Los ojos del diamante: Capítulo 2


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«Enamorarse es la cosa más dulce, la cosa más bella».
«Es un proceso».
«Y como todos los procesos, tiene fases e incluso transformaciones».
«Enamorarse es el proceso más perfecto que solo tiene un riesgo».
«Y es que lo peor de amar a alguien…».
«Es dejar de amarse a uno mismo en el trayecto».

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JJ se ha ido a seguir promocionando por tres semanas su álbum. Viajará por varias ciudades, tocará sus canciones, y luego volverá a casa.

Hasta entonces, Victor está solo.

Sus compañeros de su propia banda no cuentan, y es que Chris, Masumi o mejor conocido como «El novio de Chris», Georgi, Otabek y Mila están muy ocupados en sus propios asuntos ahora que están de «Vacaciones».

Y desde hace seis días Victor ha estado mirando la nada. Ya ni siquiera recuerda cuándo fue la última vez que comió algo pero su estómago le dice que seguramente fue hace mucho.

Su mánager, Yakov, ha estado comunicándose con él para saber cómo está o si necesita algo, pero no ha ido a visitarlo pues según dice, está arreglando un par de presentaciones para él y su banda.

Le ha contado que ha recibido ofertas para participar como personaje secundario en una serie televisiva y así quizá iniciar una carrera en la actuación, y eso es algo que a Victor no solo no le convence, sino que definitivamente no cree que pueda hacerlo bien.

Está cayendo y lo sabe, lo que no sabe es cómo dejar de caer.

Se ha sentado en toda clase de sitios alrededor de su departamento intentando buscar de alguna manera llenar una simple hoja en blanco con alguna palabra o frase que pueda servirle de guía para escribir una canción, pero NADA funciona.

Por si eso no fuera poco también ha estado saliendo por las noches a un club, a ver si así logra llenarse de algo de adrenalina y motivación, pero tampoco funciona.

La anterior noche un hombre le descubrió mientras se arreglaba la peluca de cabellos negros en el baño del club, lo miró fijamente por un largo rato como intentando descubrir en su ebriedad dónde había visto a Victor antes, pero al final solo le pasó de largo y se metió en sus propios quehaceres.

Siendo sinceros, Victor hubiera preferido que lo reconociera con todo y los cabellos negros.

Ahora está en su departamento, tendido sobre la cama con el televisor prendido pero con el volumen en cero, está mirando el techo como si mirándolo pudiera descubrir los grandes misterios del universo.

Misterios como el por qué no puede componer nada.

Misterios como el por qué le hace tanta falta JJ y su completa ignorancia del espacio personal.

Misterios como el por qué tiene el corazón roto.

—Yuuri… —susurra, sin darse cuenta de que lo ha hecho. Y solo cuando sus oídos escuchan ése nombre se sienta en la cama de golpe y se frota el rostro con ambas manos.

Está cansado aún sin haber hecho nada, y quizá ése agotamiento atroz sea por la falta de comida, así que se dirige a la cocina no sin tener algo de mareo a los primeros pasos que da, pero logra llegar de pie y revisa en el refrigerador, encontrándose con algo de yogurt, el cual se bebe sentado en la sala del departamento, comiendo galletas y viendo a través de la puerta abierta el reflejo cambiante de las luces dentro de su dormitorio, en el cual dejó el televisor prendido.

—Despierta, Victor… —se susurra a sí mismo, pero no logra espabilar, es como si estuviera en un adormecimiento terrible y confuso—. Despierta…

Así pasan un par de horas sin que él pueda hacer nada más que ver el reflejo del televisor en la habitación oscura.

La sala en la que está tiene la luz encendida, eso le ayuda a no tener miedo, y es que últimamente y con lo nervioso y ansioso que ha estado, siente que podría morir en la oscuridad o en la soledad.

Siente que algo podría matarlo.

En algún punto incierto, Victor se queda dormido sobre el sofá, apoyado sobre el espaldar, casi sentado y casi desparramado sobre éste, al despertar siente el entumecimiento de todo su cuerpo y siente su cuello doler horriblemente.

Necesita relajarse, así que deja la luz de la sala encendida y va al dormitorio, apaga el televisor y enciende la luz también allí. Se desviste como puede, casi tropezando con sus pantalones y se dirige al baño.

Así desnudo como está se sienta sobre la bañera fría y abraza sus rodillas mientras espera a que el agua caliente llene por completo la susodicha tina.

Sus ojos se cierran, casi podría dormirse allí, sentado e inmóvil, dejando que el baño se inunde. Pero no lo hace.

