Tabú 3


Su mirada era el mar embravecido a punto de hacer naufragar a quien se atreviera a sostenerla; sus cabellos, rayos de sol que calcinaban mi alma; su piel, la suave nieve que cubría la ciudad en invierno.

Entrecejo junto, postura desafiante y firme voz de mando.

Yuri.

Se reveló frente a mí la figura de un fauno vengador, enfurecido y bravío que envolvió con su aura aterradora y bella hasta las minúsculas moléculas de mi respiración.

Yuri.

Por la palidez y las delicadas líneas de su rostro pensé que era un ángel, pero estaba muy equivocado; porque ese muchachito insolente que me miraba con severa curiosidad luego se empeñó en demostrar que su alma soñadora provenía de algún oscuro territorio abismal.

Yuri.

Un solo nombre corto y potente que abarcó desde ese instante todo mi universo.

Yuri triste en mis tardes taciturnas, Yuri curioso en mis noches insomnes, Yuri ardiente al inicio del verano, Yuri ausente en mi cielo sin estrellas.

Yuri mirada, Yuri sonrisa, Yuri aroma, Yuri piel…

 


Llegué justo en el momento que los pasajeros del vuelo 235 de Aeroflot descendieron del avión y era tal mi entusiasmo que no pude respirar con toda la capacidad de mis pulmones. Durante los días que esperé a Yuri me sentí optimista y alegre de saber que iba a recibir a un hermano en mi vida; pero en el momento que dejé mi auto en el estacionamiento del aeropuerto y caminé a su encuentro comencé a sentir algo de temor.

Hasta ese instante solo me había dedicado a cuidar de mí mismo y de Makkachin cuando vivía en París.

¡¿Qué sabía yo de cuidar hermanos adolescentes?!

Cerré los ojos, ajusté mi postura y comencé a ver a la multitud de pasajeros que salían con sus maletas a cuestas. Eran demasiados, parecían estar todos apurados y ese fue el motivo por el que no podía encontrar la cabecita rubia que andaba buscando.

Yakov me mostró algunas fotografías del chiquillo posando junto a mi padre y pensé que no sería difícil reconocerlo entre la gente; pero eran tantas las personas a mi alrededor que mis ojos no podían ubicarlo.

De pronto el sonoro maullido de un gato que a lo lejos protestaba llamó mi atención y por fin pude reconocer a mi hermano que caminaba despreocupado hacia una de las puertas de salida del Púlkovo.

Corrí para darle en alcance y en mi afán por detenerlo choqué con muchas personas que se cruzaron frente a mí y me impidieron caminar con más libertad y llegar a él.

Al ver que no podría alcanzarlo grité su nombre; pero Yuri siguió caminando y por eso tuve que llamarlo por su nombre completo. Cuando por fin se detuvo dio la vuelta buscando mi voz entre la gente y cuando sus ojos me ubicaron, esperó impaciente a que llegue junto a él.

En ese corredor atestado de gente aprecié por primera vez la imagen de un ser perfecto que parecía sacado de alguna portada de Vanity o Vouge. A lo largo de mi carrera vi decenas de chicos bellos frente a las cámaras o en las pasarelas, pero mi hermano mostró un resplandor especial que lo alejaba de los demás jovencitos hermosos que conocí.  

Desde el primer instante que lo vi mi corazón dio un giro completo y yo supuse que era la emoción de conocerlo lo que lo hacía brincar dentro de mi pecho; meses más tarde ese tonto me revelaría, entre latido y latido, que Yuri era su dueño.

Si no lloré de emoción al momento de observar con detenimiento su gloriosa presencia fue porque cambié el llanto por la natural alegría que cualquier ser humano demuestra al conocer a un hermano. Ese hermano cobró vida ante mis ojos en el aeropuerto de mi ciudad natal.

—Oye no pensé que vendrías por mí —dijo con voz grave y actitud de niño malo escudriñando con su enérgica mirada los detalles más ínfimos de mis gestos y movimientos.

Me sentí algo intimidado.

—Yuri… qué feliz me siento al conocerte. —Con una sonrisa boba le di la bienvenida a San Petersburgo, a la familia Nikiforov y a mi vida rutinaria—. Espero que hayas tenido un buen viaje.

