Retorno a Atlantis 3


El ángel sin memoria

Jean Jacques Leroy sabía muy bien qué sentía un viajero tras despertar de un largo sueño dentro de la cabina de hibernación de una nave espacial. El mayor tiempo que él había pasado dormido fueron ochocientos diez días después de hacer el largo viaje hasta las cercanías de la galaxia Circinus.

Imaginó que, si él se había sentido desorientado y aturdido durante varias horas, un hombre que despertase después de cien años mantendría el cuerpo entumecido y los sentidos dormidos por varios días.

Ese fue el motivo por el que decidió apoyar al joven que dormía en la cabina y asistirlo todo el tiempo que fuese necesario. Desconocía cómo se encontraba su estado neuronal y cuál sería la respuesta de su cerebro ante los estímulos después de tanto tiempo.

El contador para la apertura de la cabina mostraba los últimos veinte segundos que restaban y el corazón del capitán latía movido por la emoción de contactar con ese muchacho y por fin saber qué había sucedido en el crucero. Pensó que nada de lo que dijese el joven debía ser una sorpresa porque la misma existencia del Atlantis y las condiciones en las que lo encontraron ya había sido demasiado inusual para él y su equipo.

El contador llegó a cero y el espacio de vacío en el que descansaba el joven se llenó de oxígeno. Durante dos minutos los pulmones del viajero fueron recibiendo el aire a través de una delgada manguera que ingresaba por una de las fosas nasales, cuando el centro de control de la nave comprobó que el hombre respiraba por su propia cuenta los sellos automáticos de la antigua cabina se abrieron y de ella salió el tibio vapor de aroma neutro que indicaba lo exitosa que había sido esa conservación tan prolongada.

Jean esperó que la cabina se abriera por completo y cuando ésta terminó su movimiento de ascenso, el capitán se acercó al cuerpo del muchachito. Observó las arrugas de la piel y esperó unos segundos para los sentidos del muchacho lo pusieran en contacto con la realidad.

El chico se levantó de un salto, pero su cuerpo resbaló en el líquido residual que cubría la cápsula. Intentó abrir los ojos, pero las potentes luces que apuntaban hacia él lo enceguecieron y le obligaron a cubrir la vista con el brazo.

Uno de los representantes del gobierno que también viajó con ellos e insistió en ingresar al crucero se acercó a Yuri y con cierta euforia comenzó a interrogarlo.

—Dime muchacho quien eres, qué cargo ocupabas en la nave y dónde está el resto de la tri… —Tuvo que dejar de lado sus preguntas porque un molesto capitán lo apartó tomándolo con fuerza del brazo y llevándolo al otro extremo del puente de mando.

—El joven está despertando después de mucho tiempo, ¿y usted no tiene la prudencia de esperar que por lo menos se estabilice? —Jean le miró con furia—. ¿Acaso no conoce las reglas que establece el protocolo cuando se despierta a un náufrago espacial?

—Soy el vicecónsul…

—Y yo soy el capitán de esta unidad y nadie ni siquiera usted va a contrariar mi autoridad. —Jean lo miró de pies a cabeza y se interpuso entre él y el joven sobreviviente.

El hombre lo miró aturdido y acomodó el cuello de su uniforme azul para disimular su enojo. Para Jean Jacques los funcionarios adheridos al poder ejecutivo o el legislativo eran unos verdaderos zánganos pues trabajaban muy poco y creían estar por encima de todos los demás debido al cargo que ostentaban.

El sobreviviente comenzó a toser y eso le obligó a aspirar el aire con más fuerza y abrir los ojos para ver dónde se encontraba. Sus párpados se despegaron y enfocó la vista sobre el rostro de un uniformado de cabello negro y gruesas cejas oscuras.

El joven pensó si fue ese hombre el torpe que le hizo tantas preguntas antes que siquiera estuviera vestido para responderlas. Pero de inmediato reconoció la voz del funcionario que reclamaba tener participación en el interrogatorio.

—Este muchacho es un sobreviviente señor Murray, no es un delincuente que deba ser interrogado. —Jean se hartó de la impertinencia del hombre y con un solo movimiento puso sus brazos bajo la espalda y las corvas del chico y lo elevó.

Yuri experimento la elevacion de forma abrupta y eso le obligó a sujetarse de donde pudo. Temeroso y confundido debido a los rápidos movimientos que realizaba Jean y el frío del crucero, el chico sostuvo con fuerza el traje espacial del hombre que lo levantaba y los mechones de su nuca. 

