Cuando el sol caiga: Capítulo 2


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[Jardines Acuáticos de la Ciudadela de Kraicos, Capital de Invicto]

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El camino hasta llegar aquí había sido largo, él lo admitía y nosotros también, pero valía la pena.

Al llegar a los fastuosos, elegantes e imponentes Jardines Acuáticos de Kraicos, Capital Dorada del imbatible Invicto, lo primero que escuchó fueron las risas, la música, y toda la algarabía que había gobernado el lugar.

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«El Festival de la Cosecha».

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Piensa Victor, y sonríe.

Recuerda su último Festival de Cosecha en Kraicos, aquel en el que Yuuri había abierto sus pétalos para él y había dejado que Victor y su amor se posaran entre sus piernas.

Había sido una sensación maravillosa.

Yuuri jadeando y sonriendo era una visión preciosa.

Victor cierra los ojos y suspira con solo recordarlo.

Desearía poder regresar el tiempo y volver a aquel lugar, a aquel exacto y preciso momento, con esa exacta y precisa música, y esos exactos y precisos besos.

Desearía que Yuuri corriera a sus brazos al verlo, pero quizá no sería así nunca.

Sus guardias se quedan en la entrada y Victor los despide por éste día, dándoles permiso de irse junto a otros que tienen prohibida la entrada a los Jardines Acuáticos y se quedan en los patios, el lago y los manzanales que los rodean, en donde la fiesta, al igual que en toda la Capital y aún más allá, durará al menos toda la semana.

Al mostrar el dorado anillo cuya piedra circular solo brilla en tonos iridiscentes cuando es portada por un Sangre Icor, su entrada a los Jardines es permitida.

Con solo poner un pie dentro, es recibido por mujeres preciosas, Princesas igual que él, pero de menor rango, quienes le colocan una corona hecha de hojas de uva y le entregan una copa rebosante de vino.

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«La fiesta del vino».

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La llamaban.

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«La fiesta del pecado».

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Victor les sonríe a las mujeres y les da cortos asentimientos, agradeciéndoles la bienvenida y sin poder esquivar los besos robados a sus mejillas, los abrazos y las caricias.

Entonces se acerca a un muchacho con una bandeja y coloca allí la copa que no ha probado, para luego elegir uno de los antifaces que el muchacho ofrece.

La fiesta es una mascarada, como todos los años, y todos los Inmortales que la disfrutan se sienten seguros al divertirse por ahí con el rostro cubierto.

Victor nota que a pesar de ser una fiesta supuestamente desenfrenada, todos ahí son puros y castos. No hay nada inmoral o pecaminoso alrededor, de hecho todas las sonrisas y todos los juegos son bastante sencillos y angelicales.

Por su parte, él ha visto muchas cosas a lo largo de su exilio, así que nada de lo que hay en el Festival le atrae.

Finalmente, logra escapar de uno de los bailes y se dirige al patio siguiente.

En éste patio las personas conversan animadamente mientras degustan de la dulce fruta de temporada y de las carnes asadas, sazonadas y aromatizadas con toda clase de especias.

Hay una gran mesa adornada con racimos de uvas y con todo tipo de manjares y postres. Victor piensa que todos los platillos huelen tan bien y se ven tan bien, que si tan solo tuviera apetito para comerlos, seguramente los probaría.

Pero por ahora nada de eso le interesa mucho, así que sus pies siguen avanzando y rodean la gran fuente de agua llena de «Mordiscos de rana» y se dirigen hacia el siguiente patio, y de ahí al siguiente y al siguiente, hasta que por fin ve el gran arco de piedra bañado en oro que hace de entrada al Salón Imperial, el único salón en los Jardines Acuáticos que tiene techo. Aquel en el que solo pueden entrar los Príncipes más importantes, el círculo privado del Emperador, los Inmortales de Sangre Icor más poderosos de Invicto.

Ésta vez le preguntan su nombre, así que él desabotona su abrigo y muestra sus insignias. Una de ellas, la que es un sol de oro adornado en el centro con una piedra mágica al igual que el anillo, es la que le permite la entrada.

Al entrar, su corazón salta.

De pronto le falta el aire y se siente morir.

Los Príncipes y Princesas alrededor lo observan con curiosidad, es un salón amplio, casi inmenso, pero todos allí se conocen demasiado bien.

Algunos susurran al ver sus ojos azules a través del antifaz.

Solo hay un Príncipe con esos ojos y esos cabellos.

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«El primogénito del Emperador».

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Susurran. Y le hacen cordiales y pequeñas reverencias.

Victor los esquiva con asentimientos fríos.

Sus saludos falsos no le llegan, y sus miradas curiosas, acusadoras y llenas de envidia resbalan a lo largo de su abrigo y caen al piso.

No les presta atención.

Ni a ellos, ni al sol que ingresa por los ventanales, ni al viento que ondea los vestidos y las túnicas hechas de tul fino que dejan poco a la imaginación y que tanto hombres como mujeres llevan.

No le presta atención a la fuente hermosa de tritones esculpidos en roca que dejan caer agua por las caracolas que sostienen y soplan, ni le presta atención a la piscina llena de nenúfares rosados que se mecen suavemente, ni a la música, ni a nada.

Sencillamente, cuando Victor ingresó al Salón Imperial, sus ojos buscaron un solo rostro entre la multitud distante.

Los rostros maquillados con polvo dorado de todas esas personas deslumbrantes le observaban con sonrisas fingidas y le saludaban alzando sus alegres copas y dedicándole elegantes reverencias que no podrían importarle menos.

Ninguno de ellos evitó que Victor lo buscara, lo encontrara y lo viera.