Protocolar, frío y sin gracia. Ese fue un saludo que no dijo nada sobre el torbellino de emociones que comenzó a formarse dentro de mí. Un saludo que parecía la bienvenida que un botones ofrece a los clientes en cualquier hotel. Estiré la mano y él la apretó con tanta prisa que no pude sentir su verdadera calidez en ese inicial contacto.

—Y yo espero no te molestes porque traje a mi gato. —Me intrigó demasiado la seriedad que llevaba en su rostro—. Se llama Puma Tigre Scorpio y no tiene a nadie más que a mí en este maldito mundo.

El gato era hermoso. Blanco con el rostro enmarcado por manchas oscuras bien distribuidas. Era un gato bien cuidado, un gato tranquilo, un gato desconfiado; un gato al que llegué a envidiar durante un tiempo porque tenía para sí el cariño de mi aguerrido hermanito y podía dormir junto con él toda la noche.

Con un leve movimiento de cabeza asentí en silencio contemplando a la sonora bola de pelos y, con un “vamos al auto”, invité a Yuri a seguirme. Tras nosotros el hombre que transportaba las maletas caminó con cierta prisa y, salvo por un par de pasajeros despistados, nuestro recorrido hasta el estacionamiento del aeropuerto fue rápido y fluido.

Ingresamos a mi Maserati, una verdadera joya y la mejor de mis adquisiciones. Un descapotable Gran Cabrío que estaba acorde con mi estilo de vida y mi insistente deseo de seguir sintiéndome como un chico que recién ingresó a la universidad.

Desde el capó hasta la cola del vehículo se apreciaba la estela de una bocanada de cigarrillo con la que personalizaron el diseño en el taller para distinguirlo de los demás autos de colección que salieron ese año. Este detalle le proporcionaba un efecto aerodinámico sutil y elegante que pareció gustarle a mi hermano pues se quedó observándolo mientras el hombre de las maletas las acomodaba en la parte trasera.

Con los delgados dedos de sus pequeñas manos, mi hermano repasó el tapiz de cuero mate sobre los asientos y detuvo sus ojos sobre los numerosos controles del panel que le daban la apariencia de la cabina de una nave espacial.

—¿Te gusta? —le dije intentado romper ese incómodo bloque de hielo que se había formado entre los dos mientras buscábamos mi vehículo.

—Lo prefiero en color rojo fuego y no tiene la cantidad de woofers que necesito para escuchar mi música —En ese momento aprendí que Yuri era directo y sincero y que jamás encontraría alabanzas vanas de su parte—, pero está bien.

Me gustaba tanto ese Yuri analítico que juzgaba al mundo desde su trinchera, intentado siempre imponer su voluntad y desafiándome con sus palabras, su mirada, sus actitudes y sus posturas. Tierno animal salvaje que necesitaba ser domesticado.

Esas primeras horas que pasé junto a él, intenté entender su mundo y tuve que contener mis ganas de parecer un sabio hermano mayor que quería dirigir su destino o que conocía a la perfección todos los trucos de la vida. Por ese motivo dejé de lado mis posturas de hombre de mundo y preferí allanarme a su simpleza de adolescente.

Ya dentro del auto lo siguiente que impactó mis sentidos fue su extremo olor a goma de mascar. Yuri no tenía la golosina dentro de la boca; pero su encendida fragancia mentolada me provocó insalivar de inmediato, tanto que sentí la necesidad de tenerla en la boca y masticar.

Yuri ya no era un niño, aunque le faltaba mucho para ser un hombre y oler a goma de mascar, llevar la camisa suelta por encima de los pantalones y un pañuelo de diseño atado a la muñeca del brazo fueron las pequeñas señales que me dijeron que, desde ese instante, tendría la complicada responsabilidad de cuidar a un perfecto rebelde.

Lo que también llamó mucho mi atención fue la forma cómo combinó su remera con manchas de leopardo que se ajustaba a su delgadísimo y firme cuerpo, con la chaqueta pequeña que apenas si le llegaba a la cintura; además de llevar un pantalón de mezclilla negro muy apretado en las caderas que me dejó ver la fina curvatura de su cintura y la firme posición de sus enmarcados glúteos.

