Los ojos del diamante: Prólogo


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«Hay días perfectos, donde no llueve (o quizá si llueva) en los que se detiene el tiempo (o quizá no se detenga), y sin querer miraste al cielo y te diste cuenta, que era azul perfecto».
[Fragmento de la novela Perfect Blue, de Yoshikazu Takeuchi]

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Jean Jacques Leroy había ingresado al mundo de la música hace exactamente ocho años, cuando aún era menor de edad. Había tanto talento en él que todos decían que era una estrella destinada a brillar por el resto de su carrera artística, carrera que fue una derrota aplastante para los artistas de aquel entonces que se vieron opacados por su talento, su vivacidad y la fuerza imponente con la que cantaba.

Su compañía discográfica era exigente en cuanto a todo aspecto de su vida, vida que ya no era suya, sino más bien de la compañía.

Habían tantas cosas que podrían decirse sobre Jean, cosas como su adicción al tabaco, su reciente accidente con uno de sus autos, el hecho de que nunca tuvo una novia formal, o el sencillo hecho de que estaba, según sus propias palabras, perdidamente enamorado de uno de sus compañeros de trabajo, el perfecto Victor.

Cuando Jean conoció al cantautor Victor Nikiforov éste era uno de los nuevos cantantes que habían firmado con la compañía de Jean, era lo que llamaban «Un novato dorado».

Poco a poco y con el pasar de los meses, Victor se convirtió en aquello que todos querían ver siempre en las pantallas, aquello que siempre querían escuchar en todo momento y en todo lugar.

Sus canciones eran por demás apasionadas, a veces dulces, a veces trágicas, a veces algo sádicas, como aquella que decía «Solo me dejarás cuando el brillo carmesí de mi cuchillo destroce tus tatuajes».

Para Jean, Victor era el misterio hecho dulzura, sexo y pasión.

Cada vez que veía a Victor grabar nuevas canciones o cada vez que lo veía tocar cualquier tipo de instrumento, y sobretodo cada vez que lo veía sobre un escenario… Jean moría.

Moría de pasión, moría embrujado por todo eso que Victor despertaba con cada movimiento de sus manos, con cada susurro entonado, con cada sutil caricia que se daba a sí mismo mientras cantaba.

Victor parecía el ser más puro y hermoso del planeta entero, sin embargo, todas sus canciones, TODAS, tenían algo sexualmente atractivo. Ya sea la ropa en sus MV y en sus conciertos, o el susurro de sus caderas cuando hablaba del amor.

Victor parecía muy conocedor de su propia belleza. Una belleza sexual desenfrenada que atraía tanto a mujeres como a varones, pero dada su apariencia andrógina, más que todo a los varones.

Digo que Victor parecía muy conocedor de su belleza porque en realidad era solo eso, una apariencia. La tierna verdad era que Victor no tenía idea de lo que despertaba en los corazones cada que acariciaba sus labios cuando la música sonaba y él se contoneaba dulcemente.

Él no tenía ni idea de nada.

Cuando la fama de Victor llegó a ser la de Jean, a la compañía se le ocurrió unirlos en un dueto perfecto.

La vivacidad, experiencia y fuerza extrovertida e imponente de Jean junto a la sensualidad oscura y demasiado sexualmente atractiva de Victor.

Parecía perfecto.

Durante aquel tiempo Jean tuvo la oportunidad de conocer mejor al verdadero Victor, aquel que no sonreía en todo momento, aquel que tenía muy serios ataques de ansiedad activados por cosas tan mínimas como dos errores en la práctica de una sola canción. Aquel Victor que era más frágil que el cristal, pero igual de bello que siempre.

Victor también tuvo tiempo de conocer a Jean, la gran y afamada estrella que imponía presencia con su estilo tan único, ése estilo lleno de colores, lleno de vida. Estilo que te hacía vibrar y te llevaba más allá de lo que podías imaginar con solo su voz imponiéndose de forma pura y ruda al mismo tiempo.

Victor le tomó confianza y cariño demasiado pronto.

Fue entonces que en todas las pantallas aparecían ellos dos, incluso cuando no estaban sobre un escenario o cuando no estaban cantando, aparecían solo los dos.

Las noticias se esparcían como ceniza con el viento.

Victor dormía en la casa de Jean, Jean guardaba dos de sus autos favoritos en el estacionamiento del departamento de Victor, Victor sonreía preciosamente con Jean, Jean sonreía preciosamente con Victor.

Innumerables veces salían juntos a pasear, a comer, al cine, se acompañaban a todas partes y todo era perfecto.

A la compañía milagrosamente no le molestaba que ambos fueran el blanco de rumores románticos, y es que si en algún momento habían sido muy estrictos en cuanto a la soltería de Jean, con Victor era un caso especial ya que ambos atraían más si parecían tener un amorío, sin importar si ambos fueran varones.

Y es que Victor era hermoso y andrógino, su cuerpo era fácilmente adornado tanto con trajes varoniles como con vestidos escotados que dejaban poco a la imaginación, y para los fans parecía divertido imaginar al chico malo pero alegre de la música, Jean, cayendo seducido a sus pies.

Pero la realidad era otra, la realidad era que Victor tenía el corazón roto. Y todas sus canciones eran dedicadas a aquel amor misterioso que lo abandonó desnudo y adolorido sobre la cama de un hotel diciéndole que era una verdadera tragedia que no fuera una mujer.

Jean lo sabía porque Victor se lo había dicho un día mientras ambos desayunaban en la casa de Jean. Aquel día de pronto Victor empezó a tener un ataque de ansiedad mientras leía el periódico, y al intentar calmarlo y con el pasar de los dolorosos y difíciles minutos, Victor le dijo la verdad.

Jean le dijo que no importaba si nunca le correspondía, le dijo que no importaba si seguía atado a aquel amor cruel que lo dejó. Él ya se había enamorado de Victor, y no había nada que hacer al respecto.

Victor se calmó ante su apresurada y repentina confesión, sin embargo, su mirada le hizo ver a Jean que estaba muy confundido y preocupado, así que él le aseguró que no tenía nada de qué preocuparse, que nada cambiaría entre ellos.

Para Victor eso no fue así, y es que todo cambió para él con aquella confesión.

La posibilidad de un nuevo pretendiente al cual poder amar y así olvidar a su cruel amor del pasado era algo que no podía sacarse de la cabeza, por lo que se negó rotundamente a ignorar a Jean, al cual le dedicaba ahora más tiempo y más sonrisas.

Para Victor parecía muy fácil enamorarse de Jean, y Jean lo notó, notó su repentino pero al mismo tiempo dulce cambio, y él mismo cambió.

De pronto Jean ya no necesitaba que la compañía escribiera todas las canciones que él cantaba y empezó a dedicarse un poco más a la composición.

Ahora Jean, el chico vivaz del estilo único, colorido y vibrante, hacía canciones cada vez más llenas de emociones y sentimientos, cosas con las que sus fans podían identificarse más que con su antiguo lema de siempre vivir el momento.

Fue en medio de esa renovación musical que ésta historia empezó.

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Publicado por ArikelDT

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