I


Lado A
(1830 – 1850)

Conociste a Víctor cuando él tenía siete años y tú cinco. Sus padres se habían hecho recientemente socios y Alan Nikiforov invitó a toda la familia a su casa para celebrar. Desde el primer instante, Víctor puso sus ojos azules en ti, mientras tú intentabas ocultarte tras tu padre, temeroso de toda esa gente extraña que te rodeaba. Tu timidez siempre fue innata, en especial con alguien que te veía con tanto interés y que desde el primer momento se acercó a ti y te invitó a jugar. Sin importar tus negativas efusivas con la cabeza, Víctor tomó tu mano y te sacó al jardín mientras los adultos hablaban de negocios. Ahí conociste a Mila, de cinco años también, quien desde siempre fue amiga y compañera de Víctor debido a la amistad de años enteros que sus padres tenían y ese deseo mutuo de ambas familias sobre que, al crecer, pudieran unirse gracias a un matrimonio entre los dos. 

No conocías muy bien el idioma, pero Víctor tuvo la paciencia para hacerte entender lo que deseabas. Hubo tal conexión en ambos, y te sentiste tan cómodo y comprendido por él, que al final de la velada ya eran mejores amigos y pediste a tus padres que te volvieran a llevar de nuevo a esa casa. Ninguno lo supo en ese momento debido a su inocencia, pero aquella conexión fue enamoramiento a primera vista, y lo que en un principio se creyó sería una amistad efímera de la niñez, se convirtió en una entrañable que perduraría incluso más allá de ella misma.

Tus visitas a la casa Nikiforov se volvieron constantes, incluso acudías solo, sin la necesidad de usar las reuniones de tu padre con Alan como excusa. Aunque Víctor era en realidad un paquete, uno en el que siempre se vio incluida Mila. Si bien con ella te costó un poco más relacionarte y dejar atrás tu timidez, al final terminaste congeniando bien con ella e incluso hasta le tomaste bastante aprecio y cariño, sobre todo protección. De esa forma los tres se volvieron buenos amigos, de esos que los años no podrían separar, aunque por razones muy distintas. 

Mientras Víctor siempre fue un bólido extrovertido que te llevaba de un sitio a otro sin que pudieras tomar siquiera un respiro, Mila te otorgaba momentos de tranquilidad gracias al buen comportamiento y etiqueta que ella, como niña, debía guardar respecto a ustedes. Aun así, muchas veces era reprendida por ensuciar sus vestidos al tratar de seguirles sus pasos, sobre todo los de Víctor.

Era bastante obvio el porqué: ella, a los siete años, declaró de forma abierta su amor por Víctor y el futuro que seguro sus padres le habían metido a la cabeza. 

—¡Me voy a casar con Víctor cuando sea grande! —dijo Mila alguna vez, mientras tomaba el brazo de Víctor y se colgaba un poco a él.

—¡No! —Sin embargo, este la empujó un poco y a cambio se apresuró a tomar el tuyo—. Yo me voy a casar con Yuuri.

¿Cómo decir en voz alta lo especial que te sentiste en ese momento? Cuando Víctor te tomó del brazo con tanta firmeza, con tanta convicción. 

—¡Pero son niños! ¡No pueden!

Nunca imaginaste que ese dedo acusatorio apuntando hacia ti te perseguiría por el resto de tus días y que este mismo despertaría en ti tantas dudas y miedos con respecto a lo que Víctor debía significar en tu vida. Sin embargo, la ingenuidad de la niñez te ayudó a sobrellevar todo aquello de una manera más subconsciente y soportable, por lo menos hasta que el calor de la pre adolescencia hiciera aflorar todo ese torrente de emociones con mayor intensidad.

Fue imposible seguirte negando las cosas la primera vez que, a tus doce años, tuviste el primer sueño húmedo en el cual Víctor estaba más que involucrado. Ocultarte en el baño tras despertar no ayudó a ocultar tu vergüenza, sobre todo cuando tuviste que verlo a la cara después de que te masturbaras pensando en él. 

En ese tiempo comenzaste a ser más consciente que lo que ocurría contigo no estaba bien, que no era normal querer a Víctor de la forma en que lo hacías. Por eso, intentaste demasiadas veces mirar a las niñas, deseando de manera tan profunda que alguna de ellas pudiera arrebatarte el sueño como Víctor lo hacía. Sin embargo, él fue una constante que nunca desapareció de tu mente ni de tus sueños. 

