Green light: Epílogo


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«Ahora hay una luz verde en mis ojos».
«Y mi amante está en mi mente».
«Y cantaré desde el piano».
«Arrancaré mi vestido amarillo».
«Y lloraré».
«Y lloraré».
«Y lloraré».
«Sobre el amor tuyo».
[Florence and the machine – Over the love]

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—Y en realidad no me saludaba a mí, sino a la señora que estaba detrás de mí. Dios… me vi tan tonto agitando la mano al aire, tuve que hacerme el loco, fue horrible, Yuuri, horrible.

Yuuri se ríe con ganas mientras Victor se abraza a él, intentando esconder su rostro en su pecho.

—Ya pasó, ya estás aquí. Llegaste completo y a salvo… —le dice Yuuri, acariciando sus cabellos plateados con ternura—. Pero bueno, pasando a lo importante… ¿Qué era lo que querías decirme? Te noté muy ansioso por teléfono, ¿Todo bien?

Victor asiente firmemente y le roba un beso fugaz de los labios antes de contestar.

—Ayer estuve pensando mucho las cosas, ¿Sabes? Sobretodo el hecho de que debo cruzar media ciudad para poder verte y es un martirio, Yuuri, un martirio total, lo odio.

Yuuri le sonríe. Adora los berrinches de su hermoso amante.

—Así que llegué a la lógica conclusión de que tenemos que vivir juntos. Es una necesidad urgente, es mi mayor prioridad justo ahora.

—¿Vivir juntos?

Yuuri se asusta ante la propuesta.

Es decir, dejar que Victor lo vea con el pelo revuelto cada mañana al despertar, o que lo vea cepillándose los dientes y cosas así, eso es…

—¿No quieres? —le pregunta Victor, mirándolo fijamente con esos ojitos azules tan brillantes y bonitos que tiene.

—Eso es trampa… —le asegura Yuuri, esquivando su mirada.

—¿No quieres? —le vuelve a preguntar Victor, buscando su mirada y haciéndole cosquillas—. ¿En serio no quieres? Dime, ¿No quieres?

—Basta, Vitya, no.

—¿No?

—Es decir sí, obviamente sí. Pero no.

Y ahora Victor está confundido.

—Tendré que poner las alarmas más temprano, eso me dará tiempo de peinarme y arreglarme cada mañana antes de que despiertes. También tendré que mandar a arreglar la cerradura del baño y tantas otras cosas.

Victor se ríe.

—Yo estaba pensando en empezar de cero, ya sabes, departamento nuevo.

—Por supuesto que no, Vitya, eso es un gasto innecesario cuando perfectamente puedes venirte a vivir aquí sin ningún problema.

—Me temo que Makkachin no piensa lo mismo… —le asegura Victor—. Makkachin me dijo que no le gustan las escaleras que hay aquí por todas partes, tampoco le gusta que la habitación no tenga balcón, y…

—Ya entendí, Vitya.

—¿Departamento nuevo?

—Está bien, sí, departamento nuevo, pero cómodo, económicamente hablando.

—¡Genial! —le dice Victor, poniéndose de pie con un salto—. Si alistamos todo hoy, mañana mismo podremos ir con Makka, él ya está allí justo ahora.

—¡Victor! ¿Desde hace cuánto tienes el departamento?

—Solo ésta semana, Yuuri, no te enfades, ¿Sí?

—Oh, créeme, contigo no puedo ni enfadarme, eres tan… y yo solo… te amo tanto.

—¿A pesar de todos mis defectos?

—Tú no tienes defectos, Vitya… —le asegura Yuuri, recostándose en el sofá y mirándolo con una sonrisita alegre—. Excepto quizá que no eres muy atento…

—¿Atento?

—Vitya… ¿Sabes qué día es hoy?

Victor se aterra ante esa pregunta.

Sus neuronas despiertan alteradas y empiezan a corretear por su cabeza mientras él pasa saliva dolorosamente.

¿Cumpleaños?

No.

¿Aniversario?

No.

¿Día de la bandera?

No, ¿No?

—Yuuri, bebé, es que yo… con fechas yo no…

Yuuri se ríe.

—Lo anotaré en el calendario la próxima vez… —le dice, mientras pasa una de sus manos por su propia cadera y la acaricia con suavidad observando con gracia la forma en la que Victor lo mira hipnotizado—. Te daré una pista… empieza con «Es el día de mi celo» y termina con «Durante cuatro días… tienes que consentirme un poco».

