Tabú 6


Estaba jodidamente convencido que la escuela no era para mí.

No me malinterpretes, me gustaba estudiar y aprender la mayoría de las materias, en especial las de arte y las ambientales. ¿Cómo es que puedo apasionarme por ambas?

Sencillo la naturaleza muestra la perfección del diseño a cada paso que damos y no hablo solo de la belleza de una orquídea, la perfección de un halcón, la especial sinuosidad del tronco en un viejo árbol, los meandros de un río o la espectacularidad de las cumbres de una gran montaña; hablo también de la belleza que guarda el diseño de una hoja muerta, la armoniosa descomposición de un cadáver o la majestuosa visión de las entrañas de un volcán.

Esos días de escuela hubieran sido perfectos si todo el conocimiento humano lo hubiera podido aprender en la soledad y el silencio de mi habitación, conectado al mundo entero a través de mil cámaras y dispositivos. Hubiera sido mejor seguir una enseñanza virtual y aprobar la escuela a través de cursos on-line.

Pero no era así, tenía que ir a esa maldita escuela, aquella que mi hermano mayor había escogido para mí, la misma en la que él había estudiado la primaria y la que había formado a personas muy reconocidas de la sociedad de San Petersburgo. Tal vez Víctor no recordaba bien lo aburrida que puede resultar la vida en la escuela y mucho más si esta es una de esas escuelas para señoritas y señoritos refinados.

Era una escuela privada llena de normas estrictas y de prácticas algo arcaicas, donde salir al patio para dibujar con más libertad estaba prohibido, pero repetir cada mañana los preceptos morales y religiosos en los que creían sus promotores era una actitud celebrada por los maestros y la directora.

Una escuela en la que la formación académica y la religión estaban muy enlazadas tanto que yo sentía que la segunda asfixiaba a la primera. Para mi abuelo, este tipo de escuelas solo cambiaron la rigidez del régimen comunista por la rigidez del régimen religioso y ambas servían a amos tiranos.

Pero Víctor insistió en que debía entrar en ella para pulir mis conocimientos gracias a los buenos docentes que trabajaban y tener el trato con las personas adecuadas que me ayudarían en un futuro.

No sé si él se creía su propio discurso idiota en ese momento, solo sé que tuve que aceptar su decisión que como buen hermano mayor, responsable y estricto él debía tomar. No le dije nada, no quise protestar porque lo vi poner ese rostro de seriedad cuando intentaba venderme su discurso y cuando acepté la idea lo vi sonreír y aplaudir tan entusiasmado con la idea que su hermanito menor estudiase en uno de los mejores centros educativos de San Petersburgo, que no quise cortar su felicidad, aunque ganas no me faltaban de mandar a la mierda todo.

Hubiera preferido una escuela pública, allí por lo menos tienes libertad de pensar por ti mismo, no te imponen creencias y rituales que no los sientes y no los practicas. En una escuela pública te conoces con chicos y chicas de todo tipo de realidades de los que puedes aprender muchísimo, no tienes que estar dando vueltas con personas que piensan lo mismo y viven de las apariencias. En una escuela pública puedes perder la compostura de vez en cuando, solo te amonestan y hasta se preocupan por orientar mejor tu conducta.

En cambio, en una escuela privada lo único que obtienes es el juicio inclemente de tus profesores y el desprecio de los compañeros que creen estar en un nivel superior al tuyo solo porque sus padres han alcanzado a tener muchos ceros en sus cuentas de banco.

Tuve que enfrentarme día a día a ese mundo soso y ruin mientras fui estudiante del Colegio Privado San Marcos Apóstol, una gran escuela si quieres ser un niño mimado el resto de tu vida o aspiras a dirigir el banco de papá o la compañía de cosméticos de mamá. Una farsa completa si de verdad quieres prepararte para la vida.

El primer día de clases, como en toda Rusia, los estudiantes volvíamos después de disfrutar el verano y sí que disfruté de los días cálidos junto a Víctor y Anya que me llevaron por algunas ciudades del país y de Europa ya sea que él estuviera cumpliendo con sus contratos de trabajo o que ella quisiera salir a pasear.

