Retorno a Atlantis 5


La venda en los ojos

Había esperado que Yuri se quedara dormido para revisar con temor la información que desde hacía dos horas necesitaba saber con las ansias de un mendigo hambriento.

No se atrevió a preguntar al joven cómo es que había hecho para colocar el pabellón de la oreja en su lugar y dejarlo intacto como estaba antes de la pelea y solo se limitó a decirle un austero “gracias” que Yuri recibió con un simple movimiento de cejas.

Los archivos de la nave se actualizaban en forma sincronizada con los de la Tierra y eso permitía que cualquier viajero del espacio gozara de información fresca. Jean no buscó las novedades del día como solía hacer por las noches antes de dormir, él ingresó a un acápite especial en el archivo histórico del planeta: “religiones”.

Como parte de la cultura, los jóvenes adolescentes habían aprendido en el curso de historia de la Cuarta Civilización las características que regían una sociedad en la que el culto a diferentes deidades era parte de la vida cotidiana de los ciudadanos y también sabían que hasta la mitad del anterior milenio las creencias en dioses, ángeles, profetas y seres iluminados a los que llamaban santos todavía se practicaba en algunos lugares alejados de las megaciudades del planeta.

El culto por los dioses decayó y dejó de ser parte de la vida de los hombres cuando la ciencia demostró que la vida surgió por sí misma sin la intervención de una inteligencia creadora y cuando la espiritualidad se redujo a un paradigma que explicaba el destino que tenía la conciencia luego de la muerte física.

Con ese pensamiento lógico y la curiosidad que cualquier hombre o mujer de planeta mostrarían ante la experiencia de los llamados “milagros”, que para Jean y para todos los ocupantes de la nave debían tener una explicación sujeta a mediciones y experimentación, se detuvo ante los miles de libros escritos sobre diferentes épocas y culturas donde los hechos milagrosos se produjeron, ya fuera por la acción de un maestro iluminado o una persona que “entró en gracias de dios”.

Jean se interesó en los milagros más importantes atribuidos a los dioses de la antigüedad. Dioses que podían revivir después de muertos, curaciones mágicas, apertura de ríos, lluvia de flores, cadáveres incorruptibles, creación de tempestades, alimento caído del cielo y otros hechos increíbles como inexplicables aparecían en los documentos de diferentes iglesias y cultos religiosos del pasado.

De todos ellos uno llamó la atención del capitán, un milagro que hablaba sobre la curación de un hombre y no era cualquier tipo de curación como las que leyó a grosso modo en los documentos consultados. El milagro hablaba de un hombre que marcó por algo más de dos mil años la vida y los hechos de millones de personas en el mundo, un profeta al que todos conocían como “El hijo de dios” y a quien le atribuían grandes milagros.

Uno de ellos sucedió el día que lo capturaron para ser juzgado como enemigo del emperador romano. Uno de sus discípulos intentó defenderlo y cortó de un solo tajo la oreja del sirviente de uno de sus captores. El profeta tomó la oreja y la restituyó de inmediato e incluso se apuntaba en los documentos que amonestó a su discípulo por este acto.

Jean observó el rostro de Yuri, sus largos cabellos rubios y la ligera barba crecida durante los días que había estado viviendo en la nave Amstrong y miró algunos de los cuadros y dibujos que los artistas habían hecho sobre el profeta de tan interesantes milagros. Miró a Yuri una vez más y negó con la cabeza sonriendo.

«No puede ser», se dijo y siguió leyendo la interesante vida de un hebreo que marcó la historia de la cuarta humanidad y por quien se hicieron grandes templos que se conservaban aún en las ciudades antiguas que quedaron en pie tras la gran catástrofe climática que empezó mil años atrás.

Por más que buscó en los documentos oficiales no encontró datos sobre la vida del profeta antes de su aparición pública y su auto declaración como hijo del único dios en el que creía el pueblo hebreo en aquel tiempo. Su vida llena de misterio, sus semejanzas con la vida de otros dioses más antiguos y su posterior muerte trágica, además del significado que se le atribuyó, hicieron de Joshuá Ben Joseph un hombre extraordinario.

