Tabú 4


Una novia.

Una hermosa y carismática novia. El rostro de modelo, la inteligencia de científico, el cuerpo de una diosa, la palabra de un experto, la actitud de un general y el corazón de una madre.

Esa era Anya Petrova, la novia de Víctor. Hermosa por donde se la mire, firme de carácter y muy dueña de sí misma.

El hecho que fuera una directora de documentales independientes no le quitaba el maravilloso detalle de ser una mujer atenta y cariñosa con mi hermano. Y con ese mismo cariño me trató todo el tiempo que pudimos compartir.

En cuanto mi hermano nos presentó, yo quedé impresionado con su presencia y no tuve tiempo de reaccionar porque con un cálido abrazo me dio la bienvenida al que también era su hogar y luego muy feliz me condujo al dormitorio que habían asignado para Potya y para mí.

—Este es tu dormitorio, está algo vacío porque me pareció que tú debes ser quien escoja el decorado con las cosas que más te gusten —dijo parada en medio de la habitación, señalando cada rincón con las manos y con una gran sonrisa me mostró cada rincón de la magnífica pieza. Ese dormitorio era muy distinto al que tenía en la casa del abuelo.

Desde los inmensos ventanales se podía apreciar una interminable avenida llena de abedules, en medio de la habitación se hallaba una enorme y muy cómoda cama sobre la que pendía una pantalla cuadrada llena de pequeñas luces, luego conté doce en total. Hacia la pared del frente tenía un gran estante empotrado con varios aparatos de última generación y un inmenso walking closet.

Todo lo que había en la cálida habitación de paredes aguamarina era más de lo que yo necesitaba.

Víctor arrimó mis maletas dejándolas en la puerta del closet y yo liberé a Potya de su estrecha prisión. Mi gato observó con cautela a Víctor y a su novia, para luego empezar a hacer una minuciosa inspección de nuestro nuevo dormitorio.

Anya propuso salir a almorzar o pedir algo, le dije que si podríamos almorzar en casa pues la visita al cementerio me hizo transpirar en exceso y quería bañarme. Ella aceptó y mientras llamaba a algún restaurante ingresé al cuarto de baño donde me desnudé de inmediato pues no podía soportar el calor que invadía cada célula de mi cuerpo.

Regulaba el agua de la ducha pues hasta hoy no soporto bañarme en agua demasiado fría, extraño ruso el que soy. Sentí que la tibieza del agua era la apropiada y justo al momento de ponerme bajo la regadera ocurrió algo que no me hubiera esperado.

Víctor ingresó con un par de toallas en la mano y al verme desnudo se quedó parado observándome más tiempo del que hubiera esperado que lo hiciera cualquier otro hombre. Estaba acostumbrado a compartir las regaderas con mis compañeros del equipo y no me causaba molestias verlos sin ropa o que me vean desnudo; pero la mirada de Víctor y su actitud cándida me parecieron divertidas.

Me gustaba que los hombres me contemplasen con deseo y sentir sus miradas sobre mí era un juego divertido porque esos ojos devoradores eran material para mis fantasías nocturnas. Pero cuando vi a Víctor contemplarme tan sonrojado me pareció divertido hacerlo parte de una pequeña y casi inocente travesura erótica.  

En ese minúsculo instante decidí ser malo, me di la vuelta mostrándole mi perfil para que pudiera ver bien mi firme trasero y mi relajada polla, me paré bajo el agua y con gran lentitud fui cerrando la puerta corrediza observando cómo el rubor encendía más sus mejillas y entre su mirada asombrada y la mirada pícara que le regalé en el último segundo, se formó un pequeño vínculo de complicidad tácita que terminó el momento que cerré la estrecha rendija por donde nos observamos.

Ese fue el primer día de todos aquellos días maravillosos, ardientes y dolorosos que viviría junto a Víctor, mi hermano mayor.


Luego de almorzar algo muy ligero Anya nos propuso pasear un rato por el centro de San Petersburgo para contemplar el inicio de la noche blanca e ir de compras a alguno de los centros comerciales cercanos al barrio donde vivía la enamorada pareja. Teníamos que abastecer de víveres la despensa y también comprar todo lo necesario para que Potya se sintiera a gusto.

Además, prometió que al volver a casa prepararía algo delicioso como una manera de compensar sus casi tres meses de ausencia por un trabajo que la alejó del país y de la vida de mi hermano. Víctor estuvo muy de acuerdo y yo los seguí sin protestar.

