Resiliencia [Capítulo 4]


Yuuri despertó antes de que saliera el sol. Se puso de pie con cuidado de no despertar a su hermana, que dormía en el futón a unos pasos de la cama. Mari se movió en sueños y Yuuri esperó un par de segundos antes de que ella girara sobre su hombro y le diera la espalda, aun profundamente dormida. Con cuidado, Yuuri se apoyó en la mesa de noche y tomó su bastón antes de salir del cuarto sin hacer ruido.

A esa hora el ryokan tenía un aire misterioso, antiguo. Sus pasillos oscuros estaban llenos de una quietud distinta a la del día. Yu-Topia era un lugar tranquilo en sí mismo, pero era en momentos como aquél, cuando no había nadie más de pie, que Yuuri disfrutaba recorrer los pasillos de su hogar en busca de un poco de paz.

Mientras avanzaba lentamente, Yuuri pensó en lo mucho que había cambiado su vida en un par de semanas. Desde la llegada de Yurio, aquel lugar se había llenado de una energía distinta. Las cenas eran más animadas y como el chico continuaba con esa rutina autoimpuesta de pasar tiempo en el área común del hotel justamente cuando Yuuri se encontraba en su turno tras la recepción, las tardes también estaban llenas de conversaciones que antes no existían. Yurio seguía con sus quejas sobre el entrenamiento de Victor y con sus preguntas incómodas, pero, de alguna manera, Yuuri se había acostumbrado a él.

Por otro lado, también estaba Victor.

Desde un par de noches atrás, la presencia de Victor a la hora de la cena también se había vuelto una constante. Yuuri evitaba los encuentros directos y permanecía callado durante casi todo el tiempo que estaban sentados a la mesa, y Victor también guardaba silencio hasta que alguien le hacía preguntas concretas. En esos momentos Yuuri lo escuchaba con detenimiento e interés. Victor era un misterio y, pese a todo, un personaje que poco a poco dejaba de ser eso precisamente para convertirse en una persona normal. Cuando Yuuri pensaba eso, que Victor era un ser humano, y si ignoraba el tema de las almas gemelas, el nerviosismo que sentía ante su presencia, ya no era el mismo de los primeros días.

Eran ya dos semanas desde que su pequeño mundo se había llenado de las personas menos esperadas y, desde entonces, no había día en el que Yuuri no sintiera las emociones de Victor. Era extraño percibir a Victor de esa manera y con tanta frecuencia, en especial después de que, por años, el intercambio de emociones entre ambos era algo más bien incidental. Quizá la distancia física tenía que ver mucho en ello. O, quién sabe, tal vez todas las almas gemelas sentían con tanta facilidad las emociones del otro una vez que se conocían. Aunque podía investigar más al respecto, Yuuri prefirió no hacerlo.

En esos días, Yuuri había catalogado las emociones que recibía a través de su vínculo de almas gemelas. El nerviosismo era recurrente y, a veces, también la culpa, en especial cuando descubría a Victor observándolo discretamente y en silencio. También estaba la sorpresa, el gusto y la alegría después de que probara el katsudon por primera vez. Aquella ocasión había sido como redescubrir su propio gusto por aquel platillo.

Lo que le llamaba más la atención era que, en ocasiones, Yuuri percibía algo más; el tipo de sentimientos que le provocaban palpitaciones y que lo dejaban confuso, en especial después de lo que había ocurrido entre Victor y él.

Yuuri no quería ponerle nombre a lo que sentía a través del vínculo que lo unía con su alma gemela porque no estaba preparado para ello. Si le ponía un nombre a esas emociones, si las reconocía, entonces todos esos sentimientos se volverían reales y él no podría soportarlo. No después de que Victor lo rechazara dos veces y de que dejara bien claro que no quería tener nada que ver con él más allá del mero trato formal con el que se comportaban uno frente al otro.

Pero era todo tan confuso.

Cuando habló sobre ello con Phichit, su amigo guardó silencio por un rato, sopesando las palabras de Yuuri y buscando una respuesta adecuada. Después, con esa actitud tranquila y hasta despreocupada de él, simplemente se encogió de hombros y sonrió.

—Si dices que a veces sientes todo eso y que esas son sus emociones —dijo—, entonces no creo que no haya al menos un poco de interés de su parte.

—¿Y qué importa si hay interés? Ya dejó claro lo que piensa.

A través de la pantalla, Yuuri vio a Phichit sonreír.

—Pero todas las personas pueden cambiar de opinión, ¿no lo crees?

Yuuri quería creer que, como solía ocurrir en muchas ocasiones, Phichit tenía razón.

El recuerdo de su amigo le hizo sonreír. Yuuri no sabía a qué o a quién tenía que agradecerle por la presencia de Phichit en su vida y estaba seguro de que era realmente afortunado por poder contar con él. Phichit era, ahora y desde Detroit, uno de sus soportes emocionales más importantes.

Cuando Yuuri le habló desesperado tras la segunda aparición de Victor en Yu-Topia, Phichit escuchó pacientemente. Esperó a que Yuuri se calmara, recordándole que debía respirar poco a poco para recuperar el control sobre sí mismo. Después, cuando Yuuri no dijo nada, respetó su silencio durante el tiempo que consideró apropiado antes de indagar un poco más en la situación.

—Creo que, de alguna manera, siempre supe que Victor era mi alma gemela.

—Era demasiada coincidencia, ¿verdad? —preguntó Phichit, haciendo referencia a que ambos notaron las similitudes entre la lesión de Victor y la suya, y en el tiempo en el que ocurrieron.

