Retorno a Atlantis 4


Un inesperado milagro

Se sentía demasiado mareado y cansado a pesar de haber dormido durante veintidós horas seguidas, tan mareado que le parecía estar en altamar y no en una nave espacial y tan cansado que el corredor hacia la sala de reuniones instalada en el área de babor de la nave Amstrong le pareció tener kilómetros de distancia.

Si Jean Jacques no lo hubiera estado sujetando tal vez nunca habría llegado a su destino; pero ese capitán parlanchín estaba de nuevo allí junto a él ofreciéndole el brazo para que se apoyara.

Ingresó a la enorme habitación y observó con especial cuidado los detalles que la decoraban. Paneles llenos de mandos, cámaras que mostraban su propia imagen desde distintos ángulos, una mesa de grueso vidrio donde se apreciaban mapas estelares, algunas condecoraciones que brillaban en los anaqueles y sillas de un fino material semejante al cuero en color caoba que se repartían alrededor.

Yuri tomó asiento en la silla que se encontraba a la diestra de la cabecera de mesa y Jean fue obligado a salir de la sala. El comandante había sido explícito al ordenar que nadie interrumpiera la entrevista que tendría con el sobreviviente.

Jean salió del salón, pero se quedó en pie esperando al final de amplio pasillo, observando por los grandes ventanales el oscuro panorama del universo y las lejanas luces y nubes de la Galaxia Augusta. En su mente, una idea fija que no salía desde hacía horas, volvía a aguijonear su pensamiento y de pronto se vio sumergido en el recuerdo de los ojos de esmeralda y el gesto reacio del muchacho que había rescatado del Atlantis. Pensó que era imponente y a pesar que todavía se veía muy joven su porte destacaba gracias a la altivez con la que se desenvolvía y a las palabras toscas que solía pronunciar sin mucho reparo.

En la antesala al salón de reuniones el comandante Celestino Cialdini cortaba la última comunicación que había sostenido con los altos mandos castrenses que desde la base de Ganímedes le hacían una severa observación.

“Debes tratarlo con cierto rigor. El muchacho presentó ciertos problemas de conducta en el pasado y su historial dice que el único que podía entender sus exabruptos era su abuelo”.

Cialdini se preparó para lidiar con la arrogancia de un joven que venía del pasado y aunque era experto en tratar con los muchachitos que rozaban los veinte, recordó que los de su época se mostraban más dóciles que los de hacía cien años.

Cuando Cialdini ingresó en la sala ataviado de su uniforme de diario, Yuri intentó pararse para saludarlo, pero él se lo impidió con la mano y con una ligera sonrisa lo invitó a seguir sentado.

—¿Te sientes cómodo en la nave? —Quiso romper el hielo y establecer cierto protocolo entre los dos con una pregunta cualquiera. Cialdini tomó asiento y dejó su quepí sobre la mesa—. ¿Te han tratado bien?

—No tuve tiempo de conocer a otros oficiales, solo hablé con Leroy todo este tiempo. —Yuri no se sentía cómodo porque desde un inicio su plan había fracasado y en ese instante se encontraba dentro de una nave que no era el Atlantis y aún no había cumplido con su encargo. Sus tensos hombros y su gesto de desagrado así lo anunciaban.

—Qué bueno porque desde ahora cualquier conversación que tengas con el resto de tripulantes deberá limitarse solo a lo básico. No queremos que reveles ningún secreto del Atlantis a los demás hombres de esta nave. —Cialdini solo cumplía órdenes superiores y los mandamases del sistema habían determinado que el conocimiento que Yuri tuviera, debía ser tratado con cautela y preservado para aquellos que lo pudieran usar en beneficio del sistema—. Y no olvides que para ti es el capitán Leroy.

Si algo le gustaba a Cialdini era la disciplina estricta que entre otras cosas exigía establecer el trato adecuado entre los rangos y jerarquías. Un civil como era Yuri no podía expresarse de manera tan familiar sobre un oficial a quien había conocido hacía poco.

—No estoy bajo sus órdenes. —Yuri se reclinó sobre el espaldar del asiento y sin dejar de mirar con cierto desprecio al estricto comandante dijo lo primero que se le vino a la mente y sintió en el corazón—. Así que puedo tratar a los hombres de esta nave como se me dé la putísima gana.

—Bien si este es tu juego, lo voy a jugar niño estúpido. —El comandante no iba a dejar que un jovencito retara su autoridad—. Vamos a ir directamente al objetivo de esta conversación. ¿Qué diablos pasó en el Atlantis? ¿Dónde están las personas que viajaban en él? ¿Por qué tú eres el único que quedó en la nave y dónde están los archivos de lo que sucedió en ella?