Rodeado de sus estoicos guardias y riendo dulcemente por las piruetas divertidas de su bufón, quien sonreía y brincaba haciendo ondear sus cintas escarlatas y haciendo tintinear sus cascabeles dorados.

El tintineo, las cintas y los tules que el bufón giraba al viento convertían lo que Victor veía en una visión intangible.

La delicada silueta del Príncipe Imperial emanaba un aura tranquila, dulce y sumamente reconfortante para él.

Era como un bálsamo.

Uno de suave y dulce perfume que tan solo con verlo, aunque sea de lejos, tan solo con poder apreciar sus ojos de chocolate y su mirada tranquila y serena, tan solo con saber que estaba bien, sano, a salvo y en paz…

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«Vivo».

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Era más que suficiente para curar todas y cada una de las heridas de Victor, y calmar todas y cada una de sus aflicciones.

Ver parpadear aquellos ojos hechos de café brillante era suficiente para aliviar el dolor de todos esos años lejos de él. Lejos de aquella sonrisa preciosa, suave, casi temerosa, pero amable y condescendiente.

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«Son los ojos de Dios».

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Pensaba Victor.

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«Tan misericordiosos y dulces».

«Lo perdonan todo y lo besan».

«Hacen el mundo cálido y a las personas felices».

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Una sola mirada suya bastaba para hacer que su corazón supiera que aún amaba a Yuuri, y que lo había amado todo éste tiempo a lo largo de todos estos años.

Una sola mirada, y sabía que lo amaría por siempre.

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«Eternamente».

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Piensa Victor, como una promesa y un susurro, mientras camina en dirección a él para poder saludarlo.

Al ir caminando siente cómo un peso enorme se libera de sus hombros y eso le hace relajarse.

Y es que Yuuri estaba vivo, era feliz y estaba sano y a salvo.

Cuán dichoso se sentía Victor al poder saber eso y confirmarlo en persona.

No era lo mismo leerlo en cartas o verlo en cristales mágicos como si fueran un sueño más o una idea suya que su imaginación creaba.

No.

Definitivamente Victor era más feliz ahora que lo veía con sus propios ojos, ahora que veía su suave sonrisa y su mirada cálida.

Ver en persona que en el vasto mundo.

En el inmenso mundo.

En el peligroso y ajeno mundo caótico… existía Yuuri.

Su Yuuri.

Era más que suficiente para poder existir también él.

Entonces pasa lo que él se esperaba.

Al arrodillarse frente al trono en el que el Príncipe Heredero se sienta, y al quitarse el antifaz que le cubre medio rostro, al verlo a los ojos… Yuuri se aterra.

Sus manos aprietan los tules de su vestido y su desesperación es tan evidente, que sus guardias tienen que rodearlo para hacerlo sentir a salvo y tratar de tranquilizarlo.

Si alguna vez, alguna lejana y antigua vez, Victor imaginó éste momento y deseó, con toda su alma y todo su corazón, que el Dios Sol fuera piadoso y que las Estrellas fueran amables.

Si alguna vez Victor imaginó que Yuuri se asustaba al verle, se quedó corto.

Los ojos de Yuuri eran una oda al pavor, al horror y al terror.

Era visible que su miedo a verle era tan inmenso, que Victor se puso de pie de inmediato y retrocedió con la cabeza abajo, manteniendo una larga reverencia para así evitar que Yuuri, su precioso Yuuri, viera otra vez esos ojos azules que le llenaron de temor y asco.

—La lacra ha venido sin ser llamada… —susurra el hermano menor de Yuuri, Seung Gil Lee, quien es el bastardo principal del Emperador al ser hijo suyo y de su hermana mayor—. ¿Cómo se atreve?

Yuuri se abraza a él, se oculta en su pecho y lucha porque sus ojos no se llenen de lágrimas, pero pierde la batalla y llora.

Su llanto y sus sollozos son puñales en el corazón de Victor, quien decide que no hay nada más para él en ese lugar ni en ese Festival.

—¡¿Hermano?! —una voz lo saca de su ensoñación. Al girar observa una cabellera rubia y unos ojos verdes que se abalanzan a sus brazos—. ¡¿Eres tú?! ¡Dime que eres tú!

Victor tarda unos segundos en reconocerlo.

—¿Yura? —le pregunta, y el muchacho en sus brazos se aparta de él, asiente y sonríe—. Oh por dios, Yura… ¿En serio eres tú?

—Claro que sí. Te fuiste cuando tenía once años, pero… no he cambiado tanto, en cambio tú…

—Yo ya era Inmortal cuando me fui, no he crecido ni un centímetro más.

—Yo sí, y… me casé… —le dice Yuri—. Dos veces, de hecho. Y tengo un hijo. Es precioso, tienes que verlo, su nombre es Lióvushka.

Victor asiente y se deja llevar.

Antes de salir, su rostro gira una vez más. Observa a Seung viéndolo con ira y molestia, y observa a Yuuri ser consolado por su bufón, quien le muestra unas marionetas pequeñas que danzan y saltan, logrando sacarle sonrisas.

—¿Lo saludaste? —le pregunta Yuri, deteniéndose un momento al notar hacia dónde mira Victor, quien asiente en silencio—. En ausencia del Sacro Emperador aún es a él a quien debemos saludar, como siempre, al menos hasta que haya otro heredero. Hay mucho que contarte, Vitya. Demasiado. ¿Por qué estás aquí? ¿El Emperador te llamó? No me dijo nada, ¿O es que viniste por tu cuenta? El Emperador se enfadará.

—También tengo mucho que contarte, Yura… —le dice Victor, girándose y volviendo su vista hacia la salida, empezando a caminar junto a él—. Han ocurrido muchas cosas, y ocurrirán muchas más.

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Publicado por ArikelDT

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