Victor junta sus manos en una plegaria sonriente al escucharlo, todo sin dejar de verlo. Es el primer celo que pasarán juntos y ahora que lo piensa, Yuuri siempre es tan dulce y precioso, pero desde hace unas horas estaba aún más hermoso que nunca.

—Eso quiere decir que nos despediremos de aquí con…

—Sí.

—Y que mañana estrenaremos el…

—Sí… espera, no. ¿Puedes llamar a Chris y decirle que se encargue de Makkachin? Quisiera… ya sabes, quisiera pasar mi primer celo contigo aquí, en un lugar conocido.

—De acuerdo… —le dice Victor, acercándose a él y dándole un beso—. Pero… ¿Y el nido?

—¿Qué nido?

—¿No hiciste un nido?

Yuuri duda con sus palabras.

Él nunca ha hecho un nido y no planea hacerlo.

—Es que yo… —le dice Yuuri—. Victor, el nido es…

—Está bien. Yo no entiendo de esas cosas, son cosas de Omegas. ¿Quizá es muy pronto?

—Sí.

—De acuerdo. Entonces… quizá en algún momento en el departamento nuevo… siéntete libre de hacerlo, ¿Sí?

Yuuri asiente con la respiración agitada.

El calor y la necesidad del celo aumentan, y con ellos el anhelo y la urgencia de tener a Victor entre sus brazos y entre sus piernas, envolviéndose mutuamente en aromas y fuegos.

Y eso hicieron.

Se envolvieron y se entregaron al primer placer total del primer celo juntos, aunque quizá no calcularon bien, o quizá fue la emoción del momento, lo cierto es que el celo de Yuuri había llamado al de Victor y ambos se habían sincronizado, logrando una sola cosa.

—¿Te duele mucho? —le pregunta Victor, apenas en un leve susurro casi angustiado.

—No… —le responde Yuuri, mientras siente la lengua ajena acariciando la zona afectada, justo bajo su nuca—. Está adormecida por ahora…

—No pensé que lo haría tan pronto, lo siento, Yuuri. Dijimos que iríamos con calma y ahí voy yo a comprar un departamento nuevo y a marcarte en nuestro primer celo juntos. Soy un idiota.

—¿Te arrepientes? —le pregunta Yuuri, girándose a verlo y mirándolo fijamente—. Debes ser sincero conmigo, Victor, debes decirme si te arrepientes.

—Claro que no, Yuuri. Te amo, lo sabes. Te quiero y me gustas. Quiero hacerlo todo bien, pero temo ser impulsivo y terminar asustándote, temo tantas cosas y soy tan torpe… y tú eres tan bueno, tan frágil…

—Me gustas, Victor. Me gustas muchísimo… —le dice Yuuri, dándole un beso suave sobre los labios justo antes de mirarlo fijamente y susurrarle—. Prométeme que siempre estarás conmigo.

—Lo prometo.

—Júralo.

—Lo juro… —le dice Victor, sin dejar de ver sus ojos—. Estaré a tu lado siempre, el día en el que me vaya, moriré.

—Yo también.

—Es una promesa entonces… —le dice Victor, con una sonrisa que va disminuyendo poco a poco—. Espera… Yuuri… si algún día algo me pasara… yo quiero que vivas, que vivas bien.

—No sin ti.

—Yo siempre estaré en tu corazón, vivo o muerto, siempre estaré en tu mente y en tu alma. Somos uno. Ahora no solo somos almas gemelas, sino que estamos enlazados para siempre, solo la muerte nos separará.

Yuuri asiente y lo besa de nuevo.

Todo había sucedido demasiado rápido.

Decidieron vivir juntos y se casaron, todo sin conocerse lo suficiente pero creyendo que el amor bastaría.

Ahora es distinto.

Ahora Victor es polvo y ceniza.

Y ahora Yuuri termina de doblar la ropa de su esposo y colocarla en una caja, luego toma un bolígrafo y coloca el nombre de Chris en ella.

Todo lo demás lo está dejando allí tal cual.

Ha hablado con Yakov y con Mila, les ha explicado lo que quiere y lo que necesita. Yakov no lo entendió y Mila le dijo «No» al principio, pero luego accedió.