Durante las horas que Yuri había dormido en la nave oficial, Cialdini y sus especialistas revisaron todo el material que los rescatistas sacaron de la nave y el que enviaron desde ella al Navy Amstrong, pero ninguno mostraba de manera concluyente el motivo por el cual la gente había desaparecido.

—No voy a hablar. —Yuri tenía apoyado el codo en el manubrio del sillón y la barbilla en su mano—. Yo no tengo la maldita información que me está pidiendo porque mi mente está hecha mierda y no recuerdo nada.

—¿Por qué y cómo te salvaste? —Cialdini comenzaba a perder la paciencia y la delgada vena se pronunciaba sobre su frente—. ¡¿Tampoco recuerdas eso?! ¿Acaso tú los mataste?

—No sea estúpido. —Yuri sonrió con hastío y empezó a girar el asiento de un lado a otro—. ¿Por qué mataría a mi propio abuelo y cómo desaparecería a tanta gente yo solo? ¿No buscaron evidencia en los archivos del Atlantis?

—Podrías haberla borrado. —Cialdini no se levantaría de ese asiento sin una respuesta.

—¿Y cómo explica lo que sucedió a sus hombres en la nave? —Yuri cambió su expresión por una de burla—. ¿Yo también hice esa luz que los “mató”? —Yuri levantó los dedos dibujando el aire el símbolo de las comillas.

—¿No están muertos? —Cialdini se acerca amenazante

—No están en este mundo material lleno de comandantes estúpidos y mamalones. —Yuri desafiaba con la mirada al hombre de mirada oscura y peligrosa.

—¡¿Cómo diablos lo sabes?! —El comandante gruñó como los extintos lobos de los Alpes.

—¡Porque lo siento aquí! —Yuri rugió como los desaparecidos tigres de Siberia y señaló el centro de su pecho con los dedos juntos.

—Si quieres seguir burlándote de mí hazlo, pero te juro que te durará muy poco. —El comandante fue el que sonrió al final—. Tengo otros métodos para sacar la verdad y si no son suficientes, en la Tierra tendrás que soltar tu sucia lengua, Plisetsky. Una cosa más, dormirás en la habitación junto a la mía.

—No soy tan pendejo como para aceptar esa propuesta. —Yuri temía sentirse acosado por el comandante, así que propuso algo que le permitiera estar más tranquilo—. Voy a esforzarme por recordar si me deja estar en una habitación privada.

—No hay trato, no voy a dejar que estés a solas. —Cialdini no quería que el muchacho se quede en solitario porque temía que atentara contra su vida o lo que era peor contra la vida de los demás. No confiaba en él ni un poco—. Si colaboras te dejaré dormir en la habitación de Leroy. Parece que ya hicieron algo de amistad.

—Mierda… que me queda. —El desafiante muchachito acepto de mal grado la propuesta, torciendo los ojos y los labios al mismo tiempo.

El comandante Cialdini se puso en pie y caminó con pasos más firmes hasta la puerta que se abrió a un costado con su sola presencia pues el sistema reconocía la energía biométrica de los miembros de la tripulación. Miró una vez más a Yuri y salió riendo.

Yuri sentía una gran opresión en el pecho, pero no dejó que sus nervios dominaran su cuerpo. Cerró los ojos y se alejó del lugar durante un par de minutos imaginando que caminaba por un paraje de suave hierba, aquella que desde hacía mil años atrás no crecía libre en la Tierra.

Su momento de tranquilidad fue interrumpido cuando Jean ingresó al salón para acompañarlo una vez más hasta la habitación que habían designado para que Yuri durmiera en la nave; su propia habitación.

Ingresaron en el estrecho lugar y Yuri observó con curiosidad los objetos personales de Jean repartidos alrededor de las paredes. Algunas medallas obtenidas en los últimos años de servicio y que no pudo dejar en casa de sus padres porque no había regresado a la base militar de Marte en tres años. Un pequeño trofeo que brillaba desde un gabinete empotrado junto a la litera de dos pisos.

Libros, una fotografía de sus padres junto a él y la foto de una chica que sonreía mientras sostenía un ramo de flores blancas delante de su blusa azul de mangas anchas.

—Bienvenido Yuri, esta es mi habitación y me han asignado la misión de acompañarte y apoyarte en lo que desees. —Jean sonreía con honestidad porque sus ojos no mentían y ese fue el signo que permitió a Yuri bajar la guardia y dejar que siguiera hablando—. En ese gabinete tienes ropa limpia y calzados, en ese otro están las toallas y en ese se encuentran los juegos de entretenimiento. Te aconsejo que no estés demasiado tiempo aquí, yo por ejemplo sufro con el encierro y suelo ir al gimnasio, al puente y también al archivo. Además, saco las naves de reconocimiento cada cierto tiempo para dar un paseo de verificación.

