Capítulo 1: On Ice Bar


Eran casi las doce de la noche y el último cliente del bar se había ido poco después de las diez…  de hace dos días. Desde entonces, ni una sola persona había cruzado la puerta principal. Dos días enteros sin clientes eran un presagio demasiado claro de que era el punto final de su decadencia, los últimos pasos del camino hacia una culminación que se había vuelto inevitable. A decir verdad, el On Ice Bar nunca fue famoso, sino que funcionó como un refugio privado para algunos hombres que vivían cerca de la zona. Era su poca afluencia y tranquilidad el atractivo principal que mantenía con fidelidad a la poca clientela, misma que, en sus mejores tiempos, fue la suficiente para mantener el sitio en pie y hacerlo sustentable. Si bien su dueño, Celestino Cialdini, nunca se volvería rico con ese negocio, durante un tiempo pudo asegurarse tres bocados de comida diarios en la boca y el ingreso de efectivo a una pequeña plantilla de trabajadores. Sin embargo, la decadencia fue inevitable cuando el barrio se volvió un nido de ratas y delincuentes casi de un día para otro. Los índices de criminalidad de la zona se dispararon de forma alarmante en tan sólo una semana e incluso el bar tuvo que soportar un par de oleadas de robos que lo lanzaron a los primeros números rojos de su historia. 

De forma oficial, nunca hubo una explicación completa de por qué un barrio con una violencia “regular” se llenó de tanta actividad delictiva de un momento a otro, aunque extraoficialmente se corría el rumor de que todo fue producto del cambio de administración. Todos sabían que la zona era controlada por un extracto de la mafia rusa, dirigida en principio por la familia Nikiforov, quienes habían abandonado a la madre patria ante la oportunidad de expandir sus negocios en suelo norteamericano gracias a la flexible cooperación que éstos parecían brindar. Durante años, Nikiforov padre fue la cabecilla de todos los dominios importantes de la ciudad, mismo que comenzó a expandirse a lugares aledaños. Pronto, se dice, el territorio le quedó bastante grande, por lo que tuvo que partir las zonas y heredárselas a la siguiente generación de su descendencia, la cual tendría más juventud y energía para administrarlas como era debido. Eso sería lo obvio y práctico, pero con la misma seguridad, se corría el rumor de que la herencia de esa zona en específico no había sido entregada con toda la voluntad de hacerlo: el Nikiforov menor tomó el mando con un golpe contra la autoridad del padre. Ese extracto de territorio no le pertenecía, pero él se hizo de ella de todas formas. Esto provocó numerosas revueltas de personas que no estaban de acuerdo con hacer negocios con Nikiforov hijo. Fue un proceso corto para él lograr poner en cintura a todos, acabar con los inconformes y volver aliados a quienes se dejaron comprar, pero eso había sido más que suficiente para labrarle una reputación al barrio que la posterior tranquilidad no podría borrar.

Esos asuntos exteriores que si bien eran en un principio ajenos al bar, fueron las primeras acuchilladas que lo condenaron a su absoluto declive. La estocada mortal ocurrió cuando Celestino decidió subir los precios de las bebidas para que los gastos siguieran sosteniéndose. Sin bien la mayoría de personas habían dejado de asistir por miedo a los robos y los asesinatos, los pocos fieles que se mantenían fueron espantados con los altos precios hasta que el bar quedó abandonado a su suerte. A eso se sumó otra medida desesperada para disminuir los gastos: varios despedidos de empleados que, de ser un equipo de trabajo de seis, pasó a ser sólo de dos, y no porque realmente hicieran falta, sino sólo para hacerse compañía mutua, y por cierta fidelidad entre ellos y su jefe, pues Celestino les pagaba la mitad de su sueldo anterior y en la actualidad tenían tres semanas sin recibir un sólo centavo.