—Sí.

—Lo pensé en algún momento —agregó Phichit—, pero nunca quise comentarlo. No pensé que quisieras hablar sobre eso.

Y tenía razón, Yuuri no habría hablado de eso años atrás.

—¿Cuándo lo confirmaste?

—Desde que nos encontramos en Tokio —respondió Yuuri—. Nos vimos mientras te esperaba.

Phichit hizo una pausa, seguramente recordando ese momento.

—¿Por eso actuabas extraño?

—Sí —murmuró Yuuri—. Perdón.

—¿Por qué? —cuestionó Phichit. A pesar de no poder verlo en ese momento, Yuuri casi podía jurar que su amigo tenía el ceño fruncido; podía identificar a la perfección la duda en su voz.

—Por molestarte con todo esto.

—No molestas, Yuuri. Jamás creería que es una molestia. —Phichit suspiró—.  ¿Me habría gustado que me dijeras antes y que no pasaras todos estos días, angustiado, guardando esto tú solo? Pues sí. Pero entiendo que no estuvieras listo para compartir algo tan personal. Y sé que no es mucho lo que puedo hacer o decir, pero sabes que cuentas conmigo para lo que sea.

Yuuri deseó poder abrazar a su amigo en ese momento.

Desde entonces, las conversaciones que mantenía con Phichit también incluían el tema de Victor. A veces, Yuuri hablaba de lo evidente que era el hecho de que intentaba pasar la menor cantidad de tiempo posible en Yu-Topia o, más en concreto, en presencia de Yuuri. También de cómo incluso cuando Yurio estaba ahí, tampoco pasaba tiempo con él. Y de hecho, si su madre no hubiera insistido en invitarlo a cenar con la familia, Victor limitaría su interacción con el resto de los Katsuki a lo mínimo y necesario.

—Victor suena como una persona muy solitaria —comentó Phichit.

Yuuri no lo dijo, pero él pensaba lo mismo.

Aún absorto en sus pensamientos y recuerdos, Yuuri dobló una esquina y se detuvo de golpe al llegar al engawa que daba al jardín interior del ryokan. Victor se encontraba ahí, aún con la ropa de noche, el cabello algo revuelto y la mirada fija en algún punto a la distancia. No había reparado en su presencia. Yuuri sopesó la idea de dar media vuelta y regresar, ir literalmente a cualquier otro sitio en el hotel. Incluso dio un paso hacia atrás para comenzar su retirada, pero, por alguna razón, la imagen de Victor a mitad del patio en aquella mañana que comenzaba a clarear, le hizo detenerse.

Estaba por hacer una locura, y lo sabía.

Yuuri respiró profundamente, asintió para sí mismo como si estuviera dándose ánimos y caminó hasta el pasillo. El sonido de su bastón al golpetear contra el piso de madera alertó a Victor de su presencia. Éste volteó lentamente y Yuuri casi podía jurar que vio el momento en el que tragó en seco. Aunque ninguna emoción llegó a él a través del vínculo, supo, por observar el lenguaje corporal de Victor, que le había tomado por sorpresa y que estaba, figurativa y literalmente, acorralado.

Yuuri se detuvo a unos pasos de Victor. Ninguno dijo nada, sólo permanecieron ahí, observándose mutuamente en silencio mientras la oscuridad daba paso a los primeros atisbos de luz de la mañana. Yuuri podía sentir que sus piernas temblaban y se estremeció un poco mientras pasaban los segundos sin que ninguno tuviera reacción alguna. Volvió a respirar profundamente.

—¿Aún no te acostumbras a este horario? —preguntó.

Victor parpadeó un par de veces.

—¿Qué?

—Aquí amanece más temprano, supongo —explicó Yuuri—. ¿O tal vez es por la cama? Creo que eso es lo que se extraña más cuando pasas tiempo fuera de casa —estaba hablando por hablar por culpa del nerviosismo, y lo sabía. Sintió que su rostro se coloreaba un poco—. Al menos… a mí me pasaba. Perdón por molestarte —murmuró—. Con permiso.

—¡Espera!

Yuuri volteó hacia Victor. Lo notó aún incómodo, como estaba siempre que ambos se encontraban cerca, pero también se dio cuenta de sus mejillas también ligeramente sonrojadas.

—No tienes que irte —dijo—. Es decir. Es tu casa, en todo caso me correspondería a mí irme.

—Oh. Podemos quedarnos los dos, entonces.

Victor pareció pensarlo por un momento y, finalmente, asintió. Yuuri caminó hasta la orilla del engawa y, con cuidado pero la confianza de quien ha hecho eso muchas veces, se sentó en el piso que daba pie al desnivel. Victor parecía algo indeciso pero, después de unos segundos, caminó hasta él y se sentó junto a él, procurando no estar demasiado cerca de Yuuri pero tampoco completamente alejado. Ambos permanecieron en silencio, observando el jardín, con su estanque y su fuente, como si fuera lo más interesante del mundo. En ese momento, quizá lo era. 

Aquella situación no se acercaba, ni por asomo, uno de los muchos escenarios que Yuuri imaginó con su alma gemela, pero considerando cómo se dieron el primer y el segundo encuentro, era un progreso innegable. Yuuri también sabía que estar junto a Victor en ese momento de silencio y tranquilidad no tenía por qué significar nada más allá de dos extraños compartiendo el mismo espacio, y se lo recordó a sí mismo.

Por alguna razón, en aquel momento, eso era más que suficiente.

—La cama está bien.