A tus dieciséis años, cuando Víctor comenzaba a hacerse un poco conocido como un joven prodigio del violín, te diste cuenta que lo que sentías no iba a llevarte por ningún lado. Por eso, por primera vez, trataste de apartarte de él, sobre todo cuando las noches en su memoria eran cada vez más ardientes, más desesperantes en tus deseos de tomar sus labios.
El matrimonio entre él y Mila que debía darse en algún momento comenzaba a sonar entre las voces de todos sus conocidos, a pesar de que realmente ellos no entablaran ninguna relación formal nunca. Supiste que no serías capaz de soportar un trago así si ese matrimonio se concretaba, que lo mejor era tratar de enfriar tus sentimientos con distancia. Sin embargo, Víctor captó de inmediato tus intentos por alejarte y te capturó por primera vez, haciéndote tambalear y atarte a él ante sus palabras: “Sin ti no soy nada”.

Siempre creíste que era amistad de su parte y un cariño que podría simular al de hermanos… Qué ingenuo, aun cuando las señales eran bastantes obvias ya en ese entonces, te negaste a creer que Víctor, el perfecto Víctor, podía ser un desviado como tú y que tendría defectos, justamente esaclase de defectos. Dolía ya… Pero, de alguna forma, también te aliviaba que Víctor no tuviera manchas como las tuyas, que él no padeciera por un amor imposible como tú lo hacías. Así siempre lo amaste: si él era feliz, tú podías fingir serlo. 

Su primer beso se dio a tus veinte años, cuando supiste que Víctor nombró a Christophe Giacometti como padrino de su boda y no a ti. No, no querías formar parte de eso, tu amor por Víctor ya se había incrustado en una parte tuya que nunca iba a desaparecer a menos que murieras, pero fue imposible que no te sintieras traicionado al no ser su primera opción…  Creíste que eras un poco más importante para él que eso. 

—No quería hacerte algo así, Yuuri. —Fue su respuesta cuando, sin poder evitarlo, fuiste contra él para reclamarle su elección. 

Por supuesto, no lograste comprender el significado de esas palabras, sobre todo por el zumbido que comenzó a inundar tus oídos cuando él tomó tu rostro entre sus manos y se acercó tanto a ti que creíste que te desmayarías en cualquier instante.

—Me encantaría que las cosas pudieran ser distintas, Yuuri. Quiero a Mila, pero no la amo… No de la forma en que te amo a ti. —Víctor rio con desgana al notar el gesto de sorpresa que invadió cada una de tus facciones—. ¿Por qué esa cara? ¿Qué te sorprende? Creí que era bastante obvio, tan obvio como que tú sientes lo mismo por mí, pero que no podemos hacer mucho al respecto.

Víctor sostuvo tu rostro por unos segundos más y, en silencio, se miraron con demasiada atención. Fue como si ambos trataran de comprender qué pasaba en la cabeza del otro, si eran los mismos deseos que lograban ver los que palpitaban también en su propio corazón. Él se mordió el labio y tú lo imitaste, imaginando que eran tus dientes los que presionaban esa carne y lograban hacerlo jadear. Víctor quería besarte, quería hacerlo desde hacía tanto tiempo, pero él era más consciente que tú y sabía que, una vez dado ese paso, iba a ser imposible para los dos seguir ignorando lo que sentían. Por eso suspiró y soltó tu rostro para salir de la habitación. Sin embargo, fue tu mano la que se movió sola, la que lo detuvo y lo hizo girar para que sus ojos volvieran a mirarse, pero de una forma tan distinta… Tan llena de intensidad. ¿Qué tan idiotas podían ser? Demasiado, lo suficiente como para tirarse al vacío pese a los consecuencias y que, entre los dos, cortaran esos escasos centímetros que faltaban para que sus labios se unieran por primera vez.

Antes, Víctor se había dado por vencido, al igual que tú, en cuanto fue consciente de que en ese mundo no era seguro que algo como lo suyo prosperara. Sin embargo, aquel primer beso lo cambió todo y renovó algunas esperanzas sin sustento. Por eso no pudieron conformarse con un solo beso, tuvieran que ser tantos, todos esos que durante tanto tiempo se habían guardado para sí. Tuvieron que ser hasta que el aire se terminara, hasta que la falta de oxígeno en sus pulmones les diera una sensación de irrealidad y de que con su solo encuentro habían logrado cambiar las reglas del mundo. 

