como entrenador se veía comprometido, porque no sólo era él quien ponía en riesgo su reputación, sino que también afectaría a Yuri, y eso era algo que ni el muchacho ni él mismo podrían perdonar. Eso sin mencionar a todas las personas a quienes decepcionaría en el camino.

Así que ahora iba de regreso a Rusia, en donde continuaría con su trabajo como entrenador de Yuri e intentaría, si es que se podía, llevar una vida más o menos similar a la que llevaba antes de conocer a su alma gemela. Aún podía sentir que su vínculo le decía que hiciera todo lo contrario y se preguntaba si la sensación lo acompañaría sólo por un momento, mientras se acostumbraba a su vieja rutina, o si sería algo constante. En todo caso, ya vería qué hacer si es que ocurría lo último. No tenía idea de cómo lo lograría, pero estaba dispuesto a regresar a su vida antes del primer encuentro con Yuuri.

—¿Y? ¿Qué te pasa?

Victor miró de reojo a Yuri. A su lado, el adolescente mantenía la mirada fija en la ventana del tren, fingiendo que prestaba atención al paisaje cuando era evidente que no era así. Todo su lenguaje corporal gritaba que estaba atento a la respuesta de su entrenador.

—Nada —respondió Victor.

A través del reflejo en la ventana, Victor pudo ver el momento en el que Yuri entornó la mirada con fastidio y, pese a la reacción del adolescente, Victor sonrió un poco ante la forma tan particular que el chico tenía para mostrar lo mucho que se preocupaba. Ambos permanecieron en silencio durante un rato más. Victor revisó su móvil para revisar el tiempo que faltaba para que llegaran al aeropuerto y Yuri volvió a hablar.

—No es una mala persona—. Las miradas de ambos se encontraron en el reflejo del cristal. Victor no respondió nada, aunque sí frunció el ceño ligeramente. Yuri carraspeó—. El katsudon —explicó—. No es mala persona.

Victor asintió.

—No, no lo es.

—Incluso puede dar uno o dos consejos útiles —agregó en muchacho en voz baja y Victor pudo notar que sus mejillas estaban ligeramente coloreadas—, aunque ya no se dedique al patinaje.

—Sí, es bueno para eso.

En el silencio que siguió a esa breve charla, Victor volvió a ser consciente de la opresión en su pecho mientras se alejaba de Hasetsu. No era una sensación enteramente desagradable, pero sí era constante, casi como la molestia en su pierna, con la que ya se había resignado a vivir.

—Sabes —agregó Yuri volteando a verlo por primera vez durante el camino, Victor no dijo nada pero también volteó a verlo—, Yakov me contó sobre esa vez en la que hiciste lo mismo que yo: tomar un avión sin decirle a nadie a dónde ibas. Dijo que, cuando regresaste a Rusia y te preguntó a dónde rayos te habías metido, respondiste que habías ido a Suiza a ver a tu amigo porque te habían dado ganas. Me pregunto qué pasó con ese Victor que hacía las cosas porque quería hacerlas y no porque pensara que debía hacerlas. Suena como una persona completamente distinta, y mucho más cool, que la que eres ahora.

Antes de que Victor pudiera responder (y mientras se preguntaba también por qué Yakov le había contado esa historia a Yuri), el tren se detuvo por completo y una imagen en una de las pantallas anunció que habían llegado al aeropuerto. Yuri se puso de pie y pasó a su lado. Tomó su maleta y bajó la de Victor del porta equipaje, después, sin voltear a verlo una sola vez, bajo del tren. Victor se puso de pie también y sujetó su equipaje con una mano mientras, con la otra, se apoyaba en el bastón y avanzaba lentamente hacia la salida. Yuri se encontraba a unos metros, con los audífonos puestos en un gesto que dejaba claro que no tenía intención de volver a hablar con él.

Mientras ambos caminaban hasta el lugar donde harían su check in, en silencio, Victor no dejó de pensar en las palabras de su pupilo. Sabía que no era nada parecido al Victor que, en su adolescencia, hizo las mismas locuras que Yuri y muchas más. Era diferente por todo lo que había vivido hasta ese momento y él lo sabía pero, de alguna manera, escuchar a Yura decir aquellas palabras (“me pregunto qué pasó con ese Victor que hacía las cosas porque quería hacerlas y no porque pensara que debía hacerlas”), le incomodó más de lo que él mismo habría esperado.