Fueron ardientes días de verano en los que la enamorada pareja me incluyó en cada una de sus alegres actividades veraniegas y me regalaron el sonido del éxtasis de sus noches en cada hotel que nos alojamos.

Ese primer día de setiembre siempre estará presente en mi memoria con todos sus detalles. Primero fue el desayuno el que me sorprendió mucho, “la hermosa” se levantó temprano ese día y con gran dedicación preparó un desayuno muy nutritivo con jugo, panes tostados, blinis con miel y me dio a elegir si quería café o algo de leche, yo opté por el primero.

Ver a Víctor vestido con un traje formal fue sorprendente, por lo general él vestía con pantalones de mezclilla de diseños muy llamativos, camisas o remeras exclusivas que le regalaban las marcas para las que modela, botines de caña alta y delgados sacos sport. Como estábamos culminando el verano mi hermano tenía puesto un terno beige oscuro sobre una camisa blanca y corbata azul, se veía espectacular y creo que se había vaciado medio frasco de su perfume favorito con alta concentración de canela.

Al llegar a la mesa me miró muy serio y puntualizó con cierto rigor y el dedo índice sobre los labios, yo llevaba muy mal puesto el uniforme del colegio así que después de disfrutar de los alimentos que Anya dispuso sobre la mesa, mi hermano acomodó en su debido lugar todas las piezas del uniforme que exigían usar en esa estricta escuela privada.

La camisa bien abotonada hasta el cuello, el chaleco ajustado al cuerpo, la corbata firme, el cinturón negro ajustando el pantalón negro a la cintura y debía llevar cerrados los botones del saco gris perla.

Me sentía asfixiado, ridículo, molesto, llegué a sentir comezón en todo el cuerpo; pero la sonrisa boba de mi hermano y la mirada de satisfacción de “la hermosa” me convencieron que debía llevar puesto ese traje de mono por el resto de los dos años que me faltaban para terminar mis estudios.

El sol relucía en exceso para mis nocturnos gustos, estaba seguro que los vampiros se sentían como yo esa mañana, a punto de incinerarse bajo sus trajes oscuros, antiguos y raros con los que siempre los han retratado.

En el auto Víctor comenzó a hablarme de las bondades del colegio que había escogido. De cómo ofrecen una educación de mucha calidad, el énfasis que le dan al estudio de las matemáticas, la importancia de sus talleres de arte, la estricta disciplina deportiva, la enseñanza intensiva del inglés y francés, la modernidad de su infraestructura y sus laboratorios.

Yo contemplé por la ventana del auto las gaviotas que volaban cerca de la costa y deseé con toda mi alma unirme a su bandada e ir a cualquier lugar menos al colegio. Por un instante me perdí contemplando sus alas abiertas planeando en el aire, en Moscú solo contemplaba las palomas y de vez en cuando algún águila o halcón extraviado en la inmensidad de la ciudad.

Y mientras Víctor intentaba convencerme con sus argumentos para que yo pusiera otra cara antes de entrar con él al colegio, yo me dejaba llevar por mis sueños e imaginaba dibujar esa hermosa vista del río Neva buscando el mar y las gaviotas lanzándose a las orillas con magistral precisión.

Llegamos a la escuela temprano, las inmensas rejas negras de la entrada nos dieron la bienvenida con sus alas abiertas de par en par y durante dos minutos más Víctor condujo el auto hasta encontrar un estacionamiento adecuado para su antiguo Pontiac. Antes de bajar de él, me envolvió de nuevo con su mirada protectora y sentimental. Nunca olvidaré lo que me dijo.

—No te preocupes todo irá bien y si no es así, yo estaré junto a ti.

Tampoco olvidaré lo que le respondí.

—Maldición voy a cerrar mis ojos y confiar en ti Víctor.

