Tabú 2


Lo último que hice antes de dejar Moscú fue visitar al abuelo por última vez…

“Abuelo he venido a despedirme, iré a vivir a San Petersburgo con mi hermano, un hombre al que solo conozco por las fotografías que salen en las revistas de moda y los murales. Mi pecho se comprime al pensar qué va a pasar conmigo. El viejo Feltsman me ha dicho que todo irá bien y que mi padre aseguró mi futuro; pero también dijo que mi hermano tomará las decisiones finales respecto al destino de la empresa y los bienes de Miroslav.

“He dejado en orden todas las cosas en la casa. Tu ropa y tus revistas las he donado a un hogar de caridad y es que tú ya no necesitas de esas cosas; pero esos ancianos sí. Solo me quedé con tu boina negra, esa que es tu favorita y que te regalaron en el ejército cuando eras joven.

“Potya se viene conmigo, no me interesa si al otro hijo de mi padre le gustan los gatos o no. Qué sería de él sin mí, yo jamás lo dejaré solo. Nunca voy a abandonarlo porque duele demasiado perder a alguien a quien amas y yo sé que Potya me ama y sé muy bien que él sabe que yo lo amo, aunque a veces me mire con indiferencia. Yo no lo dejaré jamás para que no se sienta perdido y abandonado.

“Abuelo… ¿por qué te fuiste? No sabes cuánta falta me haces, extraño tus palabras y también tu silencio. Quisiera volverte a ver sentado en tu viejo sillón leyendo las noticias del diario y comentando los partidos de fútbol que tanto te gustaban. Yo era un estúpido que muchas veces no prestaba atención a tus comentarios y ahora cambiaría mi vida entera por verte una vez más y sentir el fuerte abrazo con el que me hacías entender que podía seguir adelante.

“Abuelo mira mis manos… estoy temblando. Voy a vivir con un hombre que no sabe nada de mí, tal vez solo me permita estar a su lado un tiempo y luego me deje, como me dejó mamá, como me dejó Miroslav Nikiforov, como me dejaste tú… perdón, perdóname abuelo… no te estoy culpando, es que me siento muy solo y tengo mucho, mucho miedo.

“Te traje estos crisantemos, la señora que los vendía dijo que duran más en los floreros. No sé cuándo pueda regresar a este cementerio, sé que no estás en esa tumba, mi corazón me dice que tu espíritu esta en las estrellas y que desde allí me escuchas; pero quiero pensar que venir a este lugar es como venir a visitarte, aunque no te vea.

“Abuelo, tengo que irme ya, mi avión parte en tres horas y todavía debo recoger mi maleta y a Potya. Bendíceme abuelo donde quiera que estés, ayúdame a encontrar un lugar, un motivo especial para dejar de sentirme tan hueco y tan abandonado.

“Te amo abuelo… hasta pronto”

 


Cuando mi abuelo falleció yo me encontraba en el hospital preparándome para los exámenes de la escuela, había estudiado mucho durante esos días en los que me quedaba a acompañarlo y me encontraba rendido. Esa noche mi abuelo notó mi cansancio y me pidió que regresara a casa y, aunque no quería dejarlo solo, tuve que aceptar su propuesta porque un pequeño peludito hambriento me esperaba sobre su cojín favorito.

Al momento de despedirme de él noté que se quejó de un fuerte dolor en el estómago, así que salí a prisa al corredor del hospital llamando a la enfermera que, para variar, no atendía el timbre. Al encontrarla le pedí que le revisara porque no podía respirar.

La mujer ingresó mostrando un gesto cargado de fastidio y al ver a mi abuelo le tomó el pulso con tal naturalidad que parecía no escuchar sus quejidos. Tras esperar el resultado de la máquina que medía la presión y observarlo por unos minutos, la mujer decidió llamar al médico que atendía en el turno de la noche.

