Los ojos del diamante: Capítulo 3


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Yuuri Katsuki ingresó al mundo de la música hace casi dieciséis años con un grupo japonés que era la sensación del momento y que tuvieron una fama que incluso llegó a abarcar al competitivo mercado internacional, compitiendo con las grandes y famosas agrupaciones de Corea del Sur.

Sin embargo, con el pasar de los años, su grupo y él fueron «Envejeciendo», y los fans se enfocaron en nuevos grupos, con nuevos y jóvenes cantantes, con nueva música.

Fue entonces que su grupo se disolvió rápidamente antes de la caída inminente, y él, al no saber nada más que solo cantar, bailar y tocar la guitarra, se hizo solista y aunque no lo creyó fácil, por fortuna le fue muy bien e incluso aprendió a tocar más instrumentos y mejoró en muchos aspectos tanto escénicos como vocales.

Aún le va muy bien, y eso es algo que debe agradecer enormemente a todos los dioses del universo y a todos sus fans que estuvieron con él en las buenas y en las malas, incluso cuando enfrentó una depresión terrible justo después de la disolución de su banda y aumentó considerablemente de peso, incluso entonces muchos de sus fans le dieron bellas palabras de aliento.

Actualmente Yuuri tiene treintaitrés años. Se casó hace dos años y tiene una hija de un año llamada Mari, como su hermana. Aunque él quería ponerle Hiroko, igual que su gentil y siempre amable madre, pero a su esposa no le gustaba la idea para nada, ya que «Hiroko» es notablemente un nombre japonés.

Hace apenas tres meses se ha divorciado y su esposa se ha llevado a la pequeña Mari a su tierra natal, Rusia, aludiendo que el clima mayormente templado de Japón no les hace bien ni a ella ni a la pequeña.

Yuuri intentó por todos los medios detener el divorcio en aquel momento, intentó convencer a su esposa de que sí la amaba, que no había sido su intención engañarla con un muchacho cualquiera de largos cabellos claros que estaba algo ebrio y que se encontró en un bar cuyo nombre ni recuerda. Intentó jurarle que sería de ahora en adelante el mejor esposo de todo el universo, pero nada funcionó.

Su esposa jamás había estado muy contenta con vivir en Japón o con la familia japonesa de Yuuri, ella tenía algo así como un profundo hastío a las tradiciones familiares japonesas consideradas respetables pero también un poco antiguas.

En Rusia ella tenía toda la libertad del mundo, y mudarse a Japón, tener que vivir con la familia de Yuuri, obedecer siempre a sus suegros y servirles en todo momento estando siempre a su disposición, adoptar el apellido de Yuuri, dejar de trabajar, y no poder expresar su opinión abiertamente sin el consentimiento de Yuuri o de sus suegros fue un choque cultural que nunca terminó de agradarle.

Y es que con esas tradiciones familiares fue criada la madre de Yuuri, por lo tanto su padre y ella esperaban el mismo comportamiento de su rusa nuera.

Pero la esposa de Yuuri era una mujer independiente y segura de sí misma, dulce y encantadora, pero no por eso dejaba de tener la dignidad que en su cultura le habían enseñado.

Yuuri la entendía por completo, y de hecho nunca le importó que sus padres tuvieran numerosas quejas acerca de su esposa o de la forma en la que iba a criar a la pequeña Mari.

Lo único que le importaba a Yuuri era que ella era rusa, que tenía un hermoso y largo cabello dorado claro, y ojos azules. Eso era lo único que le importaba tener siempre a su lado.

Despertar cada día con la vista de su esposa durmiendo junto a él era lo que le hacía «Defenderla» a diario de toda acusación de sus padres.

Pero ya se han divorciado, así que no hay más que hacer.

Y la razón de su divorcio es justamente aquel al que ahora observa en aquella gran pantalla de la calle.

Los transeúntes pasan, todos y cada uno metidos en sus propias vidas, con sus propios problemas, con sus propias pesadillas, con sus propios pecados.

Yuuri también tiene los suyos.

Pecados que le atormentan desde hace casi tres años. Pecados que tienen un nombre y un apellido.

Victor Nikiforov es su pecado.

La última vez que Yuuri visitó éste país fue para promocionar el último de sus conciertos en una de sus giras internacionales como solista, entonces, y sin proponérselo, conoció a un ángel.

Su rostro dulce era bellísimo.

Sus cabellos de hilos de plata y luna lo hacían destacar donde sea, y parecían hacerlo intocable.

