Tercer interludio


>2009<

Yuuri apretó el boleto contra su pecho cuando notó que la fila por fin comenzaba a avanzar. Estaba ahí desde las cinco de la mañana. En ese momento, el reloj de su celular marcaban poco después de las siete de la tarde. Solo dos horas más lo separaban del concierto que había esperado ansioso durante varios años. Era imposible que alguien pudiera borrar la sonrisa enorme que había sobre sus labios, ese brillo ansioso de quien está a punto de cumplir un gran sueño. Solo era su timidez innata la que no le permitía compartir con el grupo de amigos que estaba formado detrás suyo, quienes habían comenzado a vitorear cuando las puertas del estadio fueron abiertas y después corearon “******” con todo el aire y la fuerza de sus pulmones. Pero Yuuri de todas formas reía y festejaba con ellos a su modo, en silencio, sonriendo sin control, sintiendo el corazón a punto de desfallecerle de la felicidad.

Apenas el boleto fue entregado a la persona de seguridad y verificado con el código correcto, Yuuri corrió como el resto hacia la zona de pista, donde se encontraba ya un enorme escenario montado. Estaría en primera fila. El ir solo a ese concierto y su menuda altura le permitió escabullirse con más facilidad entre los grupos grandes de amigos y familiares que también acudían. En tan solo instantes logró encontrar un pequeño espacio que lo mantendría pegado contra las vallas de seguridad. No le importaba morir aplastado si, a cambio de eso, podía ver a On Ice, y sobre todo a Víctor Nikiforov, tan cerca, con tanto detalle. Sería feliz. Disfrutaría como nunca ese momento.

Las ansias iban en aumento conforme la hora cumbre avanzaba. A las 8:10 de la noche, el grupo telonero hizo su aparición estelar para precalentar el ambiente. Yuuri los conocía solo porque había investigado sobre ellos al saber que le abrirían a On Ice en esa gira. Se había aprendido sus canciones, aunque no eran del todo su gusto. Pero eso no importó, Yuuri observó emocionado aquella pequeña presentación como si fuera por ella que estaba ahí. Incluso, en más de una ocasión se vio tarareando sus canciones y moviendo la cabeza al ritmo de su música.

A las 8:43, el grupo dio por finalizada su aparición y fueron despedidos con millones de aplausos que, más que aclamarlos a ellos, celebraban el hecho de que solo algunos minutos separaban a On Ice de aparecer en escena. Yuuri sintió eterno ese tiempo de espera, incluso más que las quince horas que tuvo que pasar fuera del estadio para llegar a ese momento. Su corazón vibraba en son del canto que el resto del público entonaba con más fuerza conforme los minutos pasaban sin alguna novedad. A las 9:05 comenzaron los chiflidos y gritos que exigían la aparición de On Ice. A las 9:13, todas las luces se apagaron de golpe: el vibrar de una guitarra resonó en los huesos de todos los presentes y los gritos, entonces, estallaron con mayor fuerza y potencia. “On Ice, On Ice” se volvió el nuevo cántico, uno que comenzó a cimbrar el suelo y las filas de asientos del estadio.

Yuuri se aferró con ansias a las vallas cuando un reflector apuntó al fondo del escenario y justo ahí, frente a sus ojos, la majestuosa figura de Nikiforov emergió de las sombras. Su puño en alto, celebrando los gritos de ovación que su sola presencia lograba arrancar al estadio entero. Yuuri gritó también, por primera vez en toda la noche, y brincó sin poderlo evitar: la emoción era tan contagiosa y durante años enteros había alucinado tanto con ese momento, que todavía no lo creía real; pero ahí estaba Víctor, tan cerca suyo, a tan poco para que sus dedos pudieran comprobar su existencia.

Víctor dio unos pasos hasta acercarse al filo del escenario, a unos cuantos metros de donde Yuuri se encontraba. Por supuesto, desde su perspectiva, Víctor solo observaba una masa amorfa y oscura de personas que se movían como marea, de un lado a otro, empujándose contra las vallas sin importar quien quedara en medio. Eso muchas veces le causaba gracia y por ello siempre pretendía acercarse lo más posible a su público, para observar mejor cómo las personas debajo suyo se apretaban para intentar alcanzarlo. Como si eso fuera posible.

Los dedos de Víctor se deslizaron una vez más sobre las cuerdas de su guitarra, dejando tras de sí vibraciones que marcaron la forma como las luces detrás suyo se movieron para envolverlo. Una segunda vez, una tercera, hasta que todo se convulsionó en una melodía rítmica que se calló al primer golpe de la batería. Todas las luces, entonces, explotaron de una vez, junto al preludio de “Madness”, la canción privilegiada en abrir esa gira de We make history.