Me sacaron de la habitación y me quedé sentado en la banca frente a la puerta observando al detalle los movimientos de médicos y enfermeras que durante varios minutos entraron y salieron apurados y con los rostros largos caminando impulsados como por cuerdas invisibles. Tenía ganas de saber qué sucedía con mi abuelo, me sentía confundido y temeroso por la situación; pero ellos no prestaron atención a mis preguntas y sólo me miraron con su maldito aire de suficiencia ignorándome todo el tiempo.

Cuando los doctores salieron de la habitación de mi abuelo caminaron muy callados con los rostros serios y mirando casi con desagrado todo lo que estaba a su alrededor. Me acerqué a ellos y a pesar que les rogué para que me dijeran qué había pasado, los tres hombres me miraron con indiferencia y uno de ellos me dijo que la doctora encargada del caso me explicaría la situación. Los vi alejarse en silencio, envueltos en sus batas blancas, observando con atención sus celulares y caminando despreocupados por el largo y silencioso pasillo del hospital.

La última en salir fue la doctora Belova, ella ensayó un falso gesto de pena y me informó que mi abuelo había fallecido, dijo que ellos habían hecho todo lo que pudieron; pero que el avanzado estado de su cáncer provocó un paro cardiaco que él no pudo soportar.

Al ver que aún estaba vestido con el uniforme del colegio me preguntó si tenía otros parientes mayores que pudieran encargarse de los trámites del sepelio y aseguró que yo no podía hacerlo porque no tenía la edad suficiente. Negué en silencio mientras mi pecho se comprimía y mis ojos buscaban al paciente de la cama veintitrés.

Casi sin sentir mis pies ingresé al cuarto donde las enfermeras retiraban los aparatos a los que había estado conectado mi abuelo durante sus últimas semanas de vida. Caminé sin hacer ruido y me quedé observando su fuerte perfil y su cabello cano desordenado. Las enfermeras permitieron que me quede junto a él por un buen tiempo, así que tomé su mano aún tibia y la llevé hacia mi mejilla intentado imaginar qué me diría él en ese momento para que no me quebrase.

Pero mi alma se hizo añicos y mis lágrimas quemaron tanto mis ojos que me vi obligado a cerrarlos y dejar que corrieran cargadas del dolor intenso que sentía en el pecho al ver a mi abuelo muerto. Me inundaba la rabia de saber que no pude hacer nada por él y la angustia de sentirme solo en este maldito mundo.

Lloré hasta que un enfermero me apartó de él y me obligó a tomar un par de pastillas blancas diciéndome que me harían sentir mejor. Y funcionaron porque de inmediato sentí que mis músculos se adormecían y dejé de llorar, aunque por dentro seguí hundido en el mismo hoyo oscuro.

Los siguientes minutos me hallaba tan sumergido en la nada que no sabía a quién llamar, los parientes de mi abuelito se habían ido a vivir muy lejos o solo se desentendieron de él. Así que lo único que se me ocurrió fue llamar a mi padre Miroslav y decirle lo que había ocurrido. Cuando él contestó mi llamada me puse a llorar como un niño pequeño, con mis labios adormecidos por las píldoras hablaba casi sin sentido, me sentía completamente aterrado y por eso le pedí que viniera al hospital lo más pronto posible.

No esperaba que la tormenta de nieve en el norte fuera tan intensa como para paralizar aeropuertos. Por eso mi padre tomó su auto y me llamó una vez más para decirme que llegaría a la ciudad como a las nueve o diez de la mañana.

Nunca llegó.

Esperé en el hospital, llamé varias veces a su celular y no contestó.

En un inicio estaba muy molesto con su tardanza, pero luego al escuchar las noticias sobre la gran tormenta de nieve pensé que se quedó varado en el camino.

Tuve que encargarme de hacer algunos trámites en la oficina de asistencia social del hospital. Una mujer mayor de cabello muy corto y ojos saltones me ayudó para que la morgue retuviera el cuerpo de mi abuelo hasta que alguno de sus parientes a los que llamé o mi padre llegaran a Moscú y pudieran encargarse del resto del papeleo.