La belleza singular de mi hermano mostraba un perfecto balance entre la dureza masculina de su mirada esmeralda junto a un mentón de fina curvatura y la delicada forma femenina de su pequeña nariz. Mostraba aún cierta reminiscencia infantil habitando en la suavidad de sus blancos pómulos, el deleite se escondía en la calidez de sus florecidos labios rosa y el delirio bailaba a través de su mediana melena dorada que el viento se empeñaba en enredar a cada instante.

—Yuri… te propongo que vayamos a mi departamento a dejar tus maletas y luego vamos a almorzar. Conozco un sitio bastante exclusivo que te va a gustar. —A pesar que quería parecer un hombre sencillo me venció la necesidad de lucir mi experiencia de hermano mayor y hombre de mundo frente al recién llegado.

—Quisiera que me lleves donde está él, todo sucedió tan rápido que no pude decirle adiós y me gustaría hacerlo ahora —me pidió sin titubeos y como ese día lo había destinado para estar junto a Yuri obedecí de inmediato las primeras órdenes de mi lindo principito.

Entendí con ese simple acto que Yuri amaba a mi padre tanto como yo lo amé, aunque casi nunca quiso revelar en palabras sus sentimientos. Tampoco era necesario que lo hiciera, la triste expresión que ponía cada vez que hablábamos de Miroslav Nikiforov me decía que su corazón también se acongojaba ante su recuerdo.

Encendí la radio y de inmediato dirigí el coche al cementerio Vólkovo para colocar unas flores sobre la fría losa gris que cubría el féretro de nuestro padre y, tal vez, elevar una oración.

—Cuéntame algo de ti. —Necesitaba saber todo de él y no tenía idea de cómo empezar a conocer los detalles de su pasado—. Yakov me dijo que tienes quince años.

—En marzo cumplí dieciséis y este año fue un día de mierda. —Era obvio pensar que la había pasado por primera vez sin su abuelo y todavía guardaba luto por la muerte del anciano.

—¡Guau! Te debo tu regalo —le dije casi sin pensar—. Podemos ir este fin de semana de compras para que escojas algo que te guste.

—Mi abuelo siempre me dijo que los regalos deben ser una sorpresa escogida con especial cuidado. —Entendí que su abuelo había sido su mundo entero porque Yuri solía recordar sus frases en forma continua—. Y también deben representar los sentimientos que se tienen por la persona a quien se lo das.

Yuri sí que puso difícil el asunto del regalo pues, por más impactado que me sentía a causa de su belleza y su poderosa personalidad, en esos primeros minutos entre los dos todavía no podía conocer cuáles eran mis sentimientos hacia él. Más tarde tuve que pedir ayuda para buscar un regalo adecuado para mi lindo y maléfico hermano.

Averigüé también que había obtenido siempre muy buenas calificaciones, aunque él insistía en decir que la escuela era aburrida y opresora, el lugar donde la imaginación y creatividad del ser humano muere frente a las imposiciones del sistema. Pero debo decirte que Yuri lo dijo muy a su estilo: “la escuela es una verdadera mierda, donde te castran la mente desde que entras y te imponen toda la basura que necesitan que creas”.

Entonces me lo imaginé con aire intelectual, lentes grandes de delgadas monturas, sweater a cuadros, libros sobre el escritorio y ojos enrojecidos de tanto estudiar. Una vez más estuve equivocado, días después aprendí que Yuri entendía cualquier lección en una sola explicación, que era lector de cualquier material que se le ponía en frente, desde cómo hacer un pastel de carne hasta cómo los científicos definían con nuevos términos a la materia oscura del universo. Yuri solo le daba algo de tiempo extra a la práctica de las matemáticas. Esas cualidades lo acompañan que hasta hoy.

Ser un estudiante que sobresalía del promedio le llevó a tener muchos reconocimientos bien merecidos en la escuela donde lo matriculé; pero a la vez le hizo merecedor de amonestaciones debido al continuo enfrentamiento que tuvo con sus maestros por cuestionar sus lecciones y hasta sus métodos de enseñanza. En verdad fue difícil para mí enfrentar al Concejo de docentes cada vez que me convocaban para hablar sobre la conducta de mi hermano.