Yuri se sentó en la cama inferior de la litera y se balanceó un par de veces de arriba hacia abajo, como probando su resistencia.

—Este… perdón Yuri, pero esa es mi cama. —Jean llevó la mano detrás de la nuca y señaló con el dedo la cama superior—. Tú tendrás que dormir en la que está arriba.

—No, desde ahora ésta es mi cama y si quieres puedes dormir arriba o puedes dormir en el piso. —Yuri no entendía por qué sentía cierta confianza con el capitán Leroy, si esa sonrisa de triunfador lo hacía parecer un hombre altanero—. Si quieres cuidarme como te están obligando deberás hacerlo bien.

—Está bien, quédate con la cama. —Jean lo miró sonriendo y moviendo la cabeza de un lado al otro aseveró—. No suelo discutir con gatitos engreídos.

La mirada de Yuri contenía dos rayos fulminantes que iban a estallar en cualquier momento. Jean solo pasó por delante suyo y tomó su almohada de la cama inferior. Si había algo que Jean detestaba era dormir sobre una almohada que no fuera la que se acomodaba mejor a sus exigencias, su almohada.


Tras la cena que por cierto ambos compartieron en una mesa apartada del resto de los oficiales, Jean invitó a Yuri a ver un encuentro de espadas, que era una de las máximas atracciones que tenían en la unidad de rescate. A los oficiales y soldados les gustaba medir su destreza y habilidades con milenarias espadas, desde las gruesas Excálibur que por lo general portaban los oficiales de alto rango, hasta las delgadas y brillantes Balmung de Slfrido que eran más populares entre los cadetes aspirantes a soldados.

Esa noche sus compañeros acordaron pedir que fuese el capitán Leroy quien hiciera la demostración y él con una gran sonrisa y los brazos elevados a los costados se puso en pie paseando por delante de las tribunas. Dio otra vuelta al cuadrilátero poniendo la mano delante del pabellón del oído derecho y esperando que todos corearan su nombre para aceptar el encuentro.

—¡JJ! ¡JJ! ¡JJ! —Era el grito unánime que acompañado de silbidos y aplausos se escuchaba en las gradas del gran gimnasio.

—¡JJ acepta el reto! —dijo ufano el capitán, el pecho levantado y la frente en alto—. ¡¿Quién se atreve a probar el rigor de mi espada?!

—Yo. —La voz del comandante Celestino Cialdini sonó desde la puerta y de inmediato todos callaron y Jean dejó su postura altiva—. La última vez que luchamos no se pusieron de acuerdo quién era el vencedor.

Al notar los rostros y cierta tensión entre los hombres, Yuri sintió que existía rivalidad entre Cialdini y Leroy. Algo le decía que se ambos se aguantaban, pero que no tenían ninguna confianza el uno en el otro. Un dato muy conveniente para tomarlo en cuenta.

Los dos caminaron al centro del espacio destinado a los encuentros portando sus espadas y con el uniforme deportivo que ya llevaban puesto hicieron una ligera calistenia antes del choque.

Jean poseía una Joyeuce de mango tallado en filigrana, como la que acompañó al personaje de la historia que más admiraba, Carlo Magno. Cialdini poseía una bella katana hecha por maestros de la remota isla de Japón que se negaban a dejar de lado su herencia cultural y tradiciones desde hacía más de un milenio.

Al anuncio del mayor Masumi, otro de los altos mandos que viajaban en el Navy Amstrong; ambos contrincantes se pusieron en guardia y comenzaron a medir la velocidad de sus movimientos y la fuerza de sus espadas.

Los primeros roces fueron ligeros, apropiados para estudiar al contendiente. Pero conforme pasaban los minutos, el choque de las espadas producía un sonido quejumbroso que a Yuri le provocaba una sensación de frío en los dientes.

El muchacho tenía los verdes ojos fijos en los movimientos de Jean, audaces y elegantes. Mientras que Cialdini mostraba rigidez en la espalda y tensión en los brazos. El comandante siempre había luchado así, tan duro como sus pensamientos y su apoyo incondicional al régimen que gobernaba el Sistema.

Los minutos pasaban y Jean mostraba su habilidad bloqueando la katana de Cialdini o moviendo su espada por encima de la cabeza para acomodar mejor sus golpes. El capitán procuraba no herir al comandante, esa era parte de la educación que había recibido en casa y le obligaba a respetar a sus mayores. Su estrategia consistía en cansar los brazos de su rival de turno y botar su espada al suelo con un fuerte golpe de su Joyeuce.

En el siguiente movimiento Jean había logrado vencer la fuerza del comandante y pronto a quebrar el agarre del mango de la katana se concentró en dar el golpe final a la fina hoja curva cuando de pronto el comandante alzó la bella espada que brilló por un segundo en el aire y la movió a un costado de Jean, muy cerca de su hombro. Jean soltó su espada de inmediato y se quedó parado observando con incertidumbre a su superior.