Ahora todo lo que hay allí, las cosas de Victor, los títulos de las propiedades, el departamento y todo lo demás, son de Chris.

Yuuri no desea quedarse con absolutamente nada que no sea suyo, y cree firmemente que todo lo que Victor podía comprar con dinero no es suyo.

Lo único allí que le pertenece es el propio Victor. Él sí es suyo.

Tiene sus cenizas en una bonita vasija negra con grabados plateados de aves volando, eso es de él. Le pertenece solo a él y no será de nadie más. Se lo llevará a Japón, allí en donde él y su familia podrán rendirle ceremonia y respeto, recordándolo como el hombre brillante y maravilloso que siempre fue.

Yuuri está pensando en eso cuando el timbre del departamento suena y le hace sobresaltar.

Al acercarse a la puerta y ver por el intercomunicador observa a Otabek Altin de pie en el pasillo.

No quiere abrirle.

Ya hablaron el día anterior y ahora es tan tarde, está a punto de anochecer y quizá Victor venga, y seguramente no se aparecerá si Otabek está allí.

—Ábreme, Katsuki, por favor… —le dice Otabek—. Es sobre Victor, acabo de darme cuenta de algo.

Entonces la puerta se abre despacio y Otabek entra casi empujándolo y completamente alterado.

—Debes decirle que lo deje en paz ya… —le dice Otabek, y Yuuri no lo entiende en lo absoluto.

—De qué estás…

—¡De Victor! —le dice Otabek—. ¡Es él! ¡Él acecha a Yura en la noche y lo persigue durante el día! ¡Yura le tiene miedo! ¡Lo detesta! ¡Debes decirle que pare!

—Cálmate, Otabek, por favor… —le dice Yuuri, alzando un poco las manos para tratar de tranquilizar a su invitado—. ¿Qué pasó?

Otabek lo mira en silencio por unos instantes, luego se aleja de él y trata de respirar profundamente para refrescar a sus agitados pulmones.

—Yura ve algo a veces… —le dice, y Yuuri lo ve sentarse en uno de los sillones—. Dice que es aterrador y que está cubierto de sangre, le teme.

—¿Por qué crees que es Victor?

—Creí que era el propio Yura. Es decir, la primera vez que él apareció en mi departamento estaba cubierto de sangre y con el cuerpo destrozado. Cuando Yura me dijo que aquello horrible que lo acecha y lo persigue estaba con la ropa rota y ensangrentada, yo creí que era su propia muerte. Su… su suicidio… creí que era eso lo que lo atormentaba… pero no.

—Cuando Victor vino la primera vez también estaba cubierto de sangre y con la piel despellejada, era… era horrible…

—Hoy… Yura dijo que le temía más a esa cosa que a los otros… —le dice Otabek, y se pone de pie al sentirse demasiado nervioso e incapaz de mantenerse quieto—. Dijo que hay sombras en todas partes, que siempre es oscuro, incluso de día… y dijo que prefería a esas otras sombras devoradoras antes que a aquel monstruo.

—Pero… por qué… ¿Por qué crees que Victor lo asustaría así?

—¿No lo entiendes? Él no quiere asustarlo. Él solo lo visita.

Yuuri parpadea un par de veces mientras intenta entenderlo, pero visiblemente no lo hace, así que Otabek continúa.

—Yura estaba conmigo, estábamos besándonos, entonces él se puso nervioso y se quedó mirando una esquina de la habitación. Me dijo que lo alejara del monstruo y que le dijera que se vaya, que por favor no permitiera que lo tocara… —le dice Otabek, mientras se acerca hacia la ventana—. Entonces me puse de pie y fui a esa esquina, me paré allí y le dije que no había nada en ese lugar, que él estaba a salvo. Yura gritaba, me repetía que la cosa estaba detrás de mí… y entonces lo vi…

—¿Qué cosa? ¿Qué viste?

—Yura se alteró, las cosas alrededor temblaron, el espejo en la puerta del baño se rompió, y… justo antes de que la lámpara explotara, vi a Victor parado detrás de mí. Lo vi a través del vidrio roto del espejo que cayó y reflejó el lugar en donde yo estaba.

—¿Cómo es posible? Victor… él no… yo ya no lo veo destrozado y ensangrentado, entonces por qué…

—No lo estaba, Yuuri… —le afirma Otabek—. Estaba impecable, con todo en su lugar y sin una sola mancha de sangre. Es solo mi Yura quien lo ve de otra forma.