Pero lo poco que encontró a cerca de su personalidad y su vida cotidiana lo ponía en un extremo casi opuesto a lo que hasta ese momento había observado en el joven Yuri Plisetsky. Joshuá era un hombre que podría haberse considerado estoico en la Grecia antigua y Yuri era… Yuri era un muchacho malhumorado, de pésimos modales y excesivo lenguaje vulgar. Uno parecía un hombre refinado dentro de las limitaciones de pobreza en las que vivió y el otro parecía un delincuente.

Si sus datos del pasado y su pin de identificación no dijeran que Yuri era uno de los mejores alumnos que egresó con una de las notas más altas de la escuela de pilotos civiles de aeronaves espaciales y que había sido criado por el reconocido almirante Nikolai Plisetsky, todos, incluyendo Jean Jacques hubieran pensado que era un polizonte que se coló en el Atlantis.


Jean soñaba con sus medallas, esas que había dejado en el piso que sus padres ocupaban en la Fortaleza Indiana de la ciudad de Nakota en la Tierra. Una pieza de sesenta metros que era muy cómoda y segura y que permitía que su madre Nathalie, su padre Alan y su hermano mayor André, pudieran gozar de un espacio algo más holgado que las pequeñas cabinas donde vivía la mayoría de los habitantes del planeta.

Recordaba el momento que se despidió de ellos con un gran abrazo y el elevador lo llevó a la superficie de la Tierra donde lo esperaba una nave que lo transportó hasta Helios, un transporte regular que la armada disponía en la Tierra para recoger a los oficiales que viajarían en misión.

Observaba las medallas y miraba su brillo. Una de ellas le atrajo mucho la atención, era una que jamás había visto en el pasado y al ver en detalle la inscripción para recordar en mérito a qué la había recibido, lo único que leyó fue la palabra “destino” grabada en toda la extensión del borde externo.

Jean se estremeció sin saber por qué y sintió que el piso y el mundo se movía bajo sus pies, miró la pequeña sala con los trofeos de su padre y sintió que alguien le llamaba de lejos. Con cierta modorra abrió los ojos y éstos se fijaron en los objetos que estaban repartidos sobre la mesa de su escritorio personal.

—Oye, despierta. —Era Yuri quien lo movía con cierta fuerza y le hablaba al oído—. Mejor sube a tu litera, te estás torciendo el cuello y estás babeando sobre tu desktop.

Jean abrió y cerró los párpados varias veces hasta acostumbrarse a la voz de Yuri, la luz de la lámpara y el frío de su cuerpo. Yuri tenía mucha razón, se estaba torciendo el cuello y para enderezarlo tuvo que mover la cabeza de lado a lado y de adelante hacia atrás estirando bien los músculos hasta sentir que sus vértebras y hasta sus ligamentos tronaban con fuerza.

Vencido por el frío el capitán decidió meterse a su litera y contempló, por la pantalla que brillaba sobre su cabeza, la posición de las estrellas. Brillaban como el fuego de una hoguera y él desde niño había amado tanto ese espectáculo, que decidió ser piloto de la fuerza aeroespacial del planeta cuando apenas tenía unos seis o siete años. Y fue un sueño que con mucho esfuerzo consiguió.

Yuri se levantó para ir al baño y después de ocuparlo, se lavó las manos y refrescó su rostro porque sentía mucho calor. Se quedó contemplando su cara en el espejo, su larguísima melena que caía por debajo de los hombros, sus cansados ojos verdes que aún no se acostumbraban a la luz y su reciente barba que con suavidad poblaba su barbilla.

Tomó algo de agua y salió a la habitación para descansar lo que quedaba de la larga noche. Jamás pensó que esa noche su corazón le obligaría a hacer algo que debía mantener en secreto pues además del desgaste físico que suponía utilizar tanta energía mental y fuerza espiritual podía llamar demasiado la atención del régimen que gobernaba el Sistema Solar.

Mientras caminaba hacia la litera pensó que nunca había visto tanta osadía y estupidez juntas, cómo es que ese tonto capitán se atrevió a enfrentar una flexible katana con una pesada espada.