Antes de partir me acerqué a Potya y le pedí que se portara bien, él levantó la cola y siguió husmeando al pie de mi cama ignorándome por completo.

Se hizo de noche y el sol seguía iluminando el horizonte, era la primera vez que observé de cerca la noche blanca de Peterburg caminando en completo silencio a lo largo de la Nevsky Prospekt contemplando la iluminadas y brillantes vitrinas de tiendas y bazares y comiendo deliciosos morozhenoe helados.

Luego fuimos de compras al centro comercial Stockmann y durante el recorrido por el almacén observé lo bien que se llevaba Anya con mi hermano, supe lo mucho que se habían extrañado cuando ella estuvo en África y observé lo enamorados que estaban porque los vi reír y abrazarse con cariño cada cinco pasos.

Yo les llevaba la delantera o retrasaba mi caminar evitando estar junto a ellos porque sus continuos arrumacos me hacían sentir bastante molesto y abochornado, pero ninguno de los dos se daba cuenta de mi penosa situación y simplemente seguían tomándose de la mano, regalándose caricias y pequeños besos.

Me pregunté si algún día podría estar caminando así con alguien, tomados de la mano y diciéndonos a cada instante cuánto nos amábamos y extrañábamos. La respuesta que me di fue clara, “jamás”.

Jamás podría caminar con mi pareja de esa manera a no ser que ambos arriesguemos demasiado el pellejo, termináramos detenidos por la policía y enviados a la cárcel por cometer actos inmorales como dice la ley en mi país o tal vez seríamos perseguidos por grupos de radicales homofóbicos que nos golpearían en algún lugar oscuro hasta matarnos. Esa era mi realidad.

Un hombre caminando tomado de la mano con otro, eso solo se podía ver en las calles de Oslo, Ginebra, San Francisco o Toronto; en San Petersburgo, Moscú o Sochi, jamás. Entonces me sentí estúpido porque comencé a ver con envidia cómo se movía Anya tan feliz alrededor de mi hermano y pensar que yo no podría gozar de esa libertad con un hombre me molestó demasiado. Me alejé de ellos en ese momento y para disimular mi enfado y me quedé observando como un tarado la etiqueta de un detergente en polvo, como si el artículo me importara mucho.

Entonces la hermosa corrió hacia mí y me tomó de la mano y con una suave caricia sobre el dorso me invitó a ver una sección especial para gatos. Cuando estuvimos frente a los estantes sacó cada producto comentando las ventajas y desventajas. Hablaba con tanta rapidez que yo me sentí mareado con sus palabras y con su carísimo perfume.

Y es que Anya lo llenaba todo con su sola presencia. Sabía sacarte un sí, aunque no quisieras, conocía el momento preciso para pedirte que hicieras algo o que dejases de hacerlo. Te ayudaba a organizar tu vida y sobre todo cocinaba de manera espectacular, aunque ella insistía que no era ninguna experta en culinaria.

Después de recorrer las tiendas saboreando unos bocadillos para engañar al estómago, volvimos al departamento y en un abrir y cerrar de ojos, Anya tuvo listo unos deliciosos palmeni rellenos de carne y rociados con algo de aceite de oliva.

Durante la cena las preguntas de Anya y las que Víctor consideró que faltaban hacerme no se hicieron esperar y las contesté todas sin excepción. Que cuantos años tenía, dieciséis; que si me gustaba la escuela, no porque era aburrida; que si practicaba algún deporte, la patineta no es un deporte y el parkour tampoco; pero hockey sobre hielo sí. Ella también se quedó asombrada al escucharme decir que era atacante en el equipo de mi anterior escuela.

Las preguntas siguieron: que cual era mi comida preferida, los piroshky que preparaba mi abuelo; que si me gustaba la ropa deportiva, no pues prefería el animal print; que si había dejado muchos amigos en Moscú, solo uno en la escuela y tres chicos de barrio con los que me llevaba bien porque practicábamos parkour; que si tenía una novia, contesté que nunca tuve una y no me interesaba tener una aún —no les iba a decir que preferiría tener novio, tal vez se hubieran espantado con mi confesión—. Que si me gustaba algún héroe en especial; no, porque todos eran bobos y prefería los “snipers” de los videojuegos. Que si me gustó la cena; muchísimo pues me pareció súper deliciosa.