Su sonrisa tranquilizó mi alocado corazón que revelaba mi temor inicial por esa nueva experiencia y en ese momento el bobo que vive dentro de mi pecho empezó a latir en otro ritmo, un ritmo lleno de sentimientos dulces y amargos que me provocaba la cercanía de mi hermano y que se intensificó cuando me tomó la mano y me dio uno de sus intensos abrazos intempestivos.

Caminamos juntos por un amplio pasillo en el pabellón más antiguo de la escuela, era una construcción neoclásica, sin mucho adorno externo, pero que hasta hoy conserva una especial belleza por la naturaleza sencilla de sus trazos en el diseño.

Seis columnas de fuste acanalado que remataban en un festón y contenían como único decorado flores de lis en toda su longitud le daban un carácter sobrio a toda la construcción. Sobre el techo se distinguía la figura del apóstol que prestaba su nombre al colegio junto al león alado que lo representa. Los pasillos brillantes hablaban por sí solos de la pulcritud que las autoridades del colegio exigían en todos sus ambientes, pero también escondían con su brillo y aroma la gran hipocresía de sus autoridades, del consejo estudiantil y sobre todo del consejo de padres de familia.

Llegamos al ascensor de rejas abiertas y subimos hasta el tercer y último nivel de la soberbia construcción. Desde la ventana del fondo que remataba en un balcón semicircular con barda de piedras que reposaba sobre pequeñas columnillas cilíndricas se podía apreciar el resto del colegio. Un espacioso lugar con edificios modernos donde se distribuían las aulas y los talleres, además de sus campos deportivos y al fondo el coliseo donde se disputaban los partidos de básquet, vóley y servía para las reuniones informales de estudiantes y junto a él una segunda construcción abovedada donde se encontraba la pista de hielo, un lugar que sin querer para mí se convertiría en mi refugio durante los siguientes meses y donde pude vivir los momentos más intensos y más desagradables de mi época de estudiante.

Al llegar a las oficinas de la dirección del San Marcos una vieja y delgada secretaria nos atendió con el rostro ceñudo y la mirada de suficiencia que solo desató mi imaginación llegando a pensar que sería una amargada divorciada que acababa sus días en un trabajo que no le gustaba realizar. Estaba lejos de saber quién era en verdad, luego me enteraría que era una mujer que quedó viuda y cuyo marido le dejó como gran herencia una lista interminable de deudas que tuvo que pagar con el remate de su único bien, su pequeño departamento en una zona de edificios populares de los años setenta.

«Los alumnos no tenemos la culpa de su mala suerte», pensé ese momento y todos los momentos que tuve que sufrir la mirada de hastío y el gesto de desprecio con el que atendía a todos, sean alumnos, profesores y hasta padres.

Esperamos unos cinco minutos hasta que fuimos anunciados y la directora nos recibió en su elegante oficina enchapada en roble y donde cada pieza parecía estar puesta para resaltar a las demás. Mi hermano le dio la mano y ella lo recibió con un beso en la mejilla, le dijo que el protocolo no debía ser tan estricto entre los dos dado que ella fue su maestra de los dos últimos años de primaria.

—Estoy tan feliz que hayas tomado la decisión de inscribir a tu hermano en la escuela. Como sabes estamos a punto de hacer la ceremonia para este inicio de año escolar y espero que Yuri pueda unirse a sus compañeros de sección a tiempo. —La mujer se sentó en el gigantesco y brillante asiento de madera y cuero que tenía tras su escritorio, tras de ella resaltaba un amplio gabinete de madera que se encontraba lleno de estatuillas de personajes históricos.

—No podía confiar en nadie más la educación de mi único hermano, sé de los logros académicos tan importantes que sus alumnos han conseguido y quiero que Yuri estudie con ese nivel de exigencia, él es muy brillante y sé que dará lo mejor de sí para lograr buenos resultados en sus estudios señora Kormarova. —Ay carajo, mi hermano alardeaba y yo me sentía morir, quería decirle que deje de ser tan ridículo; tuve que morder mi mejilla por dentro hasta casi ulcerarla para no decir un basta seguido de una maldición.