Cuando la bañera está al tope, él cierra la perilla del agua y se recuesta bien, echando su cabeza hacia atrás.

Solo cuando su nuca toca el borde de la bañera es que una mueca de dolor aparece en su hermoso rostro. Sus labios se abren casi con sorpresa y al mismo tiempo con molestia, una de sus manos se dirige al lugar adolorido, palpándolo con cuidado y encontrando una pequeña hinchazón.

¿Les he dicho que en la mañana le dio un nuevo ataque de ansiedad?

¿No?

Pues acabo de decírselos.

Le dio un ataque tan fuerte y tan aterrador que solo pensar en ello hace que su corazón se acelere.

Le duele.

Le duele horriblemente.

Terriblemente.

Podría morir con todo ese dolor, con todo ese miedo.

Le tiene pánico a esos ataques.

Y se odia por ser tan débil.

—Relájate, Victor… —dice, en un susurro dulce, intentando reconfortarse a sí mismo.

Entonces sus manos empiezan a adormecerse y Victor nota que pensando en el ataque de la mañana ha estado estrujando la bañera con fuerza, tanta que ahora las palmas de sus manos están muy rojas y adoloridas.

Definitivamente necesita tranquilizarse.

Necesita calmarse ya. De lo contrario podría morir del nerviosismo, o eso es lo que él piensa.

Entonces sus ojos se posan en la botella de vino que está cerca de la bañera.

¿Cuándo la dejó allí?

No importa. La toma y sin importarle buscar un vaso, la abre y se bebe varios sorbos una y otra vez sin parar hasta que siente el mareo inmediato.

Definitivamente necesita alimentarse correctamente para no terminar tan ebrio con solo unos sorbos.

Pero no fueron solo unos sorbos. Sus ojos observan la botella y sus manos la giran, derramando dentro de la bañera la última y pequeña gota en ella.

Una sonrisa tonta invade su rostro mientras intenta colocar la botella sobre el piso del baño con cuidado, pero ésta se le resbala y cae.

Victor se ríe y su cuerpo se siente exhausto.

Solo quiere dormir.

Solo quiere poder dormir y seguir durmiendo hasta que se acabe el mundo o hasta que…

—Yuuri… —susurra, en un jadeo que suena más sensual de lo que desearía.

Entonces sus manos bajan por sí solas por su pecho, como si tuvieran vida propia y buscaran complacerlo o relajarlo.

Aquellas manos lo acarician de a pocos, pasando suavemente por sus pequeños pezones rosados, acariciando sus costillas, sus brazos, su abdomen… y suben de nuevo, acariciando aún más todo a su paso y yendo hacia su cuello, masajeándoselo suavemente.

Él ronronea ante la suavidad de su propio tacto. Sonríe al sentir a sus propios pezones endurecerse y los aprieta un poco, tan solo un poco, jadeando y mordiéndose el labio inferior al sentir esa sensación.

Sus manos expertas y sacrosantas conocen de memoria el camino hacia su propio placer, y él no las detiene, al contrario, las deja correr libremente por su cuerpo.

Permite que esos dedos recorran la suave piel pálida de sus piernas abiertas que se ofrecen y ofrecen el paraíso entre ellas a cualquiera que anhele entrar allí. Y sus manos lo anhelan. Lo desean tanto, que él se apresura e inserta de golpe dos dedos en su interior, ronroneando y jadeando al sentir la dureza de esos dedos firmes y largos meciéndose, frotándose dentro de él, empujando más profundo, más rápido.

—Más… —susurra Victor, y echa la cabeza hacia atrás sin llegar a tocar el borde de la bañera con ésta, y es que se ha alejado del borde y ahora el agua misma parece sostenerlo en vilo.

Se ahoga o no se ahoga.

Sí.

Se ahoga.

Se ahoga en placer.

Pero no es suficiente, necesita más, mucho, mucho más.

Así que toma la botella del piso sin siquiera dudar.

Para cuando llega a su segundo orgasmo nota que el cuello de la botella de vino es muchísimo mejor amante que cualquier otro que haya podido tener.

Y para recompensar a la botella, la deja entrar de nuevo en su interior, jadeando al sentir su dureza, y sonriendo al notar su suavidad.

—Mi amor… —le susurra, ronroneando y gimiendo. ¿A la botella? Yo qué sé, ni él mismo lo sabe—. Así, mi amor, así… justo ahí… duro mi amor, duro… —dice, empujando el cuello de la susodicha botella más profundo, frotando justo en donde le gusta, justo en donde sabe que está su vibrante orgasmo.