Yuuri deja de ver a Otabek y trata de asimilar la información por unos instantes.

¿Yurio ve a Victor como un monstruo?

¿Por qué?

—Victor dijo que Yurio y él no estaban juntos. Que Yurio se había suicidado, y que él, en cambio, había muerto de otra forma… —le dice Yuuri—. Creo que… bueno, es obvio que…

—¿Qué cosa?

—Son de planos distintos, Otabek. O eso creo. Ambos ya no pertenecen aquí, pero no son iguales. Son distintos. Victor está dentro… y Yurio afuera.

—¿Fuera de qué?

—En la noche, en la oscuridad… —le dice Yuuri, repitiendo lo que Victor le dijo la última vez—. Y Victor puede irse a la luz, está dentro de ella… y viene aquí solo porque quiere llevarse a Yurio con él.

—No. Victor viene por ti.

—No. Él ya no me ama.

—Quizá a ti no, pero al bebé sí, Yuuri… —le dice Otabek, girándose a verlo—. Es posible que el shock inicial de haber perdido a tu Alfa enlazado te haya impedido verlo, pero yo lo vi ayer… estás esperando un hijo, a su hijo. Cuando tomé tu cuello en mis manos… sus latidos y su aroma se hicieron muy notorios para mí.

—No… —le susurra Yuuri, y Otabek puede ver toda su confusión y su miedo—. No me digas eso, por favor. No es cierto, no puede… yo… es que yo tomé muchos tranquilizantes, aún los tomo, entonces… yo pude… pude haberlo lastimado, puedo estar lastimándolo justo ahora… dime que no es cierto…

—Es cierto, y sí, probablemente lo lastimaste y pudiste haberlo matado, pero está ahí. Y estoy más que seguro que Victor viene por él. Acechar y perseguir a Yura es… solo algo inevitable que incluso yo haría… —le dice Otabek—. Pero no puede. No puede ser visto. Si lo que dices sobre que ambos son distintos es real… entonces no pueden comunicarse ni verse apropiadamente, y nunca podrán.

Yuuri ya no lo escucha.

Su mente está intentando recordar todas las pastillas que estuvo tomando hasta hace unas horas.

Entonces llora.

Lastimar a su bebé es algo tan aterrador, tanto que las lágrimas no pueden dejar de salir de sus ojos.

Otabek no sabe qué decir, así que solo observa su llanto silencioso y ve la forma en la que Yuuri abraza su vientre con fuerza.

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«Quiere tenerlo».

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Piensa Otabek, y se asombra un poco ante la idea, ya que la pérdida del primer bebé y el intento de suicidio son algo que todo el mundo sabe.

—Lamento que te enteraras así… —le dice Otabek—. Pero en serio necesito que Victor deje de atormentar a Yura, debes decirle que lo deje en paz. Le hace daño.

Yuuri asiente sin poder responderle.

Así que Otabek pasa por su lado y se dirige a la salida.

—Yura estará bien conmigo, dile que lo deje en mis manos, yo lo cuidaré. Él puede irse tranquilo a Japón contigo y su hijo.

Finalmente, esa noche Yuuri lo esperó, le rogó que se hiciera presente, pero no hubo respuesta alguna y terminó quedándose dormido recostado en el sillón y con apenas una manta delgada cubriéndole.

Aún había cosas que no lograba recordar.

Por ejemplo, no recordaba haber dormido con alguien que no fuera Victor.

No recordaba haberse entregado a absolutamente nadie más que a él.

No lograba recordar bien los días antes de su muerte.

Y por supuesto, no tenía ni idea de cuánto tiempo había tenido a éste pequeño ser en su vientre formándose y luchando, de verdad luchando, por sobrevivir.

Pero la sola idea de tenerlo allí.

Con él.

A su lado.

Era una idea asombrosamente preciosa.

Una idea que le hizo levantarse a la mañana siguiente con una sonrisa pequeñita y sutil.

Una idea que le hizo salir a correr y le hizo prepararse un buen desayuno. Le hizo ir a ver a Makkachin, el caniche de Victor que los últimos días parecía rehuirlo, y sacarlo de casa de Chris para pasearlo por el parque cercano.