Yuuri miró a Victor. Aunque éste aún evitaba su mirada, con la suya puesta de manera forzosa en la imagen del jardín, parecía atento a la presencia de Yuuri. Sujetaba el bastón con ambas manos sobre sus piernas.

—Qué bueno —dijo Yuuri con alivio genuino—. Mamá estaba realmente preocupada por eso. Mis padres han estado hablando sobre remodelar algunas habitaciones y volverlas más estilo occidental.

—El estilo tradicional es parte del encanto de este lugar —agregó Victor—. Más tarde le diré que no tiene que preocuparse por esto—. Yuuri abrió la boca para decir que no era necesario, que él podía hablar con ella, pero Victor se adelantó para agregar—: No era por la cama. A veces no puedo dormir.

Yuuri asintió. Comprendía los momentos de insomnio bastante bien.

—¿Mucho en qué pensar?

Victor sonrió un poco, casi de manera imperceptible. Quizá Yuuri no se habría percatado de ello si no estuviera observándolo detenidamente, a pesar de saber que eso no era muy educado de su parte.

—Algo así —respondió Victor. Después, sin que Yuuri lo esperara del todo, volteó a verlo—. ¿Y tú?

—También tengo mucho en qué pensar —admitió.

Victor lo miró por unos segundos antes de asentir y regresar su atención al jardín.

Yuuri sujetaba sus manos sobre el regazo. Aún estaba nervioso por la presencia de Victor, pero, a diferencia de otras ocasiones, no sentía esa necesidad de salir corriendo sin mirar atrás. Mientras pasaban los segundos, comenzó a acostumbrarse a la cercanía del otro, al calor de su cuerpo, que percibía a pesar de no estar tan cerca uno del otro y que contrastaba con el fresco de la mañana. Poco a poco, incluso, se permitió relajarse por completo.

Por primera vez, estar junto a Victor le provocó tranquilidad y no angustia. Era quizá porque ambos compartían el mismo espacio sin la necesidad de hablar y sin tener que confrontarse o mirarse de frente; sin traer a colación la razón por la cual estaban en aquel momento justamente en el jardincito de un hotel en Hasetsu y no en cualquier otro lugar, viviendo una vida completamente distinta.

Aquella sensación de calma era tan diferente todo lo que sentía en ocasiones anteriores, cuando estaba junto a Victor, que Yuuri se quedó estático, contento con la simple presencia de su alma gemela a unos pasos de él. Estar a su lado en aquel momento, lo llenó de una sensación similar a la de llegar a casa después de un largo día, cuando puedes quitarte la ropa incómoda y te recuestas un momento para descansar. Aún no era la alegría desbordada que había esperado en su adolescencia, pero, por ahora, era suficiente. Esperaba que Victor sintiera todo eso también. Esperaba que, durante ese rato al menos, Victor pudiera olvidar parte de lo que le tenía intranquilo.

Al cabo de unos segundos, Yuuri se animó a ver a Victor por el rabillo del ojo. Observó que tenía la cabeza gacha y la mirada fija en sus manos y el bastón, pero lo que alcanzaba a ver de su semblante, era sereno, relajado incluso. Su boca estaba curvada en una sonrisa pequeña, discreta y privada. Ambos permanecieron sentados en silencio durante un largo rato, hasta que el sol salió por completo y Yu-Topia comenzó a llenarse del ruido habitual de cada día: pasos de los huéspedes que recién despertaban, las voces lejanas de conversaciones matutinas y los primeros aromas del desayuno.


Cuando Yuuri pensaba en ello, le parecía algo realmente increíble lo mucho que había cambiado su relación con Victor desde aquella vez en la que se encontraron en el engawa. Los momentos compartidos con él y con Yurio aún le parecían extraños, surrealistas incluso, pero el tiempo que compartían (siempre a la hora de la cena; en los pasillos con cada vez más frecuencia), ya no le provocaban aquella sensación de ahogo que sintió en los primeros días y que lo paralizaba por momentos, dejándolo totalmente indefenso.

Ahora, a un par de días de aquel suceso, no era extraño que Victor se despidiera de él con una inclinación de cabeza al pasar a su lado o que, en mañanas especiales, dijera un “hasta luego” que Yuuri se esforzaba por no interpretar como una promesa, aunque se sintieran de esa manera.

Sentado en su lugar de siempre, ya con su libro de aquella semana en mano, Yuuri observó en silencio la escena de todos los días, con Yurio caminando rápidamente delante de Victor: los audífonos en las orejas y la música tan fuerte que se alcanzaba a escuchar a un par de metros —y algo le decía a Yuuri que el muchacho sabía muy bien que aquello no era sano y que podría acarrearle consecuencias, pero ignoraba aquel hecho porque era un adolescente y porque, simplemente, le encantaba llevar la contraria—. El chico le dirigió una mirada al pasar a su lado y continuó con su camino ignorándolo después. Yuuri sonrió un poco.

Vio que Victor se esperaba un momento mientras se despedía de Toshiya. Después, sus miradas se cruzaron por un par de segundos cuando estuvo casi frente a él en la recepción.

—Hasta luego —murmuró Victor y volvió a hacer una de sus inclinaciones de cabeza que Yuuri interpretaba como el gesto más cordial que había entre ellos.

Yuuri mantuvo la mirada fija en la entrada del hotel después de que Victor se fuera.

—Deberías ir al Ice Castle con ellos.