Volví a casa para dar de comer a mi gato, él parecía sentir que el abuelo ya no estaba porque comió muy poco y caminaba como si estuviera reptando. Llamé al asesor de aula de mi colegio y le expliqué mi problema. Él y el director se hicieron presentes en el hospital asegurando que si nadie se presentaba ellos avalarían el retiro del cuerpo de mi abuelo. Me acompañaron esa mañana y me llevaron a almorzar, recuerdo que casi me obligaron a comer.

Tres días después de la muerte de mi abuelo un abogado de San Petersburgo se presentó en el hospital y me dijo que mi padre no podría llegar porque había sufrido un accidente en la carretera.

—Tienes que ser fuerte porque… Miroslav no sobrevivió. —Su voz punzó mi corazón una vez más y por la forma cómo estaban hinchados sus párpados noté que el hombre también había llorado por mi padre.

Recuerdo que dejé de sentir el piso y me aferré con todas mis fuerzas al mueble de recepción del hospital para no desvanecerme. El abogado se acercó y apretó mi hombro con su gran mano hasta que pude respirar bien. Ese mismo abogado me llevó a casa y me dijo que alistase ropa limpia de mi abuelo para enterrarlo, se despidió con el rostro muy serio y se ocupó de los papeles y permisos para llevar el cuerpo al salón velatorio.

Después no me dejó solo ni un instante.

El día del entierro solo asistimos ocho personas, el abogado encargado de los trámites, dos vecinos con los que solía conversar mi abuelo todas las mañanas cuando salía a caminar. Una prima hermana suya que llegó junto con su hija, ellas eran dos viejas arpías que lo único que hicieron fue preguntar si mi abuelo había dejado algo para ellas antes de morir. También estuvo presente el asistente social del hospital, mi asesor de aula y yo.

Una semana después de la muerte de mi abuelo rendí los exámenes que me faltaban y salí de la escuela. Algo aturdido caminé durante toda la tarde y parte de la noche sin rumbo fijo. Mis pasos me llevaron por las plazas y calles de Moscú hasta que sin darme cuenta estuve de vuelta en casa.

En la puerta me esperaba una trabajadora social, era una joven alta de largos cabellos negros y gruesos lentes que cubrían sus ojos oscuros. Había egresado recién de la universidad y dijo que me acompañaría por unas semanas hasta que la Oficina de Familia decidiera cuál sería mi destino.

Después de cenar conmigo ella regresó a casa y me quedé en la absoluta soledad, pensé que la orfandad era como estar suspendido en la nada y morir de tristeza sin poder siquiera volver a llorar. Tanto sería mi pesar que hasta Potya se restregó varias veces sobre mi pierna y maulló triste intentando consolarme, pero su maullido y sus ronroneos no evitaron que me hundiera en la pena.

Esa noche no pude dormir, temía que las autoridades dijeran que debería ir a una casa de menores huérfanos o a un hogar de reemplazo. Sabía que esos sitios eran horrendos porque muchas veces vi noticias sobre menores abusados en esos lugares y sabía también que no dejarían que lleve a mi gato.

Días después mis preocupaciones disminuyeron cuando el abogado de mi padre me visitó para informarme que Miroslav había dispuesto mi estabilidad económica mediante un testamento y que las semanas que estuvo en San Petersburgo él conversó con mi hermano para que yo pudiera vivir con él por un tiempo, pero me advirtió que mi estadía en la casa de Víctor sería pasajera, solo estaría en ella hasta que supiéramos quién sería mi tutor. También me dijo que ya tenía la persona indicada para ese rol, su ex mujer que trabajaba en la empresa de mi padre, Lilia Baranovskaya.

No objeté ninguna de sus palabras y sugerencias pues en ese momento no tenía de dónde más elegir.  Tendría que ir a vivir con un hermano a quien no conocía y que seguramente era muy excéntrico y mimado por ser un modelo de fama internacional.

Feltsman me dijo que fue el mismo Víctor quien tuvo la iniciativa de darme cobijo en su casa y apoyarme en todo lo que pudiera. Me encogí de hombros y me pregunté qué tan malo sería vivir con un tipo triunfador y famoso.

