Cuando el sol caiga: Prólogo


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[Año 1622 de la Inmaculada Dinastía Katsuki. Vigésima Quinta Era]

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A finales del verano, y después de veinticinco largos años, llegaría abruptamente a su fin la campaña defensiva del Príncipe y Comandante Victor Nikiforov en la frontera norte del Imperio Invicto, Imperio que se encuentra en la más alta y brillante cúspide de su poder.

Antes de su partida, y aún ahora, el territorio Invicto siempre ha sido vasto, pacífico y próspero, extendiéndose desde las blancas y cálidas orillas de Kraicos en el sur, hasta las frías y oscuras orillas de Vrunicam hacia el norte.

Generación tras generación, los habitantes del continente viven y mueren bajo el dominio de la respetable Casa Imperial Katsuki, y de su señor, el Emperador Sacro, líder y cabeza de la fabulosa Casa, quien es el hombre más poderoso de todo el mundo conocido.

Todas las personas, incluso las más pequeñas y sencillas, saben que el poder y la prosperidad de Invicto residen en la honorable luz de sus gobernantes.

De hecho, a pesar de que algunas razas del mundo creen que el lema de la Casa Imperial es «Un Katsuki nunca se arrodilla», en realidad el verdadero lema es «Siempre brillante y siempre puro».

La llamada «Pureza inquebrantable» de la Familia Imperial Katsuki hace referencia tanto a su inmaculado linaje sanguíneo como a su voluntad y espíritu, y todas las criaturas vivas reverencian la energía luminosa y diáfana que corre por sus venas, energía que llaman Sangre Icor.

Así como también todas las criaturas vivas respetan el poder de las Máscaras Invictas, el ejército más temido y poderoso que se haya conocido a través de los tiempos. Ejército que nace, vive, lucha y muere en nombre de su Emperador, cuyos deseos son leyes inalterables, y cuya energía hace a sus soldados imperturbables.

Actualmente, los libros de historia narran cómo hace muchísimos años un grupo de pequeñas y doradas Estrellas muy luminosas colisionaron, se quebraron, y del vientre de la que era la más brillante e inmaculada de todas procedía la Dorada Dinastía Katsuki.

Hay tanta distinción y refinamiento en su sangre, que velando por el bienestar de la continuidad perfecta de su linaje, es que sus relaciones matrimoniales son limitadas a su círculo familiar.

Es así como desde la Primera Era, y aún desde mucho antes, el imbatible Imperio Invicto y su poderoso Emperador Sacro tienen gloria inimaginable, poder implacable y brillo inigualable.

En medio de éste contexto fue que apenas hace treintainueve años nació el Príncipe Heredero Imperial Yuuri, de la Rama Principal de la Casa Katsuki.

Único heredero indiscutible de la luz y del poder del Invicto Emperador Sacro.

Y fue hace veinticinco años, cuando Yuuri era un niño y tenía apenas catorce, que le juró amor eterno a un hombre que le triplicaba la edad. Su nombre era Victor Nikiforov, de la Rama Secundaria de la Casa Katsuki, su medio hermano, y un Inmortal Sangre Icor, igual que él.

Por aquel entonces, el Príncipe Victor, primogénito ilegítimo del Emperador, causaba temor y desconfianza en los integrantes de la Casa Imperial, y más aún en su propio padre, el Emperador.

Por esa razón se decidió exiliarlo de la Dorada Capital Kraicos y enviarlo en una campaña defensiva hacia el norte, a la fría y oscura Vrunicam, cuyos vientos huracanados siempre cubrían el cielo de relampagueantes y tétricas nubes negras.

Antes de irse para lo que parecía ser una misión eterna y sin fin, Victor tuvo la oportunidad de verse tan solo una vez más con el pequeño amor de su vida.

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«Volveré».

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Le había dicho Victor.

Se lo había jurado.

Casi incapaz de apartar sus manos temblorosas del rostro lloroso y adolorido de su pequeño.

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«Te esperaré».

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Le respondió Yuuri, en una promesa dulce y fiel, aferrándose a la ropa de su amante y tratando de ponerse de puntillas para alcanzar sus labios, pero sin lograrlo.

Entonces Victor le besó la frente y se marchó deprisa, negándose a seguir lastimando a Yuuri con una larga despedida.

Apenas dos semanas después de su partida, la noticia de que su propia madre, la hermana menor de un Gran Duque, había intentado asesinar a Yuuri, recorrió el Imperio como pólvora.

Yuuri había caído enfermo.

Envenenado y casi muerto.

No comía.

No bebía.

Tan solo dormía el «Letargo», un sueño indefinido que los portadores Inmortales de la dorada Sangre Icor evitaban a toda costa.

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«El sueño de los Inmortales».

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Lo llamaba la gente común.

Victor lo llamaba «Agonía, muerte y desolación».

Sin saber si Yuuri despertaría y sin saber si Yuuri viviría, Victor fue obligado a permanecer en su puesto custodiando la frontera en el norte.

De pronto, la noticia de que el Príncipe Heredero Yuuri había despertado llegó a sus oídos.

Yuuri estaba vivo, pero no estaba bien.

Había perdido la voz para siempre, y los sacerdotes afirmaban que ése había sido el precio, el regalo, que había tenido que darles a los dioses para poder salir del Letargo.

Decían que alguna fuerza mística lo había traído de regreso al mundo de los vivos.

Victor supo que él y su amor no habían sido parte de aquella magia, lo supo cuando le dijeron que Yuuri había perdido la mente.

Y es que su corazón seguía aquí, con nosotros.

Sentía y vibraba.

Sonreía y lloraba.

Pero su mente vagaba muy, muy lejos, en algún lugar en el que sus recuerdos permanecían también ajenos y lejanos, quizá protegiéndolo de la abominable sensación que el trauma había dejado.

Ahora, veinticinco años después, y aún sin haber sido convocado por el Emperador Sacro, Victor por fin tiene una excusa para estar de camino a Kraicos, la brillante Capital de Invicto, mientras el recuerdo de un precioso «Te esperaré» pulula en su mente como una frágil mariposa etérea.

Es un recuerdo fantasioso, sí, un recuerdo lejano y casi imaginario ahora, pero sin embargo sigue siendo un tesoro que Victor no cambiaría por nada ni por nadie, y que conservaría siempre, aún si el mismísimo Emperador le ordenara olvidarlo.

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«Te esperaré».

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Le había dicho Yuuri aquel día, y Victor le había creído.

Le había creído tanto.

Tanto que volver dolía.

Pero su viaje no solo era un deseo, sino que también era un deber. Y es que si Yuuri estaba en peligro, entonces Victor corría y lo protegía.

Esa era su decisión más natural, aquella que le nacía sin pensar.

Así había sido desde siempre, desde el primer día en que se conocieron.

Y así será, probablemente, eternamente.

Tan eterno como la gloria y el poder del Imperio Invicto.

El Imperio que nunca será vencido.

El Imperio en el que todas las faltas son delitos, todos los delitos son pecados, y todos los pecados se castigan con la muerte.

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«Es ésta la verdad tras la verdad».

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El Imperio Invicto es indiscutiblemente intachable.

Inmaculado.

Imperturbable.

Su Emperador está hecho de luz.

Una luz pura, mística e intocable.

Una luz fría.

Brillante.

Sí.

Pero distante.

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Publicado por ArikelDT

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