El libro que Yuuri sostenía cayó abierto sobre el escritorio, maltratando algunas de sus hojas en el proceso. Hiroko miró a su hijo y le sonrió de aquella manera tan suya, que era mitad ternura mitad comprensión. Tomó el libro con cuidado y acomodó sus hojas maltratadas antes de cerrarlo y dejarlo frente a Yuuri.

—¿Por qué dices eso? —preguntó Yuuri. Su madre se acercó a él puso una mano sobre su hombro.

—Porque algo en tu mirada me dice que tienes ganas de ir con ellos —respondió ella, con toda la naturalidad del mundo.

Yuuri desvió la mirada y apretó sus labios, consciente de que, una vez más, su madre demostrada ser más observadora de lo que aparentaba. Sabía que él era, en general, bastante transparente en cuanto a sus emociones, así que no estaba del todo sorprendido por el comentario de su madre, pero escuchar sus pensamientos vocalizados con tal claridad, de manera tan natural, y por otra persona, era algo nuevo. Era liberador en cierto sentido, pero le incomodaba de todas maneras.   

—No tiene que ser hoy —agregó su madre. Yuuri la miró una vez más, con algo de sorpresa en su semblante.

Ella aún sonreía y vio en su sonrisa a aquella madre amorosa que lo había apoyado en todas sus decisiones y que siempre había estado para él de la manera como lo necesitara: al tomar su mano mientras caminaban juntos hasta el Ice Castle mientras él era un niño, como aplausos y palabras de apoyo aunque no entendiera su deporte del todo, como un abrazo fuerte pero decidido cuando lo despidió en el aeropuerto antes de irse a Estados Unidos. “No tiene que ser hoy” significaba que estaba bien si aún dudaba y si aún no estaba preparado para hacerlo pues, de alguna manera, ella sabía que el momento llegaría eventualmente.  

—Estarán aquí por unos días más —agregó Hiroko cuando pasaron los segundos y Yuuri no dijo nada. Le sonrió a su hijo—. Sé que es difícil para ti, Yuuri, pero creo que te perderías de algo maravilloso si no los acompañas al menos una vez. Piénsalo.

Yuuri asintió en silencio.

—Oh, y Minako-sensei te envía saludos —agregó Hiroko—. Se emocionó mucho cuando le dije que este muchacho Victor está pasando un par de días con nosotros. Dice que quiere hablar contigo en cuanto regrese de su evento en Hokkaido.

Yuuri volvió a asentir. Su madre le sonrió y apretó su hombro con un poco más de fuerza, en un gesto tranquilizador. Dio media vuelta y se alejó por el pasillo, dejándolo solo en la recepción.

Las palabras de Hiroko revoloteaban por su mente. Yuuri tomó su libro, pasó los dedos por las hojas maltratadas y lo abrió en la página en la que se había quedado la noche anterior. Paseó la mirada por la hoja, viendo el conjunto de líneas y círculos que componían el texto, sin comprender del todo lo que querían decir. Al cabo de un rato, volvió a cerrar el libro y lo dejó a su lado, resignado a que su atención estaba perdida por completo. Suspiró. Sintió que los segundos se alargaban en horas eternas, en especial cuando aquel día laboral que recién comenzaba pintaba para ser lento y sin mucho qué hacer.

Yuuri miró la hora y descubrió que sólo habían pasado veinte minutos desde que escuchó a su madre en aquel intercambio de palabras unilateral. A su alrededor, todo le parecía más silencioso de lo normal y comparó aquel momento de quietud perenne con la vitalidad de las mañanas o las tardes, cuando Yurio invadía con su energía inagotable cualquier estancia en la que se encontrara. O cuando Victor aparecía detrás del muchacho y le decía cosas en su idioma natal y que Yuuri no entendía pues cuando, alguna vez en su vida, pensó en estudiar ruso como lengua extranjera, sólo aprendió a decir “gracias” y “buenos días”.

Recordó que Victor se había detenido frente a él y que le dijo “hasta luego” aquella mañana. Pensó una vez más en las palabras de su madre, que se repetían una y otra vez en su mente: deberías ir al Ice Castle con ellos.

Yuuri apoyó los codos sobre el escritorio y la barbilla sobre sus manos. ¿De qué serviría ir al Ice Castle? Si iba, sólo interrumpiría el entrenamiento de Yurio y, honestamente, aquella mañana no se sentía con ánimos de escuchar las quejas del adolescente. Casi podía ver el ceño fruncido de Victor por su presencia y al final, terminaría caminando de regreso a casa exhausto por algo que no tendría que ver precisamente con la molestia en su pierna.

Tampoco consideraba que fuera del todo adecuado llegar sin invitación y así como así a un lugar en el que no había puesto un pie en tres años. Habría miradas curiosas y falsas esperanzas en sus amigos. Habría tres pequeñas revoloteando a su alrededor, hablando con palabras atropelladas, cuestionando su presencia ahí, demandando saber el porqué de todos esos años en los que no se acercó a aquel lugar. Habría ojos extranjeros observándolo con sorna o con cautela o con enfado. Y Yuuri no quería nada de eso.

No obstante, casi una hora después, Mari se encontraba sentada en el escritorio de la recepción, prácticamente medio turno antes de lo usual. Tenía la mirada desinteresada de siempre y sólo una sonrisita traicionaba su semblante. En el pasillo, Hiroko sintió que su esposo le daba un apretón en el hombro antes de dirigirse a una de las mesas para conversar con unos huéspedes que llevaban casi una semana en el hotel. Hiroko sonrió. Había visto la mirada de Yuuri y había reconocido en él al mismo muchacho que se puso de pie a mitad de la cena, años atrás, para decir que tenía una propuesta para ir a entrenar al extranjero y que iba a aceptarla.