De un momento a otro, volvió a sentir el vínculo con Yuuri recordándole de su presencia, y suspiró. Ya no era el mismo Victor que se escapó a los diecisiete años de Rusia para ir a visitar a Chris, cuando su amistad recién se convertía en lo que era ahora. Tampoco era el mismo Victor que desafiaba las expectativas de todos y cuyo lema era «haz lo contrario de lo que las otras personas esperan de ti». Y nunca volvería a serlo.

Sin embargo, también podía ser un nuevo Victor, uno diferente, pero Victor a fin de cuentas; sólo era necesario comenzar por el lugar correcto.


Sentado detrás del mostrador del hotel, con un libro nuevo que ni siquiera se había preocupado por tomar desde que se ubicó en su lugar de siempre, Yuuri pensó en lo extraño que era regresar a la rutina otra vez. Hasetsu amaneció aquella mañana de jueves como todos los días: con el sonido de la casa volviendo poco a poco a la vida, las voces de algunos huéspedes, la risa tranquila de su padre y los pasos apresurados de su madre, dispuesta a comenzar con las actividades de ese día. Era como si, a pesar de que en su interior se libraba una batalla de emociones, el tiempo siguiera congelado en el hotel y todo era como antes de la llegada de Victor y Yurio; aunque Yuuri sabía muy bien que nada volvería a ser como antes.

No habían pasado ni veinticuatro horas desde que Yuri y Victor abandonaron Hasetsu, y Yuuri ya sentía su ausencia. Lo notaba en el ambiente y, quizá (y aunque hiciera un esfuerzo casi sobrehumano para no pensar en eso), en cómo, entre más tiempo pasaba, sentía que una parte suya se alejaba lentamente. Desde aquella mañana la sensación de que esa separación era la definitiva no lo dejaba del todo tranquilo y era frustrante: cada que intentaba poner en orden su vida y sus pensamientos, la presencia repentina de Victor lo llevaba a hacer todo lo contrario. Si bien no todo era malo ahora, porque ya no sentía el vacío que dejó el primer rechazo de su alma gemela, eso no significaba que sus emociones estuvieran del todo bien. No cuando, ahora, Hasetsu era un lugar que también estaba lleno de los recuerdos de los pocos momentos compartidos junto a Victor.

Suspiró. Tenía que dejar de pensar en ello, concentrarse en su vida otra vez. Lo había logrado antes, cuando los pensamientos lo sofocaban con su peso, y podría lograrlo ahora que veía las cosas desde una perspectiva distinta. Había un par de situaciones que eran diferentes ahora y se sentía agradecido por ello. Aunque su alma gemela no estuviera con él, se sentía más ligero desde que se dio cuenta de que podía hablar con Phichit sobre los temas de siempre y sobre patinaje sin que ello se sintiera excepcionalmente doloroso; y podía visitar el Ice Castle como antes. Las cosas no volverían a ser como antes de irse a Detroit, de eso estaba seguro. Nunca sería el mismo Yuuri Katsuki que dejó Hasetsu lleno de sueños e ilusiones, pero quizá después de tres años y medio, finalmente había llegado el momento de hacer las paces con esa parte de sí mismo.

Lo demás, aún era un trabajo en progreso.  

—Yuuri.

Yuuri dio un respingo al escuchar la voz de su hermana. Cuando volteó a verla, se dio cuenta de que, a pesar de que la expresión de Mari parecía no haber cambiado (tan impávida como siempre), su mirada se notaba divertida. Se preguntó por cuánto tiempo habría estado observándolo y sintió que sus mejillas se coloreaban un poco.

—¿Sí?

—¿Hoy te quedarás en mi habitación otra vez o regresarás a la tuya? —preguntó Mari.