Yuuri y Phichit, huérfanos desterrados del orfanato al cumplir la supuesta mayoría de edad (en huérfanos sin registro previo era difícil ser exactos), vagaron durante varias semanas por la ciudad sin una sola moneda en el bolsillo y el estómago tan vacío que había comenzado a comerse a sí mismo. Cuando la idea del robo empezaba a no ser tan escandalosa, Celestino apareció para ofrecerles un trabajo que prácticamente les salvaría la vida. No sólo tuvieron dinero para comer de forma decente, sino que pudieron alquilar un pequeño departamento en el cual vivir. Ya no tendrían que volver a dormir en la calle ni pasar hambre. O eso creyeron. Ahora nuevamente tenían el estómago vacío, nuevamente se veían en la penuria de no tener el dinero suficiente para pagar un alquiler, pero su fidelidad de aquel favor y de la amabilidad que Celestino siempre tuvo con ellos los mantenía ahí: hambrientos, pobres, pero fieles.

Ambos jugaban cartas en la barra para pasar el rato. Phichit festejaba su victoria, pues habían apostado que el perdedor tendría que hablar con el casero para que les permitiera pagar después la renta sin que eso implicara que los dejara en la calle. Yuuri pedía un “dos de tres”, no quería tener esa presión en su espalda y ser el responsable de que a la siguiente noche tuvieran que dormir en una banca. Ambos estaban tan concentrados en el juego y tan seguros de que ningún cliente aparecería esa noche, que cuando la puerta se abrió y escucharon la campanilla tintinear ante el aviso, se miraron entre sí en lugar de observar hacia la entrada, preguntándose con la mirada si es que acaso habían escuchado lo mismo. Se observaron estáticos, sin pestañear, como si ahora la apuesta fuera para quien parpadeara primero.

—Buenas noches —fue un saludo firme que retumbó por las paredes silenciosas del bar y los cuerpos hambrientos de los chicos hasta sacudirles los huesos. No fue dado por cordialidad, sino para hacer notar su presencia. Todo el mundo tenía que ver a Víctor Nikiforov llegar, él no podía ser ignorado por nadie; y sus pasos, extensiones ensordecedoras del saludo, no le permitieron tampoco pasar desapercibido, incluso éstos se tragaban los de sus acompañantes: Christophe Giacometti de su lado izquierdo; Yuri Plisetsky del derecho.

Víctor caminó con ese paso firme hasta la barra, justo donde Yuuri y Phichit finalmente se habían atrevido a mirarlo. Se sentó en un banquillo, en medio de los dos, y con una fría sonrisa sobre sus labios, en un gesto más que automático, agitó con un movimiento de cabeza su cabello largo para acomodarlo tras de sí incluso de manera más sensual de lo que cualquier modelo profesional podría hacerlo. Yuuri siguió el movimiento de las hebras platinadas como hipnotizado. No era la primera vez que veía a Víctor Nikiforov enfrente suyo, pero era la primera que estaba tan cerca y que se dio cuenta de que cada hebra brillaba con la misma intensidad con que lo haría la plata genuina.

—Busco a Celestino.

¿La razón? Celestino había puesto sus últimas esperanzas en que una remodelación revitalizaría su bar. Después de citas infructuosas a bancos que se negaron a otorgarle un préstamo tras la falta de ingresos estables con los cuales asegurar el pago de la deuda, a sus desesperadas manos llegó la opción de pedir tal préstamo a la mafia. Él sabía que era la peor decisión de su vida, pero los fajos de billetes puestos de inmediato ante él le borraron el sentido común. Por supuesto, no había servido para nada, sólo para vender su alma a alguien que no dudaría en cobrársela cuando el plazo llegase. Pese a las remodelaciones y la inversión, Celestino vio como la cantidad de clientes continuaba disminuyendo hasta que se volvieron sólo rumores, recuerdos que parecían nunca haber ocurrido. Y lo supo, estaba muerto cuando la fecha límite del pago llegó y él era aún más pobre que cuando pidió el préstamo. Pudo salvarse el pellejo un par de veces gracias a varias renegociaciones que únicamente lo hundía más en el hoyo. Sabía que Nikiforov aceptaba sólo porque le parecía divertido la desesperación de las personas por intentar salvar sus vidas cuando estaban más que perdidos y por ello sabía que su salvación terminaría cuando a Víctor le aburrieran sus patéticas actuaciones. Vivía escondido, y su ímpetu por salvar el bar y pagar la deuda había desaparecido, en su lugar estaba el temor de que un día despertaría con una bala sobre el pecho o unas acuchilladas en la garganta. O tal vez peor, esas eran muertas rápidas, tal vez a Nikiforov le gustaría divertirse con él una última vez.  