Y luego estaban sus ojos.

Esos ojos tan bonitos.

Esos ojos de cielo que ante él se hacían de tierno amor y brillaban justo como los diamantes.

Pero eso no era lo mejor de su Vitya, lo mejor en todo ese ángel precioso era su sonrisa.

Esa sonrisa que estaba hecha de inocencia y candidez.

Vitya sonreía para todos como si estuviera enamorado del mundo, de cada cosa en el, de cada pequeño detalle a su alrededor.

Yuuri destruyó esa sonrisa y lo sabe.

Cuando se conocieron, hace cuatro años aproximadamente, Vitya estaba muy feliz de poder ver a un cantante internacionalmente reconocido, y es que Victor en ese entonces aún no debutaba y tan solo empezaba a pulir sus canciones y a practicar, estaba en medio de lo que Yuuri llamaba «Entrenamiento», y que la compañía discográfica de Vitya llamaba «Pulir asperezas».

Yuuri se había sentido inmediatamente atraído por aquel hermoso muchacho de piel de leche, cabellos de luna, ojos de cielo despejado, y sonrisa de amor.

No.

Espera un segundo.

Decir que se sentía atraído es una vil mentira.

La verdad era que se enamoró completamente de él en cuanto lo vio, y no necesitó un segundo vistazo, lo amó desde que sus ojos chocaron con los de Vitya.

Pero Vitya tenía dieciséis años en ese entonces, era alguien demasiado joven, y dado que también iba a lanzarse al mundo de la música, Yuuri evitaba cualquier contacto que no sea meramente profesional con él.

Sin embargo no dudó ni un segundo en quedarse durante sus vacaciones allí, junto a Victor.

Al final, los rumores iniciaron demasiado pronto.

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«El afamado músico, compositor y actor japonés Yuuri Katsuki parece haber encontrado en el extranjero aquello que durante  muchos años la prensa intentó encontrarle».

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Inmediatamente después de esa noticia que afortunadamente no llegó a salir de Japón, sus padres le llamaron.

Su padre estaba muy molesto al ver que en la foto del periódico claramente Yuuri estaba caminando junto a un chico, tomándolo por la cintura.

La identidad de su acompañante fue un misterio, pero Yuuri no volvió a aceptar salir con Vitya en público nunca más.

Sin embargo, la necesidad latente de verlo, de tocarlo y de besarlo… le era completamente asfixiante.

Necesitaba estar con Vitya, lo necesitaba más que a la vida misma.

Así que en un momento dado, Victor decidió disfrazarse.

Y Yuuri se lo agradeció enormemente.

Entonces ya nadie hablaba mucho, incluso sus padres se alegraron de que ahora apareciera con una misteriosa jovencita de largos cabellos negros y vestidos bonitos.

El disfrazar a Vitya se hizo una costumbre, una costumbre que destruyó todo lo que tenían.

Yuuri necesitaba regresar a Japón.

Vitya iba a hacer su debut.

Los padres de Yuuri querían que dejara de deshonrar a la misteriosa jovencita y formalizara de una buena vez su relación con ella.

Y Yuuri terminaba siempre indeciso y confundido.

Amaba a Victor, lo necesitaba a su lado en todo momento, pero su familia era primero.

Entonces un día lo llevó a su última cita y queriendo despedirse de él buscó toda oportunidad para hablarle claramente sobre lo que tenían, sobre el hecho de que él lo amaba pero no tanto como para enfrentarse a su recatada y muy tradicional familia japonesa.

Vitya no le dio tiempo de hablar.

No le dio ninguna oportunidad, no le dio ningún motivo.

Aquel día, y como siempre, Victor se había arreglado preciosamente para él con la ayuda de la que hasta ahora es su bajista, Mila.

Se puso un vestido nuevo, se puso los tacones negros que a Yuuri le encantaban porque a Vitya le quedaban preciosos, e incluso se hizo un peinado diferente en la peluca negra.

Victor estuvo sonriendo todo el día para él porque lo amaba muchísimo.

Le contó que iban a debutar muy, muy pronto, que su compañía discográfica ya les había dado una fecha y ahora debían ir a grabar oficialmente sus canciones, las dos que tenían, y que luego iba a estar muy, muy ocupado.

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«Pero no tanto como para dejar de llamarte cada vez que pueda, mi Yuuri».