Por supuesto no fue así, pronto tuvieron que comprenderlo y apegarse a ellas una vez más. Se dijeron que lo olvidarían, que olvidarían ese instante de vida en que fueron tan felices y correspondidos, pero fue imposible cuando esos besos los habían vuelto ya unos adictos, cuando estos los habían destrozado de una forma tan dulce y perfecta que no podían seguir deambulando por la vida sintiéndose tan incompletos sin el otro. 

Muchas veces te preguntaste si todo hubiera sido más sencillo de soportar si nunca lo hubieras besado. O si Víctor nunca te hubiera hecho darte cuenta de la verdad. Tanto tiempo que intentaron protegerse de sus propios sentimientos, y tan fácil que fue para ambos venirse abajo y andar por la vida en pedazos de mundos rotos. 

Al final fuiste tú el padrino de esa boda y resultó gracioso que en su luna de miel, en esa noche que debía compartir con su esposa por primera vez, Víctor se escabullera y llegara hasta la puerta de tu habitación…  Y te reclamara como suyo. Estaba demasiado ebrio para atender a las consecuencias y tú demasiado embriagado en él como para saber que existía la opción de negarse, porque lo querías, necesitabas de eso también. ¿Por qué pasar la noche destrozado en lágrimas cuando podías encontrar un poco de alivio en ese cuerpo y corazón que te prefirieron a ti que a Mila?

Claro que fue a la mañana siguiente cuando la verdadera culpa e impotencia los partió a ambos sin piedad, cuando más conscientes fueron del camino que se atrevieron a tomar, uno del cual era ya imposible volver. 

Con el tiempo, pareció que Víctor había aprendido a lidiar con esa culpa y la mentira que construyó en torno a su verdadero ser, aparentando ante tantos que seguía siendo ese Víctor perfecto y sin mancha, aun cuando su cuerpo estaba tan marcado de ti. En cambio tú, incluso con tus veinticinco años, todavía la sentías, todavía la culpa te asfixiaba aún más que aquella primera vez. Y llegaste a odiar tanto a ese corazón terco que siempre se negó a dejarlo de amar, que no tuvo la fuerza suficiente para alejarse y destruir esa mentira que te estaba destruyendo a ti.

*

*

*

Abriste los ojos cuando la nota final fue tragada por el estallido de decenas de aplausos a su alrededor. Ese había sido el fin del concierto que durante tantos meses Víctor y tú prepararon para presentar ante el zar, quien en ese momento los veía más que encantado. Todo había resultado un completo éxito, lo que menos podía esperarse de algo en lo que Víctor estaba involucrado.

Claro que debía haber gozo de que todo resultara así, pero era imposible ignorar el sabor a dolor que quedaba cada vez que ese concierto, una oda al amor secreto que sentían el uno por el otro, terminaba por evaporarse en el aire. Como si nunca hubiera existido, como si no fuera real. En ese instante querías simplemente salir de ahí, pero Víctor se apresuró para acercarse a ti y tomar tu mano antes de que huyeras. De esa forma te indicó que ambos se colocaran en medio del salón y, en alabanzas, recibieran todos esos aplausos y ovaciones que todavía continuaban.

No te quedó de otra que tomar con firmeza su mano y aprovechar la oportunidad para que sus dedos se entrelazaran mientras, a la par, ambos se inclinaron ante su público. Esa era una de las muy pocas ocasiones en que sus manos podían tomarse así, ante tantos ojos, sin que nadie los juzgara.  


Una de los sirvientes de la casa Nikoforov abrió la puerta para recibirte. Estabas a punto de preguntar sobre dónde se encontraba Víctor cuando la suave voz de Mila terminó por responder ese cuestionamiento que no pudiste hacer.

—Víctor tuvo que salir, Yuuri, pero pidió que esperaras por él.

De inmediato notaste que algo extraño sucedía: Mila no se había acercado a saludarte con ese cariño y efusividad tan propios en ella. No, ni siquiera parecía capaz de dirigirte la mirada y, durante un segundo, notaste un ligero tono rojizo sobre sus párpados, como si hubiera llorado recién.

—¿Ocurre algo? —Sentiste esa pregunta atragantarse en tu garganta, como si se hubiera deshecho de todo el aire en tus pulmones.

—En realidad, Yuuri…  Me encantaría que demos un paseo por el jardín, hay algo de lo que me gustaría hablar contigo.

Sonrió, pero su sonrisa era desencajada…  triste. Había algo que no estaba bien. 

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