Yuri también me enseñó que uno de sus principales amores además de su peludo amigo, era el diseño. Sus dibujos de autos deportivos, de pulseras y relojes, de monstruos y de armas, sus minuciosos diseños sobre naves espaciales, sus grandiosas figuras de caballeros y héroes eran impresionantes debido a los detalles y la perfección que imprimía en ellos.

Pero lo que más llamó mi atención fueron los bocetos de prendas de vestir, desde trajes de antiguos guerreros hasta ropa de baño para caballeros, los cuales tenía reservados en una carpeta especial. Cada uno de ellos me hizo comprende que Yuri era un digno hijo de mi padre y ese talento nato sería el motivo principal de mis decisiones futuras.

Otra cosa que me sorprendió fue saber que Yuri, así delgado y menudo como era, jugaba como atacante central del equipo de hockey sobre hielo de una escuela deportiva en Moscú. No lograba imaginar cómo el delicado Yuri podía enfrentar a jugadores que por lo general tenían la contextura y los músculos bastante desarrollados, además de poseer una estatura considerable que los convertía en dignos guerreros que blandían sus palos en pos de la pastilla negra.

—¡Te gusta el hockey! ¡Amaizing! —Estaba tan impresionado que me dejé llevar por un gran arrebato de entusiasmo—. ¡Ese es un deporte duro!

—Sí. Lo escogí porque la federación de menores nos daba todos los implementos y se ocupaba de nuestros gastos, además no tuve de otra porque en mi escuela me exigían practicar un deporte y el hockey me llamó más la atención. —Yuri observaba el paisaje y sostenía con firmeza sobre su regazo la jaula de su gato que, resignado, ya había dejado de maullar—. ¿Aquí también hay escuelas de hockey? Me gustaría inscribirme en una.

—Sí que eres suertudo Yuri, la escuela donde estudiarás tiene su propio equipo de hockey y estoy seguro que el entrenador se sentirá muy satisfecho de tenerte en él. —Era un equipo de chicos que superaban en quince centímetros a mi entusiasta hermanito y tenían veinte kilogramos de más en sus musculosos cuerpos—. ¿Qué tal jugador eres? —Seguía tan sorprendido como al principio.

—¡El mejor! —sostuvo con mucho orgullo en la mirada.

—Estoy seguro que juegas en el equipo mediano. —Ese fue mi perfecto comentario imprudente que puso a Yuri a la defensiva.

—Tan seguro como que tu auto se va a meter en el culo de ese camión si no dejas de mirarme como tarado. —Y ese fue el primer dardo de los muchos que recibiría por parte de mi hermanito.

Enderecé el vehículo, rebasé el camión y seguí conduciendo sin más distracciones por la larga avenida Rasstannyy Proyedz.

La manecilla larga del reloj señalaba hacia el diez y la manecilla corta hacia el uno. El sol de la tarde todavía brillaba con fuerza cuando los dos hijos de Miroslav Nikiforov caminamos entre los pabellones del cementerio buscando de la lápida con el nombre del afamado diseñador.

Yuri llevaba rosas blancas y yo rosas en tono coral las que fuimos acomodando una a una en un delgado jarrón transparente. Era una extraña combinación para dejar en la tumba de un padre; sin embargo, cuando todos los botones estuvieron juntos mostraron armonía en sus tonos combinados.

Durante un buen rato, Yuri se quedó en silencio observando la piedra gris que cubría el espacio designado donde hacía un par de meses depositamos el cuerpo. En ella destacaban en bajo relieve el nombre, las fechas de nacimiento y defunción y una leyenda que decía “siempre te recordaremos”, eso era todo lo que teníamos de ese hombre apuesto y entusiasta que creó maravillosos diseños con las telas y encajes en los que envolvió los sueños de las afortunadas clientes que podían adquirir las piezas.

—¡Maldición!… no debí llamarlo con tanta desesperación. Él fue a Moscú porque le pedí ayuda. —Sus ojos mostraban el brillo de las lágrimas a las que él obligaba a permanecer ocultas, eran las emociones que se escondían por detrás de los párpados azules de Yuri y que revelaban miedo, pena y angustia—. Estaba aterrado porque mi abuelo no estaba ya conmigo y cuando me comunicaron que papá había muerto en un accidente… pensé que no tendría a nadie más.