Cuatro pasos más y se encontró frente a la litera y no pudo evitar la atenta mirada acerada con la que Jean lo seguía desde que salió de la toilette.

—Ya no tienes sueño. —Vio que Jean negó—. Tampoco yo. ¿Quieres fumar o jugar algo?

—No fumo, gracias. —Jean acomodó el cobertor intentando calentar el brazo sobre el que se quedó dormido y que aún seguía un poco entumecido—. ¿Podrías decirme qué hiciste para curarme el oído?

—Casi nada, solo lo pensé con todas mis fuerzas. —Yuri intentó evadir el tema haciéndose el tonto.

—Pero es algo extraordinario, que nadie hace por más que lo piense y ponga toda la intención en ello. —El capitán se atrevió a decirle algo más con cierto temor a la reacción del explosivo muchacho—. La humanidad pasada conocía ese fenómeno como “milagros”.

Yuri se tomó la cabeza con las manos y dando la espalda al capitán caminó los pocos pasos que podía dar en el reducido espacio de la habitación. Buscaba las palabras adecuadas para explicar el fenómeno que habían visto horas atrás y sintió que si Jean había sido el protagonista de este episodio merecía conocer la verdad de los hechos.

Pero si fuera fácil explicarlo, Yuri no habría permanecido callado durante varios minutos intentando ordenar el abanico de ideas que tenía en la mente. Hasta que decidió arrancar su explicación por cualquier lugar e ir jalando de la madeja hasta que esta se detuviera.

Dio la vuelta y sin dejar de ver el rostro del confundido militar, Yuri se acercó al borde de la cama una vez más, elevó los ojos y comenzó a argumentar.

—Los milagros no existen y en nuestra era todo lo que sucede debe estar regido por alguna ley del universo que tal vez no ha sido estudiada a profundidad, está en desarrollo o algún será descubierta por el hombre. —La agresiva mirada del joven había desaparecido y en su lugar emanaba un repentino brillo de paz por sus ojos—. Lo que tú llamas con temor “milagros” son fuerzas que atraviesan el universo entero y como somos parte de éste, también podemos manifestar esas fuerzas.

—¿Qué fuerzas? —Jean sentía que estaba a punto de descubrir un mundo opuesto al que estaba acostumbrado vivir y estudiar.

—La voluntad, la fe y el amor. —Yuri había cambiado el tono de su grave voz varonil por uno más agudo y suave. Si parecía no ser él quien estaba hablando—. Unidos a la transmutación permiten que se haga realidad el fenómeno. 

—Me estás hablando de virtudes Yuri Plisetsky. —Jean pensó que el joven se estaba burlando de él.

—Te estoy hablando de realidades, aquellas que cualquier ser humano posee en su interior y que no se manifiestan porque su consciencia está apagada, está encarnada en la materia y no quiere salir de ella por temor. Pero cuando la consciencia se ilumina, entonces esas fuerzas pueden ser movidas en el interior de cada persona y pueden ser convocadas en el universo para transformar la realidad.

—Lo que dices es retórica. Un discurso bello que no me lleva a nada concreto.

—Los hombres que hacen “milagros” siempre existieron y la humanidad siempre los vio con incredulidad, temor y envidia. Por eso los alejaron de sus vidas y por ese mismo motivo ellos jamás intentaron explorar en su interior.

»La humanidad siempre miró hacia afuera para buscar explicación de los hechos y no digo que la ciencia y su desarrollo estén mal. El problema es que nunca le dieron el mismo tiempo y la misma importancia para buscar dentro de ellos mismos.

»Y ahora que vivimos en una realidad gobernada por la ciencia y la tecnología, el hombre ha perdido la emoción de asombrarse con lo que tiene alrededor y consigo mismo. Todo merece una explicación, todo debe ser medido y estudiado, todo debe estar sustentado en un trabajo refrendado por las comisiones de conocimientos del sistema, todo debe limitarse a un simple tubo de ensayo.