—Él no se encuentra —aunque parecía absortó con el cabello de Víctor, Yuuri fue más rápido en reaccionar que Phichit, quien buscaba con desesperación su mirada, pues las mentiras que acordaron con Celestino se le habían borrado de la memoria.

Víctor mantuvo su sonrisa intacta, sin un sólo cambio de sorpresa en ella. Ya lo sabía.

—Entonces esperaré aquí por él. ¿Puedes servirme un trago? Da igual lo que sea.

Phichit se movió ante la orden. Yuuri cambió su mirada de fascinación a una nerviosa que intentó controlar. Sabía que a partir de ese punto solamente tenía que quedarse callado y esperar, esperar a que Víctor se cansara justamente de esa espera; pero no pudo hacerlo, el silencio y la sonrisa sin cambios que Nikiforov plantaba sobre él lo rompieron.

—No vendrá hoy.

Víctor continuó inmutable, como una figura de cera a quien le habían labrado esa sonrisa estable para toda la vida, pero algo en su mirada sí había cambiado: era gracia…  y fuego. Yuuri tragó saliva seca al darse cuenta.   

—¿No? —el tono de Víctor fue divertido, como si en cualquier momento fuera a reír.

—Él está fuera de la ciudad —Yuuri ya no quería decir más, sabía que se estaba hundiendo, que los estaba hundiendo a todos, pero no sabía cómo no responder, cómo mantenerse callado como había sido el plan desde un principio.  

—Ya veo. 

Phichit colocó una copa de whisky frente a Víctor. Tiritaba por la ansiedad y de vez en cuando clavaba sus ojos en Yuuri con una obvia reprimenda para que cerrara la boca. Por fin hubo un cambio en la sonrisa de Víctor: se volvió más amplia mientras tomaba la copa y daba un pequeño trago que les pareció eterno para quienes esperaban una reacción suya. Él era el centro de su atención, tanto que sus dos acompañantes, Christophe y Yuri, se habían desvanecido del rango de visión. Estos dos se mantenían un par de pasos atrás de su jefe, sin ninguna intención de tomar asiento o interferir en la plática. El primero con una pequeña sonrisa porque sabía muy bien lo que iba a ocurrir; el segundo con una expresión de fastidio porque lo sabía también y odiaba que Víctor le diera tantas vueltas.

—Entonces nuestro buen amigo Celestino tiene dinero suficiente para hacer viajes fuera de la ciudad, pero no para pagar su deuda con nosotros.

Yuuri lo supo tan bien que un escalofrío le congeló la espalda: tuvo que haberse quedado callado cuando era debido, tal y como Celestino se lo había dicho.

Víctor, como si realmente le restará importancia al asunto, como si en verdad no le molestara el hecho de que su deudor parecía huir con su dinero, encogió sus hombros a modo de aceptación y se puso de pie.

—Supongo que tendré que venir después.

Extrajo de su bolsillo un billete y lo dejó sobre la barra, justo al lado de la copa a la cual apenas le había dado aquel pequeño trago. Era casi el triple del costo real de la bebida. Ni Phichit ni Yuuri se atrevieron a moverse para tomar el dinero, ambos pensaban que incluso hasta la más mínima respiración haría estallar la furia que Nikiforov estaba conteniendo con sangre fría. Ni siquiera cuando aquel retornó sus pasos hacia la entrada se sintieron confiados y tuvieron razón de no bajar la guardia. Víctor se detuvo de golpe apenas avanzó un poco y se giró para confrontarlos como si de pronto hubiera recordado algo.

—Ah, cierto, ¿podrían darle un mensaje de mi parte?