—Vas a tener un hermano… —le dijo Yuuri, cuando Makkachin descansaba bajo sus pies—. Tu papá nos dejó una parte de él, y yo… quería saber si tú… ¿Quieres venir conmigo a Japón y conocerlo allá?

Makkachin lo miró unos instantes, quizá no entendía absolutamente ninguna de sus palabras, pero cuando Yuuri le sonrió y acarició su cabecita, él movió efusivamente su cola y se puso de pie para poder restregar su cabeza contra sus rodillas y lamerle las manos.

Entonces estaba decidido, Makkachin volvería con él.

Al volver al departamento de Chris, Yuuri le hizo una reverencia de agradecimiento.

Le dijo que le agradecía por ser amigo de su esposo, por haber cuidado de Victor y por haber cuidado de Makkachin. También le pidió disculpas por todos los problemas que pudo haberle causado, y por último le dijo que se llevaba a Makkachin y a Victor con él.

—Algún día retomarás tu vida, te casarás y tendrás hijos… —le dijo Chris, mirándolo con todo el asco, el odio y la decepción que podía tenerle al asesino de su mejor amigo—. Y quiero que sepas que Victor jamás podrá hacer nada de eso por culpa tuya. Que estancaste todo lo que él era y que lo lastimaste como nadie más en el mundo. Él te amó tanto… tanto que habría hecho hasta lo imposible por verte bien y feliz. Hubiera cruzado los mares y hubiera regresado de la muerte… solo para hacerte feliz.

—Lo sé… —le dijo Yuuri, negándose a derramar más lágrimas que solo lastimarían a su bebé—. Créeme… lo sé muy bien. Puedo dar fe de ello ahora más que nunca.

—Ahora ya no cuenta. Valorarlo ahora ya no sirve para nada. Solo vete y no vuelvas. Haz tu vida y haz lo que quieras, no me importa en lo absoluto.

—Adiós, Christophe. Y gracias por todo… —le dijo Yuuri, justo antes de irse.

No planeaba regresar jamás. Se llevaba a su esposo, a Makkachin y a su hijo.

Por un segundo temió que Yurio se quedara solo y abandonado, luego recordó que Victor ya no iba a verle a él por las noches, así que supuso que Victor estaba por allí, en las esquinas oscuras, en las calles vacías, rechazando la luz y observando el tormento de un hombre que lo amó tanto como para morir de dolor por él.

Casi podía imaginarlo.

Casi podía imaginar a Victor, con aquellos ojos brillantes y limpios, observando a Yurio y acechando sus pasos fríos y desorientados. Incapaz de ser visto o reconocido, incapaz de volver a ser amado e incapaz de volver a amar plenamente.

Era un castigo injusto, quizá.

Victor jamás podría tocarlo de nuevo.

Y Yurio jamás podría llegar a reconocerlo.

Yuuri rezaba por ellos en el altar que le hizo a Victor en la casa de sus padres en Hasetsu. Rezaba por muchas cosas. Rezaba en agradecimiento.

Victor le había dado un hijo y había protegido a su hijo de maneras inmensamente imposibles, asegurando su supervivencia a pesar de todo lo que había en contra, como un vientre casi seco y maltratado, un sinfín de tóxicos y un lazo roto.

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«Perdóname».

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Le susurra Yuuri casi cada día.

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«Perdóname».

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Le suplica casi cada noche, cuando anhela verle una sola vez más, cuando espera en la cama a sentir un peso extra acomodándose junto a él y rodeándolo suavemente.

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«Perdóname».

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Le implora, cuando ríe al ver a su hija cubierta de espuma luego de bañar a sus mascotas.

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«Perdóname».

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Le dice, cuando Otabek le llama y le pregunta si ha visto a Victor. Cuando una vez más le comenta con la voz quebrada que Yurio no pasa a verlo desde que él se fue de San Petersburgo. Cuando le dice que lo último que supo de Yurio fue que prefería a las sombras devoradoras antes que al monstruo que acechaba sus pasos, persiguiéndolo y vigilándolo.

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«Perdóname».

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Le dice, cuando su pequeña Anya le dice que otra vez soñó con papá y que éste le manda saludos y besos, que le pide perdón por haberlo dejado solo a él y a ella, y que le dice que deje de llorar ya. Que conozca a alguien más y que le dé hermanitos. Que todo ya pasó. Que ahora ya todo está en orden. Que todo está bien al fin.

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Publicado por ArikelDT

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