No me quedé en Moscú hasta la culminación del año escolar, adelanté los exámenes finales y las presentaciones de mis trabajos. El día que dejé la escuela solo me despedí de Minami, un chico japonés a quien hice la vida imposible desde que llegó a mi aula, pero que en forma extraña se convirtió en mi amigo, tal vez mi único amigo en el colegio. También me despedí de mis profesores y volví a casa a alistar mi equipaje.

Después de llevar las flores a la tumba de mi abuelo y despedirme de él,llegué a casa para recoger mis maletas y a mi gato, tenía una extraña sensación de vacío en el corazón y la nostalgia se apoderó de mí hasta el punto de sentir que me era muy difícil respirar, quería llorar a gritos y ya no tenía más lágrimas.

Esos fueron mis últimos minutos en la vieja casa del centro de Moscú que fue mi hogar desde que podía recordar. El hogar donde crecí y aprendí muchas cosas, el lugar donde mi abuelo y yo habíamos vivido tantas anécdotas graciosas y tristes.

Desde el momento que cerré la puerta se quedó vacío, sin mi música y sin los libros de mi abuelo, sin mis travesuras y sin sus sermones cada vez que llegaba tarde, sin mis refrescos enlatados y sin sus piroshky de diferentes sabores. Bajé a prisa los escalones diciendo adiós a todo y tomé un taxi donde acomodé las dos maletas llenas de ropa y recuerdos; durante el viaje al aeropuerto observé por última vez las calles y los lugares donde solíamos caminar con mi abuelo Nikolai y sucumbí ante la tristeza.

Nadie fue a despedirme al Sheremetievo, tampoco esperaba que alguien fuera a recibirme al Púlkovo, así que todo el tiempo consulté en el celular qué taxi debería tomar para llegar al edificio donde vivía mi hermano. Revisé varias veces el mapa de la zona para no perderme y traté de calmar a Potya que muy molesto lanzaba sonoros miaus desde su kennel, él estaba más estresado que yo.

Como aún tenía mucho tiempo antes de abordar la nave, decidí dar un pequeño paseo por la sala de embarque y en la parte exterior me entretuve frente a un puesto de revistas viendo los diarios y álbumes de cromos. De pronto vi el retrato mi hermano Víctor en la portada de una publicación de moda francesa y me pareció que le habían hecho una entrevista, de inmediato saqué mi billetera y compré la revista y volví a observar su retrato con más detenimiento.

Con la revista entre las manos me senté en los incomodos asientos de la sala de embarque esperando ver el número de mi vuelo en la pantalla, acomodé la jaula de Potya a mis pies y comencé a pasar las hojas de brillante papel. Volví a observar con más detenimiento la portada de la revista, me detuve a ver los detalles de su rostro y su cabello que relucía como un pedazo de luna.

Él vestía un pantalón y una camisa casuales en tono crudo, descansaba los brazos en el espaldar de una silla y miraba hacia un lado con cierta indiferencia. En la parte del medio encontré el artículo sobre Víctor y como no entendí ni una sola palabra de francés, me limité a mirar las fotos que le habían tomado.

Desde que conocí a mi padre había visto las fotos de Víctor, pero nunca les presté mucha atención. Esa mañana me detuve a contemplar a mi hermano y recién tomé consciencia que él era un hombre bastante apuesto, se veía muy seguro de sí mismo, poseedor de una sonrisa perfecta y la mirada más seductora que hubiera visto en mi vida. Sus músculos bien marcados me hacían sentir que estaba observando a un guerrero o a un bogatyr, solo le hacía falta un buen Akhal Teke en el cual montar.

Las fotografías lo mostraban exhibiendo diferentes prendas de vestir, desde un elegante smoking hasta unas bermudas amplias y cómodas. Víctor sabía transmitir con perfección el mensaje de la fotografía y en algunas de ellas parecía un príncipe; en otras, un hombre de negocios con aire de misterio y en otras se mostraba como un joven intelectual.