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Le dijo Victor, dándole un beso en la mejilla, aferrándose a su brazo mientras paseaban por las calles.

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«Espera, Victor… tengo que decirte algo».

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Le dijo Yuuri, mientras Vitya lo miraba confundido, ya que nunca, o casi nunca, lo llamaba «Victor».

Entonces Vitya se le adelantó, y sus preciosos ojos tristes lo miraron fijamente.

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«Entiendo, estarás muy ocupado, lo sé. Por favor perdóname Yuuri. A veces olvido que no eres todo mío y que tienes todo un mundo allá en Japón. Pero entonces… estaré esperando a que me llames. No tienes que hacerlo todos los días, solo cuando tengas tiempo. No quisiera causarte problemas con nadie… perdón Yuuri, solo… no me llames así, ¿Sí? Dime Vitya, por favor…».

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Yuuri no pudo responderle, tan solo asintió y siguió caminando con Victor a su lado.

Lo amaba demasiado.

Pero el amor no bastaba, y eso dolía.

Dolía terriblemente.

Dolía porque el amor lo era todo para Yuuri, pero no le era suficiente.

Y Vitya no se daba cuenta de nada.

En su tierna inocencia adolescente él encontraba seguridad en sus brazos y mucho cariño y respeto en sus labios.

Victor ni siquiera sospechaba que Yuuri moría de confusión y de odio hacia sí mismo por la decisión que ya había tomado, aquella decisión que le hacía dejarlo para siempre e irse a Japón.

Fue así que lo llevó a aquel hotel.

Lo forzó y lo tomó por primera vez a pesar del temor y de la negativa de Vitya. A pesar de su llanto y sus lágrimas que no cesaban por nada, a pesar de sus gritos ahogados en la almohada, y a pesar de las gotas de sangre que mancharon las sábanas.

¡Estaba desesperado!

¡No pueden culparlo!

¡Nadie puede!

Yuuri no iba a volver a ver a su hermoso amor. No iba a poder ver sus sonrisas. No iba a poder ver sus hermosos ojos que brillaban con más intensidad solo cuando lo veían a él. No iba a poder estar ahí, a su lado, cuando le diera alguno de esos venenosos y malditos ataques de ansiedad.

¡No podía estar junto a él!

¡Maldición!

¡Ése era el problema!

Y sin embargo no podía sacárselo de la cabeza.

Entonces realmente Yuuri rezó como nunca antes había rezado.

Le suplicó a todos los dioses habidos y por haber que por favor, por favor… POR FAVOR… hicieran que Vitya se hiciera mujer.

Pero no importó cuánto suplicó, Vitya no se hizo mujer.

Vitya siguió llorando recostado sobre la cama, desnudo, adolorido, dejando que él le acariciara los plateados cabellos desparramados sobre la blanca almohada.

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«Es una tragedia, mi amor».

«Nuestra vida es una tragedia».

«Es una verdadera tragedia que no seas mujer».

«Si tan solo yo pudiera hacer que nacieras de nuevo».

«He pensado en todo lo que me has dado, y he llegado a la conclusión de que tú eres perfecto, pero no para mí».

«Siempre quiero estar a tu lado, siempre quiero besarte, Vitya».

«Tú eres un príncipe perfecto, encantador, dulce, hermoso y bondadoso… pero yo necesito una princesa… ¿Lo entiendes? Lo entiendes, ¿Verdad?».

«Sabes que yo nunca miento, mi amor. Lo sabes, así que sabes que te amo».

«No llores, Vitya, no llores por favor. La noche es hermosa, no llores. Además… hay un cielo hermoso que se pone frente a tus ojos, un cielo que es tu carrera como cantante, y eso apenas comienza… y yo no me atrevo a destruir eso, lo entiendes, ¿Verdad?».

«Aún te amo Vitya. Siempre lo haré. Siempre voy a amarte. Eternamente».

«Y quizá… quizá alguna vez, mi amor. Tú y yo… quizá en nuestra próxima vida».

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Victor se durmió sollozando y completamente roto mientras escuchaba todos sus rezos y todas sus plegarias. Plegarias que salían confusas y egoístas de sus labios.

Cuando Vitya estaba ya completamente dormido, Yuuri tomó su ropa, se vistió y se dispuso a irse antes de que despertara, no sin antes dejarle algún recuerdo lindo que le hiciera saber que sí lo había amado de verdad.

Entonces Yuuri escribió sobre el espejo que estaba empotrado en la pared de la pulcra habitación de aquel hotel.