—Hey, tranquilo te voy a llevar a la bañera para que te des un buen baño y te pongas ropa. —Jean protestó un poco por el jalón de cabello, pero nada iba a impedir que disfrutara ese momento tan especial y tener contacto con un muchacho de otra época—. Luego podrás descansar o comer, lo que más te guste. Y no te preocupes por ese bobo del gobierno que no te va a molestar por lo menos hasta que te sientas bien. —Sonrió levantando una ceja y añadió—. Te lo asegura el gran Jean Jacques Leroy.

El joven no le dijo nada y siguió sujeto a él hasta que lo dejó sentado sobre la fría loza de la bañera y abrió la regadera. Fue agradable sentir agua tibia, crema para asear el cuerpo y espuma con aroma a coco sobre la larga y greñuda melena. El joven se tambaleaba de un lado a otro mientras Jean procuraba limpiarle todo el cuerpo y reanimar con enérgicos masajes los músculos endurecidos.

Al final del baño Jean lo cubrió con una gruesa toalla nueva y volvió a cargarlo hasta que lo llevó a una cómoda cama en una tibia y elegante habitación. El joven apartó la mano del capitán cuando pretendía secarle el cabello y muy molesto abrió de par en par sus ojos verdes felinos.

—Yo… lo… hago —le dijo y sus cejas juntas endurecieron su hermosa mirada.

—Estás algo débil —replicó Jean y siguió con su propósito sin que el muchacho pudiera hacer algo pues sentía los brazos pesados y débiles—. Deja que te ayude hoy.

Cuando el muchacho se cambió con un traje oficial y tuvo el cabello seco, se recostó de nuevo. Dijo no tener hambre ni sed, además enfatizó que quería estar solo un rato. Jean no quiso importunarlo más y salió de la habitación para darle su espacio.

Un par de horas después volvió a entrar llevando una bandeja con algo de papilla y agua. El manual del rescatista recomendaba no cargar con alimentos sólidos un estómago que no había recibido comida en un buen tiempo.

Yuri probó muy poca papilla de manzana y sí bebió mucha agua. Luego se acomodó en la cama y se quedó mirando al capitán que terminaba de coordinar con sus hombres la reunión de todo el equipo en el salón principal.

—Hola, ¿cómo estás? Soy el capitán de la unidad de rescate Delta One Jean Jacques Leroy y vinimos a llevar de vuelta al Atlantis hasta la Tierra, puedes decirme capitán o Jean, cualquier modo estará bien. —Jean Jacques se acercó al joven que intentaba acomodar su almohada y le ayudó en la menuda tarea—. Revisamos tu ficha y dice que te llamas Yuri Plisetsky y que cumplías la función de piloto de apoyo con categoría B-2. —Jean leía la información que proyectaba su pulsera bite en la pared—. ¿Estabas vinculado al almirante Nikolai Plisetsky?

—Mi… abuelo. —A Yuri se le dificultaba pronunciar las palabras porque su mandíbula aún estaba dura.

—Yuri podrías decirme qué sucedió con los tripulantes y los pasajeros. —Jean había recibido los últimos informes de sus subordinados justo el momento que Yuri despertaba y, en todos, la respuesta era negativa—. No hemos encontrado a nadie en la nave.

Yuri bajó la mirada hacia los cobertores de su cama y negó en silencio. Buscó dentro de sus recuerdos y no tenía idea qué había pasado con la gente del Atlantis, pero sí sentía una gran necesidad de hacer algo que su mente y su corazón le ordenaban con desesperación.

Dejó la bandeja de comida a un lado y con la mano llamó a Jean para que se acercara junto a él. Cuando el capitán Leroy se sentó a su lado Yuri lo tomó por el cuello de su uniforme militar y acercó su boca a la suya en un claro intento de querer darle un beso.

Jean reaccionó confundido y se puso en pie de inmediato, abochornado llevó la mano derecha por detrás de la nuca y con una ligera sonrisa intentó buscar una explicación a tan extraña situación.