»No existe la magia y hasta los sueños y fantasías han sido arrebatadas de las mentes de los hombres desde que son niños muy tiernos. Y el hombre camina ciego y triste por el mundo, sin ilusión, sin alegría y sin amor.

—Pero el mundo ha cambiado, es más pacífico, democrático, representativo. —Jean defendía los hechos y los principios de una sociedad inclusiva, pero restrictiva—. Nadie muere de hambre, no existe la ignorancia, todos gozamos de buena salud, no existe discriminación y todos provenimos de hogares que viven en paz y unión.

—A cambio de eso todos pagan un impuesto injusto. —La profunda mirada del joven había capturado por completo la atención del capitán—. Los hombres y las mujeres hemos dejado de soñar, de pensar en que somos algo especial y que habrá un mundo mejor cuando dejemos nuestros huesos en el crematorio.

—¿Entonces crees que es un dios el que hizo el universo? —A Jean le parecía una idea arcaica.

—No. Lo que creo es que todos los seres humanos tenemos la capacidad de ser divinos, pero solo unos pocos quieren gozar de ese privilegio y por eso controlan a los demás como en épocas milenarias. —Yuri exhaló con fuerza el aire y su aliento llegó hasta Jean, frío y con suave aroma a miel—. ¡Denles alimento y entretenimiento, así estarán contentos y nunca cuestionarán nuestros métodos!

—¿Y tú estás cuestionando a los arquitectos de nuestra sociedad? —Jean, como todo ciudadano del sistema estaba convencido de vivir en una época perfecta, sin guerras, sin violencia y sin diferencias—. ¿Vivíamos mejor antes que ahora?

—Cuando un hombre o una mujer se da cuenta de su realidad divina, no deja que le pongan más mordazas en la boca ni vendas en los ojos. —Yuri sonrió con los ojos entristecidos—. Solo cuestiono las reales intensiones de la élite que vive en Venus; pero si tú estás contento con esa vida llena de parámetros e imposiciones que se hacen en nombre del conocimiento y la ciencia, no soy yo quien para sacarte de tu error.

Yuri cerró los ojos y los movió a gran velocidad por debajo de sus párpados. Cuando volvió a abrirlos miró de nuevo con aire despectivo al capitán y en forma pesada se echó en la cama.

—¿Puedo hacerte una pregunta más? —Jean sabía que no debía hacerla, que era mejor llevar al muchacho hasta la Tierra, dejarlo en manos de los especialistas y tomar una nueva misión emocionante.

—Dila. —Yuri sonreía y su sonrisa mostraba la esperanza que tenia de haber encontrado a la persona correcta.

—¿Qué tengo que hacer para quitarme la venda de los ojos? —Jean intuía la respuesta, pero quería estar seguro que sus ideas eran las correctas.

—Primero sacarte toda esa mierda que llevas en la cabeza. Segundo, estar dispuesto a afrontar las consecuencias que harán que tu vida sea un infierno y tercero, estar dispuesto a renunciar a tu propia vida cuando ya hayas alcanzado la cumbre.

No sería fácil, eso ya lo sabía; dejar de lado todo lo que hasta entonces había formado su mundo, renunciar a su trabajo, a su cargo, a su vida, a sus aspiraciones para vivir una vida llena de incertidumbre; ser la burla de mucha gente y al finalizar ese tortuoso camino renunciar a los beneficios de tanto sacrificio.

Jean se cuestionó si estaba dispuesto a afrontar una vida sin privilegios y también si valía la pena vivir una vida programada y sin demasiados altibajos. Tenía miedo a renunciar a su status, perder todo lo que adquirió con tanto sacrificio, horas de estudios extras, trabajo y lucha.

Pero más temor le dio vivir con una gran venda en los ojos.

Notas de autor:

Seres santos, milagros, una nave espacial y el futuro. Esos son los elementos de este fic y en torno a ellos nuestros protagonistas tendrán que de actuar confrontando lo espiritual con el mundo real que nos rodea.

Gracias por vuestro apoyo y espero que el capítulo haya sido de su agrado. Nos encontramos el próximo lunes.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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