A diferencia de mí, Potya comió muy poco. Al estar en un lugar ajeno a su habitual hogar se mostraba muy tímido y cauteloso por eso solo probó unos cuantos bocados del paté enlatado para gatos que compramos en el gran almacén y es que el pequeño todavía no se acostumbraba al aroma y los espacios de nuestro nuevo hogar.

—Víctor… ¿no estás molesto porque haya traído a Potya? —Al escuchar su nombre mi gato maulló desde un rincón.

—Hasta ahora se ha comportado como un buen gato, supongo que nos llevaremos bien los próximos días. —Mi hermano miró al peludo con algo de indiferencia—. Y no me molesta que esté aquí.

—¿No tienes mascotas? —Era un edificio grande, una construcción clásica por fuera y muy moderna por dentro y había visto a un par de mujeres en la puerta con sus pequeños perros de bolsillo.

—Makkachin —dijo mi hermano con cierta nostalgia—. Es mi mejor amigo, pero durante este último año no pude traerlo conmigo debido a mis constantes viajes, así que se quedó en Francia junto a mi mamá.

—Y ha sido lo mejor amor… —Anya limpió con suavidad el mentón de mi hermano, a veces él comía como un niño pequeño. A veces yo también lo hacía—. El pobre presenta problemas de salud después de cada vuelo.

—Es algo mayor y no puedo llevarlo a donde quiera como en el pasado. —Víctor sacó su celular y me mostró la galería de fotos junto al melenudo Makkachin—. Además, aquí no había quién se quede con él, Anya y yo muchas veces coincidimos en viajar al mismo tiempo.

Caniche de gran altura, ojos vivaces y con aire despreocupado igual que mi hermano. Dicen que las mascotas se parecen a sus dueños y yo digo que Makkachin tenía la misma sonrisa boba de Víctor. Me pregunté cómo se llevaría Potya con él si algún día volviera a ese departamento, pero recordé que mi estadía en la casa de Víctor sería corta.

Estábamos tan hambrientos que en pocos minutos los platos quedaron vacíos y tras servirnos una ronda más de palmeni, Víctor abrió una botella de vino tinto con el que brindamos por ese encuentro tan significativo y por el futuro.

Y como siempre me sucede, la copa que tomé de más provocó mucho calor en mi cuerpo y me sentí algo mareado. Estúpido ruso que no sabía beber como era debido, ese era yo a los dieciséis y Anya fue la primera en darse cuenta de mi molestia. Así que mientras Víctor se ocupaba de levantar la mesa, ella me ayudó a desempacar una de mis maletas de la que saqué mi pijama y me la puse cuando fui al baño a lavarme los dientes.  

Luego de asearme me dirigí a la cama arrastrando los pies porque estaba muy cansado. Mi gato me esperaba impaciente y en cuanto ingresé entre las sábanas, él se acurrucó junto a mis pies. Anya se acercó y con alegre mirada acomodó mi rebelde mechón del lado derecho y me deseó las buenas noches. Yo solo me limité a despedirme con un adiós.

Esa mujer sí que era muy bella. Cualquier hombre adolescente, joven, adulto o viejo mataría o moriría por gozar de su presencia; pero yo no, solo la aceptaba porque era la novia de mi hermano.

Ese instante Víctor entró al dormitorio y me preguntó si todo estaba bien, yo solo asentí en silencio, me miró con cariño y yo deseé que se acerque. Al parecer él adivinó mi pensamiento y unos seis pasos después estuvo al borde de mi cama, acarició mi cabeza con suavidad y me dijo “buenas noches Yuri, duerme bien”. Yo levanté el pulgar y acomodé la almohada mientras él se alejaba, apagaba la luz y su silueta desaparecía tras la puerta.

Cuando la habitación quedó a oscuras, tan solo iluminada por las tenues luces de la avenida; pensé en mi abuelo, cerré los ojos para recordar su mirada y su sonrisa, le dije que lo amaba y extrañaba demasiado, fue en ese instante que sentí la fuerte mano de la pena apretar mi corazón. La caricia de la hermosa no fue suficiente para reconfortarme esa noche.

Por primera vez me encontraba viviendo en un lugar extraño, en una cama que no era la mía, sobre una almohada que me era incómoda, en la casa de un atractivo hombre al que apenas conocía, con un pasado que me había arrebatado lo que más amaba y con un futuro que no podía vislumbrar por más que forzara mi imaginación.