Sin ánimo a seguir permaneciendo lejano o indiferente me acerqué los pocos pasos que me separaban de él y lo abracé por la espalda sin apretar demasiado su cuerpo. Solo fue un abrazo ligero, lleno de empatía y sinceridad.

—No te culpes Yuri —le dije mientras apoyaba mi mejilla sobre su pequeña oreja—. Las cosas pasan y nada más.

—Gracias Víctor por dejar que me quede contigo un tiempo. —Yuri apretó mi brazo con fuerza y durante un largo rato los dos contemplamos la lápida sin decir nada más—. No te voy a molestar y tampoco lo hará Potya. —Fue el primer momento que sentí que su perfume se unía al mío y entre los dos formaron un nuevo aroma—. El abogado de papá dijo que después tendré que vivir con Lilia Baranovskaya.

Al escucharlo decir eso estreché un poco más el abrazo y sin temor a estar equivocado decidí que, no sería Lilia sino yo, quien pediría la custodia legal y la patria potestad de mi hermano menor.

Recuerdo que, en el preciso instante que tomé esa decisión, una delicada libélula se posó en el ramo que acomodamos dentro del florero del cementerio y al alzar vuelo revoloteó sobre nuestras cabezas. Días después cuando conté la anécdota en la sede de “Nefrit”, Lilia dijo que la libélula representaba el alma de mi padre quien regresó para observar que sus dos amores estaban juntos y en armoniosa sintonía.

Y tenía mucha razón porque antes que Yuri se convirtiera en mi delirio yo tenía la necesidad profunda de protegerlo y evitar que siguiera sintiéndose solo. Era su hermano mayor y mi deber era hacerme cargo de un adolescente que necesitaba apoyo y cuidado.

Hasta hoy me pregunto si el alma de papá pudo ver luego cómo mis sentimientos cobraban otra forma que no fuera el puro amor fraterno. Si fue así, entonces vio con espanto lo que comenzaba a asomar bajo mi saludable músculo cardiaco y en cada poro de mi piel.

Cuando ese primer e ínfimo contacto de nuestros cuerpos terminó Yuri se volvió para mirarme y yo me limité a revolver con la mano sus dorados cabellos hasta que estos volvieron a caer sobre su frente y sus hombros como espigas de trigo. Él se quedó quieto sin decir una palabra, luego me enteré que ese gesto solo se lo permitió a su abuelo Nikolai y que nadie más podía tocarle la cabeza. La segunda persona a quien le permitió tener tal confianza fui yo.

—¿Por qué papá no te dijo nada sobre mí? —No era un reproche el que Yuri acababa de hacer, solo era una justa duda que estoy seguro había rondado en su mente desde hacía un tiempo atrás.

—Yakov dijo que estaba esperando a lanzar la última colección para esta primavera, luego se tomaría un descanso para invitarme a pasar unos días en la Riviera de Francia y te llevaría también para hacer una presentación formal. —Solo le describí la historia tal como me la contó sin la intención de justificar a mi padre—. Papá era así, quería que las cosas siempre tuvieran un momento y lugar adecuados para ser dichas y hechas.

—¿Lo extrañas? —Los ojos de Yuri se posaron sobre los míos transformados en una mirada dulce e inocente.

—Me hacen falta sus consejos. —Sobre todo la llamada de los domingos por la noche, esa sí que me hacía falta—. ¿Y tú?

—Me hubiera gustado conocerlo más. — Yuri agachó la cabeza y comenzó el camino de regreso—. Era un hombre muy alegre. Yo… al inicio lo vi como el enemigo y le hablaba de mala gana, pero él nunca dejó de sonreír cuando me visitaba.

Miré la tumba fría y prometí que me ocuparía de mi hermano. Le dije a papá que tal vez no viviría con él todo el tiempo; pero sí estaría pendiente de cada una de sus necesidades y de sus decisiones hasta que él escogiera una profesión y partiera a estudiar. Se lo juré en silencio y también me alejé.