—Oye… Yuri… yo… este… no sé tal vez te has confundido —Su risa delató sus iniciales nervios y luego se dio valor para culminar de hablar—. Muchas personas me ven muy atractivo y hasta galante y no puedo remediar eso, pero ya sabes tú… y yo… somos dos varones y no suelo besar hombres… eh… es decir nunca he besado a un hombre y claro eres muy apuesto, pero no creo que seas mi tipo… en realidad no tengo un tipo… este… no creo que me guste estar con un chico…

—Oye idiota… ¿crees que quiero besarte porque te veo atractivo? —Yuri juntó las cejas y miró con ira a Jean—. Atractivo mi culo —Siguió mirándolo con enojo y le mostró el dedo medio.

—Oye es que tú me jalaste…

—Solo quería darte algo… —Yuri calló y no supo qué era lo que él mismo pretendía hacer besando a ese torpe capitán, pero el potente mandato de su interior seguía impulsando su cuerpo y su voluntad a estampar un fiero beso en los labios de Jean.

Yuri apretó las cobijas con ira hundiendo las uñas en ellas. Miró todos los rincones de la pequeña habitación y reconoció que era la que había usado durante la larga travesía del Atlantis. Pero cuando quiso recordar qué había sucedido con la gente su mente quedó en blanco una vez más.

A punto de aclarar su respuesta Yuri escuchó con gran sorpresa los desesperados gritos de uno de los hombres de la unidad que llamaba al capitán por el canal de comunicación que éste llevaba adherido en una placa que pendía del pecho.

—¡Capitán! ¡Los Crispinoooo! —Jean pensó que los hermanos estaban discutiendo una vez más—. Ellos están cerrados en el rotor central y éste lanza rayos extraños.

En un inicio Jean pensó que Sara había ingresado a un área tan peligrosa para demostrar a su hermano que ella era muy valiente e independiente como usualmente decía ser, pero era muy extraño imaginar que se atrevería a ponerse en peligro y exponer también a Michele. Sin tiempo que perder corrió hasta el lugar para comprobar qué era lo que estaba sucediendo.

Cuando llegó observó que el rotor oscilaba con más velocidad que antes, comprobó que las compuertas y el cascarón de sílice estaban sellados y observó con curiosidad que su mejor amigo y la hermana contemplaban el gigantesco aparato con las miradas perdidas y los pies al límite de la placa que llevaba directamente a los gigantescos aros que daban sincronizadas vueltas unos dentro de otros. Si ellos caían los aros los harían añicos.

—¡Saraaaa! ¡Mikiii! —Jean golpeaba la cubierta de seguridad, pero todo era en vano porque el casco de protección tenía un espesor de tres pulgadas y era irrompible. Ellos nunca lo iban a escuchar.

Jean dio la vuelta para ordenar a sus ingenieros que apresurasen la apertura de las compuertas del rotor para llegar a ellos y rescatarlos. Pero el grito de alarma de uno de los soldados hizo que volteara la vista hacia la pareja de hermanos.

Con estupor Jean observó que ambos estiraron las manos hacia una potente espiral de luz semejante a una lengua de fuego que los envolvió. Lo que siguió fue la muestra de un fenómeno que jamás habrían imaginado ver.

La luz que en principio era de un intenso tono ámbar, se transformó en un chorro de luz blanca, comenzó a engrosar su anchura en todo el diámetro de la zona central de rotor y siguió expandiéndose hasta alcanzar los bordes del aparato.

Cuando la luz sobrepasó los bordes donde Sara y Michele estaban parados, una potente carga luminosa estalló dejando ciegos a todos y de inmediato comenzó a expandirse a lo largo y ancho del casco y de alguna manera comenzó a salir, como llamaradas de una hoguera, fuera del grueso cristal que la había contenido durante tantos minutos.

Alcanzó a uno de los soldados y después que éste lanzó un aterrado grito lo vieron caer de inmediato al suelo sin poder moverse del lugar donde quedó.

Jean y los demás hombres comenzaron a correr sin tiempo para explicar lo que sucedía. Tenían que salir del crucero si no querían que la luz cegadora los envolviera y los matara. En la idea de todos tanto el teniente Michele Crispino como la especialista Sara y el soldado Demushe habían muerto.

En el camino Jean se encontró con un Yuri que no podía caminar bien debido a la debilidad que sentía en las piernas y apoyaba su cuerpo sobre el hombro del funcionario de estado que aprovechó todo ese tiempo para hacerle muchas preguntas que no obtuvieron respuesta.

Sin dudarlo Jean Jacques lo tomó del brazo obligándolo a correr a su mismo ritmo, al igual que al representante del gobierno.

—¡Déjame darte el encargooooo! —De forma extraña Yuri puso mucha  resistencia y no dejaba avanzar al capitán.