Para Yuuri, cada segundo de ese concierto fue como un sueño hecho realidad, sin importar todas las veces que terminó con las vallas encajadas en su abdomen, o las veces que se sintió incapaz de respirar por el tumulto de personas que lo aplastaban. Cada moretón de después, cada instante sin aliento, cada vez que fue bañado con cerveza y otros líquidos extraños, valió por completo la pena. Tocaron todas sus canciones favoritas, fue capaz de disfrutar esos arreglos nuevos y exclusivos que prepararon para algunas de ellas, apreció el espectáculo por completo: el juego de luces; la pequeña lluvia de falsos y espumosos copos de nieve que pudo captar con sus manos; el hombre que se deslizó por el escenario en patines, emulando una pequeña rutina al tono de “History Makers”.

Yuuri terminó eufórico, despeinado, con el corazón tan desgastado de tanto latir, sobre todo cuando en medio de “Irresistible”, donde Víctor solía quitarse la camisa y arrojarla al público, luchó contra las personas cercanas a él para lograr hacerse con ella. Un recuerdo que sería insuperable. La abrazó contra sí el resto del concierto, sintiendo la humedad de Víctor transpirar contra su propia ropa y disfrutando de ese aroma perpetuo en ella.

De todas formas, el fin del concierto no implicaba el fin de la noche de sus sueños, sino que faltaba todavía la mejor parte: Yuuri tenía en su bolsillo un pase para el Meet & Greet que comenzaría una hora después en los camerinos, una vez On Ice tomara un pequeño descanso. Le debía la vida a Georgi después de que le diera algo así.

Yuuri esperó justo detrás del escenario. No era el único que tenía un pase como ese, pero sí uno de los únicos veinte privilegiados que podrían conocer frente a frente a todo On Ice. Hacía fila con los otros, a unos cuantos metros de los camerinos. La sola idea de poder estrechar la mano de Víctor y tomarse una foto con él era sin duda la parte que más emoción le había brindado sobre ese día. Porque sí, el concierto había sido fantástico, pero nada se compararía con el privilegio de entablar unas cuantas palabras con su ídolo.

La excitación era latente en el aire, merodeando en una ligera vibración que a cada tanto estallaba en chispas. Yuuri todavía podía sentir su corazón casi latiendo fuera de su pecho y cerraba los ojos cada tanto, no solo para intentar calmarlo, sino para rememorar en su cabeza todas las veces que Víctor pasó tan cerca de él; todas en las que Mila miró a su dirección y le guiñó un ojo; todas las ocasiones que JJ se hincó frente suyo y dejó que su guitarra muriera en sus brazos… Y como Plisetsky, más de alguna vez, se acercó a Otabek y le arrebató una baqueta para que pudiera golpear la batería junto con él.

En algún punto de su espera, su celular vibró en el bolsillo de su pantalón. Había olvidado que Minako le pidió que le avisara una vez el concierto llegara a su fin y estuviera en espera de pasar al Meet & Greet. Al sacarlo, con la sola intención de mandar un mensaje, observó todas las llamadas perdidas que tenía de ella y que, supo al instante, no eran a causa de no haberse comunicado aún. Aquello le produjo un mal presentimiento que le revolvió el estómago. 

El celular comenzó a sonar en sus manos. Cuantas ganas tuvo de no responder, de fingir que no había sido capaz de notar aquellas llamadas a tiempo; sin embargo, su conciencia siempre era más poderosa y cruel que sus deseos: siempre lo forzaba a responder bajo el “Qué tal si ocurre hoy y tú no estás presente”, junto a ese aguijón de culpa que no podría soportar si lo rompía.

—¿Cómo está? —Yuuri respondió a la llamada y sintió esas palabras secas en su boca, con un sabor tan agrio que fue difícil para él tragarlas. 

—Yuuri, lo siento tanto…

Y el aguijón se clavó con violencia dentro suyo. Toda la euforia, la excitación del mejor día de su vida se disiparon de golpe y lo dejaron solo, pálido, con las lágrimas amenazando por hacerlo derrumbar.

—Ella… ¿Ella? —Sintió un nudo encajándosele con violencia en la garganta. ¿Por qué ese día? ¿Por qué en ese momento?

—No… aún… pero… Sabes que no te llamaría hoy si no fuera… Sé que todavía tienes el Meet, pero, Yuuri…

Yuuri se mordió tanto el labio que logró hacerlo sangrar un poco. Las lágrimas habían ganado la batalla.

—Voy para allá.

En el exterior del estadio todavía se encontraban muchas personas aglomeradas en pequeños grupos, algunas solos conversando entre sí, otras haciendo fila para comprar souvenirs oficiales o esperando a que el tráfico de salida disminuyera un poco. Yuuri vio a una chica cualquiera, la primera que apareció al filo de su mirada. Se acercó a ella y, sin mediar palabra, le regaló su pase, justo antes de que tuviera que correr hacia el estacionamiento cuando las lágrimas comenzaron a escurrir de sus ojos.

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