Cómo podría adivinar en ese momento que un día regresaría al mismo lugar pidiendo perdón por no haber cumplido con esa promesa, por ser la principal causa del llanto de Yuri y por no haber sabido amarlo como un verdadero hermano.

Camino a casa Yuri tuvo que responder a muchas interrogantes. Mi niño interno había desatado su curiosidad y deseaba desmenuzar cada experiencia, pensamiento y sentimiento que formaba parte de la vida de mi hermano menor porque estaba seguro que ese lindo chiquillo tendría muchas cosas interesantes que compartir conmigo.

Y en parte fue así, digo en parte porque el chico se limitó a responder con pocas palabras todas las preguntas que fueron surgiendo esa tarde mientras el viento tiraba a un costado nuestros cabellos y el sol bañaba amoroso nuestro paso por las calles de San Petersburgo.

Solo dejó a un amigo en el colegio, un jovencito japonés apellidado Minami a quien al inicio de su relación hizo bulling y luego terminó estimando y confiándole alguno de sus secretos. El chico conquistó las tardes de Yuri compartiendo con él sus secretos del parkour que llegaron a practicar y dominar entre las calles ruidosas de Moscú. Me dijo que con los demás chicos se llevaba muy mal.

Le gustaba comer piroshky en especial aquellos que preparaba su abuelo. Nunca había tenido un perro porque eran muy ruidosos y enérgicos; prefería la compañía de los gatos que eran silenciosos, cautelosos y discretos. Con el tiempo aprendí que ese amor nacía de la gran similitud entre el carácter de Yuri y el de un gato.

No le gustaba quitarse la ropa de cama los domingos, adoraba los videojuegos con asesinos y zombies. No le gustaba beber licor pues lo poco que tomaba le hacía estragos en el estómago al siguiente día y era muy joven para andar de copas.

Soñaba con sacar su licencia de conducir y le gustaba el rock y algo de electrónica. También me advirtió que no conciliaba el sueño hasta pasada la media noche.

Eso fue todo lo que pude extraer de información esa primera tarde juntos. Con el tiempo fui aprendiendo muchas otras cosas importantes sobre Yuri, como su fobia a los espacios cerrados y su amor por el diseño.

Además, me confesó esa tarde que siendo niño le encantaba patinar sobre hielo, pero que lo había dejado porque tuvo que cuidar de su abuelo y no pudo atender los compromisos de las competencias ya que estos no le permitían estar siempre en Moscú. Fue en ese momento que se dedicó al hockey.

Yuri se convirtió en una gran caja llena de sorpresas, algunas buenas y algunas malas, pero nunca dejó de hacerme abrir los ojos cuando me explicaba los motivos de sus extrañas y a veces duras actitudes.

Confieso que, en esas primeras horas de nuestro encuentro escuché alguna que otra palabra altisonante, pero aún no había tenido la oportunidad de escuchar al verdadero Yuri, aquel que maldecía cada cinco palabras y que no se arrepentía de decir groserías y frases cargadas de rencor.

Yuri.

Me rescató de mi decadente vida de modelo y a la vez me condenó a una existencia frustrante llena de sentimientos y deseos prohibidos que, después de tanto tiempo sin él, todavía siguen aguijoneando mis pensamientos.


Llegamos al edificio donde tenía mi lujoso departamento con vista hacia el monumento a San Isaac en una de las mejores zonas de San Petersburgo y presenté a mi hermano con el señor Zaitsev, el conserje que trabajaba en el turno de día. Subimos en el segundo ascensor hasta el piso diez y entramos a mi departamento, desde ese momento los ojos curiosos de Yuri y de su gato no dejaban de revisar cada rincón y detalle de mi hogar.

Los largos sillones de cuero gris, las mesas de vidrio repartidas por la sala; la kitchenette con lámparas en tono plata que colgaban del techo, el cálido piso de madera oscura pulida y el gran televisor que colgaba en la pared principal. Un retrato mío en blanco y negro ubicado en la pared que separaba la sala de los dormitorios y junto al que se veía la retorcida celosía de donde pendían las ramas enredadas de un ficus.

Los libros en la biblioteca del fondo y a continuación el iluminado bar de caoba, bien equipado y dotado con todo tipo de licores del mundo, entre los que había colocado mi colección limitada de pequeños autos Ferrari.