La sonrisa de Víctor bailó amplia sobre sus labios, pero no era por vacilación a sus acciones, sino por la misma seguridad que lo cotidiano le brindaba. Hacía eso casi diario, varias veces al día incluso; aunque, aun lo hiciera cada hora, nunca se acostumbraría al golpe de adrenalina que estallaba en su cuerpo cuando sus dedos rozaban el metal oculto, ese que le hacía palpitar su corazón a mil por hora, que le anestesiaba el tiempo y le permitía disfrutar del control del mundo por esos escasos segundos: porque era así, cada vez que Víctor empuñaba su arma y apuntaba, cada vez que el objetivo se reflejaba en su mirada, podía llegar a creer que el mundo entero estaba postrado a sus pies, que él lo gobernada y lo hacía suyo con el solo estallar del cañón de su pistola.

Todo se dirigió en un momento rápido y fugaz, demasiado pronto para que cualquiera pudiera reaccionar, pero con el suficiente tiempo para que la sensación fuese de una visión en cámara lenta, con los ojos fijos de Yuuri admirando cada detalle, hasta el más mínimo gesto: Víctor introduciendo su mano en el saco de su traje negro; Víctor entrecerrando sus ojos con deleite, con una expresión llena de poderío y confianza; Víctor con su brazo al aire; Víctor con un arma en su mano, apuntándole… Y luego un brillo efímero reflejado en sus pupilas.

En su cabeza, Yuuri tuvo el tiempo suficiente para admirar como el cabello platinado de Víctor se agitó grácil con la onda expansiva del disparo, aun cuando la bala ya estaba alojada en su hombro, mucho más cálida que la misma sangre que comenzaba a gotear de la herida. Mas que un disparo, Yuuri tuvo la sensación de que alguien le presionaba el pecho y el estómago al mismo tiempo, una presión que produjo un efecto de vacío que se llenó instantes después con un extraño sentimiento que no podría describir como miedo, sorpresa o mucho menos dolor, era más bien algo que nunca antes había sentido, algo a lo que no sabría ponerle nombre.   

—¡Yuuri! —Phichit gritó aterrado ante la visión, rompiendo el silencio que prosiguió al sonido del disparo, como si éste se lo hubiera tragado de una vez. Eso pareció traer a la realidad a Yuuri, quien finalmente resintió el dolor en su hombro, en ese agujero que anidaba la bala caliente. Aún incrédulo, tocó la herida y sus dedos se tiñeron de rojo, como si necesitara ese toque y esa visión para terminar de procesar que le habían disparado. Y aun así no se sintió molesto o asustado, sino que su vista buscó de inmediato al causante, quien ya salía del local junto a su comitiva.


—De verdad lo siento mucho, Yuuri.

Era la bodega del bar. Celestino escarbaba en la herida de Yuuri para extraer la bala. Él tenía que conformarse con un trapo en su boca que mordía con fuerza para contener el dolor de las maniobras. No podían ir a alguna clínica o hospital para que fuera atendido por lo menos con un poco de anestesia; eso no era un golpe o una fractura que podría justificarse fácilmente con un “me caí”, algo así requería mayores explicaciones que no podrían dar si es que no querían aumentar sus problemas con Nikiforov.

—Me asusté demasiado cuando escuché el disparo. No debí de haberlos involucrado.

Celestino trató de ser rápido, acabar en lo posible con la tortura de Yuuri, lo que por supuesto implicó que quizá no fuera tan cuidadoso como debería, en especial cuando, para él, tampoco le era muy agradable ver como unas pinzas se movían dentro de un agujero de carne. Fue un alivio para todos, incluso para Phichit, quien observaba de lejos entre asqueado y morboso, cuando la bala salió al fin del cuerpo de Yuuri y cayó al suelo teñida de sangre. Éste escupió el trapo, húmedo ya con su saliva, mientras dejaba fluir finalmente sus lágrimas con libertad. Le punzaba una mierda la herida, y lo peor es que no había terminado. Celestino tuvo que limpiarla para vendarla después, procedimiento que no fue más agradable, sino que incluso fue peor, tratar la ya herida maltrecha y sensible.  

Cuando todo terminó, Yuuri quedó casi desfallecido de dolor sobre la silla. Phichit se había acercado para consolar su cansancio con un par de palmadas a su hombro sano. Celestino, por su parte, limpió el sudor de su frente y emitió un suspiro, no era de alivio por haber terminado ya, era de valor…  y decepción.