Sentía miedo, pena, ausencia, incomodidad, distancia y nostalgia. Por eso di mil vueltas en la cama antes de caer rendido por el cansancio, el sueño y el vino.

Solo cuando recordé el momento que Víctor me recogió en el aeropuerto, me abrazó en el cementerio frente a la tumba de mi padre, cuando me llevó a su casa y cuando pasó la tarde y la noche entera tratando de entender a un adolescente irritado como era yo; me sentí respaldado, pude relajar mi cuerpo y entregarme al infinito mundo de los sueños.

Solo esperaba no volver a tener ese extraño sueño que se había repetido varias veces después de la muerte de mi abuelo, un sueño en el que era un cachorro de lobo que caminaba tras su manada y que poco a poco quedaba rezagado, solitario y huérfano.

Sabía que esa era una forma cómo mi mente procesaba toda la dolorosa información que mis sentimientos ofrecían desde que perdí a Nikolai Plisetsky y me enteré que mi padre Miroslav Nikiforov había fallecido en un accidente de carretera y tal vez desde mucho antes cuando me di cuenta que era un niño al que le faltaba el calor y el cariño de una madre.

Sin embargo, esa noche volví a tener ese maldito y agobiante sueño, solo que algo cambió porque sentí el aroma de un nuevo lobo que apareció de pronto por detrás y me empujaba para que siga caminando, a paso ligero se alejaba una corta distancia y me esperaba sin voltear su cabeza hasta que me tenía cerca y trataba de caminar a mi ritmo para no alejarse de mí.

No podía ver quien era ese lobo que me acompañaba en sueños. Yo era un lobezno, aunque hubiera preferido ser un tigre o un león. Esa noche en mis sueños ya no me sentí perdido en medio de las montañas y por eso avancé con más seguridad por el estrecho camino.


Horas más tarde desperté irritado y confundido. El sonido de suaves murmullos había llamado mi atención y tardé algunos minutos en darme cuenta donde era que me encontraba, solo cuando sentí el aroma de un nuevo hogar, recordé que había llegado a San Petersburgo y que dormía en el lujoso departamento de mi hermano Víctor.

El calor del verano quemaba mi piel, ni el aire acondicionado daba respiro a mi sudoroso cuerpo. La maldita noche incendiaba mi garganta. Pensé que debí haber metido esa botella de agua a mi habitación, pero no lo hice y tendría que levantarme para buscarla en la nevera. Odiaba ponerme en pie por las madrugadas, era un imbécil que le temía a la oscuridad que me esperaba en el pasillo o en la sala y, peor aún, la oscuridad de un nuevo departamento que no conocía. Pero necesitaba beber algo o por la mañana levantarían mis restos calcinados.

Intenté enfocar la vista en los detalles, tampoco quise prender la luz de mi habitación porque detesto la sensación de sus haces estallando en mis pupilas. Caminé a tientas por el dormitorio y abrí la puerta procurando no hacer mucho ruido. De inmediato llegó a mis oídos el sonido claro de un quejido agudo y un jadeo insistente que me dejó paralizado.

Desde mi posición podía ver la suave luz amarilla de una lámpara iluminando resignada uno de los rincones de la sala y proyectando sin temor las sombras enlazadas de los amantes.

Víctor y Anya gemían.

Podía escuchar sus besos y sus palabras cargadas de placer en el centro mismo de mi cerebro que intentaba en vano procesar esa experiencia. Sus “te quiero” difusos, sus “me gusta” abstractos y sus “me corro” agudos.

Parecía que no les fue suficiente y escuché decir a mi hermano que quería tener más control. Me detuve en ese momento y miré la puerta a medio abrir de mi dormitorio. Debí regresar y tomar el agua en el grifo del lavatorio. Debí hundirme entre mis calientes sábanas una vez más. Debí encontrar el modo perfecto para volver a dormir. Debí soñar conduciendo un Cádillac o alcanzando a mi manada de lobos. Debí meterme en mis propios problemas y no en la vida privada de esos dos.

Pero no lo hice.

Caminé en puntas de pie hasta llegar a la rejilla de madera que separaba la sala del paso hacia los dormitorios. La celosía cubierta de enredaderas con aroma penetrante era el camuflaje perfecto. Me detuve al filo de la pared y me agaché como si fuera un animal que necesitaba esconderse entre la maleza. Ubiqué bien mi objetivo y solo bastó un pequeño espacio entre la madera y las ramillas enredadas para que pudiera observar sus cuerpos desnudos enredarse como serpientes sobre el sofá.