El sonrojo de Yuuri se hizo más evidente. Hacía horas que debió regresar lo poco que llevó a la habitación de Mari de regreso a la suya, pero esa mañana, después de entrar por primera vez en días, lo único en lo que pudo pensar fue en cómo en sólo unos días su habitación se llenó de Victor. Cuando entró en ella, percibió el aroma de la colonia de Victor, tenue pero aún presente aunque habían pasado algunas horas desde su partida, y la simple idea de dormir en la misma cama en la que él durmió durante una semana fue suficiente para optar por no poner un pie dentro durante todo ese día. Como siempre, Mari había demostrado ser más observadora de lo que aparentaba.

—Regresaré a la mía —respondió en voz baja. Mari asintió en silencio.

—Me pregunto por dónde irán ahora —agregó, distraída.

Yuuri levantó la mirada y la posó en el reloj en la pared detrás de él.

—Su vuelo iba a hacer una escala de casi tres horas en Incheon, así que deberían estar allá. Después vuelan a Moscú y de ahí hacen un viaje en tren a San Petersburgo. Le pregunté a Yurio por qué llegarían a Moscú primero, porque tendría más lógica ir directamente a San Petersburgo, y dijo que visitaría a su abuelo un par de días.   

Hubo un silencio que se extendió por un par de segundos y, cuando Yuuri volvió a fijar la mirada en su hermana, se percató de que en su rostro había una sonrisita.

—¿Q-Qué? —preguntó.

—Nada —respondió Mari encogiéndose ligeramente de hombros—. Es sólo que me sorprende un poco que sepas cómo es el itinerario de su viaje, es todo.

—¡Yurio me dijo! —exclamó Yuuri, nervioso—. ¡Estuvo toda la mañana de ayer quejándose de lo mucho que odiaba volar por muchas horas y de cómo tendrían que hacer varias paradas antes de llegar a San Petersburgo!

—Está bien, Yuuri —dijo Mari, regresando a su expresión tranquila de siempre, aunque Yuuri podía ver la sonrisa en su mirada—. No tienes que dar excusas. Además, no tiene nada de malo. Yo también estaría al tanto de lo que pasa con mi alma gemela, si tuviera una.

Yuuri abrió la boca para responder que eso no tenía nada que ver con el hecho de saber el itinerario de vuelo porque había sido Yurio y no Victor quien se lo comentó, y sólo en ese momento se dio cuenta de lo que su hermana había dicho. Cerró la boca una vez más, tragó en seco y desvió la mirada. Sabía que en su familia era muy probable que supieran sobre la razón por la cual Victor había ido a Hasetsu (cualquiera que fuera un poco observador sería capaz de sumar dos más dos y deducir qué era lo que ocurría ahí), pero su familia solía respetar cuando él optaba por no hablar de su vida privada. De hecho, pensó de pronto, era la primera vez en la que su hermana era así de directa cuando se trataba de los asuntos privados de Yuuri.

—¿Lo sabes? —preguntó él en voz baja. Mari volvió a encogerse de hombros y eso fue toda la respuesta que necesitó Yuuri—. ¿Mamá y papá…?

—Saben más de lo que aparentan, sí —respondió ella. Yuuri vio por el rabillo del ojo cuando ella se acercó a él y, aunque lo esperaba, aun así dio un respingo al sentir que ella ponía su mano en su hombro—. No fue difícil deducirlo, y no te preocupes, no tenemos que hablar de esto —agregó—, pero sabes que podemos hacerlo cuando quieras, ¿de acuerdo? No hoy, ni siquiera en diez años, si no quieres hacerlo. Pero la opción está ahí y nosotros estaremos aquí para apoyarte todo el tiempo. Lo sabes, ¿verdad?

Yuuri asintió en silencio.

—Bien —agregó ella—. ¿Qué te parece si sales a dar un paseo o algo?

Yuuri frunció el ceño y miró a su hermana.

—¿Me estás echando?

—No realmente.

—Aún queda una hora de mi turno.

—Puedo suplirte. No tengo nada más que hacer y si no voy a hacer nada, mejor me quedo atrás del mostrador.  