—Chicos, escuchen, de verdad les agradezco mucho todo su apoyo, pero esto ya no puede seguir así. No quiero tener su sangre en mis manos, pero me es imposible pagar mis deudas con Nikiforov. Lo he pensado mucho y creo que esta es una señal para decidirme: cerraré el bar y escaparé a otra ciudad. Sé que eso no asegura que estaré a salvo, pero es la única esperanza que tengo por ahora. Les sugiero que hagan lo mismo. Serán a ustedes con quienes acuda en cuanto sepa que me he fugado.

Ambos chicos se miraron, adivinando sus pensamientos: ninguno de los dos quiso convencerlo de lo contrario, era la primera vez que veían a Celestino tan decidido en algo, incluso más que su ímpetu imparable por salvar su bar.


Yuuri y Phichit caminaban en silencio bajo las luces intermitentes de la calle. Ambos con su cabeza baja, sus miradas sobre el cielo: el segundo con un semblante de desesperación; el primero pensativo.

—¿Ahora qué vamos a hacer? Celestino lo dice fácil, pero no tenemos dinero para poder ir a otro lugar. Aunque, bueno, tampoco es como si hubiéramos empezado de otra forma…  con dinero.

Para Phichit esa era la principal cuestión que le preocupaba. Algo de la paranoia de Celestino se le había contagiado, así como algo de su apuro por salir de la ciudad cuanto antes y salvar sus traseros. Su viejo empleador tenía razón: cuando hasta el polvo desapareciera de él, Nikiforov iría tras ellos. Ya había quedado más que claro que no se tocaría el corazón aunque ellos, en un principio, no tuvieran que ver con la deuda. Sabía que Víctor no falló su puntería por accidente, todo fue apropósito, una muy clara advertencia, su “mensaje” sobre lo que le sucedería a Celestino.

Al final, llegó a la conclusión de que, con dinero o sin él, lo mejor era irse como Celestino les sugirió. Salieron adelante cuando creían todo perdido, tal vez era posible hacerlo otra vez en una ciudad nueva.

—¿A dónde te gustaría ir, Yuuri? —Phichit miró a su lado para darse cuenta que caminaba solo, que le estaba hablando al aire—. ¿Yuuri?

Phichit se detuvo y giró a sus lados para buscar a su amigo: él se había detenido varios pasos atrás y parecía mirar atento al otro lado de la calle, entre las entrañas de un oscuro callejón en el cual se notaba apenas la figura de un automóvil negro oculto en él. Aunque, más que por el automóvil, la atención de Yuuri se la ganó el chico que estaba justo al lado, apoyado en una pared con una lámpara encima de su cabeza que lo iluminaba apenas: Yuri Plisetsky. Ambos se observaron de manera intensa, como si se tratara de un reto para ver quien apartaba la mirada primero. Ninguno cedió, ni siquiera Yuuri cuando cruzó la calle y comenzó a caminar hacia él con decisión pese a que sus espaldas se alzaban los gritos desesperados de su amigo preguntándole qué demonios hacía.

—Lárgate.

Plisetsky ni siquiera le permitió llegar a su lado, alzó la voz para detenerlo, para que no se le ocurriera llegar a su lado, pero Yuuri no se detuvo, lo que pareció incomodar al chico.

—Quiero hablar con Víctor —para ser sincero consigo mismo, Yuuri no estaba del todo qué demonios pretendía.

—Tsk. ¿Qué es eso de llamarlo por su nombre? ¿No te bastó con el disparo de hace rato? ¿O pretendes que termine con el trabajo? Lo puedo hacer por él con gusto.

Yuuri debía de agradecer que la oscuridad fuese mayor a la luz y que esto ocultara en gran medida el ligero temblor en sus piernas. Plisetsky, de notarlo, se habría burlado de su fallido intento de valentía.

—Yuri.

El nombrado rodó sus ojos con fastidio y dirigió una mirada de reojo hacia el callejón oscuro, lugar de donde había provenido la voz que lo llamó. No necesitaba escuchar más, la orden emitida por Víctor fue clara para él.

—Ve…  y considérate hombre muerto —remató Plisetsky entre dientes.