Los escalones frente al Ice Castle se veían más altos de lo que Yuuri recordaba. Podía sentir el sudor deslizándose por su cuello y humedeciendo su ropa mientras esperaba y se armaba de valor para recorrer el último trecho que le faltaba para llegar a la que fuera su primera pista de entrenamiento. Tragó en seco. Hacía un par de semanas había llegado hasta ahí y después simplemente optó por darle la espalda porque regresar al lugar en el que tuvo origen su sueño más grande no era fácil. No con todo lo que había ocurrido. Pero ahí estaba, una vez más frente a las escaleras, sin un adolescente malhumorado que lo mirara desafiante, solo con sus miedos e inseguridades.

Creo que te perderías de algo maravilloso si no los acompañas al menos una vez.

Yuuri sujetó el bastón con fuerza, respiró profundamente y dio el primer paso. Se detuvo por unos segundos y, tras mirar hacia la cima, subió el primer escalón y luego otro y otro más hasta que, sintiéndose aún más sudoroso que antes, llegó a la parte de arriba. La entrada del Ice Castle lo recibió de la misma manera como lo hacía tantos años atrás: con las puertas abiertas y con la promesa de que algo bueno ocurriría si cruzaba el portal.

Se acercó un poco, hasta que pudo sentir la corriente de aire fresco que emanaba del interior. El corazón le golpeteaba con fuerza dentro del pecho. Estaba tan cerca, pensó. Sólo unos pasos más, era lo único que necesitaba para entrar en aquel lugar. ¿Y después qué?

—¿Yuuri?

La voz de Takeshi le hizo pegar un brinco. Yuuri volteó hacia atrás y vio a Nishigori a unos pasos de él, mirándole con sorpresa y curiosidad.

—¡Yuuri! —exclamó Takeshi acercándose a él; una sonrisa apareció en su rostro—. ¡Qué sorpresa! ¿Qué te trae por aquí?

—Yo… —murmuró Yuuri—. Nada en especial.

Nishigori no pareció muy convencido con esa respuesta pero no dijo nada al respecto. Aún sin borrar la sonrisa se acercó hasta Yuuri y le dio un par de palmadas en el hombro. Yuuri recordaba la fuerza con la que Takeshi hacia eso años atrás y se sorprendió al percibir mesura en sus palmadas.

—¿Vas a pasar? —preguntó Nishigori—. Yuuko está aquí desde la mañana y yo voy regresando de dejar a las niñas con mi madre. Ya sabes cómo son —rió—. A veces se emocionan de más e interrumpen el entrenamiento del muchacho.

—¿Cómo va eso?

Takeshi miró a Yuuri después de que éste hiciera su pregunta.

—¿Cómo va qué? —preguntó a su vez. Yuuri frunció el ceño ligeramente.

—El entrenamiento.

—¿Por qué no lo ves por ti mismo?

Y tras decir eso, Takeshi le señaló la entrada del edificio. Era una invitación pero, al mismo tiempo, aquel gesto se sintió como un reto, y posiblemente lo fuera. Nishigori era así, después de todo. Yuuri asintió. Respiró profundamente y cruzó la puerta.

El interior era tal y como lo recordaba de tres años atrás. Sabía que, detrás de él, Nishigori estaba atento a él: a cada paso que daba para ver si no salía corriendo y caía en el camino, como ocurrió la última vez que estuvo ahí. No era un secreto entre sus conocidos el porqué de su negativa a pisar el Ice Castle y Nishigori había estado ahí la última vez, así que Yuuri comprendía su curiosidad y excesiva atención. No le dio importancia.

Avanzó con paso lento pero más seguro de lo que él mismo habría esperado. Podía escuchar el eco del interior, el sonido inconfundible de las los patines deslizándose por el hielo, el momento exacto en el que se efectuaba un salto y se caía con gracia. Mientras caminaba un poco más, incluso escuchó la voz de Victor decirle algo a Yurio y la de éste respondiéndole con su tono de siempre.

Estaba a unos metros de la pista. A su izquierda, el almacén se encontraba vacío, así que supuso que Yuuko también estaría cerca de la pista, viendo el entrenamiento en silencio. Por el rabillo del ojo percibió que Nishigori desviaba su camino y se perdía por el pasillo que llevaba hacia la puerta del personal. Yuuri continuó andando hasta llegar, por fin, a un sitio desde el que pudiera ver la pista sin que su presencia fuera demasiado evidente. Sonrió un poco al ver que Yuuko estaba ahí, tal y como pensó que lo estaría, con la mirada atenta al entrenamiento de Yuri. Después, fijó su mirada en la pista.

Había visto a Yurio patinar sólo una vez, en Tokio, y en aquella ocasión, su sorpresa y admiración se habían visto rebasadas por la opresión en el pecho y la sensación de fracaso que lo acompañaba en muchas ocasiones. Ahora, no obstante, Yuuri observó los movimientos de Yurio con admiración, sí, pero también con entusiasmo. Se sorprendió un poco cuando se percató de ello: en ese momento estaba entusiasmado por lo que ocurría a unos metros de él, con Yurio deslizándose sobre el hielo con movimientos elegantes y fluidos que hacían parecer fácil lo que hacía.

Yuuri miró con detenimiento a Yurio. A pesar de la distancia, podía observar el cabello que se pegaba su frente llena de sudor y sus mejillas sonrojadas, y sabía por experiencia propia que después de las casi cuatro horas que el chico llevaba de entrenamiento, por mucho que hubiera descansos, seguramente estaba exhausto. Aunque Yurio fuera un adolescente lleno de energía, podía notar la tensión en su cuerpo, y tanto eso como la hora eran indicadores de que el entrenamiento no tardaba mucho en terminar.