—¿Sigues en el mundo del modelaje Víctor? —La mujer parecía no tener mucho aprecio por esa actividad.

Era obvio que así fuera porque los logros académicos de otros estudiantes los llevaron a ser investigadores en universidades, médicos renombrados, abogados audaces, arquitectos innovadores y deportistas triunfadores, incluso tenían artistas muy destacados entre sus egresados y supuse que para la directora un joven que se había dedicado al modelaje, por más fama y fortuna acumulada a lo largo de su carrera no resultaba ser tan espléndido como un académico universitario o un viceministro.

—Es mi pasión señora Kormarova, amo ese mundo de fantasía, colores, poses, artificios, mentiras y diazepam por las mañanas con todo mi corazón, tanto que el poco tiempo que me queda para disfrutar de sus bondades sigo haciendo mi trabajo frente a las cámaras o en las pasarelas del planeta. —¡Touché! Víctor no se dejaría vencer con tanta facilidad por una pregunta cargada de mala intención, yo sonreí.

—Pero como sé que te graduaste de una buena escuela de negocios en Londres, supongo que ahora también te dedicarás a la empresa que con tanto esfuerzo construyó tu padre, además no está alejada de tu actividad dentro del mundo de la moda. —La directora solía estudiar el historial de los padres de familia que aspiraban a que sus hijos sean formados en la San Marcos.

—Ese es otro de mis objetivos, pero tendré que ver si vale la pena tomar las riendas de ese caballo o dejar que algún experto administre Nefrit. —Víctor tenía mucha razón, él podría haber estudiado en la London Bussines School de Reino Unido; pero como no tenía mucha experiencia al frente de una empresa no podía arriesgarse a dirigir la compañía de papá.  

Aquel entonces Víctor todavía no había desarrollado la carrera que tanto su madre como nuestro padre le exigieron estudiar para cuando tuviera que retirarse del modelaje y asumir la conducción de las empresas que heredaría de cada uno de ellos.

Luego de hablar unos minutos más a cerca del reglamento y las materias que tenía que reforzar de acuerdo a la evaluación que me tomaron días atrás, la directora de la Escuela San Marcos me dio la oficial bienvenida y llamó al auxiliar de disciplina para que me condujera al teatro donde estaba a punto de iniciar la ceremonia de inauguración del año escolar.

Víctor también fue invitado a quedarse para celebrar el día de la educación; pero con mucha cortesía no aceptó el ofrecimiento y deseándome suerte se despidió con un apretón de manos y una pequeña palmada en mi hombro.

El auxiliar, un tipo alto y muy bien parecido de ojos azules y cabello negro, muy elegante y cortés; me acompañó hasta el lugar que ocupaban los que serían mis compañeros y con los que estaría encerrado durante horas interminables. Ellos me miraron con indiferencia y yo me ubiqué en el rincón más alejado donde no tuviera que escuchar las conversaciones banales y sin sentido de esos chicos y chicas adinerados y vacíos, sí vacíos como los pasillos de los pabellones de la escuela, carentes de color y ardor en sus vidas plásticas.

Por un instante me puse a pensar que si Víctor había llegado a estudiar en esa escuela fue por la decisión de su madre, una modelo como él y que tenía el mismo concepto de la vida que manejaban la mayoría de chicas de la San Marcos, ellas debían ser bellas, vestir ropa exclusiva, desarrollar amistad solo con las personas de su clase social y ser damas muy distinguidas. Si era posible debían desarrollar sus aptitudes académicas, aunque no deberían mostrarlo demasiado de lo contrario los hombres huirían de ellas y se quedarían solteras toda su vida.

Y los chicos debíamos ser inteligentes, razonables, exitosos, competitivos, calculadores, ganadores, varoniles y teníamos que manejar la situación todo el tiempo, solo así lograríamos nuestros objetivos y conseguiríamos la mujer adecuada un día, aquella que era digna de ser nuestra esposa y sobre todo la madre de los hijos que deberíamos tener y que seguramente educaríamos en las aulas de la exclusiva Escuela San Marcos Apóstol.