Ella parecía una diosa de mármol hecha a la perfección. Senos duros, brazos largos, cintura estrecha y caderas de madre, anchas y generosas. Su largo cabello negro caía por uno de los costados del mueble y sus piernas abiertas prometían un nuevo rito de placer mundano. La contemplé por unos segundos y admiré su gran belleza.

Pero fue el cuerpo de mi hermano el que impactó mis retinas y retuvo toda mi atención. Músculos firmes, piel brillante, porte olímpico, postura divina. Estaba contemplando al mismo Apolo cuando sacaba la flecha del carcaj y la preparaba en el arco para herir de muerte a su enemigo.

La flecha hizo un par de movimientos lascivos y dio justo en el blanco, sacando un adolorido quejido en la mujer que moría inconsciente entre los brazos del divino ruso. Víctor no tuvo piedad, hundió una y otra vez el arma dentro del cuerpo estremecido de Anya. No escuchó su llanto y sus súplicas, solo la atacó sin parar hasta que ella sucumbió a ese asalto y el atacante cayó sobre su cuerpo retozando feliz con total impunidad.

La escena del crimen era perfecta, los dos extasiados volvieron a moverse y besarse como si nada hubiera pasado, como si unos minutos atrás ella no estuviera diciendo “me muero, me muero”, como si él no hubiera puesto ese gesto de satisfacción plena al verla rendirse.

Víctor se puso en pie y miró hacia el lugar donde yo me encontraba. Mi corazón comenzó a latir tan fuerte que temí que sus sonidos delataran mi presencia.

—Espera un minuto amor —dijo algo agitado—. Voy a ver si Yuri sigue dormido. —Sentí un mareo y un extraño flujo recorrer todo mi cuerpo.

—Vitya déjalo, tu hermanito tuvo un día largo y muy intenso debe estar soñando con sus héroes y antihéroes. —En ese momento deseaba con todo mi ser que Víctor escuchase a la bella Anya—Vamos bebé, ven y lléname una vez más, el chico está dormido.

«Sí, el chico está en la cama dormido y soñando con su patineta o con las próximas piruetas sobre las bancas de los parques. El chico no se encuentra espiando a su hermano y a su novia mientras ellos hacen el amor como dos animales en celo», dije dentro de mí.

Víctor regresó a los brazos de Anya y ella lo recibió con un profundo suspiro y un beso intenso, salvaje y hambriento.  

«Mierda si yo pudiera besarlo así», pensé y sin querer di vida al ansia que consumió mi ser por tener a Víctor, aunque en ese momento traté de corregir mi pensamiento y de inmediato negué con la cabeza la posibilidad.

Vi a mi hermano acomodar de bruces a su bella novia sobre el sofá y contemplar extasiado ese inmenso y firme trasero. Víctor volvió a empuñar la tensa arma con la que pretendía matarla de placer una vez más.

Mis ojos volvieron a concentrarse en el cuerpo y los movimientos de mi hermano, sus caderas que arremetían con fuerza, sus manos que recorrían y sobaban con ligereza los muslos de la diosa. Sus pectorales duros que ajustaban más su firmeza en cada estocada. Sus piernas tensas y sus glúteos cada vez más apretados acelerando y profundizando el ritmo de sus bravas embestidas. ¿Qué pretendía hacer? ¿Quería introducirse entero dentro de su novia?

Finalmente, sus gestos de placer, sus sonrisas retorcidas, sus labios rígidos, su nariz perfilada, sus pómulos llenándose de aire en cada resoplido. Ese sudor que bajaba lento por su frente y caía en la espalda de la hermosa. Aprecié la tensión en cada músculo de sus fuertes brazos que sostenían con firmeza el peso de su cuerpo y le permitían entrar y salir sin parar de la enmarañada caverna.

Era tal como me lo había imaginado en mis fantasías y quizá más, porque los hombres de mis sueños húmedos tenían un aspecto lejano y casi espectral, en cambio éste era real se movía libre e independiente de mi voluntad y me mostraba aspectos de su erotismo que yo jamás hubiera imaginado.

De manera automática mi mano bajó hacia mi pelvis, se introdujo en mis bermudas y tomó mi dura polla con firmeza. Mano atrevida y pecadora. Intenté detenerla, pero me dio un buen par de razones para seguir con su objetivo: una caricia suave en el lugar más sensible y un agarre firme de todo el tronco. No quise discutir más con ella y la dejé actuar con libertad.