Los ojos de Yuri lo abarcaron todo en una sola mirada, en silencio observó los detalles, mientras el minino esperaba impaciente dentro de su jaula. Mi lindo Yuri hubiera mantenido ese estado de contemplación quizá por horas si no fuese porque, desde el interior de mi habitación, una dulce voz interrumpió su concentración.

Cuando la dueña de esa vocecilla se hizo presente me arropó una vez más con cariño y apretó mi cuello con sus largos brazos, su negra melena que olía a manzana y sus ojos de pantera me dieron una cálida bienvenida. Luego volteó su mirada hacia Yuri que la observaba con la boca abierta de par en par.

—Preséntame a este apuesto jovencito. —Anya se acercó con la actitud de una niña curiosa y sujetó con un par de dedos el mentón de mi hermano.

—Yuri déjame presentarte a Anya, ella es mi novia que acaba de llegar de África. —Mi hermano no soltaba la jaula de su amigo peludo mientras mi hermosa compañera lo miraba fascinada—. Anya él es Yuri mi hermano menor —dije lo último con orgullo y con inusitada felicidad que no sabía explicar.

—Bienvenido Yuri ¿tuviste un buen viaje? —Ella dejó una ligera caricia en la barbilla de Yuri y bajó los ojos al sentir el maullido del lindo gatito del cuál no pude aprender su nombre sino hasta muchos días después.

—No estuvo mal. —Los ojos de mi hermano parecían devorar la belleza de mi novia. Era tan insistente su mirada que pensé se había enamorado de ella a primera vista.

—Debes estar algo cansado. —A Anya le era difícil controlar su carácter tan extrovertido por eso tomó de la mano a Yuri y lo jaló hacia el interior del pasadizo—. Vamos a tu dormitorio, te ayudaré a acomodarte y luego iremos a almorzar.

Mi hermano se tensó un poco y tras mirarla de pies a cabeza le sonrió con cierta resistencia, creí que mi novia lo había abrumado con su entusiasmo, pero luego supe que él tenía cierta resistencia a ser tocado por las chicas.

Yuri y Anya ingresaron a la habitación que designé para él, era la segunda en tamaño ubicada justo frente a la mía. Mi hermano no dudó en contemplar, con la boca abierta y el rostro cubierto por el asombro, la sencillez y el lujo que convivían en perfecta armonía en ese ambiente del departamento.

Con el hombro apoyado en el umbral me entretuve contemplando a ambos, con el gran deseo de estar haciendo las cosas de forma correcta e intentando adivinar si Yuri se sentía a gusto en mi casa.

Él dejó la jaula en el suelo, se puso de rodillas y con una inmensa sonrisa habló con su gato que, algo huraño, nos miraba de entre las rejillas.

—Mira Potya desde ahora viviremos aquí… es un lugar súper lujoso ¿te gusta? —Abrió la puerta de la jaula y gato solo movió la cola desde el interior.

—¿Quieres ir a almorzar ahora o quieres que pida algo? —Anya miró su reloj comprobando que la hora del almuerzo había pasado hacía mucho rato.

—¿Podrías pedir algo de comer? —Yuri se quitó la remera que llevaba puesta y la arrojó sobre la cama—. Quiero tomar una ducha. ¿Dónde está el baño?

Anya tomó su celular y llamó al servicio de entrega de su restaurante favorito y mientras ella pedía asesoría sobre el menú, yo conduje a Yuri al baño que compartían las dos habitaciones de invitados. Le pedí que me esperase y fui en busca de un par de toallas.

Regresé y abrí la puerta sin ninguna precaución, Yuri aún no había cerrado la puerta de la ducha y estaba desnudo regulando la tibieza del agua. Al verlo tardé en reaccionar lo que dura dos pestañeos y me ruboricé.

Estaba acostumbrado a ver a los modelos desnudos, ya fuera en las sesiones de fotos, la grabación de algún spot comercial o tras los vestidores durante los desfiles; pero no sé por qué motivo al contemplar la piel expuesta de Yuri sentí un ligero espasmo que movió mi interior de extremo a extremo.