—¡Corre chiquillo, esa cosa nos va a matar! —Jean no entendía por qué ese muchachito terco insistía en colgársele del cuello, darle un beso en la boca y retrasaba la huida.

—¡Solo te daré algo y luego me dejas en la naveeee! —Yuri tenía el impulso de seguir esas arbitrarias directivas de su mente y corazón—. ¡Haz lo que te digo carajo!

—¡Maldición Yuri corre por tu vidaaa! —Jean sentía que su paciencia estaba en una zona limítrofe y no entendía qué sucedía al muchacho, pero como no tenía tiempo para averiguar qué le pasaba lo arrastró unos metros.

Yuri era terco y al ser tan alto y atlético como Jean era imposible obligarle a que se moviera. Entonces Jean se detuvo en seco, volteó el cuerpo, se topó con el rostro de Yuri y con un solo golpe dado con la mano abierta sobre el costado derecho del cuello desmayó al muchacho.

El capitán vio cómo la luz avanzaba como una gigantesca mancha de pintura, proyectándose por el pasillo que hacía poco habían dejado atrás, cargó a Yuri en el hombro y siguió corriendo hacia el ascensor junto con el funcionario. Apretó desesperado el botón que llevaba al hangar y ambos se quedaron mirando el techo del aparato, deseando no ver a la luz ingresando por las rendijas sus rendijas.

Nunca le fue tan lento el movimiento de un elevador. Nunca había sentido que un cuerpo sobre su hombro fuese tan liviano —Yuri estaba muy delgado— y jamás había sentido que el corazón le latía a la altura de la garganta dejándole un sabor metálico en la boca.

Jean estaba aterrado.

Él era un recio militar que estaba preparado para enfrentar cualquier situación, incluso la muerte. Bromeaba con sus amigos sobre el tema y siempre decía que cuando le tocase morir él le mostraría una gran sonrisa a “la parca”. Pero se había equivocado, ver a sus dos amigos morir en esa situación extraña en la que parecían estar hipnotizados había sido el detonante para sentirse vulnerable, pequeño y temeroso como un conejo esponjoso.

Jean quería vivir, tenía que vivir y salvar a sus hombres, al rancio y calvo inspector y a ese extraño muchacho que llevaba en el hombro. El único sobreviviente del crucero Atlantis que podría en algún momento explicar qué sucedió con todos los pasajeros, incluso qué le pasó a su abuelo y por qué la luz cegadora de un motor construido por los hombres cien años atrás se había convertido en un arma siniestra que los perseguía como si quisiera capturarlos y devorarlos, como si fuera un enorme depredador.

En el hangar no quedó tiempo para discutir ni para mirar atrás. Los hombres subieron como pudieron a la nave de transporte de tropa y a penas los motores se encendieron ordenaron abrir las puertas de carga del crucero y despegaron a gran velocidad.

Jean manejaba los controles centrales, aceleraba los motores y controlaba el sistema de navegación. Los hombres sintieron la pegada del despegue a toda capacidad pues sus cuerpos se hundieron en los sillones y los músculos de sus rostros se movieron como si de gelatina se tratara. 

La nave hizo un pequeño salto en el espacio y se alejó a tiempo del Atlantis, justo en el preciso momento que la brillante energía luminosa desbordaba por todos sus ángulos del crucero y la vibración de los rotores central, de popa, babor y estribor habían alcanzado la estridencia máxima.

Minutos después del despegue, Jean acomodó a Yuri dentro de una cápsula de recuperación. Y con calma retornó a la cabina de control donde se quedó pasmado observando el espectáculo de luces y rayos que envolvían el Atlantis.

Parecía la aurora boreal que había visto de niño con sus padres en el extremo norte del planeta Tierra y en la época donde el poco hielo que se formaba en los polos era un gran espectáculo para los habitantes del planeta que lo apreciaban a través de sus cascos conectados a una gran red de transmisión.

Cuando lograron estabilizar la nave de exploración, Jean se acomodó en su sillón del piloto e inició una conversación con el comandante de la nave, a modo de informe preliminar sobre la misión.

—¿Qué carajos pasó exactamente con tus hombres Leroy? —Cialdini mostraba su rostro duro en la pantalla de comunicación.

—La energía eléctrica y potentes rayos luminosos los mataron, señor. —Jean se puso a pensar en sus propias palabras pues hasta ese momento todo había sucedido tan rápido que no había sentido en verdad la pérdida de sus amigos queridos.