Basura, ese discurso era pura basura que se la creían todos esos cretinos con los que me topé en la escuela desde el primer día y que se empeñaron en joderme la vida más de lo que ya estaba jodida por mis propios miedos y mis propios deseos.

Los que se creían muy machos siempre tendrían comentarios agrios y burlones sobre mi apariencia, en especial aquellos estúpidos que se sentían amenazados pensando que podría quitarles a sus noviecitas de cartón.

No faltaba el idiota que trataba de tener algún avance conmigo y entre bromas pesadas intentaba propasarse o intimidarme, para luego reírse como hiena y decir que le disculpara la broma, no tenía idea que yo me daba perfecta cuenta que era un gay frustrado que no sabía cómo hacer para tocarme.

Gente patética a los que jamás volví a ver después de salir de esas aulas y a los que jamás extrañé ni consideré como parte importante de mi vida. Extrañaba a mis compañeros de la escuela de Moscú, podrían haber sido idiotas, pero no eran presumidos y muchos de ellos tenían la inteligencia y la empatía más desarrollada que esa bola de mamones de la San Marcos.

El primer día de clases decidí que solo me limitaría a observarlos a todos, me senté en la carpeta al final de la fila, esa que estaba contra la pared porque las que se ubicaban junto a las ventanas estaban ocupadas por las tres chicas “más lindas” del salón.

El primer choque se presentó cuando el director académico me hizo poner en pie y me pidió que me presente a mis compañeros.

—Chicos y chicas desde hoy tienen un nuevo compañero que ha llegado de Moscú. —Voltearon a verme como si fuera la atracción del circo, algunos con curiosidad y otros me miraron de pies a cabeza con un gesto de burla—. Ponte en pie por favor y preséntate a tus compañeros.

—Mi nombre es Yuri Nikiforov, tengo dieciséis, nací en Moscú y me gustan los juegos en red donde puedo matar a mucha gente. —Hasta ese momento tomé las cosas con calma.

—Bien chicos ya conocerán más a Yuri, ahora vamos a tomar una pequeña prueba de entrada para ver cómo están vuestras aptitudes. —El director académico entregó los exámenes a dos compañeros que los repartieron de inmediato y ante las voces de protesta comentó—: Ya saben que esto lo hacemos todos los años para ver qué cursos vamos a reforzar.

Comenzamos el examen y me concentré primero en las preguntas más fáciles, para luego pasar a resolver los problemas de matemáticas y física. De pronto una de las chicas top del salón que se sentaba delante de mi volteó y comenzó a pedirme las respuestas.

—Dime qué marco en la primera.

No le hice caso y seguí desarrollando los problemas, pero ella insistió un par de veces más.

—Oye dime cuál es la respuesta de la seis.

—Cállate carajo y déjame en paz —le dije a media voz, pero aun así el profesor Fedorov me escuchó.

—Nikiforov no se habla en los exámenes y mucho menos palabras tan vulgares.

Todos voltearon a verme y se rieron de mí, yo me mordí los labios pues tenía tantas ganas de explicar la razón de mi problema, pero como no era ningún soplón durante los siguientes cuarenta minutos tuve que doblar mis esfuerzos por desarrollar bien la prueba e ignorar a la tonta que se sentaba adelante.

En el cambio de hora y entregados los exámenes, la dama en cuestión se puso en pie y fue a conversar con las otras tres estrellas del salón. Luego las tres se aproximaron a mi pupitre y se pusieron en plan intimidante, los demás callaron.

—Oye Yuri no sabes cómo funcionan las cosas en este salón, cuando los compañeros necesitan de apoyo todos les damos una mano. —Virna Belova se acercó con su metro sesenta y su coleta rubia ajustada, mostrando su gesto de molestia.

—Cuando una rubia tonta me interrumpe en pleno examen por lo general le doy un buen golpe en la nariz, así que agradece que esta vez me contuve. —No iba a permitir que me impusieran sus ridículas costumbres.