Yuuri estuvo a punto de responder que él tampoco tenía nada que hacer en ese momento (y, en realidad, tampoco tenía mucho que hacer en otros momentos de su vida, eso lo sabían todos en su familia muy bien), pero, al final, optó por no discutir con su hermana. Suspiró, dejó su libro en uno de los cajones del escritorio con toda la intención de leerlo después, cuando sus pensamientos y emociones estuvieran menos alterados, y rodeó el mostrador. Un paseo no sonaba tan mal, en realidad. Quizá podría visitar a Minako ahora que estaba de regreso de Hokkaido. O tal vez no, considerando que estaba emocionada y triste porque su ausencia en Hasetsu ocurrió exactamente en los mismos días en los que Victor estuvo ahí. Si iba a verla, terminarían hablando sobre él y Yuuri no estaba seguro de querer hablar más sobre Victor. No ahora, al menos.  

Lo mejor sería sólo dar un paseo por los alrededores, sin visitar a nadie, y dejar que su mente se perdiera en algún lugar en el que no tuviera memorias de Victor y en el que pudiera pensar sin que nadie lo interrumpiera.

—Saldré por un rato —dijo al fin. Detrás del mostrador de recepción, Mari le hizo una seña vaga con la mano mientras, con la otra, sujetaba su móvil, del que comenzaba a sonar una de sus canciones favoritas.

Yuuri tomó su bastón con fuerza y pasó frente a un par de huéspedes que le saludaron con entusiasmo. Caminó hasta la entrada del ryokan a paso lento, sin prisas. Aún pensaba en cuál sería el mejor camino para tomar ese día y, absorto en sus pensamientos, no se percató de la persona que se acercaba por el camino hasta que chocó contra ella.

—Oh, perdón.

—No te preocupes.

Al reconocer esa voz, Yuuri se detuvo en seco, porque aquello no podía ser: era su mente confundiéndolo de tanto  pensar. Eran los recuerdos que no querían irse por mucho que él hiciera todo lo posible por ignorarlos. Sintió un escalofrío recorrerlo de pies a cabeza. Al levantar la mirada, abrió los ojos como platos en la que debió ser la expresión más cómica de todos los tiempos. Ahí, frente a su puerta, como si unas horas antes no hubiera salido junto a su pupilo en dirección a Rusia, estaba Victor otra vez.


A pesar de todo, en realidad Victor no era una persona muy distinta a su yo de antes del accidente. Quizá para muchas personas, este nuevo Victor, con su actitud taciturna y su cojera eterna, fuera lo más diferente que podía existir a la imagen pública que proyectaba en el pasado. Él, no obstante, sabía que en algunas cosas no había cambiado en absoluto. Su egoísmo era una de ellas.

Yuuri le había dicho que era una persona egoísta y, desde ese momento, sus palabras no dejaron de darle vueltas. Era cierto que tomar la decisión de alejarse de Yuuri sin darle tiempo a hablar no había sido la mejor de sus ideas y también era cierto que las consecuencias de esa acción lo seguirían por el resto de su vida. Las emociones compartidas con Yuuri durante los días que estuvo en Hasetsu eran la prueba más clara de que su actitud y sus palabras habían ocasionado más daño del que él imaginó en un comienzo. Sin embargo, así como su egoísmo era el mismo de toda la vida, había algo en lo que continuaba siendo el mismo: su falta de arrepentimiento durante situaciones que así lo requerían.

Regresar a Hasetsu era el ejemplo más claro de eso.

Fue una decisión repentina, en realidad, justo cuando Yuri y él estaban en el mostrador de la aerolínea para hacer el check in del viaje de regreso a Rusia; una de sus ideas locas que más se parecían a las decisiones tomadas por el Victor de diecisiete años que Yura había mencionado y no por el de veintisiete. Era absurdo y él lo sabía. Era, también, como si todo fuera un juego, considerando que sería la tercera ocasión en la que decidió, por voluntad propia, alejarse de su alma gemela, solo para regresar una vez más. Yuuri estaría en todo su derecho de echarle del hotel, si es que se daba el caso. No obstante, una vez que tomó su decisión se sintió más ligero, como si hasta ese momento, llevara a cuestas un peso del que no había sido consciente sino hasta que comenzó a alejarse de Yuuri una vez más.

Así que, después de hacer el viaje hasta el aeropuerto, en vez de concretar todo para su viaje de regreso a Rusia, pasó un buen rato con la gente de la aerolínea discutiendo la posibilidad de cambiar la fecha de su vuelo a casa.