—¿Qué produjo el desbalance energético en el crucero? —El comandante miró a los demás tripulantes de la nave auxiliar y ellos se miraron unos a otros sin poder responder.

—Fue de un momento a otro… el casco de cristal se cerró cuando Sara ingresó a ver la luz que se refractaba y… ellos solo se quedaron mirándola como hipnotizados y… —Connor se quedó sin palabras porque de no ser porque el casco se cerró, él también hubiera ingresado a ver el brillante fenómeno que parecía llamarlo—. No sé cómo decirlo… era hermoso y aterrador.

Foreman elevó los hombros porque fue el último en correr tras sus compañeros por los pasillos de la nave ante los gritos y la orden de su capitán para abandonarla. No vio nada.

—Yo estaba conversando con el sobreviviente cuando Demushe me llamó para ayudar a los Crispino. —Jean agachó la cabeza sintiéndose mal. Cada vez que no tenía una respuesta asertiva para un problema él cargaba con una gran culpa—. Lo siento, señor fue tan rápido que no puede evaluar… al ver que Demushe quedó tirado en el suelo y envuelto en rayos pensé que el sistema eléctrico se había descompensado y luego nos empezó a seguir y a expandirse por las paredes y el suelo y no pude entender a qué nos enfrentábamos. —El capitán levantó la mirada y conmovido manifestó en voz baja—. Solo pensé que debíamos huir y…

—Hiciste bien Leroy… salvaste a tus demás hombres y al funcionario. —Cialdini no quiso que Jean se sintiera más responsable por lo sucedido—. ¿Qué te dijo el sobreviviente?

—Parece que aún está desorientado y no recuerda nada. —Intentaba explicar por qué no contaban con la información sobre los pasajeros de la nave, aunque suponía que ya no era necesario especular.

—Pues va a tener que hablar tarde o temprano. —Cialdini tenía el deber de informar todas las incidencias de las misiones al comando central y a un equipo especial de observadores del planeta Venus que luego rendirían un informe detallado a los oligarcas que vivían en él.

—En veinte horas estaremos llegando al Amstrong comandante. —Jean no deseaba discutir con su superior y cambió el tema.

Cialdini notó su intención, pero pensó que ya tendrían tiempo de sobra para saber qué fue lo que sucedió cuando escuchase la versión del sobreviviente del Atlantis. Tras cortar la comunicación el comandante sujetó un cigarro electrónico y sintió con cada aspirada que sus músculos se relajaban.

En la nave de transporte Jean observaba que sus hombres estaban muy callados y luego se quedó mirando los lugares vacíos, el sillón de su copiloto y el sillón que usaba la especialista. También observó el pequeño espacio donde Demush revisaba la lectura del posicionamiento de la nave y también decía esos chistes malos que jamás aprendió a contarlos.

No había tenido tiempo de pensar en ellos desde hacía una hora atrás y cuando sopesó los hechos se le apretó la garganta por lo que tuvo que disimular su gesto cubriéndose la cabeza con el capuchón aislante que usaban para dormir.

Una gruesa lágrima cayó a lo largo de su mejilla precediendo a otras dos que él apresuró a secar con la palma de la mano. Jean recién tomó conciencia que había perdido a dos personas a las que quiso mucho, como si fueran sus hermanos y que en verdad dejó atrás a un hombre que no sabía bien si seguía vivo o si en verdad cayó fulminado por ese rayo.

Cerró los ojos y recordó sus rostros, justo el momento que entraban con él al Atlantis y ese se convirtió en el momento que Jean no pudo retener más su llanto.

Sus hombres no dijeron nada, solo siguieron mirando los paneles de la nave para buscar información del vuelo. El funcionario apoyó la cabeza en el espaldar del sillón y se quedó dormido y Yuri no despertó durante la travesía de la pequeña nave que parecía una veloz flecha lanzada en dirección a un gigante de acero que la esperaba paciente en medio de la oscuridad del espacio.

Notas de autor:

Gracias por el apoyo a este nuevo trabajo.

Jean y Yuri tuvieron un contacto inicial bastante acelerado, confuso y rodeado de peligro. El misterio que rodea al crucero exigirá más de una explicación y esperemos que Yuri tenga las respuestas.

Mañana hago la última actualización diaria y después la haré cada semana. Nos leemos luego.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

Un comentario en “Retorno a Atlantis 3

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