Todos los hombres se pusieron en pie para observar qué había sucedido. Yuri temía lo peor, pues se concentró en ver el cuello y hombro del capitán, pero no observó ninguna herida, cerró los ojos para aclarar la vista y al segundo parpadeo vio cómo la mano de Jean sujetaba el pabellón de su oreja y se llenaba de sangre.

Jean no sentía dolor, solo una ligera picazón en la zona, intentó minimizar el momento con una sonrisa hasta que separó su mano del costado y en lugar del pabellón auricular solo se veía una gran herida oblonga.

Yuri miró el suelo y cuando ubicó el cartilaginoso pabellón de Jean que la katana de Cialdini había cortado de un solo tajo, saltó hacia el ring y lo tomó con la mano. Con el mismo impulso que se lanzó sobre él, se abrió paso entre los compañeros del capitán que se juntaban alrededor de éste y vio que Jean estaba calmado.

—Doctor Giacometti, ¿cuánto tiempo durará la cirugía del capitán Leroy? —Cialdini no se había movido del lugar donde se detuvo junto con su espada.

—Tres horas señor —respondió el mayor Giacometti, el médico de la misión—. Tengo que reponer muchas terminaciones nerviosas.

—Qué bueno. —Cialdini sonrió mientras limpiaba con un paño la sangre de Jean que quedó en el filo de su espada—. Para la próxima vez elija otra katana capitán Leroy, su espada es bella pero muy pesada.

Yuri se aproximó a Jean con la oreja en las manos y éste abrió la palma de su mano izquierda para recibirla, pero el muchacho en un rápido movimiento sujetó la mano que cubría la herida y puso la oreja sobre ella. Cerró los ojos y apretó un poco el pabellón, pronunció en voz baja unas palabras extrañas y luego agradeció.

Jean solo sintió algo de calor sobre la herida y el esperado ardor que lo obligó a morder su labio inferior y apretar el puño sobre la rodilla. Cuando Yuri abrió los ojos retiró su mano con gran lentitud y se sentó en el suelo frente al capitán. Leroy tocó el pabellón de su oreja con mucho cuidado y examinó con las yemas de los dedos la herida comprobando que el pabellón estaba en su lugar, sin cicatrices y sin dolor.

No podía definir el sentimiento que nacía en su corazón. Tal vez incredulidad, quizá agradecimiento, podría ser felicidad y probablemente sorpresa. Por primera vez Jean se quedó sin palabras frente a la poderosa presencia de Yuri, que parecía ocupar todo el espacio del gimnasio con su energía de paz.

Con la boca abierta los hombres de la nave, desde los más altos oficiales —incluido Cialdini— hasta los soldados rasos que habían sido reclutados por primera vez para esa misión, observaban en silencio la inexplicable curación.

El gesto de asombro que llevaban en los rostros el mayor Masumi y su pareja Christophe, era una clara muestra del temor y la duda que surgía en todos ante un hecho que de inmediato la tripulación del Amstrong llamó “el milagro”.

—Tengo frío. —Yuri sintió un váguido y se sentó en el piso.

—Vamos. — Jean reaccionó al instante, tomó su mano y lo condujo a la habitación para que pudiera descansar.

En el camino hacia los dormitorios no hubo palabras, ni gestos, ni risas, ni siquiera las preguntas que Yuri esperaba. Jean estaba sobrecogido y como buen hijo de la armada ocultaba sus sentimientos.

Cuando Yuri se acostó y cerró los ojos, Jean se arrodilló al pie de su cama y pensó en una historia que, siendo niño, su madre le había contado. Una historia que provenía de la tradición de una de las tantas religiones que desaparecieron luego de la gran reforma y el establecimiento del nuevo orden mundial.

Acomodó las cobijas cubriendo bien el hombro de Yuri y sonriendo ante sus propios pensamientos, negó un par de veces con un simple movimiento de cabeza, no podía estar frente a un ser tan sagrado como fantasioso.

Volvió a tocar su oreja, la jaló con cuidado. Con un ligero pellizco revisó la sensibilidad del lóbulo y chaqueó los dedos cerca de la entrada para comprobar si podía escuchar bien.

El pabellón de la oreja del capitán Leroy estaba intacto en su lugar, no así su corazón.

Notas de Autor:

Agradezco que se den tiempo de leer este fic. Les comento que es la primera vez que escribo y siento que es la historia sola la que se desarrolla, quiero ir con calma aunque sé que no será muy larga. Gracias también por vuestros comentarios y los votos.

El siguiente capítulo ya lo subiré la próxima semana.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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