Lo observé con tanto detenimiento que en ese corto tiempo me aprendí de memoria algunos de sus gestos y los ángulos de su masculino rostro petrino enmarcado en esa larga melena plateada, sus ojos azules resaltaban como joyas tras las enormes y blanquecinas pestañas. Un perfecto hombre que haría sentir intimidado a cualquiera con su gran belleza y su mirada cautivadora.

«Viviré con este tonto modelo de figurín», me dije y de inmediato me pregunté quién le dio esos rasgos tan hermosos.

El rostro de mi padre vino a mis recuerdos, su mentón cuadrado, su sonrisa formando un verdadero corazón y la amplitud de su frente eran similares a los de mi hermano y aunque los ojos de Víctor no eran tan oscuros como los de papá, lucían igual de profundos.

Desvié la mirada por unos segundos hacia una vitrina que mostraba mi reflejo y me pregunté por qué yo no me parecía a ellos.

Como Víctor era un hombre muy famoso y su imagen destacaba en numerosas portadas de revistas, en canales especializados de moda y también en reportajes de televisión; imaginé que su casa estaría llena de chicas en bikinis diminutos y rodeada por acosadores paparazzi que no lo dejarían en paz. De inmediato pensé que cambiaría mi tranquila vida en la silenciosa y antigua casa del abuelo en Moscú por una llena de gente loca y narcisista.

«Solo será por un corto tiempo», me dije y procuré darme ánimo para seguir adelante.

Me puse a pensar que todo sería tan nuevo para mí. Una nueva casa, una nueva cama, un nuevo horario, nueva escuela y seguro nuevos idiotas con los que compartir las clases. Nuevos vecinos con costumbres extrañas, nuevos profesores a los que tendría que soportar.

Y aunque imaginaba la vida loca y desorganizada de un modelo, llena de mujeres bonitas, alcohol, sustancias toxicas, noches desenfrenadas, viajes continuos, compras compulsivas, bebidas dietéticas en la nevera, fiestas interminables y caudales inmensos de lujuria; sabía que tendría nuevas reglas que acatar.

Mientras llenaba mi estómago con algunos snacks grasientos, no podía dejar de ver la revista y pensar cómo sería el hombre, el hermano y el modelo. Para mí estaba algo pasado de moda, sentía que a su edad ya estaba jugando sus descuentos; pero era innegable que se veía muy bien en esos trajes.

Cuando anunciaron mi vuelo esperé que todos los demás pasajeros se aproximaran para el abordaje y caminé con toda la calma que pude para presentar mis documentos y los de Potya. Tras revisar los papeles, una sonriente azafata me atendió con esmero y caminé por un largo paso hasta llegar a la puerta del avión.

Un joven delgado, de piel blanca, cabello castaño y ojos color miel me dio la bienvenida al vuelo y señaló la ubicación de mi asiento, me sonrió con picardía y aunque me pareció muy guapo yo fruncí en entrecejo, estaba acostumbrado a hacerlo como un mecanismo de defensa para que nadie supiera que en verdad me gustaba mirar a los chicos.

Al llegar a mi asiento una chica llena de tatuajes se puso de nuevo en pie para darme espacio, luego miró a Potya y se dedicó a decirle frases tontas. Si hubiera sabido que mi gato odia esa actitud tanto como yo, tal vez se hubiera mantenido callada. Y como no estaba dispuesto a soportar esa actitud boba, me puse los auriculares y subí el volumen de la música. Al verme ella hizo un gesto de desagrado y se quedó callada.

Fueron los minutos más largos que pasé en mi vida, ni siquiera los acontecimientos futuros me hacían sentir tanta ansiedad, quería llegar a mi destino pronto para no soportar más las miradas de la chica tonta con la que viajaba y a la vez no quería descender del avión.

Solo pensar que debía ir a vivir con personas desconocida a las que tal vez no llegaría a agradar, me hacía sentir continuos vacíos en el estómago y eso me irritaba más, así que subí aún más el volumen de la música y cerré los ojos para poder escucharla mejor. El avión alzó vuelo y calculé que en algo más de una hora estaría aterrizando en Peterburg.