—Qué grosero, ¿acaso fuiste un pandillero en Moscú? —dijo otra de “las divas”.

—Mi madre revisó su historia de postulante y dice que es un hijo ilegítimo —mencionó la tercera reina del salón.

Ese comentario me dolió demasiado, fue un golpe bajo y lo único que pude hacer para defender la memoria de mi madre es devolver con otro golpe.

—Eso te lo dijo antes o después que te hicieran esa horrible cirugía nasal, tu cirujano sí que es un estafador. —La forma de sus labios no correspondía para nada con la punta elevada de su nariz.

—Imbécil —gritó y salió del aula hacia el baño.

Yo sonreí y ese fue el momento en el que ingresó la profesora de inglés que al ver a la diva correr molesta juntó el entrecejo y me miró con mala cara.

Las divas se hacían llamar de esa forma porque además de pertenecer al grupo de porristas del colegio, eran las hijas de tres prominentes oligarcas que manejaban negocios ligados al turismo, la industria del acero y aeronaves pequeñas de alquiler.

Decían ser mujeres fatales, mujeres sensuales, mujeres libres y comprometidas con las grandes causas de la humanidad, “mujeres de verdad” era su frase favorita. Solo eras chicas jugando a ser bellas, deformando con maquillaje y hasta con cirugías los dones que la naturaleza y la genética había diseñado para ellas.

Sus grandes causas se limitaban a juntar una vez al año fondos para hacer caridad en los orfanatos y asilos de ancianos y la libertad que poseían era aquella que las tarjetas doradas de papá o mamá les permitían tener.

Mujeres de verdad era mucho decir sobre ellas.

¿Quién podría ser para mí una “mujer de verdad”? Esa era Anya. Bella por donde se la mire, sensual en extremo, fuerte, segura de sí misma, amorosa, femenina, inteligente, comprometida con la protección del planeta, una causa perdida que ella abrazaba con ardor y por la que vivía y trabajaba con el esfuerzo y el ahínco de un fornido jornalero. Esa sí era una mujer de verdad, no esas muñecas que a sus dieciséis aspiraban a tener sus primeras siliconas insertas en el cuerpo como regalo de cumpleaños.

Era lógico que me alejara de gente así pues no tenía nada en común con ellos. Extrañaba a Minami y todas las bromas que nos gastábamos entre los dos y a mis amigos de barrio en Moscú. Ellos no tenían tantas poses, ni preguntas, ni casilleros donde categorizar a las personas.

Ellos y yo éramos almas libres que tomaban sus patinetas y recorrían lugares inexplorados de la ciudad, en busca de esos edificios y parques vacíos donde podíamos correr y saltar como si fuéramos verdaderos tigres cazadores, tigres que en determinado momento nos convertíamos en halcones que amábamos volar entre los balcones y cercos, entre graderías y puentes, por las calles y los parques, reyes del asfalto y de los retos imposibles, logrando a pulso la cima de algún edificio o rompiéndonos los huesos en el intento.

Durante esa semana tuve que sufrir a todos esos chicos molestos y chicas huecas que parecían no entender la importancia del silencio, la belleza de la paz y que revoloteaban como mariposas entre las carpetas hablando de sus últimas adquisiciones como si se trataran de logros importantes.

No podía creer que mi hermano, tan hermoso y dedicado, tan espontáneo y cariñoso hubiera estudiado con gente así, claro que él terminó sus estudios en una escuela privada francesa; pero recordando que fue su mamá quien la eligió, imaginé que también sería la misma porquería.

Al final del día cuando el coordinador académico me pidió que elija una actividad extra al currículo y me mostró las posibilidades entre deportes y artes, no tuve que buscar porque de antemano sabía que la pista de hielo y el uniforme de rudo jugador de hockey esperaban por mí.