Yuri había pasado de la sorpresa al enfado en sólo unos minutos, en especial después de que quedó claro que él sí tenía que regresar a Rusia mientras Victor se quedaba en Japón.

—¡Dijiste que te enfocarías en mi programa para el GP! —exclamó el muchacho. Victor suspiró.

—Hablaré con Yakov y le daré indicaciones para que vayan trabajando en ello.

Yuri entrecerró los ojos y lo miró fijamente.

—No es lo mismo y tú lo sabes —gruñó.

—Lo sé. Lo siento, Yura.

Hubo un momento de silencio durante el cual ambos intercambiaron miradas. Al final, Yuri le arrebató su pase de abordar y, aún enfadado, murmuró:

—No lo arruines esta vez.

Después, simplemente caminó hasta la entrada de su sala de abordar y Victor no volvió a verlo. Sabía que su mal humor era pasajero y que, a pesar de todo, el muchacho comprendía por qué tomó esa decisión. Vaya, había sido él quien prácticamente planeó todo para que Victor y Yuuri se vieran forzados a convivir después del fiasco que fue su primer encuentro en Tokio. Aún debía hablar con él sobre lo invasivo que era entrometerse en los asuntos de almas gemelas de otras personas, aunque fuera con la mejor intención, porque no todas las personas reaccionarían como él o como Yuuri, con su infinita paciencia. Y, también, estaba pendiente una llamada de atención por huir del país sin decirle a nadie, pero Yakov era mejor candidato para encargarse de ello, porque después de todo, Victor no se sentía con la autoridad moral para reprenderlo por algo que él también había hecho en su juventud.

El enfado de Yuri era, más bien, porque temía que todo esto retrasara más su progreso antes de los eventos de clasificación para el Grand Prix. Y Victor lo comprendía. De hecho, como su entrenador, estaba actuando de la peor manera posible al quedarse en Japón. Victor entrenador estaba molesto consigo mismo por no hacer su trabajo de la mejor manera (un trabajo, que además, le costó años demostrar y demostrarse que era capaz de hacer), pero el otro Victor, el que era un pálido reflejo de lo que fue en alguna ocasión, sentía que era necesaria su presencia en aquel lugar, que darle la espalda a Yuuri otra vez, en esas circunstancias, sería diferente a la vez anterior. Si Victor regresaba a Rusia y decidía continuar con su vida sin su alma gemela, sería para no dar vuelta atrás.

Y eso le provocaba una sensación que no sabía cómo describir.

Aunque molesto, Yura accedió a regresar solo a Rusia y ahora Victor estaba otra vez ahí, en Hasetsu, junto a Yuuri. Estaban sentados en el engawa de la casa, lugar que parecía ser el predilecto para sus momentos de sinceridad mutua. A su lado, Yuuri mantenía la mirada fija en su regazo pero, a juzgar por cómo daba uno que otro respingo cada que Victor hacía algún movimiento, tenía toda su atención fija en él.

—Yuri debe estar esperando su siguiente vuelo —dijo Victor después de un rato.

Yuuri levantó el rostro apenas unos centímetros y asintió. Casi de inmediato, frunció el ceño ligeramente.

—¿Está bien que lo dejaras ir solo? —preguntó. Victor se encogió de hombros.

—Si pudo llegar solo, puede regresar solo. Y ya hay alguien que sabe de su llegada a Moscú y lo espera para antes de que se vaya a San Petersburgo.

Yuri no estaría muy contento al saber que su abuelo estaba al tanto de todo lo que había hecho desde que escapó a Japón, pero Victor contaba con que ver a Nikolai lograra calmar el mal humor del muchacho. Y si eso no era suficiente, Yakov también tenía una o dos palabras por decirle.

—Aun así creo que no es bueno que vaya solo —agregó Yuuri.

—No, no es bueno —asintió Victor y apoyó ambas manos en el piso, echando el cuerpo ligeramente hacia atrás—. Yura es un muchacho independiente, pero aún es un niño que no debería vagar solo por aeropuertos internacionales, aunque él crea que sí y aunque sea perfectamente capaz de hacerlo—. Y sonrió un poco a pesar de todo, recordando sus propias escapadas—. En Rusia me espera una larga charla con un par de personas que no están muy contentas con esta situación, pero ya veré qué hacer cuando llegue el momento.