Mientras observaba, Yuuri recordó sus propios entrenamientos. Los de Detroit, bajo la tutela de Celestino, fueron los más intensos. Si bien Yuuri siempre demostró tener más resistencia que otros patinadores, eso no significaba que no terminara exhausto tras cada sesión. A veces, caminar en tierra firme era más difícil que patinar, y los pies doloridos eran algo de cada día. En ocasiones, incluso, él y Phichit tenían que esperar hasta media hora o más tiempo para poder ponerse los tenis como era debido. De más está decir que caminar hasta el dormitorio de la universidad era un martirio, pero aquellos momentos siempre se hicieron más llevaderos gracias a la presencia de su amigo.

Yurio realizó un lutz triple, seguido de un toe loop triple con aterrizajes perfectos en ambos casos antes de continuar deslizándose por la pista, con expresión de fastidio, hasta llegar a una orilla. Giró sobre sí mismo y se apoyó en el muro, su pecho subiendo y bajando con rapidez, que era lo único que delataba su cansancio. Cuando levantó la mirada, se percató de la presencia de Yuuri.

Ambos se miraron en silencio por unos segundos y aquello debió llamar la atención de Victor, pues él también volteó con curiosidad por la repentina actitud del muchacho. Su sorpresa no pasó desapercibida para Yuuri quien, sintiéndose fuera de lugar, sólo atinó a hacer una inclinación con la cabeza. Antes de que cualquiera pudiera hacer o decir algo, la voz de Yuuko resonó en el interior de la pista.

—¡Yuuri!

Yuuri vio a su amiga correr hacia él y avanzó a su encuentro. Ambos se veían constantemente y hablaban tanto como podían hacerlo; de vez en cuando salían a almorzar, solos o con el resto de la familia Nishigori. Aquel día, estar en Ice Castle era algo nuevo, algo que no ocurría desde hacía mucho tiempo.  Yuuri no solía ir a la pista solo porque sí. Yuuri no iba a la pista, punto, y todos sabían eso.

Cuando Yuuko se detuvo, a sólo unos pasos de él, sonrió, algo azorado. 

—Hola —murmuró, sin saber si eso era precisamente lo que debía decir.

—Hola —respondió Yuuko, soltando una risita.

Se miraron fijamente por unos segundos. Yuuko apretó sus labios en una fina línea mientras su semblante cambiaba poco a poco y sus ojos se tornaban algo vidriosos por las lágrimas contenidas. Después, en su rostro también apareció una de esas sonrisas que siempre habían caracterizado a Yuuko y que se contagiaban.

—Es bueno verte por aquí.

Yuuri asintió.

—Todo sigue igual que siempre —dijo mirando a su alrededor. Yuuko rió un poco mientras se limpiaba algunas lágrimas con el dorso de la mano.

—Desde que tenemos a las niñas, nuestros planes de remodelar un poco se han ido posponiendo inevitablemente—. Suspiró—. Si algún día tú o Mari deciden tener hijos, olvídense de cualquier idea para remodelar Yu-Topia.

Fue el turno de Yuuri para reír un poco.

—No sé si eso vaya a pasar—dijo.

—¿Remodelar o los hijos?

—Ambas cosas.

—Uno nunca sabe —respondió ella y se encogió de hombros. Yuuri le dedicó una sonrisa nerviosa—. ¿Qué te trae por acá?

—No lo sé. Curiosidad, supongo.

—¿Curiosidad por…?

Yuuri asintió. Yuuko miró detrás de Yuuri, hacia la pista.

—Es sorprendente. No había visto a alguien patinar así, con tal determinación y ambición, incluso. Ese chico va a llegar muy lejos.

—Pienso lo mismo.

Yuuko se volvió hacia Yuuri. Su mirada llevaba toda la intención y Yuuri sabía que las preguntas estaban ahí, listas para atacar si era necesario. Pero así como Nishigori había optado por no externar sus pensamientos, Yuuko hizo lo mismo. Las preguntas no llegaron y, por un momento, Yuuri pensó que, a pesar de los años, a pesar de que él mismo se hubiera distanciado —por una razón u otra—, Yuuko continuaba comprendiéndolo mejor de lo que él mismo pensaba. Antes de que Yuuri pudiera hacer algún otro comentario, Yuuko miró por encima de su hombro, en dirección a la pista.

—Parece que ya terminaron.

Yuuri miró detrás de él. Yurio se deslizaba hacia afuera de la pista. Lo vio salir y caminar hasta donde podía tomar asiento y también se dio cuenta de que Victor no había dejado de ver a Yurio durante todo ese momento, como si evitara, deliberadamente, no mirar hacia donde Yuuri se encontraba.

—Creo que será mejor que me vaya —agregó Yuuri. Yuuko frunció el ceño.

—Tonterías. Hace tiempo que no nos veíamos y tenemos mucho de qué hablar —sentenció.

—Nos vimos hace dos semanas, para almorzar —respondió Yuuri. Yuuko suspiró.

—Sabes a lo que me refiero—. Después de una pausa, Yuuri asintió.

—Sí, lo sé.