El coordinador me miró casi incrédulo y luego de confirmarle que sí estaba seguro de mi decisión me llevó al edificio donde brillaba esplendorosa la pista helada, me presentó con el entrenador del equipo el ex jugador de la selección rusa Georgi Popovich. El hombre también me miró de pies a cabeza y con cruel honestidad me dijo.

—¿Estás seguro que fuiste atacante central en tu anterior escuela?

—Sí señor.

—Bueno vamos a tenerte entre las reservas del equipo, por ahora ve a los vestidores y dile al capitán del equipo que te proporcione un uniforme completo. —Noté que disimuló su sonrisa cuando terminó su pésimo comentario—. Espero que haya uno de tu talla.

Lo miré con odio y tras darle la espalda caminé enfadado hacia los vestidores siguiendo las indicaciones y cuando pregunté por el capitán del equipo me encontré con el más insufrible de todos esos monos de mi escuela.

Alto como un buen eslavo, la piel de amapola y avellanos, cabello castaño claro muy corto, de perfil recto y finos labios como un soldado del antiguo Ejército Rojo, sus anchas espaldas asemejaban un acorazado, la musculatura de su cuerpo me decía que era un atleta consumado y su mirada similar a la de un lobo estepario parecía despreciar a todo aquel que se acercara a él;  era mi mayor en un año y dos meses, pero aparentaba tener más edad y desde que lo vi lo empecé a odiar porque su rostro inexpresivo y su actitud distante me hicieron sentir que me ignoraba desde el primer momento que me miró.

Lo tendría que ver todos los días luego de clases, era el atacante central y la estrella de toda la secundaria. Yo solo quería estar lejos de él y observarlo desde la distancia, la mayor distancia posible porque nuestro primer contacto fue desastroso.

Recuerdo que entré a los vestidores con paso firme y pregunté por él con toda la potencia de mi voz, él volteó a verme y además de sus ojos tuve sobre mí doce incrédulas miradas.  Me planté firme delante de él y le dije que me diera un uniforme, el tipo me miró sorprendido y con actitud soberbia preguntó.

—¿Qué haces aquí? El camerino de las porristas está al otro lado de la escuela. —Todos los demás jugadores rieron a carcajadas tras el comentario.

—Busco al capitán de este equipo… no a un bastardo lleno de esteroides.

Aunque el tipo estaba muy cerca de mí, no puedo decir si me entendió bien en ese instante o si mi respuesta lo dejó algo desubicado, pero sí recuerdo que comenzó a mirarme con furia intentando intimidarme. Yo no bajé la mirada ni un solo instante.

Me habría gustado estamparle un buen puñete en el estómago si no fuera porque el entrenador nos llamó en ese instante.

—Zhúkov, Nikiforov ¿tengo que pasarles una invitación para el entrenamiento?

Vladimir Zhúkov, el mejor alumno de la escuela, el hijo de un gran capitán de Samara que servía en la armada rusa, el nieto de un héroe de guerra, el heredero de un gran linaje militar, mi compañero de escuela, el capitán del equipo de hockey y mi peor pesadilla.

Todos lo conocían con el sobrenombre de “el verdugo”, yo comencé a llamarlo desde ese momento “la máquina” pues tenía el andar de un ciborg y la fuerza de un titán.

Tras darle una orden a uno de los muchachos del equipo para que me dé el uniforme y me asignen un casillero, Zhúkov salió a la pista empujándome contra el muro de vidrio grueso que separaba los vestidores de las duchas, yo chasqueé los dientes y el resto de jugadores también me empujaron.

Cuando me quedé solo metí mis cosas en el casillero, me cambié con el uniforme gris con venas azules y coloqué todos los implementos de protección sobre mi cuerpo, estaba algo grande para mí, pero eso no me impidió entrar en la pista de hielo y mostrar desde el primer momento que la pisé con mis cuchillas lo que en verdad era velocidad entre arco y arco.

El entrenador Popovich levantó las cejas y me dijo con su grave voz de mando.

—¡Nikiforov entras en el último tiempo!

Zhúkov y sus monos me miraron con desprecio.