—¿Por qué regresaste?

La pregunta lo tomó por sorpresa. Con cuidado, regresó a su posición original y, erguido una vez más, volvió a poner su atención en Yuuri. Observó su cuerpo tenso, evidente por sus hombros encogidos y por cómo mantenía la mirada fija en sus manos. Y aunque su perfil se mantenía parcialmente oculto por la posición en la que se encontraba, Victor lograba ver lo suficiente de él. Vio el sonrojo en sus mejillas y en la punta de sus orejas. En ese momento, con la luz de media tarde al fondo, Yuuri le pareció la persona más hermosa en el mundo.

Sintió que sus propias mejillas se coloreaban y desvió la mirada también. Cualquiera diría que, a sus casi treinta años, estaba por encima de sonrojarse así. Pero, a fin de cuentas, en los últimos días había descubierto que, cuando se trataba de Yuuri, nada era como él pensó que sería. Además no era ciego y Yuuri le había parecido atractivo desde que lo vio por primera vez en Tokio.

—Porque hay algo que quiero saber —respondió después de unos segundos, aún con la mirada puesta en cualquier otro lugar menos en él.

Yuuri alzó el rostro y lo miró fijamente. Victor suspiró antes de mirar a Yuuri de frente también.

—¿Qué es lo que quieres saber?

—El otro día —dijo Victor— me dijiste que había sido egoísta de mi parte simplemente asumir que lo mejor era, ya sabes, dar media vuelta y seguir con mi vida fingiendo que jamás nos habíamos conocido. Mencionaste que podías sentir mis emociones, mi dolor y mi frustración. 

—Victor —intervino Yuuri en voz baja. Victor vio que, en algún momento desde la última vez que lo observó, Yuuri había pasado de tener sus manos simplemente apoyadas en su regazo a tener los puños cerrados—. ¿Exactamente qué es lo que quieres decirme? Porque algo me dice que no te quedaste en Japón sólo para, no sé, hablar sobre lo que dijimos hace un par de días en este mismo lugar.

La incertidumbre de Yuuri era casi tan grande como su temor ante la situación y, debajo de esas dos emociones, Victor logró percibir su curiosidad. Hizo una pausa larga, evitando la pregunta por unos segundos más y, después, con tiento, tomó una mano de Yuuri. Éste lo miró con sorpresa, pero no hizo el intento por alejarse, por lo que Victor no lo soltó.

—Ese día —continuó—, dijiste que nunca me culpaste por lo que ocurrió. ¿Es verdad?

—Sí, es verdad.

—También dijiste que hay algo que ocasionó que nos encontráramos, de una forma u otra —continuó e, inconscientemente, mientras recordaba el encuentro que tuvieron días atrás, acarició la mano de Yuuri con su pulgar—. Muchas personas atribuyen el encuentro de las almas gemelas al destino, a la idea de que todo está predeterminado antes de nacer. Supongo que es porque suena más romántico de esa manera —sonrió—. Honestamente no sé si es destino, casualidad o biología, incluso. Posiblemente sea nuestro vínculo, que nos atrae sin que nos demos cuenta, y quizá, para otras personas, esto sea complicado de entender.

Yuuri tragó en seco. Un nuevo rubor decoraba sus mejillas.

—A-Aún no me has dicho qué es lo que quieres saber al regresar aquí.

—He sentido tus emociones desde hace años —continuó Victor—. A veces es como si nos conociéramos de toda la vida, porque tus emociones las siento como mías… Pero la realidad es que no nos conocemos para nada. No sé qué tipo de persona eres ni cuáles son tus gustos, no sé cuál es tu comida favorita, qué música prefieres escuchar o, incluso, cuándo es tu cumpleaños. No sé quién es Yuuri Katsuki. Así que pensé que tal vez podemos volver a empezar.

Victor respiró profundamente y, sin soltar la mano de Yuuri, viéndolo fijamente, agregó:

—Hola. Soy Victor Nikiforov y somos almas gemelas. Me da gusto conocerte al fin.

Publicado por cydalima10

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