Escribió lo primero que se le vino a la mente con aquello que tenía más a la mano, un labial de tono rojo suave que Vitya llevaba como parte de su disfraz.

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«Mi dulce príncipe».

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Decía en el espejo en el que Vitya se reflejaba completamente dormido.

Sí, eso es lo que Vitya era para Yuuri. Su dulce y hermoso príncipe de ojos de diamante, cabello de luna y piel más dulce que la vainilla.

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«Eso eres para mí, mi amor».

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Le  susurró Yuuri mientras salía de la habitación para irse a Japón y no volver jamás.

La sorpresa llegó cuando al buscar el debut de Vitya en internet no lo encontró con alguna de las dos canciones que le había visto y escuchado practicar, sino que tenía esa otra canción, la actual dos veces ganadora del primer lugar en ventas, «Mon doux prince».

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Hay un brillo en mis ojos.

El brillo que se refleja solo en ti.

Pero ahora estoy llorando.

¿Por qué estoy llorando?

No llores mi amor, no llores.

Hay un cielo hermoso ante ti, no llores.

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Es una tragedia.

Enamorarte de quien no debías.

Es una típica tragedia.

Es una tragedia que no lleves labial y tacones.

Que uses solo camisas y pantalones.

Que él te lleve de la mano y al pasar alguien se aparte de tu lado.

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Es una verdadera tragedia que seas perfecto.

Pero no perfecto para él.

Porque él quiere una princesa.

Y tú solo eres el príncipe que llora por no usar tacones.

Por solo usar camisas y pantalones.

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Si tan solo pudiera nacer de nuevo.

Mon doux prince.

Sería lo que tú quisieras.

Sería un asesino.

Sería un mentiroso.

Oh sí, diría mentiras por ti, solo por ti.

¿Entiendes eso?

Parce que vous êtes l’unique, mon doux prince.

.

Él piensa en todo lo que le he dado.

Y llega a la conclusión de que soy perfecto.

Pero no para él.

Siempre quiere estar a mi lado.

Siempre quiere besarme.

Pero no en la calle, no frente a alguien.

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Hay un brillo en mis ojos.        

El brillo que se refleja solo en ti.

Pero ahora estoy llorando.

¿Por qué estoy llorando?

No llores mi amor, no llores.

Hay un cielo hermoso ante ti, no llores.

.

Al conocerte nunca pensé que me harías llorar.

Nunca pensé que yo te haría lo mismo.

Nunca pensé que me romperías en mil pedazos.

Nunca pensé que te romperías a ti mismo.

.

Si tan solo pudiera nacer de nuevo.

Mon doux prince.

Sería lo que tú quisieras.

Sería un asesino.

Sería un mentiroso.

Oh sí, diría mentiras por ti, solo por ti.

¿Entiendes eso?

Parce que vous êtes l’unique, mon doux prince.

Y recuerda siempre esto, mi amor.

Yo nunca miento.

Entonces quizá algún día.

Entonces… quizá en otra vida.

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No fue una.

Ni fueron dos.

Fueron todas.

Todas las canciones de Vitya narraban su historia, su trágica, torpe y cruel historia de amor.

¿Debía sentirse feliz?

¿Debía sentirse halagado?

No importaba cómo es que debía sentirse, la verdad era que cada canción le rompía en mil pedazos el corazón.

Le rompía el alma ver a Vitya cantar, le rompía en mil pedazos ver sus conciertos o sus MV, le rompía por completo.

Y no, no dolía, ¡Le quemaba! ¡Lo lastimaba desde muy adentro!

Había roto a Victor, y se había roto a sí mismo en el trayecto.

Pero ahora había vuelto dispuesto a lo que no tuvo el valor de hacer hace años. Dispuesto a recuperar a Vitya, casarse con él, llevarlo a Japón y presentarlo formalmente ante sus padres como el amor de su vida.

Lo único que necesitaba ahora era que Victor lo perdonara y lo aceptara nuevamente.

No iba a ser sencillo, Yuuri lo sabía mejor que nadie. Pero aunque le costara mil vidas o toda su carrera artística, aún así estaba más que dispuesto a intentarlo hasta el final de sus días.

¿Por qué?

Porque lo amaba.

Y estaba dispuesto a caminar por el infierno con tal de volver a tenerlo.

—Mi dulce príncipe… —susurra Yuuri al viento.

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«He vuelto».

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Publicado por ArikelDT

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