Yo sonreí y con el stick detrás de mis hombros salí de la pista y me senté en la banca para contemplar los movimientos de los jugadores y ver quién era quién en esa manada.

La velocidad con la que ingresaban los tiros de Zhúkov era impresionante como también lo eran sus movimientos. En el hielo “la máquina” se transformaba y de inmediato sus movimientos se convertían en los de un guerrero, con el stick como espada y los protectores como armadura.

En el último cuarto de hora del entrenamiento el coach decidió probar mis habilidades y llamó al capitán para que descanse.

—Quiero ver qué haces en el hielo niñita. —Zhúkov me detuvo en la entrada de la pista, sonrió de costado y se quedó de pie apoyado en la barda.

Ingresé y decidí no mostrar todo mi potencial, solo hice los cuatro últimos tiros, uno de ingreso lleno, otro con una corrida completa, el tercero desde medio campo y el último engañando a los defensas.

Al terminar el entrenamiento Popovich miró su libreta y me llamó para que me acerque al resto del equipo. Lo hice con mucha cautela.

—Nikiforov desde mañana entras en lugar de Zaveliev y tú bajas como defensa. —Miró a uno de los chicos del equipo y con seguridad le ordenó—. Kiselev es mejor que te sometas a la cirugía de inmediato así no te perderás la segunda temporada del campeonato.

Zaveliev era quien le hacía los pases a Zhúkov y yo lo reemplazaría desde ese momento. No pensé que esa sería la experiencia más dura de mi vida y que me había comprado sin querer varios enemigos.

Cuando regresé a casa esa tarde, estaba tan molesto que no saludé a mi gato como siempre lo hacía, él decidió no complicarse conmigo y despareció rumbo a la cocina. Tomé un buen baño y después de comer algunos snacks que encontré en la alacena recordé el peor momento de ese jodido día.

“Mi madre me dijo que es un hijo ilegítimo”.

Ninguno de los golpes que recibí durante el entrenamiento en la pista de hielo dolieron tanto como las palabras de esa tonta. Busqué en el internet el concepto de la ilegitimidad y encontré que personajes como Leonardo Da Vinci, Alejandro Dumas y María Tudor fueron hijos ilegítimos.

Diez minutos después el legítimo heredero ingresaba al departamento acompañado de la dueña de su corazón. Se sorprendió al encontrarme en una habitación oscura y sin el sonido de mis habituales bandas de rock.

—¿Qué haces aquí? —me dijo a media voz.

—Víctor esa escuela es una mierda. —No pude disimular mi molestia.

—Lo sé, pero es la mejor de San Petersburgo —afirmó y tras de él apareció “la hermosa” mostrando una enorme caja de pizza.

Me olvidé de las molestias el momento que sentí que mi estómago reaccionaba al olor de la especial de salchichas y peperoni. Así que corrí tras de ella y nos sentamos en la mesa compartiendo nuestras anécdotas.

La clara risa de mi hermano, la mirada cariñosa de Anya, los maullidos de Potya, la enorme pizza y el sabor del vino me hicieron olvidar todos los malos momentos del día.

Eso era amor, amor entre dos novios felices, amor entre dos hermanos, amor de una bella novia por el hermano menor de su amado. Era un amor puro que curó las heridas de las batallas que tuve que pelear en la escuela.

Si tan solo el amor se hubiera conservado con esa forma fraternal.

Pero Eros no quiso mantenerse quieto en su nube y se propuso punzar con sus flechas nuestros corazones y provocar el ardor del deseo en nuestros cuerpos.

¡Maldito angelito infernal!

Estoy seguro que se divertía viendo nuestro dilema incestuoso y que ningún dios estaba dispuesto a detener su maldad.

Notas de Autor:

Vamos avanzando en la historia, tal vez no al ritmo que yo quisiera; pero supongo que pronto nos encontraremos en el lugar donde nos quedamos antes.

Gracias por vuestro apoyo y por seguir visitando la página de la Alianza de Fickers.

Nos seguimos leyendo.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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