Después de eso, ambos caminaron de regreso al almacén, donde Takeshi estaba absorto en sus tareas de limpieza y reacomodo del equipo que tenían dentro. Yuuri y Yuuko se sentaron un momento y continuaron con su conversación. Sin las trillizas ahí, la calma era absoluta. Aunque Yuuri apreciaba a Axel, Lutz, y Loop, por esa ocasión pensó que había corrido con suerte al no encontrarlas ahí. Eso ya ocurriría después, durante alguna otra visita, y posiblemente ellas no serían tan mesuradas como sus padres y soltarían preguntas y comentarios sin importar las consecuencias, pero Yuuri ya vería qué hacer en ese momento.

Cuando Yuuri se dio cuenta de aquel pensamiento, dejó de prestar atención a su alrededor y a las palabras de Yuuko. No había pensado en que esa visita improvisada al Ice Castle sería la única, sino que había decidido que habría otras. La decisión había sido inconsciente. Posiblemente no retomaría sus visitas al día siguiente, pero tal vez al final de la semana o en unos días más. No lo sabía aún. Lo único que sí tenía claro eran aquellas ganas de visitar aquel lugar en otra ocasión.

Nishigori tomó el lugar de su esposa y se dejó caer pesadamente en el asiento junto a Yuuri.

—Entonces…

—¿Eh?

—¿Cómo estás?

Yuuri bajo la cabeza un momento mientras pensaba en su respuesta. La pregunta de Nishigori iba más por el sentido de querer saber cómo se sentía al estar en aquel lugar después de esos tres años.

—Un poco mejor.

Nishigori asintió.

—Es una sorpresa tenerte aquí después de tanto tiempo —dijo—, pero me da mucho gusto que vinieras, aunque sea por un rato.

—A mí también me alegra haber venido. Un rato.

Yuuko sonrió.

—Sabes que eres bienvenido cuando quieras. Y creo que fue un buen momento el de hoy, porque las niñas, ya sabes, a veces son un poco intensas—. Yuuri sonrió un poco.

—Sí, lo sé. 

Mientras charlaba con el matrimonio Nishigori, vio pasar a Victor y a Yurio en dirección hacia la salida. Yuuko se levantó de su asiento para dirigirse a los otros dos y desearles un buen día. Yurio se despidió de ella con una sonrisa —raro, pensó Yuuri—, mientras que Victor se detenía un momento para agradecerle por el tiempo y el espacio.

—Ya saben que no es nada —respondió ella.

—Eso no significa que no tengamos que agradecer —agregó Victor.

Antes de dar media vuelta, Victor miró sobre el hombro de Yuuko, justo hacia donde Yuuri se encontraba, observando y escuchando en silencio. Al sentirse observado, Yuuri regresó su atención a Nishigori, quien llevaba un par de segundos hablando sobre cómo en los últimos días habían llegado más personas de lo usual, interesadas en usar la pista y en lo que eso significaba para revivir un negocio que, en los últimos años, no resultaba muy redituable.

Yuuko regresó para sentarse con ellos y continuar su conversación. Cuando Yuuri levantó la vista una vez más, no vio a Victor por ninguna parte. 


Yuuri regresó a Yu-Topia unas horas después, casi a media tarde, con una sonrisa en su rostro y la sensación de que su visita al Ice Castle era el comienzo de algo más. No descartaba la idea de regresar a la pista en otro momento y admitía que ir aquel día no resultó tan terrible como pensó que sería. Si comparaba ese momento con otras ocasiones —incluso si lo comparaba con esa mañana— se sentía un poco más ligero. Era como si, en su camino entre ir y venir del Ice Castle, hubiera dejado algo que le hacía sentirse pesado e incómodo. Aún había muchas cosas en las que tenía que pensar y sentimientos que necesitaba poner en orden, pero si Roma no se construyó en un día, su vida tampoco se acomodaría en unas cuantas horas.

Cruzó la puerta y caminó tranquilamente hacia la estancia principal, en donde Mari aún continuaba detrás del escritorio de la recepción mientras hojeaba distraídamente una revista. El área común del hotel estaba, como era de esperar, ocupada por un par de huéspedes que bebían mientras veían el beisbol en la televisión. Cuando llegó frente a la recepción, su hermana alzó la vista.

—¿Qué tal estuvo? —preguntó ella.

—Bien.

Mari asintió y regresó la mirada a su revista.

—Puedes tomarte el resto de la tarde —dijo ella—, no es como si tuviera otra cosa que hacer, y para hojear revistas en mi habitación, mejor me quedo aquí.

Yuuri estaba por responder que eso no era necesario y que, en todo caso, él tampoco tenía nada más que hacer, pero en vez de eso simplemente asintió. Tenía la impresión de que, aunque se negara a la sugerencia de su hermana, Mari no lo dejaría permanecer ahí de todas maneras.

—De acuerdo —respondió al fin.

Aún era temprano, así que no podía hablar con Phichit aún, y no es como si tuviera muchas cosas pendientes por hacer. Desvió su camino hacia la cocina. Aún era temprano, pero lo más probable era que encontrara a su madre ahí, a punto de preparar la cena. Quizá podría ayudarle con eso.

No llevaba más de tres pasos, cuando una voz familiar le hizo detenerse.

—¡Oye!

Yuuri volteó y descubrió a Yurio a unos pasos de él. Tenía las manos dentro de la chaqueta y lo observaba con la expresión fastidiada de siempre. Victor se encontraba detrás. Yuuri tragó en seco. Ahí estaba, pensó, el momento de la confrontación: no tardaba en llegar el deseo del muchacho por saber el porqué de su visita al Ice Castle, en especial después de lo que ocurrió cuando Yuuri lo llevó ahí por primera vez, todos esos días atrás. El hecho de que Victor se encontrara ahí también debía significar algo.