Desperté de golpe en el momento que las ruedas del avión tocaron el asfalto de la pista de aterrizaje. Había estado dormitando un poco y me sentía algo cansado pues la noche anterior di vueltas en mi cama durante muchas horas.

De un brinco estuve en pie y esperé que los ancianos, mujeres y niños salieran primero, luego miré a todos los bobos que no se movían de sus asientos y eso me hizo sentir un idiota más, así que tomé la jaula de Potya y decidí salir de una vez caminando sin prisa hacia mi nuevo destino.

Calculé que serían como trescientos pasos hasta la sala de llegada, esperé que mis maletas aparecieran en la faja transportadora, cuando las ubiqué llamé a un joven que hacía el servicio de traslado en un cochecito especial y me dirigí hacia la salida.

Potya lloraba llamando la atención de todo el mundo y yo solo deseaba llegar al departamento del modelo y dormir hasta el día siguiente, miré en uno de los tantos relojes del aeropuerto que habían pasado unos minutos después del mediodía de esa mañana veraniega llena de sol.

Un hombre obeso y barbado se ofreció a ayudarme con las maletas y conseguir un taxi seguro, así que lo seguí llevando el ritmo de su paso ligero y mirando a la gente que volteaba hacia mí gracias al escándalo que hacía mi asustado gato Puma Tiger Scorpio, Potya para abreviar.

Caminaba con algo de prisa cuando escuché que alguien gritaba mi nombre.

“Yuuuuuri”

No me detuve de inmediato porque pensé que no era el único Yuri que caminaba por el largo pasillo de salida de la terminal, pero la voz cantarina de un hombre volvió a llamar.

“Yuuuuuri”

Ese segundo llamado sí que atrajo mi atención; sin embargo, no dejé de seguir al hombre que llevaba mis maletas en el coche de aluminio. Además, quería salir a prisa para que los “miaus” de Potya no retumbaran en todas las salas del aeropuerto. Dudaba si en verdad ese Yuri al que llamaban era yo hasta que tuve la confirmación.

“Yuuuuri Nikiforov”.

Paré en seco al oír mi nombre completo y ordené al hombre de las maletas que esperara un momento, di la vuelta y en medio de las personas que caminaban a prisa lo vi por primera vez. Víctor era quien me llamaba de lejos y en el momento que di la vuelta para verlo bien se encontraba a unos setenta u ochenta pasos de mí.

Lo observé con detenimiento y pude apreciar que el hombre más atractivo que vieron mis ojos se movía como si estuviera caminando sobre una pasarela. Iba vestido con unos jeans oscuros, zapatos de fino cuero y camisa de mezclilla en tono celeste pastel que, abierta hasta la mitad de su pecho, mostraba el inicio de sus perfectos pectorales.

Cuando lo vi en persona me pareció mucho más joven de lo que se veía en las fotos de las revistas, cerca de sus treinta conservaba el fresco aire de sus veintiuno. Sus claros ojos azules, su mirada curiosa y sus finos labios entreabiertos dibujaban una tímida sonrisa y le proporcionaban un toque infantil a su pálido rostro. Sin duda, Víctor destacaba de entre todos los hombres que caminaban a prisa por la terminal.

Su larga melena plateada sujeta en una cola alta bailaba al ritmo de sus pasos y se movía como la suave crin de un hermoso corcel, los marcados ángulos de su rostro le daban un aire muy masculino, su porte atlético y su seductora apariencia de triunfador conquistaba de inmediato a quien lo viera.

En el preciso momento que lo vi, sentí un enorme torbellino dentro de mi estómago que me obligó a contemplarlo con cierto embeleso como nunca lo había hecho con ninguno de los hombres por los que me sentí atraído en el pasado; pero con Víctor fue distinto porque solo bastó ese minuto en el que se acercó a mí para que, desde el fondo de mis entrañas, supiera que sería el adolescente más afortunado de Rusia por vivir con un hermano tan atractivo y sensual. Menuda delicia que verían mis ojos todos los días que me quedase en su departamento.