Era la primera vez que sin malicia él mostraba la plenitud de su belleza y sentí que mi piel se erizó al ver su dorada figura. Espalda arqueada, trasero empinado, abdomen plano, piernas delgadas y firmes; el perfecto cuerpo de un deportista esbelto.

El cosquilleo ligero que nacía en mi estómago amenazaba con extenderse sin control y al reconocerlo desvié la mirada hacia la pared para evitar que esa sensación excitante echara raíces en mí.

Sabía que era mi libido reaccionando a cada detalle del rostro y la figura de mi hermano; por eso con miedo y firmeza ordené a mi mente evitar esos pensamientos porque ese era el único chico que estaba prohibido para mí.

—Perdón… aquí… están las toallas —dije entre titubeos como si fuera un púber y dejé las prendas en una mesa cercana a la ducha, pero una vez más mis ojos se desviaron hacia su duro culito.

—Gracias. —Él no se perturbó con mi presencia, se paró bajo el agua observándome con el rabillo del ojo y en el instante que cerró la puerta corrediza me pareció ver cierto brillo de picardía en su última mirada. Entonces fui yo quien sintió que debía darse una ducha bien fría y repetí varias veces en mi mente: “él no, Vitya”.

Al salir del baño busqué a Anya en la cocina y la vi acomodando la vajilla sobre los individuales de bambú. Caminé alargando mis pasos y la apreté entre mis brazos.

—Te extrañé mucho —habíamos estado separados dos meses y me hizo falta su presencia sobre todo cuando mi padre falleció.

Ella no podía dejar al equipo de filmación en África, pero me llamaba en forma puntual todas las noches y se quedaba callada escuchando mis quejas, mis penas y mis miedos cuando me enteré sobre la existencia de mi hermano.

—¿Qué hiciste durante mi ausencia? —A pesar que ella jamás lo admitió, yo sabía que siempre estaba pendiente de mí y como me gané la fama de conquistador sabía que tenía cierto temor de mis salidas a fiestas y mis fotos con bellas modelos.

—Además de extrañarte, enterrar a un padre, hacerme cargo de una empresa gigantesca y traer un hermano a casa uuuum… nada. —Reímos y nos besamos con tanta pasión que si el gato no maullaba a nuestros pies la hubiera hecho mía en ese momento.

—Espera a la noche cariño, recuerda que ya no estamos solos. —Arqueó las cejas y con la mirada me indicó que le ayude a poner la mesa.

Cuando terminamos de distribuir los platos y preparar una refrescante limonada apareció Yuri y miró con gusto el pedido, como parecía muy hambriento pusimos los envases del restaurante sobre los platos y devoramos los potajes en un instante.

Después de comer y beber como leones, Anya nos propuso salir para comprar algunas cosas para el gato y prometió que haría una extraordinaria cena.

Acepté de inmediato y Yuri nos miró con indiferencia, tomó una chamarra con capucha estilo animal print y nos siguió en silencio. Al ingresar en el ascensor su acentuado perfume a menta invadió de nuevo mis sentidos y volví a recordar su imagen en la ducha.

De inmediato apreté la mano de Anya y me molesté conmigo mismo por tener pensamientos poco decentes con mi hermano que pusieron mis nervios en punta una vez más. Solo cuando ella me dio un beso pequeño en los labios mi corazón se calmó y me sentí por fin a salvo.

Desde ese momento ella sería mi tabla de salvación pues cada vez que me encontraba a punto de sucumbir en el inmenso océano de mis deseos impuros, buscaba su calor y su perfume y me escondía en ellos intentado contener la creciente ansia que fui experimentado cada vez que estaba cerca de mi hermano.

Pero todavía estaba lejano el día en el que entendí que mi preocupación y mis sentimientos por Yuri se encontraban inyectados con el veneno de la lujuria.

Ese fue un día de gloria para mis sentidos y de condena para mi miserable alma.

Notas de Autor:

Púlkovo –  Aeropuerto de San Petersburgo.

Woofers – Altavoz diseñado para producir sonidos de baja frecuencia. Es una palabra que sale de la onomatopeya inglesa del ladrido de un perro (woof).

Kitchenette – Área de cocina que no está separada del resto de la casa, ideales para dar amplitud a los departamentos.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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