—¿Sí? —preguntó Yuuri. Fue perfectamente consciente del hilo de voz con el que dijo aquello.

El muchacho frunció el ceño.

—¿Necesitan algo?

—Mañana a las ocho —dijo Yurio.

—¿Disculpa? —preguntó Yuuri, visiblemente consternado. Plisetsky rodó los ojos y soltó un bufido antes de dar un paro al frente para acortar la distancia entre ambos, tanto que Yuuri terminó dando un paso hacia atrás para recuperar algo de espacio personal.

—A las ocho nos vamos al Ice Castle —dijo Yurio lentamente, casi como estuviera hablándole a un niño pequeño. O a un tonto. Posiblemente fuera lo último—. A. Entrenar. No llegues tarde.

Y sin decir más ni dar tiempo a una respuesta, como era su costumbre, pasó junto a Yuuri y se dirigió hacia la puerta del hotel. Yuuri lo vio mientras se alejaba, con una mano dentro del bolsillo mientras con la otra escribía algo en su teléfono celular, antes de sacar sus audífonos y aislarse del resto del mundo gracias a ellos.

—No es necesario que vayas —agregó Victor.

Yuuri dio un respingo al escuchar aquella voz. Cerró los ojos y respiró profundamente, como si en ese gesto hiciera acopio de toda la fuerza necesaria para encararlo. Se preguntó cómo es que Victor se las arreglaba para, con pocas palabras, dejar bien claro lo que él ya había temido: que no quería verlo mientras entrenaba a Yuri. Volteó hacia Victor y asintió. 

—Está bien —respondió en voz baja—, no quisiera molestarlos otra vez.

Victor dio un paso al frente, sorprendiendo a Yuuri.

—¡No, no, no! —exclamó Victor, la sorpresa evidente en su rostro—. No es por eso. No es ninguna molestia. Sólo digo que no es necesario que le hagas caso a Yura. Si quieres ir, puedes hacerlo a la hora que quieras. Pero también, si no tienes ganas de ir, no es necesario que lo hagas.

Se llevó la mano que tenía libre a la frente y Yuuri sintió la frustración que venía de la mano con no poder dar a entender lo que realmente quería expresar. Victor suspiró.

—Lo que quiero decir es que no tienes que sentirte obligado sólo porque Yuri lo dijo. Pero —añadió Victor y Yuuri se sorprendió de ver el ligero rubor de sus mejillas—; pero lo hablamos hace un momento y, bueno, si quieres ir, aunque sea un rato, estaremos allá hasta mediodía, como hoy.

Yuuri lo miró perplejo. De no ser porque aún percibía las emociones de Victor a través del vínculo de almas gemelas, habría pensado que éste solo estaba siendo cortés. Pero podía sentir la sinceridad en sus palabras, la vacilación con la que las decía y la esperanza, incluso. Asintió después de un par de segundos.

—Está bien —respondió.

Victor asintió y luego, como si no supiera qué más decir —Yuuri no lo culpaba, él tampoco estaba seguro de qué más agregar a aquella conversación tan inesperada—, se aclaró la garganta.

—Nos vemos en la cena —murmuró. Yuuri también asintió con la cabeza.

—Sí, nos vemos.

Victor dio media vuelta y caminó alejándose por el pasillo. Yuuri se quedó en donde estaba, con la mirada fija en la espalda de Victor mientras éste se perdía por el pasillo que iba hacia las habitaciones. Cuando ya no pudo verlo más, Yuuri retomó su camino hacia la cocina. Al entrar en ella, encontró a su madre frente a la alacena, en una actitud contemplativa.

—¿Mamá?

Hiroko salió de su ensimismamiento y volteó hacia Yuuri, quien se encontraba aún en la entrada de la cocina. Sonrió.

—¡Yuuri! —exclamó, contenta—. ¿Hace cuánto tiempo regresaste?

—Hace unos minutos —respondió Yuuri.

—¿Qué tal está todo en el Ice Castle? Hace mucho que no veo a Yuuko y a las niñas.

—Están bien. Te mandan saludos. ¿Qué haces?

Hiroko suspiró.

—Pienso en qué debería preparar para la cena —respondió—. Es mi dilema de todas las tardes.

Yuuri entró por completo a la cocina y se acercó a su madre, mirando con detenimiento la alacena junto con ella. Una idea llegó a su mente.

—¿Y si preparamos katsudon?

Hiroko volteó a verlo. Yuuri sabía perfectamente bien lo que significaba el hecho de que pidiera aquel platillo por voluntad propia. Hacía años que no lo hacía, no desde que aquel plato dejó de ser su predilecto después de lograr algo, ganar algo. Hacía tanto tiempo que no sentía como si estuviera ganando algo en su vida, al contrario. Desde lo de su pierna, era como si su vida se dirigiera por un camino de pérdidas más que de logros. Sin embargo, de alguna manera, lo que había hecho ese día se sentía como uno. Y quizá era absurdo comparar los logros y las victorias previas a su partida a Detroit con lo que había hecho aquel día, pero en ese momento, ir a Ice Castle por voluntad propia se sentía como una victoria.

Por la mirada de su madre, Yuuri supo que ella comprendía el simbolismo detrás de aquella petición tan sencilla. Hiroko sonrió aún más.

—¡Katsudon es una idea maravillosa!

Mientras ella comenzaba a preparar los ingredientes necesarios para la cena de esa noche, Yuuri también sonrió.

Publicado por cydalima10

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