Quizá no había notado el desesperado intento de Yuuri por estar tranquilo, pero sí parecía percibir su miedo, incluso dejó caer una ladina sonrisa al verlo tragar algo de saliva y dudar algunos segundos en pasar al callejón. Se burló.

—No tienes el valor. Mejor lárgate de una vez y deja de hacernos perder el tiempo.

Yuuri volvió a tomar un suspiro, más profundo que el primero, y finalmente se adentró. Esas palabras le brindaron el valor que le había hecho falta hasta ese momento, como el niño que va y se atreve a retar a su madre ante una prohibición.

Dentro, la oscuridad era mucho más profunda, incluso a Yuuri le pareció asfixiante. Su cuerpo, que se movía con torpeza entre los extractos de negrura, chocó de pronto contra una parte del automóvil que no vio debido a que éste se camuflajeaba perfectamente en ella. Una risa llegó hasta sus oídos. Había golpeado el retrovisor delantero del lado del piloto. Tras una ventanilla semiabierta pudo distinguir a Christophe Giacometti esperando tras el volante.

—En la siguiente ventanilla, chico —se burló.

Yuuri, mientras avanzaba con más cuidado y lleno de vergüenza, guiado ahora con el toque de la forma del vehículo, comenzaba a preguntarse de manera más seria qué demonios estaba haciendo, qué pretendía al dirigirse directamente con Víctor Nikiforov. Cuando llegó a su ventanilla abierta y lo observó con una copa de whisky en su mano, recordó el momento justo en que él le había disparado. Un escalofrío lo recorrió entero. No era por miedo o por desagrado ante el recuerdo. 

—Que gracioso que quieras hablar conmigo —comenzó Víctor con su estática sonrisa de siempre. Era la misma que había mantenido en su estancia en el bar. Se le escuchaba divertido—. ¿Acaso no te fue suficiente con la bala de advertencia? ¿O es que Celestino te ha enviado como emisario con mi dinero porque el cobarde no desea darme la cara?

El temblor en las piernas de Yuuri fue más notorio, aunque no estaba tan seguro de si Víctor podía notarlo desde su lugar o no. Sus orbes azulados estaban clavados en él con violencia, y aun cuando era Yuuri quien lo veía desde más altura, se sentía oprimido por esa mirada, minimizado como si fuera un insecto sencillo de aplastar. Pero el recordar el momento del disparo, por alguna extraña razón, le daba la fuerza suficiente para continuar. No era por odio o deseos de venganza.

—Vengo a ofrecerte un trato. 

Durante unos segundos la sorpresa deformó la sonrisa de Víctor, pero ésta volvió a la normalidad casi al instante, acompañada de una divertida carcajada.

—¿Otro más? Pero si Celestino ya no tiene nada más que ofrecerme que su propia vida. Y que no dude que la tomaré si ese dinero no vuelve a mis bolsillos pronto.

Más que el sonido del disparo, Yuuri recordaba perfectamente la expresión de Víctor al momento del disparo, y ese cabello brillante ondeándose como si la gravedad no hiciera efecto en él.

—Sabes que es más conveniente para ti recuperar tu dinero que sólo encargarte de Celestino —Yuuri no sabía de dónde provenían sus palabras. Quizá del recuerdo, quizá de la sensación de opresión que eso le generó—. Entonces, puedes ayudarnos a aumentar el número de clientes en el bar. Promocionamos entre tus conocidos. Incluso puedes utilizarlo como una base para tus negociaciones si así lo quieres. A cambio no sólo se te pagará la deuda con todo e intereses, sino que siempre recibirás el diez por ciento de las ganancias.

Yuuri tenía la completa atención de Víctor y, más importante que eso, su interés. Se notaba en el brillo singular de su mirada que no había apartado ni un solo segundo de él…  Por lo menos hasta ese momento, por lo menos hasta que dio un nuevo y gran trago a su copa como si descubriera su respuesta en la bebida.