Y mientras Víctor seguía mostrándome su viril cuerpo y sus ardientes expresiones, yo busqué sentir mi propio placer y agradecí a todos los ángeles y los demonios por haberme despertado con la horrible sensación sedienta de mi cuerpo que en ese momento ardía en llamas, mientras me unía en delirante silencio al éxtasis de Víctor y al placer de Anya.

Terminé antes que ellos con el rostro enrojecido, la garganta más seca que al inicio y el cuerpo vencido por los espasmos.

Esa noche tuve el ligero presentimiento que el hombre llamado Víctor Nikiforov, aquel que imaginé celebrando fiestas lujuriosas en su casa, el que me recogió en el aeropuerto, el que me ayudó a escoger los implementos para Potya, quien con una caricia en el cabello me deseó buenas noches; ese hermano al que acababa de conocer se convertía desde ese instante en el hombre que encendería las potentes llamas de mis deseos, los más sucios e indecentes que habitaban mi mente y el amor más puro y perfecto que dormía en mi corazón.


Regresé a mi oscura habitación, comprobé con tranquilidad que Potya seguía soñando entre los cobertores, tomé agua del grifo y cuando contemplé mis ojos en el espejo que estaba pegado sobre la pared me estremecí de pies a cabeza.

¡¿Que maldita locura acababa de imaginar?!

Mi hermano era alguien a quien debía respetar, alguien para admirar y llegar a querer de lejos, Víctor no era una persona con la cual podía tener húmedas fantasías. Él no, él era mi hermano, teníamos un padre en común, su sangre también corría por mis venas y lo más seguro era que su amor fuera fraterno y hasta casi paternal.

No podía mirarlo con deseo, la lujuria debía estar prohibida entre los dos. Debía construir con él una sana relación de parentesco y amical. Él jamás me miraría con ansias, nunca se imaginaría poseerme, ni en el más recóndito de sus pensamientos albergaría la posibilidad de besarme o de tocarme. Él solo pensaría en cuidarme y ayudarme a vivir hasta que fuera a la universidad, solo eso.

Víctor tenía a Anya. Esa era la realidad y yo jamás podía usurpar esa posición; en primer lugar, por ser hombre y en segundo lugar porque nuestra relación debía ser familiar.

Lo que vi en la sala solo debía quedar como un momento bochornoso que tendría que olvidar de inmediato. No podía ni debía repetir esa actitud con los novios que tan amables me habían abierto la puerta de su hogar. Juré que sería la última vez que intentaría ingresar en su intimidad. Y que recordaría la figura de mi hermano como un cuerpo hermoso y saludable, nada más.

Más calmado regresé a la cama y tratando de conciliar el sueño pensé que si sentí cierto bochorno y excitación al ver a Víctor era porque estaba impresionado por su forma de ser y porque era muy atractivo.

«Todos los modelos son bobos y son atractivos», me dije a manera de débil consuelo.

Además, después de tantas despedidas y pérdidas que experimenté en mi vida, la presencia de mi hermano era reconfortante pues ya no estaba solo en este maldito mundo. Lo que estaba sintiendo por él debía ser solo admiración y hasta cierto punto un poco de cariño, después de todo los hermanos llegan a sentir un gran amor entre ellos.

Con esos pensamientos intenté dar una explicación a mis impulsos, a mi deseo de ser reconocido y apreciado por ese hombre y a mi necesidad de protección.

«Es mi hermano y con el tiempo estableceremos una buena relación», me obligué a pensar. Y eso significaba que siempre contaría con su amor, un amor puro y protector.

Pero por más que mi cabeza intentaba organizar un pensamiento lógico y ético, mi excitado cuerpo comenzó a hablar otro lenguaje, un idioma lleno de sueños imposibles, de absoluta impudicia y de deseos carnales.

Deseos que a pesar de mis reparos fueron ganando terreno en mi mente, conforme comencé a conocer al hombre de la larga melena plateada, la seductora mirada y la infantil sonrisa.

Víctor Miroslavovich Nikiforov.

Notas de Autor:

Espero que estén disfrutando de la lectura. Como pueden ver desde el primer contacto surge la química. Ni Yuri ni tampoco Víctor hablan de amor a primera vista ni de ilusión y si bien mencionan pedazos de su relación, ésta la irán construyendo poco a poco.

Gracias por leer y comentar y seguiré subiendo dos capítulos cada semana.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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