Si la botella tuviera corazón se enamoraría y se moriría ahí mismo.

Dentro de esa bañera.

Dándole placer a Victor.

Llevándolo al paraíso.

Al día siguiente, casi para la hora del almuerzo, Victor despertó completamente desnudo en su cama, cubierto por una sábana y con la botella llena de semen junto a él.

La habitación estaba completamente iluminada por los rayos mañaneros del sol, con las cortinas descorridas, las luces encendidas, y un Victor completamente confundido.

Lo último que recordaba era haber salido del baño con su amante de cristal en las manos y haber fornicado con ése amante sobre su cama. No una, sino innumerables veces y en todas las posiciones posibles, hasta quedar exhausto y satisfecho.

¡Dios santo!

Su sonrojo es tan dulce que se ríe de sí mismo mientras se cubre el rostro con ambas manos para que la botella no lo vea.

—Eres un sinvergüenza, Victor… —se dice, aún sonriendo mientras coloca la botella en una bolsa negra y la lleva al basurero del baño—. Perdón, botella. Yo no soy esa clase de chico, pero… lo de anoche fue… solo un error. Por favor olvídalo.

Se sentía algo adolorido y temía haberse lastimado en su embriaguez, pero no creyó haber sido tan tonto, así que lo dejó pasar, se dio una ducha y se dispuso a hacerse algo de desayunar.

Hoy sería un gran día y comería sandía, o al menos la tomaría de un envase que estaba por expirar dentro de un mes.

Estaba muy ocupado viendo las noticias en el televisor cuando una inesperada visita lo sorprendió.

Una inesperada visita que vive en el mismo edificio que él.

—Adivina quién acaba de llegar para sacarte de éste agujero… —le dice Chris, sonriendo y mostrándole una botella de champagne a la cual Victor evito ver a toda costa.

—¡Chris! ¡Pasa! ¿Cuándo volviste?

—Te veo muy animado… —le dice Chris, entrando y dejando su abrigo en un perchero cerca de la puerta—. ¡No me digas que ya estás festejando desde ayer!

—¿Festejar qué?

—¡Fuimos nominados otra vez, Victor! —le dice Chris, sonriéndole a más no poder y casi sacudiéndolo para hacerlo espabilar.

—¿Qué? —le pregunta Victor, aún sin creérselo—. Pero, cómo… ¿Con qué canción?

Chris se pone serio de pronto.

Victor lo nota, nota que la sonrisa de Chris se va haciendo pequeña.

«Mon doux prince» —susurra Chris, sabiendo que esa es la canción que llevó a Victor a ganar dos veces el récord internacional de ventas, pero también es la canción que más odia.

Victor no sonríe, se queda en silencio por un largo minuto.

Su corazón vibra dolorosamente, casi avisándole que si sigue pensándolo mucho le va a dar otro ataque, así que niega con la cabeza, intentando quitar los pensamientos malignos.

—Es… asombroso… —dice Victor.

—Todo va a estar bien, Vitenka… —le dice Chris, sonriéndole de nuevo y abrazándolo suavemente—. Yo te protejo de todo, ¿Recuerdas?

—Sí.

—Entonces… —dice Chris, soltándolo y casi corriendo a la cocina para buscar un par de copas—. ¡Tenemos que celebrar!

Victor sonríe muy alegre, pensando en por qué Yakov no le había llamado para avisarle, es decir, él es el líder del grupo y el vocalista así que…

Pero de pronto, el sonido del timbre del departamento les avisa que hay alguien afuera esperando a ser atendido.

—¿Un invitado? —pregunta Chris, pero Victor niega, mientras él va a la sala y coloca las dos copas sobre la mesita central.

Victor se aproxima hasta el intercomunicador, lo enciende y observa a través del susodicho aparato.

Afuera del edificio espera un repartidor con una entrega para Victor Nikiforov.

Chris sonríe y Victor lo deja subir hasta su departamento.

Unos segundos después el repartidor le hace firmar la entrega y se va.

Victor observa esos regalos sin remitente con una expresión algo emocionada pero al mismo tiempo confundida.

Un enorme y perfecto ramo de veinte rosas Osiria, una botella de vino, y una nota.

¿Quién le enviaría eso?

A Chris poco le importa, él sonríe y revisa los detalles de la botella de vino.

Por otro lado, Victor abre la nota que va junto al ramo de rosas, y entonces ve aquello.

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«Estuviste asombroso anoche, Vitya».

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Publicado por ArikelDT

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