—Hablas como si fuera una molestia deshacernos de personas como Celestino, cuando no es así. Cada día, en nuestra agenda, hay casi una decena de personas con ese perfil, gente que se cree lo suficientemente lista para intentar estafar a la mafia, burlarse y librarse de nosotros. Acabar con ellos es parte de nuestro trabajo, le advierte a los demás que no se pueden meter con nosotros, así que sí hay un beneficio. Recuperar la deuda de Celestino me es insignificante, es una cantidad ridículamente baja en comparación a las ganancias de todos mis negocios. Para mí será más divertido pasar un tiempo de calidad con él.

Parecía ya todo dicho y Yuuri comenzó a sentirse en verdadero pánico por primera vez.

—Pero…  admito que has ganado mi interés. Esta es una buena zona para los negocios, su reputación es perfecta para que la policía no desee meter sus narices en los asuntos que circulan por aquí. Tener una “base” podría ser buena idea; aunque, por favor, cambien las bebidas que venden…  Celestino tiene un asqueroso gusto —Víctor tomó de su copa, como si pretendiera enjuagar el recuerdo del horrible sabor del whisky que bebió en el bar—. Acepto el trato, pero el ochenta por ciento de las ganancias serán mías.

—Quince —Yuuri fue rápido al hacer su contraoferta. La sonrisa de Víctor se volvió más amplia. Era obvio que todo eso le parecía muy divertido, era la clase de negociaciones desesperadas que le fascinaban.

—Setenta y cinco.

—Veinte.

—Setenta.

—Veinte.

Víctor alzó una ceja al escuchar la misma cifra de la oferta anterior.

—Se supone que debes subir la cantidad.

—No lo haré, esa mi última oferta.

Incluso para Yuuri fue sorpresivo la seguridad impregnada en su voz. Víctor lo escaneaba atentamente, trataba de adivinar cuál era su plan. ¿De verdad creía que iba a poderle ganar en una negociación? Con un trago, terminó el resto del contenido de su bebida, dejó la copa vacía a un lado y se acomodó mejor en el asiento. Su mirada se fijó al frente del vehículo, con una expresión que aparentaba ser más seria y formal.

—Entonces no hay trato, joven Katsuki…

Para Yuuri no fue sorpresa que supiera su apellido.


Phichit se debatía entre si seguir a su amigo o esperar por él. Por supuesto, le preocupaba enormemente que algo pudiera ocurrirle, pero de la misma forma, no creía que Yuuri se hubiera acercado a Nikiforov sin tener un plan en mente, aunque en ese momento no podía si quiera imaginarse lo que su amigo pretendía al arriesgarse de esa manera. Si iba tras él, ¿podría arruinar sus planes? ¿O tal vez podría salvarle la vida? Era imposible saberlo y le torturaba el no tener una certeza de nada. Cualquier resultado sería su culpa.

Caminaba con enorme ansiedad, sus pasos de un extremo al otro, rehaciendo siempre el camino en la dirección contraria. En cada giro de su cuerpo, le dedicaba una mirada a Plisetsky, quien parecía observarlo también, desde la otra calle, entre fastidiado y divertido por su actitud de tigre enjaulado.

Finalmente Phichit tomó la decisión de atreverse a ir justo cuando Yuuri emergía de entre las entrañas del callejón. En su corazón hubo un agitado sentimiento de alivio y preocupación. Corrió a su lado de inmediato, con el miedo de que lo hubiesen herido de nuevo, pero parecía entero. Tras asegurarse que realmente estaba bien, entonces estalló la furia.

—¡¿Qué demonios se te metió en la cabeza?! ¡Podrían haberte matado!

Cualquiera pensaría que Phichit estallaría contra él con un golpe, pero en lugar de eso, los brazos delgados del chico rodearon el cuerpo de su amigo en un gesto que decía con claridad: “No vuelvas a preocuparme así, idiota”.

—Creí tener una idea que podría resolver toda esta situación, pero no funcionó —la voz de Yuuri era un fiel reflejo de su decepción.

A Phichit se le hizo un nudo en la garganta. Sin saber muy bien cuál era la idea que intentó hacer realidad, comprendía a la perfección esa frustración que le recorría el cuerpo.

Ninguno de los dos notó que Plisetsky se había acercado a ellos.

—¡Hey! Víctor quiere hablar contigo.


—¡Celestino!