Fueron sesenta segundos reveladores en los que comprendí que Víctor se convertiría en el ser más importante de mi vida, en el tutor que guiaría mis pasos, en el hermano que me protegería del mundo, en el amigo que compartiría conmigo muchas risas y tal vez algunas lágrimas.

Pero estando tan ansioso por conocerlo en persona no pude reconocer que dentro de mi loco corazón había nacido un sentimiento que en pocas semanas transformaría a mi hermano en el objeto de mis deseos, en el dueño de mis impulsos y en el amante a quien anhelaría tener todo el tiempo dentro de mi cuerpo.

Llevado por ese extraño sentimiento que todavía no lograba descifrar por completo, creí reconocer la felicidad en sus expresiones. Sin embargo, recordé que nunca tuvimos la alegría de crecer juntos, de querernos como hermanos, de cuidarnos, de pelearnos por entrar al baño, de compartir un videojuego, de vivir bajo un mismo techo o de llorar juntos a nuestro padre muerto.

¿Qué sabía yo de Víctor Nikiforov?

Nada y él tampoco tenía idea de cómo era yo.

¿Qué esperaba de él?

Unos segundos antes de verlo solo esperaba que me acogiera por un tiempo en su casa y llegáramos a comprendernos un poco, pero desde ese primer minuto interminable en el que descubrí su maravillosa aura de belleza y poder, comencé a esperarlo todo.

Un todo que era casi un imposible, pero que yo en mi terquedad intenté poseer, inventando miradas seductoras, perfumando mi piel con aromas frutales que le provocaran las ganas de morderla, convirtiéndome en un sensual duendecillo, provocando una caricia, propiciando el momento perfecto para un beso, acariciándome frente a él mientras movía mi cuerpo al compás de la música y confesándole, sin ningún temor, la verdad de mi piel y de mi corazón.

Víctor se acercó a mí con la mano extendida y yo endurecí la mirada para disimular la inmensa fascinación que me provocaba su presencia.

Aclaré mi voz y en tono firme le dije sin temor—. Víctor… no pensé que vendrías a recogerme.

Y él me respondió con cariño—. Yuri… que feliz me siento de conocerte.

Víctor sujetó mi mano y pude sentir por primera vez el calor de su piel, se acercó un poco más y sentí su perfume cítrico volar por el aire, su pequeña sonrisa se abrió por completo y sus ojos empequeñecieron llenos de alegría.

¡Ah Víctor! Cuántas veces insistió en negarse ante el pecado… fueron las mismas veces en las que yo insistí en hacerlo caer.

Pero ese instante en que lo conocí el pecado todavía tenía una forma embrionaria y poco definida, solo era un impulso que nacía sin nombre a la luz de mi mirada que apetecía y al resplandor de la suya que me cubría por completo con su calor.

Notas de autor: Quería agradecer la acogida de la historia y las palabras con las que la recibieron de nuevo.

Quería aclarar también que el nombre de la empresa, Nefrit, por el que cambié el de Jade, significa lo mismo, solo que alguien me hizo notar que si ésta era una marca debía ir en idioma ruso y no en español. Así que Jade es Nefrit en ruso. Gracias Mariv por preguntar y espero que el cambio no sea un problema.

Durante estas semanas no habrá sorpresas salvo para las nuevas lectoras que pasen a revisar Tabú, pero de todas maneras espero vuestras opiniones.

Y para aclarar algunas palabritas que están en cursiva aquí va el listado con el que me despido y les agradezco una vez más. Hasta el martes.

Términos

Kennel: jaula transportadora para animales domésticos.

Bogatyr: denominación de los caballeros rusos.

Akhal Teke: caballo de origen ruso.

Petrino: referido a San Pedro o en este caso a San Petersburgo.

Piroshky: empanadas rellenas rusas.

Peterburg: forma abreviada cómo los rusos se refieren a San Petersburgo.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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