El hombre se sobresaltó casi con un infarto al corazón. Salía por la puerta trasera del bar con todo el temor del mundo de que Nikiforov siguiera cerca y pudiera encontrarlo. Por supuesto, acercarse a él con esos gritos había sido una pésima idea.  

—¡¿Acaso ustedes también quieren matarme?!

—¡No! ¡Celestino! ¡Hemos salvado tu vida! ¡Y tu bar!

Yuuri lucía inusualmente entusiasta, algo que contrastaba demasiado con la expresión llena de temor e incomodad de Phichit. Celestino los miró a ambos con confusión. Había escuchado bien, pero no comprendía ninguna de sus palabras. ¿Cómo salvaban su vida y su bar cuando Celestino no encontró ninguna solución en tanto tiempo?

Ante la obvia duda, Yuuri no perdió el tiempo en explicarle los detalles del nuevo trato que había hecho con Nikiforov y que, al final de cuentas, él había aceptado con su oferta final. Mientras que con cada palabra él parecía aumentar su entusiasmo y positividad, el rostro de Celestino se desencajaba en una mueca horrible. Hubo un angustiante silencio después.

—¿Acaso la bala te dio en la cabeza? ¡Yuuri, estás demente! ¿Volver a hace un trato con Nikiforov? Nunca, no. ¡No me voy a hundir más en su mierda!

—Celestino, escucha, esto es diferente. Víctor no va a dejar que fracase un negocio que le puede dar varios beneficios. Tenemos el éxito asegurado con él, con su ayuda.

Para Celestino, la confianza de Yuuri le parecía inaudita.

—¿Y qué? ¿Permitir que mi bar se llene de más gente como él? No, eso no va a terminar bien para ninguno de nosotros. No debemos meternos en esa clase de asuntos que nunca nos han importado. Me voy a ir. No deseo hacer un nuevo trato con él, mancharme más con toda su mierda, y ustedes tampoco deberían de hacerlo. No saben en lo que se meten.

Ambos tiraban con fuerza hacia su lado: Yuuri insistía en que ese trato sería la salvación de todos; Celestino estaba seguro de que sólo volvería a firmar su sentencia de muerte. Ninguno estaba dispuesto a ceder, y fue Celestino el que se percató primero de ello. Suspiró con pesadez, ya hastiado de todo ese asunto. Sólo deseaba volver a casa para hacer su maleta y escapar cuanto antes.

—Mi mejor regalo por toda su lealtad es convencerlos de que no hagan esta estupidez… —Celestino lo miró: la determinación de Yuuri era tal que le dolía—. Pero, si insistes —Celestino sacó de su bolsillo un juego con varias llaves—. El bar es todo tuyo. Puedes hacer lo que quieras con él. De todas formas sólo lo iba a abandonar.

Sostuvo las llaves sobre las manos de Yuuri, pero era obvio que no quería soltarlas, no porque fuera un peso “regarle” el bar, sino por lo que esa acción implicaría en su vida. Hacerlo lo hacía sentir responsable si es que algo les sucedía por culpa del trato, por culpa de adentrarse en los negocios de Nikiforov.  

—Una última vez, chicos. No lo hagan. Son jóvenes, aprecien más su vida de lo que yo lo he hecho.

Phichit, que en todo ese tiempo se había mantenido al margen, sumergido en un silencio absoluto, miró con súplica a su amigo. Él estaba de acuerdo con Celestino, no quería que hicieran el trato con Nikiforov, pero aún sobre su propia vida, siempre se quedaría a lado de Yuuri, decidiera lo que éste decidiera.

La respuesta fue clara: Yuuri tomó las llaves contra su palma. Sus ojos ardían con determinación, mismos que se ganaron una mirada entristecida por parte de su exjefe.

—Entonces será así.

La expresión que les dedicó Celestino como última despedida fue fatal, como si mirara por última vez sus féretros al descender en el cementerio.

—Yuuri…  —Phichit creía que tal vez habría una oportunidad de hacer entrar en razón a su amigo mientras veían a Celestino alejarse por última vez.

—No vamos a volver a pasar hambre, Phichit…  Nunca más.

Con esas palabras supo que no era así. Su destino había sido sellado.

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